TRECE
Se dirigieron a un enorme edificio de ladrillo deteriorado. Dos noches antes, Helen no podía imaginar que sería huérfana, que viviría en la casa de dos hermanos a los que apenas conocía, que cruzaría calles desiertas en mitad de la noche y que se sentiría más segura entre la sombras que a la luz.
Verdaderamente, las cosas se habían vuelto muy extrañas.
Griffin se agachó y susurró:
—Quédate cerca de mí.
Helen asintió.
Los ojos de él buscaron los de ella.
—Lo digo en serio, Helen.
—¡Lo sé! —susurró ella tajante, preguntándose si pensaba que era idiota perdida.
Cuando alcanzaron el otro lado de la calle, alzó la vista y se percató de la oscuridad que los rodeaba. Había cuatro farolas apagadas delante del edificio. Tenían las pantallas de cristal rotas. Helen pensó que no era casualidad.
Tal vez la calle estuviese descuidada, pero las del otro lado funcionaban bastante bien.
Tocó el brazo de Griffin para llamar su atención. Él se detuvo y ella señaló hacia las farolas. Él siguió con la mirada la dirección que ella le indicaba.
Darius se detuvo y se volvió hacia ellos, enarcando las cejas a modo de interrogante. Griffin señaló las farolas y Darius asintió.
Siguieron avanzando. Helen no tuvo que preguntar por qué se dirigían al lateral del edificio en lugar de entrar por la fachada principal. Estaba claro que quien residía allí dentro esperaba pasar inadvertido, tal como sugerían las farolas rotas.
Estaban dando la vuelta a la esquina para entrar en un callejón lateral cuando notó que algo frío le rozaba las manos. A punto estuvo de chillar pero se dio cuenta de que se trataba de Griffin, que trataba de mantenerla pegada a él. Ella se agarró, agradecida, sin importarle que en cualquier otra situación aquello se habría considerado indecoroso.
Después de todo, no era una situación normal.
Continuaron por el callejón con Darius en cabeza.
Helen sintió cómo el sucio dobladillo de su falda le rozaba las piernas, y pensó en las ratas que correteaban alrededor. Qué ganas tenía de disponer de sus nuevas ropas, que probablemente en aquel mismo momento estaban siendo confeccionadas en la pequeña tienda de Andrew Lancaster.
Se estiró para asomarse por encima del hombro de Griffin, pero no podía ver nada. Él debió de percatarse de su decepción, y la dejó pasar delante, entre él y su hermano.
Se encontraban ante una gran ventana. Se alzaba varios pies del suelo y llegaba casi hasta el tejado. Incluso a oscuras Helen pudo ver que los cristales estaban rotos.
—Aquí hay cajones para embalaje —dijo Darius en un susurro. Sus ojos refulgían en la oscuridad casi total del callejón—. Podemos usarlos para entrar.
Griffin le hizo un gesto afirmativo a su hermano.
—Yo iré primero. Tú puedes ayudar a Helen a subir, y yo la cogeré desde el otro lado.
—Estoy aquí —susurró Helen airada—. Y estoy segura de que sabré arreglármelas para pasar por la ventana.
A pesar de haber dicho aquello, estaba agradecida por tenerlos cerca. Lo cierto era que no podría pasar por la ventana sin su colaboración. Trepar con esas voluminosas faldas por encima del alféizar no resultaría fácil. Si no fuera por ellos, tendría que quedarse en el callejón con las ratas.
—Deja que te ayudemos, Helen —dijo Griffin, siguiéndole la corriente—. Será más fácil y rápido.
Sin añadir una palabra más, se levantó, se agarró a la repisa con ambas manos y se izó aparentemente sin esfuerzo. Sus piernas desaparecieron por la abertura en cuestión de segundos.
—Está bien. —Darius se acercó, se inclinó y entrelazó sus dedos a modo de estribo—. Voy a levantarte hasta a esa repisa y desde allí subirás a pulso. ¿Entendido?
Ella asintió. La adrenalina le corría por las venas según iba acercándose a él. Se limpió las manos sudadas en la falda y puso su bota sobre las manos del joven.
—Espera —dijo ella—. ¿Dónde me agarro?
—¿Nunca has saltado una verja? —Continuó sin esperar respuesta—: Apóyate en mis hombros hasta que estés lo bastante arriba como para agarrarte a la repisa. Luego me sueltas y te impulsas desde ella.
—De acuerdo —murmuró—. Me suelto y me impulso.
Se agarró tal y como le había dicho, pero antes de poder apoyar debidamente su pierna temblorosa sobre las manos entrelazadas de él, fue lanzada al aire. Su estómago casi rozó el rostro de Darius que aguantaba el peso ligeramente agachado. Enseguida tuvo la repisa a la altura de los ojos. No se atrevía a soltar aquellos hombros tan sólidos, tan seguros, pero tenía que darse impulso y salvar el espacio que la separaba de la ventana abierta.
—¡Vamos! —gruñó Darius debajo de ella.
Obligándose a sí misma a soltarse, se lanzó hacia la repisa y se agarró firmemente al ladrillo mientras Darius la empujaba sin ninguna gentileza. Durante una fracción de segundo pensó que iba a caerse de cabeza al suelo, pero consiguió mantener el equilibrio. Después, se impulsó hacia arriba con los brazos. Era más difícil de lo que Griffin pretendía, pero consiguió sentarse en el alféizar con las piernas colgando hacia dentro del edificio.
La voz de Griffin le llegó desde abajo.
—Salta. Yo te cogeré.
Ella escudriñó la oscuridad, tratando de calcular la distancia hasta el suelo y la posición de Griffin debajo de ella.
—¿Dónde estás?
—No te preocupes. Yo puedo verte. Relájate Yo te cogeré.
Hacía que sonara tan fácil. Como si lanzarse a la oscuridad con la esperanza de que alguien te recogiera fuese perfectamente normal. Pero lo cierto era que no tenía otra alternativa. Darius le estaba dando órdenes por un lado, Griffin por el otro. No había otra manera de hacerlo.
—De acuerdo —dijo—. Voy a soltarme.
Al final fue así de sencillo. Se soltó de la repisa y sintió un vértigo en el estómago justo antes de que los brazos de Griffin se cerrasen alrededor de su cintura.
—Ya está. —Su voz era apenas un susurro y ella sintió un cálido aliento sobre la piel de su pecho—. ¿No ha sido tan malo, no?
La bajó con delicadeza hasta el suelo, los cuerpos rozándose en todo momento. Por el calor que sentía en las mejillas se dio cuenta de que se estaba ruborizando, aunque esperaba que Griffin no pudiera verlo en la oscuridad.
Darius habló en voz baja por encima de ellos.
—Haceos a un lado.
Griffin tiró de ella hacia una pila de cajas mientras Darius aterrizaba con un ruido sordo tan solo a un par de pies de distancia. La facilidad con la que saltó la hizo sentirse torpe.
Darius tomó de nuevo el mando:
—Seguiremos juntos, a menos que convengamos lo contrario.
Ellos asintieron y lo siguieron para internarse en las sombras del edificio abandonado.
Las máquinas parecían bestias descomunales en la oscuridad. Algunas de ellas estaban cubiertas por telas fantasmagóricas, en su día blancas, aunque ahora de un sucio marrón. Otras aparecían descubiertas y sus engranajes brillaban como dientes bajo la poca luz que entraba por las ventanas. Aquellos artefactos metálicos tenían botones y controles por todas partes y también unas pequeñas pantallas oscuras.
Helen caminaba entre los hermanos, Darius delante, Griffin a su espalda. Se sentía segura entre ellos. Eso la desconcertó, pero decidió ocuparse más tarde de analizar ese sentimiento, ahora tenían que seguir avanzando con cuidado de no ser descubiertos. Por fin, un tenue resplandor amarillo comenzó a iluminarles el camino.
Cuando se acercaron lo suficiente para descubrir su origen, Helen se sorprendió al ver que se trataba de una vieja mesa de trabajo metálica, iluminada con una lámpara de cristal verde como las que alumbraban la biblioteca de su padre. Había muchos papeles esparcidos por encima. Distinguió en uno el contorno de unas pinceladas apenas visibles y pensó que tal vez podrían ser una especie de bocetos, aunque desde donde ella se encontraba era imposible distinguir las imágenes dibujadas sobre el fondo crema.
Un tintineo metálico surgió por encima de sus cabezas y ellos retrocedieron hacia las sombras. Miraron hacia el lugar del que provenía el sonido, y soltaron un suspiro colectivo de alivio al ver a un gato negro encaramado a la barandilla.
Entonces Helen se dio cuenta de que había un altillo justo encima de la mesa de trabajo. Pudo distinguir al menos una habitación separada del resto del edificio por ventanas de cristales esmerilados.
Darius tocó a su hermano en el hombro al tiempo que señalaba hacia una escalera de mano que había a su derecha. Griffin hizo un gesto afirmativo antes de inclinarse hacia Helen y susurrar:
—Quédate aquí. En la zona oscura. Nosotros…
Ella comenzó a protestar, pero él le puso un dedo sobre los labios. El gesto la dejó estupefacta, aunque sabía que únicamente trataba de mantenerla callada.
—Haremos demasiado ruido si subimos todos por la escalera. Y tardaremos demasiado en bajar si tenemos que escapar. Aquí, entre las sombras, estarás a salvo hasta que regresemos. —La miró a los ojos, con sus dedos aún sobre los labios de ella—. ¿De acuerdo?
No le entusiasmaba la idea de quedarse sola en la planta baja del viejo edificio, pero reconoció lo sensato de su argumento. Asintió con la cabeza.
Tras bajar su mano, él se volvió hacia Darius. Los hermanos avanzaron sin decir ni una palabra, resguardándose en lugares donde las máquinas o el mismo edificio arrojaban sombras lo bastante oscuras como para ocultarlos.
Ella observó cómo sus siluetas ascendían por la escalera. En el momento en que desaparecieron en los misteriosos huecos de la parte de arriba, Helen volvió su atención hacia la mesa de trabajo.
Observaba desde lejos los papeles esparcidos sobre ella. Las líneas y curvas de los dibujos despertaban su curiosidad. Empezó a autoconvencerse de lo peligroso que era acercarse un poco más, incluso antes de ser consciente de estar considerándolo siquiera.
No, se dijo a sí misma, no puedes ir a mirar. Es peligroso. Y además hay luz, lo que lo hace aún más peligroso. Por otro lado, dijo la vocecilla dentro de su cabeza, Darius y Griffin volverán enseguida, y no les hará muy felices ver que has ignorado sus instrucciones.
Solo que ellos no regresaron. No enseguida. Helen esperó, buscándolos en la oscuridad más allá de donde estaba. Probablemente habrían encontrado algo importante, pensó. Su impaciencia aumentaba a cada minuto que pasaba.
Finalmente, tras mirar a su alrededor una vez más, dejó a un lado su indecisión y salió con sigilo de entre las sombras.
No sucedió nada. Nadie bajó. Nadie la perseguía. Avanzó despacio al principio, reuniendo coraje mientras se ponía en marcha hasta que remató en tres grandes zancadas la distancia que quedaba entre ella y la mesa. Solo le llevó unos instantes comprobar que se hallaban en el lugar adecuado. Los bocetos eran llaves. Llaves con bucles, curvas y volutas, como las de las argollas de Galizur y Anna. Al principio todas parecían iguales, pero tras mirarlas más de cerca, fue capaz de distinguir las pequeñas diferencias que había entre ellas. A pesar de su conexión con el macabro misterio que tenían entre manos, le parecieron dignas de admiración. Qué difícil debía de ser fabricar algo tan delicado. Diseñarlo y cortarlo así y luego hacer lo mismo con un cerrojo en el que la llave encajaría perfectamente.
Tomó uno de los papeles con intención de inspeccionarlo más de cerca.
—No toques eso —la voz de un hombre, grave y amenazadora, surgió detrás de ella.
Se quedó paralizada, con el brazo en alto, y el pánico la invadió de pronto. No conocía esa voz, pero sabía que no era ni la de Griffin ni la de Darius.
—Qué regalo tan inesperado —dijo la voz—, que aparezcáis los tres delante de mi puerta.
—No estamos aquí para facilitarle las cosas —Helen hablaba de espaldas a la voz. No sabía por qué había contestado, pero aprovechó para recorrer la mesa con la mirada, buscando algo con lo que defenderse.
Fue en vano. Esa mesa la utilizaban para dibujar y hacer diseños, no para trabajar con herramientas. Por allí no había nada más que papeles, plumas y algunos tinteros.
—Date la vuelta —ordenó el hombre.
Helen tragó saliva, tratando de componer un gesto que no reflejase el terror que la invadía. Pensó en Darius y Griffin, aún arriba, tenía la esperanza de que bajasen a tiempo para ayudarla. No sabía si tenían poder para vencer a quien había asesinado a sus familias, pero al menos serían tres. Se dio la vuelta despacio.
Esperaba verle la cara, pero cuando por fin se quedó de espaldas a la mesa, tan solo vio oscuridad.
Él le habló desde las sombras.
—Normalmente no soy yo quien comete los asesinatos, es una cuestión de principios.
Ella reconoció la voz que había escuchado aquella noche en su habitación: Quémala.
Se preguntaba si sería su imaginación, pero a pesar de que era la misma voz, notaba algo distinto, como un deje de remordimiento.
—Podría dejarnos marchar —dijo ella con calma—. Nadie se enteraría.
—No. —Le pareció ver que el hombre sacudía la cabeza—. Aunque no es que yo quiera destruirte. Eso es algo que debes comprender.
Por su tono, percibió que deseaba que ella lo entendiese.
—¿Entonces qué? ¿Por qué? —Ya no se trataba simplemente de entretenerlo. Quería respuestas. Ahí estaba el hombre que había ordenado el asesinato de sus padres. Poco importaba que fuera o no la mano ejecutora.
Tardó en contestar, como si estuviese buscando las palabras apropiadas para explicarse.
—Hay algo que quiero. Algo que necesito. Solo puedo conseguirlo asegurándome de que todos sois destruidos.
—¿Así que nos está matando, tras asesinar a nuestras familias, porque quiere algo?
—No es así. Tú no lo entiendes. —Había frustración en su voz—. Se trata de algo que debo tener. Hará que todo vuelva a ser como fue. Además, ya te lo he dicho; no soy yo quien mata. Eso fue parte del acuerdo.
—¿Qué acuerdo?
—No importa. —La voz del hombre sonó más grave, dejando patente el enfado en su tono mientras avanzaba hacia ella. Hacia la luz que iluminaría su rostro—. No tengo por qué darte explicaciones. Me has hecho un favor viniendo aquí, y pienso esmerarme destruyéndote cuanto antes a ti y a tus amigos.
Ella sacudió la cabeza mientras él se hacía visible, más alto de lo que esperaba y los hombros tan anchos como los de Darius. Con la mano ya puesta sobre el glaive en su cinto, su sola presencia imponía.
—No, por favor…
—No tengas miedo. —Sus cabellos eran negros como las plumas de un cuervo y casi le llegaban a los hombros—. Te reunirás con tus padres. Estarás mejor en el otro mundo. Este no sirve más que para sufrir. Seguro que hasta tú lo sabes.
Había cierto tono de desesperación en su amargura. Como si estuviese tratando de convencerse más a sí mismo que a ella.
Por fin, se expuso completamente a la luz, su aspecto era mucho más juvenil de lo que ella esperaba. Vestía pantalones ajustados y una camisa negra suelta. Cuando sus ojos se encontraron con los de ella, detuvo su avance.
—Qué… Cómo… —Se inclinó y se acercó más, mirándola como si pudiese leer en sus ojos la respuesta a todos los misterios de la vida.
Y entonces ella vio la respuesta a sus propios enigmas en el profundo azul de los ojos de él.
Conocía a aquel hombre.
Trató de buscar la manera de decirlo. De explicarle la conexión que apenas empezaba a comprender. Pero no se le ocurrió nada.
Todo cuanto pudo hacer fue mirar fijamente la confusión que también se adivinaba en el rostro de él y escuchar las palabras que pronunció. Palabras que le robaron el aliento.
—Tus ojos… Solo he visto una vez ese mismo color, pero… no puede ser. —Retrocedió hacia las sombras, sacudiendo la cabeza, y algo se le cayó de las manos—. Eres tú.
Se dio media vuelta y echó a correr.