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Jonnie había emprendido su viaje para observar bases, pero se encontró observando personas.

El vuelo había sido bastante agradable. Había un nuevo piloto que creyó que llevaría a Jonnie, pero a éste lo divirtió la idea de que quisieran llevarlo. ¡No tenía ningún brazo roto! Pero cuando despegó, lo siguió una escolta de tres aviones de combate Mark 32, de largo alcance, diseñados también para transportar una escuadra de marinos o empleados psiclo, y la escolta se quedó junto a él. Había volado hacia el nordeste sobre África, el mar Rojo y el Oriente Medio en dirección a Rusia, haciendo un buen tiempo a doscientos mil pies y buscando una serie de lagos y ríos que el coronel Iván le había dibujado una vez sobre la arena. Había esperado encontrar nieve, pero, aunque estaban a fines del otoño, la única nieve que vio era la de las cumbres que se veían hacia el este. Encontró las señales, el espacio para aterrizar y se encontró en medio de un mar de gente. El coronel Iván los retenía con una docena de lanceros montados para que no invadieran el campo de aterrizaje. Esa multitud la componían unas quinientas personas.

Abrió la puerta y quedó ensordecido. ¡Lo ovacionaban hasta quedar roncos! Ni siquiera entendía lo que estaban diciendo, a tal punto las ondas de sonido se superponían. No podía distinguir rostros individuales entre tantos.

Cuando Jonnie bajó del avión, el coronel Iván desmontó. Éste estaba un poco rígido y demasiado formal, pensando que tal vez Jonnie lo culpara por lo de Bittie. El coronel llevaba una banda de luto alrededor de la manga. Pero Jonnie pasó un brazo por sus hombros y de pronto todo volvió a estar bien.

Le habían traído un caballo, un semental dorado con una silla de piel de oveja, y lo montó. La multitud lo ovacionó. Sólo conocía una palabra rusa y era zdrastvuitye, que quería decir «Cómo está, hola». De modo que lo dijo en voz alta y la gente profirió vítores.

Jonnie miró a su alrededor. Estaban cerca o mejor dicho prácticamente contra las montañas, montañas bastante altas… ¿Unos catorce mil pies? Estaban nevadas. La antigua base rusa debía estar cerca. Había pensado que irían allí directamente y podría hacer en seguida su observación y estimación, pero no. Parecían tener otras ideas. Había algunas tiendas de pieles y fieltro, los fuegos llenaban el aire de humo, y de pronto Jonnie vio que esa gente llevaba sus mejores ropas. ¡Era una fiesta! Y por la manera en que lo rodeaban, él era la causa. Se preguntó fugazmente si Thor habría estado aquí, porque en ese caso aquella gente pensaría que él los conocía. Bueno; tendría que maniobrar con la única palabra rusa que conocía.

Los caballeros del coronel abrían paso. Cada vez que Jonnie levantaba un brazo y movía la cabeza, estallaban los vítores. ¡Colores, rostros! Conocía lo bastante aquellos sonidos como para saber que hablaban ruso, pero también escuchaba palabras dispersas, como «¡Bravo!» y «¡Bueno!» y «¡Viva!». Parecían llaneros. ¡Sí! Ahí había un sombrero chato y negro, de cuero. Varios. Y también algunos inmensos sombreros de paja.

En el aire se percibía el aroma de la carne asada y el estiércol. Sonidos agudos provenientes de una banda formada por balalaikas, guitarras españolas, flautas andinas y tambores mongoles.

El coronel lo llevó a una tienda de pieles que había preparado para él y, con un último saludo y su única palabra rusa, que ya no resultaba adecuada, entró.

También había ido un coordinador y, a través suyo, Jonnie preguntó si podían ir a la base en seguida.

El coronel quedó sorprendido. Nyet, nyet. Había tiempo para todo eso. ¡Había que pensar en la gente! Muchos de ellos, en realidad la mayoría, no había visto nunca a Jonnie, no lo conocían.

¡Jonnie dijo que estaba pensando en la gente! En mantenerlos alejados de cualquier daño posible.

Bueno, dijo el coronel, el daño era algo siempre presente, pero no todos los días tenía uno la oportunidad de conocer a Jonnie, vyehrnah. (¿No es verdad?).

Con eso, Jonnie se alegró de sacarse su pesado traje de vuelo porque hacía allí mucho menos frío del que había pensado. El coronel había llevado su equipo a la tienda, pero lo ignoró. Tenía un traje de piel de ante casi blanca que le había hecho hacer (no exactamente igual al que llevaba en el retrato del billete, porque esos ojales que había a ambos lados del pecho eran para guardar cartuchos), pero las chicas de la aldea habían hecho las cosas bien. Esos mocasines irían muy bien, pero aquí había unas botas militares y pantalones holgados de color rojo, si lo prefería. ¿Este casco de oro? Bueno; no estaba realmente bien. Era un casco ruso liviano, de aluminio blindado nada menos, y alguien que había pasado por allí lo había llevado a la vieja mina de Grozny para bañarlo con berilo. ¿Ve? No tenía estrellas ni ornamentos, pero esta mentonera con orejeras de gran tamaño y las cuentas de colores que lo adornaban habían sido hechas por una de las tribus siberianas. ¿No era bonito? Y además el doctor Mac Kendrick había dicho a Jonnie que, después de aquellas fracturas, debía cuidar su cabeza. ¡De modo que úselo! Jonnie dijo que no le dejaba oír. ¡Úselo!

Jonnie se lavó la cara, se vistió, dijo al coronel que era un tirano y éste confesó que era algo mucho peor que eso.

Las cosas eran así: su plan original de poblar esta base con americanos había sido aprobado por el viejo Consejo… antes de que se volviera tan extraño. Habían reclutado unos sudamericanos y los habían enviado. Pero en el Ártico había una tribu de descendientes de presos políticos de Siberia, que poco a poco iban muriendo de inanición, de modo que habían bajado en masa, con perros y todo, y estaban aquí. Los siberianos eran los que iban vestidos con pieles de oso blanco. Y después había una pequeña tribu que habían encontrado en el Cáucaso, que habían sobrevivido y también estaban allí. De modo que en realidad los rusos contribuían mucho. Pero tenían un americano. ¡Sí! ¿Quiere verlo? Está afuera.

Hicieron entrar al americano, que arrastraba tras de sí a una joven. Se quedó allí, sonriente. Era un chico de la aldea de Jonnie, Tom Smiley Townson. Se alegraron mucho de verse. Tom Smiley era un muchacho grande, casi tanto como Jonnie, y era un año menor. Explicó que se había graduado en la escuela de máquinas, se había enterado de que allí no tenían suficientes operarios para hacer el trabajo y se había venido. Hacía más de un mes que trabajaba manejando barredoras de minas, enseñando a otros y arreglado las cosas que se rompían.

Ésta era su chica, Margarita.

Margarita, permíteme presentarte al gran señor Jonnie.

La chica era muy bonita, muy tímida y estaba aterrorizada. Jonnie se inclinó. Había visto que sir Roberto lo hacía. Ella también se inclinó.

Tom Smiley dijo que iban a casarse pocas semanas más tarde. Y Jonnie expresó su deseo de que tuvieran montones de hijos. Margarita se ruborizó cuando Tom Smiley tradujo, pero asintió con entusiasmo.

Fue la primera vez que Jonnie oyó mencionar el hecho de que habían trasladado la aldea… A Tom Smiley lo habían entrenado para mantener los pasos abiertos durante el invierno y, en consecuencia, no pasarían el hambre invernal de costumbre, pero ahora que se habían mudado había menos nieve. Era la ciudad que había recomendado Jonnie, pero Brown Limper había enviado tropas para obligarlos a irse. Incluso habían tenido que dejar atrás sus pertenencias, pero suponía que para entonces los otros muchachos (había dos que eran operarios y otros dos que eran pilotos) habrían recogido todo.

El coronel los sacó a empujones y ofreció a Jonnie un sorbo del «mejor vodka jamás destilado», que estuvo a punto de volarle los sesos. ¡Qué cura para el cansancio del vuelo! Debían de sacarlo de los dientes de los osos.

El coronel dijo que era absolutamente correcto, que cómo había descubierto la fórmula y lo llevó otra vez afuera.

La mayoría de la gente se ocupaba de sus cosas, preparándose para una gran fiesta y baile, pero sonreían cuando Jonnie pasaba junto a ellos.

Dos pilotos alemanes de la base africana estaban sentados frente a un fuego, bebiendo algo. El tercer piloto estaba en el aire, patrullando, y el ruido de los motores se escuchaba débilmente a causa de la extrema altitud. En psiclo, Jonnie les dijo que debían descansar y divertirse, y ellos se limitaron a mirarlo respetuosamente. Jonnie sabía que las órdenes que habían recibido eran completamente distintas: había dos en alerta, que dormían en los aviones con las radios encendidas y una nave permanentemente en el aire. Jonnie advirtió que esta alegría y festividades disminuían su conciencia de los hechos: estaban en guerra con fuerzas poderosas.

El coronel lo llevó hasta una pequeña elevación y, con un movimiento de la mano, le mostró lo grande que era ese país. Había algodón silvestre en cantidad suficiente como para vestir a miles de personas; había trigo y avena y manadas de ovejas y ganado vacuno bastante como para alimentar a esas mismas personas. Aquellas ruinas pertenecían a una ciudad de fábricas y, aunque las máquinas no funcionaban con los motores que tenían, Tom Smiley pensaba que podía poner en funcionamiento algunos telares, lo que hizo que Jonnie se preguntara si no tendrían otro Angus en la persona de Tom Smiley.

¿Sabía Jonnie que hacia el sudeste había una tumba donde estaba enterrado el emperador del mundo? Un mongol llamado Timur i Leng. Hacía casi dos mil años había gobernado el mundo entero. Era un hecho. Tendría que llevar a Jonnie y enseñarle la tumba. Allí estaba inscrito.

Jonnie había oído bastante sobre Hitler, Napoleón, etc. Se había preguntado a menudo si, de no existir esos gusanos que tanto empeño tenían en gobernar el mundo, el hombre hubiera tenido la tecnología suficiente como para rechazar la invasión psiclo. Había escuchado mencionar cierta teoría según la cual para inventar tecnología se necesitaba la guerra, y pensó que se trataba de una máxima psiclo. Pero no se lo dijo al coronel Iván. Admiró el paisaje verdaderamente bello.

¿Y la base? El coronel respondió a su pregunta. Estaba allá arriba, no muy lejos. Mañana lo llevaría.

Cuando empezaban a bajar se encontraron con un escocés de aspecto alegre y dos ayudantes. Era sir Andrew Mac Nulty, presidente de la Federación y jefe de los coordinadores. Se había enterado de que Jonnie estaba allí y acababa de llegar. Tenía modales agradables y una risa alegre, muy admirados por su extenso y atareado cuerpo de coordinadores. Jonnie se alegró mucho de verlo, porque el asunto que lo había llevado allí implicaba el movimiento de tribus. Cumplimentó a sir Andrew por el magnífico trabajo que estaban realizando los coordinadores y éste le agradeció haber salvado a aquellos dos de África. Jonnie sabía que podía llevarse bien con ese hombre. Perfecto.

Hacia el atardecer la fiesta estaba lista y la gran caja de constelaciones del cielo casi había desaparecido antes de que terminara. Bailes y música y más bailes. Bailes españoles. La danza de la caza del oso, de Siberia. Salvajes danzas de saltos del Cáucaso. Hogueras y risas. Buena comida y bebida. Como al parecer era imperativo que todo el mundo brindara con Jonnie y éste nunca había bebido demasiado, tenía una resaca bastante importante cuando el coronel llegó a buscarlo, rebosando eficacia.

Después de tomar un bocado como desayuno, salieron en grupo a ver la antigua base defensiva. El coronel dijo que todos habían trabajado allí e iban para asegurarse de que a Jonnie le gustaba y para modificar cualquier cosa que no le pareciera bien. Ya no llevaban sus trajes de fiesta. Ahora estaban allí para ponerse a trabajar si era necesario.

A la antigua base se entraba por un túnel oculto por plantas trepadoras. Era profundo, ya que había sido construido para resistir el bombardeo nuclear y servir como puesto de mando. También era muy fuerte, porque en esta zona solían producirse terremotos. Le faltaba el pulido y terminado de la base americana, pero era aún mayor.

La habían iluminado con lámparas mineras psiclo. Habían enterrado con honores a gran cantidad de muertos. Habían barrido todo con barredoras mineras psiclo trasladadas desde Grozny. Tom Smiley había conseguido hacer funcionar las tuberías de agua. El coronel explicó que en realidad no había tenido intención de ayudar tanto, porque ésa debía ser una base americana, pero que como tenían experiencia se habían puesto a ello.

Había muchísimos almacenes. Los uniformes no estaban tan bien empaquetados y sellados como los americanos, pero muchos servían. Tal vez la calidad fuese incluso mejor. Mire estos «lanzallamas» portátiles. ¡Todavía funcionaban!

Se habían encontrado, perfectamente conservados, cien mil rifles de asalto llamados AK 47, y les habían adaptado munición con radiación y sin ella. Regalaron a Jonnie uno que habían bañado molecularmente con cromo en Grozny y quinientos cartuchos de munición sin fallos.

Aparentemente, el premier ruso nunca había llegado allí, pero su puesto de mando había estado preparado. Jonnie pensó que ese retrato grande que había en la pared debía de ser el suyo, pero le dijeron que no, que era el retrato de un zar anterior llamado Lenin. Tal vez del tiempo de Timur i Leng, no estaban seguros, pero evidentemente se trataba de alguien muy respetado, de modo que lo habían dejado.

Nivel tras nivel, corredor tras corredor, recorrieron la enorme base, deteniéndose de vez en cuando para mostrarle cosas a Jonnie, sonriendo ante sus alabanzas, felices de que estuviera complacido.

Pero lo que sobre todo alegró a Jonnie fueron los hangares subterráneos. Aquí había espacio para miles de aviones. Era lo que necesitaban. Almacenamiento. Exactamente lo que esperaba encontrar. Habían utilizado las máquinas de palas para sacar las ruinas que según decían eran «migs» y otros aparatos. Jonnie no sabía leer ese alfabeto, pero muchos de ellos sí y le mostraron algunas de las etiquetas que habían rescatado antes de sacar los montones de aviones de combate. Dijeron que «mig» significaba «aeroplano» en ruso.

Los hangares tenían sus propios puertos y entradas. ¡Justo lo que Jonnie quería!

Le mostraron el manual nuclear táctico y otros manuales. Estaban en ruso, pero un viejo del Hindú Kush aseguró a Jonnie que él sabía leerlos.

Hacia el norte había un almacén con muchas armas nucleares, pero no iban a acercarse a él hasta no haber leído los manuales. También había muchos «silos» que todavía contenían cohetes de pólvora, pero la pólvora era peligrosa de manejar. Estaba arruinada, pero, si uno golpeaba fuerte con un martillo, estallaba. No era muy útil.

También le mostraron una mina de carbón cercana, donde ardían las rocas negras, de modo que tenían a mano combustible y calefacción.

Ahora iban a conseguir muchas de estas rocas negras. 1 amblen iban a cosechar mucho de ese trigo silvestre. Tenían planes. Jonnie dijo que los planes eran estupendos y que lo habían hecho todo tan bien que ellos también lo eran. Estaba muy, muy complacido. Estrechó las manos de cientos de personas.

Hasta el amanecer del día siguiente no pudo salir para el Tibet. Lo que había empezado como un control de dos horas de una base, se había transformado en una gira de dos días. Lo sorprendía la cantidad de cosas que era capaz de hacer la gente si se le permitía ponerse a ello sin un montón de restricciones gubernamentales.

Cuando se fue, llevaba puesto el casco nuevo. El coronel se ocupó de eso. ¡Y además, bien sujeto! Al coronel no le importaba que no lo dejase oír. Los motores eran malos para los oídos y en aquellas alturas podían enfriársele las orejas. Jonnie se rió de él, pero se lo puso.

Campo de batalla: la Tierra. La victoria
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