TRES

Se quedó muy sorprendida cuando la puerta se abrió de par en par. Una nueva escalera apareció ante sus ojos. Esta ascendía en zigzag y en lo alto se adivinaba una tenue luz. Soltó el colgante, que volvió a caer sobre su pecho, era un alivio tener una mano libre para ayudarse a subir. No dejó de ascender hasta que los peldaños terminaron bruscamente. La escalera desembocaba en una calle empapada por la lluvia, iluminada por la débil luz amarilla de una farola.

Se atrevió a echar un vistazo atrás, observó la pared de la cual había salido. La puerta había desaparecido, el muro de ladrillo estaba intacto. Parpadeó un par de veces para asegurarse, y al final no tuvo más remedio que añadir la puerta desaparecida al catálogo de cosas inexplicables que habían sucedido aquella noche.

Volviendo su atención a la calle, miró a derecha e izquierda tratando de orientarse. El largo descenso desde la casa y el sinuoso trayecto a través del túnel la habían desorientado, pero un rótulo aclaró rápidamente la cuestión.

HOTEL CLARIDGE.

La fachada le resultaba familiar y había luz dentro. Aquello le proporcionaba una especie de extraño consuelo. No podía ser una coincidencia que su ruta de escape condujese al hotel al que tantas veces había acompañado a padre para merendar. Era como una especie de mensaje, una especie de indicio.

Se apoyó en la pared de ladrillo del hotel y abrió la bolsa de viaje. Fue apartando la ropa y demás objetos personales que su madre le había guardado hasta dar con el trozo de papel. La tinta ya estaba desvaída, lo acercó hacia la luz que se filtraba desde las ventanas y trató de descifrar la escritura.

Se trataba de un nombre. Dos nombres, para ser exactos, y una dirección.

DARIUS Y GRIFFIN CHANNING. 425 OXFORD.

Conocía bien las calles que había alrededor del Claridge. A menudo ella y su padre habían paseado por el vecindario después de tomar el té. Aun así, era bien distinto caminar completamente sola y sin compañía en la oscuridad de la noche. Recorrió las callejuelas lo más rápido que le permitían sus pies descalzos.

Las farolas de gas iluminaban su camino, y el humo formaba inquietantes volutas al lado de las llamas, lo mismo que antes había ocurrido con la luz del colgante. Sintió pudor al notar cómo el frío atravesaba la fina tela de su camisón, aunque el hollín y la suciedad de los brazos le resultaban extrañamente consoladores. Con un poco de suerte, pasaría por una golfilla cualquiera con nada encima que mereciese ser robado. Nada que perder.

Desde luego, en ese momento aquello era más cierto de lo que estaba dispuesta a admitir.

En cualquier caso, las calles estaban vacías, salvo algún que otro borracho, y ella siguió caminando con cuidado sobre los adoquines húmedos hasta llegar a la dirección correcta. Levantó la vista para contemplar la imponente estructura. Se alzaba hacia el cielo nocturno, gárgolas e innombrables bestias talladas en mármol lanzaban pálidos destellos en la oscuridad que se cernía sobre su cabeza, mientras tras las ventanas cubiertas con cortinas bailaban unas luces. Se detuvo unos instantes a poner en orden sus pensamientos. ¿Quiénes eran Darius y Griffin Channing? ¿Y por qué la mandarían madre y padre buscar refugio con extraños? Estaba sola y no hallaba respuestas a los interrogantes. No fue el coraje sino la desesperación lo que finalmente la condujo escaleras arriba hasta la gran puerta de entrada.

Sencillamente no tenía otro sitio al que ir.

Estaba levantando la mano para llamar, cuando la puerta se abrió. Un joven, más o menos de su edad, se encontraba de pie bajo la luz de la lámpara del porche, entrecerrando los ojos, como sorprendido de hallarla allí, a pesar de haber abierto la puerta de inmediato. Incluso bajo la luz tenue pudo distinguir las motitas de color amarillo en sus ojos verdes.

—Bu… buenas noches, estoy buscando a… —Hizo ademán de bajar la vista al papel, para hacerle saber que alguien la había enviado—. Darius y Griffin Channing.

Le pareció ver una luz en sus ojos. Ella pensó que tal vez comprendiese la situación en la que se hallaba. Una situación que ni siquiera ella comprendía del todo.

—Eres más joven de lo que me imaginaba —dijo él.

Helen no supo qué contestar. La sola idea de que él se la hubiera imaginado con una edad determinada estaba tan fuera de su comprensión que ni siquiera se atrevió a preguntar por el particular.

—Soy Griffin —dijo, franqueando la entrada—. Tendrás frío. Pasa, por favor.

Vaciló un momento. Era de lo más indecoroso entrar en casa de un caballero en plena noche. Hasta ella, con su limitada experiencia social, era consciente de tales normas.

No obstante, madre y padre la habían enviado aquí. Y esta no era una noche corriente.

Pasó al interior de la casa.

—No sé quién eres o por qué mis padres me han enviado a ti, pero necesito tu ayuda. Se encuentran en grave peligro. Tenemos que…

—No puedes regresar —la interrumpió el joven—. Lo siento, pero eso es imposible.

Había amabilidad en su mirada, aunque eso no impidió que estallase de golpe su frustración.

—¡No lo entiendes! Si me dejaras explicar…

Él alzó una mano para hacerla callar.

—Desconozco los detalles, aunque me imagino que la vida de tus padres corría peligro, y que hicieron cuanto pudieron para asegurarse de que escaparas con vida, ¿no es así?

—Sí, sí. Pero ellos… es decir, nosotros… —Se atrancaba con las palabras, incapaz de concentrar todo lo sucedido en unas cuantas frases que captasen la atención del joven.

Ella se estremeció cuando él alargó la mano para tocarle el brazo con suavidad.

—Sé que estás afectada y asustada, pero tienes que confiar en mí; tus padres se han sacrificado para asegurarse de que tú escaparas. Si regresas ahora, de nada habrá servido su coraje. ¿Lo comprendes?

Sus palabras eran un eco de las de su madre. Helen se limitó a asentir con un nudo en la garganta.

—Bien. —Griffin cerró la puerta. Sus cabellos pelirrojos cayeron sobre su frente cuando volvió su rostro hacia ella—. ¿Te llevo la bolsa?

Sus palabras no parecían tener sentido, hasta que siguió su mirada hasta la bolsa de viaje que llevaba entre los brazos. Era todo cuanto le quedaba.

—No, gracias.

Él asintió con la cabeza.

—Por ahí. Tenemos que ir a ver a mi hermano Darius.

No tuvo más remedio que seguirlo. Caminó con paso cansado tras él, que cruzó el vestíbulo de mármol hacia una enorme puerta situada a la izquierda. Antes de entrar en la sala, se volvió hacia ella, había compasión es sus ojos.

—Escucha, seguro que querrías asearte y cambiarte, pero Darius no va a permitir que te instales hasta que no te lo haya explicado todo. ¿De acuerdo?

—Sí… No… No sé. —Su gesto afirmativo con la cabeza se convirtió en uno negativo.

Él sonrió.

—Todo va a ir bien, ya lo verás.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y ella lo siguió hasta el interior de una biblioteca revestida de madera oscura.

Al principio parecía que estaban solos. Helen aprovechó el momento para levantar la mano y arreglarse el cabello despeinado. Era la primera vez en toda la noche que se había acordado de su apariencia, pero de algún modo le pareció importante causarle buena impresión a Darius, fuera quien fuese, y eso sería toda una hazaña, ya que llevaba el camisón sucio, los pies descalzos y la piel manchada de hollín.

—No puede ser ella —la voz, grave, surgió de un sillón situado en un rincón casi a oscuras.

Griffin se detuvo en medio de la lujosa alfombra, era igual que las de su propia casa. Se le vino una imagen de las alfombras de su habitación ardiendo, la cama de madera tallada en llamas, la pintura del retrato de su madre en el salón derritiéndose. Un espasmo de dolor por la pérdida casi la hace caer de rodillas.

—Sí que lo es —respondió Griffin—. Al menos eso creo.

—¿Y no has pensado siquiera en la posibilidad de que no lo fuera?

La pregunta tenía doble sentido, aunque Helen no tenía ni idea de a qué se refería el hombre.

Griffin suspiró.

—No es más que una chica, Darius. Y tiene frío y está cansada.

—Espero que no sea más que una chica. Aparte de eso, has dejado que entre en casa una extraña, con gran riesgo para nosotros dos. —La sombra que era Darius continuó sin esperar una respuesta—. No importa. Tráela aquí.

Captó las disculpas en la mirada de Griffin cuando le indicó, con un gesto de la cabeza, que siguiese adelante.

Helen se dirigió hacia el sillón irguiendo la barbilla. A pesar de su desaliño, no tenía intención de dejarse intimidar.

—No tengo ni idea de quién o qué crees que soy, pero te puedo asegurar que, a decir verdad, no soy más que una chica tal como afirma tu hermano. —Notó alivio al escuchar el enojo en su voz, al notar cómo le hervía la sangre en lugar del entumecimiento que había sentido desde que escapase de su casa en llamas.

La figura del sillón se puso en pie, su rostro aún en la sombra. Ella notó cómo la inspeccionaba en el silencio que se hizo a continuación.

—Es demasiado joven.

Aquella simple afirmación alimentó su enfado.

—Si tienes algo que decir sobre mí, ten la amabilidad de decírmelo a mí, por respeto, ¿lo harás?

Darius no respondió de inmediato, y Helen se preguntó si no habría ido demasiado lejos. Parecía brotar cólera de la sombra donde él se hallaba.

—Está bien —dijo, y giró el rostro hacia ella—. Eres demasiado joven.

Ella sacudió la cabeza, con la sensación de haber ido a parar a una especie de realidad alternativa.

—¿Demasiado joven para qué?

—Demasiado joven para ser quien se supone que eres y demasiado joven para servir de algo si eres tú.

—¿Y exactamente quién se supone que soy?

Incluso en las sombras, vio cómo él inclinaba la cabeza, como si estuviese calibrando su respuesta. Cuando avanzó un paso hacia la luz de la lámpara del escritorio, vio que era más alto que Griffin, con una fina cicatriz que se extendía desde su sien derecha hasta la barbilla. Le resultó atractivo, y no tan viejo como le había parecido cuando estaba envuelto en penumbra. Sus ojos, idénticos a los de Griffin, lanzaban destellos amarillos y verdes cuando respondió:

—Uno de los nuestros.