DOS

En su imaginación, Helen podía ver cómo su perseguidor inspeccionaba el cuarto que acababa de destrozar, cómo escudriñaba el suelo y las paredes en busca de su escondite. Oía la respiración, áspera pero pausada, incluso a través de la pared.

De algún modo, sabía que se trataba de un hombre, si bien no podría haber dicho por qué. Tal vez por las enérgicas pisadas de las botas, que ya no se escuchaban, o por la agresiva energía que flotaba entre su habitación y el hueco de la pared, donde ella estaba oculta, agazapada y en silencio.

Fuera lo que fuese, ella podía sentir al hombre que andaba husmeando al otro lado.

Maldijo su estupidez por no haber localizado las escaleras antes de que llegase él, aunque solo fuese por concederse la esperanza de poder huir. Ahora no le quedaba más remedio que mantener la calma. Esperar, tal como madre le había ordenado que hiciese.

Se acordó del juego que le enseñó padre cuando era pequeña. Se llamaba encuentra la salida, y en determinadas excursiones, ya fuese al parque, un museo, o un restaurante para tomar el té, el señor Cartwright la animaba a localizar la salida más cercana y también la menos obvia. Ella disfrutaba del desafío y se sentía a salvo junto a su padre.

Esa sensación de seguridad no existía en aquel agujero.

Algo rascó la parte exterior de la pared, y Helen alzó de golpe la cabeza en respuesta al sonido. Parecía imposible que el hombre al otro lado de la puerta no pudiese oír su respiración. Que no pudiese sentirla a ella encogida de miedo, tal como ella lo sentía a él.

El sonido se fue debilitando, el intruso seguía dando vueltas por la habitación, deslizando sus manos por las paredes. Estaba completando el círculo, cuando las pisadas de otro interrumpieron su trabajo.

—¿Dónde está? —la voz no era muy clara, aunque Helen pudo entender las palabras. Trató de localizar su procedencia, y adivinó que quienquiera que las hubiese dicho se encontraba probablemente a la entrada de su dormitorio.

Contuvo la respiración durante la pausa que siguió, esperando a que respondiese su perseguidor. Los segundos se hacían interminables, y ella no pudo evitar pensar que quizás el hombre sabía exactamente dónde estaba escondida y simplemente estaba jugando con ella, para divertirse.

Su voz resultó ser más joven y clara de lo que Helen esperaba, aun amortiguada como llegaba desde el exterior de su escondite.

—No está aquí. Tienen que haberla trasladado antes de que llegásemos. ¿Qué hay de los demás?

Ella contuvo la respiración, a la espera de escuchar la suerte que habían corrido sus padres y sus compañeros.

—Ya nos hemos ocupado de ellos. —El aire se le quedó atragantado mientras trataba desesperadamente de descifrar el significado de una frase tan simple. No dispuso de mucho tiempo para sopesar el asunto antes de que el otro hombre plantease a su vez una pregunta—. ¿Y qué hago ahora?

Toda la vida de Helen quedó suspendida en el aire durante la pausa que siguió. Y se estrelló contra el suelo con la respuesta.

—Quemarla.

Era prácticamente imposible entender lo que decían. Seguramente no se referían a quemar la casa entera. Seguro que ella no iba a quedarse atrapada dentro de la pared mientras a su alrededor el edificio se desmoronaba envuelto en llamas.

Agarró la bolsa de viaje con más fuerza aún contra su pecho mientras escuchaba cómo las pisadas se alejaban de su dormitorio. La casa quedó en silencio, y su cerebro se instaló en un inconsciente letargo. Se quedó muy quieta incluso después de que las primeras volutas de humo aparecieran por entre las tablas de madera del suelo y su frente se cubriese de gotas de sudor, mientras iba subiendo poco a poco la temperatura.

No salió de su estupor hasta que algo retumbó bajo sus pies e inmediatamente después comenzó a sentir un inconfundible crepitar de llamas al otro lado de la pared. El humo, que se filtraba por el suelo y las paredes, era cada vez más denso y arrastraba consigo las palabras de su madre.

Hay una escalera que te llevará a un pasadizo que hay bajo la casa y que tiene la salida al otro lado de la calle

Le había dicho que aguardase hasta que la casa se hubiese quedado en silencio, pero Helen sabía que ya no volvería a quedar en silencio. No hasta que quedase reducida a cenizas. Ya le estaba costando mucho no toser o jadear, y el humo estaba invadiendo el pequeño cuarto mientras el camisón se le pegaba a la piel a causa del calor.

Desprendiendo una mano de la bolsa, se la llevó al cuello para tocar aquel medallón que le pertenecía desde su décimo cumpleaños. Se le vino a la mente la imagen de sus padres, sus sonrisas teñidas de emoción cuando lo extrajo de un estuche de regalo primorosamente envuelto. Su madre se había arrodillado a su lado y se había inclinado para estrujarla con un abrazo.

Es una importante reliquia, Helen. No te la quites nunca. Nunca.

Sus ojos brillaban a la luz de las velas que iluminaban la mesa primorosamente puesta para la ocasión, y Helen había asentido con un nudo en la garganta, aunque no sabía si por la preocupación o por la emoción. Y se había colgado del cuello ese extraño objeto, una varilla con un prisma translúcido y brillante en un extremo y una corona metálica de filigrana en el otro.

Tal como su madre le había ordenado, desde entonces no se lo había quitado nunca.

Lo agarró, incapaz de contener las náuseas cuando la tos se abrió paso por su garganta. No tenía ni idea de cómo podría ayudarla el colgante. Hasta donde ella sabía, no era más que una joya exótica. Aunque su madre le había dicho que iluminara el camino con ella, y de lo único que podía fiarse era de aquellas instrucciones.

Sujetando el collar con su mano libre, Helen lo agitó en la oscuridad. No se iluminó, ella solo notó un escalofrío que se extendió desde su palma y subió por el brazo hasta alcanzar los extremos más alejados de su cuerpo, aliviando incluso el calor procedente del fuego que la estaba envolviendo rápidamente. Pero el calor no era lo único que la hostigaba. El humo hacía que le escociesen los ojos y la garganta, y no pudo reprimir una tos seca absolutamente estrepitosa. Cuando se recuperó unos instantes después creyó distinguir las tablas de madera bajo sus pies y hasta la pared que tenía delante. Entrecerrando los ojos en la oscuridad, se preguntaba si no sería cosa de su imaginación. Si simplemente se estaba empezando a acostumbrar a la oscuridad. Pero no, el cuarto estaba iluminándose, y cuando sus ojos siguieron la luz hasta su origen, comprendió por qué.

Lo había estado sosteniendo de forma equivocada. El colgante brillaba por el cristal translúcido que ella sostenía dentro de su puño. Una vez que le dio la vuelta, lo sujetó por la corona de metal, el otro extremo resplandecía como un diminuto faro, una fantasmagórica luz verdosa que iluminaba la pared que tenía enfrente y las de su derecha e izquierda. Ahora podía ver el humo que invadía el cuarto. Caía y formaba remolinos en la luz. Se alejó de inmediato de la pared de atrás, llena de náuseas y tosiendo mientras el humo llenaba sus pulmones. Sabía que el muro que quedaba a su espalda era el único camino posible hacia las escaleras que madre le había mencionado.

En principio no parecía más que una pared, un sólido panel de madera en el que se había apoyado mientras escuchaba las pisadas del hombre que la acechaba desde el dormitorio. Pero cuando lo recorrió con la vista hasta el lugar en el que debía encontrarse con la otra pared, se dio cuenta de que no encajaba del todo. Dirigirse a gatas hacia el hueco mientras sostenía su bolsa con una mano y su colgante con la otra no fue ni fácil ni silencioso, pero ya hacía rato que había renunciado a no hacer ruido, a pesar de la advertencia de su madre. En esos momentos, huir del fuego era su única preocupación.

En cuestión de segundos alcanzó la abertura. El hueco era más grande de lo que había pensado, así que se inclinó hacia delante y se asomó a la negrura del otro lado.

Las escaleras se hallaban justo donde madre había dicho que estaban. Descendían en una compacta espiral a la completa oscuridad del fondo, pero el escozor en sus ojos y pulmones le recordaron que no le quedaba otra alternativa. Madre había dicho que vendrían y lo habían hecho. Había dicho que las escaleras estaban allí y ahí estaban. Había dicho que Helen escaparía, y lo haría.

Los crujidos de la casa aumentaron y la humareda se espesó. Eso la hizo dudar. Vio el miedo en los ojos de su madre momentos antes de que se separaran, y le dio una arcada, le ardían los pulmones, pero en ese instante se sintió firmemente decidida a regresar a por sus padres.

Le era imposible abandonarlos a un oscuro destino.

Comenzó a retroceder en dirección a la puerta que conducía a su escondite, pero se detuvo bruscamente al escuchar el eco de la voz de su madre en su cabeza.

Saldrás de aquí con vida… Si no, todo habrá sido en vano.

En algún lugar, allá abajo, cayó algo con estruendo, y las tablas de madera del suelo temblaron bajo los pies de Helen. No sabía qué estaba sucediendo o por qué, aunque una cosa era segura: sus padres la querían fuera de la casa y viva, y estaban dispuestos a sacrificar su propia vida con tal de conseguirlo. Si ahora regresaba y la mataban, su madre tendría razón, todo habría sido en vano.

Buscaría a Darius y a Griffin y conseguiría su ayuda. Luego regresaría a por sus padres.

Colocándose el asa de la bolsa por encima del hombro, volvió a toda prisa a la escalera, sosteniendo frente a ella el colgante para iluminar el camino. Apenas empleó unos segundos para buscar a tientas un pasamanos antes de percatarse de que era inútil. No había ninguno. Las escaleras estaban pegadas a las paredes de la casa, que tendrían que servirle de guía.

A donde fuera que la condujesen, eran la única salida, pues los crujidos iban en aumento a su alrededor, y estaba segura de que se estaba derrumbando el tejado. El calor y el humo eran ya insoportables, y a cada momento se preguntaba por cuánto tiempo aguantaría el techo que cubría el hueco de la escalera.

En mitad de toda aquella oscuridad, el tiempo no importaba, no existían ni el pasado ni el futuro. Solo cabía concentrarse en el siguiente escalón, y apartar de sí la sensación de estar descendiendo al mismísimo infierno. A un lugar en el que no había consuelo ni seguridad. A un lugar en el que se encontraría sola, si lograba sobrevivir después de todo.

Entonces, repentinamente, una superficie completamente llana apareció frente a ella. Avanzó unos pasos y se sintió aliviada al descubrir a un lado una pared de piedra y al otro un túnel semioculto. Quienquiera que hubiese concebido su ruta de escape, se había asegurado de que no hubiese duda alguna de qué camino tomar.

No se había percatado de que el humo y el calor habían disminuido durante su descenso por las escaleras, pero al iniciar la marcha por el túnel, empezó a despejársele la cabeza. El aire era frío y húmedo. Lo aspiró con codicia mientras parpadeaba tratando de librarse del hollín que se le había metido en los ojos. Durante un rato continuó adentrándose en la oscuridad sin pensar siquiera a dónde se dirigía, aliviada por haberse alejado de la humareda de la casa.

Cuando paró un momento y se dejó caer contra el muro de piedra fue cuando se dio cuenta de lo exhausta que estaba. Era una fatiga repentina, que le llegaba hasta los huesos, que no solo se instaló en su cuerpo sino también en su consciencia, en su voluntad de seguir adelante. La luz verde del colgante parpadeó en la oscuridad, y ella se enderezó, preocupada de pronto por quedarse atrapada en el túnel a oscuras. No se le había ocurrido pensar que la luz del colgante fuese limitada, así que se apartó de la pared, y continuó a mayor velocidad de la que cabía esperar en su débil estado.

Casi se estrella.

El túnel terminaba abruptamente, y a ella le sobrevino una oleada de pánico claustrofóbico unos instantes antes de percatarse de la tosca puerta que había empotrada en el muro. A pesar de la escasa luz que emitía el colgante, consiguió distinguir el sencillo pomo de hierro, aunque de nada le sirvió tirar de él. La puerta estaba cerrada.

Se le doblaron las piernas y se dejó caer al suelo, con la espalda apoyada contra la fría piedra. La luz era cada vez más tenue y ella apretó el colgante entre los dedos con la esperanza de que no se apagara del todo. Al sentir el roce de la fría cadena en su cuello, recordó la llave.

Obligándose a ponerse en pie, se metió la mano dentro del camisón, y sacó la llave que su madre había usado para abrir el escondite de la pared, la misma llave que le había servido para cerrar la puerta que había dejado atrás.

Pese a la escasa luz de que disponía, pudo distinguir el ojo de la cerradura. Introdujo la llave y la giró. Enseguida notó cómo saltaba un engranaje en algún lugar en el interior de la puerta. Tras dejar caer de nuevo la llave sobre la pechera de su camisón, alargó la mano para agarrar el pomo, y entonces vaciló preguntándose qué habría al otro lado.

No le quedaba otra opción. Tenía que abrir la puerta y seguir adelante. Sabía que en el extremo opuesto del túnel solo encontraría las ruinas quemadas de la casa de su infancia y a los hombres que la estaban persiguiendo. Giró el pomo y empujó.