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El «otro asunto» resultó ser un corte de pelo. La hija entró y lo sentó en una silla enfrentando las pantallas visoras, y se puso a trabajar con unas tijeras pequeñas y un peine. La idea era bastante novedosa para Jonnie. Por lo general, cuando el cabello le había crecido mucho, lo cortaba con un cuchillo.
Ella parecía ser una experta y sin duda se ocupaba de los requerimientos de tonsura de muchos, porque las tijeras volaban, moviéndose tan rápido que sonaban como una cinta metálica a alta velocidad: clip, clip, clip.
Así que la diplomacia es como una batalla, pensaba Jonnie. Observando llegar a esos nobles se veía que prácticamente exultaban autoridad y poder. Los visitantes que estaban atacando la Tierra eran peces casi locales, que controlaban como mucho pocas docenas de planetas. Por sus lecturas anteriores, sabía que algunos de los que estaban llegando venían de otros universos y controlaban cientos de planetas en cada esfera gubernamental. Y eran muy arrogantes, muy seguros de sí mismos. Fuera cual fuese su forma física, no había duda de que eran los ministros plenipotenciarios de poderosos gobernantes. ¡Cuánta riqueza y sorprendente poder representaban! Detrás de ellos había poblaciones que alcanzaban trillones en un solo estado. Eran los veteranos y vencedores de cientos de conferencias como ésta. Sí, una conferencia era una batalla e incluso más importante que una guerra.
¿Qué posibilidades tenían él y sir Roberto frente a estos diplomáticos experimentados? Ambos eran guerreros, no cortesanos sinuosos, astutos, con mil trucos parlamentarios en la manga. Sin armas ni batallones, sólo con su ingenio y las sugerencias hechas por el señor Tsung, se sentía bastante abrumado. Y hasta el momento carecía de estrategia.
La chica tenía un espejito que sostenía para que pudiera verse. Le había cortado el cabello a la altura del cuello por detrás, peinándolo y rizándolo en el extremo. Parecía una especie de casco. Y el cabello brillaba; la barba y el bigote se veían precisos, mucho más cortos. Apenas se conocía… ¿Habría visto ella antiguas pinturas de hombres con barbas y bigotes cortados así? Por supuesto que sí. Sobre la cama había un libro inglés abierto en el retrato de alguien llamado «sir Francis Drake» que había derrotado a unos llamados «españoles», mucho, mucho tiempo atrás.
Algo le llamó la atención y le sacó el espejo. ¡Su cuello! Las cicatrices habían sido muy leves, porque en realidad se trataba de callos. Y habían desaparecido.
Tuvo que mirar mucho para ver los restos de la cicatriz producida por la granada brigante en su mejilla. Probablemente, también desaparecería.
De algún modo, sin aquellas cicatrices del collar se sentía liberado. Captaba la ironía de la situación y hubiera sonreído, pero su atención fue atraída por la sala de operaciones. El volumen estaba apagado, de modo que devolvió el espejo a la chica y lo encendió.
—¡… no se me ocurre qué se traen entre manos! —decía Stormalong mientras sacaba enfurecido otra fotografía del resolvedor del vuelo de reconocimiento—. ¡He perdido la cuenta!
—Quince —dijo otro.
—¡Miren esto! Una lluvia de bombas incendiarias cayendo en este lugar desierto… —miró el mapa—. ¡Detroit! ¿Por qué incendiar Detroit? ¡Hace más de mil años que no hay nadie en Detroit! ¿Están tratando de arrastrar nuestras defensas hacia allí? Están locos. —Y tiró la fotografía—. ¡No voy a dar cobertura aérea a un montón de desechos! ¿Cuáles son las últimas noticias de Edimburgo?
—La batería antiaérea sigue respondiendo —informó alguien frente al tablero de operaciones—. El humo interfiere con los disparos visuales. Dunneldeen acaba de derribar el avión hawvin número dieciséis.
Jonnie apretó el botón para cortar el sonido. Se sentía invadido por la impaciencia. Esos diplomáticos que llegaban uno por uno…, ¡era demasiado lento!
El coordinador había llegado con el señor Tsung, quien llevaba un montón de cosas en la mano. Era evidente que Jonnie estaba tenso. El señor Tsung dijo algo con su voz cantarina y el coordinador dijo:
—Él señor Tsung le recuerda que hasta una batalla perdida puede arreglarse en la mesa de conferencias, que debe ser paciente y habilidoso.
El señor Tsung tenía otras cosas. Le sacó la ropa que le habían puesto para cortarle el pelo y le mostró una túnica.
A primera vista parecía un traje muy sencillo. Estaba hecho de resplandeciente seda negra y tenía un cuello rígido. Se suponía que debía ceñirse, pero eran los botones plateados los que llamaban la atención de Jonnie.
Sabía lo que eran. Una vez le había comentado a Ker que era sorprendente ver un metal tan bonito en el interruptor de emergencia psiclo. A primera vista parecía plata, pero la mínima luz que lo tocaba lo transformaba en un resplandor de colores del arco iris. Ker dijo que no, que no lo usaban para eso porque fuera bonito. Lo usaban porque era duro. Era una aleación de iridio bañada con un metal del espesor de una molécula, y por muchas garras que se clavaran en él no se gastaba. Y cuando uno estaba en una mina oscura con poca luz, el botón de emergencia era visible porque parecía producir destellos de distintos colores. Sabía lo que había estado haciendo el yerno: chapando botones. ¡Era bastante como para enceguecerlo a uno!
El señor Tsung hizo que se pusiera la túnica y los pantalones negros de seda y abotonó aquélla. Había botones de iridio cada dos pulgadas en toda la parte delantera.
Después el señor Tsung hizo que se pusiera un par de botas. Eran botas chinko, pero las habían recubierto con una aleación de iridio.
Le pusieron un cinturón ancho, que también estaba chapado. Todo, excepto la hebilla, Y ésta era su hebilla dorada de la «Fuerza Aérea de Estados Unidos», pulida hasta hacerla resplandecer. Recordó que una vez, en la jaula, había pensado que tal vez fuera el último superviviente de una fuerza hacía mucho tiempo desaparecida. Algo extraño para pensar. Pero en ese momento, esto lo alegró. Pensó que lo estaban vistiendo y se sintió algo desconcertado al descubrir que al señor Tsung no le gustaba una pequeña bolsa que se hacía en el hombro y un pliegue en la parte trasera de la túnica, de modo que le sacó la ropa y la envió a arreglar.
El señor Tsung tenía otra cosa más. Era su clava retorcida con las figuras talladas, pero la habían bañado en iridio y resplandecía como una llama. Sabía que no podía usarla como tal, pero le alegraba no tener que entrar a esa conferencia totalmente desarmado.
Después entró el yerno. Llevaba un casco. Básicamente, era sólo un casco ruso que habían pulido. ¿Qué le habían hecho? La mentonera estaba cubierta con aleación de iridio y también el resto del casco. Pero ¿qué era eso? El yerno lo hizo girar, orgullosamente, de modo que Jonnie pudiera ver lo que había en la parte delantera. ¿Cómo habían hecho esto? Después vio que el yerno tenía en la mano los moldes de papel que había colocado sobre el frente y los costados del casco, uno después de otro, rociando por los agujeros con diferentes metales.
Era un dragón. ¡Y qué dragón!
Alas doradas a los costados del casco, garras que parecían clavarse en el borde inferior del casco, escamas y púas de la espina dorsal bordeadas de azul, un rostro feroz con lo que parecían ser rubíes verdaderos en el lugar de los ojos, colmillos blancos en una boca escarlata. Feroz. Y una bola blancuzca en su boca escarlata y entreabierta.
Parecía tridimensional. Era parecido al dragón que había en el panel de instrumentos y a los dragones de cerámica del edificio, excepto por la bola blanca en la boca.
Al comienzo a Jonnie le pareció demasiado extravagante. Y en ese momento llegó a la plataforma otro emisario, que usaba una altísima corona de oro. Esto era mucho menos extravagante que aquello. Sin embargo…
Jonnie lo miró. Tenía un color distinto del de los otros dragones.
—Muy hermoso —dijo Jonnie al coordinador, de modo que éste se lo dijera al yerno.
Estaban arreglando sus ropas. Todavía faltaba bastante para la hora. Jonnie miró el casco. Mediante el coordinador, pidió al señor Tsung que le hablara de ese dragón.
El señor Tsung sacudió la cabeza y dijo a Jonnie que el trono de China se había llamado el «trono del dragón». Los moldes de trajes «lung pao» o «chi-fu» eran trajes de corte. Era un modelo imperial…
Jonnie sabía todo eso.
—Dígale que me hable de este dragón. Es distinto.
El señor Tsung suspiró. Había otro montón de cosas, mucho más importantes, que debería estar diciéndole a lord Jonnie, y no le parecía que fuera el momento de embarcarse en el relato de mitos y cuentos de hadas. Pero bueno, sí. Este dragón era distinto. ¿Toda la historia? ¡Oh, Dios! Bueno; era así. Había una vez…
Jonnie se echó en la cama con el casco apoyado en el estómago y escuchó. Por desgracia, tenía tiempo. De modo que escuchó el relato del señor Tsung, que era largo y absorbente.
De pronto, en medio del relato, Jonnie se sentó de golpe y dijo al coordinador:
—¡Ya me parecía! Por favor, envíe a buscar a sir Roberto.
Esto sobresaltó al señor Tsung y Jonnie dijo:
—Gracias. Una muy buena historia. ¡Gracias por más cosas de las que usted sospecha!
Como lord Jonnie parecía complacido y las cosas sucedían de prisa, el señor Tsung salió para asegurarse de que el traje de seda estaba siendo arreglado correctamente.
Jonnie miró a su alrededor para ver si había cámaras de botón en aquel lugar. Realmente, no estaba seguro. No lo creía, pero sería muy breve y críptico, para no correr riesgos.
Un par de minutos después entró sir Roberto. Él también había estado arreglándose. Llevaba una capa con los colores de la Royal Stewart; un kilt haciendo juego y blancas polainas escocesas. La lana estaba hecha de hebras brillantes. Era un completo soldado y noble escocés, excepto por la falta de armas. Jonnie nunca lo había visto vestido con el traje completo. Bastante impresionante. Pero el viejo estaba algo demacrado y preocupado.
—Esto va a ser duro —dijo Jonnie.
—Sí, chico. ¿Vio ese tolnepa? No soy diplomático, muchacho, y no hay posibilidad de traer a Fearghus. El peligro está en provocar a los nobles y estados que no están complicados todavía. ¡Un paso en falso y los agregaremos a nuestros enemigos!
Estaba alterado. Hablaba incluso en dialecto.
Jonnie jamás creyó que tendría que tranquilizar a sir Roberto.
—Tenemos una posibilidad; una buena. Esto es lo que propongo: usted entra solo y hace todo lo que puede.
A sir Roberto no le interesaba mucho eso, pero escuchó.
—Cuando haya terminado o crea haber ido lo más lejos posible, me llama. Presénteme como le parezca, pero sin demasiados detalles.
—El comunicador que usarán hará las presentaciones —repuso sir Roberto.
—Bueno: dígale lo que le he dicho. ¿Está bien?
—Muy bien, chico. Haré lo que pueda. Y si no consigo que cese el fuego, lo llamaré.
El viejo se volvió para irse.
—¡Buena suerte! —murmuró Jonnie.
—¡Ay, muchacho, eso es lo que necesitaré! ¡Las cosas no nos van muy bien en el campo de batalla!
Jonnie miró su reloj. Ya no faltaba mucho. Entró el jefe Chong-won, sonriendo.
—¡El agujero de la presa se ha cerrado, salvo por un pequeño escape! Mis hombres están reemplazando el cable blindado, arreglándolo y volviendo a ponerlo. Antes de que caiga la noche, el lago estará blindado otra vez.
Levantó los brazos, imitando la explosión producida antes por Jonnie.
—¡Bum! —masculló, y desapareció.
Bum, sí, pensó Jonnie. Todos nos iremos en un bum si esta conferencia fracasa.