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Ella era un lobo sin manada; más aún, ella era un oso, como le había dicho, meses atrás, aquel tatuador esencialista; un oso gruñón y solitario, una criatura que rehúye el contacto con los demás; ella era como Melba, única en su especie, nadando en el vacío inmenso de su tanque de agua, se dijo Bruna Husky mientras contemplaba cómo amanecía desde el ventanal de su apartamento: eran casi las seis de la mañana y sobre el perfil negro de los edificios se pintaba una línea refulgente de color violeta. La rep dio un sorbo a su enésima copa de vino blanco. Y si ella era así, tan arisca, si tenía el fugitivo desapego de un cometa errante, ¿cómo era posible que ahora su vida estuviera tan atestada de gente? ¿Qué había hecho mal? ¿Dónde se había equivocado? Yiannis y su bomba de endorfinas, ese pobre animalillo herido que era Gabi, el cínico Nopal, el arisco Lizard y, sobre todo, Daniel, que le gustaba y le inquietaba a partes iguales. Que irrumpía en su vida lleno de pasión y después desaparecía misteriosa y abruptamente, como si el sobón quisiera hacerle pagar su cercanía. Como si deseara demostrarle que la intensidad de sus encuentros no significaba nada. Y ahora, por añadidura, estaba Clara, Clara Husky, su otro yo resbaladizo, su doble desdoblada, su otra manera de ser ella misma. La rep se sentía atrapada.
—¡Brunitaaaaaaa! —chilló una vocecilla irritante.
Y una bola de pelo áspero saltó a los brazos de la rep y se empotró contra su pecho, tirando sin querer la copa de vino al suelo. El cristal se hizo trizas. El bubi la miró con expresión amedrentada y culpable:
—Bartolo bonito, Bartolo bueno… —farfulló.
El que faltaba, se dijo la androide desesperada. No sabía quién había tenido la maliciosa idea de enseñarle al tragón a llamarla Brunita, pero cada vez que le escuchaba al bubi el diminutivo le daban ganas de tirarlo por la ventana. El animal se abrazaba a ella como una lapa y su dura pelambre le raspaba el cuello. Sí; y además de todos los demás estaba el tragón.
Recogió los cristales rotos con una mano y sin soltar a Bartolo; sólo faltaba que ahora ese bicho imbécil se cortara una pata. Una vez despejado el suelo, arrojó sin miramientos al bubi sobre la colchoneta en la que dormía. O más bien en la que debía dormir, porque la mitad de las noches amanecía en la cama de la rep. Bartolo soltó un pequeño chillido de protesta y se quedó mordiéndose con nerviosismo las uñas de un pie. La androide se sirvió una nueva copa de blanco y retomó su lugar frente al ventanal, aunque la serenidad de ese momento mágico del amanecer ya se había perdido. El cielo era ahora de color gris sucio y la luz aumentaba por momentos. En algún lugar de esa apretada ciudad que veía al otro lado de la ventana tenía que estar la Viuda Negra, pensó Husky: la imaginó volando hacia ellos desde el Norte con una capa de oscuridad a las espaldas. Le inquietaba no haber vuelto a tener noticias de ella. ¿Cómo era posible que no hubiera intentado repetir el ataque? ¿Una profesional como ella? Quizá hubiera conseguido el diamante por otro lado. O quizá hubiera muerto: los asesinos mostraban una fatal tendencia a ser asesinados. Claro que también podía ser que ahora a la Viuda Negra no le interesara atacarla, sino seguirla. Obtener información de la información que ella obtenía. Así fue como asesinó a Nuyts. Bruna se estremeció. No podía evitar sentirse culpable.
Un rayo del temprano sol encendió de un chispazo las ventanas del edificio de enfrente. En algún lugar de ese vasto mundo también estaría un androide como Merlín.
—¡No, no, no! —exclamó Bruna en voz alta, sobresaltando al bubi.
En ese momento sucedió algo que le ayudó a olvidar a Merlín: la imagen del archivero apareció flotando en mitad de la sala.
—Yiannis, son las seis y media de la mañana, te voy a quitar el permiso de las llamadas holográficas… —empezó a gruñir la rep. Pero inmediatamente se detuvo: el viejo la miraba con una cara rarísima—. ¿Qué pasa?
—Creo que he destripado, desfrizado el mensaje. Descifrado. Estoy muy nervioso.
—¿Qué mensaje?
—El cuadro, el grito, la pintura.
Bruna dio un brinco.
—¡Calla! No digas ni una palabra más. Voy a tu casa. Espera.
Cortó la comunicación, tiró lo que quedaba de vino en la copa, cogió su pistola y un vaso de café y salió a toda prisa del apartamento. Esprintó hasta la casa del archivero. Yiannis le abrió la puerta con la misma expresión que tenía en el holograma: parecía que se hubiera tragado una gran bola de pelos de gato y ahora estuviera a punto de vomitarla. Bruna le miró con inquietud:
—Yiannis… No te estarás equivocando, ¿verdad? No estarás demasiado alterado con la cosa esa que llevas en la amígdala, ¿verdad?
—¡Nooo, noooo! Anoche desconecté la bomba. Me di cuenta de que no conseguía pensar bien con toda esa droga en mi cabeza. No, no. Pasa. Ven.
El viejo condujo a la rep a la pantalla central, en donde podían verse las cuatro versiones de El grito. Al lado había una copia hiperrealista del dibujo que les había dado Nuyts.
—Mira… Vuestro dibujo sigue el modelo del primer cuadro de Munch, el pintado en 1893. Bueno, no es que siga el modelo: es que es exactamente igual, tan igual que ha tenido que ser copiado sobre una plantilla. Igual en cada una de las pinceladas, en fin, menos en una porción de la imagen. En la parte media del cuadro, como ves, está pintado el mar, que es azul oscuro a la derecha y luego, en el centro, muestra esta mancha ondulada y luminosa por el reflejo del sol. Bien, pues toda esa parte es diferente. Ese mar es distinto no sólo al de ese cuadro en concreto, sino también al de las otras tres versiones. Ese mar es único. De primeras no se advierte; pero cuando te fijas y, sobre todo, teniendo en cuenta la exactitud del resto del dibujo, la diferencia resulta notoria.
El archivero calló, quizá para excitar la curiosidad de Bruna o quizá para dejarle apreciar lo que estaba diciendo. En efecto, el fondo marino mostraba unas intrincadas ondulaciones que parecían distintas.
—Ésta es una ampliación de esa parte —dijo el archivero.
La pantalla central se llenó con el fragmento del fondo marino. Centenares de líneas de diversos colores se curvaban y apretaban como en un laberinto.
—Estaba seguro de que el mensaje tenía que estar ahí, pero no sabía por dónde meterle mano. Anoche me pasé horas mirándolo. Horas. Y de pronto vi algo. Observa esta zona, donde la parte azul se junta con la parte luminosa. En lo luminoso hay un barquito. Tú olvídate del cuadro general, mira sólo esta imagen, entorna los ojos, relájate y dime qué es lo primero que te sugiere.
Bruna miró e intentó no pensar. Miró e intentó decir lo primero que le vino a la cabeza, como en sus sesiones con el psicoguía.
—Es una costa. La parte azul del mar no parece el mar, sino la tierra. Y lo iluminado sería el agua.
—Eso es. Es un mapa.
Yiannis se inclinó hacia delante, tocó la pantalla y arrastró un carta geográfica semitransparente encima del fragmento del dibujo.
—Entonces tuve una intuición genial, y perdona la inmodestia… Se me ocurrió coger el mapa de la costa occidental finlandesa en donde está Onkalo. Por supuesto que en el amplio mapa que descargué de TerraVisión hay un espacio en blanco como de unos cuarenta kilómetros cuadrados que corresponde justamente a Onkalo y que, como sabes, es una zona ciega. En fin, me pasé un buen rato agrandando y achicando la escala de la carta y buscando hitos geográficos que pudieran casar con los perfiles del dibujo, y al fin lo conseguí. Mira…
El archivero ajustó el tamaño del mapa e hizo que coincidiera con exactitud con las líneas del cuadro. En el dibujo de Nuyts, además, estaba también cartografiada la zona no recogida en el plano. La zona ciega. Yiannis aumentó otra vez esa porción.
—Éste es el mapa de Onkalo. ¿Lo ves? Y mira este barquito… En el cuadro original hay dos barcos, no uno, están más lejos y son mucho más grandes. Este barquito forma parte del mapa. Hay que coger un barco para llegar.
—¿Para llegar a dónde?
—No lo sé, pero está aquí, en este remolino de líneas sobre la zona azul… Parece una pequeñísima isla… Y verás que todas las líneas convergen aquí, como si fuera el ojo de un huracán. Ése es el destino de este mapa. Quizá sea una mina de uranio, o… la antigua central nuclear que por lo visto había allí.
Husky se quedó mirando esa tormenta de líneas torturadas.
—Habrá que ir.
—Será peligroso, Bruna. Tú misma dijiste que quizá fuera la entrada del infierno.
—El infierno ya está aquí, Yiannis —dijo Bruna, pensando en el lento suplicio de Loperena, en Nuyts asesinado y, sobre todo, en esa Gabi bárbaramente violada. Tenía la intuición de que todos los episodios de radiactividad estaban relacionados. Desentrañar este misterio sería su manera de vengar a la pequeña rusa.
—Aún hay algo más. Cuando acoté el fragmento del cuadro y lo reduje a la zona de Onkalo y sus alrededores, me di cuenta de que había unos mensajes escritos en cifrado francmasón.
—¿En qué?
—Es un cifrado clásico que usaba la sociedad secreta de los francmasones a principios del siglo XVIII para escribir sus cartas y que nadie pudiera enterarse de lo que decían. Las letras del alfabeto se convierten en rayas, ángulos y puntos. Cuando caí en lo que era me costó poco desentrañarlo. Es una clave sencilla; lo difícil era poder verla, en medio del bosque de líneas del dibujo. Pues bien, como te digo hay dos mensajes; el primero está justo al lado del remolino, es decir, en el punto exacto del destino del mapa, y evidentemente son las coordenadas geográficas del lugar: 61.23513ºN21.4821ºE. El otro mensaje está aquí, mira, en la parte del mapa visible, fuera de la zona ciega de Onkalo pero muy cerca. En la ciudad de Pori, para ser exactos. La frase está escrita al lado. Y, una vez descifrada, dice así: «Pori. La Flecha Negra. Mai Burún. Tranquilidad».
—¿Qué es eso de Mai Burún?
—¿Un nombre propio? No sé.
—¿Y la Flecha Negra? ¿Y Tranquilidad?
—El mar de la Tranquilidad es el lugar de la Luna en donde aterrizaron los humanos por primera vez. Yo qué sé. Ni idea.
—Pero es en Pori, en cualquier caso hay que ir a esa ciudad y descubrir quiénes son o qué significan la Flecha Negra, Mai Burún y Tranquilidad. Ahora sólo es preciso encontrar el dinero suficiente para hacer todo esto.