Capítulo 10
UNA vez tomada la decisión, su
resolución debería haber sido firme. No se había repetido a sí
mismo con suficiente claridad el gran peligro en que aún estaba de
caer en la tentación. Dio un paso atrás y se centró en la pared que
Joanna tenía a su espalda. Valdría cualquier cosa que desviara la
viva y atenazadora conciencia de su presencia.
—¿Puede sentir con más intensidad dónde está
Royce?
—Puedo intentarlo. —Joanna sentía aún el
roce de los dedos de Alex sobre una piel extremadamente sensible.
El placer la recorrió de arriba abajo: ligero, tentador, lleno de
deseo—. Necesito concentrarme en un lugar tranquilo, sin que nadie
me moleste.
Joanna confió en que él captaría la
indirecta y se retiraría para que ella pudiera dedicar algo de
tiempo a recomponerse. Sin embargo, Alex no se marchó. Por el
contrario, le sugirió:
—Hay una cámara en palacio que usa a veces
Kassandra cuando busca visiones. A ella le ayuda. Puede ser que le
sirva a usted también.
La curiosidad tentó a Joanna y se sumó a la
necesidad de algo que la ayudara a concentrarse como nunca lo había
hecho. El hijo del molinero había venido a ella de modo tan
sencillo cuando era niña..., y desde entonces no había habido nada
que pudiera traer consigo consecuencias tan graves. No había habido
ocasión de prepararse para lo que seguramente sería el mayor
esfuerzo de su vida.
Podía encontrar periódicos y cintas de medir
con seguridad, pero cuando se trataba de encontrar a su hermano, la
incertidumbre aparecía, amenazante, para sobrecogerla.
—Me gustaría ver esa cámara.
Alex miró alrededor, descubrió la capa azul
oscuro que Saida había traído junto con otro montón de ropa y se la
colocó a Joanna sobre los hombros. Notó que ella se tensaba bajo
sus manos y las retiró de inmediato.
—Por aquí —indicó mientras retiraba la
cortina del arco y esperaba a que ella pasara delante de él.
Joanna avanzó con rapidez sin soltar la
capa, que llevaba cerrada y agarrada a la altura del cuello para
sentir la ficción de que iba oculta, a pesar de que se tratara de
una idea absurda, dado que sabía bien que en aquel momento era más
vulnerable que en toda su vida.
Las altas ventanas horadadas en los muros de
piedra del pasillo privado permitían que entrara suficiente luz
para ver sin dificultad. El pasaje le pareció tan largo como toda
un ala del palacio. Justo al final de todo, casi al límite de la
vista de Joanna, creyó distinguir lo que podía ser la entrada a
otra estancia. Desde luego no había duda de que se trataba de un
arco en la mitad del pasillo. Entre éste y el que daba entrada a
los aposentos de Alex había un espacio un poco más ancho y más alto
de lo que ocuparía un hombre. Conducía a una escalera pequeña y de
caracol. Descendieron por los peldaños hasta llegar a un
descansillo, donde Alex se detuvo un momento para señalar el suelo
de madera.
—Estamos en el nivel del suelo. Más allá hay
un pequeño sendero que lleva a la ciudad.
Luego, tomó un farolillo que había colgado
cerca de la puerta, lo encendió y continuó bajando. Joanna lo
siguió, animada. La espaciosa claridad del lugar le parecía cada
vez más atractiva.
—¿Dónde estamos? —quiso saber al cabo de un
rato. Su voz sonó con eco.
—Cerca de las cavernas que hay debajo del
palacio.
Joanna se fijó en las anchas espaldas de
Alex y trató de no experimentar un escalofrío. También había cuevas
cerca de Hawkforte. A ella y a Royce les habían prohibido acercarse
a ellas, algo que, por supuesto, había garantizado que lo hicieran.
Con todo, habían sido muy sensatos y nunca se habían aventurado
demasiado antes de sentirse invadidos por aquella satisfactoria
sensación de miedo que tanto les gustaba a los niños.
Esto era diferente. Con cada una de las
grandes zancadas que daba Alex, descendían más y más para
adentrarse en la tierra. De hecho, el palacio parecía ya
encontrarse muy lejos. No se oía nada más que sus propias pisadas
en el suelo de piedra. Cuando dejaron de oírse, a Joanna se le hizo
un nudo en la garganta. Se habían acabado las suaves baldosas
colocadas quién sabía cuántos años hacía y, bajo sus pies, no había
ya más que la tierra fría y húmeda que Joanna palpaba a través del
fino cuero de sus sandalias. También percibía la tensión de su
propia respiración mientras solamente el minúsculo círculo de luz
se sobreponía a aquella estigia penumbra que los envolvía.
—De verdad, no creo que...
—Aquí dentro —indicó Alex al mismo tiempo
que agachaba el cuerpo para entrar en una estrecha hendidura
abierta en la pared de la caverna.
Al otro lado había una cámara cuyas
dimensiones resultaban imperceptibles entre las sombras. El aire no
olía a sal como el mar, aunque resultaba familiar, de todas formas:
le recordaba a los manantiales de agua mineral de la ciudad inglesa
de Bath que había visitado hacía cuatro años. Alex recorrió la
estancia hasta llegar a unas lámparas dispuestas en soportes de
hierro forjado que articulaban las paredes, y fue encendiéndolas
una a una. Joanna se quedó boquiabierta cuando aquel espacio se
llenó de luz. Estaba en un lugar del tamaño de una catedral con un
techo elevadísimo y esculpido no por la mano del hombre, sino por
la propia naturaleza. Muy por encima de ella, pendían del techo
unos esbeltos conos en los que había cristales brillantes de tonos
blancos, rosados y verdes suspendidos como si de candelabros
fantásticos se tratara. Del suelo brotaban también conos similares,
de modo que parecían formar naves que llevaban a un saliente de
piedra situado al fondo de la cámara.
Muy despacio, consciente de que le temblaban
las piernas, Joanna se acercó a aquella especie de repisa. De la
roca sobresalía un brillante tan grande que no podría haberlo
cogido con las manos. A la luz de las lámparas, el mineral
desprendía una luz roja tan intensa y palpitante que parecía como
si el mismo corazón de la tierra estuviera allí incrustado.
—¿Qué es eso? —preguntó en voz baja de modo
instintivo. En un lugar así, hablar alto parecía un
sacrilegio.
Alex depositó sobre la repisa la lámpara que
llevaba consigo y respondió, él también, en voz baja:
—Es un rubí.
Joanna se quedó mirándolo, fascinada.
—¿Un rubí? No puede ser; es demasiado
grande. Si fuera un rubí, sería...
—¿El mayor del mundo? Sí, probablemente. Se
han encontrado otros más pequeños en esta cueva y por aquí cerca.
La mayor parte de las piedras preciosas que se encuentran aquí son
diamantes. —Miró a Joanna y casi le entra la risa—. ¿Impresionada?
¿Cómo pensaba que pagábamos nuestros viajes al resto del mundo y lo
que allí adquirimos?
—No..., bueno, supongo que tendría que
haberlo imaginado...
Apesadumbrada por no haberse imaginado algo
tan obvio, Joanna se quedó estupefacta al reflexionar sobre las
implicaciones de lo que acababa de conocer. Ákora no sólo gozaba de
una posición estratégica para controlar el acceso al Mediterráneo,
sino que era también una tierra de riqueza de tal naturaleza que
los hombres serían capaces de muchas cosas por poseerla. Y además
se veía amenazada por un conflicto interno. Si esa información
llegaba a los oídos adecuados, podría provocar de inmediato esa
invasión que Alex estaba dispuesto a impedir.
¿Por qué se lo había contado? ¿Confiaba en
ella de verdad hasta tal punto? Por mucho que deseara creerlo, se
le ocurrió una alternativa mucho más plausible. Quizá no tenía
intención alguna de dejarla marchar de Ákora.
«Te quedarás aquí mucho tiempo.»
No se le pasaría por la cabeza algo así, no
podía permitírselo. Al margen de lo que Kassandra hubiera visto,
aquellas visiones no eran sino una versión de un posible futuro.
Nada estaba escrito.
Nada, salvo que tenía que encontrar a
Royce.
—Kassandra se concentra en el rubí —comentó
Alex.
El rostro de Joanna, enmarcado como estaba
en la capucha de la capa azul, se veía pálido y grave. Unos
mechones de aquel pelo de miel se escaparon para posarse en su tez.
La boca parecía muy tierna. Alex recordó cómo sabían aquellos
labios y hubo de buscar en su interior la capacidad para
controlarse.
¿Por qué le había contado lo de los
diamantes? Por lo que conocía del caso de Kassandra, el rubí podía
serle de ayuda. Hablarle de aquello estaba, por tanto, justificado,
pero lo de los diamantes... Ahora identificaba aquel comentario
como fruto de la jactancia de un adolescente.
—¿Qué es este lugar? —La voz de Joanna sonó
grave en aquella enorme cámara.
—Hace tiempo se empleaba como templo. La
mayor parte de la gente que sobrevivió a la erupción del volcán lo
hizo porque consiguió llegar hasta aquí.
—¿Sigue empleándose para el culto?
—Normalmente no, aunque cuando se elige un
nuevo vanax, su consagración se celebra aquí.
Si bien Joanna tenía una decena de preguntas
en la punta de la lengua, optó por no hacer ninguna, temerosa de
que él contestara y ella hubiera de preguntarse de nuevo por qué lo
había hecho. Era mejor pensar únicamente en aquel momento y en lo
que hacía falta, de modo que, aún con dudas, fijó la vista en el
rubí, sin saber muy bien qué hacer o cómo empezar. Era tan grande y
tan hermoso que parecía haber brotado de la combinación entre la
tierra y el fuego. Qué acertado que siguiera allí, en el lugar en
que se había creado. Alex había dicho que aquello ayudaba a
Kassandra. ¿Cómo? El don de la princesa parecía mucho más potente,
hasta resultar aterrador, mientras que el de Joanna resultaba menor
en comparación. No obstante, el suyo le había servido para
encontrar al hijo del molinero, con lo que lo había arrancado de
las manos de la muerte.
No importaba aquella otra vez en que había
visualizado la furia de una tormenta mientras trataba de saber
dónde habían ido sus padres.
No importaba.
Aun así, si era honesta, debía admitir,
incluso en aquel momento, que había sentido el roce de... algo. Tan
amable, tan tierno que la llenó de un sentimiento de
arrepentimiento que resultaba, al mismo tiempo, feliz. Las escasas
ocasiones en que se permitía pensarlo, se sentía
reconfortada.
«Dios, por favor, no permitas que encuentre
algo así en la búsqueda de Royce.»
El rubí estaría frío. Si lo tocara, no
palparía el fuego y, sin embargo, sabía que estaba allí; estaba
convencida de ello. Se inclinó un poco más para verlo de cerca, y
miró fijamente el interior de la gema.
Alex se encontraba a corta distancia de
Joanna y la observaba. Se alegró de que ella no hubiera pedido
quedarse a solas, pues no lo habría siquiera considerado. No
obstante, tampoco pretendía atosigarla. Como mucho, necesitaba un
pequeño espacio entre ellos para contener lo que frenaba con su
cada vez más irrisorio autocontrol.
Justo entonces, la fugaz expresión que
atravesó el rostro de Joanna casi lo hizo gemir. No quería sino
agarrarla y tenerla entre sus brazos, protegerla de todo lo que
pudiera entristecerla o asustarla.
Sí, eso era todo lo que quería. El repentino
e intenso recuerdo de cómo se había acomodado en él, de aquella
boca carnosa y acogedora, no significaba nada. Como tampoco lo
hacía la tentación de depositarla sobre aquella tierra amable y
tomar lo que con tanta ansiedad anhelaba.
Apretó los puños para combatir el deseo que
sentía de ir hacia ella y se dio la vuelta. Barrió la cueva con la
mirada sin demasiado interés. Su madre lo había llevado allí por
primera vez cuando era aún un niño tan pequeño que casi no guardaba
memoria de aquel momento. Le había dado la mano y le había hablado
con dulzura, como siempre hacía, sobre el pueblo, su pueblo, que
había encontrado aquel lugar. Aquellos relatos arrastraban unas
imágenes que se hacían vivas incluso en aquel momento: hombres y
mujeres reunidos para celebrar la bendición de la Madre Tierra,
apiñados para hurtarse a su ira, aferrados a la vida mientras su
mundo se derrumbaba. Lo vio a través de los ojos de ella, lo
sintió, y visualizó en aquel momento lo que la llegada del guerrero
había significado realmente para Ákora.
Comprendió lo que había implicado para sus
sacerdotisas: sacudidas por lo que parecía el fracaso de su fe, las
había dejado repentinamente apartadas del poder y subyugadas a su
conquistador. Había sido entonces cuando se había decretado la ley:
los guerreros mandan, las mujeres sirven. Sin embargo, el paso de
los siglos y la callada fortaleza de las propias mujeres habían ido
forjando una transformación. Y habrían de venir más cambios —no los
suficientes para algunos, demasiados para otros—, pero cambios a
fin de cuentas. El éxito de su advenimiento dependía de la
confianza que hubiera entre los hombres y las mujeres, en su
respeto mutuo y en su voluntad por trabajar conjuntamente por la
tierra que amaban.
Del mismo modo, él y Joanna podrían trabajar
juntos. En cuanto le vino aquel pensamiento a la cabeza, lo
desechó. Ella era una xenos. Podía limitarse a servirse de la
habilidad que ella mostraba, porque sabía que debía hacerlo, pero
no podía ocurrir nada más.
Allí, de pie, mientras miraba fijamente el
rubí, Joanna parecía tan pequeña, casi frágil. Sorprendido al darse
cuenta de que el recorrido de sus ojos había sido circular y de que
se encontraba ahora mirando a Joanna de nuevo, Alex trató de
desviar la vista y de poner todo su empeño en lograrlo, en lugar de
admitir que, sencillamente, le resultaba imposible. A Joanna se le
había resbalado la capucha y mostraba ahora su hermosa cabellera.
Parecía decidida y libre; pura feminidad. ¿Habrían sido así las
sacerdotisas de antaño? ¿Lo serían aún cuando se reunían para
celebrar los ritos de las mujeres? Era seguro que Kassandra lo
sabía, podía preguntárselo a ella, del mismo modo que podía haberle
pedido que acompañara a Joanna a la cueva en su lugar. No lo había
hecho porque Joanna era..., en fin, era responsabilidad suya. Era
él quien la había traído hasta Ákora. Se ocuparía de ella él
mismo.
Mientras tanto, se preguntó qué estaría
viendo ella.
Aunque Joanna cerró los ojos para calmarse,
sólo encontró temor al sondearse. No había nada, salvo el propio
rubí, la repisa rocosa de la que sobresalía, la pared en que ésta
se apoyaba y sus propias manos apretadas por la frustración. Retiró
mentalmente aquella visión y se obligó a respirar con hondura y con
un ritmo marcado. La paz que buscaba, y que tan desesperadamente
necesitaba, se encontraba en algún sitio que permanecía fuera de su
alcance. Cuanto más lo intentaba, más esquiva se volvía ésta.
Volvió a mirar el rubí y se concentró en él
con tanta voluntad que le pareció que le quemaba la mente. Cuando
volvió a cerrar los ojos, descubrió tras ellos la misma forma
brillante y de color verde. Se trataba de los colores opuestos, tan
difíciles de reconciliar como el deseo que sentía y la obligación a
la que se debía. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se los limpió
con impaciencia y redobló sus esfuerzos.
El tiempo pareció ralentizarse hasta que
Joanna perdió toda noción de que transcurría. Sólo quedaba la lucha
desesperada de su propia voluntad entre el remolino
desestabilizador de las fuerzas opositoras que parecían dispuestas
a reducirla. De repente, notó en la nuca una leve pulsión, cuyas
ondas se extendían y le golpeaban el cráneo, hasta que se le
pinzaron los músculos del cuello y de los hombros. Centímetro a
centímetro, la columna vertebral empezó a vibrar también. Aunque el
dolor se expandía, no podía dejar de intentarlo. Royce estaba
fuera, en algún lugar, y aquel rubí representaba la mejor, si no la
única, esperanza de encontrarlo. No podía rendirse.
A pesar del ambiente frío de la cueva, tenía
la piel sudorosa. Sintió náuseas. Se agarró con fuerza a la repisa
para estabilizarse y notó el ardor de las lágrimas que le corrían
por las mejillas.
—No puedo...
Alguien la cogió confirme y delicada fuerza.
Alex pronunció una maldición en voz baja, apenas perceptible, que,
con todo, llegó a los oídos de Joanna.
Había esperado tanto tiempo, se había
contenido más de diez veces mientras la veía luchar consigo misma.
Tenía que hacer uso de ella, tenía que hacerlo. Joanna era la mejor
forma que tenía para descubrir el paradero de los traidores de los
Atreidas y de Ákora. Al final, sin embargo, no había podido
soportar lo que presenciaba. Fuera cobardía o debilidad, en aquel
momento no había nada que le importara aparte de ella. Estaba
pálida e incluso temblorosa cuando el impulso se sobrepuso a todo
lo demás.
—Está bien —la tranquilizó, deseoso de que
aquellas palabras fueran verdad—; ha hecho todo lo que ha
podido.
—¡No! No es cierto. Dejadme. Tengo
que...
—¿Tiene que qué? —Alex la atrajo en sus
brazos y la miró, recorrió con la vista el brillo intenso de sus
ojos y notó la tensión de su cuerpo. Ni siquiera ahora declinaba—.
¿Tiene que agotarse o ponerse enferma? Ya está cerca de ambas
situaciones. ¿Qué bien le haría eso a Royce? —Tomó aliento para
calmarse, aunque encontró la tranquilidad tan esquiva como la
contención—. Ha sido un error traerla aquí.
—Kassandra usa el rubí.
—Usted no es Kassandra y sus dones son
distintos. Acaso tenga otra forma de lograrlo.
—No soy menos que ella —protestó Joanna con
los ojos clavados en los de él.
Aquellas palabras escondían otras, de miedo
y de ruego: «No desconfíe de mí.»
Alex movió la cabeza para aclararse, si bien
con escaso éxito. Había en todo aquello una niebla de confusión que
lo envolvía todo. ¡Por Dios, cuánto la deseaba!
—¿Qué quiere decir con eso? ¿Menos que ella?
Usted no es ella, y ella no es usted. Encontraremos otra forma de
lograrlo.
—No hay tiempo.
A Joanna se le quebró la voz, y con ella, su
fortaleza. Se derrumbó en el pecho de Alex y sollozó con grandes
convulsiones, y él temió que acabaran con ella. La sostuvo
desesperadamente durante aquella tormenta: la arrulló, le acarició
el cabello al mismo tiempo que se esforzaba por acercarse a
ella.
Al cabo de un rato, el temporal
amainó.
Joanna levantó la cabeza y sorbió con
fuerza. Tenía los ojos rojos e hinchados, y el cuerpo, debilitado.
La voz sonaba ronca y cruda. Se sentía tan avergonzada que no era
capaz de mirar a Alex a los ojos.
—Royce es mi única familia. Es cierto que es
extraño. Aunque siempre ha habido muchos Hawkforte, últimamente
parece que se reduce el número. —Sonrió, o lo intentó, pero a causa
del esfuerzo tembló, y lo dejó por imposible—. Hay primos, lejanos,
en América. Se marcharon allí hace décadas.
Alex le acarició la cabellera y le recogió
la cabeza con ambas manos, con absoluta gratitud porque ella
estuviera calmándose.
—¿A tiempo de ser unos
revolucionarios?
—Sí, claro, lo fueron. Y siguen siéndolo,
supongo. Viven con las peores sospechas hacia Inglaterra; creen que
tramamos su vuelta. No importa. Seguimos siendo familia, aunque sea
lejana.
—La distancia cuenta poco. —Alex dudó,
consciente de las barreras que debía saltar cada vez que le contaba
algo de sí mismo—. Mis padres también están en América.
La táctica había funcionado. Joanna se había
distraído con aquello.
—¿En América? ¿Por qué?
—Por la misma razón por la que yo voy a Gran
Bretaña.
Esa vez Joanna sí lo miró y aquello alivió a
Alex de tal modo que no daba crédito, pues tras la lánguida
desesperanza que traslucían aquellos ojos, él veía la fuerte mujer
que conocía. Seguía ahí, resistiendo, y sólo falta de algo de
descanso. Que lo tomara, eso sí, estaba aún por ver.
—¿Para recabar información? —preguntó.
—Y para adquirir cualquier cosa que resulte
de interés. A mi madre le encanta. Siempre había querido viajar,
igual que Kassandra.
—¿Y su padre? ¿No preferiría ir a
Inglaterra?
—¿Y aparecer en un lugar donde se supone que
ha muerto hace tiempo? No creo —continuó diciendo y, mientras aún
rodeaba a Joanna con el brazo, firmemente, se dirigió hacia la
entrada de la cueva—. Además, disfruta de América. Dice que el
único sitio al que le gustaría que le hubieran arrastrado las aguas
aparte de Ákora es Boston.
Joanna se rió un poco, para su sorpresa. Qué
bueno era que algo pudiera resultar divertido en aquellas
circunstancias. Aunque sabía bien lo que estaba haciendo Alex, no
pudo armarse más que de un sentimiento de rencor silencioso. Había
fracasado y había una oscura nube de desesperanza acechando para
lanzarse sobre ella.
—Debe descansar —le anunció Alex.
Joanna vio que habían abandonado la cueva y
se encontraban a los pies de los escalones que llevaban a sus
aposentos. Entonces, le pareció que se encontraba a más de un
kilómetro de distancia y siempre hacia arriba. Con un suspiro, pisó
el primer peldaño y se quedó atónita al notar que el mundo parecía
alejarse de ella.
—Déjeme en el suelo —emitió en un leve
chillido lo que debía haber sonado como una orden.
Acto seguido, apretó los labios con
decisión, dispuesta a mantenerse callada hasta que pudiera hablar
sin humillarse más.
Alex ascendió con agilidad y soltura, sin
que su respiración se tornara un resuello. Ella no era precisamente
una mujer de la consistencia de un fuego fatuo. Aunque era delgada,
Joanna se sentía pesada. No era esperable que él cargara con ella
con tan poco esfuerzo. No quiso admitir que el tacto de Alex le
había producido un escalofrío.
—¿Tiene frío? —preguntó él.
Joanna negó con la cabeza y empezó a numerar
los escalones. Llegó hasta el cincuenta y cuatro, sin contar con
los que había dejado atrás al principio. Se centró en aquella
información como si tuviera alguna relevancia.
Una vez que hubieron llegado a los aposentos
del príncipe, Joanna se fijó, a través de las amplias ventanas, en
el sol que coronaba prácticamente las cumbres de las montañas de la
isla lejana, de modo que transformaba los borrosos tonos de verde y
azul en un dorado puro. Cerca ya del anochecer, Joanna pensó que
casi había pasado otro día más.
—Debo intentarlo otra vez.
Alex la apretó entre sus brazos.
—Lo hará, pero no ahora. Debe descansar y
comer algo.
La colocó en la cama y se apartó enseguida,
para alivio de Joanna, o eso se dijo a sí misma. Alex cruzó la
habitación a grandes zancadas, tomó el mazo que colgaba del lateral
del gong de bronce batido y lo golpeó con suavidad.
—Saida se ocupará de proporcionarle todo lo
que necesite.
No podía mirarla en aquel momento: ni la
postura agotada pero orgullosa de sus hombros, ni la palidez de su
rostro, ni el oro que se desparramaba sobre su espalda. Estaba muy
cerca; sólo tenía que volver al otro lado de la estancia y
conducirla de nuevo a la cama para que se sentara. Era evidente que
Joanna estaba confusa y asustada. Con algo de persuasión, volvería
a él.
La gélida repugnancia que sintió hacia sí
mismo por aquella idea enfrió la calidez del deseo. Sin mediar
palabra, se dio la vuelta y salió de la estancia.
Saida se dirigió a ella dos veces antes de
que Joanna la oyera. La sirvienta esperaba de pie, con las manos
agarradas y con el rostro contraído por la preocupación.
—¿Señora?
Lentamente, Joanna se libró de la neblina de
miedo y confusión, y miró a la mujer. No tenía conciencia de que
Saida hubiera entrado en la habitación, aunque sí recordaba que
Alex se había marchado.
—¿Qué ocurre?
La sirvienta frunció aún más el ceño y
preguntó:
—¿Estáis bien, señora?
¿Lo estaba? No, no lo creía. Con todo,
admitirlo empeoraría las cosas.
—Estoy bien; sólo algo cansada.
Mulridge habría puesto un puchero y la
habría mirado con los ojos brillantes y una profunda decepción.
Saida, en cambio, se limitó a chasquear la lengua.
—¿Qué tal un baño caliente?
Sin esperar siquiera a que Joanna
respondiera, Saida la ayudó a levantarse y la llevó directamente al
cuarto de baño.
—Iré a pedir algo de comer. Habéis hecho un
largo viaje. Necesita descansar.
—Parece que eso es lo único que hago
—masculló Joanna mientras se dejaba llevar.
La cabeza seguía retumbándole y aún le
dolían todos los músculos del cuerpo. Aunque el agua caliente la
alivio, no logró despojarla de un cansancio y una ansiedad de los
que no podía liberarse.
Joanna se sentó, tal y como le indicaba
Saida, y se dejó vestir con una fina túnica de color blanco. La
comida estaba deliciosa, como siempre: una sopa de gambas con un
toque de pimienta dulce, un pedazo de pan recién horneado y una
ensalada de algas que Joanna se animó a probar por curiosidad.
Aunque se sorprendió por lo rica que estaba, la dejó sin terminar,
como hizo con el resto de la comida. Para cuando se levantó de la
mesa, las montañas situadas al oeste, al otro lado del mar
Interior, parecían ya estar cubiertas por una capa de fuego. Pronto
oscurecería y ya se distinguían algunas estrellas en lo alto del
firmamento. El palacio se había quedado en silencio. A lo lejos, se
oía la dulce melodía de unas gaitas, cuyo sonido se elevaba en la
noche incipiente.
Se sintió invadida por una nostalgia amarga
y punzante. Parpadeó para liberar las lágrimas que se le agolpaban,
furiosa contra sí misma por haber sido tan débil. Desde que había
abandonado Inglaterra no había hecho sino quedarse sentada y dejar
pasar el tiempo. Había fracasado la única vez que lo había
intentado. Y ahora..., ¿qué? ¿Iba a meterse en aquella cama, enorme
y acogedora, porque le dolía el cuerpo? ¿Iba a intentar evadirse a
través del sueño? Su espíritu se rebeló ante la idea de una
retirada tan cobarde. Antes de pensárselo dos veces, se hizo con la
capa azul, se la colocó sobre los hombros y salió de la
habitación.
Aún había luz suficiente para encontrar el
camino que conducía hacia la ciudad desde el pasillo privado, al
menos hasta el descansillo y la puerta que Alex le había señalado
antes. La abrió con cautela hasta sentir la oleada del aire
caliente de la noche, y salió.
Ya se veía la luna. Ayudada por su luz,
Joanna logró distinguir el camino que llevaba hacia la ciudad. En
lugar de seguirlo, se dirigió al patio situado delante del palacio.
A aquella hora estaba casi vacío porque la gente ya se había
marchado a sus casas. Había aún algunos chicos que rastrillaban las
marcas de un día agitado. Sus cuerpos formaban sombras provocadas
por el brillo lunar. Pararon al verla pasar, pero no dijeron
nada.
Joanna caminó sin saber muy bien adonde iba;
lo único que tenía claro era que debía hacer algo. Desde su
llegada, había visto muy poco del palacio, nada que no fuera el ala
de los aposentos privados. Como parecía no haber prohibición alguna
para impedir que la gente paseara por allí, Joanna subió la
escalinata principal. Arriba, unas altas columnas rojas de fustes
acanalados flanqueaban las inmensas puertas de doble hoja, que
probablemente medirían unos seis metros de alto y casi lo mismo de
ancho. Estaban abiertas y daban a una amplia sala. Joanna entró con
cuidado, sin saber qué iba a encontrarse o si resultaba apropiado
que ella estuviera allí. Dado que no apareció nadie para
disuadirla, se dejó llevar por la enorme curiosidad que sentía y se
dedicó a observar a su alrededor.
Las ruinas que había visto en Grecia, si
bien magníficas, no eran nada comparadas con lo que Ákora ofrecía
en realidad. Era obvio que aquello era una sala de audiencias con
capacidad para miles de personas. Aunque el tamaño la hacía
impresionante, no descubrió en ella ninguno de los signos de poder
que esperaba encontrar allí, ni la espléndida exhibición de
riquezas y de potencia militar que se empleaban para sobrecoger y
domeñar. En ese caso, la sala de reuniones parecía diseñada para
resultar acogedora e incluso relajante.
La luna, casi en el cénit, iluminaba la
fuente de donde el agua salía a suaves borbotones bajo el cielo
pintado. Con todo, fueron las siluetas de los muros las que
llamaron la atención de Joanna, que comenzó a avanzar despacio para
contemplar los dibujos. Parecían ilustrar unos ritos que se
celebraban en el campo. En algunos se veía la ciudad de Ilion al
fondo. Aunque no podía comprenderlos del todo, algunos de ellos le
recordaron vagamente a las costumbres antiguas del campo que aún se
conservaban en lugares como Hawkforte. Las primeras semillas del
año todavía se sembraban al son de oraciones murmuradas y las
últimas mazorcas de maíz se convertían en muñecas que se colgaban
de los árboles. Ella no veía mal alguno en aquellas tradiciones y,
de hecho, de no darse, las habría echado en falta.
En esa ocasión le parecía ver más aún: había
hombres que parecían sacerdotes y que guiaban las oraciones del
pueblo y, lo que le resultó más destacable, había mujeres ocupadas
en similares menesteres. Se quedó estudiándolas durante largo rato.
Nunca había visto a una mujer que celebrara servicios religiosos.
¡Qué extraño le resultaba encontrar aquello allí plasmado,
precisamente en la tierra en la que «los guerreros mandan, las
mujeres sirven»!
Con la intención de obtener una panorámica
mejor de los frescos y sin dejar de darle vueltas a aquello, caminó
hasta situarse detrás de una de las muchas columnas que, rodeadas
de parras enroscadas, soportaban el artesonado del enorme salón.
Seguía examinando los murales cuando unas voces interrumpieron su
concentración.
Había dos hombres que conversaban. Uno
parecía invalidar la postura del otro con notable
insistencia.
—Créeme, no podemos esperar mucho más. Los
Atreidas ganan fuerza cada día. Pronto aplastarán a quienquiera que
se les oponga.
El otro hablaba demasiado bajo como para que
Joanna estuviera segura de lo que decía, aunque sonaba como si
presentara algunas objeciones que el primero se apresuraba a
negar.
—¡No puedes estar tan ciego! Sabes lo que el
honorable Alexandros transportaba en su bodega en este viaje.
¿Crees que esos cañones son solamente para
protegernos de los xenos? ¿Crees eso de un hombre que es medio
xenos?
Al oír mencionar el nombre de Alex, Joanna
se adosó a la columna tanto como pudo para esconderse y se atrevió
a asomarse a hurtadillas desde la curva de piedra. En aquel baile
de sombras y rayos de luna, vio a los dos hombres. El más alto de
los dos también parecía mayor. Tenía el pelo canoso, los mofletes
caídos y la frente arrugada como si tuviera el entrecejo
permanentemente fruncido.
—No creo... Quiero decir, no es posible
afirmarlo, pero...
El más joven, que era a su vez de menor
tamaño, movió la cabeza enérgicamente. Tenía unos ojos enormes y
vivos por encima de una nariz afilada. El cuerpo se asemejaba a un
galgo inglés, enjuto y tenso, tanto que incluso cuando estaba
quieto parecía listo para ponerse en movimiento.
—No hay pero que valga. Nos encontramos en
una encrucijada. Si no actuamos ahora, perderemos todo lo que nos
es más preciado.
—Comparto tu preocupación, Deilos —lo
tranquilizó el hombre de mayor edad, algo cansado—, pero una acción
precipitada no nos llevará a nada. Yo aconsejo aplicar la cautela
y...
—¡Cautela!—. El desprecio del joven se hizo
evidente, tanto que él mismo debió de oírlo. En un claro esfuerzo
por controlarse, añadió—: Perdóname, Troizus. Me tomo este asunto
tan a pecho que me cuesta entender las dudas de los demás. No
obstante, desde luego, respeto tu forma de verlo.
«No —sospechó Joanna—, no lo hace.» Gracias
a la sabiduría sencilla y a la sensatez que aporta la vida del
campo, Joanna supo que la seguridad que mostraba el hombre no era
sino un gesto que ni siquiera trataba de parecer sincero. Se guiaba
movido por la arrogancia y, en casi la misma medida, por una
impaciencia feroz.
Hablaron durante un rato más, aunque tan
bajo que Joanna no pudo oír lo que decían. Los observó hasta que
los dos abandonaron la sala y se separaron a la altura de las
columnas rojas para tomar diferentes caminos. Fue entonces cuando
se dio cuenta de lo que acababa de presenciar: Troizus y Deilos,
dos de los consejeros que, según Alex le había contado, se oponían
a los planes del vanax de traer el cambio a Ákora. Uno había sido
más cauto, pero el otro había presionado para que se tomara algún
tipo de medida inmediata. Si hubiera tenido que apostar sobre quién
de los dos acabaría imponiendo su visión, lo habría hecho a favor
del joven, pues mostraba, con diferencia, una voluntad más férrea.
Más aún, sospechaba que con aquella arrogancia y aquella
impaciencia la reticencia del hombre mayor no lo disuadiría, y que
podría incluso actuar por su cuenta.
Sin prestar ya más atención a las glorias
del palacio, Joanna se apresuró a volver a los aposentos de Alex.
Fue parándose en cada habitación para buscarlo, sin éxito. Se
sintió presa de la frustración. Caminó a zancadas hacia las
ventanas de la habitación y miró a la ciudad, bañada por la luz de
la luna. ¿Dónde estaría? La noche anterior había vuelto tan tarde
que ni siquiera la había despertado. Ahora bien, decidida como
estaba a impedir que aquello volviera a ocurrir, no soportó esperar
unas horas para contarle lo que había oído. Deilos planeaba algo,
de eso estaba segura, y dudaba mucho de que la desaprobación de
Troizus fuera a detenerlo. El tiempo podía resultar esencial.
Dirigió la mirada al arco cubierto por las
cortinas y se planteó ir a buscar a Kassandra. Existía la
posibilidad de que la princesa conociera el paradero de Alex,
aunque también la había de que Kassandra no supiera nada sobre
Deilos y el resto de los miembros del Consejo. Joanna no quería
asumir la responsabilidad de contárselo; no, al menos, si había
alguna otra opción.
¿La había? Había intentado encontrar a Royce
desesperadamente y no lo había conseguido. ¿Por qué habría de
confiar en que daría con Alex?
Cierto, pero en cuanto empezó a sondearse
recordó la calidez de su sonrisa, la suave caricia de su voz, su
tacto y su sabor. Aquello no significaba que fuera a tener éxito
esa vez. Estaba más cerca, muy cerca, en... algún lugar próximo al
palacio. Y aunque la necesidad de encontrarlo no era comparable a
la urgencia de vida o muerte que sentía por dar con su hermano,
salvo por aquella fugaz visión que la había asaltado, Royce se
encontraba fuera de su alcance, mientras que Alex...
En alguna región escondida de su mente,
apenas reconocible, algo saltó como si fuera un chispazo; luego
desapareció y resurgió. Brillaba en la oscuridad, relucía,
discurría... Estaba húmedo...
Veía agua, pero de un tipo desconocido para
ella; viva, con una luz que no se proyectaba desde arriba, sino que
estaba enterrada en lo más profundo, como en las propias corrientes
de su mente.
¿Cómo era posible que su imaginación creara
una visión como aquélla? Era seguro que ella nunca había visto algo
así y, sin embargo, ahora casi podía sentirlo.
No, no casi. Sentía el escalofrío gélido que
circulaba como aquella agua luminosa mientras le salpicaba la mano
para transformarle la piel de modo que también emitía luz.
¿Su piel? ¿O la piel de Alex? Piel a piel,
sin saber dónde acababa una y empezaba la otra, deseosa de estar
más cerca aún de él...
Alex se volvió y miró hacia atrás, como si
estuviera confuso, para buscar, en la oscuridad, algo que creía
haber oído, o sentido, y que, sin embargo, no estaba allí.
Joanna dio un grito ahogado para conseguir
respirar. Estaba arrodillada y se aferraba a las colchas de seda
que cubrían la cama mientras sentía las convulsiones en su
interior. Contra todo pronóstico, había encontrado a Alex. Lo único
que le impedía saber dónde se hallaba exactamente era su propia
ignorancia sobre Ilion. ¿Dónde estaría aquel lugar? ¿Cómo era
posible que tratara de encontrar a un hombre que apenas dos semanas
antes no era más que un desconocido para ella, y lo consiguiera,
cuando ni siquiera lograba dar con su propio hermano?
Aunque trató de ignorar aquella pregunta,
siguió fustigándose con ella. No contaba ni con el tiempo ni con la
energía para cavilar sobre asuntos como aquél. Rápidamente se
irguió y se acercó, algo inestable, hasta el gong. El mazo vibró
ligeramente al golpear el metal batido.
* * *