Capítulo 15

 

PÍO, pío...
Fijó la mirada en el color negro. Un negro lacio y brillante..., unas plumas negras. Y unos ojos negros burlones sobre un pico amarillo que martilleaba el suelo justo a su lado.
Pío, pío...
Ya era de día. El cielo azul aparecía trufado de nubes blancas y la luz del sol se reflejaba en el agua. Joanna estaba tumbada en el suelo y había algo pesado que le impedía levantarse. Algo duro y pesado, cálido y... tan familiar.
—Alex.
El sonido de su voz espantó al pájaro, que se trasladó no muy lejos, aunque sí lo suficiente para que se notara. Joanna lo observó mientras se marchaba, en el momento previo a despertarse del todo.
Se volvió para ponerse boca arriba y se fijó en la oscura cabeza que había apoyada en su hombro. Los pómulos afilados de su amante aparecían ahora más bastos por la barba que le había crecido por la noche. La brisa matinal jugueteaba un poco con aquella cabellera de ébano. Estaba absolutamente... encantador. Sí, ésa era la palabra y la causa, no había duda, del peso que sentía en su pecho.
Y del deseo, mínimo y egoísta, de ponerse el mundo por montera, de olvidar brevemente las incansables llamadas del deber.
Se trataba de un pensamiento impropio de ambos, y aun así, allí, tumbados sobre la arena dorada al romper el día, la perspectiva le pareció tremendamente tentadora.
Se escurrió por debajo del hombro de Alex y se sentó antes de ponerse de pie muy despacio. Aunque pretendía distanciarse algo de su compañero, el cordón de seda tiró enseguida de ella antes de que pudiera apartarse. Joanna lo miró asombrada y se dio cuenta de inmediato de que se había olvidado del cordón, el desesperado trayecto a nado a lo largo del río, la aterradora oscuridad. Lo había purgado todo en el fuego incandescente que había venido después.
Sintió un escalofrío que desdecía la calidez de la mañana.
Repentinamente desesperada, se arrodilló y alcanzó la espada situada junto a Alex. La desenvainaría lo mínimo y emplearía el filo de la hoja para cortar el cordón. Antes, sin embargo, de que pudiera apenas tocar un dedo de la vaina, una mano dura y vigorosa le estrechó la suya. Joanna se estremeció por un dolor que desapareció tan pronto que podría haber sido imaginario.
—Joanna...
—Sólo iba a cortar esto —se excusó mientras señalaba el retal de seda.
Alex siguió la dirección de la mirada de Joanna, asintió y se sentó con la misma agilidad que lo había rescatado de los sueños tan repentinamente, unos sueños protagonizados por Joanna que permanecían y se repetían como un eco en su cuerpo y en su mente. Por un fugaz instante, se sintió tentado a negarse para mantenerla como estaba, atada bien cerca de él. Era un deseo imposible.
Una vez que hubieron completado la tarea, Alex se incorporó.
—El pozo está allí.
Joanna asintió y optó por desviar la vista antes, en lugar de arriesgarse a seguir mirándolo a él. Desanduvieron el camino hasta el pozo en silencio y sin tocarse.
Joanna oyó el estruendo de la cascada antes de verla. Por un instante, revivió la caída desde la cueva como si estuviera produciéndose otra vez. Acto seguido, tomó aire y se zambulló de nuevo.
—Debo ver a Royce.
Alex guardó silencio durante un rato que pareció una eternidad. Joanna se preparó y lo miró. Aunque quedaba apenas fuera del alcance de sus brazos, la distancia parecía mayor, como si de alguna manera se hubieran alejado el uno del otro.
—Sí —respondió Alex—, por supuesto.
—Comprendes... —dijo impulsivamente, sin tener una noción clara de lo que quería decir.
No importó. Antes de que Alex pudiera contestar, se oyó una voz que llamaba:
—¡Archos!
Ambos se volvieron y reconocieron a uno de los hombres de Alex, que se apresuraba hacia ellos.
—El inglés de la cueva —gritó Alex—. ¿Se encuentra bien?
—Sí, Archos, ya está de camino a Ilion. —El hombre ascendió corriendo con los ojos llenos de alivio. No miró a Joanna—. Hemos traído nuestra propia embarcación esta mañana, aunque también hemos encontrado un esquife en la playa. Algunos de nuestros hombres se han llevado de vuelta al xenos.
—Bien. ¿Y qué ha sido de los hombres-toro? ¿Algún rastro de ellos?
—Ninguno, Archos. Nuestros esfuerzos por entrar en las cuevas después de oír la explosión resultaron en balde. Alabados sean los dioses porque os encontráis bien.
—Ordena a los hombres que se preparen para zarpar de inmediato.
El hombre inclinó la cabeza y se marchó corriendo, ligero entre los árboles.
Alex se dirigió a Joanna.
—Debemos irnos.
Joanna, que no se fiaba de lo que pudiera decir, se limitó a asentir. Descendieron juntos hasta la playa. En el estrecho camino, sus cuerpos se rozaron dos veces. Y en cada ocasión, Joanna hubo de contenerse ante la tentación de aproximarse a él, de sentir el calor de su mano al sostener la suya, de apoyarse y reconfortarse en ella.
Mucho antes de que ella ocupara su sitio en la cubierta del barco y observara cómo el viento hinchaba las velas, el brillante día se había oscurecido por las sombras que había en su corazón.
Y aun así, la alegría vino como debía para llevarse, aunque fuera temporalmente, toda preocupación. Con un viento embravecido y la energía con que remaban los hombres, llegaron a Ilion enseguida. Joanna estaba en el muelle antes de que el ancla alcanzara el fondo.
Joanna decidió ignorar las normas del decoro: se remangó lo que le quedaba de la falda del vestido y salió corriendo. El patio del palacio estaba tan abarrotado como de costumbre. Hizo caso omiso de las miradas asustadas que se dirigían hacia ella, avanzó a codazos a través de la multitud arremolinada y se lanzó como un rayo escaleras arriba hacia la zona reservada a la familia real. Allí se detuvo al darse cuenta de que no tenía ni idea de adonde dirigirse.
¿Dónde estaba Royce? Seguramente lo habrían traído al palacio... ¿Y luego qué? Miraba a su alrededor con ansiedad cuando el tacto de una mano en su hombro casi hizo que diera un brinco del susto.
—Por aquí —indicó Alex.
Había ido tras ella con tanta rapidez y discreción que Joanna no había notado su presencia. Algo tarde ya, pensó en la impresión que su forma de desaparecer del muelle habría causado en él y en sus hombres. No tenía ninguna intención de dejar a Alex en mal lugar, pero tampoco podía soportar esperar un minuto más de lo necesario para ver a Royce.
—Se encuentra en la zona de los invitados —le informó con una calma que Joanna no pudo sino reconocer admirable.
Alex, que aún la cogía del brazo, la guió a lo largo del pasillo hasta que llegaron a las puertas de unos aposentos que ella no había visto antes y que estaban abiertas. Los sirvientes iban y venían. Una mujer de cabello blanco estaba de pie junto a la enorme cama. Tras ella, unos amplios ventanales tenían los postigos abiertos para dejar entrar la luz y el aire.
Con un nudo en la garganta, Joanna entró en la habitación. Respiraba con dificultad y temblaba tanto que temió caerse. La mano de Alex era lo único que la mantenía en pie. Despacio, se aproximó a la cama.
El hombre que yacía en ella no se movió. Estaba cubierto con una sábana que no podía disimular la extrema delgadez de su figura. El cabello que debería haber sido dorado aparecía como una maraña enredada de un color indeterminado. Los rasgos del rostro quedaban ocultos por una poblada y desordenada barba que había crecido en exceso. A pesar de todo, Joanna lo reconoció como lo había hecho ya en la cueva. No le hizo falta ver la fina y alargada cicatriz, recuerdo de un anzuelo de pescar mal colocado en un accidente de la infancia, en la mano que sobresalía por encima de la sábana para saber que, efectivamente, se trataba de su hermano.
—Royce.
Joanna se arrodilló junto a la cama. Todo el dolor y la angustia que se habían acumulado durante los últimos meses brotaron de su interior. Las lágrimas resbalaron, primero lentamente y luego acompañadas de sollozos. Lloró con desesperación al comprobar el estado en que se encontraba su hermano, y con alivio porque hubiera sobrevivido. Lloró y lloró hasta que le ardieron las mejillas con la sal del llanto. En todo momento durante su desahogo, fue consciente de la mano de Alex apoyada con delicadeza en su hombro, de su voz serena que le susurraba palabras tranquilizadoras y que la anclaban al mundo de la razón, hacia el que finalmente logró arrastrarla.
En cuanto se irguió y se enjugó el llanto, Alex hizo un gesto de asentimiento a la dama de pelo blanco, que se presentó con amabilidad:
—Soy Elena, señora, la más antigua de las curanderas de palacio. Vuestro hermano ha sufrido mucho, pero es un hombre joven y de naturaleza fuerte. Se recuperará.
—Está tan consumido...
—Por el hambre, no por la enfermedad. Una buena alimentación lo repondrá.
Las manos de Joanna se cerraron hasta convertirse en puños. Se volvió hacia Alex:
—¿Por qué habrían de matarlo de hambre? ¿No era bastante con mantenerlo encerrado? ¿Qué tipo de monstruos harían una cosa así?
—No lo sé —reconoció Alex con calma—, pero los descubriremos y pagarán por ello.
—¿No lo sabes? Pero... —empezó antes de detenerse de modo cortante, consciente de que no estaban solos.
Alex la apartó hacia un rincón de la estancia mientras Elena y sus ayudantes se afanaban en sus quehaceres discretamente.
—Ya sé lo que estás pensando —afirmó—, que Deilos y quizá otros reaccionarios del Consejo son responsables de esto. Con todo, debes darte cuenta de que ahora que las cuevas han quedado selladas y que los cuerpos de los hombres-toro son irrecuperables, no hay prueba alguna que pueda demostrar la implicación de alguien.
—¿Quién más podría haber sido?
—Los rebeldes, posiblemente. Puedes estar segura de que eso es lo que alegará Deilos. Quizá tu hermano, cuando se despierte, pueda contarnos algo más. Mientras tanto, debemos actuar con cautela. El vanax debe ser visto como alguien que administra justicia para todos. Si Atreus emite alguna acusación que no pueda argumentarse, o siquiera permite que se hagan, sólo contribuirá a aumentar los retos a los que se enfrenta.
Cuando Joanna iba a protestar más, Alex se adelantó:
—Debemos esperar y confiar en que Royce pueda proporcionarnos las pruebas que necesitamos.
La rapidez mental de Joanna captó enseguida lo que quería decir y vio el peligro en aquellos que podían desear que su hermano no contara nunca nada.
—Hay que protegerlo.
—Sí, hay que protegerlo, y a ti también. También estuviste allí. Quienquiera que sea responsable de todo eso no puede saber lo que viste u oíste.
—Nada que pueda servirnos —respondió con acidez.
—Yo tampoco cuento con nada. Quienesquiera que sean son muy cuidadosos.
Alex seguía pensando en ello, y en lo que podía significar, unos minutos después cuando, tras haber dejado a Joanna, se dirigía a buscar a su hermano en la estancia privada del vanax. Allí, ambos hablaron largo rato y con premura mientras el día languidecía y la noche iba asentándose en Ákora.
Joanna se quedó junto a su hermano. Y aunque hizo caso omiso de los consejos de Elena, que insistía en que descansara un poco, sí se tomó un momento para darse un baño y cambiarse de ropa. Sentada al lado de Royce, le sostuvo la mano y le habló en voz baja; le recordó episodios de su niñez juntos, lo mucho que él significaba para ella, lo preocupada que había llegado a estar por él, y, sobre todo, le aseguró que todo iría bien a partir de aquel momento. Ya estaba a salvo y libre. Joanna continuó hablando hasta que empezó a dolerle la garganta y, finalmente, ya entrada la noche, el cansancio pudo con ella. Se quedó traspuesta a la vera de Royce y ni siquiera se enteró cuando Elena la cubrió amablemente con una manta.
Estaba soñando con el pájaro negro cuando se despertó al oír un grito.
Royce estaba sentado en la cama, muy erguido y con los ojos muy abiertos, y de su garganta provenía un grito angustiado.
—¡Joanna!
Abatida por la somnolencia, Joanna reaccionó por puro instinto y lo abrazó con fuerza mientras trataba de calmarlo.
—¡Royce! ¡Estoy aquí! Tranquilo. Eres libre. Todo ha terminado.
Por un momento, pareció que Royce no la escuchaba. Sin embargo, la confusa incomprensión que delataba su mirada se tornó enseguida en perplejidad al reconocer a su hermana. Acto seguido, le sobrevino la desesperación.
—¡Joanna! ¡No! Dime que estoy soñando y que no estás aquí.
Aunque sin fuerza alguna, Royce continuaba muy agitado. Se recostó en las almohadas y miró a Joanna fijamente, como si esperara que fuera a desvanecerse ante sus ojos.
Desconcertada, Joanna le tomó la mano y le dijo sin tardanza:
—Estoy aquí, no estás soñando. Lo que no entiendo es por qué eso habría de preocuparte. ¡Estás en el palacio, Royce, el palacio de Ákora! Y te están cuidando muy bien —añadió mientras señalaba a Elena, que se había levantado de la silla que había cerca de la cama—. Me han prometido que te recuperarás. Y esto es, sin duda alguna, un motivo de alegría.
Royce le hizo una seña para que se aproximara y le habló tan bajo que Joanna casi no oyó lo que decía.
—Tenemos que hablar a solas.
Igualmente en voz baja, Joanna respondió:
—No creo que haya nadie más aquí que entienda el inglés.
—No podemos estar seguros... No podemos fiarnos de ellos. Hablar a solas...
Joanna miró a la curandera.
—Elena, ¿te importaría? Mi hermano y yo hemos pasado mucho tiempo separados y nos gustaría tener un rato sólo para nosotros.
Si a la anciana le pareció extraña aquella petición, no lo demostró. Se limitó a asentir de inmediato y a marcharse antes de cerrar las puertas tras ella. Joanna atisbo a los vigilantes que ya habían ocupado su puesto en el pasillo contiguo.
—Ya estamos solos. Ahora, hermano, por favor, cuéntame qué es lo que te preocupa.
—Que estés aquí. Ya es bastante malo que esté yo, pero tú... —Se cayó mientras luchaba contra la debilidad que amenazaba con vencerlo—. Por Dios, Joanna, la única tranquilidad que he tenido durante estos meses ha sido pensar que tú, al menos, estabas a salvo.
—Como lo estoy ahora, igual que tú. Royce, si estás pensando en los viejos cuentos sobre el sino de los xenos aquí, en Ákora, no son ciertos. El vanax no nos hará ningún daño. Su propio hermano, el príncipe Alexandros, ha dirigido la misión para rescatarte.
Royce torció el gesto con incredulidad.
—¿El honorable marqués de Boswick? No te confundas al confiar en él. No es amigo nuestro.
—¡Sí que lo es! Ha arriesgado su vida por liberarte.
—¿Del cautiverio ordenado por su propio hermano? ¿Tiene eso algún sentido?
Joanna negó con la cabeza, convencida de que no lo había oído bien. Era imposible que hubiera querido decir...
—¿Ordenado por quién? ¿Quién crees que es responsable de lo que te ha ocurrido?
—El vanax... Atreus, el hermano de Darcourt y el soberano al que tan bien sirve.
Joanna se quedó perpleja.
—No, Royce. ¡Te equivocas! Ni Alex ni su hermano tienen que ver con tu encierro. No sabían dónde te encontrabas.
—¿Y cómo me han encontrado, entonces?
—Te encontré yo. Ya sabes que tengo ese don. Estaba segura de que si estaba lo bastante cerca de ti podría dar contigo, y lo hice. En cuanto le describí el lugar a Alex, se puso en camino con sus hombres para liberarte.
—¿Es eso lo que te dijo?
—No... Yo fui también. Se suponía que no podía ir, pero fui. Vi todo lo que ocurría. Había unos hombres con máscaras en forma de toro. Te habían sacado de la celda en la que te habían confinado dentro de las cuevas, en las profundidades, bajo tierra. Creo que iban a matarte...
Joanna se detuvo, abrumada por el recuerdo de lo cerca que habían estado de la muerte.
Royce la cogió de la mano con una fuerza que recordaba a la que siempre había tenido.
—No sé lo que te habrá dicho Darcourt ni por qué. Lo que sé es quién ha hecho que me mantuvieran encerrado en aquella maldita prisión: el vanax, y nadie más.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque los guardias se jactaban de ello. Alardeaban de que cumplían las órdenes del mismísimo vanax.
—¿Estás seguro de que los entendiste bien?
Royce asintió. Aunque la voz se le iba debilitando, los ojos aún le chispeaban llenos de seguridad.
—He oído cómo hablabas con la curandera. El akorano comparte raíces con el griego antiguo que aprendimos de niños. Con algo de esfuerzo, podía comprender lo que decían.
—Aun así...
—¡Por Dios, Joanna! Sé bien lo que oí.
—Sí, pero él no podría... Estoy segura de ello. Alex sabría si su hermanastro estaba implicado y habría...
¿Habría qué...? ¿Se lo habría dicho? ¿A ella? Su lealtad era hacia Ákora, no hacia ella. Olvidar aquello la convertía en la mujer más tonta del mundo.
—¿Alex? ¿Tan familiar es tu trato con Darcourt?
¡Dios santo!, que no se pusiera a pensar en aquello, no en aquel momento.
—No..., bueno..., no importa. Royce, estás agotado. Tienes que dormir.
No obstante el miedo de Joanna a que su hermano se resistiera, dado que la poca fuerza que había recuperado había quedado consumida de nuevo, y aunque él trató de evitarlo, el sueño resultó irresistible. Joanna pronunció en silencio una oración de gracias y se levantó para dirigirse hacia la ventana. La luna brillaba con intensidad sobre la ciudad dormida, aunque apenas se dio cuenta.
No había pensado en nada de lo que vendría después de haber encontrado a Royce. É había llegado a Ákora con un propósito que, una vez libre de nuevo, podría desear conseguir. Naturalmente, ella permanecería a su lado. No habría necesidad de alejarse de Alex..., al menos por el momento, mientras quedaran tantas cosas por decir..., por decidir..., por saber.
Alex había dicho que ella no tenía nada que temer de él. ¿Había mentido? ¿Había hablado únicamente animado por el calor de la pasión? Sencillamente, no lo sabía, ni podía saberlo, pues no conocía lo suficiente a aquel hombre. De hecho, apenas se reconocía a sí misma cuando estaba con él.
Ahora estaba sola, salvo por su hermano que dormía, y recordaba muy bien quién era: lady Joanna Hawkforte, una mujer del campo, sin pretensiones, impaciente con la vanidad de las clases altas, satisfecha con el ritmo ordenado de su vida cotidiana; una mujer que se había embarcado en una aventura extraordinaria en aras de alcanzar un noble objetivo y que lo vería cumplido costara lo que costara.
Permaneció allí, observando a Royce mientras dormía, aunque no pudo conciliar el sueño de nuevo. Si su hermano estaba en lo cierto, si en verdad el vanax era responsable de su encierro, Royce seguía expuesto a un terrible peligro y lo estaría en tanto se quedara en Ákora. No había nada que importara más que aquello.
Con los primeros rayos grisáceos de la mañana, Joanna se levantó y fue a buscar a Alex, que no se encontraba en sus aposentos, ni había en ellos signo alguno que delatara su paso por allí. La cama estaba intacta, y la colcha, perfectamente estirada. Tomó aire y se concentró en encontrarlo.
A la luz del día, el estanque de los Suspiros parecía normal. «No revela pista alguna de sus secretos», pensó Alex. Estaba de pie mirando el agua y se volvió en cuanto oyó los pasos ligeros que descendían por el camino. Con las manos entrelazadas a su espalda, por si sentía la tentación de tocarla, preguntó:
—¿Qué tal está Royce?
—Sigue dormido, pero está mejor, creo. Se ha despertado esta noche.
—Ya, y estaba algo agitado. Me lo ha contado Elena.
Del mismo modo, le había contado que la señora y su hermano habían deseado hablar a solas. Elena no sabía inglés, pero había comprendido bien cuándo había secretos que compartir. ¿Qué le había dicho lord Royce Hawkforte a su hermana? ¿Qué habría requerido aquella intimidad?
—Está muy contento de estar vivo, claro —explicó Joanna.
Joanna evitó mirar a Alex al hablar y, en aquel momento, él supo que ella mentía. Bueno, no es que Royce lamentara estar vivo, sino que no había llegado, en realidad, a decir algo así. Los hermanos habían hablado de otras cosas. ¿De los planes británicos de invadir Ákora, quizá?
—¿Dijo algo sobre por qué había venido aquí?
—No.
¿Era verdad, o no? Alex no podía saberlo.
—¿Y algo sobre quién lo ha mantenido cautivo?
Joanna dudó y Alex tuvo la vaga impresión de que ella quería desahogarse, confiarse a él de alguna manera. En cambio, optó por negar con la cabeza.
—Nada útil. Está muy debilitado. Es evidente que en estas condiciones no hay posibilidad alguna de que pueda lograr el objetivo que lo trajo aquí, así que —respiró— creo que es mejor que volvamos a Inglaterra.
Aquellas palabras, frías, duras, se desplomaron entre ellos. ¿Le gustaría a él que ella flaqueara en su deber? Él sabía que sí, pero confió en que ella no lo notara.
—Aquí contamos con excelentes curanderas. Elena y...
—Sí, ya lo sé, pero Inglaterra es nuestro hogar y allí es donde creo que Royce debería recuperarse. Fue una tremenda insensatez por su parte venir aquí, ambos lo sabemos, y seguro que él también.
—Ya... —respondió Alex mientras forcejeaba con las ganas que sentía de negarse.
Ella se había entregado a él y, por lo tanto, era suya, de modo que resultaba impensable que fuera Joanna quien se marchara.
Salvo por el hecho de que lo estaba haciendo. ¿Por lealtad a su hermano? ¿Por el deseo de evitar que se descubriera por qué Royce había viajado a Ákora? ¿O sencillamente porque lo que había pasado entre ellos era, para ella, un paréntesis que no significaba nada más, sin consecuencias?
Alex no podía creer lo que le dolía pensar en aquella última posibilidad. Para distraerse con cualquier otro tema, añadió:
—He hablado con Atreus.
—El vanax... —¿Eran imaginaciones suyas, o Joanna había pronunciado aquel título con ironía?—. ¿Y qué dice?
—Está muy contento de que Royce esté vivo, por supuesto.
Alex parodió el tono de Joanna y luego esperó a ver el efecto que provocaba en ella: a Joanna le saltaron chispas de los ojos. Lo había visto, allí, bajo la luz de la mañana. Joanna Hawkforte estaba enfadada, y él no sabía por qué.
—¡Ah! ¿Sí? Qué amable por su parte. ¿Y no se opone en modo alguno a que Royce se marche...?
Ahí estaba el quid de la cuestión. Atreus podía prohibírselo sin dificultad alguna. Contaba con el poder para hacerlo. Lo habían hablado durante las largas horas de oscuridad mientras regaban sus palabras con jarras de vino. Su hermano había sido muy comprensivo.
—En absoluto. Ni se le ocurriría, evidentemente.
—¿Y tú...? —quiso saber.
—Es a tu hermano a quien debes lealtad. —No había preguntado, aunque bien podría haberlo hecho; pero aquello habría sonado como un ruego—. Como yo se la debo a Atreus. —Y añadió por si acaso—: Siempre lo hemos sabido.
—Por favor... —comenzó Joanna mientras la voz iba debilitándosele hasta convertirse en un susurro, y la mano...
Sí, no estaba confundido sobre aquello. Le tendía la mano.
Lo recordaría, pensaría en ello. Sin embargo, en aquel momento, dio un paso atrás. Necesitaba una pequeña victoria para templar su orgullo.
—Ambos tenemos un deber que cumplir, ¿no es cierto? —preguntó Alex.
—Sí, claro está, siempre.
Joanna estaba muy pálida y mantenía la espalda muy recta. Los ojos... Alex no podía leerle los ojos.
—Prepararé un barco —se ofreció enseguida, antes de permitirse decir algo totalmente diferente.
—Gracias —respondió Joanna educadamente.
¡Maldita fuera!
—Joanna...
Joanna inspiró y aquel sonido alarmó a Alex. No estaba a punto de llorar, ¿verdad?, su indomable mujer de Hawkforte.
—Creo que empiezo a tener un catarro —se excusó—. Será probablemente por haber estado en el río.
Alex fingió creer lo que ella decía. Así resultaba más fácil para ambos.
* * *