31

Bruna se despertó con el martilleo de la resaca, una vieja amiga a la que no había visto mientras permaneció en Labari: ahí arriba apenas bebió. Cuatro punzantes latidos de jaqueca más tarde ya se sintió lo suficientemente despabilada como para advertir que un cuerpo cálido se abrazaba a su espalda desnuda. Dio media vuelta en el enredo de sábanas y se dio de bruces con Bartolo, con los ojitos felices de Bartolo, con sus narizotas y su aliento algo fétido. Sí. Cierto. Ahora se acordaba. El sobón se había marchado de madrugada. Husky apartó al bubi de un empujón y se sentó en el borde de la cama a esperar que la habitación dejara de moverse. Lo hizo enseguida, cosa que infundió en la rep la loca esperanza de no haber bebido tanto, después de todo. Reflexionó un momento sobre Deuil y no consiguió llegar a saber si le había decepcionado o aliviado que quien estuviera aferrado a su espalda fuera el tragón y no él. Se puso en pie; la jaqueca parecía disminuir. Abrió el armario de la cocina, sacó un vaso de café, lo agitó para calentarlo, le quitó la tapa y se lo bebió de golpe. El amargo brebaje penetró en su estómago como una tuneladora. Llenó de comida el cuenco de Bartolo (había que evitar que, cegado por el hambre, devorase cualquier parte de la casa) y se metió en el cuarto de baño. Cuando estaba saliendo de la ducha de vapor escuchó el tintineo de un mensaje holográfico. Provenía de la pantalla principal y sin duda pedía permiso para descargarse: sólo Yiannis estaba autorizado para mandar holos. Mientras se secaba, miró su móvil: la petición era de Carnal, la fastidiosa activista del Movimiento Radical Replicante. Estuvo a punto de rechazarla, pero entonces se fijó en que era un envío rebotado desde una central de mensajería. Habían intentado entregarle el holo tres veces antes mientras estaba en Labari. A Husky le pareció extraño que la rep usara un servicio de mensajería y sintió que se le despertaba la curiosidad. Se envolvió en una toalla y salió del baño.

—Pantalla, abre holo —ordenó, agitando otro vaso de café.

El aire vibró, se oscureció y pareció condensarse y en décimas de segundo apareció la imagen de Carnal a tamaño natural delante de ella.

—¡Mierda! —exclamó Husky, dando un paso atrás. El vaso resbaló de entre sus manos; ya había despegado media tapa, de modo que el café corrió por el suelo y salpicó y le quemó una pierna.

La androide apenas resultaba reconocible. Era una criatura en su agonía, un ser destrozado. Cuando grabó el mensaje holográfico, la activista del MRR se encontraba en plena eclosión del TTT. En las horas finales de su Tumor Total Tecno.

—¿Te he asustado, mi Bruna? ¿Te doy miedo? ¿Te repugno? —dijo Carnal con voz sibilante y fatigada.

La holoimagen abarcaba poco más que la silueta de la rep, pero parecía encontrarse en una cama y recostada sobre un cerro de almohadas. Estaba descalza y casi desnuda; unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas dejaban ver su organismo emaciado, pavorosamente descarnado, devorado por el cruel incendio tumoral. La macilenta piel estaba cubierta de pústulas y las encías le sangraban, manchando sus pálidos labios de estrías oscuras. Los ojos brillaban febriles al fondo de la cueva de sus cuencas. El abdomen, muy hinchado, parecía un añadido grotesco, una broma cruel en su cuerpo esquelético.

—Cuando recibas este holo supongo que ya habré muerto… Vaya, qué frase famosa… Parece sacada de una película de espías —susurró, sarcástica.

Un ataque convulsivo de tos cortó sus palabras. Pequeñas gotas de sangre salieron disparadas por el aire. Husky se echó hacia atrás en un gesto instintivo, aunque las gotas no fueran reales.

—Morir es obsceno… es indecente… perdóname por darte este espectáculo… —jadeó Carnal al cabo, con la barbilla y el pecho moteados de rojo.

Tres años, nueve meses y veinticinco días. Tres años, nueve meses y veinticinco días, repitió Bruna mentalmente, hipnotizada, como quien recita una jaculatoria o un conjuro protector.

—Pero creo que la impresión de verme así hará que obedezcas mi petición… No, no, me he expresado mal… Quiero decir que hará que cumplas mi deseo. Por favor.

Volvió a toser durante un tiempo que se hizo interminable. Luego sonrió con esfuerzo. Una sonrisa sucia, desvaída. Una sonrisa de loca.

—Tienes que ir a la calle Doctora Amalia Gayo 27… Apartamento 930… Ve allí… y habla con la inquilina. Preséntate. Ella sabrá. Hazlo, por favor. Es mi última voluntad.

Carnal calló y se quedó mirando fijamente a la cámara. Es decir, a los ojos de Husky. El pecho huesudo de la enferma subía y bajaba con doloroso esfuerzo.

—Te lo dije, Bruna… Te lo advertí. Yo tampoco puedo suicidarme.

Un sollozo seco recorrió la cara de la activista, contrayendo sus rasgos en un relámpago de dolor que duró un instante. Luego regresó la impasibilidad. Ese cuerpo torturado por la muerte.

—Nunca me creíste, pero cuando te dije que me gustabas era verdad. Qué pena, mi Bruna… No haber tenido más tiempo…

Algo se enterneció en el rostro afilado de la rep y, por debajo de los duros rasgos ya cadavéricos, asomó el recuerdo pícaro y burlón de la pequeña androide de cálculo que lamió el cuello de Husky. Una sombra fugitiva de lo que fue.

—No lo olvides, Doctora Amalia Gayo 27, apartamento 930… No dejes de ir… Te cambiará la vida. Esa breve vida que te queda.

Dicho esto, Carnal alargó el brazo y cortó la holografía. Su imagen se deshizo en briznas de nada, como una nube que se evapora en un cielo azul. También la verdadera Carnal habría desaparecido a estas alturas, dentro de una caja de cartón endurecido, en el crepitante horno de un siniestro moyano. Ya no quedaría rastro de su paso por la Tierra. Cenizas y energía.

Tres años, nueve meses y veinticinco días.