Capítulo 10

 

UNA vez tomada la decisión, su resolución debería haber sido firme. No se había repetido a sí mismo con suficiente claridad el gran peligro en que aún estaba de caer en la tentación. Dio un paso atrás y se centró en la pared que Joanna tenía a su espalda. Valdría cualquier cosa que desviara la viva y atenazadora conciencia de su presencia.
—¿Puede sentir con más intensidad dónde está Royce?
—Puedo intentarlo. —Joanna sentía aún el roce de los dedos de Alex sobre una piel extremadamente sensible. El placer la recorrió de arriba abajo: ligero, tentador, lleno de deseo—. Necesito concentrarme en un lugar tranquilo, sin que nadie me moleste.
Joanna confió en que él captaría la indirecta y se retiraría para que ella pudiera dedicar algo de tiempo a recomponerse. Sin embargo, Alex no se marchó. Por el contrario, le sugirió:
—Hay una cámara en palacio que usa a veces Kassandra cuando busca visiones. A ella le ayuda. Puede ser que le sirva a usted también.
La curiosidad tentó a Joanna y se sumó a la necesidad de algo que la ayudara a concentrarse como nunca lo había hecho. El hijo del molinero había venido a ella de modo tan sencillo cuando era niña..., y desde entonces no había habido nada que pudiera traer consigo consecuencias tan graves. No había habido ocasión de prepararse para lo que seguramente sería el mayor esfuerzo de su vida.
Podía encontrar periódicos y cintas de medir con seguridad, pero cuando se trataba de encontrar a su hermano, la incertidumbre aparecía, amenazante, para sobrecogerla.
—Me gustaría ver esa cámara.
Alex miró alrededor, descubrió la capa azul oscuro que Saida había traído junto con otro montón de ropa y se la colocó a Joanna sobre los hombros. Notó que ella se tensaba bajo sus manos y las retiró de inmediato.
—Por aquí —indicó mientras retiraba la cortina del arco y esperaba a que ella pasara delante de él.
Joanna avanzó con rapidez sin soltar la capa, que llevaba cerrada y agarrada a la altura del cuello para sentir la ficción de que iba oculta, a pesar de que se tratara de una idea absurda, dado que sabía bien que en aquel momento era más vulnerable que en toda su vida.
Las altas ventanas horadadas en los muros de piedra del pasillo privado permitían que entrara suficiente luz para ver sin dificultad. El pasaje le pareció tan largo como toda un ala del palacio. Justo al final de todo, casi al límite de la vista de Joanna, creyó distinguir lo que podía ser la entrada a otra estancia. Desde luego no había duda de que se trataba de un arco en la mitad del pasillo. Entre éste y el que daba entrada a los aposentos de Alex había un espacio un poco más ancho y más alto de lo que ocuparía un hombre. Conducía a una escalera pequeña y de caracol. Descendieron por los peldaños hasta llegar a un descansillo, donde Alex se detuvo un momento para señalar el suelo de madera.
—Estamos en el nivel del suelo. Más allá hay un pequeño sendero que lleva a la ciudad.
Luego, tomó un farolillo que había colgado cerca de la puerta, lo encendió y continuó bajando. Joanna lo siguió, animada. La espaciosa claridad del lugar le parecía cada vez más atractiva.
—¿Dónde estamos? —quiso saber al cabo de un rato. Su voz sonó con eco.
—Cerca de las cavernas que hay debajo del palacio.
Joanna se fijó en las anchas espaldas de Alex y trató de no experimentar un escalofrío. También había cuevas cerca de Hawkforte. A ella y a Royce les habían prohibido acercarse a ellas, algo que, por supuesto, había garantizado que lo hicieran. Con todo, habían sido muy sensatos y nunca se habían aventurado demasiado antes de sentirse invadidos por aquella satisfactoria sensación de miedo que tanto les gustaba a los niños.
Esto era diferente. Con cada una de las grandes zancadas que daba Alex, descendían más y más para adentrarse en la tierra. De hecho, el palacio parecía ya encontrarse muy lejos. No se oía nada más que sus propias pisadas en el suelo de piedra. Cuando dejaron de oírse, a Joanna se le hizo un nudo en la garganta. Se habían acabado las suaves baldosas colocadas quién sabía cuántos años hacía y, bajo sus pies, no había ya más que la tierra fría y húmeda que Joanna palpaba a través del fino cuero de sus sandalias. También percibía la tensión de su propia respiración mientras solamente el minúsculo círculo de luz se sobreponía a aquella estigia penumbra que los envolvía.
—De verdad, no creo que...
—Aquí dentro —indicó Alex al mismo tiempo que agachaba el cuerpo para entrar en una estrecha hendidura abierta en la pared de la caverna.
Al otro lado había una cámara cuyas dimensiones resultaban imperceptibles entre las sombras. El aire no olía a sal como el mar, aunque resultaba familiar, de todas formas: le recordaba a los manantiales de agua mineral de la ciudad inglesa de Bath que había visitado hacía cuatro años. Alex recorrió la estancia hasta llegar a unas lámparas dispuestas en soportes de hierro forjado que articulaban las paredes, y fue encendiéndolas una a una. Joanna se quedó boquiabierta cuando aquel espacio se llenó de luz. Estaba en un lugar del tamaño de una catedral con un techo elevadísimo y esculpido no por la mano del hombre, sino por la propia naturaleza. Muy por encima de ella, pendían del techo unos esbeltos conos en los que había cristales brillantes de tonos blancos, rosados y verdes suspendidos como si de candelabros fantásticos se tratara. Del suelo brotaban también conos similares, de modo que parecían formar naves que llevaban a un saliente de piedra situado al fondo de la cámara.
Muy despacio, consciente de que le temblaban las piernas, Joanna se acercó a aquella especie de repisa. De la roca sobresalía un brillante tan grande que no podría haberlo cogido con las manos. A la luz de las lámparas, el mineral desprendía una luz roja tan intensa y palpitante que parecía como si el mismo corazón de la tierra estuviera allí incrustado.
—¿Qué es eso? —preguntó en voz baja de modo instintivo. En un lugar así, hablar alto parecía un sacrilegio.
Alex depositó sobre la repisa la lámpara que llevaba consigo y respondió, él también, en voz baja:
—Es un rubí.
Joanna se quedó mirándolo, fascinada.
—¿Un rubí? No puede ser; es demasiado grande. Si fuera un rubí, sería...
—¿El mayor del mundo? Sí, probablemente. Se han encontrado otros más pequeños en esta cueva y por aquí cerca. La mayor parte de las piedras preciosas que se encuentran aquí son diamantes. —Miró a Joanna y casi le entra la risa—. ¿Impresionada? ¿Cómo pensaba que pagábamos nuestros viajes al resto del mundo y lo que allí adquirimos?
—No..., bueno, supongo que tendría que haberlo imaginado...
Apesadumbrada por no haberse imaginado algo tan obvio, Joanna se quedó estupefacta al reflexionar sobre las implicaciones de lo que acababa de conocer. Ákora no sólo gozaba de una posición estratégica para controlar el acceso al Mediterráneo, sino que era también una tierra de riqueza de tal naturaleza que los hombres serían capaces de muchas cosas por poseerla. Y además se veía amenazada por un conflicto interno. Si esa información llegaba a los oídos adecuados, podría provocar de inmediato esa invasión que Alex estaba dispuesto a impedir.
¿Por qué se lo había contado? ¿Confiaba en ella de verdad hasta tal punto? Por mucho que deseara creerlo, se le ocurrió una alternativa mucho más plausible. Quizá no tenía intención alguna de dejarla marchar de Ákora.
«Te quedarás aquí mucho tiempo.»
No se le pasaría por la cabeza algo así, no podía permitírselo. Al margen de lo que Kassandra hubiera visto, aquellas visiones no eran sino una versión de un posible futuro. Nada estaba escrito.
Nada, salvo que tenía que encontrar a Royce.
—Kassandra se concentra en el rubí —comentó Alex.
El rostro de Joanna, enmarcado como estaba en la capucha de la capa azul, se veía pálido y grave. Unos mechones de aquel pelo de miel se escaparon para posarse en su tez. La boca parecía muy tierna. Alex recordó cómo sabían aquellos labios y hubo de buscar en su interior la capacidad para controlarse.
¿Por qué le había contado lo de los diamantes? Por lo que conocía del caso de Kassandra, el rubí podía serle de ayuda. Hablarle de aquello estaba, por tanto, justificado, pero lo de los diamantes... Ahora identificaba aquel comentario como fruto de la jactancia de un adolescente.
—¿Qué es este lugar? —La voz de Joanna sonó grave en aquella enorme cámara.
—Hace tiempo se empleaba como templo. La mayor parte de la gente que sobrevivió a la erupción del volcán lo hizo porque consiguió llegar hasta aquí.
—¿Sigue empleándose para el culto?
—Normalmente no, aunque cuando se elige un nuevo vanax, su consagración se celebra aquí.
Si bien Joanna tenía una decena de preguntas en la punta de la lengua, optó por no hacer ninguna, temerosa de que él contestara y ella hubiera de preguntarse de nuevo por qué lo había hecho. Era mejor pensar únicamente en aquel momento y en lo que hacía falta, de modo que, aún con dudas, fijó la vista en el rubí, sin saber muy bien qué hacer o cómo empezar. Era tan grande y tan hermoso que parecía haber brotado de la combinación entre la tierra y el fuego. Qué acertado que siguiera allí, en el lugar en que se había creado. Alex había dicho que aquello ayudaba a Kassandra. ¿Cómo? El don de la princesa parecía mucho más potente, hasta resultar aterrador, mientras que el de Joanna resultaba menor en comparación. No obstante, el suyo le había servido para encontrar al hijo del molinero, con lo que lo había arrancado de las manos de la muerte.
No importaba aquella otra vez en que había visualizado la furia de una tormenta mientras trataba de saber dónde habían ido sus padres.
No importaba.
Aun así, si era honesta, debía admitir, incluso en aquel momento, que había sentido el roce de... algo. Tan amable, tan tierno que la llenó de un sentimiento de arrepentimiento que resultaba, al mismo tiempo, feliz. Las escasas ocasiones en que se permitía pensarlo, se sentía reconfortada.
«Dios, por favor, no permitas que encuentre algo así en la búsqueda de Royce.»
El rubí estaría frío. Si lo tocara, no palparía el fuego y, sin embargo, sabía que estaba allí; estaba convencida de ello. Se inclinó un poco más para verlo de cerca, y miró fijamente el interior de la gema.
Alex se encontraba a corta distancia de Joanna y la observaba. Se alegró de que ella no hubiera pedido quedarse a solas, pues no lo habría siquiera considerado. No obstante, tampoco pretendía atosigarla. Como mucho, necesitaba un pequeño espacio entre ellos para contener lo que frenaba con su cada vez más irrisorio autocontrol.
Justo entonces, la fugaz expresión que atravesó el rostro de Joanna casi lo hizo gemir. No quería sino agarrarla y tenerla entre sus brazos, protegerla de todo lo que pudiera entristecerla o asustarla.
Sí, eso era todo lo que quería. El repentino e intenso recuerdo de cómo se había acomodado en él, de aquella boca carnosa y acogedora, no significaba nada. Como tampoco lo hacía la tentación de depositarla sobre aquella tierra amable y tomar lo que con tanta ansiedad anhelaba.
Apretó los puños para combatir el deseo que sentía de ir hacia ella y se dio la vuelta. Barrió la cueva con la mirada sin demasiado interés. Su madre lo había llevado allí por primera vez cuando era aún un niño tan pequeño que casi no guardaba memoria de aquel momento. Le había dado la mano y le había hablado con dulzura, como siempre hacía, sobre el pueblo, su pueblo, que había encontrado aquel lugar. Aquellos relatos arrastraban unas imágenes que se hacían vivas incluso en aquel momento: hombres y mujeres reunidos para celebrar la bendición de la Madre Tierra, apiñados para hurtarse a su ira, aferrados a la vida mientras su mundo se derrumbaba. Lo vio a través de los ojos de ella, lo sintió, y visualizó en aquel momento lo que la llegada del guerrero había significado realmente para Ákora.
Comprendió lo que había implicado para sus sacerdotisas: sacudidas por lo que parecía el fracaso de su fe, las había dejado repentinamente apartadas del poder y subyugadas a su conquistador. Había sido entonces cuando se había decretado la ley: los guerreros mandan, las mujeres sirven. Sin embargo, el paso de los siglos y la callada fortaleza de las propias mujeres habían ido forjando una transformación. Y habrían de venir más cambios —no los suficientes para algunos, demasiados para otros—, pero cambios a fin de cuentas. El éxito de su advenimiento dependía de la confianza que hubiera entre los hombres y las mujeres, en su respeto mutuo y en su voluntad por trabajar conjuntamente por la tierra que amaban.
Del mismo modo, él y Joanna podrían trabajar juntos. En cuanto le vino aquel pensamiento a la cabeza, lo desechó. Ella era una xenos. Podía limitarse a servirse de la habilidad que ella mostraba, porque sabía que debía hacerlo, pero no podía ocurrir nada más.
Allí, de pie, mientras miraba fijamente el rubí, Joanna parecía tan pequeña, casi frágil. Sorprendido al darse cuenta de que el recorrido de sus ojos había sido circular y de que se encontraba ahora mirando a Joanna de nuevo, Alex trató de desviar la vista y de poner todo su empeño en lograrlo, en lugar de admitir que, sencillamente, le resultaba imposible. A Joanna se le había resbalado la capucha y mostraba ahora su hermosa cabellera. Parecía decidida y libre; pura feminidad. ¿Habrían sido así las sacerdotisas de antaño? ¿Lo serían aún cuando se reunían para celebrar los ritos de las mujeres? Era seguro que Kassandra lo sabía, podía preguntárselo a ella, del mismo modo que podía haberle pedido que acompañara a Joanna a la cueva en su lugar. No lo había hecho porque Joanna era..., en fin, era responsabilidad suya. Era él quien la había traído hasta Ákora. Se ocuparía de ella él mismo.
Mientras tanto, se preguntó qué estaría viendo ella.
Aunque Joanna cerró los ojos para calmarse, sólo encontró temor al sondearse. No había nada, salvo el propio rubí, la repisa rocosa de la que sobresalía, la pared en que ésta se apoyaba y sus propias manos apretadas por la frustración. Retiró mentalmente aquella visión y se obligó a respirar con hondura y con un ritmo marcado. La paz que buscaba, y que tan desesperadamente necesitaba, se encontraba en algún sitio que permanecía fuera de su alcance. Cuanto más lo intentaba, más esquiva se volvía ésta.
Volvió a mirar el rubí y se concentró en él con tanta voluntad que le pareció que le quemaba la mente. Cuando volvió a cerrar los ojos, descubrió tras ellos la misma forma brillante y de color verde. Se trataba de los colores opuestos, tan difíciles de reconciliar como el deseo que sentía y la obligación a la que se debía. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se los limpió con impaciencia y redobló sus esfuerzos.
El tiempo pareció ralentizarse hasta que Joanna perdió toda noción de que transcurría. Sólo quedaba la lucha desesperada de su propia voluntad entre el remolino desestabilizador de las fuerzas opositoras que parecían dispuestas a reducirla. De repente, notó en la nuca una leve pulsión, cuyas ondas se extendían y le golpeaban el cráneo, hasta que se le pinzaron los músculos del cuello y de los hombros. Centímetro a centímetro, la columna vertebral empezó a vibrar también. Aunque el dolor se expandía, no podía dejar de intentarlo. Royce estaba fuera, en algún lugar, y aquel rubí representaba la mejor, si no la única, esperanza de encontrarlo. No podía rendirse.
A pesar del ambiente frío de la cueva, tenía la piel sudorosa. Sintió náuseas. Se agarró con fuerza a la repisa para estabilizarse y notó el ardor de las lágrimas que le corrían por las mejillas.
—No puedo...
Alguien la cogió confirme y delicada fuerza. Alex pronunció una maldición en voz baja, apenas perceptible, que, con todo, llegó a los oídos de Joanna.
Había esperado tanto tiempo, se había contenido más de diez veces mientras la veía luchar consigo misma. Tenía que hacer uso de ella, tenía que hacerlo. Joanna era la mejor forma que tenía para descubrir el paradero de los traidores de los Atreidas y de Ákora. Al final, sin embargo, no había podido soportar lo que presenciaba. Fuera cobardía o debilidad, en aquel momento no había nada que le importara aparte de ella. Estaba pálida e incluso temblorosa cuando el impulso se sobrepuso a todo lo demás.
—Está bien —la tranquilizó, deseoso de que aquellas palabras fueran verdad—; ha hecho todo lo que ha podido.
—¡No! No es cierto. Dejadme. Tengo que...
—¿Tiene que qué? —Alex la atrajo en sus brazos y la miró, recorrió con la vista el brillo intenso de sus ojos y notó la tensión de su cuerpo. Ni siquiera ahora declinaba—. ¿Tiene que agotarse o ponerse enferma? Ya está cerca de ambas situaciones. ¿Qué bien le haría eso a Royce? —Tomó aliento para calmarse, aunque encontró la tranquilidad tan esquiva como la contención—. Ha sido un error traerla aquí.
—Kassandra usa el rubí.
—Usted no es Kassandra y sus dones son distintos. Acaso tenga otra forma de lograrlo.
—No soy menos que ella —protestó Joanna con los ojos clavados en los de él.
Aquellas palabras escondían otras, de miedo y de ruego: «No desconfíe de mí.»
Alex movió la cabeza para aclararse, si bien con escaso éxito. Había en todo aquello una niebla de confusión que lo envolvía todo. ¡Por Dios, cuánto la deseaba!
—¿Qué quiere decir con eso? ¿Menos que ella? Usted no es ella, y ella no es usted. Encontraremos otra forma de lograrlo.
—No hay tiempo.
A Joanna se le quebró la voz, y con ella, su fortaleza. Se derrumbó en el pecho de Alex y sollozó con grandes convulsiones, y él temió que acabaran con ella. La sostuvo desesperadamente durante aquella tormenta: la arrulló, le acarició el cabello al mismo tiempo que se esforzaba por acercarse a ella.
Al cabo de un rato, el temporal amainó.
Joanna levantó la cabeza y sorbió con fuerza. Tenía los ojos rojos e hinchados, y el cuerpo, debilitado. La voz sonaba ronca y cruda. Se sentía tan avergonzada que no era capaz de mirar a Alex a los ojos.
—Royce es mi única familia. Es cierto que es extraño. Aunque siempre ha habido muchos Hawkforte, últimamente parece que se reduce el número. —Sonrió, o lo intentó, pero a causa del esfuerzo tembló, y lo dejó por imposible—. Hay primos, lejanos, en América. Se marcharon allí hace décadas.
Alex le acarició la cabellera y le recogió la cabeza con ambas manos, con absoluta gratitud porque ella estuviera calmándose.
—¿A tiempo de ser unos revolucionarios?
—Sí, claro, lo fueron. Y siguen siéndolo, supongo. Viven con las peores sospechas hacia Inglaterra; creen que tramamos su vuelta. No importa. Seguimos siendo familia, aunque sea lejana.
—La distancia cuenta poco. —Alex dudó, consciente de las barreras que debía saltar cada vez que le contaba algo de sí mismo—. Mis padres también están en América.
La táctica había funcionado. Joanna se había distraído con aquello.
—¿En América? ¿Por qué?
—Por la misma razón por la que yo voy a Gran Bretaña.
Esa vez Joanna sí lo miró y aquello alivió a Alex de tal modo que no daba crédito, pues tras la lánguida desesperanza que traslucían aquellos ojos, él veía la fuerte mujer que conocía. Seguía ahí, resistiendo, y sólo falta de algo de descanso. Que lo tomara, eso sí, estaba aún por ver.
—¿Para recabar información? —preguntó.
—Y para adquirir cualquier cosa que resulte de interés. A mi madre le encanta. Siempre había querido viajar, igual que Kassandra.
—¿Y su padre? ¿No preferiría ir a Inglaterra?
—¿Y aparecer en un lugar donde se supone que ha muerto hace tiempo? No creo —continuó diciendo y, mientras aún rodeaba a Joanna con el brazo, firmemente, se dirigió hacia la entrada de la cueva—. Además, disfruta de América. Dice que el único sitio al que le gustaría que le hubieran arrastrado las aguas aparte de Ákora es Boston.
Joanna se rió un poco, para su sorpresa. Qué bueno era que algo pudiera resultar divertido en aquellas circunstancias. Aunque sabía bien lo que estaba haciendo Alex, no pudo armarse más que de un sentimiento de rencor silencioso. Había fracasado y había una oscura nube de desesperanza acechando para lanzarse sobre ella.
—Debe descansar —le anunció Alex.
Joanna vio que habían abandonado la cueva y se encontraban a los pies de los escalones que llevaban a sus aposentos. Entonces, le pareció que se encontraba a más de un kilómetro de distancia y siempre hacia arriba. Con un suspiro, pisó el primer peldaño y se quedó atónita al notar que el mundo parecía alejarse de ella.
—Déjeme en el suelo —emitió en un leve chillido lo que debía haber sonado como una orden.
Acto seguido, apretó los labios con decisión, dispuesta a mantenerse callada hasta que pudiera hablar sin humillarse más.
Alex ascendió con agilidad y soltura, sin que su respiración se tornara un resuello. Ella no era precisamente una mujer de la consistencia de un fuego fatuo. Aunque era delgada, Joanna se sentía pesada. No era esperable que él cargara con ella con tan poco esfuerzo. No quiso admitir que el tacto de Alex le había producido un escalofrío.
—¿Tiene frío? —preguntó él.
Joanna negó con la cabeza y empezó a numerar los escalones. Llegó hasta el cincuenta y cuatro, sin contar con los que había dejado atrás al principio. Se centró en aquella información como si tuviera alguna relevancia.
Una vez que hubieron llegado a los aposentos del príncipe, Joanna se fijó, a través de las amplias ventanas, en el sol que coronaba prácticamente las cumbres de las montañas de la isla lejana, de modo que transformaba los borrosos tonos de verde y azul en un dorado puro. Cerca ya del anochecer, Joanna pensó que casi había pasado otro día más.
—Debo intentarlo otra vez.
Alex la apretó entre sus brazos.
—Lo hará, pero no ahora. Debe descansar y comer algo.
La colocó en la cama y se apartó enseguida, para alivio de Joanna, o eso se dijo a sí misma. Alex cruzó la habitación a grandes zancadas, tomó el mazo que colgaba del lateral del gong de bronce batido y lo golpeó con suavidad.
—Saida se ocupará de proporcionarle todo lo que necesite.
No podía mirarla en aquel momento: ni la postura agotada pero orgullosa de sus hombros, ni la palidez de su rostro, ni el oro que se desparramaba sobre su espalda. Estaba muy cerca; sólo tenía que volver al otro lado de la estancia y conducirla de nuevo a la cama para que se sentara. Era evidente que Joanna estaba confusa y asustada. Con algo de persuasión, volvería a él.
La gélida repugnancia que sintió hacia sí mismo por aquella idea enfrió la calidez del deseo. Sin mediar palabra, se dio la vuelta y salió de la estancia.

 

 

 

Saida se dirigió a ella dos veces antes de que Joanna la oyera. La sirvienta esperaba de pie, con las manos agarradas y con el rostro contraído por la preocupación.
—¿Señora?
Lentamente, Joanna se libró de la neblina de miedo y confusión, y miró a la mujer. No tenía conciencia de que Saida hubiera entrado en la habitación, aunque sí recordaba que Alex se había marchado.
—¿Qué ocurre?
La sirvienta frunció aún más el ceño y preguntó:
—¿Estáis bien, señora?
¿Lo estaba? No, no lo creía. Con todo, admitirlo empeoraría las cosas.
—Estoy bien; sólo algo cansada.
Mulridge habría puesto un puchero y la habría mirado con los ojos brillantes y una profunda decepción. Saida, en cambio, se limitó a chasquear la lengua.
—¿Qué tal un baño caliente?
Sin esperar siquiera a que Joanna respondiera, Saida la ayudó a levantarse y la llevó directamente al cuarto de baño.
—Iré a pedir algo de comer. Habéis hecho un largo viaje. Necesita descansar.
—Parece que eso es lo único que hago —masculló Joanna mientras se dejaba llevar.
La cabeza seguía retumbándole y aún le dolían todos los músculos del cuerpo. Aunque el agua caliente la alivio, no logró despojarla de un cansancio y una ansiedad de los que no podía liberarse.
Joanna se sentó, tal y como le indicaba Saida, y se dejó vestir con una fina túnica de color blanco. La comida estaba deliciosa, como siempre: una sopa de gambas con un toque de pimienta dulce, un pedazo de pan recién horneado y una ensalada de algas que Joanna se animó a probar por curiosidad. Aunque se sorprendió por lo rica que estaba, la dejó sin terminar, como hizo con el resto de la comida. Para cuando se levantó de la mesa, las montañas situadas al oeste, al otro lado del mar Interior, parecían ya estar cubiertas por una capa de fuego. Pronto oscurecería y ya se distinguían algunas estrellas en lo alto del firmamento. El palacio se había quedado en silencio. A lo lejos, se oía la dulce melodía de unas gaitas, cuyo sonido se elevaba en la noche incipiente.
Se sintió invadida por una nostalgia amarga y punzante. Parpadeó para liberar las lágrimas que se le agolpaban, furiosa contra sí misma por haber sido tan débil. Desde que había abandonado Inglaterra no había hecho sino quedarse sentada y dejar pasar el tiempo. Había fracasado la única vez que lo había intentado. Y ahora..., ¿qué? ¿Iba a meterse en aquella cama, enorme y acogedora, porque le dolía el cuerpo? ¿Iba a intentar evadirse a través del sueño? Su espíritu se rebeló ante la idea de una retirada tan cobarde. Antes de pensárselo dos veces, se hizo con la capa azul, se la colocó sobre los hombros y salió de la habitación.
Aún había luz suficiente para encontrar el camino que conducía hacia la ciudad desde el pasillo privado, al menos hasta el descansillo y la puerta que Alex le había señalado antes. La abrió con cautela hasta sentir la oleada del aire caliente de la noche, y salió.
Ya se veía la luna. Ayudada por su luz, Joanna logró distinguir el camino que llevaba hacia la ciudad. En lugar de seguirlo, se dirigió al patio situado delante del palacio. A aquella hora estaba casi vacío porque la gente ya se había marchado a sus casas. Había aún algunos chicos que rastrillaban las marcas de un día agitado. Sus cuerpos formaban sombras provocadas por el brillo lunar. Pararon al verla pasar, pero no dijeron nada.
Joanna caminó sin saber muy bien adonde iba; lo único que tenía claro era que debía hacer algo. Desde su llegada, había visto muy poco del palacio, nada que no fuera el ala de los aposentos privados. Como parecía no haber prohibición alguna para impedir que la gente paseara por allí, Joanna subió la escalinata principal. Arriba, unas altas columnas rojas de fustes acanalados flanqueaban las inmensas puertas de doble hoja, que probablemente medirían unos seis metros de alto y casi lo mismo de ancho. Estaban abiertas y daban a una amplia sala. Joanna entró con cuidado, sin saber qué iba a encontrarse o si resultaba apropiado que ella estuviera allí. Dado que no apareció nadie para disuadirla, se dejó llevar por la enorme curiosidad que sentía y se dedicó a observar a su alrededor.
Las ruinas que había visto en Grecia, si bien magníficas, no eran nada comparadas con lo que Ákora ofrecía en realidad. Era obvio que aquello era una sala de audiencias con capacidad para miles de personas. Aunque el tamaño la hacía impresionante, no descubrió en ella ninguno de los signos de poder que esperaba encontrar allí, ni la espléndida exhibición de riquezas y de potencia militar que se empleaban para sobrecoger y domeñar. En ese caso, la sala de reuniones parecía diseñada para resultar acogedora e incluso relajante.
La luna, casi en el cénit, iluminaba la fuente de donde el agua salía a suaves borbotones bajo el cielo pintado. Con todo, fueron las siluetas de los muros las que llamaron la atención de Joanna, que comenzó a avanzar despacio para contemplar los dibujos. Parecían ilustrar unos ritos que se celebraban en el campo. En algunos se veía la ciudad de Ilion al fondo. Aunque no podía comprenderlos del todo, algunos de ellos le recordaron vagamente a las costumbres antiguas del campo que aún se conservaban en lugares como Hawkforte. Las primeras semillas del año todavía se sembraban al son de oraciones murmuradas y las últimas mazorcas de maíz se convertían en muñecas que se colgaban de los árboles. Ella no veía mal alguno en aquellas tradiciones y, de hecho, de no darse, las habría echado en falta.
En esa ocasión le parecía ver más aún: había hombres que parecían sacerdotes y que guiaban las oraciones del pueblo y, lo que le resultó más destacable, había mujeres ocupadas en similares menesteres. Se quedó estudiándolas durante largo rato. Nunca había visto a una mujer que celebrara servicios religiosos. ¡Qué extraño le resultaba encontrar aquello allí plasmado, precisamente en la tierra en la que «los guerreros mandan, las mujeres sirven»!
Con la intención de obtener una panorámica mejor de los frescos y sin dejar de darle vueltas a aquello, caminó hasta situarse detrás de una de las muchas columnas que, rodeadas de parras enroscadas, soportaban el artesonado del enorme salón. Seguía examinando los murales cuando unas voces interrumpieron su concentración.
Había dos hombres que conversaban. Uno parecía invalidar la postura del otro con notable insistencia.
—Créeme, no podemos esperar mucho más. Los Atreidas ganan fuerza cada día. Pronto aplastarán a quienquiera que se les oponga.
El otro hablaba demasiado bajo como para que Joanna estuviera segura de lo que decía, aunque sonaba como si presentara algunas objeciones que el primero se apresuraba a negar.
—¡No puedes estar tan ciego! Sabes lo que el honorable Alexandros transportaba en su bodega en este viaje.
¿Crees que esos cañones son solamente para protegernos de los xenos? ¿Crees eso de un hombre que es medio xenos?
Al oír mencionar el nombre de Alex, Joanna se adosó a la columna tanto como pudo para esconderse y se atrevió a asomarse a hurtadillas desde la curva de piedra. En aquel baile de sombras y rayos de luna, vio a los dos hombres. El más alto de los dos también parecía mayor. Tenía el pelo canoso, los mofletes caídos y la frente arrugada como si tuviera el entrecejo permanentemente fruncido.
—No creo... Quiero decir, no es posible afirmarlo, pero...
El más joven, que era a su vez de menor tamaño, movió la cabeza enérgicamente. Tenía unos ojos enormes y vivos por encima de una nariz afilada. El cuerpo se asemejaba a un galgo inglés, enjuto y tenso, tanto que incluso cuando estaba quieto parecía listo para ponerse en movimiento.
—No hay pero que valga. Nos encontramos en una encrucijada. Si no actuamos ahora, perderemos todo lo que nos es más preciado.
—Comparto tu preocupación, Deilos —lo tranquilizó el hombre de mayor edad, algo cansado—, pero una acción precipitada no nos llevará a nada. Yo aconsejo aplicar la cautela y...
—¡Cautela!—. El desprecio del joven se hizo evidente, tanto que él mismo debió de oírlo. En un claro esfuerzo por controlarse, añadió—: Perdóname, Troizus. Me tomo este asunto tan a pecho que me cuesta entender las dudas de los demás. No obstante, desde luego, respeto tu forma de verlo.
«No —sospechó Joanna—, no lo hace.» Gracias a la sabiduría sencilla y a la sensatez que aporta la vida del campo, Joanna supo que la seguridad que mostraba el hombre no era sino un gesto que ni siquiera trataba de parecer sincero. Se guiaba movido por la arrogancia y, en casi la misma medida, por una impaciencia feroz.
Hablaron durante un rato más, aunque tan bajo que Joanna no pudo oír lo que decían. Los observó hasta que los dos abandonaron la sala y se separaron a la altura de las columnas rojas para tomar diferentes caminos. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que acababa de presenciar: Troizus y Deilos, dos de los consejeros que, según Alex le había contado, se oponían a los planes del vanax de traer el cambio a Ákora. Uno había sido más cauto, pero el otro había presionado para que se tomara algún tipo de medida inmediata. Si hubiera tenido que apostar sobre quién de los dos acabaría imponiendo su visión, lo habría hecho a favor del joven, pues mostraba, con diferencia, una voluntad más férrea. Más aún, sospechaba que con aquella arrogancia y aquella impaciencia la reticencia del hombre mayor no lo disuadiría, y que podría incluso actuar por su cuenta.
Sin prestar ya más atención a las glorias del palacio, Joanna se apresuró a volver a los aposentos de Alex. Fue parándose en cada habitación para buscarlo, sin éxito. Se sintió presa de la frustración. Caminó a zancadas hacia las ventanas de la habitación y miró a la ciudad, bañada por la luz de la luna. ¿Dónde estaría? La noche anterior había vuelto tan tarde que ni siquiera la había despertado. Ahora bien, decidida como estaba a impedir que aquello volviera a ocurrir, no soportó esperar unas horas para contarle lo que había oído. Deilos planeaba algo, de eso estaba segura, y dudaba mucho de que la desaprobación de Troizus fuera a detenerlo. El tiempo podía resultar esencial.
Dirigió la mirada al arco cubierto por las cortinas y se planteó ir a buscar a Kassandra. Existía la posibilidad de que la princesa conociera el paradero de Alex, aunque también la había de que Kassandra no supiera nada sobre Deilos y el resto de los miembros del Consejo. Joanna no quería asumir la responsabilidad de contárselo; no, al menos, si había alguna otra opción.
¿La había? Había intentado encontrar a Royce desesperadamente y no lo había conseguido. ¿Por qué habría de confiar en que daría con Alex?
Cierto, pero en cuanto empezó a sondearse recordó la calidez de su sonrisa, la suave caricia de su voz, su tacto y su sabor. Aquello no significaba que fuera a tener éxito esa vez. Estaba más cerca, muy cerca, en... algún lugar próximo al palacio. Y aunque la necesidad de encontrarlo no era comparable a la urgencia de vida o muerte que sentía por dar con su hermano, salvo por aquella fugaz visión que la había asaltado, Royce se encontraba fuera de su alcance, mientras que Alex...
En alguna región escondida de su mente, apenas reconocible, algo saltó como si fuera un chispazo; luego desapareció y resurgió. Brillaba en la oscuridad, relucía, discurría... Estaba húmedo...
Veía agua, pero de un tipo desconocido para ella; viva, con una luz que no se proyectaba desde arriba, sino que estaba enterrada en lo más profundo, como en las propias corrientes de su mente.
¿Cómo era posible que su imaginación creara una visión como aquélla? Era seguro que ella nunca había visto algo así y, sin embargo, ahora casi podía sentirlo.
No, no casi. Sentía el escalofrío gélido que circulaba como aquella agua luminosa mientras le salpicaba la mano para transformarle la piel de modo que también emitía luz.
¿Su piel? ¿O la piel de Alex? Piel a piel, sin saber dónde acababa una y empezaba la otra, deseosa de estar más cerca aún de él...
Alex se volvió y miró hacia atrás, como si estuviera confuso, para buscar, en la oscuridad, algo que creía haber oído, o sentido, y que, sin embargo, no estaba allí.
Joanna dio un grito ahogado para conseguir respirar. Estaba arrodillada y se aferraba a las colchas de seda que cubrían la cama mientras sentía las convulsiones en su interior. Contra todo pronóstico, había encontrado a Alex. Lo único que le impedía saber dónde se hallaba exactamente era su propia ignorancia sobre Ilion. ¿Dónde estaría aquel lugar? ¿Cómo era posible que tratara de encontrar a un hombre que apenas dos semanas antes no era más que un desconocido para ella, y lo consiguiera, cuando ni siquiera lograba dar con su propio hermano?
Aunque trató de ignorar aquella pregunta, siguió fustigándose con ella. No contaba ni con el tiempo ni con la energía para cavilar sobre asuntos como aquél. Rápidamente se irguió y se acercó, algo inestable, hasta el gong. El mazo vibró ligeramente al golpear el metal batido.
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