Capítulo 3

 

SIN apenas respiración, Joanna esperó con la espalda apoyada en el muro del almacén. No sabía decir si acababa de ser objeto de un atraco o si, en cambio, estaba a punto de intentar saltar de un precipicio al vacío; un movimiento que, incluso aunque lograra sobrevivir al realizarlo, podía acabar llevándola a la muerte. Se sintió acalorada y pegajosa. Tragó saliva y se obligó a respirar profundamente. El tiempo transcurría despacio mientras Joanna era vagamente consciente del ruido del agua al chocar contra los pilotes, del chirrido de las jarcias y del jaleo distante de la taberna tras el cual se intuía los silenciados murmullos de la noche en la gran ciudad. El olor a sal impregnaba el aire y se mezclaba con el aroma de la marea baja, que se descubría lentamente con el cambio de la corriente. Temía oír en cualquier momento el ruido del ancla al levarse.
¿Y si los chicos se habían ido? ¿Qué haría? ¿Trataría de subir a bordo por su cuenta sin que la vieran? ¿O se limitaría a presentarse en el navío por sorpresa y pediría hablar con Darcourt y rezar para que de alguna manera esa vez la escuchara?
Aunque ninguna de esas opciones parecía alentadora, justo en el momento en que estaba planteándose seriamente la posibilidad de decantarse por alguna de ellas, se oyó un pitido agudo que rompió de repente el silencio de la noche. Guiada por el sonido, Joanna dirigió la mirada al techo del almacén que había delante de ella. Para su asombro, distinguió dos figuras que bailaban alegremente. Agitaban los brazos, claramente definidos por la luz de la luna, y saltaban arriba y abajo mientras gritaban:
—¡Eoo! ¡Los d'ahí del bote, sí, los disfrazaos! ¡Nos hemos quedao vuestalmacén! ¡Nos lemos quedao! ¡Venid a búscalo, si lo querís de güelta!
Joanna se sintió dividida entre el susto que se había llevado al descubrirlos, y la risa que le provocaba la estampa. A pesar de que le aterraba la idea de que se cayeran del tejado, debía reconocerles el ingenio: se habían puesto en un lugar suficientemente visible como para llamar la atención de los guardias y, a la vez, lo bastante alto y apartado como para evitar una captura inmediata.
Mientras los observaba, varios akoranos se quedaron mirando el tejado del almacén. Joanna oyó cómo hablaban entre ellos. A poco, enviaron a cuatro. Salieron en parejas y flanquearon con rapidez el almacén, un movimiento que a los ojos relativamente inexpertos de Joanna les pareció una maniobra militar.
Si bien el resto de los guardias permanecieron en sus puestos, no dejaron de estar pendientes de lo que ocurría en el tejado del almacén y de los chicos, que continuaban saltando y gritando.
Había llegado el momento. Con un nudo en la garganta, Joanna surgió velozmente de entre las sombras y descendió con agilidad la calle que llevaba hasta el embarcadero. Tras ella, las voces de Noggin y Clapper fueron perdiendo fuerza. Imaginó que habrían descendido del tejado y que estarían alejando a los guardias más aún. Con todo, no creía que los akoranos fueran a seguirlos hasta donde los chicos pretendieran llevarles; más bien volverían al muelle una vez que hubieran comprobado que el tejado estaba a salvo.
Aquello le dejaba apenas unos minutos. Enfrente se elevaba la proa del navío de la cabeza de toro. El barco se acercaba con rapidez hacia ella, de modo que eclipsaba el resto de la escena que observaba, a la vez que ella misma corría hacia la embarcación. Por un momento tan fugaz como un latido, Joanna pensó en Hawkforte, en su hogar y en la seguridad que le inspiraba; pensó en la pacífica rutina diaria y en todo lo que podía ser suyo de nuevo si se detenía, recapacitaba y daba marcha atrás.
Luego visualizó a su hermano y se dijo a sí misma que no había nada que decidir. La elección la había tomado mucho tiempo atrás, en los momentos de tranquilidad, alboroto, felicidad y tristeza que ambos, como hermano y hermana, habían compartido, los ratos que ambos se habían dedicado. La respuesta estaba allí desde siempre y esperaba en su interior a que... ¡Ahora...!
Tomó aliento respirando profundamente y se concedió un instante para prepararse el alma...
Con una premura que resultaba tan emocionante como aterradora, Joanna dio un gran salto con los brazos extendidos para atrapar el cabo y, al hacerlo, sintió que el muelle, la tierra y el mundo que conocía se perdían bajo sus pies. Por un momento se mantuvo suspendida entre una realidad y la que habría de venir.
Enseguida, Joanna clavó los dedos en el cabo que ya tenía entre las manos y que estaba tan tenso que parecía de piedra. Se las apañó como pudo y se retorció hasta que quedó mirando al cielo mientras ascendía sin descanso hasta golpearse la cabeza con el casco del navío. Se estiró hasta localizar la tronera más próxima: estaba abierta y parecía lo suficientemente amplia como para que pudiera colarse por ella. Se acercó con esfuerzo mientras se sujetaba al cabo con las rodillas. Introdujo primero la cabeza y a continuación los hombros. Apenas notó cómo algo afilado le arañaba el brazo al deslizarse. El cabo desapareció tras ella al recorrer la distancia que quedaba hasta la oscuridad...
Había sido cuestión de segundos. Toda una vida.
Cayó con fuerza sobre la madera del suelo y allí se quedó resollando. A pesar de la calidez de la noche, Joanna sintió frío. El temblor de las extremidades la llevó instintivamente a hacerse un ovillo abrazándose las piernas. Aún temblorosa por lo que acababa de hacer, levantó la cabeza y echó un vistazo alrededor. Aunque no había luces por allí, la luna lo iluminaba todo a través de las troneras y Joanna pudo distinguir las hileras de literas bajo las que se habían construido armarios a modo de almacenes. Había también una mesa atornillada al suelo en el centro de la habitación y unas banquetas que corrían paralelas a ambos lados. Además, colgados de los ganchos de las paredes, se desplegaban escudos y armas.
Se trataba, sin duda, del camarote de la tripulación. Se las había apañado para acabar precisamente en medio de las dependencias de los mismos guardias que trataba de evitar. Aunque por fortuna no había nadie allí, aquella situación podía cambiar en cualquier momento, de modo que se puso en pie, ignoró el punzante dolor que sentía en el brazo y se dirigió con rapidez hacia la puerta que se encontraba en el extremo opuesto. La atravesó como un rayo sin pararse a pensar que podría haber alguien al otro lado y respiró, tremendamente aliviada, cuando comprobó que el estrecho pasillo estaba vacío. A unos tres metros de distancia había una trampilla en el nivel situado bajo la cubierta. Joanna corrió hacia allí, agarró la manilla de metal, tiró de ella hacia arriba y abrió la portezuela. A sus pies descubrió un espacio totalmente oscuro y, al cabo de un segundo, se dio cuenta de que podía tratarse de una entrada a la bodega del barco. La imaginación se adelantó a su razonamiento como si la oscuridad que había allá abajo ya la hubiera atrapado. Se retiró un momento para buscar desesperadamente algún otro escondite, mirando en todas direcciones. Nada.
Se oyeron unas pisadas justo por encima de su cabeza y, acto seguido, unas voces que parecían acercarse. Dado que no contaba con posibilidad alguna de elección, Joanna elevó unas breves plegarias, se introdujo en el agujero negro y cerró la trampilla tras ella.
Al principio, la total penumbra de la bodega se le antojó impenetrable. El pánico amenazó con hacerla presa, pero Joanna se obligó a respirar despacio y profundamente. En cuanto comprobó que aquello no funcionaba, centró sus pensamientos en Royce. Concentrarse en su hermano y, por concretar más, en el amor que sentía hacia él, le proporcionó un valor que, de otro modo, podría no haber llegado nunca. Poco a poco, el miedo fue remitiendo. Aun consciente de que no desaparecería del todo, ahora pensaba en el temor de lejos, desde donde no podía hacerle daño. Dado que la situación se presentaba ya de por sí peligrosa, aquella nueva actitud resultaba más que conveniente.
Privada de la vista, Joanna sintió que el resto de los sentidos se le aguzaban. Percibía todos los sonidos, ya se produjeran cerca o lejos: el chirrido del casco, las voces apagadas que se oían, si bien no tan amenazantes como antes, y los golpes del cargamento al chocar en un ligerísimo movimiento. La bodega olía a madera, a brea, a sal y a más cosas. Joanna distinguía los aromas suaves y terrenos del aceite de oliva y del vino, de los caballos y del heno, del cuero y de algo más..., algo afilado y extrañamente frío..., del hierro.
Joanna alargó los brazos por instinto. Aunque al principio no logró tocar nada, en cuanto avanzó unos pasos se topó con algo de gran tamaño y dureza. Palpó con los dedos los contornos ligeramente ásperos del metal redondeado que se extendía varios metros a ambos lados, más estrecho hacia la izquierda y más ancho hacia la derecha. Fuera lo que fuera, parecía estar fijado al suelo mediante unas pesadas cadenas. Con cuidado, se inclinó un poco hacia la izquierda para seguir explorando. De inmediato, aspiró un olor nuevo, que aunque resultaba apenas perceptible, era inconfundible para ella: pólvora.
El cilindro metálico que tocaba olía a pólvora. Aquello era un cañón. Los akoranos guardaban en la bodega al menos un cañón. Y no había razón alguna para que Joanna pensara que era el único. Continuó investigando, palpando con las manos, hasta encontrar dos más, sorprendentemente grandes. Bien podía haber otros que ella no hubiera encontrado.
Unos años atrás, Royce había desarrollado una fascinación por las armas muy común entre los chicos de su edad. No había habido detalle alguno que, por misterioso, no lo hubiera dejado embelesado o que él no hubiera querido enseñar a su hermana, siempre encantada ante la idea de compartir las aficiones de su hermano. Joanna nunca habría imaginado que aquel conocimiento le habría sido jamás de utilidad alguna. Sin embargo, ahora le servía para darse cuenta de que el tamaño de aquellos cañones era mucho mayor de lo normal. Era probable que no hubiera más que unas pocas fundiciones en todo el mundo en las que pudieran fabricarse tubos de semejante talla. Los akoranos tenían fama de expertos armeros. Con todo, parecía que no tenían reparos en adquirir armas mejores más allá de sus fronteras. Aquello le resultó sorprendente, dado que también eran conocidos por mostrarse reacios a recibir cualquier influencia que viniera del extranjero.
Antes de que Joanna pudiera reflexionar sobre aquella aparente contradicción, el repentino chirrido de la cadena del ancla al ser levada hizo que recobrara de repente la conciencia de la situación en que se encontraba. Enseguida perdió el equilibrio, hasta que encontró la pared más cercana. Se agachó para apoyarse en ella y se aferró al hatillo que llevaba anudado al pecho en bandolera al mismo tiempo que trataba de respirar profundamente para calmarse. Para bien o para mal, había iniciado un camino que resultaba a todas luces una locura. A pesar de ello, la seguridad absoluta de que no podría haber actuado de otro modo la tranquilizó.
Además, ella siempre había sido una excelente marinera, incluso después de que el destino hubiera acabado con el placer que sentía al navegar. No obstante aquellas desalentadoras circunstancias, el continuo balanceo de la nave fue reduciendo la tensión que le atenazaba el cuerpo y que fue sustituida por el cansancio que arrastraba después de casi dos días completos sin haber dormido apenas. Empezaron a pesarle los párpados y, poco después, la cabeza ya perdía toda su rigidez. Aunque nunca habría pensado que sería capaz, Joanna se había quedado dormida.
Cuando se despertó, la oscuridad había dado paso a la luz, que, si bien era tenue —apenas la claridad del día que iba amaneciendo a través de los tablones de la cubierta—, iluminaba el entorno y lo hacía mucho más visible que la noche anterior. Joanna vio primero los cañones y volvió a quedarse maravillada. Llegó incluso a preguntarse dónde se encontraba, hasta que la memoria le ofreció la respuesta y, con ella, la impresión que le produjo el hecho de que hubiera actuado, de verdad, tal y como lo había planeado, al menos por el momento.
Antes de que Joanna llegara a hacerse cargo de la inmensidad de su hazaña, se levantó y hubo de detenerse por la punzada de dolor que sintió. Gimió y se agarró el brazo, hasta que descubrió, atónita, la calidez de la sangre que iba empapándole la palma de la mano.
—¿Qué...?
Con los ojos como platos, se fijó en la manga izquierda de la camisa: había una mancha oscura de sangre vieja sobre la que brillaba ahora una nueva. Recordaba vagamente haberse lastimado el brazo al atravesar la tronera. El susto y la extenuación debían de haberse combinado para hacer que ignorara la gravedad de la herida. Durante la noche había sangrado tanto que se había formado una costra, pero ahora el corte se había reabierto.
Apretó los dientes, irritada igualmente por el dolor y por esa nueva preocupación. Retiró la tela con extremo cuidado, hasta que pudo sacar el brazo de la manga. Aquella visión hizo que se estremeciera aún más. El corte era profundo, lo que explicaba que sangrara tanto, y medía unos quince centímetros de largo desde la curva del hombro. De haberse encontrado en Hawkforte, no habría perdido un minuto y habría lavado en profundidad la herida, para después coserla y vendarla, y evitar así males mayores. En aquella bodega sólo contaba con la pequeña cantidad de agua que había traído, el rudimentario instrumental médico que se le había ocurrido meter en el hatillo, y nadie que la ayudara. Aunque la posibilidad de conseguir grandes resultados en tales circunstancias era mínima, tenía que intentarlo.
Había calculado que, si la empleaba con moderación, el agua que llevaba consigo habría de durarle casi dos días, y para entonces, ya se encontrarían lo suficientemente alejados de tierra como para poder arriesgarse a escabullirse y conseguir nuevas provisiones. Y había pensado que si la descubrían, Darcourt no se vería tentado a regresar. Por muy enojado que estuviera, y Joanna contaba con que el enfado sería importante, dudaba de que fuera a arrojarla por la borda. Al menos eso esperaba. En cualquier caso, por ahora el agua iba a durarle mucho menos y tendría que apañárselas sin ella hasta que dejara pasar el tiempo suficiente para que fuera relativamente seguro salir a por más.
Los minutos que le llevó limpiar la herida y vendarla con tiras de lino rasgadas de la camisa de más que llevaba consigo le resultaron largos y dolorosos. El esfuerzo la dejó sin fuerzas y, cuando hubo terminado, Joanna volvió a acurrucarse en el suelo. Aunque tenía galletas saladas y carne seca en el hatillo, no le quedaba apenas energía para comer, de modo que se limitó a sentarse con la cabeza apoyada en la pared del casco para tratar de ignorar el dolor que continuaba quemándole el brazo.
El tiempo transcurrió sin que ella fuera consciente. Oyó sobre su cabeza las voces y la actividad de la tripulación. A su alrededor se percibía el movimiento del barco. A aquellas alturas debían de estar ya en algún lugar frente a la costa de Francia. Aunque era probable que la flota francesa estuviera vigilando la zona, Joanna no creía que ningún comandante francés fuera tan necio como para molestar a un navío akorano, ni siquiera aquel que no podía ocultar que procedía de Inglaterra. Dormitó un poco más y cuando se despertó se sintió tremendamente sedienta. Aunque intentó contenerse, antes de darse cuenta de lo que ocurría, ya se había bebido más de la mitad del agua que quedaba en la botella.
Tras dejar escapar un profundo suspiro, se obligó a apartar el resto con la intención de reservarlo para más adelante. A pesar de que seguía sin tener apetito, masticó y tragó una galleta salada casi entera, así como varios bocados de carne de vaca seca. Aquello no la sostendría por mucho tiempo, lo sabía muy bien, pero no podía hacer más.
Pese a tener los huesos doloridos y los músculos agarrotados, se levantó y paseó un rato por la bodega para aprovechar la luz del día mientras pudiera. Además de los tres cañones que había encontrado al palpar en la oscuridad, veía ahora otros tres de similar tamaño. Había también decenas de cajas de madera que probablemente contenían balas para las armas. Aquello, sin embargo, no ocupaba toda la estancia, que contaba con mucho más espacio. La riqueza de Ákora era tan legendaria como el propio reino-fortaleza. Los cañones demostraban que, por una vez, los relatos eran ciertos. En ningún caso podía deducirse que la renuencia a llenar la bodega se debiera a la falta de riqueza. La relativa vacuidad delataba más bien su oposición a adquirir nada que proviniera del extranjero; nada, salvo las armas que pudieran fortalecer las ya feroces defensas akoranas.
¿Se habría parado Royce a pensar en aquello? ¿Habría considerado al embarcarse el enorme riesgo que corría? Sí, era muy probable que lo hubiera hecho porque se trataba de un hombre sensato y poco dado al comportamiento egoísta o impulsivo.
—Estaré de vuelta para Navidad —le había prometido en su visita a Hawkforte antes de partir. Joanna aún podía verle la sonrisa cuando había añadido—: Y no te preocupes, todo saldrá bien.
Sin embargo, la Navidad se había ido como había llegado, y de eso hacía ya seis meses; en ese tiempo ella no había tenido señal alguna de Royce. Nada había salido bien, y Joanna temía que nada volviera a salir bien jamás. Negó con la cabeza en un gesto de impaciencia. Aquél no era momento para permitir que el miedo volviera a hacerse con ella. Debía permanecer con la cabeza fría, en el mejor estado posible para hacer frente a todo lo que pudiera venir. Aquello, sin embargo, se presentaba como una tarea harto difícil. A medida que pasaron las horas, el dolor del brazo fue aumentando, y luego se redujo hasta quedar muy atenuado, si bien no lo suficiente para que dejara de notarlo. Joanna se vio echada en el suelo de la bodega, incapaz de recordar cómo había entrado allí. Por lo menos, no hacía frío. De hecho, hacía calor, algo poco habitual en aquella época del año, sobre todo en el mar. Como había dado por supuesto que haría frío, se había llevado una manta fina —era todo lo que había podido conseguir—, por si la necesitaba. Ahora, en cambio, lejos de echarla en falta, empezó a desear tener consigo algo de hielo. Imaginó los estanques que rodeaban Hawkforte en invierno, cuando el hielo que se formaba permitía incluso patinar en la superficie. ¡Qué agradable era el hielo, que, frío y blanco, conservaban en la casa para que en verano proporcionara preciadas virutas de fruta fresca, que se deshacían sobre la lengua en un tentador alivio frente al calor!
Era tan alta la temperatura que Joanna gimió y se tiró del cuello de la camisa para facilitarse la respiración. Debían de estar más hacia el sur de lo que había pensado. Tal vez habían viajado durante más tiempo y ella no se había dado cuenta. Ákora debía de ser, entonces, un lugar muy cálido, ¿no? Como lo había sido Grecia, el lugar del que se decía que provenían los akoranos.
¿Era aquello posible? ¿Podría haber sobrevivido algo tan antiguo? Royce había creído que la leyenda era cierta. De hecho, parte de su deseo por viajar a Ákora se había basado en la convicción de que allí encontraría respuestas para muchas de las preguntas que se hacía sobre la antigua Grecia.
Su querido Royce, un hermano tan bueno, un hombre tan bueno. ¡Qué tremendamente injusto habría sido que hubiera terminado siendo herido! Imaginarlo en apuros le resultaba insoportable.
Insoportable... Brevemente despejada, tras lo abotagada que la había dejado la fiebre, Joanna respiró entrecortadamente por el dolor abrasador que se extendía desde el brazo. Buscó la botella de agua con torpeza y, cuando dio con ella, se bebió la poca agua que quedaba. Agotada, se sumió en un sueño agitado. Cuando volvió a despertarse ya estaba todo oscuro.
Ahora que se había hecho de noche y podía ocultar más fácilmente sus movimientos, debía ir a buscar más agua. Cuando intentó ponerse en pie, el barco se escoró exageradamente, lo que le hizo preguntarse si se encontraban en medio de una tormenta. Aun así, Joanna logró llegar, si bien tambaleándose, hasta la escalera que llevaba a la trampilla. Colocó un pie en el primer peldaño, pero justo entonces le falló el equilibrio y cayó contra una de las cajas cercanas, que a su vez se precipitó contra la pared con un sonoro golpetazo.

 

 

 

Alex dejó en la mesa la jarra de cerveza de la que acababa de beber y miró hacia la puerta del camarote de la tripulación. Estaba cenando con sus hombres, como acostumbraba hacer en cada viaje. Era propio de los akoranos que los comandantes compartieran la suerte de sus hombres hasta niveles jamás vistos en Inglaterra o en el continente. Y a Alex le gustaba que así fuera. Disfrutaba de la camaradería de sus hombres. El lazo que se forjaba entre ellos en misiones como aquélla podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte en la batalla. Los oficiales que se mantenían al margen eran, para él, la causa de interminables guerras. Mucho mejor resultaba la sólida cohesión de la unidad que podía, así, aplastar implacablemente y sin dificultad al enemigo. Las victorias rápidas salvaban vidas.
En su tiempo libre, el poco del que disfrutaba, estaba escribiendo un tratado sobre el tema en cuestión, en el que comparaba los estilos de liderazgo de los comandantes akoranos y británicos. Quizá aquella noche lograra avanzar algo, eso si conseguía determinar el origen del extraño batacazo que creía haber oído abajo, en la zona de la bodega.
—¿Pasa algo, archos? —le preguntó el hombre que se sentaba a su lado.
Aunque habló en voz baja, el hecho de que usara el título de Alex en una situación tan informal llamó la atención de los otros veinte hombres que lo acompañaban a la mesa. Al instante cesó la conversación y todos miraron al comandante.
—He oído algo en la bodega; puede ser que esté moviéndose el cargamento.
Ya estaba en pie mientras pronunciaba estas palabras, y sus hombres también. Aunque todos sabían que aquello no era muy probable, ninguno dejaba de concederle la gravedad que entrañaba. Después de miles de años de experiencia de navegación acumulada a la que apelar, el akorano medio podía fijar el cargamento con los ojos cerrados. Los hombres del Néstor eran de todo menos mediocres y el cargamento que transportaban había recibido el cuidado más extremo. Además, no estaban acostumbrados a dejar que la suerte tomara las riendas, fuera cual fuese la situación.
Tampoco Alex lo estaba. Antes de que el último cuchillo hubiera vuelto a la mesa, él ya había salido y avanzaba sin prisa, aunque ligero. Mientras varios de sus hombres se mantenían a su lado y sostenían unas lámparas de aceite, él levantó la portezuela de la trampilla que daba a la bodega. Una vez abajo, se detuvo un momento hasta que le pasaron una de las lámparas, que elevó bien alto para mirar alrededor con cuidado.
No parecía que los cañones se hubieran movido, ni tampoco las cajas de artillería. Aun así, Alex no dudaba de lo que había oído. Se alejó de la escalera, consciente de que lo seguían varios de sus hombres, y centró la atención en lo que había en el entorno. Se mantuvo inmóvil y, muy despacio, barrió la estancia con la mirada en busca de algo que estuviera fuera de sitio o que se saliera de lo normal..., algo como el repentino aleteo que se produjo en la pared del fondo.
En seis zancadas se plantó allí con el brazo extendido para arremeter contra aquella forma delgada que trataba de fundirse con el mamparo. Bajo la luz de las lámparas, el polizón se perfilaba como un niño escuálido y despeinado. Por un instante, Darcourt asumió que eso era lo que había encontrado. La ilusión, en cambio, tardó poco en esfumarse. Enseguida se dio cuenta de que lo que allí había era una cabellera color miel alborotada, alrededor de un rostro con unos abrumadores ojos de avellana.
Alex se quedó paralizado. Aquello no podía ser de ninguna manera. La situación quedaba fuera de todo lo que él consideraba el correcto orden de la vida. Tras la incredulidad, le sobrevino una extraña sensación de que aquello había de ser así. Si bien no era supersticioso, pues la enseñanza akorana no lo permitía, Alex había crecido con una filosofía que entendía el orden y la inevitabilidad como parte de la vida. Aunque los hombres controlaban su propio destino hasta un punto extraordinario, el destino existía, era real. Sólo los tontos pensaban de otra manera, y él distaba mucho de serlo. Era un guerrero y un líder, un hombre con una capacidad de autocontrol férrea que había probado su valía en las cuitas del combate y la penuria, que había demostrado estar a la altura de lo que se esperaba de cualquiera que aspirara al título de archos. Había caminado, había nadado, había escalado, había luchado y había resistido sin agua, sin comida, sin descanso y sin haberse quejado nunca. Y nunca tampoco había permitido que sus sentimientos guiaran sus acciones. Hasta aquel momento.
El improperio que estalló en su boca llevó a los hombres situados más cerca a retroceder unos pasos. Ajeno a las atónitas miradas que se posaban en él, Alex salió de la bodega con la chica a rastras.
—¡De todos los planes descabellados, estúpidos y extremadamente peligrosos que había...!
La irritación de Alex aumentaba con cada paso que daba por el pasillo. No había errado al juzgar que los ingleses eran demasiado permisivos con sus mujeres. No había nada más que pudiera explicar por qué una chica de buena familia, que debería haber estado viviendo en la hacienda familiar con las comodidades y la seguridad que ésta proporcionaba, se había creído con derecho a colarse de polizón en un barco cuyo destino era un reino que —como era por todos sabido— no acogía a extranjeros.
—¿En qué estaría pensando su hermano? ¡Ya hizo mal en partir, en primer lugar, pero hacerlo sin asegurarse de que no se metería en apuros...!
La forma akorana de gestionar esos asuntos era la correcta. Las mujeres sabían cuál era su lugar y no salían de él. Por muchos cambios que estuvieran produciéndose en Ákora gracias a los esfuerzos del vanax y de él mismo, aquello al menos permanecería igual y, maldición, cómo se alegraba de ello.
En cuanto hubo llegado a su camarote, abrió la puerta de un golpe y lanzó a la chica dentro. Ella perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse, aunque finalmente logró enderezarse. Se apoyó en el borde de la mesa, se volvió y se quedó mirándolo. Bajo la luz de la lámpara, ella parecía joven y también muy decidida.
—¡No me dejó alternativa! El Ministerio de Exteriores resultó inútil y usted se negó incluso a hablar conmigo. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Aquella actitud desafiante lo dejó sorprendido. En tales circunstancias, ella debería haber estado acobardada, debería haberle pedido perdón y haberle rogado clemencia. En cambio, se presentaba ante él con una determinación inquebrantable.
Ya solucionaría aquello.
—Podría haber hecho lo que cualquier mujer de bien habría hecho en su lugar: regresar al lugar del que proviene y dejar que otros se ocupen del asunto —respondió con una tranquilidad decepcionante, que compensó con un tono duro como el acero.
—¡Y eso es precisamente lo que hice durante seis meses! ¿Cuánto le parece que debo esperar sin saber si mi hermano está vivo o muerto?
Antes de que Alex pudiera replicar, Joanna se apoyó en la mesa y se agarró el brazo izquierdo. Aunque la mata de pelo le cubría el rostro, Alex sospechó al instante.
—¿Qué le ocurre?
—Nada. Estoy bien. ¡Dios mío! ¡Cómo me habría gustado que hubiera habido otra forma de hacerlo! —Con cada palabra, la voz iba perdiendo fuerza, hasta que acabó en un profundo suspiro, como si le costara respirar.
—¿Está enferma?
Aunque ella respondió negando con la cabeza, Alex no iba a consentir algo así. ¿Qué más podía haber esperado? Por supuesto no era suficiente con que hubiera logrado viajar de polizona, sino que además tenía que hacerse daño al conseguirlo. Cuando los dioses se divertían a costa del hombre, tendían a pasarse de la raya.
—¿Qué ha pasado? —Movido por el instinto de un cazador, habló con más delicadeza aún cuando se acercó a ella.
Joanna levantó la vista, se asustó y trató de retroceder, pero él era demasiado rápido. Antes de que ella se diera cuenta de lo que sucedía, Alex ya había colocado una silla sobre la que la había sentado. En el proceso, le había rozado el pómulo con la mano y había notado el calor que desprendía.
Joanna seguía agarrándose el brazo izquierdo, que llevaba cubierto por una manga con manchas oscuras.
—Me corté al pasar por la tronera —explicó con la voz débil—, pero estoy bien. Me lo he curado. —Miró a través del pelo alborozado y continuó—: No necesito su ayuda.
Aquella declaración ya era increíble de por sí, pero más lo era el hecho de que ella pareciera creer lo que estaba diciendo. Aunque Alex podía atribuir aquello a la fiebre, tenía la inequívoca impresión de que se debía más bien a la testaruda y fiera naturaleza de la chica. Quizá los ingleses toleraran ese tipo de comportamiento en una mujer, pero era de todo punto inconcebible que él fuera a hacerlo también. De hecho, lo más probable era que ni se molestara en discutir con ella.
La mano de la chica le pareció inesperadamente suave y fina cuando la levantó. Antes de que ella cayera en la cuenta de lo que Alex se proponía, él ya había cogido el tejido de la manga y lo había rasgado limpiamente hasta partirlo en dos.
Fue entonces cuando Joanna reaccionó retorciéndose para alejarse de él. Sin embargo, tanto la silla como ella misma estaban atrapadas entre las poderosas piernas de Alex, que, a su vez, notaba la calidez del aliento de la chica sobre su pecho y la repentina y atónita quietud que la invadió.
Con todo, no se quedó callada.
—¿Qué está haciendo? ¡Deténgase!
—¿Qué es usted? ¿Una niña? —preguntó él al mismo tiempo que iba deshaciendo el ensangrentado vendaje—. ¿Tiene miedo de lo que hay que hacer para procurarse bienestar?
—Ya le he dicho que me lo he curado.
Alex contuvo el aliento al ver la herida, que contrastaba con la delicadeza y la palidez de la piel de Joanna. La zona que rodeaba el corte, feo e irregular, mostraba el color rojo oscuro de las infecciones. Además de explicar la fiebre, aquello implicaba que ella debía de estar soportando unos tremendos dolores, a pesar de lo cual, no había dicho nada al respecto. En aquel momento, Alex no sabía qué era lo que más lo irritaba: la estupidez de la chica o su sufrimiento. No importaba.
—¿Y a esto llama curar una herida? —quiso saber—. Está infectada, y por eso se encuentra mal.
Por un brevísimo instante, Alex se permitió lamentar no haber traído un doctor, pero el viaje duraba apenas unos días y sus hombres estaban sanos permanentemente. Nunca se le había pasado por la cabeza la idea de necesitar a alguien con conocimientos médicos. Por suerte, él mismo contaba con algunos, dado que a todos los guerreros akoranos se les enseñaba a prestar primeros auxilios, y cada uno de ellos llevaba consigo un maletín con medicamentos, vendas y otros enseres de utilidad. Sacó el suyo del baúl que había a los pies de su cama. Abandonó momentáneamente a la chica para pasar a la sala de baños aneja a su camarote. Allí llenó una palangana con agua limpia y se lavó las manos tal y como exigía el ritual. A su regreso, encontró a Joanna mirándolo con suma atención.
—Hay que coser la herida —explicó con calma—. No tenga miedo. Le daré una pócima que la hará dormir. Cuando se despierte todo habrá terminado.
Mientras hablaba, empezó a elegir lo que iba a necesitar para preparar el somnífero. Aunque usarlo entrañaba algún riesgo, pues una dosis excesiva podía hacer que la paciente no volviera a despertarse, él pretendía darle una cantidad muy pequeña, cuyos efectos duraran sólo lo suficiente para que le diera tiempo a hacer lo que debía.
—No.
Alex levantó la vista, sin que pudiera dar crédito a lo que oía. Debía de haberlo entendido mal.
—Se necesitan al menos cuatro o cinco puntos. Va a dolerle.
Joanna se retiró el cabello de los ojos y se quedó mirándolo fijamente.
—Yo misma he cosido heridas, y cuando tenía ocho años me tuvieron que suturar un corte en el pie. Sé perfectamente lo que duele.
—Entonces, tomará la pócima.
—No, no lo haré. No es necesario. Estaré bien.
«¿A quién trata de convencer? —se preguntó Alex—. ¿A mí o a sí misma?...» Tampoco importaba, en cuanto notara el primer pinchazo de la aguja cambiaría de idea.
—Muy bien —accedió Alex.
Acto seguido procedió a limpiarle la herida. Joanna volvió la cabeza, no sin que Alex la hubiera visto ya hacer un gesto de dolor. Él actuaba tan rápida y cuidadosamente como podía, aunque sabía que debía de estar haciéndole daño.
—Ahora se tomará la pócima —indicó cuando hubo acabado.
Convencido de que ella aceptaría, volvió a sorprenderse cuando Joanna se negó de nuevo con un gesto.
—No; ya os lo he dicho: estoy bien. Limitaos a acabar.
Si bien Alex se planteó incluso obligarla a tragarse la pócima, ella podía dañarse al resistirse, y eso era lo contrario de lo que él pretendía. Empequeñecido ante su insistencia, se dijo a sí mismo que la chica acabaría cediendo. Sin embargo, a lo largo de los minutos que siguieron y a pesar de cada uno de los puntos que iba dando, Joanna se mantuvo totalmente quieta y no hizo sonido alguno, salvo un pequeño gimoteo de alivio cuando todo hubo terminado.
Alex tenía la frente empapada en sudor. Como si lo viera a distancia, se fijó en que le temblaban las manos ligeramente mientras le vendaba el brazo de nuevo. Tras emitir un profundo suspiro, retrocedió y se quedó mirándola.
Ella, con el rostro muy pálido, se hundía en la silla, a pesar de lo cual logró esbozar una leve sonrisa.
—No ha sido para tanto —confirmó Joanna, y luego se desmayó.
¡Qué mujer tan tozuda, tan irritante, tan frustrante, tan... valiente! ¿No podía haberse traspuesto al principio en lugar de esperar a que todo acabara? Aquello no era sino una muestra de que estaba tarada, como si hiciera falta algo más para probarlo.
Muy consciente de que sus propios pensamientos no eran netamente racionales en aquel momento, Alex trasladó a Joanna hasta la cama, donde la depositó con cuidado para que el peso del cuerpo no recayera en el brazo izquierdo. Ella no se movió un ápice y mantuvo la respiración suave y profunda, lo que le confirmó a Alex que estaba quedándose dormida de modo natural. Le quitó las botas y, de no haberse fijado en sus ropas, se habría detenido ahí. Además de la sangre que le había empapado la camisa, había toda una serie de manchas de grasa y mugre, otro recuerdo de la difícil entrada por la tronera y de su estancia en la bodega. Dado que a él le habían enseñado que la limpieza constituía un elemento esencial para mantener un buen estado de salud, más aún cuando se trataba de curarse, no podía dejarla así.
Apretó los dientes y comenzó a deshacerle los nudos de la camisa con cuidado, hasta que se la retiró sacándosela por la cabeza. La piel de Joanna era blanca y suave como si la cubriera un lustre cremoso y casi opalescente. Su cuerpo era delgado, pero no en exceso. Los pechos aparecían pequeños y de una forma perfecta; los pezones eran de un tono rosa suave, parecido al del coral. Alex apartó la camisa rasgada junto con las botas y decidió que lo mejor sería desnudarla del todo.
La blanquecina perfección de la piel de la chica en el costado izquierdo y la cadera correspondiente se combinaba con el morado oscuro de los cardenales. Lo más probable era que hubiera caído de ese lado al entrar en la bodega. Aquello le hacía preguntarse cómo se las había arreglado exactamente para llevar a cabo tamaña proeza. Entonces, tardíamente, recordó el informe que le habían presentado sus hombres poco antes de zarpar sobre un par de muchachos que se habían subido al tejado de uno de los almacenes. Cuando habían empezado a perseguirlos, los chicos habían desaparecido en el laberinto de callejuelas que configuraban la zona cercana al muelle. ¿Habría sido entonces cuando ella había embarcado? Probablemente, porque dudaba de que hubiera tenido otra oportunidad. Anotó mentalmente que debía hablar a sus hombres de la necesidad de extremar las precauciones en los puertos de gentes tan dadas a lunáticas aventuras como los ingleses.
Sus hombres también querrían recibir alguna explicación de la presencia de la chica. Era obvio que había subido a bordo sin que él lo hubiera sabido, pero el que lo hubiera hecho a pesar de ser bien consciente de que su presencia no sería bienvenida los sorprendería como la cosa más extraña. Por eso, hasta que decidiera qué iba a hacer con ella, se guardaría esa información.
Cuando estaba a punto de arroparla con las mantas, Alex se acordó de la rara preocupación de los ingleses por la desnudez, así que dejó escapar un suspiro, volvió a abrir el arcón y eligió una túnica fina con la que vistió a Joanna. No era que tratara de satisfacer todos sus deseos, en absoluto. Actuaba, más bien, movido por el buen criterio de evitar una escena, que sin duda se produciría si ella se despertaba y se encontraba desnuda en la cama. Después de aquello, dedicó largo rato a atender sus asuntos en su despacho, aunque no logró concentrarse. No dejaba de mirar a la chica. Más a menudo de lo que pretendía, se levantaba a comprobar cómo se encontraba. La fiebre le iba bajando y parecía dormir en paz. En un impulso, cogió el hatillo que Joanna llevaba consigo y lo vació sobre la mesa. No dudó en hacerlo, ya que, por el hecho de haber embarcado en su navío sin escolta o sin la protección de un hombre, ella y todo lo que llevaba con ella le pertenecía, y si Joanna no lo sabía, pronto se enteraría.
Una botella de hojalata vacía, un paquete de carne seca, otro de galletas saladas, una manta fina, una camisa limpia rasgada en la parte inferior, una bolsa que contenía veintiséis guineas de oro, una pastilla de jabón, una brújula, un minúsculo e inapropiado maletín médico, un cuchillo que Alex se apresuró a requisar y un libro titulado Especulaciones en torno a la naturaleza del reino de Ákora, escrito por William, el conde de Hawkforte.
Alex ya había visto antes aquel libro, incluso lo había leído, aunque había sido en la biblioteca de Mansfield a la edad de quince años, recién llegado a Inglaterra y fascinado por haber encontrado una obra que hablara de su tierra. Escrito por el abuelo del actual conde de Hawkforte, el desaparecido Royce, el libro daba a entender que algunos de los datos que ofrecía se habían obtenido gracias a algún antiguo lazo familiar con Ákora. Darcourt consideraba aquello harto improbable, si bien no imposible. Tenía, además, razones personales para creer que el reino-fortaleza no era tan impenetrable para los foráneos como se animaba a los extranjeros a pensar.
Una vez que hubo examinado el contenido del hatillo, Alex volvió a dejarlo todo como estaba y fue de nuevo a ver cómo se encontraba la chica. La fiebre le había bajado aún más y, por suerte, parecía que ya no estaba en peligro, si bien no gracias a su estúpido comportamiento. Era ya muy tarde y el día siguiente prometía ser... todo un reto. Aunque él no tenía ningún interés particular en que lo echaran de su propia cama, nunca había compartido una con una mujer para algo que no fuera el propósito más obvio. Y aquél no parecía el momento idóneo para intentarlo. Ya había logrado controlar la rabia, que, no obstante, seguía presente. Si el intruso hubiera sido un hombre, Alex no habría dudado en tratarlo con dureza, pero era una mujer, a pesar de mostrar una actitud impropia de una fémina, y como tal debía ser tratada de modo distinto.
Mientras ocupaba su mente en decidir cómo tratar a aquella chica indomable que se había introducido bruscamente y por propia voluntad en su hasta ahora ordenada vida, el príncipe de Ákora subió a cubierta para encontrar su lecho bajo las estrellas.
Durmió poco y sin que el sueño le proporcionara descanso alguno. Se despertó bajo la luz fría y gris del alba, y permaneció tumbado, con los brazos cruzados bajo la cabeza, para reflexionar sobre la situación en que se encontraba. A primera vista, su última misión había resultado ser todo un éxito, y los cañones que transportaban en la bodega eran buena prueba de ello. La compra en cuestión había requerido la máxima discreción, de modo que se produjera, como así había sido, sin el conocimiento ni la aprobación del Gobierno británico. También se había asegurado de que nadie, fuera de las fronteras del reino-fortaleza, hubiera percibido siquiera una mínima señal de la crisis que se avecinaba en Ákora. Por lo que los ingleses sabían, Ákora continuaba siendo lo que siempre había sido: un poderoso monolito unido frente al mundo. Alex sabía que si llegara a conocerse cualquier pista que hiciera pensar lo contrario, los codiciosos ojos que se habían posado en Ákora se apresurarían a poner sus garras, ya afiladas, sobre ella. Acabar con los problemas internos deprisa y de una vez por todas era más necesario que nunca. En un momento como aquél, la intrusión de la inglesa resultaba particularmente... perturbadora.
Sí, aquélla era la palabra, y la explicación de que él no pareciera ser capaz de quitarse a la mocosa de la cabeza.
El valor que ella había mostrado lo desarmaba y minaba la rabia que era justo y correcto sentir y a la que debía haber podido aferrarse. No había nada en su vida, desde luego ni en Ákora y ni siquiera en Inglaterra, que lo hubiera preparado para enfrentarse a la desconcertante e irritante criatura que ocupaba ahora su camarote. Debía obligarse a recordar que ella era una mujer, una engendradora de vida, y que, como tal, debía protegerla a toda costa. No importaba que por apenas un instante hubiera tenido una sorprendente necesidad de reprenderla.
Sólo pensarlo lo avergonzaba. Era impropio de un guerrero akorano, y más aún de un hijo de la familia real.
¡Maldición! ¿Qué iba a hacer con ella?
Era cierto que Joanna le era leal a su hermano —en extremo, no había duda—, y la lealtad había de respetarse siempre. Y tenía valor; de eso estaba seguro.
—¿Archos?
Alex levantó la vista para mirar al hombre que se dirigía a él: un guerrero que conocía bien y con el que había compartido muchas misiones. Aunque la expresión del hombre era impasible, como correspondía, en el fondo de sus ojos podía descubrirse un ápice de preocupación.
—Hemos avistado navíos, mi comandante.
Alex se volvió en la dirección que le indicaba y miró por encima del agua agitada. Era un día claro y él tenía una excelente vista de cazador, por lo que no tuvo dificultad a la hora de distinguir las velas hinchadas de tres navíos que se acercaban por el este.
—¿Son franceses?
El hombre asintió e hizo un leve gesto con el catalejo que sostenía. El catalejo era una creación akorana. Las lentes pulidas por los artesanos de allí, aficionados a actividades de aquel tipo, se encajaban en un tubo de latón de complejo diseño que medía unos treinta centímetros cuando estaba cerrado, pero que doblaba su longitud cuando se extendía. Este tipo de artilugios existían en Ákora desde hacía mucho tiempo, mucho antes de que se hubieran conocido en el mundo exterior, y era una de las razones por las que el reino habría permanecido intacto durante tantos siglos, mientras las luchas por el poder arrasaban la cercana Europa, las civilizaciones surgían y desaparecían, los jefes eran ensalzados y se desvanecían, y el progreso avanzaba a minúsculos pasos y sólo recibía algún estímulo de vez en cuando. Mientras tanto, Ákora continuaba desarrollándose. Era, por tanto, una fuente de orgullo y, en ocasiones, de seguridad.
—Navegan con la bandera francesa, archos.
Darcourt se permitió sentir una breve punzada de excitación, que se extinguió de inmediato antes de que se hiciera real. Los franceses podían ser unos exaltados, pero de tontos no tenían ni un pelo. Reconocerían el navío akorano y lo evitarían a pesar de la sospecha de que había zarpado de Inglaterra. Eso, claro estaba, salvo que fuera él mismo quien se acercara a ellos. Cualquier capitán francés estaría encantado de entablar relaciones con un príncipe akorano y de informar de ello a su comandante. Más aún, cualquier capitán francés estaría más que encantado de liberar al mismísimo príncipe akorano de una inglesa indeseada. Los franceses estaban en guerra con los ingleses, cierto, pero no eran un pueblo incivilizado. Muy al contrario, tras su sangrienta revolución y la ascensión al poder de su autoproclamado emperador, se mostraban ansiosos por aparecer como el ejemplo de todo lo que había de considerarse culto e ilustrado. La retendrían durante un tiempo y quizá incluso la presentarían como una «invitada» de honor en la corte de Napoleón, pero no le harían ningún daño. Con el tiempo, la devolverían a su hogar. En general, sería una experiencia muy saludable para ella. De no ser porque ponerla en manos del enemigo, por muy bueno que fuera el trato que recibiera, sería todo un deshonor, la idea habría sido demasiado tentadora como para dejarla pasar.
Se quedó mirando aquellas velas hinchadas con el ceño fruncido un poco más, y luego se volvió.
—Ignoradlos.
El hombre asintió y volvió a sus quehaceres, mientras Alex se quedaba solo con su peculiar problema. ¿Qué iba a hacer con ella? Dentro de unos días ya estarían frente a las costas españolas. Podía dejarla allí, en manos británicas, si lograba dar con las coordenadas correctas de la posición costera de Wellington, pues ésta era bastante incierta. Con todo, no podía verse abandonándola en medio de la zona bélica. Aquello sería demasiado, incluso para una mujer de fortaleza y voluntad tan impresionantes.
El problema radicaba en que no era sólo eso, sino también una hermana asustada, a la vez que valiente, que trataba de hacer lo correcto por su hermano. El propio Alex no carecía de experiencia en asuntos de amor y lealtad en el seno familiar.
Se quedó allí sentado un rato más y se dedicó a pensar mientras miraba el mar. Los casi imperceptibles cambios de color del agua y la calidad de la luz del horizonte de levante le dijeron tanto como podrían haberlo hecho los varios instrumentos de navegación que había a bordo. Era capaz de saber si se producía cambio alguno en las profundas corrientes, cuyos caminos habían permanecido inalterables a lo largo de los siglos en que los navegantes akoranos las habían rastreado. Igualmente podía saber lo lejos que se encontraban de la costa sólo con fijarse en las variaciones de la luz en el cielo. El roce del viento en el pelo y en la piel desnuda le indicaba la velocidad y la temperatura. Ahora bien, por encima de todo eso, estaba el olor. Se encontraban a suficiente distancia de la costa como para que sólo oliera a mar. Era el olor del buen viento y del cielo despejado el que daba tranquilidad a los marineros, pues había otros olores —más intensos y aletargados— que avisaban del peligro. Había olido el hielo en dos ocasiones, en misiones especialmente largas. Y no le importaba demasiado volver a hacerlo.
Por eso permaneció en aquella misma postura, con todo el cuerpo en sintonía con el mar, y continuó pensando en qué hacer con aquella mujer. Podía volver, poner rumbo a Inglaterra y devolverla al lugar al que pertenecía. Y eso era lo que podría haberse planteado de no haber sido por los cañones, de cuya existencia nada sabía mucha gente en Inglaterra, que quedaría encantada al enterarse. Si volvía allí con los cañones en la bodega estaría incurriendo en una negligencia por incumplimiento del deber. Y podía enfrentarse a cualquier cosa menos a eso.
Lady Joanna Hawkforte conseguiría lo que anhelaba: iba a ir a Ákora. La cuestión se centraba más bien en qué le ocurriría una vez allí.
Estaba considerando las posibles opciones cuando sus aberturas nasales le avisaron de algo. Alex miró hacia la proa y sonrió al ver a varios de sus hombres pendientes del fuego de la parrilla de hierro. En la olla que había encima estaban preparando un guiso de pescado, y no uno cualquiera, sino unos marinos, el plato nacional de Ákora, sobre el que cada akorano guardaba su propia opinión y del que existían infinitas variaciones que se transmitían entrañablemente de generación en generación.
Después de tres meses de comidas inglesas, Alex habría sido capaz casi de matar sólo por probar unos marinos. Por suerte, lo único que tenía que hacer para satisfacer su deseo era caminar un poco y unirse a la atenta tripulación que ya estaba reunida. Justo cuando aceptaba un cuenco y la habitual rebanada de pan ácimo, Alex vio sus pensamientos de nuevo interrumpidos por el recuerdo de la polizona.
Con seguridad ella tendría hambre, aunque, desde luego, aún conservaba las galletas saladas y la carne seca que había traído consigo. Por un momento, se regodeó en la agradable posibilidad de vengarse dejando que se apañara con provisiones tan frugales. Tras dejar escapar un suspiro, apartó esa idea y se dirigió de nuevo a su camarote.
* * *