4

Jonnie dio dos pasos hacia el interior de la habitación de Char.

¡La boca de una ametralladora se hundió en su costado izquierdo!

Detrás de una silla apareció otro brigante sosteniendo otra Thompson.

Lars salió de detrás de la cama apuntando con una pistola explosiva.

—No estamos aquí para matarlo —señaló Lars. Había meditado sobre esta campaña, añadiéndole algunos detalles elegantes de su propia cosecha. Según lo que había oído decir, éste era un criminal traicionero y peligroso, capaz de cualquier cosa. Para cumplir con sus órdenes principales era necesario ser muy inteligente, tan inteligente como hubiera sido Hitler.

—Haga lo que le ordenemos y no le sucederá nada. Éste es un procedimiento completamente legal. Está bajo arresto por orden del Consejo y éstas son tropas del Consejo.

Al entrar, Jonnie había estado a punto de sacarse la máscara. Si lo hubiera hecho antes, habría olido las pieles muy bronceadas y el hedor corporal de los brigantes.

Una hora. Angus y Ker necesitaban una hora para dar los últimos toques vitales a esa oficina. Estas criaturas podían ir a la oficina y podían incluso tener órdenes de arresto contra ellos. Compraría esa hora para Angus y Ker.

Comprendió entonces que hacía un rato que Lars y esos dos brigantes estaban allí. Al pedir Jonnie ropas de trabajo, Ker se había limitado a hacer un paquete con el equipo de Stormalong. Este paquete había estado junto a la cama, bien ordenado. Ahora estaba deshecho, disperso. Lo habían registrado a conciencia. Allí estaban las bolsas de comida de África y de la Academia. También las habían registrado. El equipo de Angus era muy liviano y éste tenía consigo su bolsa de herramientas, de modo que no se notaba que en esta pila hubiera dos equipos de hombre.

El brigante que estaba detrás, lanzando una mirada a su compañero para ver si lo cubría, sacó la pistola explosiva del cinturón de Jonnie.

Éste se encogió de hombros. ¡Tenía que comprar tiempo!

—¿Y van a llevarme a algún sitio?

—Esta mañana tiene que presentarse al Consejo para ser acusado —dijo Lars.

Con un gesto casual, Jonnie cerró la puerta detrás de él, impidiendo cualquier visión del corredor. Angus y Ker no pasarían por allí para ir al hangar, pero podían hacer algún ruido. ¡Y lo que era peor, podían dejar tontamente lo que estaban haciendo para enfrentarse con estos tipos!

—No he comido nada desde ayer —se lamentó Jonnie—. ¿Le importa que coma algo primero?

Lars retrocedió hacia la pared. El brigante que estaba detrás se apartó. El que estaba detrás de la silla tomó otra posición y Jonnie recogió el contenido de las bolsas de comida, las calabazas de agua. Se sentó y tomó un poco de agua de una calabaza. Había unos plátanos y sacó algunos.

Los brigantes no habían visto plátanos desde su salida de África y los miraban. Jonnie les ofreció algunos y los hubieran cogido si no hubiera sido porque Lars ladró una reprimenda, lo que los obligó a retornar rápidamente a sus obligaciones militares.

Jonnie comió un plátano. Después encontró un poco de pan de mijo y se hizo un emparedado de carne local. Le llevó mucho tiempo elegir las lonchas apropiadas. El inmenso reloj pulsera psiclo que tenía en la muñeca zumbaba dejando pasar segundos y minutos. Había decidido esperar una hora.

—¿Y qué son esas acusaciones? —preguntó.

Lars esbozó una leve sonrisa. Estaba tratando de sonsacarle información confidencial del Consejo.

—Se le hará saber en el momento adecuado, por las personas adecuadas.

Jonnie terminó el emparedado y encontró unas bayas silvestres. Las comió. El reloj ronroneaba. Quedaban cuarenta y nueve minutos.

Miró en las bolsas de comida y descubrió un poco de caña de azúcar de África. La peló con cuidado y la masticó, bebiendo de vez en cuando de una calabaza.

Entonces se le ocurrió que si permanecían en silencio, Angus o Ker podían entrar para ver si se había ido. Angus podría suponer que Jonnie había llevado su equipo al avión, pero aun así podían entrar y ser arrestados o asesinados. En breve tiempo tenía que hacer hablar a este Lars para que escucharan una voz extraña allí adentro.

Faltaban cuarenta y dos minutos.

—Han desbaratado mis ropas —murmuró Jonnie—. Tendré que volver a hacer las maletas.

Pero Lars estaba pensando en otra cosa. Quería realmente hacer un doble control de identidad y en su prisa lo había olvidado. Quería cerciorarse con respecto a aquellas cicatrices del collar. Súbitamente se volvió astuto. Era necesaria una maniobra militar. No quería que este Tyler pudiera coger a un brigante y utilizarlo como escudo. En ese momento el cuello de la chaqueta de trabajo le tapaba la nuca.

—No tengo intención de molestarlo —advirtió Lars—. Está con sus ropas de trabajo y pienso que le gustaría aparecer bien vestido frente a un cuerpo tan augusto como el Consejo. Si lo desea, puede cambiarse de ropa. Hemos sacado todos los puñales y armas, de modo que adelante.

Jonnie había sonreído ácidamente cuando se mencionó el «augusto cuerpo del Consejo». ¡Qué pomposidad! Pero exclamó:

—¡Oh, bien! En ese caso supongo que es lo mejor que puedo hacer. —Empezó a hacer montones con la ropa dispersa, naciendo ruido. Lo mejor sería que Lars siguiera hablando. Faltaban treinta y nueve minutos.

Ker había traído todo el equipo de Stormalong. Dobló todo cuidadosamente y después empezó a elegir prendas y a mirarlas críticamente, como si estuviera tratando de decidir cuál ponerse. Preguntó:

—¿Estará bien esto? ¿Y esto? ¿Cómo se visten habitualmente las personas cuando aparecen ante el Consejo? ¿Con algo así?

Consiguió que Lars lo aconsejara. El Consejo era muy formal, muy estricto y consciente de su dignidad; su poder era enorme y se suponía que los hombres comprendían esto. Quedaban veintiocho minutos.

De pronto Jonnie vio que Stormalong, que era siempre muy cuidadoso, así como audaz con respecto a sus ropas, había conservado el traje que usara en los días del filón para parecerse a Jonnie. Chrissie había hecho varias copias de esta ropa, empujada a ello por Jonnie, que deseaba hacerle olvidar su prisión, y Jonnie les había dado ropas de éstas a Dunneldeen, Thor y Stormalong, para mejorar el parecido. Desenvolvió la camisa y el calzón de cazador y el cinturón. Sí, incluso los mocasines. ¡Faltaban veintitrés minutos!

Jonnie se quitó la chaqueta con intención de lavarse un poco antes de vestirse.

Lars se echó rápidamente hacia adelante. Terl le había dicho que un buen jefe de seguridad dependía siempre de las marcas corporales para la identificación. ¡Qué acertado! Allí estaban las pequeñas cicatrices del collar. Tenía su hombre. Interiormente sintió júbilo, alegría.

—Puede apresurarse ahora, Tyler —urgió Lars—. Lo conozco bien. ¡Las cicatrices del collar!

Así que eso era lo que había estado buscando, pensó Jonnie. —Los otros se han— ido hace horas, ¿no es cierto? —preguntó Lars.

—Pues sí, en realidad, sí —adujo Jonnie. Se le ocurrió que los otros, al salir para la Academia, habían sido anotados, pero no los habían visto regresar. ¡Perfecto! Le quedaban veinte minutos.

—Y usted se quedó atrás para montar algunos trucos de su invención, ¿eh? —continuó Lars—. Más tarde los encontraremos, no se preocupe. Su mascarada ha llegado a su fin, Tyler. —Y a Lars le pareció que eso estaba muy bien. Lo había pensado por sí mismo—. Vístase.

Jonnie cogió una prenda de ante y se lavó con una esponja, procedimiento que los brigantes contemplaron con total estupefacción. Nunca habían visto a nadie tomando un baño y tampoco habían oído hablar de ello.

—¿Cómo me encontró? —preguntó Jonnie.

—Me temo que ése es un secreto de estado —contestó Lars.

—¡Ah! —prorrumpió Jonnie. ¡Faltaban diecisiete minutos!—. ¿Algo que aprendió de Hitter o Bitter o como quiera que se llamara? —preguntó, recordando que Ker le había dicho que este tipo se volvía loco con ese tema.

¡Querrá decir Hitler! —corrigió Lars, furioso.

—¡Ah, Hitler! —rectificó Jonnie—. No parece un nombre psiclo. Por lo general, los nombres psiclo no tienen dos sílabas. Aunque a veces sí.

—¡Hitler no era un psiclo! —protestó enfáticamente Lars—. Era un hombre. ¡Fue el mayor genio militar y el más santo miembro de la iglesia que haya conocido la especie!

—Debe de haber sido hace mucho tiempo —ironizó Jonnie.

¡Le faltaban quince minutos y diecisiete segundos! Estaban casi terminando los cuarenta y cinco minutos que le faltaban, pero mejor era una hora.

—Pues sí —asintió Lars—, fue hace mucho tiempo. ¿Y cómo había oído Lars hablar de Hitler? Bueno; su familia provenía de Suecia y eran muy cultos. De hecho, su padre era ministro. Y tenían algunos viejos libros que la iglesia había guardado y habían sido impresos por el «Ministerio de propaganda de guerra alemán» en el más puro sueco, y eran realmente muy inspirados. Según parecía, para ser realmente religioso había que ser un ario puro y un ario era realmente un sueco. La mayor parte de la gente de la tribu se había reído de esas cosas con absoluto descaro, pero era la religión oficial de Suecia.

—Me gustaría haber oído hablar antes de él —se interesó Jonnie. Doce minutos y siete segundos—. ¿Era realmente un gran líder?

¡Oh, sí que lo era! Sobre eso no cabía error posible. Hitler había conquistado el mundo entero, reforzando la pureza racial. Realmente debería leer esos libros. Eran verdaderamente maravillosos. ¡Oh!, ¿no lee sueco? Bueno: yo podía leérselos. ¿Algunos trozos? ¡Oh, bueno! Llevaría semanas leerlo todo, pero había por ejemplo una parte de un libro que se llamaba Mein Kampf, que esbozaba el destino de la raza. Verá; hay superhombres y hombres normales. Y para ser un superhombre hay que estudiar y conocer el credo religioso del fascismo.

—¿Adoraban a Dios? —preguntó Jonnie. Siete minutos y doce segundos. Comenzó a vestirse, teniendo especial cuidado con los tirantes.

Bueno, por supuesto. El verdadero nombre de Dios era Der Führer, pero Hitler había tomado su lugar en la Tierra para hacer un mundo de paz y buena voluntad. Ahora bien, Napoleón también había sido un líder militar y antes de él había estado César, Alejandro Magno Atila, el huno. Pero estos hombres no eran santos. Realmente, era preciso saber historia para comprender la diferencia. Ahora bien, aunque Napoleón había sido un gran líder militar, en muchos puntos no podía compararse a Hitler. Si bien Napoleón había conquistado Rusia, no había mostrado la astucia que demostró Hitler cuando él conquistó Rusia. Bueno; todo eso era muy antiguo y desde entonces el hombre había caído en desgracia, pero no por culpa de algo que hubiera hecho Hitler. De modo que era evidente que si el hombre iba a levantarse y a ser grande otra vez, debería seguir el credo religioso del fascismo, y tal vez aparecería otro Hitler para llevar la paz a la Tierra y la buena voluntad para los hombres, como había hecho Hitler. Era algo gracioso, ¿sabe?, pero su madre acostumbraba decir, cuando miraba viejas fotografías, que él, Lars, se parecía mucho…

Se escuchó el rugido distante de un coche que sé alejaba. El gruñido de su marcha en torno a las rampas, hacía la salida. ¡La inconfundible manera loca de conducir de Ker! Se habían ido.

Jonnie terminó de vestirse, empaquetó su equipo, en especial la chaqueta favorita de Stormalong, su bufanda y sus anteojeras, e hizo un lío.

—Asegúrese de que se le devuelve esto a Stormalong —dijo Jonnie. Pero como Lars no decía nada, Jonnie decidió llevarlo consigo.

¡Lo habían logrado!

No sabía cómo iba a salirse de este enredo. Lo desconcertaba un poco que los otros se hubieran ido cuando el avión de combate estaba todavía allí abajo, pero se sentía agradecido de que hubieran escapado.

—Vamos —dijo.

Campo de batalla: la Tierra. La victoria
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