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Abrió los ojos y vio entrar al enfermero con el desayuno.
—¿Qué tal todo, Bruna?
—Muy bien. Como nueva. Deseando irme.
—Hoy es el gran día, ¿eh?
—Espero que lo sea.
Husky acababa de salir de aislamiento. Se había sometido a un breve tratamiento de regeneración celular porque en Onkalo recibió una dosis de radiactividad no demasiado elevada, pero suficiente para poder crear problemas en el futuro. La isla de Olkiluoto estaba contaminada; al manipular los cilindros para robar los residuos, los ladrones redujeron el aislamiento y provocaron una fuga radiactiva. Por eso quedaron afectados Gand y Yárnoz. En cuanto a Gabi, tras analizar el móvil de Nichu Nichu y detener a Preciado Marlagorka y su red, se sabía que habían estado vendiendo parte de los residuos nucleares a los grupos terroristas ultrarreligiosos y ultranacionalistas de los confines; una información escalofriante, ya que esos locos podrían disponer de cabezas nucleares en cualquier instante. Además la manipulación del material parecía haber sido muy poco rigurosa; se estaban haciendo mediciones en las zonas en las que se compraron los residuos y varios lugares ya habían dado niveles de radiactividad preocupantes. Entre ellos Dzerzhinsk, la ciudad de la niña. Todo el asunto había saltado por los aires y creado un inmenso alboroto, un terremoto político. Labari se había visto obligado a reconocer el uso de la energía nuclear y, tras unos primeros días de insostenible tensión en los que estuvo a punto de estallar una guerra, ahora tanto el Reino como la Tierra estaban intentando encontrar soluciones. La presidenta de los EUT, Amalia Ming, había tenido que convocar elecciones anticipadas y probablemente las perdería. Todo el mundo conocía ahora la existencia y el peligro de Onkalo, pero Bruna estaba segura de que eso no sería duradero. Bastaría con que pasaran un par de generaciones humanas para que la bestia volviera a sumergirse en las tinieblas. En cincuenta años ya nadie sabría que todo ese veneno latía ahí enterrado, bajo el viejo bosque de Olkiluoto.
Bruna se levantó de la cama y desayunó en la pequeña mesa. Estaba rico. El hospital era uno de los mejores de Madrid; su seguro médico era formidable. Qué atinada había estado al escoger el seguro en vez de la paga de inserción. Clara, naturalmente, también había hecho lo mismo que ella, por eso había andado tan mal de dinero tras licenciarse. Pensó un instante en Clara; y la echó mucho de menos.
Se pasó la mano por la cabeza y sintió una vez más la extrañeza de tocar todo ese pelo. No había podido rasurarse desde que salió de Pori camino de Onkalo. Y eso había sido quince días antes. Fue al cuarto de baño y se miró en el espejo: estaba muy rara. Casi parecía humana. Agarró la maquinilla.
—¿Bruna?
Era Lizard. A la rep le sorprendió la alegría con que escuchó su voz. Salió del baño con la rasuradora en la mano.
—Hola, Paul. Estaba a punto de afeitarme la cabeza.
—Ah. Si quieres lo hago yo. Con una sola mano te será más difícil.
—Vale. Genial.
Paul se sentó en la cama, la sentó a ella entre sus piernas en la banqueta del baño y comenzó a pelarla.
—Ya tengo el informe de los especialistas que entraron en Onkalo. Nichu Nichu tenía el cuello roto. Clara le partió el cuello, en efecto. A una asesina profesional muy peligrosa y armada con un plasma negro. Sois duras, las Huskys.
Bruna sonrió.
—También había un maletín de plomo con material radiactivo dentro, Clara debió de contaminarse al recoger esos residuos. No sé si era un encargo de Marlagorka, pero más bien creo que Nichu Nichu pensaba hacer negocio por su cuenta… Te ha crecido el pelo muchísimo, Bruna, casi he llenado el depósito. Y, ¿sabes? Hay quien dice que detrás de todo esto está la mafia de los trinitarios, que Marlagorka no era más que un peón de Trinity… si es que Trinity existe.
Lizard había ido a buscarla. Lizard había llegado a Pori y la había encontrado en un maldito hospital de campaña, sin identificar, con una atención médica lamentable. La recogieron y atendieron porque todos los reps de combate eran del ejército de los EUT, los rebeldes no disponían de androides; pero carecían de medios para cuidarla adecuadamente. Lizard la había traído a Madrid. Y la había abrazado, la había acariciado, le había dicho lindezas. La rep se fingió más enferma de lo que estaba para seguir recibiendo sus muestras de afecto. Cuando ya no pudo seguir fingiendo, se acabó el cariño. Pero se acordaba.
—Ya está. Vuelve a verse el tatuaje.
Bruna se tocó el cráneo. Suave y liso. De nuevo era ella.
Los brazos de Lizard la rodearon y la cabeza del inspector se apoyó en el hombro de la rep.
—¿Necesitas que te rasure algo más? —susurró en su oído.
Estar dentro de sus brazos, cobijada en su pecho, era como estar en un nido. La androide rió. En ese momento se sentía increíblemente bien. Se sentía en paz.
—No. Creo que no.
Gabi entró en la habitación como un torbellino seguida por un Yiannis jadeante. Lizard soltó a la androide y ambos se levantaron.
—¡Hola, Bruna! —dijo la rusa.
—Hola, Gabi.
Era la primera vez que veía a la niña desde el día que fue a despedirse de ella al hospital, pero el pequeño monstruo mantenía su apariencia de desapego de siempre. Yiannis le había dicho que había empezado los trámites para adoptarla legalmente. Era un alivio que el archivero se hiciera cargo de ella.
—¡Tengo una buenísima noticia, Bruna! Bueno, tengo dos buenísimas noticias —exclamó el viejo con expresión dichosa.
Demasiado dichosa, de hecho. Había vuelto a conectar la bomba de endorfinas y tenía todo el aspecto de estar en un subidón. La rep le miró con recelo.
—Ah. Qué bien… ¿Y cuáles son?
—Pues, la primera, que la Fundación Internacional para la Transparencia Democrática te ha concedido su premio anual de treinta mil gaias por contribuir a divulgar la existencia de los conflictos bélicos en los confines.
¡Vaya! Pues sí que era una buenísima noticia.
—¿Y la segunda?
—¡Que ya he invertido veintiséis mil ges en la creación de un movimiento político!
—¿¿Cómo??
—¡Sí! Se va a llamar Un Paso Más y vamos a exigir que se cambien aquellas leyes o situaciones manifiestamente injustas y antidemocráticas, como, por ejemplo, que dejen morir a los niños pobres por la radiactividad cuando hay remedio para ello. He informado a la Fundación del uso que vamos a hacer de su dinero y están encantados. Ya lo han anunciado en los medios.
Bruna le miró estupefacta y de pronto le entraron unas ganas absurdas de reír.
—¿Me quedan por lo menos los otros cuatro mil ges? —preguntó, dudosa.
—Sí. Ésos sí te quedan.
Bueno, y qué más daba. Por fortuna le habían devuelto la licencia: aunque no hubiese podido completar el tratamiento con el sobón, la Administración consideró que había hecho méritos suficientes. Así que podría trabajar. Además, hasta un minuto antes no sabía que tuviera nada. Viejo chiflado. Todavía con esperanzas de cambiar el mundo. Claro que era un loco perseverante, así que a lo mejor hasta lo lograba.
—Cuéntame el final de la historia ya, Bruna. Me lo prometiste. Te toca —ordenó Gabi.
Sí, se lo prometió. Estaba bien, mejor acabar con eso de una vez.
—Vale. ¿Recuerdas por dónde íbamos?
—La Muerte los había alcanzado y le había dado un beso en los labios al gigante y entonces el gigante se había caído al suelo vomitando sangre. Yo creo que estaba muerto —dijo la niña.
—Claro. Sí. Lo estaba. Y entonces la Muerte se volvió hacia el enano, dispuesta a acabar con él también. Pero el enano se puso de rodillas y le pidió por favor por favor un último deseo. De hecho, la tradición de los últimos deseos para los condenados a la pena capital empezó ahí. El enano le dijo que, como le gustaba tanto pintar y era bueno haciéndolo, quería dibujar esta escena final: el gigante caído, el paisaje, la Muerte esperando y dominándolo todo… Y la Muerte, que era soberbia y vanidosa, se sintió halagada con la idea de ser la protagonista de un cuadro, y concedió el deseo. Entonces el enano cogió una ramita, la mojó en la sangre del gigante, y empezó a pintar en una gran piedra caliza vertical. Primero pintó el valle en el que estaban, las montañas y los árboles; y sus trazos eran tan realistas que las hojas parecían mecerse con la brisa. A continuación se puso a dibujar un río con una barquita oscura que flotaba a lo lejos; pero, en la pintura, el río iba muy crecido; tan crecido que empezó a desbordar los límites de la piedra caliza, y un chorro de agua roja como la sangre salpicó los pies del enano y comenzó a acumularse unos metros más abajo, donde la Muerte estaba. El nivel subió tan rápidamente que enseguida ocultó el cadáver del gigante e hizo que la Muerte perdiera pie. La Muerte, sorprendida, intentó nadar, pero no conseguía flotar en el agua de sangre. Mientras tanto la barquita del dibujo se había estado acercando y acercando, venía navegando por el río y ahora se veía que había alguien dentro. El agua estaba ya tan alta que al enano le llegaba por la mitad del pecho; pero en ese momento llegó la barca junto a él y en ella venía el gigante, vivo y sonriendo, junto con un perrito de tres cabezas que iba con las patas delanteras apoyadas en la borda y meneando alegremente el rabo, porque era un perro muy marinero. Entonces el gigante alargó el brazo, agarró al enano por el cogote y, levantándolo con facilidad, lo sentó en el barquito a su lado. Y luego dieron media vuelta y se alejaron remando, tan felices, por su río de agua roja como la sangre. Así acaba la historia.
Bruna calló. La niña juntó las manos y suspiró.
—Ahhhhhhh… Me gusta. Me gusta tu cuento —exclamó, radiante.
—Precioso —dijo Yiannis.
—Gracias.
—¿Y la Muerte se ahogó? —preguntó la rusa.
—Me temo que no.
—¿Y por qué hay un perro de tres cabezas? —volvió a preguntar.
Bruna reflexionó un instante.
—Porque los monstruos son hermosos.
Gabi asintió con naturalidad, como si Bruna acabara de decir algo evidente. Luego levantó su pequeño índice en el aire y dictaminó en tono concluyente:
—Y el perrito iba atado a la barca.
—Sí. Claro que sí. Llevaba una bonita correa con un buen nudo —dijo Husky.
Nunca había visto a la rusa tan contenta. Clara tenía razón, pensó la rep: necesitaba un final así.
—Se te da bien lo de contar mentiras —dijo Lizard, sonriendo—. Debe de habérsete pegado de tu memorista.
—Mira quién fue a hablar —se burló juguetona la rep.
Y, de pronto, una sospecha irrumpió en su cabeza. Una evidencia en la que hasta ese momento no había caído. La sonrisa se le congeló.
—Paul… ¿cómo me encontraste?
—¿Qué?
—Sabes bien lo que te estoy preguntando. Yo no tenía móvil, o sea que no podías rastrearlo; carecía de identificación, podía estar en cualquier parte. Pero, por lo poco que tardaste en localizarme, fuiste directo a ese hospital. ¿Cómo lo hiciste?
Lizard resopló y se pasó la manaza por el cogote. Bruna sintió que dentro de ella empezaba a borbotear la indignación.
—La supuesta baliza de socorro que me pegaste al brazo… No era una baliza de socorro, ¿no es cierto? Era un chip de rastreamiento, como yo te dije. Y tú lo negaste y lo negaste… Cabrón.
El inspector se frotó la cara y luego la miró con gesto dolorido y cansado:
—Es verdad. Era un chip de rastreamiento. Lamento haber mentido, pero si te lo hubiera dicho no te lo hubieras dejado poner. Y yo me preocupo por ti. Y eso es verdad. Te dije: «si me necesitas iré a buscarte». Ésas son las palabras importantes. Por favor, quédate con la parte importante. Si te hubiera mentido en eso, comprendo que me llamaras cabrón. Pero te fui a buscar.
Bruna le observó, todavía agitada por la furia. Esos ojos verdes y punzantes bajo los carnosos párpados; esa mirada profunda y herida con la que parecía ser capaz de atravesarla. Sí. Había ido a buscarla. Se recordó en sus brazos, protegida por su pecho poderoso. Mi pequeña Bruna, había dicho. Sólo un tipo tan enorme como Lizard podía llamarla pequeña. Paul era su gigante y había venido en la barca a buscarla para rescatarla de la Muerte.
—Sí, viniste —susurró la rep, mientras su agresividad se evaporaba.
Y en ese momento no sólo deseó intensamente a Lizard, sino que también sintió por él algo que no sabía definir. Algo más turbador, más sedoso, más tierno. Algo que la dejaba desvalida.
—¿Lista para el gran día? —exclamó entusiasta el doctor Tatu entrando en el cuarto con su habitual exceso de energía.
Fue saludado por un coro de voces. Era el médico que le había hecho el implante del brazo biónico a Bruna. Por lo visto era una eminencia, aunque todavía fuera joven y pareciera un poco chiflado. La prótesis había sido insertada diez días antes, pero el recubrimiento de biosilicona y las nuevas terminaciones nerviosas habían tomado todo este tiempo para fundirse con el resto del brazo. Si hoy el implante estaba bien, Bruna se iría a casa.
—Vamos a ver —dijo el doctor Tatu, abriendo los cierres del rígido estuche acelerador que rodeaba el miembro herido de Bruna y retirándolo con cuidado.
La rep siguió con el brazo doblado sobre el pecho, tal como lo había tenido durante todos esos días, y se lo escudriñó con atención. Era perfecto. Resultaba prácticamente imposible advertir que era una prótesis.
—¿A ver? ¿Extiéndelo? ¿Muévelo? —pidió Tatu.
Bruna lo movió. Respondía a sus órdenes mentales sin problemas, aunque lo sentía un poco raro. El doctor tocó y pinchó las yemas de los dedos y comparó los estímulos con el brazo sano.
—Noto todo pero como al sesenta por ciento de lo que lo noto en mi mano real —dijo la rep.
—¡Perfecto, perfecto! —celebró Tatu—. Un éxito absoluto. En un par de meses, cuando terminen de madurar las conexiones nerviosas, recuperarás toda la sensibilidad. Es un brazo muy bueno. El último modelo.
La tecnología era un milagro, se admiró Bruna. Pero claro, ella misma era hija de esa milagrosa o tal vez maldita tecnología. Un monstruo nacido de la manipulación genética. Cuando se cortó el brazo allí en Onkalo en vez de reventarse la cabeza con el plasma, ¿lo hizo porque verdaderamente los reps no podían suicidarse, como decía Carnal? ¿Sería cierto que no tenía opción? ¿Que los ingenieros le habían robado la libertad de decidir su propio fin? ¿O quizá es que resultaba imposible morir bajo un cielo tan bello como el de aquella noche?
En cualquier caso, estaba viva, y estaba contenta de seguir viva, y tenía la mejor prótesis biónica del mercado. Entonces se acordó de su amiga Mirari, la violinista, tan desesperada por la nefasta calidad de ese brazo ortopédico que se atrancaba siempre y que le impedía tocar su hermoso violín, y cogió el móvil, que estaba extendido sobre la mesilla, y la llamó. El rostro nimbado de cabellos tiesos de la mujer apareció enseguida.
—Eh, Mirari, te llamo para comunicarte que dentro de poco heredarás el mejor brazo biónico del mundo. Espera, ¿qué día es hoy? —preguntó alrededor.
—2 de septiembre —contestó Lizard.
Bruna hizo mentalmente el cálculo a toda velocidad.
—Pues que sepas, Mirari, que, como muy tarde, tendrás tu flamante prótesis en tres años, ocho meses y treinta días.
Y soltó una carcajada. Era la primera vez que Bruna Husky se reía tras hacer la cuenta; se sentía tan ligera que hubiera sido capaz de echarse a volar. Era prodigioso comprobar lo poco que pesaba un corazón feliz.