38

Pori era una ruina. Más de la mitad de los edificios habían sido bombardeados. Había calles enteras destruidas y escombreras tan vastas como ríos de lava. El convoy militar los dejó en lo que había sido el centro de la ciudad y ahora era un cerro de cascotes por el que escarbaban niños y perros famélicos. A menudo las ruinas olían a podredumbre: no quedaban vivos suficientes para poder rescatar los cadáveres atrapados. Era un lugar desolador que más bien parecía un no lugar. No sólo tendrían que buscar la Flecha Negra y a Mai Burún, sino también un sitio donde dormir y algo que comer. No parecía fácil ninguna de ambas cosas. Eran las 17:00 y en tres horas se haría de noche; a juzgar por las farolas reventadas, no iba a haber mucha luz cuando el sol se pusiera.

—Los cañones se han callado. Menos mal —dijo Deuil.

Cierto: habían dejado de tronar hacía unos minutos. Era un pequeño alivio. Frente a ellos estaba un edificio derruido del que sólo quedaban en pie dos paredes que formaban un ángulo. Debía de haber sido una biblioteca, porque esos dos muros se encontraban cubiertos de estanterías aún llenas de libros, libros tradicionales de papel. Una mujer y un hombre, los dos humanos, los dos de mediana edad, estaban subidos en precario equilibrio sobre el montón de detritus que el colapso del techo había dejado y, tras sacar un libro cada uno de las estanterías, leían con concentrada fruición, ajenos al pequeño apocalipsis que los rodeaba. Bruna trepó por los cascotes y se acercó a ellos.

—Hola. Perdonad que os moleste. Acabamos de llegar a Pori. No sabemos dónde alojarnos, dónde conseguir comida. ¿Se os ocurre algo?

Los humanos levantaron la mirada de las páginas como si salieran de un sueño, pero no se mostraron sorprendidos ni por la pregunta ni por la insólita presencia de dos reps idénticas y un tipo con moño de samurái. Probablemente ya estuvieran más allá de toda sorpresa.

—Casi todos los supervivientes estamos en la Torre Aalto. Ya sabes, la construida por Sofi Aalto… —explicó el hombre con exquisita cortesía.

En la memoria de Bruna resonó un pequeño eco.

—¿No era el edificio más alto del mundo?

—Exacto, era y es —dijo la mujer con una sonrisa radiante de orgullo, como si estuviera dando una información turística, como si no se encontraran en medio de un mundo hecho trizas; qué profunda, qué pertinaz era la fijación tribal por el terruño, pensó Bruna—. Tiene trescientos pisos y mil quinientos metros de altura.

—Sofi Aalto inventó un material nuevo, el basalto sintético. Muy ligero y muy resistente. Lo desarrolló para poder levantar un edificio tan grande, pero ha resultado tan duro que las bombas no lo destruyen. Así que ahora estamos casi todos allí. Es como una ciudad vertical. Y allí hay de todo. Bueno, todo de lo poco que nos queda, quiero decir. Es ése —explicó el hombre. Y señaló hacia un lugar del cielo.

Las Huskys y Daniel se volvieron: al fondo, por encima de las ruinas, de las columnas de humo y del caos, una torre oscura, afilada e inacabable parecía hincarse en las nubes.

—La Flecha Negra —dijo la mujer con arrobo—. Sigue siendo bella, ¿verdad?

¡De manera que ésa era la Flecha Negra! Dieron las gracias intentando disimular su excitación y se pusieron en camino hacia la torre. Las sombras de la noche caían con rapidez. Una patrulla de soldados los detuvo y, tras estudiar sus salvoconductos, los dejó seguir. En las calles ya no quedaba casi nadie; sólo esos niños pequeños que se movían entre las ruinas como ratas y que se escondían asustadizos a su paso. Estaban llegando ya a la torre cuando escucharon el silbido de un disparo de plasma; Clara y Bruna se arrojaron instantánea y simultáneamente al suelo; el sobón tardó unas décimas de segundo.

—¿De dónde ha salido? —susurró Bruna.

—Creo que de allí —señaló Clara.

De unas ventanas ciegas, reventadas. Esperaron un par de minutos, pero no parecía que el ataque se repitiera.

—Un francotirador —dijo Bruna—. Ya nos lo dijeron. Seguro que ya se ha marchado.

De todas formas tomaron la precaución de acercarse al pie del edificio desde el que supuestamente habían disparado para seguir avanzando hacia la Torre al amparo de su pared. Entonces le vieron: a unos metros, en mitad de la plaza, el cuerpo desmadejado sobre los cascotes. Un niño de ocho o nueve años con media cabeza volada por el plasma.

—¡Malditos sean todos los sintientes! Pero ¿por qué le dispara a un niño ese cabrón? —rugió Clara.

—Por crueldad. Por odio. Porque vio algo que se movía y no supo que era un niño hasta después. O para infundir terror. Siempre hay mil razones —respondió Bruna con voz impávida y tranquila.

Pero pensaba en Gabi. Y en la vida que habría malvivido Gabi en su confín.

—Y luego decía el viejo del hedoné que la solución tenía que estar en los EUT. Pues bien, éstos son los estupendos Estados Unidos de la Tierra —dijo Daniel con ácido sarcasmo.

Bruna se sintió extrañamente irritada por sus palabras. Una emoción chocante, porque en el fondo opinaba como él.

—Cierto, y tú dijiste que había otras vías. ¿Como cuáles?

El sobón frunció el ceño.

—Si quieres que te diga la verdad, hasta las Tierras Flotantes me parecen mejor que esto.

—¿Cómo? Daniel, tú y yo hemos estado allí. Tú has visto lo que es Labari.

—¿Acaso es peor que esto? Necesitamos creer en la vida espiritual. Necesitamos algo trascendente que dé sentido al caos del mundo.

—¿Vamos a seguir aquí diciendo estas chorradas hasta que llegue otro francotirador y nos reviente? —dijo Clara.

Y eso acabó la discusión.

De cerca, la Flecha Negra se veía muy maltratada. El basalto artificial tenía una capa de polvo y mugre, la mayoría de los cristales estaban rotos y muchos de ellos habían sido reemplazados por tablones o paneles de duroplast. En la entrada, un rep de combate con una escarapela de guardia privado les pidió que se identificasen.

—¿Dónde podemos comer y encontrar alojamiento? —preguntó Bruna.

—Si tenéis dinero, en los centros comerciales —contestó el androide.

—¿Y dónde están?

—Hay uno en cada barrio. Cada veinte plantas, más o menos.

—¿Te suena de algo Mai Burún?

—Ni idea. ¿Tenía que sonarme?

—¿Y Tranquilidad?

—Por aquí, muy poca —contestó el tecno burlón devolviéndoles los salvoconductos—. Adelante.

Entraron en el enorme vestíbulo, sucio y caótico, lleno de gente tumbada en sacos de dormir o en roñosos colchones, o sentados en el suelo en torno a pequeñas hogueras. Parecían vagabundos y quizá lo fueran. Los vagabundos de la ciudad vertical. Sortearon los grupos e iban camino a los ascensores de la pared del fondo cuando un penetrante silbido resonó a sus espaldas.

—¡Eh, novatos! Por las escaleras. No hay electricidad —les gritó el androide de la puerta, muerto de risa.

Así que se dirigieron a las escaleras. Bruna miró por el hueco hacia arriba: se perdía en las sombras. Trescientos pisos. No estaba nada mal.

Bum, bum, bum. Habían recomenzado los cañonazos. Ahora se escuchaban muy cerca. A veces el suelo vibraba con las explosiones. Las plantas eran todas idénticas y estaban igual de sucias y de caóticas que el vestíbulo. Algunas puertas de lo que en algún tiempo debieron de ser oficinas o apartamentos se encontraban abiertas, otras estaban cerradas y reforzadas con candados o listones de metal. La gente entraba y salía de los habitáculos, subía y bajaba por las escaleras. Se oían risas, conversaciones, llantos de niños, gritos. En un pasillo había un tipo vendiendo agua. La anunciaba con una salmodia monocorde:

—Agua potable, diez ges el litro; agua potable, diez ges el litro…

Tenía a sus pies, prendida, una lamparilla de aceite, porque ya no se veía casi nada. Encendieron las antorchas de sus móviles y la escalera se iluminó con un resplandor azuloso. La gente con la que se cruzaban los miraban con interés: pese a la larguísima duración de las baterías de los móviles, pocas personas debían de permitirse el lujo de usar las antorchas por miedo a no poder recargar el terminal. Algunos hombres y mujeres parecían servir de taxi y subían y bajaban con personas trepadas a la espalda y sentadas en una tablilla que colgaba de los hombros del porteador. También se cruzaron con una especie de silla de manos adaptada a la escalera y llevada entre dos. Como siempre, la necesidad agudizaba el ingenio.

En el piso 21 había un gran letrero en la pared escrito con letras fluorescentes que decía Centro Comercial. Se asomaron por la primera puerta abierta: era una especie de almacén de víveres y útiles diversos. Había un pequeño mostrador iluminado por un foco enchufado a una batería de manivela. Un hombre menudo leía algo en su móvil.

—Ah. Buenas noches. ¿Nuevos en la ciudad? ¿Puedo ayudar en algo? —dijo amablemente cuando los vio.

—Queríamos comida, agua y alojamiento.

—Perfecto. Tengo de todo.

En ese momento entraron dos humanos, chico y chica, como de once años.

—Perdonadme un momento —dijo el hombre a Deuil y las Huskys—. Los despacho enseguida. ¿Qué me traéis?

Los niños abrieron una mochila, sacaron siete cajas de medicamentos y las pusieron sobre el mostrador.

—¿A ver? Mmmm… Un antidiarreico, otro antidiarreico, vitamina C, más vitaminas. ¡Y un estuche de subcutáneas de Pandol! Esto es lo mejor. No está mal. ¿No había más?

—Mañana iremos y buscaremos más. Eran las ruinas de una farmacia. Pero se hizo de noche —dijo la niña.

—Muy bien. Tomad —dijo el hombre, y les dio dos cartones de leche de soja y dos latas de medusa en conserva—. Aquí os espero.

Los chicos sonrieron y se marcharon felices.

—Lo que me han traído no vale tanto, pero qué queréis, me dan pena —dijo el hombre, suspirando—. Bueno, vamos a lo nuestro.

Una bomba estalló tan cerca que el almacén se iluminó con resplandores de llama y todo trepidó. Las reps y el sobón se agacharon instintivamente. El hombre siguió impertérrito.

—No os preocupéis. La Flecha resiste. No hay cañón que pueda con ella. A veces entra metralla por las ventanas. Pero yo las tengo cubiertas con una red de acero muy tupida. Ya os acostumbraréis. Os puedo vender la comida o podéis cenar en el restaurante; también es mío; está a dos puertas de aquí. Y os puedo alquilar… ¿cuantas habitaciones? ¿Una, dos, tres?

—Tres —dijo el sobón.

Bruna le miró. Era absurdo gastar el dinero en tres cuartos. Claro que hubiera deseado pedir dos y dormir con él. Pero si el sobón pedía tres era porque no quería acostarse con ella. ¿O tal vez porque quería acostarse con Clara? ¿Por qué Clara no decía que era un derroche pedir tantas habitaciones? ¿Una rep de combate acostumbrada a los barracones? Por el gran Morlay, ¡pero si vivía en un maldito microapartamento! Seguro que estaban de acuerdo en verse. Bruna apretó los puños, asqueada de su propia paranoia, de su obsesión, de su estupidez.

—Cenaremos en el restaurante —dijo.

—Muy bien; pues tres habitaciones y tres cenas serán… novecientas gaias. El pago por adelantado.

—Es caro —gruñó la detective.

—Hay poco —contestó el hombre.

La androide separó el dinero y se lo dio. Seguía sintiéndose una imbécil.

—Otra cosa: ¿te suena de algo Mai Burún?

El hombre se sobó la mejilla.

—La verdad es que sí, pero no sé de qué.

—¿Y la palabra tranquilidad?

—No. Eso no. Pero lo otro…

—Intenta recordar, por favor. Es importante.

—Voy a preguntar en los otros centros comerciales de la Torre. Tenemos una red y nos ayudamos.

Pulsó su móvil y habló hacia la pantalla.

—Soy Chirousse del 21, Chirousse del 21. ¿A alguno de vosotros os suena Mai Burún? Repito, Mai Burún. ¿Os suena?

Hubo un expectante minuto de silencio y luego se oyó la voz de una mujer.

—Hola, Chirousse, aquí Ramírez del 159. Mai Burún es la mujer de los niños. Vive en la planta 163.

—¡Claro, la mujer de los niños! Se dedica a recoger chavales de la calle. De eso me sonaba.

Eran las 20:10. Bruna lanzó una rápida ojeada a los demás y vio que todos pensaban lo mismo.

—¿Hasta qué hora podemos cenar? —preguntó.

—No hay problema. Hasta las dos de la madrugada o más. El restaurante también es cabaret.

Así que decidieron subir sin perder más tiempo. Tardaron más de media hora a buen paso en salvar los ciento cuarenta y dos pisos que los separaban de la planta 163, y cuando las Huskys llegaron el sobón estaba todavía en la 158. Le esperaron cortésmente mientras analizaban el entorno. Habían observado que, a medida que subían, las condiciones del edificio parecían mejorar. Había menos puertas rotas, menos gente tumbada en los pasillos. La planta 163 estaba muy tranquila. Tan tranquila que no había nadie a la vista y tuvieron que llamar a una casa.

—¿Qué queréis? —preguntó una voz de mujer desde dentro.

—Buscamos a Mai Burún.

—Al fondo del pasillo, frente a los ascensores. La 33 o 34, creo.

Frente a los ascensores había varias puertas y ninguna tenía número. Estaban decidiendo cuál probar cuando se abrió una y apareció una mujer de unos sesenta y pico años, delgada y ágil pero muy arrugada. Es decir, arrugada de modo natural; era evidente que no estaba operada. Impresionaban los surcos de su piel. Su pelo canoso caía en lacios mechones sobre su rostro. La mujer se sobresaltó al encontrarlos.

—¿Mai Burún? —se apresuró a preguntar Bruna antes de que volviera a cerrar la puerta.

La humana se los quedó mirando.

—Soy yo… —dijo, dudosa.

—¿Podemos pasar?

—No.

—Mai, venimos de parte de Frank Nuyts.

—No sé quién es.

—Era la pareja de Carlos Yárnoz. A Carlos sí le conocías, ¿no? Y quizá a Alejandro Gand. Todos están muertos. Pero nos dieron un mapa. Y nos dijeron que preguntáramos por ti.

Mai los miró ceñuda, cautelosa.

—No estáis hablando de la manera apropiada. No os reconozco.

—Mai, hemos venido de muy lejos. Tienes que confiar en nosotros.

—No estáis hablando de la manera apropiada. No puedo confiar. Voy a cerrar.

Entonces a Bruna se le abrió la mente, como un cielo encapotado que deja pasar de repente un rayo de sol, y supo qué debía decir.

—Tranquilidad. La contraseña es «tranquilidad».

La mujer suspiró y se relajó.

—Eso sí. Pasad.

Entraron a una amplia sala iluminada por velas, llena de colchonetas tendidas por el suelo y con las ventanas cegadas con paneles de madera. Una treintena de niños entre los cinco y los catorce años estaban sentados en los colchones o en sillas y sillones viendo películas en el móvil, leyendo o charlando. Armaban poquísimo barullo para ser tantos y tan pequeños, y el lugar estaba tan pulcro y ordenado como un barracón militar.

—Venid conmigo.

La siguieron hasta un diminuto dormitorio vacío, seguramente el de la propia Mai. La mujer prendió dos gruesos velones y se sentó en la cama. No había otro sitio donde instalarse, así que los demás se quedaron de pie.

—Venís a buscar el descodificador de Onkalo, ¿no?

Bruna dudó un instante y luego decidió dejarse llevar por su intuición y decir la verdad.

—No sabemos qué venimos a buscar. Somos detectives privados. Venimos de Madrid, en la región hispana. Estamos investigando el asesinato de Carlos Yárnoz, de Alejandro Gand y de Nuyts, pareja de Yárnoz. Fue el propio Nuyts quien nos dio el mapa que nos ha traído hasta ti. Nos lo dio antes de que lo mataran. Sabemos que tenemos que ir a Onkalo, pero no sabemos nada más. Ni siquiera conocemos qué hay en ese lugar. Dicen que es una zona maldita. No viene en los mapas. Salvo en el del Nuyts, por supuesto.

La mujer los miró atónita.

—Vaya… No sé. Esto no es lo que yo me esperaba. Yárnoz me dijo que volvería él o que vendría alguien. Que vendría su pareja, sí, eso dijo. Creo que dijo Frank. Y que diría la palabra clave. Y vosotros habéis dicho la contraseña, pero no sabéis nada. A lo mejor hasta sois los asesinos… Pero no, no creo. Seríais unos asesinos bastante estúpidos. Y, además, estoy harta de guardar esa cosa. Vivo muerta de miedo. Os lo daré.

Se puso de pie, se acercó a la mesilla de noche, agarró un bote de crema cosmética, metió los dedos dentro y sacó algo pequeño y embadurnado que limpió concienzudamente primero con las manos, aplicándose la crema sobrante en la cara, y después con un pico de su camiseta azul oscuro. Cuando lo juzgó presentable se lo dio a Bruna.

—Es vuestro.

La rep lo miró: era un rectángulo de goma dura negra de unos tres centímetros de largo por dos de ancho y medio de alto, con una pequeña pantalla que se transparentaba bajo la goma y cuatro teclas ciegas empotradas. Un descodificador, y además un aparato bastante sofisticado, calculó. Estanco, impenetrable.

Mai se había vuelto a sentar en la cama y se masajeaba la crema en las mejillas para su completa absorción.

—Onkalo. Onkalo. ¿Por dónde empezar? Bueno. Vosotros sabéis que el problema de la energía nuclear son los residuos. Son letales. Son muy peligrosos y muy destructivos. Su radiactividad no se ve, no se siente, no se huele. Pero es capaz de acabar con la vida del planeta. Cuando Becquerel y los Curie descubrieron la radiactividad a principios del siglo XX no sabían que le estaban abriendo la puerta a un engendro infinitamente más grande que nosotros. Porque la peligrosidad de los residuos nucleares puede perdurar muchas decenas de miles de años. ¿Entendéis lo que os digo? Nosotros, los humanos, apenas si hemos vivido esa cantidad de tiempo sobre la Tierra. Las primeras pinturas rupestres sólo tienen treinta mil años, y la toxicidad de algunos residuos dura tres veces más que eso. Y una especie tan débil, tan ignorante y tan joven creó este demonio de longevidad impensable. Para peor, cada día el demonio era más grande; cada día llenábamos más el mundo de ese horrible e inmanejable peligro. Cuando el Protocolo del Átomo prohibió la energía nuclear en 2059, había cerca de ochocientas toneladas de residuos radiactivos. Es una bestia letal y enorme y ahí está todavía con nosotros. Convivimos con ella. Con nuestra criatura.

Mai guardó silencio un momento y pasó su inquisitiva mirada de uno a otro, quizá para comprobar si la seguían, si estaban lo suficientemente atentos. Lo estaban, desde luego.

—Por lo general los residuos nucleares se guardaban en almacenes provisionales, en grandes tanques sumergidos en piscinas de agua, porque el agua es capaz de aislar la radiactividad. Pero, claro, teniendo en cuenta que esa basura tóxica se mantiene letal durante tantísimos años, esos almacenes no eran una solución. Exigían un gran mantenimiento; podían ser asaltados y destruidos en una guerra, o por un terremoto. Y, además, ¿cómo saber que alguien va a estar aquí dentro de setenta mil años para seguir llenando de agua esos tanques? Entonces los finlandeses, que en aquella época eran una nación independiente, estoy hablando de finales del siglo XX, tuvieron la grandiosa idea de crear el primer cementerio de residuos nucleares permanente del mundo. Un lugar que no necesitara mantenimiento. Que se ocupara por sí solo de conservar a la bestia aislada y apresada. En realidad era una iniciativa muy generosa: fue la única sociedad que intentó asumir la responsabilidad casi eterna de los tóxicos que producía. Y así nació Onkalo, que originalmente en finés quiere decir «caverna», aunque ahora le hayan inventado el significado de «peligro de muerte».

—¿Entonces Onkalo es un cementerio de residuos nucleares? —se admiró Bruna.

—No: Onkalo es EL cementerio de residuos nucleares de la Tierra. No hay otro. Es el sepulcro del ogro. O más bien su prisión subterránea, porque sigue ahí abajo y está muy vivo. Al principio la idea era hacer un depósito sólo para los residuos de las centrales nucleares finlandesas; se escogió una pequeña isla, Olkiluoto, que tiene un lecho de roca muy viejo y muy estable, sin riesgos de temblores ni erupciones. De hecho, es un terreno tan estable que en la misma isla, a unos cinco kilómetros, ya hubo antes una central nuclear. El cementerio consiste en una rampa en espiral de cuatro kilómetros de largo que desciende hasta quinientos treinta metros de profundidad; y ahí, a ese nivel, se encuentra el almacén, cientos y cientos de cilindros horadados en la roca; en cada alvéolo está el material radiactivo en un depósito de acero bórico, sellado dentro de una cápsula de cobre y todo ello envuelto en bentonita. Capas y capas defensivas para apresar al demonio. En fin, el caso es que Onkalo se empezó a construir en el año 2004 y en 2020 se enterraron los primeros cilindros radiactivos. En el plan inicial estaba previsto que Onkalo siguiera recibiendo los cilindros de las nucleares finlandesas hasta el año 2120, es decir, hasta dentro de once años. En ese momento se sellaría la entrada del cementerio con toneladas de hormigón y se haría desaparecer la carretera y los accesos.

—¿Desaparecer? ¿Por qué? —dijo Clara.

—Los constructores de Onkalo estuvieron pensando durante mucho tiempo cuál sería la mejor manera de advertir a las generaciones futuras sobre el peligro del lugar. Primero se les ocurrió poner señales, pero ¿qué señales vas a usar, en qué idioma, cómo vas a saber qué tipo de humanos va a existir dentro de cincuenta mil años, por ejemplo? El mayor riesgo que amenaza a Onkalo es la curiosidad y la avaricia de nuestros descendientes. Si, dentro de miles de años, descubren una construcción tan bien cerrada, seguro que querrán abrirla a toda costa, querrán entrar para ver qué hay allí. Y será como abrir la caja de Pandora. El mal y la muerte se apoderarán del mundo. Así que, tras mucho reflexionar, los promotores del depósito llegaron a la conclusión de que lo más seguro era intentar borrar todas las huellas; intentar que el mundo se olvidara de Onkalo; e incluso crear cierta leyenda de lugar sagrado o maldito. Los mitos pueden perdurar a través de milenios.

—Pero has dicho que el sellado de Onkalo tenía que hacerse dentro de once años, y sin embargo ya han borrado los datos, ya han intentado construir esa leyenda de zona no transitable —dijo Bruna.

Mai Burún suspiró.

—Sí… Porque los humanos hacen planes pero luego la realidad se encarga de desbaratarlos. Fue un conjunto de circunstancias; el hecho de que se prohibieran las nucleares en el 59, y luego, todo el horror y la violencia del siglo XXI. Las Plagas. Las Guerras Robóticas. No sé si lo recordaréis, pero durante las Guerras Robóticas asaltaron un almacén provisional de residuos nucleares situado en los antiguos Estados Unidos de América, uno de esos lugares con tanques de agua. Y, además de crear una catástrofe radiactiva en la zona, tan sólo minimizada porque el almacén se encontraba en el desierto de Nevada, con aquel material robado se fabricaron varias bombas nucleares que luego los terroristas utilizaron en la India, en China y en Italia… Fueron años atroces. Pero, claro, no lo vivisteis. Vosotras no existíais y tú debías de ser muy pequeño.

—Nací en 2079, el mismo año que empezaron las Guerras Robóticas. Y no, no recuerdo gran cosa —dijo Deuil.

—Yo, sin embargo, lo recuerdo todo muy bien. Soy ingeniera nuclear. Y trabajé en Onkalo desde 2085 hasta 2098. Tras el ataque al almacén del desierto de Nevada, las potencias nucleares comprendieron que tenían que hacer algo urgente con los residuos. Aunque algunas de las potencias estaban enfrentadas en las Guerras Robóticas, el riesgo era demasiado grande para todos y decidieron hacer un acuerdo secreto, el Tratado de Keops. Y el único lugar a mano factible y seguro para deshacerse de los desechos era Onkalo. Para entonces, y tras el cierre de las nucleares en el 59, Onkalo ya había empezado a aceptar residuos de otras partes del mundo, obteniendo grandes beneficios con ello, por cierto. Pero en el Tratado de Keops se aspiraba a la solución final: enterrar toda la basura radiactiva. Así que decidieron ampliar a la mayor velocidad posible el espacio de almacenamiento de Onkalo, trasladar allí los residuos planetarios y sellar el cementerio cuanto antes. Yo participé en esa megalómana, frenética carrera. Fue agotadora, aunque emocionante. Al final, cuando, después de la Unificación, empezó a surgir en esta zona el terrorismo ultranacionalista, se decidió adelantar aún más el cierre y eso fue un desastre. Onkalo se selló en 2098. Toneladas y toneladas de cemento cegaron la entrada al túnel. Rompieron y levantaron el asfalto de la carretera, removieron la tierra, nivelaron el suelo, trasplantaron árboles. Y, al mismo tiempo, se borró Onkalo de los archivos centrales, de la memoria pública, de las enciclopedias, de los mapas. Se creó la leyenda de su maldición y se encargó a periodistas y escritores que la difundieran…

—Pero está claro que algo no funcionó… —dijo Bruna, pensando en todo el material radiactivo que parecía estar dando vueltas por el mundo.

—No funcionó lo de siempre. La debilidad, la improvisación, la desesperación, la codicia humana. El cierre estaba siendo tan prematuro, tan precipitado, tan chapucero, que varios de los ingenieros nucleares, entre ellos yo, considerábamos que los últimos depósitos no habían sido bien aislados y que podrían acabar contaminando toda la zona. Tras un enconado debate se llegó a una solución salomónica: se sellaría Onkalo como estaba previsto, pero se dejaría un pequeño acceso a la última zona de almacenamiento; un estrecho túnel vertical con un ascensor y una escalera. Y así se hizo. Yo no la vi terminada, pero sé que la entrada está ahí. Es un acceso prácticamente invisible desde el exterior y se mantendría abierto durante unas décadas para poder verificar si la radiactividad del depósito aumentaba. Luego también se cegaría.

Mai calló y enterró el rostro entre sus manos. Permaneció más de un minuto sin moverse, mientras las Huskys y Deuil se miraban inquietos sin saber bien qué hacer. Al cabo, Burún levantó la cara y suspiró.

—Yo no formo parte del pequeño equipo que debe descender periódicamente a hacer las mediciones. Dejé de trabajar en Onkalo en 2098, cuando lo sellaron, pero, a diferencia de la mayoría de mis compañeros, me quedé en Pori por razones que no vienen al caso. Hace ocho años me vino a buscar Gand. Quería que le enseñara dónde estaba la entrada del túnel de verificación; me ofreció mucho dinero y yo lo acepté. Me avergüenza decirlo, pero lo necesitaba para los niños. De modo que lo llevé hasta allí. Y no tuve que hacer nada más: él tenía el descodificador y sabía cómo entrar. Después de eso no supe de él hasta hace unos meses. Apareció aquí con Carlos Yárnoz. Me pidieron que me quedara con el descodificador. Me dijeron que vendrían a buscarlo. Y me volvieron a pagar muy bien. Esto es todo lo que sé, en fin, y prefiero no saber más. Cuando os llevéis de mi casa esa maldita cosa me quedaré mucho más tranquila.