TREINTA Y TRES
—¿Qué es todo esto? —exclamó Helen, levantando un artilugio de metal en forma de espiral, que luego añadió al montón de encima de la mesa de trabajo.
Se encontraban en el laboratorio de Galizur, rebuscando entre montones de papeles y cajas llenas de piezas metálicas. Después de discutir un rato, habían acordado ver si había algo que pudiera servirles para luchar. Aquella noche iban a ir a la finca de Alastor. Sabían que era una misión difícil, pero no les quedaba otra opción.
La cumbre se celebraba al día siguiente.
La negativa de Raum a ayudarlos aún escocía. Helen estaba tan segura. Pero al final, resultó que ella tampoco le importaba. La vería morir a manos de Alastor antes de arriesgar su propia vida para salvarla.
—Padre siempre estaba trabajando en nuevos artilugios —dijo Anna desde el otro lado de la sala—. Me temo que me va a llevar mucho tiempo ponerme al día.
A pesar de que Darius le había implorado que descansase, Anna insistió en que ya se afligiría más adelante. De momento lo que necesitaba era mantenerse activa. Contribuir a la causa que había costado la vida a su padre.
—Deberíamos coger los glaives nuevos. —Darius sostuvo una de las pequeñas varas a la luz. Al momento se desplegó la lanza que Helen recordaba haber visto en su segunda visita a Galizur. Darius continuó—. Sé que aparte del experimento con los melones aquí en el laboratorio, no han sido probados, pero a mí me parece que funcionan bien.
—Yo estoy totalmente a favor —dijo Griffin—. Glaives, hoces… ¿qué más?
—¿Qué tal unos dardos nuevos? —Anna se levantó de su silla frente a la mesa y le mostró algo a Helen.
—Pero… —Helen bajó la vista, sorprendida de ver un puñado de dardos metidos dentro de una pequeña bolsa de cuero. A sus ojos, al menos, parecían idénticos a los que había fabricado Galizur—. Pensaba que solo había cinco.
—Había cinco dardos terminados —aclaró Anna—. Pero había unos cuantos más que simplemente necesitaban unos ajustes. Ahora deberían funcionar bien. Te doy de más solo por si acaso.
Helen contó diez.
—Déjame uno de esos… —dijo Darius, alargando una mano hacia los dardos.
Anna le apartó el brazo y cerró la bolsa para entregársela a Helen.
—Helen ya ha hecho un buen trabajo con ellos antes.
Ella se quedó mirando la bolsa que le tendía Anna. No había hecho un buen trabajo. En absoluto. Pero ofreciéndoselos, su amiga le estaba demostrando su perdón.
—Gracias. —Tomó los dardos. Miró a Anna a los ojos y supo que la muchacha la entendía.
—Pues muy bien. —Darius echó una ojeada a su alrededor—. ¿Y qué hay del fuego? ¿No estaba trabajando tu padre en un arma que lanzaba fuego?
Anna sacudió la cabeza.
—No va a funcionar. No con Alastor. Es un demonio, una criatura de fuego. Y aunque puedas defenderte de él con la hoz y el glaive, no te servirán para destruirlo.
Griffin la miró atónito.
—¿Qué quieres decir? El glaive es el único medio para acabar con las criaturas de otros mundos.
—Espectros, sí —dijo Anna—. Incluso demonios menores. Pero no a Alastor. A un demonio con ese poder, como mucho puedes enviarlo de vuelta al lugar de donde vino. A través de los tiempos han conseguido expulsarlo de cuando en cuando, pero jamás han podido destruirlo.
—¿Estás diciendo que es invencible? —preguntó Helen, que no entendía, entonces, por qué se preocupaban en armarse.
Anna suspiró.
—No exactamente. Hay una forma…
—¿Cuál? —preguntó Darius.
—Esta.
Helen se quedó helada al oír que la respuesta no la había dado Anna, como esperaba, sino que procedía del túnel de entrada al laboratorio.
La voz de un hombre.
Raum.
Entró en la sala de trabajo dando grandes zancadas y sosteniendo algo largo y fino en su mano extendida.
Darius se abalanzó sobre él, pero Griffin lo detuvo a tiempo. Su brazos se tensaron debido al esfuerzo por retenerlo.
—Piensa, hermano —dijo—. Piensa antes de actuar.
Raum no pareció tomarse en serio la amenaza.
—No es precisamente la bienvenida que me imaginaba —dijo, adentrándose más en la sala—. Después de todo, he sido invitado.
Helen cruzó los brazos sobre su pecho.
—Me parece recordar que rechazaste la invitación.
—Sí. —Su mirada se cruzó con la de ella—. Pero he cambiado de opinión. Suponiendo que aún quieras mi ayuda.
La sala se sumió en el silencio, salvo por el ruido de la tensa respiración de Darius mientras trataba de recuperar el control de sí mismo. Un momento después, Griffin soltó a su hermano y señaló con la cabeza en dirección al objeto que Raum llevaba en las manos.
—¿Qué es?
Raum seguía expectante, como si esperase que Darius se abalanzara de nuevo sobre él y estuviera preparándose para el ataque. Por fin agarró el objeto por un extremo y tiró de él.
Helen no pudo evitar contener la respiración cuando una espada, resplandeciente y ligeramente curvada, emergió de la vaina que Raum tenía en sus manos. Era tal la belleza del objeto, tanta su perfección, que a su alrededor todo parecía difuminarse.
—Eso es… —Anna se acercó a Raum, sin quitar los ojos de la hoja, hasta que Darius la agarró del brazo con una mano protectora.
Raum asintió.
—Sí.
Anna sacudió la cabeza.
—¿Pero cómo la has conseguido? ¿Dónde las has conseguido?
—La he tenido en mi poder desde que me di cuenta de que Victor Alsorta era Alastor —dijo—. Digamos que es una especie de póliza de seguros.
—Pero solo existen tres. —Anna levantó la vista para mirarlo, obviamente reacia a apartar sus ojos de la espada—. Solo tres en todo el mundo.
—Ejem… —interrumpió Griffin—. Puede que sea el momento adecuado para que nos digáis a los demás qué es exactamente. Me doy cuenta de que se trata de una espada, ¿pero qué la hace tan especial? ¿Cómo va a destruir a Alastor si nada lo hace?
—Es la espada de la Eternidad —dijo Anna, como si todos tuvieran que saber a qué se estaba refiriendo—. Una de ellas.
—¿Y qué es la… espada de la Eternidad? —Helen casi se sentía ridícula diciéndolo en voz alta.
Fue Raum quien contestó.
—Al principio, existía un punto de entrada a este mundo para todos los de vuestra, nuestra, especie. Un lugar por el que los ángeles que se unían a este mundo entraban y aquellos que lo dejaban salían. Cuando se formó la Alianza, se encendió allí un gran fuego. Muchos, muchos ángeles han pisado ese suelo desde entonces. Pensaron en santificarlo. Aquellos que fueron escogidos para fundar la Alianza se reunieron para forjar y ungir tres espadas que contuviesen todo su poder concentrado en sus hojas para toda la eternidad. Solo con una de esas espadas, forjadas en honor de los tres primeros Guardianes, puede ser destruido un miembro de la Guardia Negra.
—Y solo si se usa de forma correcta —añadió Anna.
—¿Hay una forma correcta de usar una espada? —preguntó Griffin—. Siempre pensé que se trataba de un artefacto sencillo.
—Esta no —dijo Raum.
—Un demonio mayor solo puede ser destruido por una de las espadas, y solo si se le atraviesa con ella el corazón justo al amanecer. —Ana hacía que pareciese sencillo. Como si tal conjunto de circunstancias extraordinarias fuesen algo corriente.
—No lo dirás en serio —dijo Darius con tono de incredulidad.
—Está diciendo la verdad —dijo Raum—. Las costumbres antiguas estaban plagadas de rituales. Muchos términos del Tratado se basan en ellos. Este es uno. Una manera de garantizar que incluso la Legión tenga algo de paz en este mundo si se adhiere a los términos del Tratado. Las espadas fueron guardadas bajo llave por la Alianza para asegurar un cierto orden entre nosotros y ellos.
—¿Cómo la has conseguido? —preguntó Helen.
—Eso no importa. —Raum eludió la cuestión, y apartó sus ojos de ella—. Nos ayudará a destruir a Alastor.
—Si podemos entrar en la finca y en la casa —le recordó Helen—. Por no hablar de coordinarlo todo correctamente y acercarnos lo bastante a Alastor para poder usarla.
—Cierto. —Raum envainó la espada y se la enganchó al cinturón—. ¿Cómo lo hicisteis la última vez?
Griffin se dirigió a una de las mesas de trabajo y desenrolló el plano de la propiedad de Alastor. Resultaba extraño, estar agrupados alrededor y observar los pasillos que habían recorrido, el terreno que habían cubierto al huir, como un montón de líneas rectas y marcas dispersas.
—Llegamos a través de los túneles, aquí. —Griffin golpeó con el dedo la zona arbolada entre la casa y la verja principal.
—¿Y salisteis por el mismo sitio? —Raum seguía mirando el dibujo.
—Sí —confirmó Griffin.
Raum levantó la vista para mirarlo.
—Eso es mucho terreno para recorrer, especialmente con los perros siguiéndoos la pista. Me sorprende que lo consiguierais.
Al observar el dibujo, la distancia que habían salvado desde la casa hasta la entrada al túnel, Helen no pudo estar más de acuerdo, aunque no lo manifestó en voz alta.
—No es que tuviéramos mucho donde elegir —se burló Darius.
Raum lo ignoró.
—Hay otras dos rutas de acceso, aunque ninguna de ellas está exenta de riesgos.
—¿Cuáles son? —preguntó Helen.
Él posó la vista sobre el dibujo.
—Una está aquí, en la cerca. —Señaló una zona en la parte trasera de la casa, mientras continuaba—. La vigilancia no es constante. La valla está demasiado alejada de la casa. En el bosque. Los guardias suelen saltársela una de cada dos rondas, más o menos.
Darius lo interrumpió.
—Dudo que ahora se la salten. Probablemente estarán en alerta total.
—Tal vez. —Raum se encogió de hombros—. Aunque yo creo que sigue siendo una entrada potencial si observamos a los guardias un par de horas antes. El problema es salir por ahí. La verja es de hierro y está rematada con pinchos. Llevaría algo de tiempo escalarla.
—¿Entonces cómo vamos a pasar por encima para entrar? —preguntó Helen.
La respuesta de Raum fue sencilla.
—Haciendo un esfuerzo. Tendremos que ayudarnos unos a otros y la última persona que pase por encima tendrá que hacerlo sin ayuda. Aunque con tiempo suficiente se puede hacer, y probablemente dispondremos de bastante cuando entremos.
Ahora Helen lo entendió.
—Pero para salir puede que tengamos que hacerlo a la carrera.
—Exactamente —dijo Raum—. Lo cual me lleva a la segunda alternativa. —Señaló un lugar conocido sobre el plano.
—¿La cocina? —preguntó Griffin.
—Hay una entrada al túnel por ahí. En la despensa.
—Nuestros planos de los túneles no mostraban esa entrada. —Había suspicacia en el tono de Darius, como si Raum estuviese tratando de llevarlos intencionadamente por mal camino.
—Eso es porque este dibujo se basa en planos distribuidos por la ciudad cuando se construyeron originariamente los túneles —explicó Raum.
Griffin levantó la vista del dibujo.
—¿Existen planos distintos de los que conocemos?
—Planos no —dijo Raum—. Pero Alsorta tenía una entrada privada a los túneles construida directamente desde la casa.
—¿Por qué iba a querer entrar al alcantarillado? —preguntó Helen.
—Si fueses miembro de la Guardia Negra disfrazado de hombre de negocios ¿querrías que tus socios utilizasen la puerta principal?
Griffin asintió convencido.
—Así que usa el túnel secreto como punto de entrada y salida para miembros de la Legión.
—Exacto.
—Mira qué práctico —dijo Darius con sequedad—. ¿Entonces, por qué no usamos el túnel para entrar en la casa en lugar de la verja?
—¿Por la cocina? —Raum levantó las cejas—. Está claro que nunca has pasado mucho tiempo en ninguna.
—Lo que quiere decir Raum —intervino Helen, tratando de evitar una discusión, o peor aún, una auténtica pelea—, es que en las cocinas siempre hay mucho movimiento, tanto de día como de noche. Puede que los criados estén preparando pan para hornearlo por la mañana, o limpiando después de una larga velada.
—Es probable que nos vean si usamos la entrada de la cocina —dijo Raum—. Es menos peligroso para salir, especialmente si conseguimos destruir a Alsorta.
—Lo cual significa que trepamos por la verja de atrás para entrar, y usamos los túneles para escapar cuando lo hayamos hecho —terminó Helen.
Raum asintió.
—Y hay algo más.
Ahora todos lo estaban mirando; se habían olvidado del dibujo.
—¿De qué se trata? —preguntó Griffin.
—Alsorta, Alastor, tiene un método de iluminación moderno. Las lámparas se encienden con un sistema que transporta el gas por toda la casa. Se encienden y se apagan del mismo modo, con un interruptor. Habrá que apagarlas cortando el suministro desde el sótano.
—¿Por qué? —preguntó Helen—. ¿Para qué perder el tiempo? Podemos apagarlas sobre la marcha, si hace falta.
—¿Y darle a Alastor la oportunidad de convocar a los espectros?
Helen estaba empezando a comprender lo que había ido deduciendo de todas las cosas que había averiguado en los últimos días.
—Vendrán a través de la luz —dijo ella por fin—. Si se lo permitimos, darán el salto y acudirán en ayuda de Alastor.
—Sí, confirmó Raum. —Y mientras nosotros tengamos la posibilidad de deshacernos de Alastor y sus esbirros mortales, no me gustaría exponerme a otros seres extraños viéndome las caras con el mismísimo demonio y un ejército de subordinados, por muy estúpidos que sean.
Griffin se enderezó, su tono duro como el acero.
—Entonces no le concederemos la oportunidad de reunirlos.