DIECIOCHO
Un rato más tarde, Helen se incorporó en la cama, preguntándose cuánto tiempo habría dormido. Había sido un descanso irregular. Solo esperaba que le bastase para aguantar las próximas horas.
Tras las cortinas había oscurecido, aunque Griffin no había venido a buscarla para ir a visitar a Galizur. Se vistió rápidamente, añadiendo un chaleco abotonado a su ajustada blusa, demasiado entallado para ser realmente apropiado, pero eso era lo de menos. Le facilitaba el movimiento, que era lo que ella buscaba y la tela no se le engancharía, en caso de que tuviese que escalar otra valla. Era masculino y con muchos botones, recordaba a un abrigo militar, una extravagancia más de su vestuario.
De camino hacia la puerta, Helen sacó sus guantes de la capa. Fabricados con suave cuero de color marfil, le cubrían los nudillos, dejando los dedos al descubierto.
Lo mejor para agarrar una hoz. O mejor aún, un glaive.
Por supuesto, nada garantizaba que Darius estuviese de acuerdo en que fuera armada, así que tendría que insistir. Su inesperado encuentro con Raum la había pillado con la guardia bajada. Si hubiese estado preparada —si hubiese estado armada— no lo habría dejado salir vivo de entre los escombros de su casa.
Eso era lo que se estaba diciendo mientras se encaminaba por el oscuro pasillo hacia la escalera. El descanso, a pesar de haber sido corto, le había sentado bien. Era la primera vez desde el incendio, que le parecía tenerlo todo bajo control.
La casa estaba en silencio, solo se oía el tictac del reloj de pie en el vestíbulo mientras bajaba por las escaleras. Comenzó a preocuparse por que Darius y Griffin la hubiesen dejado allí, pero un instante más tarde, escuchó sus voces que salían de la biblioteca. Continuó hasta la parte posterior de la casa. La agitación de las voces fue creciendo según se aproximaba a la puerta, se detuvo justo delante, y captó retazos de la conversación.
—… por mucho que lo justifiques —concluyó Darius—. Es una imprudencia entablar una relación.
—¿Y qué hay de tu relación con Anna? —El tono de Griffin era desafiante—. ¿También es una imprudencia?
—Eso no es… y tú lo sabes. —Pudo apreciar el tono acerado en las palabras de Darius.
—Sí lo es. Y que seas mi hermano mayor, no significa que puedas decirme lo que debo hacer con mi vida personal.
Helen retrocedió un paso hasta la pared, tratando de comprender de qué estaban hablando. ¿Estarían hablando de ella?
—Tú eres el único responsable de los errores que cometas —dijo Darius con calma—. Solo trato de ahorrarte el sufrimiento de cometerlos.
—Referirte a mi afecto por ella como un «error» solo prueba lo poco que sabes. Y ahora ¿querrás hacer el favor de mantenerte alejado de mis asuntos? —preguntó Griffin, aunque Helen sabía que en realidad no era una pregunta. Nunca lo había oído pronunciarse de aquel modo con su hermano. El hecho de que se debiese a ella la incomodaba extraordinariamente, y sus mejillas se ruborizaron entre las sombras de la entrada.
Se dio media vuelta y regresó con sigilo hasta las escaleras. Desde allí, se acercó de nuevo. Esta vez anunció su llegada.
—¿Griffin? ¿Darius? —llamó, acercándose a la puerta de la biblioteca.
—En la biblioteca. —Se preguntó si serían imaginaciones suyas o el tono de Darius era cortante.
Volviendo sobre sus pasos, compuso en su rostro una expresión de calma y trató de olvidar la conversación que acababa de oír unos minutos antes. No le funcionó del todo. Cuando se topó con los ojos de Griffin, apenas pudo sostener su mirada unos segundos.
—¿Qué hora es? —preguntó—. ¿Cuánto tiempo he dormido?
—Cerca de tres horas. —Griffin se levantó del sofá—. Se ve que te hacía falta. ¿Te encuentras mejor?
Ella asintió.
—Mucho mejor. Aunque estaba preocupada pensando que os habríais ido a ver a Galizur sin mí. —Sin proponérselo, echó un vistazo a Darius.
Este se echó a reír.
—Me parece que no te equivocas mucho pensando que soy yo quien sugeriría dejarte aquí, aunque probablemente no por las razones que te imaginas.
—Por favor —dijo ella—. Ilústrame.
Él rodeó el escritorio y cogió un chaleco del respaldo de la silla mientras contestaba.
—No se trata más que de una cuestión de seguridad. La tuya y la nuestra. No estás preparada para enfrentarte a los espectros y demonios que nos persiguen, y tu presencia es más bien una distracción. —Sus ojos se posaron en el rostro de su hermano—. Para unos más que para otros.
Helen vio cómo las mejillas de Griffin se ruborizaban justo antes de darse la vuelta. Ella detestaba ser utilizada como un títere en el juego que Darius insistía en jugar, para quedar siempre por encima. Y sobre todo odiaba que la usase contra Griffin.
Levantando la barbilla, trató de parecer despreocupada.
—Quizás no fuese tal distracción si me dieses un arma para defenderme yo sola.
La risotada de Darius sonó como un ladrido.
—Al contrario. Tenerte empuñando un arma para la que nunca has sido entrenada sería una distracción incluso mayor. Un desliz y estaríamos muertos.
Su pecho se tensó de rabia, una sensación a la que estaba acostumbrándose en presencia de Darius.
—Sí, pero…
No le dio tiempo a interponer su protesta antes de que Darius la detuviese, levantando su mano.
—Griffin ya ha expuesto tu caso, Helen. No pienso darte armas. Por ahora no. Y eso es todo. —Ya estaba encaminándose a la puerta, cuando dirigió sus siguientes palabras a nadie en concreto—. ¿Nos vamos?
Helen estaba ya a punto de estallar cuando Griffin tiró de ella bajo la luz de una farola.
—No entiendo por qué tiene que tomar él todas las decisiones —despotricó.
—No lo hace —dijo Griffin—. A veces es más efectivo dejar que madure poco a poco una idea.
El tacto de su mano sobre la suya le resultó extrañamente íntimo. Se olvidó de inmediato de su filípica, a pesar de que apenas recordaba el momento en que Griffin la había agarrado la primera vez cuando fueron a ver a Galizur. Ahora, mientras los dedos del joven rozaban su cintura y sus brazos la atraían estrechamente hacia él hasta sentir la fuerza de su cuerpo a su espalda, comenzó a notar un cosquilleo desde la barriga, cada vez más intenso. Sus mejillas se ruborizaron.
Se puso a hablar para disimular su nerviosismo.
—Creo que debería aprender a saltar yo sola cuanto antes, ¿no crees?
—¿Y privarme a mí de la oportunidad de estar cerca de ti? —Su voz sonaba ronca en su oído, su aliento le cosquilleaba en la piel sensible del cuello—. A mí me parece una tontería, pero si quieres aprender, yo te enseñaré.
Ella asintió, con la voz atragantada.
—Muy bien —dijo él—. Pero esta noche no. Esta noche te quedarás conmigo.
En su tono de voz había algo de posesivo y audaz. Algo que nunca antes había escuchado. Pero no le dio tiempo a ponerle nombre. Un instante después, él se la acercó aún más a su cuerpo y ella volvió a sentir la extraña sensación que había sentido la vez anterior. Su ser físico resquebrajándose, desapareciendo como humo en el aire de Londres.
Y después, regresó otra vez bajo la luz de una farola frente a la casa de Galizur, con los brazos de Griffin rodeándola aún.
—Ya os podéis soltar. —Helen buscó la procedencia del comentario sarcástico de Darius, quien estaba apostado en un peldaño esperando su llegada.
Griffin se apartó, y Helen se sorprendió al percatarse de que echaba de menos el calor de su cuerpo junto al suyo.
Se encaminaron hacia Darius y lo siguieron hasta la puerta. Anna respondió enseguida a su corta llamada, y después de unos saludos breves y apresurados, los guio por los oscuros corredores tal como había hecho en la anterior ocasión. Helen ya se había acostumbrado al silencio. El trayecto hasta el salón parecía una travesía hacia otro mundo, el silencio no hacía sino aumentar la sensación de estar dejando atrás un universo para entrar en otro, como si los laberínticos pasillos fuesen lugares de transición y hablar pudiese romper su hechizo.
Por fin Anna cerró tras ellos la última puerta y se dio la vuelta para cerrarla con una de las extrañas llaves. Se volvió hacia ellos con una sonrisa.
—Padre está en el laboratorio. Está un poco decepcionado con los avances de uno de sus últimos inventos. —Miró a Darius—. ¿Quieres llevarte a Griffin abajo mientras Helen y yo preparamos té?
Darius asintió, con ternura en su mirada, y Helen estaba maravillada de cómo podía transformarse de ese modo solo por el hecho de mirar a Anna. El cariño que sentía por ella cambiaba por completo sus facciones. O mejor dicho, estas parecían cobrar vida, como si su semblante diario, aquel enfadado, engreído y sarcástico, fuese una máscara que solo dejase caer estando en compañía de Anna.
—¿Estarás bien? —preguntó Griffin, volviéndose hacia Helen.
—Claro que sí —respondió ella sonriendo.
Él asintió levemente con la cabeza. Cuando Helen lo vio bajar por las escaleras detrás de su hermano, no pudo evitar extrañarse por el gesto de su mirada. Ella apreciaba su protección, por supuesto, pero no estaba segura de querer que la mirara del mismo modo que Darius lo hacía con Anna. Como si ella fuera frágil. Algo que hubiese que agarrar con cuidado, como cuando se coge una rosa delicada, con cuidado de no sacudir sus pétalos sedosos no fueran a desparramarse por el suelo.
—¡Bueno! —La voz de Anna interrumpió sus pensamientos—. ¡Me temo que pronto te darás cuenta de cómo me siento yo!
Las mejillas de Helen se ruborizaron.
—No sé a qué te refieres.
—Claro que no. —Anna sonrió burlona y a Helen le pareció ver en ella un fugaz destello de inteligencia y picardía. Enganchó su brazo en el de Helen—. Ven. Podemos hablar de todo mientras hacemos el té.
Aparte de sus padres, Helen apenas había disfrutado de alguna compañía en muchos años. Únicamente ahora empezaba a darse cuenta de lo sola que había estado. La oferta de amistad de Anna era un cabo de salvación, y aunque Helen no estaba acostumbrada a que la tocaran extraños, consintió que la llevase fuera de la habitación, incapaz de detener la sonrisa que se extendía en su rostro mientras Anna le hablaba de las dificultades que había debido sufrir a causa del carácter sobreprotector de Darius.
—¡Es simplemente exasperante! —dijo, soltándose del brazo de Helen para entrar en la cocina. Se fue a buscar la tetera, que echaba vapor con furia encima del fuego—. Por el modo en que se comporta, cualquiera diría que estoy a punto de caer muerta en cualquier momento.
—¿Por qué se preocupa tanto? —preguntó Helen.
Anna suspiró.
—Tengo una pequeña lesión cardíaca —dijo—. El corazón se aburre de latir al mismo ritmo día tras día, sabes.
Helen sacudió la cabeza.
—No comprendo.
—Bueno —vaciló Anna, levantando la mano hacia uno de los armarios superiores en busca de una lata de té, antes de proseguir—, de vez en cuando se salta un latido, y a veces se acelera tanto que me cuesta respirar.
—¿Duele? —preguntó Helen, dirigiéndose a la encimera donde Anna estaba poniendo el té en las tazas.
Anna se detuvo un instante, mirando a lo lejos, como si la respuesta a la pregunta de Helen se hallase en el desvaído papel de la pared más alejada.
—No exactamente. —Soltó una risita y se giró para mirar a Helen—. Es más bien como si hubiese corrido demasiado deprisa. Noto cómo me late dentro del pecho y luego se me calienta la cara como si me estuviese poniendo colorada de vergüenza. Pero no. —Sacudió la cabeza—. No duele.
—¿Es…? —Helen hizo una pausa, buscando las palabras apropiadas—. ¿Es peligroso?
Anna se dio la vuelta hacia Helen, posando una mano sobre el brazo de esta con delicadeza.
—Te preguntas si moriré de eso.
No era una pregunta, y Helen se sorprendió del dolor que sintió en su propio corazón ante la idea de que algo le sucediese a Anna. Sin embargo, Anna se merecía la misma verdad que ella brindaba a los demás.
Helen asintió.
—Supongo que sí.
Anna sonrió amable.
—No tienes de qué preocuparte. Los médicos aún están estudiando mi caso, pero lo tengo desde que nací y lo he controlado bastante bien. —Vertió el agua hirviendo en las tazas que estaban preparadas y se volvió para depositar la tetera en la cocina. Al retomar la palabra, lo hizo en voz baja—. Darius tiene que entender que lo mismo que lo amo a él, tengo obligaciones.
Helen trató de disimular su sorpresa ante la osadía de su confesión.
—¿Le preocupa que pueda pasarte algo? —preguntó—. ¿Por lo de tu corazón?
—Entre otras cosas. Y lo entiendo. De verdad que sí. —Anna colocó un azucarero y un platito con limón encima de una bandeja de plata—. Pero mi familia lleva siglos al servicio de los Dictata. Sufrieron toda clase de privaciones, y aun así cumplieron con su deber, lo mismo que hago yo.
Helen la ayudó a colocar las tazas en la bandeja.
—¿Y qué hacéis exactamente tu padre y tú? ¿Qué hicieron vuestros antepasados por los Dictata?
—Somos una especie de intermediarios —dijo—. Intercedemos ante los Dictata a favor de los Guardianes, representándoos en aquellos asuntos que os conciernen. Y os proporcionamos ayuda para combatir a quienes os persiguen.
—Helen sacudió la cabeza.
—No lo entiendo. Yo pensaba que las ejecuciones eran recientes.
—Estas lo son —dijo Anna con solemnidad.
—¿A qué te refieres?
—A lo largo de la historia, de cuando en cuando, los Guardianes han sufrido persecuciones. Esta amenaza es reciente, y a decir verdad, es lo más cerca que ha estado alguien de extinguir a los de vuestra especie. Pero siempre habéis estado en peligro. —Anna levantó la bandeja de plata de la encimera—. Ábreme la puerta, ¿quieres?
Helen sostuvo la puerta abierta.
—¿Te ayudo?
—No hace falta. Estoy acostumbrada a llevarle el té a padre mientras está trabajando.
Helen siguió a Anna por el salón hasta las escaleras, maravillándose de la firmeza de las manos de la muchacha. Las tazas, cuenco, plato y cucharas no tintinearon lo más mínimo mientras bajaba por las escaleras seguida de cerca por Helen.
—No lo entiendo. —Helen retomó la conversación mientras llegaban a los pies de la escalera—. ¿Aparte del Sindicato, quién querría hacernos daño?
—¿Y quién no? —dijo Anna con calma. Sus pasos resonaban en las paredes de piedra del túnel mientras se encaminaban hacia la tenue luz azul del orbe que se veía en la distancia—. Uno de vosotros siempre ha tenido en su poder la llave de los registros. Del pasado, el presente y el futuro. Siempre ha habido quien, con suficiente poder, por simple ambición, ha intentado apropiarse de ella.
—¿Entonces, por qué tanta alarma ahora? —preguntó Helen.
Observó preocupación en los tranquilos ojos castaños de Anna.
—Porque jamás nadie ha estado tan cerca de lograr la extinción de los Guardianes.