23
Tras acabar la insípida comida, subieron al primer piso a colocar someramente su equipaje en las habitaciones, que eran dos minúsculos cuartos gemelos, con suelo de tablones, una cama pequeña y alta, un arcón para guardar las pertenencias, una balda, una mesa con una jofaina y su correspondiente jarra. Esto último se reveló tan artificioso y tan de utillería seudomedievalista como todo lo demás, porque los dormitorios compartían un cuarto de baño integral y moderno con ducha de vapor y sistema de reciclaje automático. Una Tierra Flotante hiperpoblada no podía permitirse una mala gestión del agua y de los residuos orgánicos.
Salieron de El Reposo Debido dispuestos a aprovechar lo que quedaba de la tarde. No sabían hacia dónde dirigir sus pasos y el posadero les aconsejó que se acercaran a la plaza Mayor:
—Hoy es Pertenencia y es el día del Gran Mercado. Es un buen lugar para observar cómo es nuestro Reino.
—¿Pertenencia?
—Sí. En nuestro mundo los días se agrupan en decenas, no en semanas. El primer día del decenario es Obediencia; luego vienen Pertenencia, Certeza, Humildad, Aceptación, Devoción, Pureza, Reverencia, Sacrificio y por último el día de la Gran Fe, que es jornada de fiesta. Son los hitos de nuestro credo Único. Las grandes verdades —explicó con cierta solemnidad el burgués Chemón.
Era un decenario algo espeluznante. Lo del mercado parecía un plan tan bueno como cualquier otro, así que se dirigieron hacia allá. Nada más abandonar el edificio, Bruna advirtió que los estaba siguiendo un esclavo enorme de piel tan negra que casi azuleaba. Se lo señaló al táctil.
—¡Qué torpes! El tipo no hace nada por ocultar que nos está espiando y además su aspecto es tan imponente que no le ayuda a camuflarse, desde luego… —comentó Deuil.
—Es que no pretende pasar inadvertido. Los labáricos quieren que sepamos que nos están vigilando.
Será más difícil rastrear a Yárnoz, pensó la detective. Aunque al aceptar el trato ya sabía que iba a ser un encargo peligroso. Husky reprimió un escalofrío; le desasosegaba profundamente la siniestra sociedad labárica, y su mala experiencia anterior no hacía sino aumentar su inquietud. Pero no transmitió sus prevenciones al sobón; tenía la sensación de que a Daniel-Fred no le incomodaban tanto los únicos como a ella. Claro que, tras invertir tantas horas de su vida en estudiar un tema, quizá resultara inevitable terminar sintiendo cierta proximidad.
La plaza Mayor era enorme y cuadrada y el mercado resultó ser una construcción circular fija que ocupaba el centro de la plaza. Sucesivas hileras de columnas de falsa madera iban creando circunferencias concéntricas cada vez más pequeñas; tapices bordados tendidos entre ellas servían de paredes, dividiendo el mercado en una serie de anillos cuyo tamaño disminuía progresivamente, como en una cebolla. El techo era un entoldado de muselina de color arena que tamizaba la luz. Los sectores se comunicaban por estrechos espacios sin tapices; en cada uno de esos pasos había dos soldados. Los que se encontraban guardando la puerta exterior los miraron desconcertados cuando intentaron entrar.
—¿De qué casta sois? —preguntó el de mayor edad, lanzándoles una ojeada confusa de pies a cabeza.
Deuil posó una mano en el antebrazo de Bruna, instándola a callar.
—No pertenecemos a ninguna casta. Somos de la Tierra. Somos invitados del Reino de Labari —contestó el sobón.
—¿Y eso cómo puedo saberlo yo? Aquí no entraréis si no podéis acreditar hasta dónde llega vuestro derecho de paso —gruñó el tipo, agarrando el asta de su lanza con las dos manos y colocándola horizontalmente a modo de barrera.
El otro soldado se apresuró a hacer lo mismo. Bruna les echó un rápido vistazo profesional; el mayor de cincuenta, el menor de unos treinta; más bajos que ella los dos, pero fornidos; además de la lanza, una espada corta y un hacha doble colgando del cinto. El más peligroso sin duda el de más edad, lleno de cicatrices que demostraban una buena capacidad de supervivencia. La rep consideró que podría con ellos, aunque el exotismo de la Tierra Flotante podría estar haciendo que ella ignorara datos relevantes para el combate. Además, si la baloncestista Reyes Mallo se enzarzara en una pelea con los soldados, su camuflaje se iría al garete de inmediato. Suspiró e intentó relajarse. En cuanto había el menor indicio de enfrentamiento físico, la adrenalina se le disparaba.
—Mira, somos Fred Town y Reyes Mallo, entrenador deportivo y baloncestista. Estamos alojados en El Reposo Debido. Puedes llamar y preguntar al burgués Chemón, el posadero —dijo el sobón, persuasivo y amable.
—¿Llamar? ¿Cómo llamar? ¿A gritos? —se mofó el soldado.
—Sí, claro. Perdona. Olvidé que aquí no tenéis móviles. Puedes enviar a alguien a la posada…
En ese momento, el enorme esclavo negro se acercó a la puerta y, juntando las manos delante de su pecho de titán, hizo una profunda inclinación, mostrando la nuca desnuda y pelada al militar.
—Que el Principio Sagrado sea vuestra Ley. Señor, pido humildemente permiso para hablar.
—Habla.
—Soy Lobaño, esclavo de Gumersindo. Mi Amo me ha ordenado que sea la sombra de estos extranjeros. Sé que se llaman como dicen y que son invitados del Reino. Éste es mi anillo de libre circulación —dijo, todavía mirando al suelo, pero mostrando un peculiar aro de hierro trenzado que llevaba en una de sus manazas.
El soldado frunció el ceño.
—Está bien. Puedes irte.
El negro se enderezó y se retiró caminando hacia atrás con la cabeza un poco inclinada. El hombre de las cicatrices miró a Husky y a Deuil con el claro rencor de quien se ha sentido desautorizado.
—Poneos esto en el cuello —dijo, lanzándoles de malos modos dos aros de fieltro anaranjados que cogió de una pila de aros de diversos colores que había en el suelo—. ¡Y devolvédmelos al salir!
Se echó a un lado, furioso, y Bruna y Daniel entraron en el recinto. Pequeños puestos comerciales abarrotaban el primer anillo vendiendo frutas, quesos, piezas de algo que parecía carne, aunque la androide dudaba mucho que lo fuera; manojos de hierbas, sandalias, grandes cucharones de la misma madera artificial omnipresente en todas partes, toscos taburetes, tazas de latón y un sinfín de artículos más, muchos de ellos difícilmente reconocibles al primer vistazo. Todos los vendedores eran siervos y además varones. Un río de gente circulaba de manera incesante de un puesto a otro y la muchedumbre parecía compuesta por individuos de todas las castas, incluyendo unos cuantos esclavos con grandes cestos de mimbre haciendo la compra.
—Ven, vayamos al siguiente círculo a ver qué hay —dijo Deuil.
Los soldados que vigilaban el paso echaron un vistazo a sus collares y ni se movieron. Los dos terrícolas entraron en el anillo adyacente, en donde dominaba el color azul, tanto en los tapices que hacían las veces de pared como en las túnicas de los vendedores. Artesanos. Aquí volvía a haber utensilios domésticos, pero eran de evidente mejor calidad; tenedores de madera pulida finamente tallados, tazas de cerámica vidriada y pintada. Salvo los alimentos, que no había, parecían vender lo mismo que en el sector anterior, sólo que en una versión más refinada. Por ejemplo, ofrecían botas y botines, mientras que en el primer recinto sólo había rústicas sandalias y pesados zuecos.
—Aquí no veo siervos… Ni esclavos —comentó Bruna.
—Mira, allí hay un siervo, precisamente. Pero sí, lleva un aro de fieltro al cuello como nosotros, sólo que azul —respondió Daniel.
—¿Mis señores son la delegación deportiva de la Tierra?
Estaban al lado de un pequeño puesto de cinturones. El artesano que los vendía, un tipo larguirucho de unos cincuenta años, les sonreía obsequioso enseñando unos dientes caballunos, largos y amarillos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Deuil.
—Mi hijo es un albo. Es deportista y juega el Juego Menor. Me habló de su visita y de que mañana irán a verle jugar al Campo Real. Yo también iré —dijo con orgullo.
—Cierto, estás bien informado.
El artesano sonrió aún más. Sus incisivos eran enormes. ¿Cómo haría para meter todos esos dientes en la boca cuando la tuviera cerrada?, se preguntó Bruna.
—He oído a los señores y me ha parecido que quizá les interesaría saber algunas cosas sobre el mercado…
—Sí, por favor…
—Bien; el mercado no puede ser recorrido en su totalidad por todos los habitantes de Labari, sino que cada individuo tiene su lugar. Como ordena armoniosamente el Principio Sagrado: el primer anillo es el único que está abierto a todo el mundo; al segundo, que es éste, ya no pueden entrar ni los siervos ni los esclavos, salvo que se los autorice de modo especial a acceder hasta aquí; en ese caso se les proporciona un collar de fieltro. Dependiendo del color del fieltro, pueden llegar hasta un anillo u otro.
El artesano sólo miraba a Daniel mientras hablaba, y Bruna, sumida en la invisibilidad femenina labárica, se dedicó a curiosear el puesto del hombre. Había cinturones de cuero pintados, repujados o labrados; cintos artísticamente tejidos con tiras de esparto; anchos fajines de lino bordado. También había trabas; algunas eran de cuero fino y flexible y otras de tela trenzada, como la que llevaba la mujer de la posada. Bruna cogió una: los puños estaban forrados de un tejido suave y esponjoso para proteger los tobillos.
—Veo que mis señores delegados tienen el fieltro naranja, que indica acceso total. Pueden llegar hasta el corazón del mercado, que es el círculo de los Amos y los Sacerdotes. Nunca he estado allí. Yo ya no puedo pasar de este anillo, aunque un par de veces haya accedido al siguiente para alguna encomienda. ¿Mi señora desea una traba? La que tiene en la mano es la mejor. Muy buena elección, si se me permite el comentario.
—No, no, no —se apresuró a decir Bruna, dejando la mercancía en su lugar—. Muchas gracias.
—Es una pena. Es muy buena. Elegante, confortable y ligera. La hice yo mismo.
Y enseñó de nuevo su manchada sonrisa de caballo.
Deuil y Husky dieron las gracias al artesano y se despidieron de él. La rep vio que el esclavo negro estaba parado a unos metros de distancia, con su correspondiente salvoconducto naranja al cuello, dispuesto a seguirlos al siguiente anillo, y pensó con cierta satisfacción que, gracias a ellos, Lobaño quizá tuviera la oportunidad de llegar por vez primera hasta el círculo interior y visitar así el privilegiado reducto de los Amos.
El recinto vecino lucía el color verde de los comerciantes. Aquí los objetos a la venta no se exhibían sobre mantas o lienzos tendidos en el suelo, sino sobre mesas y mostradores. Había bellísimos tapices bien tensados en sus bastidores para mostrar con claridad el dibujo; joyas de extraño e intrincado detalle en plata y oro, jubones de terciopelo acuchillados en raso, velos tan sutiles como un pensamiento. Había pinturas de paisajes, laúdes incrustados de madreperla, platos de porcelana traslúcida que, colocados ante una vela, dejaban entrever la silueta fantasmal de Heriberto Labari, el fundador de la secta. Los vendedores eran todos comerciantes y entre los compradores había burócratas, Amos y también algunos Sacerdotes, perfectamente reconocibles por sus sayas violetas, parecidas en su diseño a las de los plebeyos, pero mucho mejor cortadas, ceñidas con cíngulos de hilo de oro y confeccionadas en lana fina y seda. Una mujer noble, con un velo de muselina color melocotón cayendo como una sombra de verano sobre su rostro, se detuvo a mirar unas pulseras de bronce que parecían argollas. En el mercado se veían pocas mujeres y casi todas eran siervas y estaban en el primer anillo.
—Qué extraño, Fred; todos estos objetos preciosos son sin duda la obra de grandes artesanos. ¿Por qué los venden los comerciantes? ¿Por qué los pocos artesanos que veo por aquí llevan todos un collar de fieltro al cuello?
Deuil recapacitó unos segundos.
—Creo que se trata de esa obsesión que tienen los labáricos con la aceptación del propio lugar. Su manera de ver el mundo no es como la nuestra; ellos se contemplan como una pirámide, siendo los pocos individuos superiores quienes dan forma a la sociedad y son los garantes de la perpetua armonía y del perpetuo orden. Así que supongo que lo que importa aquí es quién va a adquirir estos bienes. A quiénes pertenecen, en definitiva. Quiénes son aquellas personas que, con su mera existencia, permiten y alientan que se alcance este refinamiento. Es decir, los nobles. Por otro lado, los comerciantes juegan un papel esencial: ellos son los encargados de traer de todos los confines del mundo, también de la Tierra, las materias primas exquisitas con las que se confeccionan estos productos. Estas obras de arte existen en primer lugar porque hay un noble que las merece; después, porque hay un comerciante que las procura; el artesano que las ejecuta se encuentra evidentemente en un escalón más bajo.
—Fred, a veces me parece que los entiendes demasiado bien.
El táctil la miró enarcando burlón las cejas y redondeando sus achinados ojos.
—Pero, mi querida Reyes, ¿qué comentario es ése?
Daniel agarró el antebrazo de Bruna y, estirándose un poco, depositó un beso en la mejilla de la rep y luego arrimó la boca a su oreja. El susurro llegó envuelto en su cálido aliento.
—Te recuerdo que soy antropólogo… Y eso es lo que hacen los antropólogos… Esforzarse por comprender la colectividad que estudian.
Dio un paso hacia atrás y se la quedó mirando con seriedad.
—Pero entender no implica justificar. Aunque, de todas formas, ¿de qué estamos hablando? ¿Te repugna el sistema de castas? De acuerdo, a mí también. Y en la Tierra, ¿qué sucede? No tenemos castas, claro; somos mucho más demócratas, más civilizados. Pero hay ciudadanos de primera y de segunda y hasta infraciudadanos que malviven en territorios tan contaminados que los tóxicos ambientales los están matando porque no pueden pagar los impuestos de las zonas de aire limpio. Por no hablar de la marginación de los tecnohumanos y de los alienígenas. Pensé que tú, amiga Reyes, serías más empática con todo esto.
Bruna apretó los puños.
—Está bien. No quiero discutir. Pasemos al próximo sector —zanjó con brusquedad.
El siguiente segmento del mercado mostraba el colorido marrón y amarillo de los burócratas. Tras dar una vuelta entera al circuito, Deuil y Husky comprobaron con cierta estupefacción que sólo vendían dos tipos de productos: armas y libros. Por un lado, lanzas, picas, hachas dobles, mazos de púas de aspecto aterrador, espadas tan finas y tan adornadas de arabescos y filigranas que más parecían una joya que un útil de combate. Y, enfrente de esta erizada, punzante y amenazadora ferretería, largas mesas llenas de volúmenes. Eran libros impresos y sin duda recientes pero simulaban ser antiguos, con cubiertas de pergamino o de cartón y capitulares primorosamente ornamentadas. Husky se acercó a mirar: por supuesto estaban las obras completas de Heriberto Labari, así como textos que, por sus títulos, parecían ser de contenido religioso: El camino de la perfección, La Única Verdad y la Verdad del Único, Razón y Revelación… Pero también había libros de historia, científicos, filosóficos… Detrás de los mostradores, tanto en la armería como en la biblioteca, un puñado de burócratas de ropajes rayados se afanaban como abejorros laboriosos.
—Curiosa combinación de mercancías, Fred —dijo la androide, pensando en lo que diría Yiannis al ver sus preciados libros junto a las hachas.
—En realidad no tanto… Si te fijas, todos ellos son utensilios de poder. Te recuerdo que en el Reino de Labari la mayor parte de los ciudadanos son analfabetos. Además de los Amos y los Sacerdotes, sólo saben leer y escribir los burócratas. Un libro puede ser tan peligroso como una espada, y supongo que por eso están bajo la custodia de estos secretarios de la ropa a rayas.
Bruna le miró con suspicacia, insegura sobre cómo tomarse las palabras del sobón.
—Ven. Vamos a ver cómo es la zona de los Amos —dijo Deuil.
El acceso al último recinto estaba cegado por unas colgaduras. A ambos lados se aburrían los consabidos guardias, que una vez más permanecieron impávidos mientras el sobón abría las cortinas y pasaban. De algún lado venía un tenue sonido de laúd y el aire estaba perfumado. El círculo interior era bastante grande; desde la entrada partía un camino recto alfombrado de rojo que constituía el diámetro de la circunferencia; a ambos lados, en primer término, dos cuadrados también alfombrados en los que algunos comerciantes con aros naranjas al cuello vendían sus mercancías. Después, perfectamente simétricos a derecha e izquierda del camino, se iban alzando unos estrados rectangulares, de modo que los segundos eran más altos que los primeros y los terceros eran los más elevados, permitiendo abarcar la geometría de todo el conjunto desde la entrada. Y en los estrados, ahora lo veía la androide, había esclavos. Hombres, mujeres, niños. Centenares de ellos.
—Es un mercado de esclavos —susurró Husky.
Los objetos expuestos a la venta en las zonas alfombradas guardaban todos ellos alguna relación con los cautivos. Cadenillas de orejas y nariz en diversos materiales y medidas, algunas de oro y con vistosas gemas; faldellines, taparrabos, correajes diversos. Y también: látigos, torniquetes de pulgares, hierros para marcar. Bruna se estremeció.
—¡Claro! Esto es un mandala —dijo Deuil, excitado.
—¿Un qué?
—Un mandala. Me acabo de dar cuenta. Todo el mercado, esta circunferencia dentro del cuadrado de la plaza Mayor, es un mandala, que es una representación geométrica del macrocosmos y del microcosmos, común en el hinduismo y en el budismo. Cada parte del mundo, desde lo diminuto a lo inmenso, está representado aquí ritual y simbólicamente. Todo tiene su exacto y preciso lugar. Y es fascinante que justo en el sanctasanctórum, en el corazón de este mercado, se unan los señores y los esclavos, lo más elevado y lo más bajo. No es casual. Porque además en el Reino de Labari sólo pueden tener esclavos los Amos y los Sacerdotes.
La androide miró a Daniel de hito en hito.
—Es terrible, Fred.
—Cierto, es atroz. Pero muy interesante —contestó el sobón con sonrisa feliz.
Y echó a caminar pasillo adelante. Tras un instante de duda, la rep le siguió.
Los primeros estrados estaban ocupados por niños y niñas de apenas diez años; todos llevaban ya sus cadenitas de hierro y permanecían en cuclillas, con la cabeza baja, modosos y callados. Cuando un comprador se interesaba por alguno, el comerciante le hacía levantarse, alzar el rostro, dar una vuelta sobre sí mismo. En el estrado siguiente estaban las mujeres, hileras e hileras de ellas, todas jóvenes y agraciadas, lo mismo que los cautivos varones que se vendían en la tarima más alta. Tanto las chicas como los chicos permanecían de rodillas, sentados sobre sus talones y con las piernas ampliamente separadas, como ofreciendo sus sexos apenas cubiertos por los taparrabos y los faldellines, en una postura de claro contenido erótico. La androide sintió que se le revolvía el estómago.
—Mira esto, Reyes.
El sobón estaba contemplando una gruesa columna truncada de piedra que parecía marcar o adornar el centro justo del mercado. La rep se acercó; las paredes de la columna estaban cubiertas de inscripciones realizadas en la pesada y retorcida caligrafía de poder labárica: Hermógenes, Constantino, Cunderiano, Belarmino…
—Son los nobles del Reino. Amos y Sacerdotes. Como te dije, no hay muchos, apenas un par de miles. Éste es el registro de todos ellos. Mira, los que tienen una cruz han muerto. En honor del fundador, Heriberto Labari, todos los nobles llevan su mismo apellido, todos son Labari, así que lo único que los distingue es el nombre de pila, que siempre es un nombre largo y poco común que jamás puede repetirse. Y mira quién aparece aquí.
Bruna se agachó para ver el lugar que Deuil le señalaba: Carloyarnoz, decía. Y tenía una cruz. Se levantó.
—Bueno. Algo es algo, Fred —bufó.
A pocos metros de ellos, el gigantesco esclavo negro aguardaba pacientemente. ¡Y ella que había creído que le mostrarían por primera vez el círculo interior!, se dijo Husky, cuando en realidad la vida cautiva de ese hombre, su miserable existencia encadenada, habría empezado justamente en este mercado, quizá incluso de crío. Pobre Lobaño.