5

Jonnie pasó bajo la viga de la puerta que conducía al pasaje y se sintió de pronto muy mareado. Hasta ese momento, tratando de solucionar él problema de la presa, se había sostenido por pura fuerza de voluntad y había dejado de lado la sensación. Pero ahora, preocupado por Edimburgo y por Chrissie, sentía que no estaba en condiciones de manejar nada. En esos dos últimos días había recibido mucho castigo.

No estaba preparado para lo que encontró en el pasaje, frente a su puerta. Había allí cuatro personas trabajando en algo que no comprendía. Tenían unos bancos de trabajo bajos, estaban sentados en el suelo con las cabezas inclinadas y sus manos volaban.

El señor Tsung percibió su presencia y se levantó de un salto. Se inclinó:

—¡Lord Jonnie, quiero que conozca a mi esposa!

La segunda persona, una mujer china con el pelo cano y un rostro agradable, se puso en pie, sonrió y se inclinó. Jonnie la imitó, aunque se le iba la cabeza. La mujer volvió a sentarse y siguió trabajando.

—Ésta es mi hija —indicó el señor Tsung.

La tercera persona se puso en pie y se inclinó. La hija era una muchacha china muy bella y delicada. Llevaba una flor en el cabello. Jonnie se inclinó. Esto hizo que su dolor de cabeza empeorara. La muchacha se sentó y siguió trabajando febrilmente.

—Éste es mi yerno —explicó el señor Tsung.

Un chino guapo se levantó de su banco dando un chasquido. Se inclinó. Llevaba el uniforme azul de los mecánicos. Jonnie se inclinó apenas, para que la habitación no girara. El joven volvió a sentarse y de sus herramientas saltaron chispas.

Jonnie los miró. Trabajaban delicada y ferozmente en lo que estaban haciendo. Jonnie sintió tristeza. Si esta conferencia fracasaba y perdían, ¡qué sufrimientos terribles esperaban a esta gente decente! A éstos y a los treinta y cinco mil restantes, que era todo lo que quedaba de la raza humana. No podía enfrentarse a la perspectiva de dejarlos caer.

Entró en su habitación. Alguien más había aprovechado esas dos horas al máximo. Probablemente Angus y un electricista. Ahora había un anaquel con tres pantallas visoras contra la pared, a los pies de su cama. En la sala de operaciones habían colocado una cámara de botón conectada con una de las pantallas, de modo que podía ver los grupos que trabajaban allí, con las caras tensas mientras manejaban micrófonos, fotografías y el tablero de operaciones. Había otra cámara de botón en la habitación de conferencias, conectada a la segunda pantalla. La sala de conferencias estaba vacía. Y la tercera cámara estaba en la plataforma y el panel de instrumentos y comunicaba con la tercera pantalla.

Mientras miraba, llegó el emisario tolnepa. Iba vestido de un verde resplandeciente; hasta su gorra era verde. Pero llevaba sucias botas azules. Unas gafas inmensas le tapaban los ojos. Llevaba una especie de cetro con un gran mango y una canasta verde colocada sobre ruedecillas verdes, donde tenía su comida. Una criatura parecida a un reptil, aunque caminaba erguido y tenía un rostro, brazos y piernas. ¿Sería una línea genética proveniente de los dinosaurios que se había vuelto pequeña y sensible?

Hizo su discurso, muy similar al del hocknero, aceptó la respuesta con una sonrisa maligna, ajustó su resplandeciente capa verde en torno a su cuerpo duro como el acero y fue conducido a un apartamento privado. Tenía aspecto de querer causar problemas.

Jonnie estaba a punto de arrojarse en la cama, cuando de pronto algo se lo impidió. El señor Tsung había entrado con él en la habitación.

—¡No, no! —dijo el señor Tsung—. ¡Un baño! Dos chinos habían seguido al señor Tsung. Llevaban una tina humeante colocada sobre una carretilla y la colocaron en un lugar vacío del suelo antes de desaparecer.

—Resulta que estoy exhausto —dijo Jonnie, protestando—. Me limitaré a lavarme la cara…

El señor Tsung se puso frente a él con un espejo.

—¡Mire! —solicitó el señor Tsung.

Jonnie miró. Lodo. Manchas de explosiones. El cabestrillo de seda negra que había estado usando era un despojo ligeramente chamuscado. Tenía la barba y el cabello llenos de lodo. Miró hacia abajo y vio que en algún momento debía de haberse hundido hasta la cintura en el cieno. Se miró las manos y ni siquiera se veía el color de su piel. Tenía un aspecto tal que ni siquiera un perro se hubiera molestado en sacarlo de entre la basura de una aldea.

—Usted gana —se avino Jonnie y empezó fatigosamente a quitarse la ropa.

El señor Tsung tenía un gran cubo y, a medida que se sacaba las prendas, iba arrojándolas en el cubo con cierto disgusto, incluidos el casco, las botas y las armas.

Jonnie se metió en el baño. No era lo bastante largo como para estirar las piernas, pero el agua le llegaba a la altura del pecho. Nunca antes se había dado un baño caliente; sólo conocía los ríos y las frías corrientes montañosas. Sintió cómo la fatiga lo abandonaba. ¡De hecho, descubrió con cierta sorpresa que muchas cosas podían decirse a favor de los baños calientes!

Evitando el vendaje del brazo, el señor Tsung fregó cuidadosamente su cuerpo con un jabón espumoso y un cepillo. De pronto interrumpió la tarea y hubo una rápida consulta en susurros a espaldas de Jonnie. Después alguien tocó la parte superior de cada uno de sus hombros. Otra consulta y el señor Tsung colocó un trozo de cordel a lo largo de uno de sus brazos.

¡Jonnie quedó momentáneamente horrorizado al comprender que detrás de él estaba la hija y él se encontraba desnudo en una tina! Volvió la cabeza; la hija se había ido. El señor Tsung siguió fregando. Le lavó la cabeza y la barba.

El baño fue interrumpido dos veces más. Una para rodear su pecho con el cordel y otra para poner el cordel al costado de su pierna.

Finalmente, el señor Tsung le secó el pelo y la barba con una toalla y después lo envolvió en otra más grande cuando Jonnie salió de la tina. Lo secó, viéndose obligado a saltar un poco para alcanzar los hombros, ahora que Jonnie estaba de pie. Le puso una túnica azul, suave, y sólo entonces le permitió echarse en la cama.

Agradecido al poder estirarse por fin, sin mirar siquiera las pantallas, Jonnie volvió a ser interrumpido.

Eran los doctores Mac Kendrick y Allen. La túnica era suelta y sacaron su brazo. El doctor Allen cortó el vendaje, limpió la zona con un alcohol que hacía picar la nariz —probablemente whisky de mala destilación—, vertió un poco de polvo blanco en la herida y después le hizo comer parte. ¡Más sulfa! El señor Tsung estaba allí con un tazón de sopa, mientras el doctor Allen le ponía un vendaje nuevo.

Después los dos médicos retrocedieron. Jonnie, avezado en los modales médicos, empezó a sospechar que traían algo entre manos. Mostraban la falsa jovialidad que asumen los médicos unos momentos antes de tomarlo a uno por sorpresa y hacer una barbaridad.

—Siempre pensé que Dunneldeen y Stormalong eran unos salvajes —dijo el doctor Allen—. Pero yo estaba fuera cuando hizo volar ese desfiladero. Es usted el salvaje, Jonnie Tyler. ¿Usa siempre aviones de combate para encender mechas?

Jonnie estaba a punto de informarle austeramente que no había habido tiempo para montar mechas, cuando el doctor Mac Kendrick se acercó.

—Supongo que simplemente le habrá parecido más natural —dijo el doctor Mac Kendrick.

Era una observación calculada para distraerlo.

Cogió la larga aguja que había estado ocultando a su espalda y, cogiendo la muñeca de Jonnie, deslizó dos pulgadas de acero en una vena y vertió una jeringa llena de algo dentro de la sangre de Jonnie.

—¡Uf! —exclamó Jonnie—. ¡Eso no fue justo! Sabe que sus agujas no me gustan.

La cosa ardía como fuego en su vena.

—Esto es para los mareos —indicó el doctor Mac Kendrick, limpiando la aguja—. Es una cosa que encontramos llamada «Complejo B». El veneno, el relajante y esta sulfa le quitan energías al sistema. Pronto se sentirá mucho mejor.

—Ya tengo bastante que hacer como para que además me llenen de agujeros —protestó Jonnie, algo malhumorado. El doctor Allen apoyó una mano sobre su hombro.

—De eso se trata —dijo—. Tiene demasiadas cosas de qué preocuparse, demasiadas cosas que hacer. Tiene que aprender a que los demás lo ayuden. Déjelos contribuir también. Usted lo hace espléndidamente bien. ¡Deje que los otros ayuden! —Y, dando a Jonnie una palmadita en el nombro, salieron de la habitación.

La sopa lo había hecho sentir mejor. Después de un rato, levantó la cabeza y la movió. No estaba tan mareado como antes.

Otro par de emisarios había llegado a la plataforma. La sala de operaciones era un frenesí. Estaba preocupado por la conferencia que se avecinaba. Jonnie pensó que ya había descansado bastante.

—¡Tsung! —llamó—. Por favor, saque mi mejor traje de piel de ante.

Sí, dejaría que otros contribuyeran. El señor Tsung podía buscar su traje.

El resultado fue totalmente inesperado. El señor Tsung entró como un rayo, se irguió en todos sus cinco pies de estatura y exclamó:

—¡No! —Y luchó por encontrar más palabras en su flaca reserva de inglés—. ¡Ellos lores! —no podía decir lo que quería.

Un Jonnie estupefacto vio al señor Tsung lanzarse fuera de la habitación y regresar un instante después con un coordinador para chinos, uno que hablaba mandarín. El señor Tsung disparaba contra el coordinador todos los tiros de su reserva. Finalmente se quedó callado. El coordinador abrió la boca para hablar. Al señor Tsung se le ocurrió otra cosa, abrumó al coordinador con ella y después retrocedió con una expresión de «así están las cosas», puso las manos dentro de las mangas e hizo una reverencia.

El coordinador, un escocés de barba negra, hizo una inspiración profunda.

—Tal vez esto no vaya a gustarle, Mac Tyler, pero se ha conseguido un director diplomático. Conozco a esos chinos y, cuando se les mete algo en la cabeza, son peores que mi vieja.

Jonnie se había echado en fa cama y dijo, dirigiéndose al cielo raso:

—¿Qué tiene de malo que haya pedido sencillamente que saque mi mejor traje de ante?

—Todo —dijo el coordinador—. Simplemente, todo. —Suspiró y empezó a explicar—: El señor Tsung es descendiente de una familia que sirvió como chambelanes durante la dinastía Ching…, aquellos que gobernaron China desde el mandato de mil seiscientos cuarenta y cuatro hasta aproximadamente mil novecientos once. Hace tal vez unos mil cien años. Fue la última dinastía antes de que China se transformara en una república popular. La corte y los emperadores no eran chinos; pertenecían a una raza llamada «manchú». Y necesitaban muchos consejos. Tsung dice que su familia los sirvió bien, pero que los tiempos cambiaron y como habían servido a los manchúes, sus ancestros fueron exiliados al Tibet. Fueron los poderes occidentales los que derrocaron a los manchúes, dice Tsung, y no los consejos de su familia. De modo que el señor Tsung es realmente un «mandarín de botón azul», según sus ancestros, un noble de la corte. Dice que los archivos y pergaminos de la familia están en la biblioteca de la universidad china que han puesto en una bóveda, en alguna parte.

—Rusia —manifestó Jonnie—. ¡Están en la base rusa, aunque sólo Dios sabe cómo se estará sosteniendo ahora!

—Bueno, muy bien —exclamó el escocés—. Dice que podría leérselo, pero no lo tiene aquí. Pero su familia siempre se mantuvo informada sobre su pasado, esperando que algún día llegara una dinastía a la que pudieran servir. Tienen mucha memoria esos chinos… ¡Imagínese; esperar mil cien años para recuperar un trabajo!

El señor Tsung percibió que la conversación se desviaba, de modo que cogió el brazo del coordinador e hizo gestos que claramente significaban: ¡dígaselo, dígaselo!

El coordinador suspiró. No estaba seguro de cómo Jonnie tomaría esto.

—Dice que es usted «lord Jonnie» y que —y lo dijo a toda prisa— no puede andar por ahí con aspecto de bárbaro.

Si Jonnie no hubiera estado tan preocupado por otras cosas, hubiera reído.

El coordinador estaba aliviado de que no lo hubiera tomado como una crítica. Continuó:

—Dice que él sabía que habría una conferencia diplomática, que llegarían un montón de nobles y que serían muy altaneros y esnobs y extravagantes. Y es bastante cierto. Los he visto llegar a la plataforma. Máscaras respiratorias enjoyadas, ropas brillantes, adornos…, uno de ellos tiene incluso un monóculo enjoyado. ¡Tipos bastante extravagantes! —Después tragó y dijo lo que quedaba a toda prisa—. Y si usted sale ahí y les habla vestido con pieles, pensarán que es un bárbaro y no lo escucharán. Dice que si usted se ve y actúa —y tragó saliva otra vez— como un salvaje indomable, lo despreciarán. —Y se detuvo, aliviado por haberlo dicho—. Y eso es lo que trata de decirle. No se enoje con él. Podría agregar que, aparte de un genuino afecto por usted, unas treinta y cinco mil vidas, no, ahora un poco menos, pero muchas vidas, dependen de esta conferencia. ¡De otro modo no hubiera traducido para él porque para mí, Mac Tyler, no es usted un bárbaro!

Jonnie pensó que todo lo que tendría que hacer sería asegurar al señor Tsung de que sería cortés, no abofetearía a nadie, etc. ¡Pero no era así!

El señor Tsung hizo que el coordinador se quedase donde estaba y tradujera todo lo qué él decía, sin cambios. El señor Tsung se acercó a la cama y empezó a hablar. En cada pausa, el coordinador traducía.

—Una cosa es —advirtió el escocés— ser un guerrero poderoso…, pero aunque ha ganado todas las batallas… y hecho huir al enemigo…, toda la guerra… puede perderse… en la mesa de conferencias.

Jonnie digirió aquello. En realidad, todavía no habían ganado la guerra, pero aun si lo hacían, podían perderlo todo en esa sala de conferencias. Lo sabía ya, pero estaba impresionado. Era evidente que el señor Tsung había buscado este trabajo, no como alguien que limpia una habitación, sino como consejero. Bueno: los cielos sabían que necesitaban consejos. No tenía ninguna idea.

—Su actitud… —continuó traduciendo el coordinador a medida que el señor Tsung hablaba— debe ser calculada para impresionar… Un noble está acostumbrado a mandar a sus inferiores… Lo impresiona que lo traten como a un inferior… Sea altanero… No sea cortés… Muéstrese frió y desdeñoso… distante y despegado.

Este viejo está exprimiendo todo lo que sé de mandarín. ¡Está hablando en chino cortesano!

El señor Tsung le hizo un gesto que significaba que no agregara nada a sus comentarios.

—No parezca aceptar —tradujo obedientemente el escocés— ni acepte nada… Pueden retorcer sus palabras para que parezca que está de acuerdo…; de modo que nunca pronuncie la palabra «sí»… Harán demandas desmesuradas que saben que no alcanzarán…, sólo para ganar posiciones negociadoras…, de modo que a su vez usted debería hacerles… demandas imposibles aun si siente que no estarán de acuerdo, y quién sabe, podría ganarles… La diplomacia es un asunto de compromiso… Hay un terreno intermedio entre los dos polos opuestos de exigencias imposibles… que terminará por convertirse en el eventual tratado o acuerdo… Trabaje siempre por la posición más ventajosa que pueda conseguir. —Y el escocés hizo una pausa—. Desea saber si ha comprendido.

—¡Sí, señor! —asintió Jonnie—. Y muchas gracias.

Sentía que esto le era útil aun cuando no le diera la idea que le faltaba.

—Y ahora —dijo el coordinador—, desea darle lecciones sobre la manera de moverse. Obsérvelo.

Bueno: estaban tratando con criaturas de muchas razas distintas, y sus ideas sobre el porte ideal y las de la China imperial podían no coincidir en absoluto, de modo que Jonnie se sintió tolerante mientras observaba. Pero casi inmediatamente sintió que se equivocaba. ¡Estas maneras venían bien a cualquier raza!

Cómo pararse: los pies separados, alto, ligeramente echado hacia atrás, bien apoyado en la tierra. Posición dominante. ¿Lo comprende? ¡Pues hágalo!

Cómo coger un cetro o vara. Una mano para cogerlo y el extremo libre apoyado en la palma de la otra mano. Coja ambos extremos para demostrar dominio. Golpee con un extremo en la palma para insinuar la más pequeña posibilidad de castigo, cuando sería de desear que apareciera ligeramente ofendido. Hacer un movimiento descuidado en el aire para demostrar que el argumento del otro no tiene el menor interés y es como el viento. ¿Lo ha comprendido? ¡Aquí tiene una vara! ¡Hágalo! No está del todo bien. Tranquilo, majestuoso. Ahora hágalo otra vez.

Camine como si no le interesara lo que hay ante usted. Sugiera poder. Firme, imparable. Así. ¿Lo ha comprendido? ¡Hágalo!

El señor Tsung trabajó con Jonnie durante media hora, y Jonnie comprendió que su manera de andar era como la de una pantera, mientras que para esta conferencia debía ser majestuosa.

Antes de quedar satisfecho, el señor Tsung le hizo repetir toda la lección, las posturas y la marcha. Jonnie, a quien la diplomacia siempre le había parecido descorazonadora, empezó a sentirse algo más confiado. Esta cosa no requería ningún arte. Era como cazar, pero con un tipo diferente de presa. Era como una batalla, pero una clase distinta de batalla.

Pensó que estaba todo hecho; por la pantalla veía que llegaban más y más emisarios… Pero el señor Tsung dijo que todos tendrían que presentar sus credenciales en la primera reunión en la sala de conferencias y que había muchísimo tiempo. ¿Había pensado Jonnie en una estrategia? Una estrategia era algo muy necesario. Cómo enfocar la batalla diplomática, qué se pensaba usar para desarrollarla. Bueno: Jonnie podía pensar en ello. Era como una batalla, pero la infantería y la caballería eran ideas y palabras. ¡Si se maniobraba mal, significaba la derrota!

Mientras tanto, tenían que ocuparse de ese otro asunto, y, dejando a Jonnie algo desconcertado, el señor Tsung salió al vestíbulo.

Viendo que por el momento Jonnie no estaba ocupado, el jefe Chong-won se deslizó por la puerta. Sonreía y movía la cabeza.

—¡La presa! —dijo, apretando los puños y haciendo gestos—. El agujero. La pérdida está disminuyendo. El nivel del lago se eleva.

Asintió con vigor, se inclinó profundamente y desapareció.

Jonnie pensó que al menos eso lo había hecho bien. ¡No se quedarían sin electricidad, dejando algún diplomático aparcado en un lugar erróneo del espacio! Ahora, todo lo que debía preocuparle era un planeta en llamas, el destino de su gente y esta conferencia.

La inyección había hecho su obra. No estaba mareado.

Campo de batalla: la Tierra. La victoria
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