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Con serenidad y eficacia, Jonnie lo limpió todo.
Para el caso de que le sucediera algo —lo que sentía como más que probable en esta incursión americana—, instruyó cuidadosamente a Angus con respecto a todas las complicaciones del panel. Hizo abundantes notas especialmente para Angus, de modo que midiera duplicar y manejar un cuadro de instrumentos como ése. Le habló de algunas de las cosas que podían hacerse con él.
Angus opuso violentas objeciones a que Jonnie participara en esa incursión. Jonnie dijo que no estaba dispuesto a arriesgar la vida de otro, porque lo que tenía que hacer era demasiado peligroso. Tendría el apoyo de treinta escoceses, diez conductores y quince pilotos Angus seguía tratando de protestar, pero no servía de nada. Si Roberto el Zorro hubiera estado allí, tal vez entre los dos se hubieran impuesto, pero sir Roberto estaba en América trasladando la Academia y Angus terminó por darse por vencido.
Estaba allí un ayudante escocés de sir Roberto, y Jonnie lo instruyó con referencia a los aspectos militares de su situación: los visitantes estaban esperando algo…, no sabía qué, pero Jonnie sentía que se relacionaba con el hecho de que pusieran o no en funcionamiento un transbordo. Un análisis de sus conversaciones demostraba que estaban observando el complejo americano, esperando que sucediera algo: los visitantes habían visto psiclos allí (probablemente, Terl y Ker), y parecían pensar que América estaba todavía en manos psiclo o que en todo caso había un problema político. Jonnie esperaba que el cielo se desplomara inmediatamente después del disparo de transbordo del día 92, que se aproximaba, y era preciso dar la alarma.
Jonnie dio instrucciones a otro oficial escocés y arregló con él la construcción de una plataforma falsa en la zona de Singapur. Allí había una mina, al noroeste de la antigua y abandonada ciudad en la que los psiclos habían extraído hojalata, titanio y tungsteno. Quedaba una central hidroeléctrica en funciones, blindaje atmosférico y cierta cantidad de talleres y aviones. Un puñado de chinos, tres pilotos, un comunicador, un coordinador y este oficial montarían una plataforma y postes. Jonnie les dio el antiguo panel quemado, que repintaron. Bajo la protección del cable, iban a fingir que estaban ocupados disparando. La escena completa: con cosas apareciendo y desapareciendo de la plataforma. Cuando los aviones abandonaran la zona americana con el cuadro de mandos verdadero, la parte más gruesa de la escolta se dirigiría hacia la zona de Singapur, atrayendo a cualquiera que persiguiera el panel. La plataforma de Kariba había estado bajo camuflaje de redes desde el principio y la conversación de los visitantes demostraba que creían que era un templo. Advirtió al oficial que el ataque sería intenso en la zona de Singapur. Pero el escocés se limitó a sonreír, reunir sus hombres e irse.
Jonnie hizo una rápida gira a Kariba. Los chinos habían hecho las cosas maravillosamente bien. Había un tejado por debajo del blindaje atmosférico, pero por encima de la plataforma de disparo, ensamblado con tacos de madera. Los gabletes y puntas lo hacían muy artístico. Tenían alrededor un montón de dragones, tallados en madera y vaciados en arcilla, que señalaban hacia afuera con las bocas en llamas y las colas escamosas. Tenían refugios subterráneos dentro del cono protegido. Todos los interiores eran de azulejos. Tenían incluso un pequeño hospital. Su propia aldea estaba dentro del cable protector que había junto al lago. Todo era muy colorido y agradable, más parecido a un jardín que a una zona de combate.
El doctor Allen había encontrado en la zona de la vieja Nairobi el jugo de unas plantas —él lo llamaba «piretro»— que mataba con gran eficacia a los insectos, y pese a la cantidad de animales de la selva que los rodeaban y atraían moscas, no habían tenido problemas con la enfermedad del sueño.
Esa noche, Jonnie los escuchó cantar y tocar extraños instrumentos de cuerda y viento, de modo que grabó gran parte de ello e hizo que montaran parlantes, preparados para pasar la música cuando activaran la zona…, esto engañaría a los infrarrayos de arriba. Eso más la interferencia del cable blindado, los mantendría en la ignorancia sobre lo que sucedía allí.
Cuando regresó al complejo africano era el día 87. Encontró allí a Stormalong con más discos que mostraban los códigos de color de los cables y alambres. Podían simplemente arrancar los cables del panel y volver a conectarlos en Kariba. Dio el código a Angus.
Stormalong dijo que éste sería su último viaje, de modo que Jonnie lo instruyó cuidadosamente sobre la situación militar. Jonnie estaba convencido de que después del disparo americano, los visitantes atacarían en masa. Lo que Stormalong podía hacer era estar preparado para tomar el control de las defensas aéreas del planeta. Jonnie no quería que participara en la incursión. Ya estaba Dunneldeen manejando su cobertura aérea. Thor estaría con ellos. Jonnie extrañaba a Roberto el Zorro, que habitualmente se ocupaba de estas instrucciones y acciones.
Como Angus, Stormalong no deseaba que Jonnie fuera. Dijo que América estaba abandonada. La Academia estaba vacía. Jonnie sólo tendría su partida y, aunque sabía que lo habían calculado todo, incluso el riesgo que correrían los participantes, había allí muchos brigantes. Inmediatamente después de haber sacado los grabadores de los tres lugares de la Academia en que estaban, los brigantes habían empezado a saquear sistemáticamente el lugar. Pero en ausencia de sir Roberto para apoyar sus objeciones, Stormalong no tuvo éxito.
Jonnie subía a una planta superior del complejo cuando se encontró con Ker.
El psiclo enano era todo sonrisas. Se estrecharon las «patas». Había estado buscando a Jonnie para mostrarle el estúpido dinero que imprimían ahora en América y con el cual le habían «pagado». Jonnie entró con él en una oficina vacía y meneó la cabeza mirando los cien créditos y el retrato de Brown Limper Staffor.
—¡No sirve para nada! —dijo Ker—. ¡Los brigantes lo tiran por las calles!
Ker se sentía feliz de haber salido de esa zona. Le contó todo a Jonnie.
—Y me ofreció setecientos cincuenta mil créditos galácticos que jamás veré. Es un psiclo loco. ¡No es sano como nosotros, los medio humanos! —y rió.
Ker le informó sobre las últimas disposiciones en la zona de la plataforma de disparo. No había nada nuevo. Ker había cavado y hecho todo según el plan. Era el mismo plan con el cual había instruido a su equipo y Ker le aseguró que todo estaba en su lugar.
Pero Ker no había comprendido que Jonnie iba allí. Cuando se enteró, se puso muy serio.
—Este Terl es muy malo. Tal vez tenga sorpresas. No me gusta que vayas, Jonnie.
Jonnie dijo que tenía que hacerlo.
—¿Y qué pasa si aparece en esa plataforma una partida de combate psiclo? —preguntó Ker.
—No lo creo —adujo Jonnie—. Y tenemos un regalo para Psiclo.
—Así lo espero —dijo Ker—. Si vuelven a aparecer por aquí, será mi peludo cuello el que esté en juego. ¡La gente del B. I. I. se tomaría días para matarme!
—No creo que tengas nada por qué preocuparte —repuso Jonnie—. Pero tú te quedas aquí, entre estas defensas. En el lugar hay algunos prisioneros enemigos y los psiclos que quedan. ¡Tal vez puedas enseñarles a jugar a las cartas!
Ker rió. Y después inquirió:
—¿Regresó aquí ese que llaman sir Roberto?
—¿Por qué?
—Bueno: en medio del traslado a Escocia de la Academia, no lo vimos más. Yo quería revisar con él un par de puntos y no pude encontrarlo. Y Dunneldeen hizo llamadas. No está en Edimburgo ni en Luxemburgo ni en Rusia. Pensé que debía de estar aquí. Pregunto porque él conoce todas tus disposiciones de fuerzas e incluso algunos de los detalles de la incursión.
Jonnie estaba muy preocupado por sir Roberto. Desechó las preguntas de Ker con un:
—Nunca podrían hacerlo hablar.
—El B. I. I. podría hacer hablar a cualquiera —aseguró Ker.
—No sabemos si el enemigo lo tiene —dudó Jonnie.
Poco después inició sus propias pesquisas. No había señales de sir Roberto en ninguna parte. Últimamente el enemigo había derribado un par de aviones. Estaban en ruta de América a Escocia. ¿Estaría sir Roberto en uno de ellos?
Sir Roberto no había manejado muchos de los detalles de esta incursión. No había razones para cambiar de planes tan tarde.
Jonnie pasó el último día en la mina del lago Victoria poniendo en orden sus objetos personales. No se engañaba con respecto al riesgo de esa incursión.
Escribió a Chrissie una carta, que sabía que el pastor le leería, y la puso bien a la vista sobre su escritorio. El sobre ponía «Para Chrissie, caso de que me suceda algo».
Había oído decir que para legar las posesiones personales se escribían testamentos. Inició la redacción de uno. Todo lo que tenía eran sus caballos y algunas ropas sueltas. No se le ocurría ninguna otra cosa. Después pensó que tal vez Chrissie hubiera ocupado la casa de Edimburgo en su nombre, de modo que aclaró que cualquier interés que tuviera en ella o en sus contenidos eran para Chrissie. Después recordó que tenía algunos libros, que le dejó a Pattie. Por mucho que lo intentaba no podía recordar ninguna otra cosa, pero tal vez la gente pensaría que poseía regalos como el AK 47 cromado. No había muchos. No obstante, podía ser. De modo que agregó una cláusula: «Y cualquier otra cosa que encuentren que poseo se repartirá por partes iguales entre…», y enumeró a aquellos que habían estado más cerca de él. Después de una pausa, agregó el nombre de Ker.
También había oído decir que esas cosas debían firmarse y también tener testigos, de modo que lo hizo. Después lo metió en un sobre, que colocó junto al que iba dirigido a Chrissie.
Convencido de que había hecho las cosas con orden, pasó la tarde asegurándose de que todas sus armas y equipo estaban en buen funcionamiento, que su traje contra la radiación no tenía agujeros, que sus máscaras de oxígeno estaban llenas y que la media docena de mazas eran aptas para arrojar. Metió en su bolsa las copias del último contrato de venta firmado por Terl. Revisó la caja de la bomba de berilio para asegurarse de que podía llevarla sin peligro. Revisó el filo de un hacha para cortar cables del panel de mandos.
Sintió que estaba preparado y decidió concederse un buen sueño en esa noche, la anterior a la incursión americana. Había hecho todo lo que había podido. El resto estaba en manos de los dioses… o de un demonio como Terl.