DIECINUEVE

Entraron en la gran sala abierta que Helen recordaba de dos noches atrás. El orbe giraba penosamente en el aire, las azules aguas del Atlántico se rizaban al pasar ante ellos. Darius y Griffin estaban observando a Galizur trabajar con varios instrumentos y herramientas encima de una gran mesa. Curiosamente, había una fila de melones alineada cuidadosamente en uno de los bordes.

Galizur se volvió al oír el ruido de sus pisadas.

—¡Ah! Sois vosotras. Llegáis justo a tiempo para la demostración.

—¿Qué demostración? —preguntó Helen mientras Anna se dedicaba a servir té.

—He estado trabajando en una solución para el tamaño del glaive. —Galizur bajó la vista hasta las armas con forma de cayado que pendían de los cintos de los hermanos. Tendió una mano—. ¿Me dejáis?

Darius se volvió a mirar a Griffin, quien suspiró y cogió su glaive. Se lo entregó a Galizur tras un breve vistazo a su hermano.

Galizur le dio la vuelta en su mano.

—Habría que modernizarlo. —Lo depositó sobre su mesa de trabajo, cogiendo de esta una delgada varilla—. Prueba con este.

Era significativamente más corto que el glaive que Griffin había entregado a Galizur.

—No tengo muy claro cómo me voy a poder defender con esto —dijo Griffin, cogiéndolo.

—Ábrelo con tu mente —dijo Galizur—, lo mismo que haces para atraer tu glaive. Griffin la contempló un momento antes de apartarla de su cuerpo. Su rostro se relajó por completo y el colgante que llevaba al cuello empezó a brillar. Un segundo después la varilla que tenía en la mano se abrió hasta tener el mismo tamaño que el glaive que se había traído de casa. Los ojos de Griffin se iluminaron asombrados, mientras lo levantaba, inspeccionando el extremo, puntiagudo y afilado.

Darius le cogió el glaive a su hermano y deslizó su mano por la empuñadura antes de devolvérselo a Galizur.

—¿Cómo lo has hecho?

Una sonrisa asomó a los labios del anciano.

—Creé piezas plegables para la carcasa exterior y las mecanicé de manera que baste con vuestro poder para abrirlas, lo mismo que ahora sois capaces de desplegar con vuestro poder las cuchillas interiores de vuestro glaive.

—¿Y qué hay de las cuchillas del interior? —preguntó Darius.

Galizur cogió uno de los melones que tenía detrás, encima de la mesa.

Lo puso en el suelo, cogiendo el nuevo glaive de manos de Darius y levantando una mano en señal de advertencia.

—Echaos atrás.

Estaban retrocediendo cuando Galizur clavó la punta del glaive en el melón. Un segundo más tarde, reventó en pedazos, y una metralla de jugo anaranjado salpicó suelo y paredes.

Griffin apartó rápidamente la vista del espectáculo, mirando a Galizur con admiración.

—¡Increíble! ¿Activa por sí solo las cuchillas internas?

—Es sensible a la presión —explicó Galizur—. Una vez alojado en la carne del enemigo, las cuchillas se pliegan solas.

—Espere un minuto. —Helen estaba contemplando el melón, que ahora estaba desprendiéndose de la pared—. ¿Quiere decir que eso es lo que el glaive le hará a aquel contra quien se use? ¿Que lo… despedazará? —Volvió la vista hacia Griffin.

—Puede que parezca brutal, pero el glaive es lo único capaz de matar a los miembros de la Alianza o de la Legión.

—¿Y qué hay de los espectros que había en la calle la otra noche? No necesitasteis un glaive para matarlos.

Galizur enarcó las cejas ante la mención de los espectros.

—No están muertos. Con la hoz los debilitamos. Regresan al lugar de donde vinieron, pero podrían aparecer de nuevo en cualquier momento.

—Y seguirán intentando volver hasta que se les despache para siempre con el glaive —añadió Darius—. No pierdas tiempo sintiendo lástima por ellos. A ti te harían lo mismo sin pestañear siquiera. —Se dio la vuelta y se encaminó al orbe—. Harías bien en recordar eso, princesa.

Dicho así, con el sarcasmo propio de Darius, el término no era una expresión de cariño. La rabia empezaba a bullir en su interior y avanzó hacia él. Se detuvo cuando lo tuvo delante y le puso las puntas de los dedos encima del pecho.

Él bajó la vista hacia su mano, medio sorprendido. Un creciente enfado nublaba sus ojos, pero ella ya no podía parar. Ahora no. Había demasiado en juego.

—Puede que no esté familiarizada con la hoz y el glaive. Puede que hasta ahora no me haya visto obligada a defenderme yo sola. Pero no soy tan débil ni tan mimada como supones. —Levantó la vista para mirarlo fijamente—. No soy una princesa. Y quizás deberías buscarte un insulto más ingenioso, si es así como te gusta jugar.

El silencio se había impuesto en la sala. Demasiado silencio. En alguna parte, detrás de Darius, Griffin permanecía junto a Anna y Galizur, pero lo mismo hubiera dado que no estuviesen allí. Darius la miraba fijamente, sus ojos se oscurecían gradualmente. Ella quiso apartar la mirada, pero sabía que hacerlo significaría darse por vencida.

Casi de inmediato Darius estalló en carcajadas. A diferencia de la suave y ya familiar risita entre dientes de Griffin, la risa de Darius era escandalosa y denotaba admiración.

—Bien —dijo por fin—. Después de todo tienes carácter. Lo vas a necesitar.

Dio unos pasos, rodeándola, para coger la taza de té que le estaba ofreciendo Anna. Sus dedos tocaron los de la muchacha unos segundos más de lo necesario.

Anna continuó sirviendo, y Galizur se sentó en un sillón frente a una gran caja negra.

—Al parecer tenemos que hacer ciertas investigaciones —dijo.

Helen le explicó:

—Hemos encontrado, bueno, lo cierto es que lo encontraron Griffin y Darius, una hoja de papel en la vieja fábrica de llaves de los Baranova. El papel tiene un logo poco corriente, con las iniciales VA. Yo creo que se refieren a Victor Alsorta.

—Eso me han dicho los muchachos. —Galizur posó sus ojos en los de ella—. También me han dicho que conoces a Raum, el hijo de Baranova.

Helen se ruborizó, recordando la proximidad de Raum en las ruinas de la casa donde pasó su infancia. Aunque, desde luego, no era aquello a lo que se estaba refiriendo Galizur.

—No sé si conocer es la palabra adecuada —lo dijo tratando de no alterar su tono de voz—. Lo conocía de pequeña.

—¿Y no lo recordaste hasta la pasada noche?

Ella sacudió la cabeza.

—Pensaba que era un amigo imaginario de la infancia. Es decir, que recuerdo vagamente haber jugado con él en el jardín. Mi madre siempre me dijo que no era real, y yo la creí. Decía que era un fenómeno común en los hijos únicos. Creo que no tenía más de cuatro o cinco años cuando dejó de ir por casa.

Galizur suspiró, reclinándose en su asiento.

—Es comprensible que tus padres trataran de distanciarte de los Baranova incluso antes de su traición. Sus alianzas al margen de los Dictata ya eran… cuestionables años antes de que se probara que habían proporcionado al Sindicato llaves de nuestros lugares más sagrados y nuestros tesoros. Tus padres no fueron los únicos de la Alianza que creyeron que era más prudente cortar lazos con la familia.

—¿Entonces a los Baranova los aislaron antes de que sus padres fuesen descubiertos y tratados como traidores? —Griffin hablaba desde el sofá.

—Esa es una apreciación de lo más certera —confirmó Galizur.

—Lo cual significa que probablemente esté amargado y furioso —dijo Darius.

Una áspera carcajada escapó de labios de Helen.

—Creo que eso es más que evidente.

Se quedó sorprendida cuando Darius le dedicó una mirada de disgusto sin el comentario cortante que solía acompañarla. Ella se dedicó a exprimir un poco más de limón en su té, extrañamente incómoda por la conversación. Una traidora compasión nublaba la rabia que sentía contra Raum.

Y no le gustaba lo más mínimo.

Galizur se enderezó en su asiento.

—Bueno, al parecer sí que hay cierta conexión entre Raum y Victor Alsorta. Veamos qué podemos encontrar.

Se acercó a la caja negra, y giró un par de botones colocados en la parte inferior, hasta que un zumbido surgió de su interior. Un instante después, se produjo un destello en la superficie justo antes de que un objeto, formado por círculos entrelazados y que le resultaba vagamente familiar, fuera tomando forma en la pantalla que tenían delante.

Con gesto de incredulidad, Helen se inclinó hacia la máquina.

—¿Qué es eso?

—No es más que un sencillo sistema de suministro de datos —dijo Galizur—. Los Dictata introducen información y este artefacto la registra para que más tarde se pueda disponer de ella. Una biblioteca visual, por así decirlo.

Helen tenía la vista clavada en el símbolo de la pantalla. Giraba y se retorcía, transformándose en un ocho, en unos largos filamentos trenzados, en un hexágono, en un poliedro de múltiples caras… y al final, en una especie de puerta.

—¿Y eso qué es? —preguntó.

—Es la flor de la vida —explicó Galizur.

—Es… es preciosa. —Lo dijo porque era cierto, y porque el símbolo la conmovía y asustaba al mismo tiempo de una forma que era incapaz de explicar—. Creo que lo he visto antes.

—Probablemente. Dicen que contiene todos los misterios de la humanidad. También es el símbolo de la Alianza. De nuestra conectividad con el mundo mortal que nos han encomendado proteger —dijo Galizur, inclinándose hacia delante para poner sus manos sobre un rectángulo cubierto de botones en orden alfabético. La flor desapareció cuando las manos de Galizur se deslizaron por las llaves—. Veamos qué sabemos del Sindicato.

Helen se quedó petrificada cuando series de letras y números aparecieron por toda la pantalla, a demasiada velocidad como para que ella pudiera registrarlo debidamente.

—Ya lo tenemos. —Galizur, ajeno a su perplejidad, volvió a reclinarse en su asiento. Se sacó unos anteojos del bolsillo y se los puso—. Victor Alsorta. Director del Sindicato, asociación entre cuatro de los empresarios más poderosos del mundo.

Galizur pulsó un botón, y la imagen granulosa de un hombre mayor, de sienes plateadas, apareció en la pantalla. Era el mismo que Helen había visto en el periódico. Incluso desde la pantalla Helen podía distinguir su porte aristocrático, sentir la intensidad de su mirada. Como si ahora mismo la estuviese mirando desde algún lugar distante. No le sorprendería que sus ojos fuesen de color azul claro, aunque en la pantalla no se distinguía el tono.

—Nacido en Rumanía, Victor tiene cincuenta y cuatro años y no tiene parientes vivos. Al menos eso nos han hecho creer —añadió Galizur.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Darius.

—Toda la información que he podido encontrar sobre Victor procede de fuentes de segunda mano. Publicaciones de prensa, biografías de empresa, artículos recientes. Esa clase de cosas.

Helen se giró hacia Galizur.

—¿De dónde suele… sacar su información?

—Generalmente buscamos en registros de nacimientos, de fallecimientos, certificados de matrimonio. Fuentes de naturaleza más oficial —dijo—. Pero Victor Alsorta lo mismo podría ser un fantasma. Lo poco que hemos podido encontrar, bien podría estar manipulado. Y de no ser por su asociación con el Sindicato y los volúmenes que se han escrito sobre ellos en todo el mundo, habría bastante menos.

Por la expresión apenada de Galizur, Helen se dio cuenta de que no estaba acostumbrado a esa escasez de resultados. Se quedó mirando la imagen de la pantalla, considerando lo poco que sabían acerca de Victor Alsorta y cómo podrían usarlo para seguir con su búsqueda de información.

—¿Qué hay de su relación con el Sindicato? —le preguntó a Galizur—. ¿Podría tener eso algo que ver con las ejecuciones y con Raum?

—Sabemos algo sobre los otros miembros del Sindicato. —Galizur tecleó en los botones y la imagen de Victor fue reemplazada por un hombre más joven, de pelo negro como el ébano—. Este es Clarence Thurston, jefe de una corporación tecnológica multinacional, que posee más de doscientas patentes con los mayores avances tecnológicos de nuestro tiempo.

—¿No estuvo envuelto en un escándalo? —preguntó Griffin—. ¿Acusado de vender a nuestros enemigos tecnología que había sido desarrollada exclusivamente para uso militar británico?

Galizur asintió.

—El mismo.

Helen quiso preguntar acerca del escándalo, acerca de qué clase de poder permitiría a un hombre cometer traición y seguir en libertad en lugar de ir a la cárcel, pero Galizur ya se había puesto con la labor.

En pantalla apareció el rostro contundente de una mujer. Parecía de la edad de la madre de Helen, aunque sus ojos acerados no transmitían nada de la calidez que habían poseído los de Eleanor Cartwright.

—Margaret Latimor —recitó Galizur—. Está al frente del Consejo de Finanzas, además del mayor banco mundial, el Western United. —Pulsó unos cuantos botones más—. Por último tenemos a William Reinmann, presidente del Simposium sobre Seguridad Multinacional, que se celebra una vez al año. Es dueño de una consultora, especializada en asesorar a figuras políticas en control de daños.

Helen apartó los ojos de la pantalla y miró a Galizur.

—¿Control de daños?

Pero fue Griffin quien contestó.

—Escándalo personal y profesional. Gente como esa engaña, roba y miente. Cuando los pillan, necesitan recurrir a alguien que les diga cómo comportarse. Cómo manipular al público para que no arruine sus carreras.

Galizur asintió.

—Griffin tiene razón. Y debido a esa disposición del señor Reinmann a lo selecto y a su posición en el Simposium, se cree que políticos de todas partes le deben a él más favores que a ninguna otra persona del mundo.

—Lo cual le convierte en una de las figuras más poderosas que existen —añadió Griffin.

—Muy cierto —dijo Galizur—. Aunque, aparte de la asombrosa falta de documentación escrita sobre el señor Alsorta, quizás lo más importante de todo tenga que ver, no con esos individuos, sino con el mismo Sindicato.

—¿Y de qué se trataría? —Helen ya estaba dándole vueltas en su cabeza a todas las posibilidades.

—Al parecer hay agitación en sus filas —dijo Galizur—. Los demás quieren a Victor fuera, y corre el rumor de que planean obligarlo a abandonar la cumbre dentro de tres días.

Griffin se echó hacia delante en su silla.

—¿Una destitución?

—Algo parecido. —Galizur asintió—. Y tiene sentido, dada las recientes prisas de los asesinos.

Helen se volvió a mirarlo.

—¿Qué prisas?

—Las ejecuciones se vienen sucediendo últimamente con mayor frecuencia —explicó Galizur—. Al principio, perdíamos un Guardián cada pocas semanas, pero los últimos dos meses hemos llegado a perder hasta a más de uno por semana.

—Como si el responsable tuviese prisa —murmuró Helen.

—¿Cómo funciona la jerarquía dentro del Sindicato, padre? —preguntó Anna—. ¿No les bastaría votar en contra para sacar a Victor de la dirección?

—Desconozco los procedimientos internos y la política del Sindicato —dijo Galizur—. Pero hay una cosa cierta.

Helen dejó de pasearse, y remató la reflexión de Galizur:

—Quien controla el pasado, el presente y el futuro, lo controla todo.

Galizur asintió.

—Si Victor accede a los registros antes de la cumbre, poco importará lo que tengan planeado hacer con él los otros. Tan solo habría que cambiarlo y sería suyo el poder supremo. Al cambiar el pasado, podría dejar al Sindicato desamparado, borrar por completo la Alianza e incluso eliminaros a todos y cada uno de vosotros de la faz de la Tierra con tan solo impedir vuestro nacimiento. Los cambios que podría hacer son ilimitados.

—Incentivo más que suficiente para asesinar a los Guardianes en busca de la llave —añadió Griffin—. Alsorta estaría preparado para alterar el curso no solo del futuro, sino de la misma historia. Todo ello le daría el control de todo lo imaginable.

Las palabras resonaron en la mente de Helen. Había otra persona más que llevaba todas las de ganar al alterar el curso de la historia.

Raum.

Estaba empezando a entender su alianza con Victor, pero de momento decidió aparcar el tema, aún no estaba preparada para seguir el hilo de tal pensamiento.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. Suponiendo que todo eso sea cierto ¿qué podemos hacer?

—Matar a ese bastardo —afirmó Darius.

Cuando por fin Galizur tomó la palabra, lo hizo en voz baja.

—Sería un crimen contra la humanidad. Los Dictata no lo aprobarían.

Darius se puso en pie, separando su mano de la de Anna y paseó por la sala dando largas y rabiosas zancadas.

—De momento, me traen sin cuidado los Dictata —dijo—. ¿Dónde estaban ellos cuando asesinaron a nuestros padres? ¿Cuando nos dejaron huérfanos a causa de nuestro trabajo para mantener el equilibrio en el mundo? ¿Un trabajo que nos asignaron ellos?

—Madre y padre no querrían eso —dijo Griffin con calma.

—¿Tienes miedo, hermanito? —la voz de Darius adoptó un desagradable matiz.

Griffin se levantó, su rostro ruborizado por la ira. Helen se sorprendió de ver que era igual de alto que Darius, que las diferencias de peso —de fuerza— no eran sino una ilusión que proyectaba la buena voluntad de Griffin al permitir que su hermano tomase el mando en todo. No por miedo o inseguridad, sino por amor.

Pero ahora estaban frente a frente.

—No es a los Dictata a quienes temo, Darius. Sino a la vergüenza de nuestros padres, dondequiera que estén. A ensuciar su legado. —Sacudió la cabeza—. No pienso hacerlo.

El silencio se instaló entre ellos, el aire se fue enrareciendo y espesando antes de que Darius se volviese hacia la pared. Helen se quedó horrorizada cuando, un instante más tarde, el mayor de los Channing levantó la mano y le dio un puñetazo al hormigón con todas sus fuerzas. Anna corrió a su lado, y cogió su mano entre las suyas.

—Darius. —El tono de su voz era amable, aunque firme—. No.

Helen se preguntaba si Galizur reprendería a Darius por su arrebato, pero se limitó simplemente a carraspear antes de ponerse a hablar.

—Si bien comprendo tu deseo de venganza, Darius, tu hermano tiene razón. Eso deshonraría la memoria de vuestros padres y a todos los que han sido asesinados.

—¿No pueden los Dictata mandar a alguien tras él? —preguntó Helen—. ¿No cuentan entre sus filas con algún tipo de fuerzas del orden?

Galizur asintió.

—Existen… recursos que se emplean para mantener la paz, si es necesario. Pero lleva su tiempo desplegarlos. Hay que atenerse a un procedimiento y me temo que ninguno de ellos estaría listo para antes de la cumbre.

—¿Entonces, qué? —Darius seguía de cara a la pared, pero Helen percibió angustia en su voz—. ¿Qué podemos hacer? Alsorta no puede quedar impune sin más. Ni ese traidor de Raum.

Un escalofrío recorrió la espalda de Helen ante la mención de Raum.

La respuesta no vino de Galizur, sino de Griffin.

—Iremos a por ellos. Primero por Alsorta, antes de la cumbre, y luego por Raum.

Una risa sarcástica escapó de la garganta de Darius cuando se dio la vuelta para encararse con ellos.

—¿Y entregárselos a la Policía? —Se respondió a su propia pregunta antes de que pudiese hacerlo otro—. Un hombre como Alsorta quedaría en libertad en una hora.

Alsorta, pero no Raum, pensó Helen. Dejarían que se pudriera.

—A la Policía no —dijo Griffin—. A los Dictata.

Un silencio de sorpresa se apoderó de la sala. Helen no tenía ni idea de cómo trabajaban los Dictata, pero la propuesta de Griffin parecía la más sensata de todas. Se volvió hacia Galizur.

—¿Los Dictata se encargarían de castigar a alguien como Victor? ¿Alguien que no es uno de los suyos ni de los nuestros?

—Bueno, es un poco irregular. Normalmente los Dictata ponen orden solo entre sus propias filas. Los mortales hace mucho tiempo que se administran con sus propias leyes. —Galizur se restregó la mandíbula—. No obstante, según las leyes de los Dictata el asesinato de un Guardián es un crimen capital. Aunque Victor sea un mortal, yo diría que los Dictata querrían verlo castigado en caso de que se lo llevaran.

—Victor Alsorta es un hombre poderoso. —Anna habló desde su lugar al lado de Darius—. Traerlo podría ser peligroso. ¿Padre, no deberíamos hablar primero con los Dictata para asegurarnos de que están dispuestos a que se haga justicia?

Helen sintió un repentino respeto por su nueva amiga. Incluso estando en peligro la seguridad de Darius, Anna no buscaba protegerlos. Sabía que había que sacrificarse y estaba dispuesta.

Todos debían estarlo.

—Muy bien, Anna. Es lo más sensato. —Por su tono de voz, Helen se percató del orgullo de Galizur. Este prosiguió—. Mejor no arriesgar la seguridad de nadie solo por conducir a Victor ante los Dictata, hasta que no sepamos con seguridad si estarán dispuestos a aplicar sus leyes en este caso.

Galizur tecleó los botones unas cuantas veces más hasta que volvió a aparecer el rostro de Victor en la pantalla. Helen no podía apartar sus ojos de aquel hombre. A pesar de tener el aspecto de un caballero normal, Victor Alsorta era cualquier cosa menos corriente. Él era la clave. La clave que conducía hasta la muerte de sus padres y la extraña misión que Raum se había comprometido a cumplir, a pesar de sus aparentes dudas.

—Esperaré veinticuatro horas. —La voz acerada de Darius rompió el silencio—. No más. Cada minuto que pasa nos acerca más a la cumbre. Y cuanto más cerca estemos, más nos arriesgamos. Si estamos en lo cierto, Victor multiplicará sus intentos por encontrar la llave y eliminarnos a todos.

Pero Raum no quiere matarnos. Ahora no. Helen no pronunció las palabras en voz alta. Ni siquiera sabía por qué estaba tan segura de que fueran ciertas. Se trataba de algo más que del hecho de que Raum la hubiese dejado marchar en dos ocasiones. Incluso de que le hubiese proporcionado una pista —por enigmática que fuera— para identificar al hombre que había encargado sus muertes.

Había algo en sus ojos cuando la miró en las ruinas de su casa. Algo que le hablaba de su historia olvidada. De unos lazos que compartían, más allá del tiempo y de la razón.

Como si le hubiese leído los pensamientos, Griffin miró en su dirección antes de hablar.

—Hace tiempo que Raum tiene nuestra dirección. Sabe quiénes somos, qué aspecto tenemos incluso. Aun así, no ha venido a por nosotros.

—Lo cual no es razón para descuidarse —dijo Darius con brusquedad. Buscó la mirada de Galizur y Helen notó cómo se le helaba la sangre—. Veinticuatro horas. Después pienso ir a buscarlos, con o sin la aprobación de los Dictata.