Capítulo 18

 

LA multitud se retiró, si bien no por cortesía —Alex lo sabía de sobra—, sino por el mero deseo de obtener una perspectiva mejor. Nadie quería perderse aquello, ni siquiera los petimetres de sonrisa lánguida que habían circundado a Joanna con excesiva atención y cercanía. Alex suponía que los asistentes recordarían que el marqués de Boswick había desairado a lady Joanna en Carlton House, de modo que cabía esperar que estuvieran ansiosos por observar cómo esa nueva y tentadora encarnación de la dama lo trataba ahora, y él a ella.
De hecho, él mismo tenía ganas de verlo.
Atravesó la habitación con ligeras y firmes zancadas, y se detuvo justo enfrente de Joanna. Con el rabillo del ojo, vio que Royce daba un paso adelante, como si quisiera interponerse, aunque se paró en cuanto su hermana elevó la barbilla y sonrió.
—Alex —saludó directamente—, qué alegría verte.
Y en sus ojos se reflejó el gozo que realmente la invadía. Todo el mundo contuvo la respiración cuando quienes se encontraban más cerca de la pareja asumieron la familiaridad del trato y esperaron la respuesta de Alex.
Alex sonrió, inclinó la cabeza en una reverencia y le tomó la mano a Joanna.
—Joanna, tan hermosa como siempre.
Hubo cruces de miradas cargadas de incomprensión y la gente susurró lo que ocurría a los desafortunados que estaban situados demasiado lejos como para enterarse de la conversación. Se conocían, y muy bien, según parecía, aunque hasta qué punto acababa de convertirse en un asunto de deliciosa especulación. ¿Dónde había estado lady Joanna esas últimas semanas en las que Darcourt también se había ausentado de Londres? ¿Era posible que hubieran estado... juntos?
Darcourt y lady Joanna. Darcourt el esquivo, pesadilla de madres ambiciosas y de sus hijas, vástago de una antigua familia de renombre, y proveniente de la misteriosa, y aún más antigua, Ákora. Y lady Joanna de Hawkforte. Hawkforte, un apellido también conocido, también antiguo, también ilustre, ligado, a su vez, a una historia y una leyenda propias.
Alex conocía bien a la alta sociedad, la había estudiado en profundidad, pues, en su conjunto, los hombres y las mujeres que la integraban ejercían un gran poder en Inglaterra. Sabía de la bajeza y la dureza que eran capaces de desplegar, lo crueles y vanos que podían llegar a ser, y la tendencia a encapricharse que padecían. ¡Con qué rapidez podían atrapar un momento, un acontecimiento, un pedazo de excitación ajena y apropiárselo!
Alex le levantó las manos a Joanna y, sin retirarle la mirada, la agasajó con un largo beso en los dedos que descansaban sobre los suyos. Sus intenciones resultaron tan claras que podría igualmente haberse plantado en medio de Whitehall, la importante calle londinense, y haberlas gritado.
Eso fue a ojos de todos, salvo de Joanna y posiblemente de Royce, que lo miraba acusatoriamente. Se trataba de un momento delicado que requería sutileza y que quedó interrumpido por el príncipe regente, que se acercó a ellos como un rayo y totalmente encantado.
—¡Darcourt! ¡Maravilloso, absolutamente maravilloso! ¡Qué velada de encuentros! ¿Conoces ya a lady Joanna y a su hermano Royce? —Luego sonrió como el titiritero que se decía que le gustaba ser en ocasiones y los reunió a todos—. ¡Espléndido! —exclamó. Acto seguido se volvió y amplió la sonrisa para incluir al caballero que rondaba por allí y que fruncía el ceño de modo tan evidente que a Joanna se le ocurrió, divertida, que iba a hundírsele la cara en el suelo—. ¿No es fantástico, Perceval? Dos antiguas familias, dos viejos amigos, míos al menos, y una nueva y encantadora amistad... —se felicitó mientras le presentaba sus respetos a Joanna con una inclinación de cabeza, con lo que quedó amparada por el favor de la realeza.
Con todo, y a pesar de que aquel gesto no le pasó desapercibido al astuto primer ministro, Perceval centraba mucho más su atención en Alex y en Royce, quien, a pesar de sus desacuerdos personales, se mantuvo al lado de éste y reaccionó adoptando la misma expresión sarcástica y retadora que él.
«Como dos gotas de agua», pensó Joanna mientras luchaba por contener el torbellino de emociones, placer, deseo, alegría y aprensión que se había desatado en su interior en el momento en que Alex había hecho acto de presencia. ¡Alex! Allí, en Inglaterra, y con la intención de... ¿De qué? ¿Había venido exclusivamente para prestar servicio a Ákora o podía atreverse a esperar que sus sentimientos por ella hubieran tenido algo que ver?
Aunque a Joanna le habría gustado tener la oportunidad de averiguarlo, el príncipe regente tenía otros planes. Se invitó tanto a ellos como al resto de asistentes a que pasaran a una amplia sala en la que se había eliminado toda iluminación, salvo la que proporcionaban los pocos candelabros que sostenían unos sirvientes de librea. Se corrieron las pesadas cortinas que enmarcaban las ventanas para evitar que penetrara el más mínimo rayo de luz de las antorchas que titilaban fuera, o de la luna. Una vez que hubieron entrado todos los invitados, se soplaron las últimas y leves llamas, de modo que el espacio quedó en total oscuridad. Desconcertada, Joanna no encontró información alguna en las expresiones que bien por ver sus expectativas colmadas, bien por sorpresa, emitía el resto de congregados, la mayoría de los cuales parecía saber lo que iba a suceder. De hecho, Joanna empezó a preocuparse por Royce. ¿Cómo le sentaría estar en una habitación que debía de parecerle tan oscura y claustral como la celda en la que había morado durante tanto tiempo? Por instinto, le tomó la mano y lo tranquilizó:
—No te quedes —le susurró—, sea lo que sea esto, nadie se dará cuenta de que te has escabullido.
Joanna notaba la presencia de Alex, reconfortante por cercana, detrás de ella, y sabía que él podía oírla, algo que le resultaba de especial ayuda.
Royce le apretó la mano a Joanna.
—No seas tonta —respondió en voz baja—, no hay razón alguna para que me vaya.
Aunque Joanna sabía que no era cierto, carecía de los medios necesarios para persuadir a su hermano. Sólo le quedaba esperar, junto al centenar de invitados, para ver lo que el príncipe pretendía desvelar.
Y se produjo de repente, con un estrépito que le hizo dar un grito ahogado y que fue seguido rápidamente por unas luces extrañas y multicolores que iluminaron el fondo de la estancia más próxima al lugar en que se encontraban. De hecho, estaban tan cerca que Joanna podía ver que habían extendido una especie de pantalla, quizá fabricada en gasa, y que iba del techo al suelo y de pared a pared. Mientras la música continuaba sonando de un modo que hizo que se estremecieran y que se les pusieran los pelos de punta, los remolinos lumínicos empezaron a convertirse en siluetas de fantasía. Joanna dio otro grito ahogado cuando apareció de la nada lo que parecía ser un jinete sin cabeza y montó sobre ellos. La imagen creció enormemente hasta resultar grotesca, y Joanna no pudo evitar echarse hacia atrás y acabar chocando contra el pecho de Alex.
—Tranquila —murmuró él—, no son más que luces agrandadas por un cristal que hay detrás de la pantalla: es un espectáculo de farolillos mágicos.
Joanna se sintió aliviada y un poco avergonzada. Ya había oído hablar de algo así. ¿Quién no? Habían estado muy de moda en los últimos tiempos. Sin embargo, nunca los había visto ni había llegado a comprender bien cómo serían.
—Al príncipe le encantan estos espectáculos —explicó Royce en voz baja—. Siempre ha tenido un gusto muy especial.
Un momento después, Joanna comprendió lo que su hermano quería decir. Cuando despareció el jinete, fue sustituido por unos espectros que se contorsionaron y adquirieron la forma de muertos, esqueletos y todo tipo de figuras terroríficas, que se alzaron, se hicieron enormes, avanzaron, se retiraron y parecieron fundirse unas en las otras, hasta que, finalmente, acabaron desvaneciéndose en el suelo mientras volvía a oírse la música y el público aplaudía enfervorecido.
Joanna apenas oyó la ovación. Lo único en que pensaba era en Royce. A lo largo de la proyección, le había apretado la mano cada vez con más fuerza, hasta que empezaron a dolerle los dedos, como si se hubieran quedado atrapados en un torno. Sabía que su hermano no se daba cuenta e interpretó aquello como una muestra más del tremendo malestar que debía de estar experimentando.
—Tenemos que salir de aquí —ordenó.
Se volvió con la intención de transmitirle su preocupación a Alex bajo la luz de las pocas velas que habían vuelto a encender. Alex comprendió de inmediato y miró a Royce, que se mantenía de pie, inmóvil y empapado en un sudor que le brillaba sobre las tensas facciones. Sin dudarlo, Alex les abrió camino hacia la puerta más próxima. Tanto el tamaño como la fuerza que lo caracterizaban, así como la costumbre de dar órdenes, lo llevaron a hacerlo de un modo tan natural como el resto de cosas que hacía. En cuestión de segundos estaban ya fuera y caminaban prestos hacia el par de puertas de cristal que daban al jardín.
Una vez fuera, Royce se recuperó enseguida. Respiró hondo varias veces, sacudió la cabeza con fuerza y pareció volver a su ser.
—¡Menuda representación! —exclamó con sequedad—. Prinny se ha superado a sí mismo.
—Parece que le preocupan particularmente los muertos —señaló Alex.
Ambos volvieron a estudiarse el uno al otro como lo hacen los combatientes antes de que dé comienzo la batalla.
—Sospecho que la mayoría de los miembros de la realeza estarán inquietos estos días —opinó Joanna con premura—. Y así ha sido desde que la revolución dio rienda suelta a la guillotina. Temen que pueda suceder lo mismo aquí.
—Tiende a provocar cierta ansiedad —coincidió Royce sin quitarle la vista de encima a Alex—, aunque quizá en Ákora se sientan a salvo de tales preocupaciones.
«¡Ay, madre! —pensó Joanna—, ya estamos.» Debía admirar a su hermano: apenas momentos después de haber sufrido lo que había sido un episodio muy desagradable, ya se había recuperado lo suficiente como para atacar.
—¿Está preguntando si tememos una revolución en Ákora? —quiso saber Alex con una humildad decepcionante.
—Si es cierto, como me han contado —contestó Royce antes de lanzar una mirada a Joanna—, que es imposible que su hermano sea el responsable de mi cautiverio, debe haber en Ákora alguien que trata de darles problemas a usted y a su familia.
—¿Mi hermano? ¿Responsable...?
Hawkforte lo había hecho a propósito, y Alex lo sabía. El astuto bastardo había dejado caer aquella acusación como un mazo sin avisar para observar cómo reaccionaba. Como táctica, era brillante, aunque resultaba condenadamente incómoda.
—Eso es absurdo —respondió Alex en cuanto estuvo seguro de que tenía un absoluto control de sí mismo. Desvió la mirada hacia Joanna e inquirió—: ¿Tú sabías algo de esto? —Como única respuesta obtuvo un gesto de asentimiento que bastó—. ¿Por eso tenías tanta prisa por marcharte de Ákora?
—Por favor —quiso explicarse—, trata de comprenderlo. Debía procurar la seguridad de mi hermano.
—Aun así, podrías habérmelo dicho...
Le dolió que no lo hubiera hecho, pero aquello le procuró a su vez alivio. Por muy absurda que fuera aquella acusación, al menos hacía comprensible el comportamiento de Joanna.
—Lo habrías negado —replicó ella—. Además, ambos sabemos que tú mismo has tenido tus dudas.
—¿Qué dudas? —preguntó Royce, que aunque había permanecido en silencio durante aquella conversación mientras los observaba, ahora estaba claramente dispuesto a hablar.
—Sobre usted —afirmó Alex con dureza— y sus razones para ir a Ákora. Cuando hablamos el año pasado, dejé muy claro que cualquier intento en ese sentido no sería bien recibido.
—Lo hizo —reconoció Royce—. Lo que no aclaró fueron las razones que amparaban su advertencia.
—Deberían haberle resultado evidentes. Ákora no acoge bien a los xenos. —Ante la mirada de censura de Royce, Alex se corrigió—: Oficialmente. Los xenos que llegan se quedan. Y eso estaba lejos de su intención. Pretendía volver a Inglaterra.
—Claro que sí, después, o eso es lo que esperaba, de haberme reunido con el vanax. Quería que supiera que hay en Inglaterra quienes lo único que desean son unas relaciones pacíficas y de amistad con Ákora. Confiaba en que podría abrir una vía para volver a tratar el asunto más adelante.
—¿Y por qué no me lo contó a mí directamente?
—Porque se opuso enseguida a que yo fuera y me pregunté por qué. ¿Trabajaba al servicio de Ákora o al suyo propio?
Joanna respiró profundamente. De manera instintiva, se colocó entre su hermano y el hombre al que sabía que acababan de insultar gravemente. Si bien fue un gesto comprensible por su parte, también fue poco inteligente. Ambos la miraron y trataron de apartarla.
—¡Venga, por Dios! —exclamó cuando ambos la tenían cogida—. No soy ningún trofeo. Soltadme.
Los dos obedecieron mientras se miraban con recelo, perplejos al darse cuenta de que habían reaccionado de la misma manera.
—Quizá —continuó Alex con sequedad— le gustaría explicar por qué me cree capaz de traicionar a Ákora...
—No es eso lo que pensé... con exactitud —aclaró Royce—. Sencillamente, se me ocurrió que podría haber considerado que ser el príncipe de Ákora, sujeto a las órdenes de su hermano, era menos apetecible que ser gobernador por propio derecho de una Ákora controlada por los británicos.
Esa vez, Alex pareció claramente desconcertado. Para romper el silencio que siguió a la confesión de Royce, Joanna intervino con serenidad:
—Por desgracia, hay hombres que elegirían ese curso de los acontecimientos. Alex, sin embargo, no se cuenta entre ellos.
—Es medio inglés —insistió Royce—. Si los planes sobre la toma de Ákora que trama Perceval culminaran con éxito, usted sería la opción lógica para ser nombrado gobernador real.
—Difícilmente, pues estaría muerto. Jamás viviría para ver Ákora conquistada.
Royce se quedó mirándolo un buen rato. Y lo que vio debió de convencerle, pues acabó reconociendo:
—Puede ser que mi hermana no haya errado sobre quién es depositario de su confianza. —Y admitir aquello era dar un paso enorme.
Aunque sabía que la tensión que la había atenazado al darse cuenta de que su hermano y Alex iban a enfrentarse se había reducido un poco, Joanna se mantuvo cauta.
—Este no es en absoluto el mejor sitio para hablar —afirmó.
Acabado el espectáculo de los farolillos mágicos, eran cada vez más los invitados que iban saliendo al jardín para tomar el aire antes de volver a las mesas de juego o a cualquier otro entretenimiento que el príncipe hubiera preparado. Parecía que las celebraciones iban a prolongarse hasta bien entrada la noche.
—Prinny se sentirá ofendido si nos marchamos demasiado pronto —advirtió Royce antes de entregarle a Alex una tarjeta. Entonces, le explicó—: Esta es nuestra dirección de Brighton. Propongo que nos veamos cuando sea menos probable que nos observen. El oficial de guardia hace sus rondas a las tres y a las cuatro en punto.
—Iré entre esas horas.
Antes de que pudiera volverse para retirarse, Royce volvió a hablar:
—Aún no le he dado las gracias por salvarme a mí y por proteger a Joanna.
—Dejemos a un lado las formalidades.
Lentamente, Alex estrechó la mano que le tendía. Ambos se miraron un momento antes de tomar caminos distintos.
Joanna permaneció junto a su hermano. Todavía le preocupaba que no estuviera bien y él parecía preferir que no se separaran, ni siquiera temporalmente. Luego, lo descubrió lanzando miradas censoras a los jóvenes muchachos que se arremolinaron a su alrededor y no pudo sino reírse ante lo absurdo de aquella situación. Ella, a quien la sociedad había juzgado con tanto desdén, parecía ahora convertirse en foco de adoración. ¡Que Dios la asistiera!
Antes de que se agotara la novedad de la experiencia, dedicó sus esfuerzos a ser amable con el príncipe, una tarea que le resultó muy sencilla. A pesar de todas las historias que le habían contado sobre su vida disipada, aquella noche el príncipe regente parecía inclinado a desplegar todo su encanto. El descubrimiento de que ella, igual que Royce, hablaba el griego antiguo con fluidez lo conmovió hasta tal punto que ignoró al resto de asistentes que lo rodeaban y se sumergió en una erudita conversación sobre los griegos que fascinó tanto a Joanna que perdió la noción del tiempo. Alex se incorporó a la charla, y si bien no habló de Ákora en ningún momento, el príncipe quedó encantado con sus conocimientos sobre los griegos y con su amabilidad. Fue ya después de pasada la medianoche y una vez los relojes hubieron dado la hora, cuando Joanna se fijó en que la gente empezaba a dispersarse. Con las pelucas ya descolocadas y el maquillaje corrido, comenzaron a desfilar con cara de sueño. No había rastro del primer ministro; Joanna oyó de pasada que al marcharse había alegado sentirse indispuesto.
Ya habían pasado las dos de la madrugada cuando Joanna y Royce se retiraron. La noche estaba despejada y la temperatura resultaba cálida y agradable, con rachas de aire fresco que provenían de la brisa marina. El balanceo del carruaje se descubrió relajante. Joanna se despertó de repente cuando Bolkum hizo que los caballos se detuvieran delante de su casa.
—No estás acostumbrada a aguantar hasta estas horas —observó Royce.
—Un poco de té nos despejará a ambos —reconoció Joanna al descender del carruaje.
—¿Estás segura de que Darcourt vendrá?
La pregunta sorprendió a Joanna.
—¡Claro que sí! ¿Tú, no?
—Tengo alguna duda —reconoció Royce—, aunque no es como esperaba.
—¿Un príncipe dispuesto a traicionar a su país?
—Tú misma has dicho que hay hombres que no dudarían en hacerlo.
Joanna no tuvo ocasión de responder antes de que la puerta se abriera para descubrir a Mulridge, que los miraba con severidad.
—¡A buenas horas llegan a casa! —les reprochó la mujer, que iba toda vestida de negro.
—Sí, es tarde, sí, Mulridge —admitió Royce—. Las estrellas brillan, la noche cae sobre nosotros como un bálsamo y la compañía —le dio un beso en la mejilla— es deliciosa.
—Es que esperamos a alguien —informó Joanna—, pero no hace falta que te preocupes; ya preparo yo el té.
—¿Una visita? ¿A estas horas de Dios? ¿Y de quién se tratará?
—De un príncipe —respondió Royce muy serio—. Está de moda ahora, ya sabes. A la realeza le gusta ir de visita a estas horas de la madrugada.
—Un príncipe —repitió Mulridge con un tono censurador—. ¿Se supone que tengo que creérmelo...? —De repente, se interrumpió y empezó a mirar a los dos, primero a uno y luego al otro; ambos mostraban caras sonrientes. Con gravedad, añadió—: Y apuesto a que también sé de cuál de ellos se trata.
Antes de que pudieran contestar, se ajustó sonoramente el vestido negro que llevaba, les dirigió una mirada severa y se retiró a las cocinas. Por encima del hombro les indicó:
—Yo prepararé el té.
Mientras Joanna subía al piso de arriba para retocarse y lanzaba una mirada anhelante a la cama, Mulridge cumplió su promesa. Al volver, Joanna se encontró no sólo el té, sino una bandeja llena de emparedados y pasteles que no se atrevió a tocar de lo nerviosa que estaba. Entretenida en las distracciones que se le ofrecían en el palacio, había conseguido no cavilar sobre la idea de que Alex iba a ir allí, a la casa, y que él y Royce hablarían, si bien de asuntos de Estado, por supuesto. No había razón alguna que debiera llevarla a pensar que tocarían otro tema, sobre todo dado que ella tenía la intención de estar presente para impedirlo. No era el momento para tratar asuntos de naturaleza personal tan dados a ser malinterpretados.
Se atusó el cabello por quizá vigésima vez y miró el reloj que había sobre la repisa de mármol de la chimenea del salón familiar, que estaba situado en la parte trasera de la casa para obtener mayor intimidad. Bolkum había encendido un pequeño fuego, más para animar el ambiente que para calentarlo, pues no resultaba necesario. Las lámparas de gas contribuían también con su resplandor. Eran las tres y media. Había escuchado pasar al guarda de turno hacía media hora y sabía que volvería en un espacio de tiempo similar. Royce estaba en el jardín. Esperó algo más y decidió ir a unírsele.
—Alex debería llegar en cualquier momento.
Royce asintió.
—Bolkum está en la entrada; lo dejará pasar.
—¿Crees que son necesarias todas estas cautelas?
—Creo que nos encontramos al borde de un precipicio... Si Perceval lograra llevar a cabo sus planes... —dijo, y negó con la cabeza al pensar adonde los llevaría una locura de aquel calibre.
—¿No es suficiente estar luchando contra Napoleón? ¿El primer ministro quiere librar batalla con Ákora también?
—Puede ser que se haya convencido de que resultará fácil conquistarla.
—Entonces, es que no sabe nada sobre Ákora.
—Ése es el problema —completó Royce—. Casi nadie sabe nada de aquel lugar. En su ignorancia, los hombres como Perceval pueden imaginar lo que quieran.
Joanna pensó en los cañones que transportaba el Néstor y sintió un escalofrío. Fueran cuales fueran las disputas internas que amenazaran el reino, Ákora seguía estando extraordinariamente preparada para defenderse contra una invasión.
A través de las ventanas abiertas del salón interior, Joanna oyó que el reloj daba la hora. Al otro lado, en la calle, el guardia hacía lo propio.
—¡Las cuatro y todo sereno!
Quizá para él, pero no para Joanna. Alex llegaba tarde.
—Va a venir —dijo—; lo sé.
—Puede ser que algo lo haya retrasado —la animó Royce con amabilidad, movido por su amor hacia ella.
Esperaron hasta las cuatro y media, y como aún no había noticias sobre Alex, Joanna se dirigió al recibidor. Imaginó que Bolkum se habría quedado traspuesto y no había oído llamar a la puerta, pero el leal sirviente seguía allí acomodado en una silla y tan despierto y alerta como si fuera plena mañana.
—Pronto amanecerá —comentó Bolkum.
Joanna permaneció allí, observando a través de los cristales grabados que adornaban ambas hojas de la puerta.
—Algo ha ocurrido.
Por fortuna, Bolkum no lo puso en duda, y reaccionando con total naturalidad, se ofreció:
—¿Quiere que vaya a echar un vistazo?
¿Quería Joanna que Bolkum intentara encontrar a Alex? Sería mejor que tratara de hacerlo ella misma, y a eso se dispuso, en silencio, con una confianza con la que antes no había contado. Sondeó en lo más profundo de su interior en busca del extraño, y a veces esquivo, poder que sabía morador de su alma. Pensó en el príncipe de Ákora; se dejó invadir por los recuerdos, las imágenes, los sonidos, el tacto, el sabor y la esencia de Alex.
¿Dónde estaba?
Le temblaron las puntas de los dedos. Casi podía sentir la suave calidez de su piel, la forma en que el pecho le vibraba cuando reía y ella apoyaba en él la cabeza para oír los latidos constantes de su corazón. Así habían estado tumbados junto al estanque de los Suspiros y luego, de nuevo, en Deimos, después de haber escapado de las cuevas. El aire olía a arena mojada y a hierba aplastada por sus cuerpos, a jazmín en flor a medianoche, al sempiterno aroma de los limones, a...
A sangre.
Joanna aspiró el olor ferroso de la sangre. La degustó en la garganta y la sintió deslizarse sobre su propia piel.
—¡Alex!
Royce llegó corriendo desde el jardín. Bolkum sostenía a Joanna por los hombros con delicadeza mientras Mulridge revoloteaba alrededor de ellos, atenta y preocupada.
—Sabía que pasaría algo así —confesó la anciana—. Siempre lo ha llevado dentro, pero nunca se había manifestado con tanta fuerza. Necesitaba salir de su encierro y lo ha hecho.
—¿Qué ha pasado? —se interesó Royce, tranquilo, mientras tomaba el revelo de Bolkum para sujetar a su hermana. La miró a los ojos para calmarla con la mirada.
Aún ahogada por aquella terrible conciencia, dijo:
—Es Alex. Está herido, por eso no ha venido; pero está cerca de aquí, estoy segura.
Había contado con Royce durante toda su vida, desde que recordaba, y más aún tras la muerte de sus padres. Y esa vez tampoco la dejó sola. Los últimos restos del sufrimiento de Royce parecieron desvanecerse ante sus ojos. Era lord Royce Hawkforte, heredero de generaciones de hombres y mujeres que habían arriesgado mucho, se habían atrevido a mucho y habían salido siempre gloriosamente victoriosos.
—Lo encontraremos —le aseguró Royce antes de indicar a Bolkum con un gesto que lo siguiera en la noche que acababa.
Mulridge entró en la cocina, y Joanna la siguió sin pensarlo. Tenía algo de tiempo, no sabía cuánto, pero sí que Royce lo lograría, estaba convencida de ello.
—Agua caliente —comentó Mulridge—; eso siempre viene bien. —Colocó una cazuela enorme en el hogar y luego se dirigió a Joanna—: Traiga el arcón.
Y así lo hizo. Lo encontró donde lo había dejado al llegar, en la habitación que sobraba en la casa de Brighton. Se trataba de un baúl muy antiguo, aunque nadie sabía cuánto con exactitud. Estaba tallado en roble y forjado con hierro. La madera estaba ya muy marcada y oscurecida por el paso del tiempo. Aunque los ajustes metálicos estaban algo sueltos, aún servían para mantenerlo en su sitio. Había una historia según la cual el baúl habría sido el regalo entregado a una esposa Hawkforte de parte de una magnífica curandera. La madre de Joanna había conservado en su interior las medicinas y los vendajes. La madre de su padre había hecho lo mismo, y también la de ésta, y así en una cadena nunca quebrada que se perdía en la bruma de los orígenes.
Sólo sentir el peso del baúl en sus brazos resultaba ya reconfortante. Lo llevó a la cocina, donde el vapor del agua hirviendo humeaba ya. Mulridge había puesto unos trapos en la amplia mesa.
—Deprisa —ordenó, y empezó a rasgar trozos de tela.
Antes de que el montón de retales fuera excesivamente voluminoso, la puerta de atrás del jardín se abrió. Royce estaba allí con Bolkum. Entre ambos sostenían el cuerpo grávido de Alex.
Joanna no gritó y mientras corría hacia ellos, se sintió orgullosa de no haberlo hecho.
—Se pondrá bien —la calmó Royce enseguida, mientras él y Bolkum colocaban a Alex en una silla.
Estaba consciente y lo bastante despierto como para mirar a Joanna y mostrar un gesto de dolor. Tenía sangre en la boca y en la ceja que protegía el ojo que cerraba debido a la hinchazón. Aunque aquello no era nada comparado con la mancha carmesí que le empapaba la camisa justo por debajo y hacia la parte izquierda del corazón.
—Fallaron —se jactó mientras la mueca de dolor se tornaba sonrisa.
—¡Maldita sea! —exclamó Joanna mientras le alcanzaba la prenda y, sin mediar palabra, se la arrancaba—. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Has venido caminando!, ¿verdad? ¿Sin cochero, ni carruaje ni nadie? ¿En qué estabas pensando?
—¿En qué me encontraba en la civilizada Inglaterra?
—¡Estúpido! ¡Tonto estúpido!
Le habían clavado un puñal cuya hoja había penetrado entre dos costillas. Unos pocos centímetros de diferencia la habría llevado directa al corazón. Sí, habían fallado, pero por muy poco.
El tiempo se detuvo. No había nada sino la premura por cuidar de él. Joanna no pensó, ni dudó, ni reflexionó. Se dedicó a actuar como había aprendido desde la más tierna infancia, junto a su madre, sin darse cuenta de lo absorta que estaba.
—Tu abuela me enseñó a mí —le había dicho su madre un suave día de primavera hacía ya demasiado tiempo—, como la enseñaron a ella antes.
Ahora no estaba sola. Allí, en la cocina de la casa de Brighton, se sentía como en Hawkforte. Había otras mujeres con ella, hermanas de su alma que la arropaban de cerca. Y todas ellas le transmitían su fuerza cargada de la sabiduría de antaño.
—Lo haces muy bien —reconoció Alex.
Un hombre menor se habría quedado desencajado por el ataque. Alex estaba apenas sorprendido.
—¿Cuántos eran? —quiso saber Royce.
—Creo que seis. Tres de ellos escaparon —explicó, disgustado.
—El guardia encontrará al resto.
—Ya imagino.
No había duda al respecto. Tres cadáveres inexplicables provocarían muchos comentarios de temor. El mensaje sería claramente recibido por aquellos a quienes se les enviaba.
—Joanna tiene razón. Deberías tener más cuidado.
—Lo tendré..., a partir de ahora —accedió. Luego se dirigió a Royce—: Esto parece más grave de lo que pensaba.
—Opino lo mismo. Un ataque directo contra ti lleva a pensar en un cierto grado de desesperación.
—O de intención. Después de todo, nos han visto hablar juntos.
—Espera —interrumpió Joanna—. ¿Estás diciendo que atacar a Alex está relacionado con Ákora? No hay nada que lo demuestre. Podrían haber sido unos simples maleantes.
—Por desgracia, no lo eran —respondió Alex—. Los he reconocido.
Los hermanos Hawkforte lo miraron, sorprendidos.
—¡Ah! ¿Sí? —se extrañó Royce.
Alex asintió.
—Iban vestidos de ingleses, pero luchaban como akoranos —explicó. Luego, se señaló la herida—. Esto está hecho con una hoja akorana.
—Sí, pero... ¿quién? —musitó Joanna.
—Probablemente las mismas personas que me encerraron a mí —se precipitó Royce, antes de mirar a Alex—. ¿Confías en tu hermano?
—Con mi vida.
—Entonces, es otra persona.
Joanna dejó escapar un leve suspiro de alivio al ver que su hermano se había dado cuenta de que sus captores no trabajaban para el vanax, sino que, al contrario, trataban de sabotearlo. Eso, al menos, ya era un avance.
—Tienen recursos —continuó Alex—, los suficientes como para venir hasta aquí, lo que significa que están dispuestos a llevar a cabo su misión.
—En ese caso, volverán a dejarse ver —se aventuró Royce.
Alex endureció la expresión.
—Y cuando lo hagan...
Los dos intercambiaron miradas de comprensión.
—Ya basta —volvió a interrumpir Joanna—. Necesitas descansar —le dijo a Alex con firmeza.
Ni su arrogancia masculina ni el sentido del decoro de su hermano la disuadirían. Alex no se iba a ningún sitio más que a la cama.
—Estoy bien —empezó, aunque, para sorpresa de Joanna, su hermano la apoyó.
—Joanna tiene razón. Todos estamos cansados y tú, además, estás herido. Ya ha amanecido... —Miró por la ventana de la cocina para asegurarse—. Si te ven en este estado, darán rienda suelta a la especulación y puede ser que te relacionen con los tres cadáveres que el guardia va a encontrar, si es que no lo ha hecho ya. Eso constituiría una distracción innecesaria.
A regañadientes, Alex reconoció que aquello tenía sentido y permitió que Royce y Bolkum lo ayudaran a subir las escaleras y lo acomodaran en la habitación de invitados. Mulridge se apresuró a ir tras ellos, retiró las sábanas, ahuecó las almohadas y se aseguró de que el huésped se encontrara lo más cómodo posible.
Joanna se quedó fuera. Pensó que había forzado la tolerancia de su hermano al máximo. Instalar a su amante en casa era una cosa, pero rondar su lecho podría considerarse otra bien distinta. La sonrisa que le dedicó a Royce en cuanto reapareció estaba repleta de agradecimiento.
Él lo vio y abrió los brazos. Joanna se lanzó a su abrazo y se sintió reconfortada. El olor de la sangre había desaparecido para ser sustituido por el frescor de un nuevo amanecer.
* * *