TREINTA Y SEIS
Helen se preguntaba si Alastor habría dicho la verdad. Si sus hombres habrían apresado a Raum antes de que pudiera llegar al sótano y al panel de control con el que cortaría el suministro de gas de las luces.
Sacudió la cabeza para disipar el pensamiento. No podía permitirse el lujo de perder la esperanza. No ahora que se hallaban tan cerca de la venganza. De la victoria.
Y entonces las lámparas parpadearon. Helen sitió un tremendo alivio. Era Raum. Después de todo no le habían capturado. Estaba cortando el suministro de gas. Enseguida los encontraría. Tendrían la espada y una persona más para ayudarlos.
Pero las lámparas no se apagaron. Mientras parpadeaban, Helen vio sombras moviéndose en los haces de luces. Del suelo salía un extraño rumor, y bajo sus pies las tablas de madera comenzaron a agitarse. Lo peor de todo era el sonido que surgía de los labios de Alastor. Comenzó siendo muy agudo. Un grito de agonía y furia. Como si el cuerpo mortal no pudiese contener la angustia de tener como inquilino al demonio.
El grito fue en aumento a la par que los ojos de Alastor se tornaban negros. Alrededor de ellos aparecieron unos cercos rojos que brillaban como soles abrasadores. Separó los labios y el grito agudo se intensificó hasta convertirse en un rugido mientras de la boca del hombre llamado Alsorta surgía un torrente de luz azul.
Parecía estar creciendo. En altura y envergadura. Sus hombros se abrieron paso desgarrando la camisa, mientras Helen miraba, fascinada y horrorizada. La piel que antes estaba ligeramente apergaminada, en las primeras fases del envejecimiento de un mortal, ahora se convirtió en translúcida. Aparecieron venas por todas partes, serpenteando y cruzando de parte a parte el cuerpo del demonio, como si este requiriese sangre extra para alimentar el monstruoso cambio. Cuando Helen pensaba ya que la transformación estaba completa, oyó moverse algo detrás de él. Retrocediendo un paso, contempló las grandes alas —puntiagudas y reptilianas como las de un murciélago gigante— que aleteaban a su espalda.
En el demonio llamado Alastor no quedaba prácticamente nada reconocible del hombre que habían tenido delante apenas unos momentos antes. Este no era mortal. Ni hombre. Era una criatura de la oscuridad, cuya forma física tenían un solo propósito, destruir todo —y a todos— cuanto se interpusiera en su camino.
Que es justamente donde estaban Helen y los hermanos.
Las luces parpadearon de nuevo, y esta vez Helen supo, más con certeza que esperanza, que se trataba de Raum. Las parpadeantes sombras de la iluminación le decían cuanto necesitaba saber, y no le sorprendió ver aparecer a los primeros tres espectros bajo el haz de uno de los apliques de la pared.
Darius y Griffin se reunieron de inmediato, y se colocaron espalda contra espalda para protegerse. Estaban sacando las hoces cuando Helen se dirigió hacia ellos, haciendo lo mismo. No sabía si les serviría de ayuda. Si conseguiría salir viva. Pero no podía dejar que los hermanos luchasen mientras ella se quedaba quieta y sin hacer nada. Prefería entregar su vida a ser de nuevo una cobarde.
Alastor bramó cuando los tres espectros se acercaron a Helen y a los Channing. Desde su posición ella no podía ver a los hermanos con claridad, pero sí sentir el movimiento de sus cuerpos y escuchar el tintineo de sus hoces, y los aullidos guturales de los espectros cuando eran golpeados. Se puso a esperar, hoz en mano, con la respiración acelerada y pesada, a que el tercero la atacase.
No lo hizo. Se fue directo a Darius, a pesar de que Helen estaba completamente desprotegida y blandiendo un arma bien a la vista. Una oleada de rabia se apoderó de ella. ¿Acaso la consideraban una amenaza tan insignificante, que ni siquiera reconocían su presencia?
Darius estaba empleando su hoz contra dos espectros mientras Griffin combatía contra el otro. Helen se agachó bajo los contendientes, y apartándose de la refriega se colocó tras el tercer espectro. Este alzó su arma contra Darius y Helen levantó la suya. Vaciló, al ser consciente de que haría daño, mutilaría o mataría al espectro con su hoz. Eso la hizo tomarse una mínima pausa. En toda su vida jamás había hecho daño a un ser vivo.
Pero este no era un ser vivo, se recordó, bajando su hoz por la espalda del espectro, usando el filo dentado del arma.
El espectro rugió y se giró para localizar al autor del ataque. Cuando vio a Helen, sus ojos ribeteados de rojo parpadearon y se apartó para atacar a Darius desde otro lado.
Ella seguía estando allí, mirando la hoz que tenía en la mano y tratando de imaginarse por qué los espectros no querían atacarla, cuando ambos hermanos desplegaron los glaives nuevos de Galizur. Se abrieron con suavidad, y cuando los hundieron en los cuerpos de los espectros, Helen se convenció de que no eran humanos.
Griffin estaba acuchillando al tercer espectro con su hoz mientras Darius recogía del suelo los glaives. Helen sabía que la hoz no destruiría del todo al demonio, pero eso era cuanto Griffin podía hacer estando los glaives en uso. Un instante después, el espectro se desvanecía en la oscuridad con un chillido, mientras Alastor rugía, conjurando a seis espectros más por las luces de la sala. Helen se colocó enfrente de los hermanos.
—Helen, no. —Griffin tiró de ella hacia atrás, ignorando que lo más probable era que a ella no la atacaran los espectros, a pesar de encontrarse apenas a cinco pies de distancia delante de ellos. Helen ya sabía que la rodearían, evitándola a toda costa, aunque seguía sin saber por qué.
Los espectros se hallaban a solo unas pulgadas de su posición cuando volvieron a parpadear las luces. Helen se preparó para la aparición de más enemigos y se quedó atónita cuando la habitación quedó sumida en la oscuridad. Todo movimiento en la sala cesó durante una décima de segundo, el fuego la única fuente de luz mientras todos trataban de orientarse.
Raum estaba en camino. Después de todo no lo habían atrapado. Helen se atrevió a echar una ojeada a las ventanas con las cortinas echadas, mientras los espectros proseguían su avance. No sabía si se trataba de su imaginación, pero estaba casi segura de que en el cerco de la ventana brillaba una luz azul. Miró el reloj de sobremesa. Las cinco de la mañana. Casi a punto de amanecer. Todo cuanto tenían que hacer era resistir a los seis espectros de la sala hasta que Raum llegase con la espada.
Griffin y Darius se pusieron manos a la obra. Sus hoces se movían tan deprisa que Helen apenas conseguía verlos. Oía el tintineo de sus hojas metálicas mientras los hermanos se movían de un lado a otro, y cuando parecían encontrarse en peligro de quedar exhaustos, ella se les unía y acuchillaba las espaldas y hombros de los espectros. Eso no los destruía ni los enviaba de vuelta al lugar del que venían, pero los hacía aullar y chillar, y a veces la distracción concedía tiempo suficiente a Darius y a Griffin para despachar del todo a uno de los espectros antes de prestar atención a otro. Tal como sospechaba, ninguno de los espectros levantó un arma contra ella. Supuso que Alastor les había ordenado que la mantuviesen viva.
Darius y Griffin estaban luchando contra los tres que quedaban. Helen podía distinguir sus descomunales cuerpos en la penumbra de la habitación. Estaba acercándose para ayudar a Darius, quien estaba asestándole cuchilladas a un espectro que estaba en el suelo, mientras otro se le aproximaba por la espalda, cuando apareció Raum, su hoz abierta y llena de sangre en la mano.
Helen se imaginó lo que había tenido al otro extremo de ella.
Tras cerrar la hoz, se la colgó rápidamente del cinto. No llevaba glaive, pero recogió uno de los de Galizur, caído en el suelo durante la escaramuza de los hermanos con los espectros, y lo hundió en la espalda del demonio cogido por sorpresa. Este aulló de dolor mientras se rompía en un millón de añicos.
Los últimos dos monstruos fueron despachados con presteza. Parecían autómatas. Tenían armas y cuerpos musculosos, pero a eso se limitaban todas sus ventajas.
Cuando todos los espectros hubieron desaparecido, Darius, Griffin y Raum se volvieron hacia Alastor. Tenía el semblante congestionado, lleno de rabia. Inclinó la cabeza hacia atrás, soltando un aullido tan impresionante que los cristales de las ventanas vibraron en el interior de sus marcos.
Luego comenzó a acercarse a ellos, cayendo sus pisadas como losetas de granito sobre el suelo enmoquetado. El enlucido de las paredes se desprendió, y las pantallas de las lámparas cayeron sobre el suelo formando una lluvia de cristales hechos añicos. Helen no sabía si quedaría alguno de los criados. Si sabían quién era su señor. Aunque según iba acercándose Alastor, deseó de todo corazón que hubiesen escapado de la mansión cuando se les presentó la ocasión.
—¿Y ahora qué? —preguntó Darius, a nadie en particular, mientras el demonio se les echaba encima.
—Mantenedlo ocupado con las hoces y los glaives —dijo Raum, casi sin aliento—. Ya casi ha amanecido.
Las alas de Alastor restallaron como un látigo a su espalda al abrirse. Helen no daba crédito a su envergadura. Alastor podría engullirlos fácilmente con ellas, si quisiera.
No tuvo ocasión de hacerlo. Griffin avanzó con un movimiento rápido y arrojó el glaive sobre el monstruo. La araña del techo se agitó mientras el glaive se enterraba en el musculoso abdomen del demonio, que lanzó un enorme chillido. Luego los hombres se le echaron encima, aprovechándose de ser más en número, a pesar de la mayor fuerza de Alastor. La bestia los atacó con las manos que se habían convertido en garras afiladas como cuchillas. Los levantaba y los arrojaba contra las paredes. Y una y otra vez, Darius, Griffin y Raum volvían a la carga, acuchillándolo con las hoces, perforándolo con los glaives, tratando de abatirlo.
Helen esperaba la ocasión para ayudar, pero no había espacio para ella en la refriega. En lugar de eso estuvo pendiente de las ventanas cerradas con cortinas, aguardando las señales de la salida del sol. Un par de minutos más tarde, la luz que se filtraba por los marcos era más intensa. Helen se dirigió a la ventana, abriendo de par en par las cortinas y gritando.
—¡Raum! Ya es hora.
Griffin estaba en el suelo, inmóvil y tan pálido que a Helen casi se le paró el corazón. Ya iba directa hacia él cuando Alastor levantó a Darius y a Raum por los aires y los lanzó de nuevo contra la pared más alejada antes de dirigirse a ella caminando pesadamente. Helen siguió hasta el cuerpo inerte de Griffin. Si iba a morir, lo haría con él.
Su pie tropezó con algo y dio un traspié. Cayó al suelo mientras Alastor avanzaba hacia ella con pasos que retumbaban. La muchacha se preguntó si no se les caería encima la casa antes de que él pudiera hacer con ella lo que tuviese planeado. Sería mejor final que el que le aguardaba en sus manos. Arrastrándose por el suelo, retrocedió hasta tropezar con una de las estanterías y ya no pudo seguir. Difícilmente se podía llamar sonrisa a la expresión del rostro de Alastor, pero eso parecía.
Al cernirse sobre ella, Helen pudo oler su hediondo aliento. Sentir el calor, con tanta intensidad que le sorprendía que la casa no hubiese estallado en llamas a su alrededor, desde su cuerpo retorcido.
—Tú —bramó—. Tú. Tú la tienes.
Ella sacudió la cabeza.
—No.
—Entrégamela o sufrirás la más dolorosa de las muertes y te la arrancaré a la fuerza —dijo con voz ronca, deformada y gutural.
Ella tragó saliva, tratando de pensar en la manera de entretenerlo. Preguntándose si Raum o alguno de los hermanos recobrarían el sentido. Se quedó callada, y paseó la vista por la sala, buscando cualquier cosa que pudiera darle una tregua.
Y entonces fue cuando la vio.
Centelleaba bajo el rosado resplandor del sol naciente, que ahora entraba a raudales a través de las cortinas de terciopelo abiertas.
La espada. Con eso había tropezado. Debió de habérsele caído a Raum del cinto durante la batalla, y ahora estaba tirada a pocos pies de donde se encontraba ella, pegada a la estantería.
No cabía maniobra alguna, ni ninguna estrategia atrevida que pudiera poner la espada en sus manos. Tendría que lanzarse a por ella, contando con su menor tamaño y el elemento sorpresa, que le proporcionarían un par de minutos extra, tendría que alcanzar la espada antes que él.
Le llevó apenas unos segundos decidirse. No tenía otra alternativa.
Se lanzó al frente, gateando por el suelo, tratando de alcanzarla antes de llegar hasta ella. No le preocupaba exponer a Alastor a la luz del sol que estaba saliendo. Él quería lo que ella tenía, lo que él pensaba que ella tenía. Había visto esa necesidad en sus ojos.
La seguiría.
Sus dedos se cerraron en torno a la espada cuando las garras de Alastor se hundieron en su falda y la clavaron al suelo. Ella ocultó el arma bajo la tela de la prenda, mientras Alastor se movía hacia ella con un extraño e inhumano balanceo.
El sol estaba solo a dos pulgadas por encima de la cabeza de Helen. Solo dos pulgadas. La bestia se cernió sobre ella. Vio complacencia en sus ojos. Él la tenía a ella y lo sabía. Eliminaría hasta el último Guardián. Regiría por siempre el mundo con su poder, con legiones de demonios bajo su mando. Ella no necesitaba más motivación que aquella. Se revolvió sobre su vientre, y agarrando la espada, reptó hacia la luz.
En ese instante, mientras se escabullía con desesperación por el suelo, lo vio.
El tiempo pareció ralentizarse cuando el sol naciente incidió sobre el colgante, que ya no era un diseño abstracto colgado de su cuello. No era ya una simple filigrana, perfecta y hermosa, sino algo más.
Al bajar la vista para contemplar el arabesco metálico, vio el mismo diseño retorcido y serpenteante que había visto sobre la pantalla de Galizur. El mismo dibujo tatuado sobre la espalda de Griffin.
Alastor tenía razón. Ella tenía la llave.
Este se dirigió hacia ella, haciendo retumbar sus pasos, y manifestando su ira con un brutal aullido. Los cristales se partieron tras las cortinas. Helen los oyó llover sobre el suelo mientras Alastor le daba la vuelta sobre su espalda, para alcanzar con sus garras el colgante que llevaba al cuello. Ella lo dejó que se acercara. Dejó que sus ojos se iluminaran al verlo tan cerca.
Entonces hundió la espada en su corazón, retorciéndola por si acaso, para asegurarse de no fallar. Observó cómo aullaba.
Las venas que cubrían su cuerpo parecieron retirarse bajo su piel, un gesto de sorpresa cruzó por su rostro al encogérsele las alas a sus espaldas. Su boca se abrió, y de ella manó un chorro de luz azul junto con un espeluznante chillido momentos antes de reventar su cuerpo mortal, no como una ráfaga de carne y sangre, tal como ella esperaba, sino como una nube de cenizas.
Se fue gateando hasta Griffin mientras se derramaba sobre ella un torrente de lluvia negra.