Archivo 1
Archivo central de los Estados Unidos de la Tierra
Tecnohumanos
Etiquetas: historia, conflictos sociales, guerra rep, Pacto de la Luna, discriminación, biotecnología, movimientos civiles, supremacismo.
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A mediados del siglo XXI, los proyectos de explotación geológica de Marte y de dos de las lunas de Saturno, Titán y Encelado, impulsaron la creación de un androide que pudiera resistir las duras condiciones ambientales de las colonias mineras. En 2053 la empresa brasileña de bioingeniería Vitae desarrolló un organismo a partir de células madre, madurado en laboratorio de manera acelerada y prácticamente idéntico al ser humano. Salió al mercado con el nombre de Homolab, pero muy pronto fue conocido como replicante, un término sacado de una antigua película futurista muy popular en el siglo XX.
Los replicantes gozaron de un éxito inmediato. Fueron usados no sólo en las explotaciones mineras del espacio exterior, sino también en las de la Tierra y en las granjas marinas abisales. Comenzaron a hacerse versiones especializadas y para 2057 ya había cuatro líneas distintas de androides: minería, cálculo, combate y placer (esta última especialidad fue prohibida años más tarde). Por aquel entonces no se concebía que los homolabs tuvieran ningún control sobre sus propias vidas: en realidad eran trabajadores esclavos carentes de derechos. Esta abusiva situación resultó cada día más inviable y acabó por estallar en 2060, cuando se envió a Encelado un pelotón de replicantes de combate para reprimir una revuelta de los mineros, también androides. Los soldados se unieron a los rebeldes y asesinaron a todos los humanos de la colonia. La insurrección se generalizó rápidamente, dando lugar a la llamada guerra rep.
Aunque los androides estaban en clara desventaja numérica, su resistencia, fuerza e inteligencia eran superiores a la media humana. Durante los dieciséis meses que duró la guerra hubo que lamentar muchas bajas, tanto de humanos como de tecnohumanos. Por fortuna, en octubre de 2061 asumió el liderazgo de los rebeldes Gabriel Morlay, el gran filósofo y reformador social androide, que propuso una tregua para negociar la paz con los países productores de replicantes. Las difíciles conversaciones estuvieron a punto de naufragar innumerables veces; entre los humanos había una facción radical que rechazaba toda concesión y abogaba por prolongar la guerra hasta que los replicantes fueran muriendo, dado que en aquella época sólo vivían alrededor de cinco años. Sin embargo, también había humanos que condenaban los usos esclavistas y defendían la justicia de las reivindicaciones de los rebeldes; conocidos despectivamente por sus adversarios como chuparreps, estos ciudadanos partidarios de los androides llegaron a ser muy activos en sus campañas en pro de las negociaciones. Esto, unido al hecho de que los rebeldes hubieran tomado el control de varias cadenas de producción y estuvieran fabricando más androides, acabó por cristalizar en la firma del Pacto de la Luna de febrero de 2062, un acuerdo de paz a cambio de la concesión de una serie de derechos a los insurrectos. Se da la circunstancia de que el líder androide Gabriel Morlay no pudo firmar el tratado que había sido su gran obra, ya que pocos días antes cumplió su ciclo vital y falleció.
A partir de entonces los replicantes fueron conquistando progresivamente derechos civiles. Estos avances no estuvieron exentos de problemas; los primeros años tras la Unificación fueron especialmente conflictivos y hubo graves disturbios en diversas ciudades de la Tierra (Dublín, Chicago, Nairobi), con violentos enfrentamientos entre los movimientos pro-reps antisegregacionistas y los grupos de supremacistas humanos. Por último, la Constitución de 2098, la primera Carta Magna de los Estados Unidos de la Tierra, actualmente en vigor, reconoció a los tecnohumanos los mismos derechos que a los humanos.
Fue también en dicha Constitución en donde se utilizó por primera vez el vocablo tecnohumano, puesto que la palabra replicante está cargada de connotaciones insultantes y ofensivas. Hoy tecnohumano (o, coloquialmente, tecno) es el único término oficial y aceptado, aunque en este artículo se haya usado también la voz replicante por razones de claridad histórica. Por otra parte, hay grupos de activistas tecnos, como el MRR (Movimiento Radical Replicante), que reivindican la denominación antigua como bandera de su propia identidad: «Ser rep es un orgullo, prefiero ser rep a ser humana, ni siquiera tecnohumana» (Myriam Chi, líder del MRR).
La existencia e integración de los tecnohumanos ha creado un fuerte debate ético y social que está lejos de haberse solventado. Algunos sostienen que, puesto que, en su origen, la creación de replicantes como mano de obra esclava fue un acto erróneo e inmoral, simplemente deberían dejar de fabricarse. Esta posibilidad es rechazada de plano por los tecnos, que la consideran una opción genocida: «Lo que una vez ha existido, no puede regresar al limbo de la inexistencia. Lo que se inventa, no puede desinventarse. Lo que hemos aprendido, no puede dejar de saberse. Somos una nueva especie y, como todos los seres vivos, anhelamos seguir viviendo» (Gabriel Morlay). Actualmente, las cadenas de producción de androides (hoy llamadas plantas de gestación) son dirigidas al 50 % por tecnos y por humanos. Un androide tarda catorce meses en nacer, pero cuando lo hace tiene una edad física y psíquica de veinticinco años. Pese a los avances tecnológicos, sólo se ha conseguido que viva una década: más o menos en torno a los treinta y cinco la división celular de sus tejidos se acelera de forma dramática y sufre una especie de proceso cancerígeno masivo (conocido como TTT, Tumor Total Tecno) para el que todavía no se ha encontrado cura y que provoca su fallecimiento en pocas semanas.
También resultan conflictivas las regulaciones especiales tecnohumanas, sobre todo las referentes a la memoria y al periodo de trabajo civil. Un comité paritario de humanos y de tecnos decide cuántos androides van a ser creados cada año y con qué especificaciones: cálculo, combate, exploración, minería, administración y construcción. Puesto que la gestación de estos individuos resulta económicamente muy costosa, se ha acordado que todo tecnohumano servirá a la empresa que le fabricó durante un periodo máximo de dos años y en un empleo conforme a la especialidad para la que fue construido. A partir de entonces será licenciado con una moderada cantidad de dinero (la paga de asentamiento) para ayudarle a empezar su propia vida. Por último, a todo androide se le implanta un juego completo de memoria con suficiente apoyo documental real (fotos, holografías y grabaciones de su pasado imaginario, viejos juguetes de su supuesta infancia, etcétera), ya que diversas investigaciones científicas han demostrado que la convivencia e integración social entre humanos y tecnohumanos es mucho mejor si estos últimos tienen un pasado, así como que los androides son más estables provistos de recuerdos. La Ley de Memoria Artificial de 2101, actualmente en vigor, regula de manera exhaustiva este delicado asunto. Las memorias son únicas y diferentes, pero todas poseen una versión más o menos semejante de la famosa Escena de la Revelación, popularmente conocida como el baile de los fantasmas; se trata de un recuerdo implantado, supuestamente sucedido en torno a los catorce años del sujeto, durante el cual los padres del androide le comunican que es un tecnohumano y que ellos mismos carecen de realidad y son un mero programa informático. Una vez instalada la memoria en el androide, ésta no puede ser modificada de ningún modo. La Ley prohíbe y persigue cualquier manipulación posterior así como el tráfico ilegal de memorias, lo que no impide que dicho tráfico exista y sea un pingüe negocio subterráneo. La normativa vigente de la vida tecno ha sido contestada desde diversos sectores y tanto el MRR como distintos grupos supremacistas tienen presentados en estos momentos varios recursos contra la Ley. En la última década se han creado numerosas cátedras universitarias de estudios tecnohumanos (como la de la Complutense de Madrid) que intentan responder a los múltiples interrogantes éticos y sociales que plantea esta nueva especie.