Parte 4

1

Llevando un rifle explosivo casi tan alto como él, Bittie Mac Leod caminó detrás de Jonnie y entró en el campamento principal de los brigantes.

Sir Jonnie le había ordenado dos veces que regresara, pero ¿acaso el lugar que le correspondía a un escudero no estaba detrás de su caballero, en la zona de peligro y llevando sus armas?

¡Y Bittie se veía obligado a admitir que el lugar parecía peligroso! Debía de haber dos mil quinientas o tres mil personas diseminadas en torno a ese claro profundamente metido en la selva.

Habían aterrizado en el borde superior del espacio abierto. Habían agrupado a los prisioneros (¡qué mal olor habían llevado al avión!) en el gran avión de ataque de la marina, bien separados de sus armas, y cuando aterrizaron los hicieron descender primero. Después, sir Roberto, como correspondía a un jefe guerrero, había estudiado el lugar estableciendo algunas posiciones defensivas para cubrir su posible retirada.

Bittie había aprovechado la oportunidad para convencer a sir Jonnie de que debía ponerse ropa seca. Bastaba con tocarlo para que despidiera agua. Los rusos que habían quedado en el depósito no habían estado ociosos, y al ver toda esa lluvia habían cortado tela de camuflaje, confeccionando capas.

Había sido difícil conseguir que sir Jonnie prestara atención y se cuidara, que comiera algo y se cambiara de ropa. Pero Bittie lo había conseguido. Se había apoderado de la capa que tenía la insignia de la estrella roja, consiguiendo que Jonnie se sujetara la camisa seca con su cinturón de hebilla de oro. Encontró también un casco de aviador con una estrella blanca, para resguardarlo de la lluvia y, teniendo en cuenta las circunstancias, sir Jonnie se veía muy presentable aun bajo esta lluvia.

Las sábanas de agua velaban el ancho claro lleno de gente. Alguien, no hacía mucho tiempo, había cortado una enorme cantidad de árboles y los había quemado. Los tocones ennegrecidos estaban por todas partes. Había un sembrado medio crecido, pero esta gente corría por allí pisándolo, algo que no debía hacerse con los sembrados.

Bittie miró a su alrededor a través de la lluvia. Estas criaturas no coincidían con su sentimiento de lo conveniente. Había leído bastante en la escuela (lo que más le gustaba eran los antiguos romances) y nunca había encontrado nada como esto.

No había hombres ni mujeres ancianos. Había unos pocos chicos en diversas condiciones de salud, todas malas: vientres hinchados, costras, mugre. ¡Escandaloso! ¿Nadie se ocupaba de alimentarlos o limpiarlos como correspondía?

Los hombres a cuyo lado pasaban les dedicaban un saludo extraño, levantando un dedo. Rostros feos, desdeñosos. Rostros de todos los colores y mezclas. Y todos sucios. Sus ropas eran una especie de caricatura de uniforme y las llevaban sin estilo; colgaban simplemente.

Parecían hablar una extraña clase de inglés, como si hablaran con la boca llena de avena. Sabía que él no hablaba buen inglés, no como el de los universitarios como sir Roberto, tampoco tan bueno como el de sir Jonnie. Pero todos lo entendían cuando hablaba y estaba tratando de mejorar de modo que el inglés del coronel Iván, a quien ayudaba. Pero a esta gente no parecía importarle ni siquiera si las palabras salían de sus bocas malolientes. Bittie estuvo a punto de tropezar con sir Jonnie, que se había detenido frente a un hombre de mediana edad. ¿Qué lenguaje estaba usando sir Jonnie? ¡Ah, psiclo! Jonnie estaba preguntando algo y el brigante asentía y señalaba el oeste y contestaba algo en psiclo. Bittie comprendió. Sir Jonnie no quería saber nada; sólo si el brigante hablaba psiclo. ¡Era listo!

¿Hacia dónde se dirigían? ¡Ah! Hacia aquel cobertizo que tenía una especie de bandera de piel de leopardo sujeta a un palo. Bittie vio que habían estado siguiendo a los prisioneros, a quienes vigilaban todavía, y que probablemente los llevaban frente a sus jefes.

Ésta era una gente bastante horrible. Se limitaban a detenerse donde estuvieran, en el camino mismo, para aliviarse. Espantoso. Más allá un hombre joven había tirado al suelo a una chica y estaban…, ¡sí, lo estaban!, fornicando en público.

Bittie miró hacia otra parte y trató de purificar sus pensamientos. Pero en el lugar al que eligió mirar vio a un hombre obligando a un niño a hacer algo inmencionable.

Empezó a sentirse algo enfermo y caminó más cerca de los talones de sir Jonnie. Estas criaturas eran peores que animales. ¡Mucho peor!

Bittie siguió a sir Jonnie al interior del cobertizo. ¡Cómo hedía el lugar! Había alguien sentado en el tronco de un árbol sobre el cual habían construido el cobertizo. El hombre era espantosamente gordo y tenía un color amarillento, de ese amarillo particular que, según el doctor Mac Kendrick, indicaba la malaria. Los pliegues del cuerpo del hombre formaban profundas vetas de mugre. Tenía puesta una gorra curiosa que debía de estar hecha de cuero; tenía un pico en la parte frontal y había algo prendido encima. ¿Un broche de mujer? ¿Alguna clase de piedra? ¿Un diamante?

La criatura que habían capturado, Arf, estaba de pie frente al hombre gordo. Golpeándose el pecho con el puño, Arf rendía su informe. ¿Cómo llamaba al hombre gordo? ¿General Snith? ¿No era «Snith» un nombre psiclo muy común? ¿No era «Smith» el nombre inglés común? Era muy difícil decirlo a causa de ese acento pastoso. El general mascaba el pemil de algo y no parecía muy impresionado.

Finalmente habló:

—¿Consiguió suministros? ¿Sulfuro?

—Pues no —dijo Arf y trató de explicarse otra vez.

—¿Trajeron los fiambres? —preguntó el general.

¿Fiambres? ¿Fiambres? ¡Ah, los cadáveres!

Este «capitán» Arf parecía estar algo asustado.

El general arrojó el pemil contra él y le golpeó la cara.

—¿Y entonces cómo esperan comer? —aulló.

¿Comer? ¿Fiambres? ¿Cuerpos? ¿Comer sus propios muertos?

Entonces Bittie miró el «pemil» que estaba en el suelo y había rebotado en su dirección ¡Era un brazo humano!

Bittie salió de allí a toda prisa, fue a la parte trasera del cobertizo y se sintió muy mal del estómago.

Pero sir Jonnie lo encontró en seguida, le rodeó los hombros con el brazo y le limpió la boca con un pañuelo. Trató de conseguir que un ruso llevara a Bittie de regreso hasta el avión, pero Bittie se negó. El lugar de un escudero estaba con su caballero, y Jonnie podía necesitar el rifle explosivo en medio de esas horribles criaturas. De modo que lo dejaron seguir.

Sir Jonnie miró el interior del cobertizo que había en la linde de los árboles y pareció muy interesado. Bittie miró también y vio una máquina educativa muy golpeada, muy vieja, como la que usaban los pilotos para aprender psiclo, y esto pareció tener un significado para sir Jonnie.

¿A quién buscaban ahora? La lluvia seguía cayendo, esa gente corría por ahí y el rifle explosivo era muy pesado, más pesado cada vez. ¡Ah, los coordinadores!

Los encontraron en otro cobertizo, una pareja de escoceses jóvenes… ¿Uno de ellos no era Mac Candless, de Inverness? Sí, le pareció reconocerlo. Estaban sentados allí, empapados, pese a hallarse a cubierto, y sus bonetes parecían fregonas. Tenían la cara bastante blanca.

Sir Jonnie estaba tratando de descubrir cómo habían llegado hasta allí y ellos señalaban un rollo de cable… soltado desde un avión.

Sir Jonnie estaba diciéndoles que lo mejor que podían hacer era irse con ellos y ellos decían que no, que el Consejo les había ordenado que llevaran esa gente al complejo de América, y aunque hacía tiempo que debían haber llegado los transportes, habían supuesto que al Consejo le resultaba difícil encontrar pilotos suficientes para hacer el viaje.

Después de una larga discusión sobre lo que era su deber —de parte de ellos— y su seguridad —de parte de Jonnie—, se los convenció de que al menos se acercaran al avión, donde podrían darles raciones de comida y tal vez algunas armas. De modo que todos se abrieron paso a través de la multitud y regresaron al perímetro defensivo constituido por los rusos y subieron al avión.

Allí estaba sir Roberto. Hizo sentar a los dos coordinadores en uno de los asientos del coche deportivo psiclo.

—¿Había un tercero entre ustedes? —quiso saber sir Roberto.

—Bueno, sí —dijo Mac Candless—. Estaba Allison, pero hace un par de días cayó a un río y lo devoró alguna bestia escamosa.

—¿Usted lo vio? —preguntó sir Roberto.

Bueno, no, no lo habían visto. Se lo había dicho el general y había muchos ríos y montones de bestias escamosas.

Ahora sir Jonnie preguntaba algo:

—¿Hablaba psiclo Allison?

—Estaba entrenándose como piloto —dijo Mac Candless—. A veces la Federación necesita sus propios pilotos. Supongo que sí.

—Sí, lo hablaba —dijo el otro escocés—. Hablaba un poco de psiclo. Lo sacaron de clase para venir aquí. La orden de sacar de aquí a esa gente fue muy súbita y estábamos escasos de…

—¿Recuerdan que haya hablado en psiclo con estos rufianes? —preguntó sir Roberto.

Pensaron un rato. La lluvia tamborileaba en el techo del avión de combate y hacía un calor espantoso.

—Sí —afirmó por fin Mac Candless—. Lo escuché hablando con uno de los oficiales, que se asombraba de que hablase psiclo. Charlaron un rato. Yo no hablo…

—Eso es todo lo que deseábamos saber —repuso sir Roberto, y miró intencionadamente a sir Jonnie—. ¡Interrogatorio! ¡Lo querían para interrogarlo!

Y sir Jonnie asentía.

Después sir Roberto sacó algo que Bittie no sabía que tenía. Un tamo’shanter manchado de sangre. Se lo pasó a los dos coordinadores.

Encontraron algunas iniciales. Sí, era el de Allison. ¿De dónde lo había sacado sir Roberto?

Sir Roberto les informó minuciosamente. Les dijo, y Bittie quedó escandalizado al enterarse, que los brigantes habían vendido Allison a los psiclos. Los psiclos debían quererlo para interrogarlo, y dios protegiera a Allison. ¿Vender a Allison? ¿A un ser humano? ¿A los monstruos? Ni Bittie ni los coordinadores podían aceptarlo.

Entonces hubo una espantosa discusión. Sir Roberto ordenó a los dos coordinadores que se fueran con ellos. Los coordinadores decían que era su deber sacar de allí a esa gente. ¡Eran órdenes del Consejo! Sir Roberto los amenazó diciendo que él era el jefe guerrero de Escocia y que no tenía la más mínima intención de dejarlos allí. Los dos coordinadores trataron de irse y sir Jonnie y sir Roberto, utilizando las cuerdas para sujetar carga que Bittie encontró rápidamente, los ataron. Los pusieron sobre los suministros, en la parte trasera del avión.

Retiraron el perímetro defensivo formado y partieron, y a Bittie no le sorprendió que uno de los pilotos pidiera permiso para bombardear desde el aire a estas criaturas. Sir Roberto dijo que no, que si lo intentaban esa gente se limitaría a meterse entre los árboles. En ese momento no estaban preparados para hacerles frente y tenían otras cosas que hacer, pero que si habían hecho lo que parecían haber hecho, se encontrarían con un buen problema entre sus manos inmundas. Todos estaban alterados por lo de Allison.

Cuando despegaron y volaban de regreso al complejo, Bittie se puso a reflexionar sobre esa gente de allá abajo.

Se inclinó para acercarse a sir Jonnie y dijo:

—Sir Jonnie, ¿cómo pueden estar tan sucios con toda esta lluvia?

Campo de batalla: la Tierra. La victoria
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