5
Terl empezaba a tener sospechas.
Había una serie de pequeñas cosas.
Primero estaba el problema con el dinero, y los problemas de dinero eran algo que Terl no toleraría.
Tenían sus contratos y Terl había supuesto que a su debido tiempo se lo darían. Pero no. Según parecía, los dos billones de créditos galácticos se habían guardado en la sucursal de Denver del Banco Planetario Terrestre. Peor aún: parecía también que este Brown Limper Staffor estaba negociando enormes facturas y préstamos con el Banco Planetario Terrestre. El más reciente había sido un préstamo para construir un castillo en lo alto de una colina. Quería llamarlo Bergsdorfen o algo así.
Para conseguir el dinero, Brown Limper Staffor estaba ofreciendo como garantía subsidiaria los contratos de Terl.
Los directores del Banco Planetario Terrestre, un hombre llamado Mac Adam y un alemán, habían aparecido en el complejo con nuevos documentos que requerían la firma de Terl. Y a menos que se firmaran, no podían transferirse los créditos galácticos.
Lo último que deseaba Terl era que hubiese evidencia válida por ahí Pero no había manera de evitarlo. Mac Adam dijo que los contratos originales no se habían hecho de la manera apropiada, porque nadie había presenciado la firma. Terl los había firmado con la pata izquierda, porque odiaba la idea de dejar todas esas pruebas. Hubiera podido decir que los primeros contratos eran falsificaciones de las que no sabía nada.
Pero estos banqueros habían mecanografiado contratos nuevos, de aspecto mucho más legal. Éstos afirmaban que Terl era el oficial político, de guerra, de seguridad y director en funciones de la Compañía Minera Intergaláctica. Localmente, era bastante cierto.
Se señaló que no había sucursal Tierra de la compañía, que sólo existía la compañía como totalidad. De modo que Terl tuvo que firmar como en nombre de todo el ejecutivo de la Compañía Minera Intergaláctica y el contrato vendía «la compañía y cualquier interés vendible que pudiera tener la compañía que pudiera transmitirse, entregarse…». ¡Este contrato podía leerse interpretándolo como que se vendían todas las posesiones de la Intergaláctica en cualquier parte! Y todos sus planetas. O podía leerse como que vendía sólo este planeta y esta sucursal. Era muy general.
Esto hacía que las garras de Terl se curvaran de miedo. Si el gobierno imperial de Psiclo se enteraba de esto, se tomarían días para torturarlo hasta la muerte. En trescientos mil años, la Inter galáctica jamás había vendido parte de sí misma o de sus intereses.
Habían traído un notario suizo y testigos. El contrato estaba redactado en inglés, alemán y psiclo. Tenía quince originales que debían firmarse.
Si no había firma, no había dinero. Terl, reprimiendo la ira y el miedo, había firmado todas las copias y después había firmado Brown Limper como «custodio de los intereses de cualquier gobierno legalmente constituido del planeta, comprometiendo dicho contrato a los sucesores». Y después había firmado una cláusula agregada pasando el contrato al Banco Planetario Terrestre «para tener y guardar y ejecutar o entregar a cambio de sumas adelantadas».
Con horror, Terl vio que este documento era leído por los testigos, sellado, cubierto con sellos rojos y luego con sellos de oro y envuelto después en sellos de cera. ¡Quince copias!
Pero le dieron su dinero. Dijeron que la sucursal de Denver del banco iba a cerrar y que no podían guardarlo allí, de modo que Terl tenía que cogerlo en el momento. Terl no puso objeciones.
Llevaron las cajas en un camión con remolque y las pusieron en su dormitorio.
Dieron a Terl sus copias del contrato y firmó un recibo por ellas y por el dinero. Se fueron y, en cuanto estuvieron del otro lado de la puerta, su primer acto fue desgarrar, quemar y destruir las cenizas de sus copias. ¡Si Psiclo llegaba a enterarse alguna vez…!
Entonces se sintió tranquilizado, se sentó y acarició un rato el dinero. Después comprendió que no podía acostarse en medio de todas aquellas cajas.
Consiguió que los guardias le permitieran ir a la morgue y coger tres ataúdes. Le pareció que había menos ataúdes de los que solía haber. Sin embargo, los llevó a su habitación y se puso a trabajar guardando dentro el dinero, contándolo por fajos.
Era tarde y todavía no había terminado el trabajo, de modo que colocó unas mantas sobre uno de los ataúdes y se puso a dormir.
Al día siguiente, trabajando siempre con el dinero —nunca se había dado cuenta de la enorme cantidad de dinero que eran dos billones de créditos—, descubrió que le faltaba un ataúd. Necesitaría cuatro.
En consecuencia, consiguió que los guardias lo dejaran salir y fue a la morgue a buscar otro. En su última visita había habido un ataúd junto a la puerta; ahora ya no estaba. Alguien estaba haciendo algo con esos ataúdes.
Sólo un jefe de seguridad del talento y el entrenamiento de Terl podía llegar al fondo de ese asunto. Estaba convencido de ello.
Primero interrogó a los guardias. Después interrogó a un capitán llamado Arf Moiphy. Y descubrió que los brigantes, estos mercenarios supuestamente de confianza, bien entrenados, habían estado traficando ataúdes con los cadetes.
El comando que hacía la guardia nocturna había estado vendiendo ataúdes a los cadetes a cambio de whisky. El whisky era una bebida que hacían en Escocia. Intoxicante.
¡Oh, Terl consiguió la historia completa! Por la noche, tarde, un cadete, siempre uno distinto, iba al complejo con un cubo abierto de whisky y lo cambiaba por un ataúd. El guardia abría sencillamente la morgue, le daba uno y cogía el whisky.
Al capitán Arf Moiphy no le hizo ningún bien demostrarle que los cadetes usaban el plomo para hacer pequeñas maquetas de naves espaciales y soldados. Moiphy tenía incluso un par. Terl los conocía. Eran para un juego llamado «klepp». Esos cadetes estaban vendiendo piezas y tableros hechos con plomo fundido de los ataúdes. ¡Ataúdes de la compañía!
Terl había pedido ver a Snith. Le ordenó que pusiera punto final a todo eso.
Tres días más tarde, Terl se había hecho escoltar al almacén de metales para conseguir unas hojas de metal que necesitaba, cuando observó que el hangar estaba casi vacío. Había unos pocos transportes de material y media docena de aviones de combate, y eso era todo cuanto quedaba en aquellos enormes hangares. Se había dirigido inmediatamente al garaje y éste también estaba casi vacío. Quedaban sólo una docena de remolques y un par de tanques Basher.
¡Ese lugar estaba siendo saqueado!
Atrapó a Lars y le riñó.
Lars dijo que se habían producido muchos accidentes y que los cadetes estaban simplemente reemplazando las máquinas perdidas con las existentes en el hangar.
Cuando estaba a punto de hacer pedazos a Lars, se le ocurrió de pronto que la propiedad de la compañía ya no era responsabilidad suya. Lo dejó pasar.
Tres días después tuvo una acalorada discusión con Ker.
Desde hacía un tiempo habían empezado a limpiar las ruinas y los cables quemados del viejo aparato de transbordo y ahora, que ya no estaba, Terl quería asegurarse de que las puntas estarían a las distancias correctas en los postes. Fue a ver y descubrió…
¡A Ker, usando los aprendices de operarios más descuidados e inexpertos que tenía, para cavar la trinchera del cable blindado de ionización de atmósfera! La trinchera estaba medio abierta, pero estos aprendices habían estado cavando por todo el lugar.
Y más: había equipo diseminado por todas partes. Grúas, máquinas de palas, lo que quisiera. Siempre que uno de esos estúpidos animales había cavado algo, había dejado la maquina allí. Siempre que levantaba algo, dejaba detrás la grúa.
¡Qué confusión!
De pie sobre la plataforma, odiando el brillante sol invernal, medio enfermo a causa de la mala calidad del gas respiratorio, Terl se había sentido a punto de desgarrar al enano y hacerlo pedazos.
—¡Tú sabes hacer las cosas mejor que esto! —masculló furioso.
—¿Qué puedo hacer si esos animales rompen las máquinas? —gritó Ker.
—¿No puedes obedecer a un plan sencillo, directo? —insistió.
—¿Qué puedo hacer si esos animales no pueden seguir una línea sencilla y directa? —respondió Ker.
Terl comprendió que Ker tenía razón. No iban a llegar a ninguna parte gritando.
—Mira —continuó Terl—: Te interesa que yo llegue a salvo a Psiclo.
—¿De veras? —preguntó Ker.
Ventaja, ventaja, se dijo Terl.
—Te diré lo que voy a hacer —replicó—. Pondré diez mil créditos en tu cuenta del Banco Galáctico. Tienes allí una cuenta numerada donde ya hay una buena cantidad. Pero agregaré…
—Brown Limper Staffor me pagó cien mil créditos terrestres sólo por desenterrar ese cable para ti, ese cable que está allá. ¡No fue un trabajo fácil y la paga me pareció justa!
Terl pensó rápido:
—Muy bien, te pagaré cien mil créditos galácticos si me ayudas a instalar este montaje de disparo y colaboras.
—Puedo obtener el doble de Brown Limper por no hacerlo —dijo Ker.
—¿De veras? —murmuró Terl, súbitamente alerta. Se puso a pensar. Sí, últimamente ese Brown Limper actuaba furtivamente, como si estuviera ocultando algo.
—¡Él quiere cierta cosa! —manifestó Ker—. ¡No le importa que tú llegues a Psiclo o no!
—Pero ¿no sabe acaso que tengo que registrar las escrituras?
—¡Sólo le interesa atrapar a un hombre! —dijo Ker.
—Mira —adujo Terl—: Pondré medio millón de créditos en tu cuenta si colaboras para que pueda llegar a Psiclo.
Ker lo pensó, y después dijo:
—Si me consigues papeles nuevos, destruyes los viejos archivos de la compañía y depositas setecientos cincuenta mil créditos en mi cuenta, me ocuparé de que todo salga bien.
Terl estaba a punto de decir que estaba de acuerdo, cuando Ker volvió a hablar.
—Además tendrás que jugar bien con este Brown Limper Staffor. Dime cómo piensas atrapar a ese hombre de modo que yo pueda tranquilizar a Staffor. Él controla a esos obreros. De modo que agrega eso y estaremos de acuerdo. Terl miró a Ker. Sabía lo ávido que era.
—Muy bien. Voy a colocar quinientos brigantes fuera del blindaje atmosférico, con sus flechas envenenadas. ¡Las flechas pueden dispararse al mismo tiempo que el transbordo y pueden hacer pedazos al animal, si viene! Dile eso a Staffor y él también cooperará contigo. ¿Estamos de acuerdo?
Ker sonrió.
Terl volvió adentro, contento de quitarse la máscara. Consiguió un poco de kerbango para calmar sus nervios.
Revisó la extraña escena. Era Staffor. Ése era el que iba a arruinar su plan. Terl se encargaría del animal: no había dicho a Ker que también tenía intención de tener a Snith y un escuadrón en la plataforma, armados con flechas envenenadas, o que tenía una hermosa caja de berilo para regalar a Staffor. La caja destruiría todas las pruebas, las copias del contrato, todo.
¡Y también a Ker!
Tendría un rehén para manejar al animal.
Se sintió bastante satisfecho con todo hasta tres noches más tarde, cuando observó que no había guardias a la vista. Salió y allí estaban, despatarrados en torno a la morgue, mortalmente borrachos.
Era evidente que Snith había usado la información para conseguir whisky.
Bueno: cuando llegara el momento podía manejar a Snith.
Al que había que vigilar era este Staffor. Sus sospechas eran correctas. Era Staffor quien preparaba complot tras complot. ¡Maldita rata! Era evidente que trataría de recuperar el dinero.
Una vez alertado, Terl confiaba en que podría engañarlos a todos.
Entró y revisó los ataúdes con el dinero, los selló, los marcó con el sello de «muerte por radiación», de modo que en Psiclo nadie quisiera abrirlos, y puso su equis privada en el fondo de cada uno.
¡Sería un magnate en Psiclo!
Se hizo la cama encima de los ataúdes y durmió un bello sueño en el que la realeza se inclinaba cuando encontraban al gran Terl por la calle. Y detrás de él, toda prueba y todo el planeta habrían quedado totalmente destruidos.