Capítulo XXVI

En las estribaciones de las montañas Alfrun, un millar de soldados de infantería hlondethar acarreaban cien escaleras de asedio por una pendiente escarpada. Una constante lluvia de flechas y piedras brotaba del castillo de sus enemigos y los hombres caían heridos por docenas. Cuanto más se acercaban las escaleras a la ciudadela, menos hombres quedaban para transportarlas. El ladrido de los perros de guerra resonaba sobre las murallas de la fortaleza. El Serafín de la Muerte observaba desde una torre de granito, y seis avatares de Tempus, el señor de la Batalla, deambulaban por el campo de batalla.

Con los pectorales castigados, los visores cerrados y los miembros ensangrentados, todos tenían el mismo aspecto mientras corrían por la ladera arrancando flechas de los guerreros caídos y curando heridas para enviar a los heridos de vuelta a las escaleras tan fuertes como antes. A pesar de todo, el avance se hacía más lento. Los hlondethar sabían que nunca tomarían la ciudadela, y ni siquiera la presencia del propio señor de la Batalla los había convencido de lo contrario.

Mystra se manifestó junto a uno de los avatares de Tempus, que casualmente metía la mano a través de la armadura de cuero de un guerrero para arrancarle una flecha que tenía alojada en el pulmón. La cara del hombre, que habitualmente era colorada, estaba tan pálida como la mostaza, y la visión de dos dioses de rodillas junto a él pareció conmocionarlo más que la flecha que llevaba clavada. Miraba ora a uno, ora a otro, sollozando y riendo como un loco.

Mystra le tocó la frente, y cuando se hubo calmado le dijo a Tempus:

—Parece extraño curarlos y enviarlos otra vez para que los vuelvan a herir.

—Es la única manera de que no cese la lucha. —Tempus hizo una pausa para levantar el rostro cubierto con el visor, y a Mystra se le erizó la piel al sentir su mirada oculta—. Los hlondethar son aficionados a los conjuros de guerra. Es extraño que hayan atacado cuando tú niegas la magia a sus magos de guerra.

Mystra se encogió de hombros.

—No es culpa mía que sus hechiceros descuiden sus estudios.

—Ningún mortal puede estudiar veinte horas al día. —Tempus cogió la flecha entre los dedos y la arrancó del pecho del hombre. El proyectil no tenía rastros de sangre ni de vísceras—. No les quedaría tiempo para comer ni para dormir, y mucho menos para hacer la guerra.

—Vaya, eso sí que sería una pena.

—Más de lo que piensas. —Tempus colocó la mano sobre la herida y pronunció una palabra mística. Un círculo de humo salió de debajo de la palma de su mano y el hombre gritó—. Pero tú no has venido aquí a aprender la gloria de la guerra. ¿Qué quieres?

—Adon. Dime qué magia usó Cyric para volverlo loco.

Tempus ladeó la cabeza y guardó silencio. A Mystra le ardió otra vez la cara, pero no podía mirar a través de su visor para ver su expresión. Los perros de la guerra empezaron a ladrar más alto, y un aullido sobrenatural respondió desde las profundidades de las montañas. Una flecha dio en el hombro de la diosa y se partió en dos, y ella la sintió con menos intensidad que la mirada del señor de la Batalla.

Tempus volvió a prestar atención a su paciente y levantó la mano. Una marca carmesí en la palma señalaba el punto en que la mano del dios había tocado la armadura del hombre, pero no había orificio ni ningún otro signo de la herida. Tempus puso de pie al guerrero y lo empujó hacia la escalera más próxima.

—Ve, y haz que tu maharaní se sienta orgullosa de ti.

A pesar de las palabras de Tempus, el guerrero avanzó dando tumbos por los guijarros, más gateando que andando. El señor de la Batalla negó con la cabeza con aire de disgusto.

—Ése es un candidato para el señor de la Muerte, aunque Kelemvor no le dará el castigo que merece.

—No te vale de nada cambiar de tema. Dime qué magia usó Cyric contra Adon.

Tempus no respondió. Ni siquiera se volvió hacia Mystra.

—Hasta el momento sólo les he hecho la vida más difícil a tus magos de guerra. A menos que quieras que les niegue el Tejido a todos los formuladores de conjuros que participan en la guerra, contéstame —lo amenazó la diosa.

Tempus miró a Mystra de frente.

—¿Y por qué habría de saber yo algo sobre Cyric y tu patriarca?

—Porque Cyric está detrás de este juicio. Está metido en él lo mismo que tú.

—¿Cómo que lo mismo que yo? Eso no es cierto. Él no tuvo nada que ver con mis acusaciones, como no fuera para recibirlas.

Mystra lo miró con expresión ceñuda, pues mentir no era propio del señor de la Batalla. Era de los que prefieren un enfrentamiento directo a la intriga, de los que dicen la verdad o no hablan en absoluto.

—¿Quién ha dicho que Cyric está detrás de este juicio? —Tempus se puso en marcha, no trepando por las piedras como un mortal, sino atravesándolas y caminando sobre el aire que había entre ellas—. No me gusta que nadie mienta sobre mí.

—Nadie dijo que Cyric esté detrás del juicio. —Mystra flotó a su lado—. Lo deduje de algo que dijo Kelemvor: «Tenemos más problemas de los que imaginamos».

El dios de la Guerra se detuvo y se puso de rodillas junto a un guerrero inconsciente. Introdujo dos dedos en la cabeza del hombre y le recolocó el cráneo roto.

—Tenéis más problemas de los que imagináis, pero la causa es Máscara, no Cyric.

—¿Máscara?

Tempus asintió.

—Espera recuperar lo que le robó Cyric.

A Mystra le cayó el alma a los pies. Presionar a Tempus había sido su esperanza más cierta de descubrir lo que Cyric le había hecho a su patriarca, y el estado de Adon estaba empeorando. La última vez que le había echado una mirada, estaba tan asustado como antes, y esta vez el lasal no le enturbiaba la mente. Mystra no se había atrevido a sondear sus pensamientos por temor a volverlo totalmente loco.

Miró con severidad a Tempus, que apretaba con la mano la herida que tenía el hombre en la cabeza, e hizo con los dedos una señal de corte. De inmediato, la magia desapareció del tacto del señor de la Batalla y el guerrero caído permaneció inconsciente.

Tempus alzó la cabeza y su mirada se le clavó a Mystra como una tormenta de arena.

—¿Te atreves a denegarme el acceso al Tejido?

—Para salvar a Adon, sí. Tus cargos me están distrayendo en este momento. A lo mejor querrías retirarlos.

—¡No puedes hacer esto! —le advirtió Tempus—. El Círculo…

—Considerará mis acciones en el juicio. Hasta entonces tendrás que desempeñar tus funciones sin el Tejido. —Mystra echó una mirada a los cadáveres diseminados por la ladera—. Me pregunto cómo será Faerun después de siete días sin guerra.

—Ni siquiera tú puedes detener la guerra. Sobrevivirá sin magia —la voz de Tempus era más reflexiva que airada—. Aunque a lo mejor podríamos llegar a un acuerdo.

—¿Qué clase de acuerdo?

Se oyó otro aullido, y éste parecía retumbar desde la base misma de la colina. Tempus no le prestó atención.

—Debes comprometerte a restaurar toda la fuerza de la magia de guerra si te demuestro que la guerra es buena para Faerun.

—Eso no lo probarás nunca.

—De todos modos, retiraré mis cargos si simplemente te comprometes a considerar…

—¡Pero, Martillo de Enemigos! —protestó una voz etérea. Una sombra negra se alzó de entre las piedras en las que estaba apoyado Tempus y a continuación tomó la forma de un soldado hlondethar—. ¿Y qué pasa con nuestro acuerdo? Prometiste no retirar los cargos.

—¡Máscara!

El tono incisivo de Mystra llamó la atención del Serafín de la Muerte, que abrió las alas y alzó vuelo pasando por encima de dos compañías de infantería de los hlondethar. Más de cincuenta hombres rompieron filas y salieron corriendo. La señora de la Magia casi ni se dio cuenta ya que tenía la mirada fija en el señor de las Sombras.

—Esto no tiene nada que ver contigo, Corazón Negro.

—Claro que sí. —Máscara seguía mirando de frente a Tempus y ni siquiera la miraba a ella—. Martillo de Enemigos y yo tenemos un acuerdo.

—Ese acuerdo es sobre Cyric —dijo Tempus.

—Pero no fue por obra mía que ampliaste los cargos para incluir a Mystra y a Kelemvor. —Otro aullido brotó de entre las piedras. Máscara echó una mirada a la gruta, después volvió a mirar a Tempus y habló rápidamente—. Ni que Tyr separara los veredictos… Para entonces yo ya había tomado ciertas medidas.

—¿Medidas? —Mystra entrecerró los ojos—. Si estás planeando algo contra Kelemvor y contra mí, detente ahora mismo.

—¿O qué? —la desafío Máscara con sorna. Un estremecimiento agitó a su figura de sombra y una nueva cara le apareció en la parte posterior de la cabeza—. Todo lo que me hagas a mí se volverá atrás después del juicio. Ya os he inducido a ti y a tu amante a demostrar vuestra culpabilidad.

—¿Lo has hecho? —inquirió Tempus. Ésta era la complicación que había temido al presentarse Máscara—. ¿No me dijiste que habías superado tu propensión a la intriga?

—¡No fue culpa mía! —Un profundo gruñido brotó de entre las piedras a los pies de Máscara, que empezó a andar ladera arriba hacia el castillo asediado—. Además, no tienes nada que temer. Mystra y Kelemvor tienen tan pocas probabilidades de salvarse como Cyric.

La señora de la Noche hizo un gesto despectivo.

—Si así son las cosas, Máscara, ¿qué me impide destruirte ahora mismo?

El que respondió fue Tempus.

—Tyr el Justo. —El visor del señor de la Batalla se orientó hacia arriba, hacia la forma en retirada de Máscara—. Necesito llamar al señor de las Sombras como testigo. Es el único que puede revelar de quién fue la idea de formular estos cargos.

Máscara se paró en seco.

—Pero si Cyric descubre que yo…

—No tienes nada que temer de Cyric —lo interrumpió Tempus—, no si todo sale como lo planeaste.

El señor de las Sombras se redujo a la mitad de su tamaño normal, y en ese momento una pestilencia de carne podrida llenó el aire. Un par de ojos amarillos aparecieron en las sombras a los pies de Tempus y el Perro del Caos saltó de entre las piedras. Antes de que la bestia pudiera encontrarlo, Máscara huyó hacia la cima y se desvaneció a la sombra de los muros del castillo. Kezef lanzó un gruñido bajo y siniestro y levantó la nariz, de la que salía una sustancia viscosa, para olisquear el aire.

Mystra señaló colina arriba.

—Allí, Kezef.

Kezef ladeó la enorme cabeza, esbozó una especie de sonrisa y se alejó por las piedras. Arrasó una pesada escalera de asedio de los hlondethar y pisoteó a los pobres hombres que la transportaban desapareciendo a continuación en las sombras en pos de su presa.

El Serafín de la Muerte elevó las alas y se desvaneció en el cielo. Mystra se volvió a mirar a Tempus y negó con la cabeza.

—Martillo de Enemigos, deberías comportarte de una forma más prudente y no dejarte envolver en los planes de Máscara. Esto hará que acabes mal.

—Es posible, pero ya he dado mi palabra. —Tempus miró ladera arriba hacia el poco decidido avance de los hlondethar—. Además, no me has dejado otra opción. No podemos seguir así.