Parte 1

1

Impresiones fugaces, apenas entrevistas a través de una pared compuesta de oscuridad y dolor. La vaga consciencia de estar en un avión y de aterrizar. De alguien que le daba caldo con una cuchara. De que lo llevaban en angarillas mientras la lluvia golpeaba las mantas. De una habitación de muros de piedra. De caras diferentes. De conversaciones en susurros. De otra camilla; de otro avión. Y un dolor en el brazo. Volvió a hundirse en la oscuridad. Pensó que estaba otra vez en el bombardero. Abrió los ojos y vio la cara de Dunneldeen. Debía de estar aún en el mar. Pero no, no tenía frío; estaba abrigado.

—Está reaccionando —dijo alguien en voz baja—. Pronto podremos operar.

Abrió los ojos y vio botas y kilts. Un montón de botas y kilts junto al lugar donde yacía.

¿Los motores de un avión? Estaba en un avión.

Volvió un poco la cabeza y le dolió. Pero allí estaba el rostro de Dunneldeen.

Jonnie vio que estaba sobre una especie de mesa; se hallaba en un avión, un avión de pasajeros. Al costado izquierdo había un hombre alto y gris con una chaqueta blanca. A la derecha había muchos escoceses más viejos. En un banco, cuatro escoceses jóvenes. Más allá del doctor había otra mesa con algunas cosas brillantes encima.

Dunneldeen estaba sentado a su lado y había un tubo y una especie de bomba que conectaban el brazo de Dunneldeen con el suyo.

—¿Qué es esto? —susurró Jonnie, señalando o tratando de señalar el tubo.

—Transfusión de sangre —indicó Dunneldeen. Debía tener mucho cuidado con lo que decía. Sonreía, pero estaba preocupado y se sentía muy mal. Mantén la cara alegre—. Chico, eres increíblemente afortunado. Estás recibiendo la sangre real de los Stewart, nada menos, lo que te coloca en la línea directa al trono de Escocia…, después de mí, claro.

El doctor hacía señas a Dunneldeen de que se tomara las cosas con calma. Todos sabían que Jonnie podía morir, que no había ni un treinta por ciento de posibilidades de que se recuperase. No con dos fracturas serias de cráneo y otras heridas, además del shock. Su respiración era demasiado superficial. En el hospital subterráneo donde habían operado durante siglos, en una tierra en la que las heridas en la cabeza eran muy comunes, el doctor había visto morir a muchos menos lastimados que éste. Miraba al muchacho grande, guapo, con algo parecido a la compasión.

—Éste es el doctor Mac Kendrick —dijo Dunneldeen a Jonnie—. Te arreglará bien. Siempre exageras, Jonnie. La mayoría de la gente quedaría satisfecha con una fractura de cráneo, pero tú no, chico.

¡Tú tienes dos! —Y Dunneldeen sonrió—. Te pondrás bien en seguida —señaló, y deseó poder creerlo, porque la cara de Jonnie tenía el gris de la muerte.

—Tal vez debí esperarte en el bombardero si estabas tan cerca —susurró Jonnie.

Los escoceses más ancianos dejaron escapar una exclamación de incredulidad. El jefe del clan Fearghus se adelantó:

—No, no, Mac Tyler. ¡Esa cosa inmunda se estrelló a una milla al norte del Capo Wrath! ¡Estaba casi encima de nosotros!

—¿Cómo me encontraron? —quiso saber Jonnie.

—¡Chico —exclamó Dunneldeen—, cuando enciendes un fuego para reunir a los clanes no te quedas a mitad de camino! El bombardero subió a diez mil pies como un cohete en llamas y como para iluminar toda Escocia. Así es como te encontramos.

—Eso no fue lo que nos dijo tu compañero, Dunneldeen —gruñó el jefe de los Argyll—. Dijo que tu…, como se llame, detectó un pequeño objeto en el agua, que después vio el avión y después el ruego.

Dunneldeen estaba muy compuesto.

—Resulta una historia mejor de la otra manera y así es como la escribirá el historiador. ¡Encendió un fuego de reunión en el cielo!

Los otros jefes asintieron con firmeza. Así era como debía ser.

—¿Qué día es hoy? —murmuró Jonnie.

—Es el día noventa y cinco.

Jonnie se sentía algo confuso. ¿Había perdido un día, dos días? ¿Dónde había estado? ¿Dónde estaba? ¿Por qué?

El doctor advirtió su desconcierto. Lo había visto antes cuando había heridas en la cabeza. Este joven había perdido el sentido del tiempo.

—Tuvieron que esperarme —explicó—. No estaba en Aberdeen en ese momento. Y después tuvimos que descubrir su tipo de sangre y encontrar a alguien que tuviera el mismo. Siento que haya tardado tanto tiempo. Pero también teníamos que sacarlo del shock, mantenerlo abrigado. —Y sacudió tristemente la cabeza—. Debería haber ido con usted. Ayudaré a los otros cuando lleguemos allá.

Esto alteró un poco a Jonnie.

—¿Quedaron muchos escoceses heridos? No debían haberse retrasado por mí si tenían el doctor.

—No, no —dijo el jefe de los Cameron—. Hace dos días que enviamos al doctor Allen, que es experto en quemaduras.

—Veintiún heridos —enumeró Dunneldeen—. El uno eres tú. Sólo murieron dos. Muy pocas bajas. Los otros se recobrarán.

—¿Quiénes son? —preguntó Jonnie, haciendo un ligero gesto en dirección a los cuatro jóvenes del banco.

—Bueno, ésos —dijo Dunneldeen— son cuatro miembros de la Federación mundial por la unificación de la raza humana. El primero es un Mac Donald y ahora habla ruso. El segundo es un Argyll y habla alemán.

Ésa no era en absoluto la razón. Eran los otros que habían encontrado con el mismo tipo de sangre de Jonnie, esperando por si se necesitaban más transfusiones.

—¿Y por qué estoy en un avión? —murmuró Jonnie.

Ésa era la pregunta que no deseaban contestar. El médico les había dicho que no debían preocuparlo. Lo tenían en un avión y lo llevaban a toda velocidad a la inmensa base defensiva subterránea de las montañas. Existía la posibilidad de un contraataque psiclo. No tenían ni la menor idea de si las bombas enviadas a Psiclo habían tenido éxito o no. Los hermanos Chamco les habían hablado de la pantalla existente en el área de transbordo de Psiclo y también les dijeron que el retroceso inmediato demostraba que la pantalla se había cerrado. Los Chamco también les habían dicho que la sal común neutralizaba por completo el gas letal. Angus había metido ventiladores de mina en la vieja base y habían encontrado sal para los filtros de aire. Un grupo de rusos excitados y atónitos que habían importado estaban en ese mismo momento limpiando la vieja base y el pastor enterraba allí a los muertos. ¡Y no tenían intención de dejar a Jonnie Mac Tyler en ningún otro lugar que no fuera a salvo en esa base!

—¿Qué? —contestó Dunneldeen—. ¿Y por qué no en un avión? ¿Quieres perderte la celebración de la victoria? ¡No podemos permitirlo!

Un escocés que estaba ayudando a Dwight en la zona de la carlinga entró y susurró algo al oído de Dunneldeen. Llevaba un micrófono sujeto a un largo cable. Estaba conectado en la banda planetaria.

Dunneldeen se volvió hacia Jonnie:

—Quieren escuchar tu voz para asegurarse de que estás vivo.

—¿Quién? —preguntó Jonnie.

—El complejo, la gente. Simplemente di algo sobre cómo estás. —Y Dunneldeen puso el micrófono muy cerca de la boca de Jonnie.

—Estoy bien —susurró Jonnie. Después, algo le indicó que debía hacer un esfuerzo. Trató de hablar en voz más alta—: Estoy muy bien.

Dunneldeen devolvió el micrófono al escocés, que vaciló, inseguro sobre si el mensaje habría llegado. Dunneldeen le hizo señas de que se fuera.

—Escucho otros aviones —susurró Jonnie.

Con una mirada al doctor, solicitando su permiso, Dunneldeen lo ayudó a volver la cabeza. Jonnie observó por las mirillas del avión.

Allá afuera había cinco aviones formando un largo escalón. Volvió los ojos y miró por la otra mirilla. Allí también había cinco aviones en formación.

—Es tu escolta —puntualizó Dunneldeen.

—¿Mi escolta? —preguntó Jonnie—. Pero ¿por qué? Todos ayudaron.

—Sí, muchacho —contestó el jefe del clan Fearghus—. Pero tú fuiste el principal. ¡Tú fuiste el mejor!

El doctor desconectó el tubo. Tomó el pulso a Jonnie, asintió y silenció a los otros con un gesto. Había permitido que esto se prolongara demasiado. El avión no vibraba; el vuelo era sereno. Había sacado a su paciente del shock. Deseaba poder estar en su cueva de operaciones, pero los otros se habían negado a dejar allí a ese joven. Y él mismo, que había escuchado sólo una pequeña parte de lo que había hecho, compartía su temor y respeto por él.

—Si bebe esto —dijo el médico—, le facilitará las cosas.

Acercaron la taza a la boca de Jonnie. Era whisky y tenía mezcladas unas hierbas curativas. Consiguió beberlo. Poco después disminuyó el dolor y le pareció estar flotando.

El médico hizo señales de que se mantuvieran quietos. Tenía un trépano en la mano. El cerebro estaba siendo presionado en tres lugares, no en dos, y tenía que aliviar la presión.

Dunneldeen se fue a la carlinga a ayudar a Dwight. Echó una mirada a la escolta. La mayoría de los aviones volaban con un solo piloto. Cada uno de ellos había aplastado la mina que le correspondía y habían vuelto a toda prisa cuando lanzó una llamada a una patrulla para que acudiera al norte de Escocia. Todos deberían haberse ido a casa, pero cuando se enteraron de lo de Jonnie ninguno quiso oír hablar de eso. Habían bajado con una partida de combate escocesa, sacando más aviones de la mina de Cornwall después de matar a los pocos psiclos que daban vueltas por el lugar, y los que no tenían que volver por obligación se habían quedado a esperar noticias de Jonnie. Ahora lo escoltaban de regreso a casa.

—Será mejor que les digas que está bien —apuntó Dwight—. Siguen llamando cada dos o tres minutos para saber las noticias. Y también Roberto el Zorro. ¡Manejar la radio requiere un hombre completamente dedicado a ella!

—No está bien —dijo Dunneldeen, y miró por el largo corredor hacia el lugar en que el médico había iniciado la operación.

Dwight echó una mirada a Dunneldeen. ¿Estaba llorando el joven príncipe? Él mismo tenía ganas de llorar.

Campo de batalla: la Tierra. La victoria
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