26

Cenaron en la posada la misma comida abominable mientras Deuil le explicaba cómo había conseguido la dirección de Yárnoz.

—Pasamos por delante de la Asamblea de Nobles, que es donde se reúnen todos los Amos una vez al mes para debatir los temas de gobierno que luego elevan a la firma del Rey. Los Sacerdotes hacen lo mismo en otro palacio que está enfrente, el Colegio Sacro. Y el caso es que le dije a Tin que el edificio era hermoso y que me encantaría poder visitarlo; yo sabía que es un espacio público; que, cuando no hay asamblea, permiten la entrada de plebeyos de todas las castas para empequeñecerlos con su lujo. Así que allá fuimos y, en efecto, es un palacio o más bien un castillo imponente, una fantasía medievalista, un lugar diseñado para impresionar… Con techos altísimos, esculturas gigantescas y oscuras pinturas murales iluminadas aquí y allá con un toque de oro. Un sitio algo lóbrego, pero hermoso. Ya sólo las dimensiones tienen que dejar sin aliento a los plebeyos, acostumbrados a las estrecheces de este mundo hiperpoblado. La sala de la Asamblea es enorme y está llena de sillones colocados en círculo; y en el centro de ese círculo hay una mesa redonda; y en el centro de esa mesa, en fin, ya sabes que es una sociedad muy ritualizada y que le da una importancia simbólica a las formas geométricas, en el centro de esa mesa, digo, hay un libro gigantesco de falso pergamino que es el registro de todos los Amos, con sus árboles genealógicos, sus títulos y sus tierras, que en realidad es donde habitan. Hice como que lo hojeaba y busqué Carloyarnoz. Era Señor de la Colina Azul. Ahí es donde vivía.

—¡Por el gran Morlay! ¿Cómo demonios vamos a encontrar eso? ¿Y cómo sabes que es en Oscaria?

El sobón se echó a reír.

—Porque esto es una Tierra Flotante, no una Europa remota y desploblada por la Gran Peste de 1348. Quiero decir que una plataforma artificial como ésta se encuentra en el límite de la sostenibilidad, y la gestión de los espacios tiene que ser rígida y exacta, no un producto del azar como en la vieja Tierra.

—Sigo sin entender.

—¡Todo el Reino de Labari está dividido en sectores! Y éstos a su vez en subsectores, en delgados segmentos del anillo que van ordenados numéricamente. ¿No has visto las cifras que hay por todas partes? Oscaria abarca los sectores uno, dos y tres. Y en el libro traducían las direcciones legendarias a esta malla geográfica real. Debajo de la Colina Azul ponía 3, 127, N. O sea, sector 3, subsector 127, Norte. Pueden ser Norte, Centro o Sur.

Cierto. Ahora Bruna recordaba haber visto inscripciones con cifras y letras como ésa en los muros de adobe, en los troncos de los escasos árboles, en postes de madera o monolitos de piedra. Le habían llamado vagamente la atención, pero había tantas cosas llamativas en Labari que no había llegado a concentrarse en eso.

—¿Y nosotros estamos ahora en…?

—Sector 2, subsector 12, Centro. La señal está fuera, justo escrita en la fachada de la posada. Me temo que nos queda bastante lejos.

—Pues entonces tendremos que correr. ¿Qué tal corres, Fred? —preguntó la rep algo burlona.

—Creo que no me las arreglo mal.

—¿Y la herida del pie?

—Está prácticamente curada. Por cierto, antes has usado una exclamación un poco rara… Has dicho «por el gran Morlay» y, si no me equivoco, ésa es una expresión tecnohumana. ¿No fue Morlay el venerado líder de la revuelta tecno? ¿Y no es chocante que una humana como tú, mi querida Reyes, una buena chica baloncestista, utilice una frase así?

Los ojos le chispeaban de malicia, esos ojos rasgados de color azul noche que ahora, a la luz de los hachones, parecían negros y brillantes como escarabajos. Husky se sintió mortificada por su evidente error, aunque sabía que nunca lo habría cometido si de verdad hubiera comprometido su seguridad. O eso esperaba, al menos. El resplandor vacilante de las antorchas hacía bailar las sombras en el rostro del sobón, en su alto moño samurái y sus sienes rapadas. Era evidente que Labari, pese a sus veleidades arcaizantes, dominaba una avanzada tecnología; de hecho, alteraban su mundo artificial para fingir amaneceres, días soleados y noches de luna. Pero luego, al imponer la oscuridad ficticia, sólo utilizaban métodos de iluminación tradicionales: teas, velas, lamparillas. Todo era un teatro, un decorado. Este mundo era la apoteosis de la mentira.

Aunque había que reconocer que los hachones creaban una atmósfera cálida e íntima. Los afilados dientes de Deuil eran tan blancos que no parecían de hueso, sino más bien de un vidrio duro y opalino. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa. Grandes y delgadas, pero fuertes. Unas muy bellas manos de sobón. Poseer unas manos tan extraordinarias, ¿le habría predispuesto para la profesión de táctil? ¿O el trabajo habría afinado y fortalecido sus largos dedos? Recordó que esas manos habían estado rodeando su cuello y sintió que la piel se le encendía. Un ansia urgente de que esos dedos se metieran por todos los rincones de su cuerpo le estalló en la carne. Fue una necesidad repentina, algo parecido al hambre impostergable de un famélico, y su violencia inesperada le sorprendió.

—¿Qué estás pensando? —dijo Daniel.

—¿Yo?

—Me observas y piensas. ¿Qué?

Bruna le miró, todavía ardiendo. Y sonrió.

—Estoy intentando calcular hasta qué punto serás de verdad un buen corredor. Subamos a los cuartos. Tenemos que irnos.

Ya en su habitación, Bruna se puso una camiseta y unos pantalones de entrenamiento negros y, tras un minuto de duda, sacó la pistola de plasma de su escondite y la guardó en su pequeña bolsa de bandolera. Pasó a buscar al sobón; le encontró aún a medio cambiar, con el torso desnudo. Era un hombre de extraordinaria delgadez, estrecho y filiforme; pero su cuerpo no era huesudo sino suave y delicado, zangolotino. Era como el cuerpo de un adolescente inmediatamente después de haber dado el estirón, con los brazos y las piernas aún descompasados, demasiado largos, casi plegables. No tenía un solo vello en el pecho pero llevaba tatuados dos grandes ojos sobre las tetillas. Unos ojos inquietantes llenos de pestañas y con las pupilas de un denso color azul, como las suyas.

—¿Qué? ¿Sigues intentando deducir si sabré correr bien? —se burló Daniel, atento a su mirada.

Pero su voz ansiosa y un poco ronca traicionaba la ligereza del comenario.

Bruna no contestó; se dirigió al ventanuco de vidrio emplomado y lo abrió. Ya se había fijado, el día anterior, en que la ventana del cuarto de Deuil daba a la parte trasera de la posada, mientras que la suya se abría sobre la fachada.

—Saldremos por aquí —dictaminó.

Se volvió. El táctil se había puesto una camisa deportiva de lastina de color violeta oscuro. Se acercó a la ventana y miró hacia abajo.

—Es un poco alto pero creo que podré bajar.

—El problema no es bajar ahora, sino subir luego. Tenemos que volver a entrar por aquí. ¿Tú crees que podrás conmigo? ¿Que podrás impulsarme, levantar mi peso? —preguntó la rep.

El táctil inclinó la cabeza hacia un lado y la observó zumbón achinando aún más sus rasgados ojos.

—O sea que piensas que soy físicamente poca cosa…

—¿Podrás o no?

—No conoces la fuerza del espíritu… —rió.

Bruna suspiró:

—Vaya, justo dijo eso mismo esta mañana una jugadora de Rencor. Y me hizo una demostración espeluznante. Con que llegues a la mitad de eso nos valdrá. Bajaré yo primero.

Con tranquila facilidad, la rep se sentó a horcajadas en la ventana y, tras pasar la otra pierna, se descolgó sosteniéndose del marco con las manos. Luego se soltó y rodó flexible por el suelo hasta ponerse en pie. Mientras se erguía vio caer al sobón, que parecía casi tan ágil de movimientos como ella. Cosa que le produjo una rara satisfacción.

De noche, Oscaria tenía mucho menos movimiento, algo comprensible porque era un mundo muy oscuro. Tras orientarse y establecer mentalmente una ruta, los dos terrícolas se pusieron a correr con un trote corto y sostenido. Los ojos felinos de Husky estaban adaptados para ver en las sombras y el sobón se mantenía cerca de ella y en ocasiones, si las tinieblas se espesaban o el lugar era difícil, encendía por un instante la antorcha del móvil. Habían acordado que, si tenían que dar explicaciones a alguien, dirían que habían salido a entrenar: a fin de cuentas eran deportistas. Pero las pocas personas con las que se cruzaban en la ciudad sombría los miraban de refilón, casi con miedo, con la mansedumbre y la pasividad habitual de los pueblos acostumbrados a la tiranía. De cuando en cuando, los terrícolas comprobaban que avanzaban en la buena dirección consultando las cifras posicionales. Los segmentos iban pasando con exasperante lentitud y Husky apretó el paso; con el rabillo del ojo observó que Daniel la seguía imperturbable y que su respiración aún no estaba agitada. Sí, era un buen corredor. Tampoco resultaba tan sorprendente, porque su cuerpo filiforme era la estructura más adecuada para la larga distancia.

Tardaron hora y media en llegar a 3, 127, N. Debía de ser una zona limítrofe de Oscaria, porque se trataba de un lugar feo y miserable: llevaban varios subsectores pasando sólo por hileras e hileras de chozas de siervos. Aquí, en cambio, además de las pobres construcciones de adobe se veía una pequeña casa cuadrangular de piedra con un patio. Sin duda era la Colina Azul, aunque no había ninguna colina. Todo Labari era plano, es decir, curvo, siguiendo el perfil de esa especie de gran rueda que era esta Tierra Flotante. De nuevo la circunferencia, pensó Husky: en este mundo todo era circular.

Se acercaron lentamente y atisbaron con cautela por las estrechas ventanas, que en realidad no eran más que unas troneras sin cristales que perforaban el espeso muro. Para su sorpresa, dentro había luz. Y no luz de velas, sino un resplandor artificial. Husky siguió dando la vuelta a la casa y al fin atinó con una tronera que le permitió ver algo, es decir, ver a alguien. Se trataba de un anciano con unas greñas blancas y alborotadas que nimbaban su cara. Vestía unas ropas terrícolas bastante raídas y estaba sentado en una silla junto a una mesa escribiendo en un papel a la luz de la antorcha de un móvil. Dejó el lápiz sobre el papel y se levantó, desapareciendo de la ventana. Regresó al instante con algo en la mano: un viejo magitonal, el pequeño teclado capaz de mimetizar los sonidos de un centenar de instrumentos.

—Le conozco —susurró Bruna—. ¡Le conozco!

No había caído antes porque el hombre estaba muy avejentado y ella le había tratado siendo joven y guapo. Pero recordaba la fascinación que sentía en su infancia —en su falsa infancia, en sus falsos recuerdos— cuando este músico se ponía a tocar su magitonal, que probablemente fuera el mismo aparato que ahora tenía entre las manos, pues saltaba a la vista que se trataba de un modelo muy antiguo.

—Es… era el amante de Yárnoz. Su pareja.

—¿Cómo lo sabes? —se extrañó Deuil.

—Lo sé. Está en mis recuerdos. En mi memoria artificial. Es largo de contar. ¿Cómo se llamaba, maldita sea?

Había sido un músico bastante famoso. Tecleó en su móvil varias combinaciones de búsqueda: músico, compositor, Madrid, siglo XXI, Carlos Yárnoz, Pablo Nopal. Aparecieron decenas de artículos, decenas de nombres diferentes. Cuando lo vio, se acordó. Frank Nuyts.

Movida por un impulso, la rep salió corriendo, dio la vuelta a la casa y golpeó la pesada aldaba de la entrada. El sobón fue detrás, desconcertado:

—Pero ¿qué haces?

—Tranquilo. Déjame hablar a mí.

Se oyeron pasos, ruidos. La puerta se abrió apenas una rendija y por ella asomó media cabeza del hombre. Un ojo desconfiado que los miraba. Más abajo, una vela encendida. Parecía haber apagado la antorcha del móvil.

—Frank… Frank Nuyts —dijo Bruna.

El hombre sacó la vela por la abertura y la levantó un poco para verles las caras. No debieron de gustarle porque no dijo nada.

—Frank, venimos de la Tierra. Queríamos hablar contigo de Carlos Yárnoz.

La vela tembló.

—¿Está bien? ¿Dónde está? ¿Y cómo podéis demostrarme que venís de su parte? —dijo el hombre con una voz estrangulada por la emoción.

La rep se quedó atónita.

—Frank… Frank, Yárnoz ha muerto. Lo asesinaron en Madrid el 24 de julio. Hace nueve días.

Blam. La puerta se cerró con estrépito. Husky corrió a la tronera más cercana y arrimó la cara al agujero:

—Frank, por favor, escúchame, déjanos entrar… Tengo cosas muy importantes que decirte pero no te las puedo contar a gritos. Te conozco, os conocí en la infancia… Tú ibas con Yárnoz hace más de veinte años a visitar a un hombre apellidado Nopal, erais amigos… Recuerdo que una noche, antes de la cena, le regalaste una sonata a Nopal. Él se emocionó mucho. La tocaste en ese magitonal que usas ahora… Era su cumpleaños.

El último cumpleaños de su padre antes de que lo asesinaran, pensó con angustia Husky. Cuánto dolía su maldito padre de mentira. Tres años, nueve meses y treinta días.

La voz del hombre salió desde dentro de la casa:

—¿Cómo sabes todo eso?

—Yo… yo era la hija de Nopal.

La cara del músico apareció en la tronera.

—Nopal sólo tenía un hijo. Un varón.

—Te lo puedo explicar. Déjanos entrar, por favor.

El rostro desapareció de la abertura y se hizo el silencio. Segundos después, la puerta se abrió. Bruna y Daniel se acercaron y empujaron la hoja entornada. Nuyts había vuelto a sentarse en el sillón y los miraba a la luz incierta de unas velas. Entraron, cerraron y se acercaron a él. El dolor desencajaba sus facciones: tenía expresión de loco y la barbilla se le movía sola. No podía ser tan viejo como aparentaba, pensó Bruna; ella le recordaba joven, guapo, rubio, con una gruesa trenza de dorado cabello descendiendo hasta la mitad de su espalda. Ahora debía de tener poco más de cincuenta años. Pero estaba destrozado. Era el rostro de alguien que había sufrido mucho.

—¿Habéis venido a matarme a mí también? —dijo Nuyts con voz temblorosa pero serena—. No me importa. Ya no le tengo ningún apego a esta asquerosa vida.

—¡No! ¡No! —exclamó la androide, conmovida—. No venimos a matarte. Al contrario. Queremos averiguar quién asesinó a Yárnoz, y por qué. Mira.

Husky inclinó un poco la cabeza y se quitó las lentillas, mostrando sus ojos de pupila vertical, el distintivo de los androides.

—¿Ves? Soy tecnohumana. Me acuerdo de ti porque mi memorista, el verdadero hijo de Nopal, implantó sus propios recuerdos en mi memoria artificial. Al revelarte quién soy me estoy poniendo en tus manos, Frank. Sabes que en este mundo los reps estamos prohibidos. Si me descubren, me matarán. Tienes que confiar en mí como yo estoy confiando en ti ahora.

Nuyts la miró con interés. Asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Habla.

Entonces Husky le explicó cómo había muerto Yárnoz y le contó todo lo que sabían. Lágrimas redondas y pesadas empezaron a caer por las mejillas de Nuyts.

—Es culpa mía. Es culpa mía —gimió—. Cuando descubrieron en la Tierra que Carlos era un espía, nos refugiamos aquí. A él le hicieron noble para pagar sus servicios; pero este mundo repugnante, primitivo y fanático es tremendamente machista y patriarcal. Odian a las mujeres; y odian el amor homoerótico. Aunque los Amos y también algunos Sacerdotes, pese a sus votos, abusan de sus esclavos varones cuanto quieren. Pero eso no lo consideran homoerótico, porque para ellos los esclavos no son hombres, sino objetos.

Se quedó callado, con los ojos vidriosos, sumido en quién sabe qué pensamientos.

—Decías que a Yárnoz le hicieron noble… —apuntó con suavidad la rep para traerle de nuevo a este mundo.

—Sí. Pero a mí me despreciaban. Me clasificaron como siervo. ¡Me tatuaron!

Nuyts se arrancó el pañuelo que llevaba al cuello y mostró su siniestra S grabada en la carne con la grafía de poder.

—Carlos no pudo hacer nada. Él no estaba. Me vinieron a buscar. Me llevaron a la fuerza. Me marcaron con su asquerosa escritura. Y cortaron mi trenza. En este mundo sólo los nobles pueden llevar el pelo largo.

—Lo siento.

Frank se enjugó los ojos con la manga.

—Carlos era labárico de corazón. Había espiado en la Tierra por ideología, por principios. Creía en este mundo. Pero después de lo que me hicieron fue perdiendo la fe. Como siervo, no me estaba permitido tocar música. No me dejaban componer. Intenté seguir haciéndolo, escondido en casa. ¡Lo sigo intentando todos los días! Pero he perdido el talento. He perdido la inspiración. Estoy seco. Estoy mudo.

—Es la pena por todo lo que te ha sucedido, Frank, pero lo podrás superar —dijo la rep.

—¡Nooooooooo! Es esta maldita letra… ¡Es este tatuaje! Me posee… ¡Tiene de verdad poder! Me encierra… ¡Me obliga!

Diciendo esto, el hombre se arañó con furia la base del cuello, allí donde estaba el signo. La piel se rasgó, la sangre empezó a correr. Nuyts dejó caer blandamente las manos sobre sus rodillas. Sus uñas estaban rojas.

—Carlos trabajaba aquí para el núcleo de los reactores. Era el encargado de conseguir el material radiactivo en la Tierra, pero en los últimos años…

—Un momento, un momento —le interrumpió la detective con excitación—. ¿Qué es eso del núcleo de los reactores?

—Es la fuente de energía de Labari.

—¿Cómo? ¡Pero eso no es posible! La energía atómica está prohibida en la Tierra, y tampoco permitiríamos que se utilizara en una plataforma orbital. Se supone que la energía de esta Tierra Flotante viene de un reservorio de agua que ocupa el centro del anillo y que está lleno de algas liberadoras de hidrógeno.

—Ésa es la versión oficial. Pero no es verdad. En el corazón de este mundo hay una gigantesca central nuclear.

—¿Y lo del material radiactivo de la Tierra? —preguntó el sobón.

—El combustible nuclear se compra en la Tierra. Ilegalmente, por supuesto.

Callaron unos instantes, digiriendo la enormidad de la información. Luego Nuyts retomó su relato.

—En los últimos años, Carlos me veía tan mal que ya no sabía qué hacer para ayudarme. Y un día su contacto en la Tierra, Alejandro Gand…

—¿Gand?

—Sí, él era como Carlos aquí. Eran los dos ejes del trato, los dos intermediarios. Carlos era el agente de Labari y Gand el del vendedor terrícola. Y un día Gand le propuso independizarse. Gand abandonaría la organización para la que trabajaba y Carlos abandonaría Labari y se convertirían en proveedores independientes, ganando cantidades fabulosas de dinero. Al parecer, la extrema clandestinidad de todo el negocio había hecho que, por seguridad, muy pocas personas conocieran los datos. Sólo Carlos y Gand sabían todos los detalles del proceso. Y cuando se fueron, se llevaron ese conocimiento. Querían obligar a Labari a comprarles directamente a ellos.

—Pero no lo entiendo. ¿Y Yárnoz te dejó aquí? Te podrían haber torturado, ejecutado…

—¡Noooo! Carlos pensó en todo. ¡Carlos lo hizo por mí! También se llevó pruebas suficientes para demostrar que el Reino de Labari usa energía nuclear y amenazó con hacerlas públicas en la Tierra si me pasaba algo. Yo iba a reunirme con él ahora, cuando me avisara. Carlos se marchó antes para evitarme peligros. Sabía de una organización que podía conseguirnos los mejores documentos falsos de la Tierra. Muy caros, pero permanentes y no rastreables. Dos identidades a estrenar. Íbamos a empezar una nueva vida.

Las lágrimas volvieron a rodar por su cara quieta e inexpresiva.

—Pero cuando él murió te quedaste desprotegido… —insistió la rep.

—Yo no lo sabía. Nadie me dijo que había muerto, aunque llevaba días con un presentimiento aterrador. Supe que algo iba muy mal cuando vinieron a registrar la casa y a interrogarme. El pasado Aceptación llegaron dos Amos con un montón de soldados. Pusieron todo del revés buscando no sé qué y luego me preguntaron si Carlos había dicho algo, si había dejado algo.

—¿Y qué les dijiste?

—La verdad. Esta maldita letra me obliga, y ellos lo saben. No puedo mentir a un Amo. Pero no sé nada. No sé nada más de lo que os he dicho.

Bajó la cabeza y sollozó un rato. Luego se sorbió los mocos y volvió a mirarlos.

—Sin embargo, sí me dejó algo. Me dejó un rollo envuelto en tela. Me dijo: «Si muero, esto será tuyo. Ábrelo entonces, pero sólo entonces. Cuídalo porque es muy importante. Aquí está todo». Eso dijo. Me acuerdo muy bien. «Aquí está todo».

—¿Y no hablaste de eso a los Amos?

—¡Yo no sabía que estaba muerto! Así que él todavía no me había dejado nada. El rollo era suyo y sólo suyo. Por eso pude callar y evitar el mandato del tatuaje —dijo Frank con una pequeña sonrisa triste y victoriosa—. En el registro encontraron el rollo, por supuesto. No estaba escondido, sino encima de la mesa, en un lugar claramente visible. Donde Carlos lo había dejado. Lo abrieron, pero no le dieron mayor importancia. No lo entendieron. A decir verdad, yo tampoco lo entiendo.

Nuyts se levantó de la silla, caminó hasta una gran mesa que había al fondo y volvió con un paquete tubular de unos sesenta centímetros envuelto en tela negra y atado con un cordel. Se lo tendió a Husky. La androide desató el nudo con nerviosismo y abrió el paquete; era una cartulina enrollada con un dibujo. Una obra muy rara. Un hombre fantasmal y medio derretido con las manos a ambos lados de la cabeza, los ojos vacíos y la boca abierta en una especie de alarido. Parecía una calavera. Debía de estar en un puente de madera o en un malecón y al fondo se veía el mar. Todo estaba pintado de una manera imprecisa, furiosa, con colores brutales y un cielo rojo arremolinado y asfixiante. Era un cuadro aterrador, horrible.

—Me suena de algo —dijo el sobón.

—Frank, ¿me lo puedes prestar? Intentaremos descifrar qué es lo que hay aquí que no vemos. Te lo devolveré, te lo prometo.

—Llévatelo. Si sirve para atrapar al asesino de Carlos… Y haré algo más. Os puedo llevar a ver el núcleo de los reactores. No podremos entrar en la central, naturalmente, ni acercarnos mucho. Pero hay un lugar del anillo desde el que se ve el núcleo. Carlos me llevó un día. La gente no sabe lo que ve y está bastante lejos, pero, si lo filmáis, quizá los expertos de la Tierra puedan reconocer que es una central nuclear. Podría ser una prueba contra Labari.

—Me parece una buena idea. Nos marchamos pasado mañana. ¿Podemos ir ahora? —dijo la rep.

—Está bastante lejos; tenemos que coger el Dedo de Heriberto y viajar durante casi dos horas… Y de dos a seis de la madrugada el Dedo no funciona. No nos da tiempo a ir y volver.

—Cierto. ¿Y mañana por la noche? Podemos venir más temprano.

—Mañana os espero a las ocho —decidió Frank.

Y acarició suavemente el dibujo con la punta de sus dedos antes de envolverlo en la tela para dárselo.