Capítulo 13
—¡DAOS prisa! —ordenó
Alex.
Situado en el embarcadero de piedra,
supervisaba las operaciones de sus hombres para zarpar mientras
trataba de no ir mirando el camino que llevaba a palacio. A pesar
de la habilidad de Joanna para nublarle la mente hasta
inhabilitarlo para unir dos pensamientos con coherencia, había sido
muy claro con ella. No existía, por tanto, razón alguna para creer
que desobedecería.
Ninguna razón, salvo la propia Joanna.
Alex levantó la mano para indicar al hombre
que tenía más cerca:
—Inspecciona el barco, de proa a popa.
Asegúrate de que no hay nadie de más a bordo.
El hombre era un guerrero disciplinado. La
boca apenas se le movió.
—Como digáis, archos.
Aunque era imposible que ella estuviera
pensando en ir de polizona otra vez, cerciorarse no hacía ningún
mal. Y, en cualquier caso, cuando, a poco, el hombre retornó y le
aseguró que no había nadie a bordo del Néstor que no debiera estar allí, Alex no bajó la
guardia. Continuó echando vistazos al camino de palacio hasta que
todo estuvo listo. E incluso entonces, él fue el último en saltar a
bordo desde el embarcadero, justo en el momento en que el
Néstor levaba anclas. Luego, si bien
ocupó su lugar en los remos, no logró apartar aquella preocupación
de su mente del todo, hasta que perdieron de vista los muelles de
piedra de Ilion.
Una vez en el mar Interior, una brisa
refrescante hinchó las velas. Con los hombres en los remos,
avanzaron a gran velocidad. Para cuando soltaron ancla en el
pequeño y apartado puerto de la costa sur de la isla de Tarbos, el
sol se iba escondiendo tras las colinas del oeste mientras teñía el
agua de un dorado radiante.
En un silencio casi absoluto, los hombres
del Néstor descargaron los pertrechos
que iban a necesitar, los distribuyeron entre ellos y se adentraron
con rapidez en el pinar que enmarcaba la isla. Alex iba a la
cabeza. Aunque a aquellas alturas no les preocupaba que los vieran,
procuraban hablar poco. Sobraban las palabras, pues cada hombre
sabía bien lo que tenía que hacer.
Una hora después de dejar el puerto,
aparecieron al borde de una playa de arena que recorría el extremo
este de la isla. Alex les dio indicaciones en silencio. Como si
fueran un solo cuerpo, sus hombres se agacharon y se escondieron
detrás de una franja de arbustos y tras las elevaciones de unas
pequeñas dunas. Alex se les unió y tomó un catalejo de la bolsa que
transportaba. A la luz de la luna, estudió con cuidado la orilla
opuesta.
A pesar de su nombre, que evocaba el
recuerdo del miedo y del terror, Deimos era una isla hermosa.
Contaba con agradables playas, varios puertos de pequeño tamaño,
bosques profundos y un laberinto de cuevas que, según contaba la
leyenda, aún contenían altares religiosos que habían sobrevivido a
la erupción volcánica que había generado a la propia isla y a sus
dos compañeras. Bien podía un traidor esconder un ejército en
aquellas grutas. Mejor sería no pensar demasiado en ello en aquel
momento y centrarse en cumplir la misión.
Apartó el catalejo y levantó la mano para
hacer un gesto hacia delante. De nuevo en un movimiento más propio
de un ser que de muchos, sus hombres avanzaron hacia la playa y se
lanzaron al agua. Momentos después, nadaban ya con rapidez y
constancia hacia Deimos.
Llegaron a la orilla protegidos por la
oscuridad y sirviéndose de las sombras que proporcionaba la luna.
Con agilidad, abandonaron la playa y se reagruparon al amparo de
los árboles de un bosquecillo. Alex habló pausadamente. Los hombres
se dividieron en dos bloques: uno se dirigió playa arriba y el otro
se quedó con él donde estaban.
Su padre había afirmado que ella había
nacido sabiendo navegar. Joanna pensó en aquello mientras hacía un
mínimo ajuste al timón del barco del que se había apropiado —la
palabra «robar» era tan dura...— y miraba ahora la estela de plata
que trazaba la luna. Quizá él tenía razón, porque no recordaba ni
una vez en que no se hubiera sentido en comunión con el agua y la
sal. Incluso después del fallecimiento de sus padres, cuando el
puro placer por el mar parecía haber desaparecido, había sentido
Joanna su llamada en lo más profundo de su ser.
Y aquello le venía de perlas, porque navegar
de noche por aguas desconocidas podía resultar peligroso. Joanna no
conocía ni las corrientes ni la posible existencia de bancos de
rocas a la espera de marineros incautos. Dado que aquél era
precisamente el caso, viró hacia el norte al salir del puerto y
continuó en aquella dirección durante un largo rato antes de ceñir
al oeste para fijar un rumbo que, si había leído bien el mapa, la
obligaría a rodear la costa norte de Tarbos a una buena distancia
de la orilla. El Néstor estaba aún
atracado cuando ella había zarpado. Contaba con que Alex tomaría un
camino más directo que la mantendría fuera de su vista.
También había contado con emplear el tiempo
que estuviera en el mar en decidir qué debía hacer. No era tan
inocente para creer que podía liberar a Royce ella sola. Tendría
que encontrarse con Alex, una posibilidad que le resultaba cuando
menos desalentadora. En cualquier caso, tenía alguna idea de adonde
se dirigía él, a algún lugar frente a la torre blanca en la costa
oeste de Tarbos. Si localizaba la torre y cruzaba por ese lugar
hasta Deimos a su alcance, habría alcanzado su objetivo.
Sin embargo, aquello se demostró más fácil
en la teoría que en la práctica. A pesar de la luz de la luna,
había sombras profundas que oscurecían buena parte de la orilla de
Tarbos. Una vez que hubiera llegado a Deimos, las sombras serían
sus amigas, pero mientras tanto, no eran sino una creciente fuente
de preocupación. ¿Y si no lograba dar con la torre blanca?
Había empezado a asustarse cuando un
destello blanco que provenía de babor captó la atención de sus
esforzados ojos. Al principio, pensó que podía tratarse simplemente
de uno de los afloramientos de piedra caliza que poblaban todas las
islas. Apenas sin respiración, ciñó el rumbo más de lo que la
prudencia aconsejaba para acercarse a la orilla, hasta que el
corazón le dio un repentino vuelco de alegría. Allí estaba. ¡Tal y
como la había visto! Una torre espigada de color blanco se elevaba
justo enfrente de Deimos. Contuvo un grito de alivio y viró para
dirigirse a la isla que confiaba en que fuese la prisión de
Royce.
La fortuna la acompañó, pues pudo llevar el
pequeño esquife casi todo el tramo hasta la parte de arriba de la
playa. Salió de la embarcación de un salto, agarró un cabo con
firmeza y se afanó en remolcar el barco el resto del camino por
encima de la línea de la marea. No tenía ni idea de cuánto tiempo
estaría allí, o de si necesitaría el bote otra vez, pero no iba a
arriesgarse. Encontró rápidamente unas hojas que se habían caído de
las palmeras que bordeaban la playa e hizo todo lo que pudo para
camuflar la embarcación. No escaparía a un escrutinio de cerca,
pero esperaba que no levantara sospechas ante un vistazo casual de
alguien a bordo de otro navío que pasara por allí.
Joanna cayó en la cuenta de la tremenda
magnitud de lo que acababa de lograr. Corrió a buscar refugio bajo
los árboles y se dejó caer sobre un sólido tronco, hasta que el
corazón dejó de latirle con fuerza. A la luz brillante de la luna,
podía distinguir la pradera que, a una corta distancia de la
orilla, se extendía ante ella, así como un largo muro de piedra. Se
puso en pie con rapidez bajo el brillo plateado, se quedó quieta un
momento y luego siguió adelante.
Idiota. Imbécil. Estúpido. Tonto. Alex
pensó que en lo que se refería a Joanna Hawkforte, su cerebro, o lo
que de él quedara, había descendido de verdad a sus partes
pudendas, donde no lograba funcionar muy bien del todo.
Desde luego no había vuelto a embarcarse de
polizona. Resultaba mucho más atrevido y creativo navegar sola por
aguas desconocidas en medio de la noche hacia sólo Dios sabía qué
peligros.
Y lo peor de todo, lo que era realmente
peor, era que él tendría que haberlo imaginado. Todas las señales
de alarma estaban allí: la orgullosa voluntad, la inteligencia, el
coraje, y toda la irritante falta de observación de todo lo que se
pareciera a la deferencia por parte de una mujer hacia la autoridad
de un hombre.
En realidad, una vez que estuvo todo dicho y
hecho, sólo podía culparse a sí mismo. Lo que no estaba nada mal,
dado que tanto la ley, como la costumbre, como su propio carácter,
prohibían su venganza salvo que consistiera, como mucho, en una
seria charla. Como si aquello fuera a traer consigo siquiera un
ápice de bien.
Sin embargo, no existía prohibición alguna
que le impidiera actuar de inmediato por el bien de la seguridad de
Joanna. Una sonrisa vengativa le iluminó la mirada. Entre una
respiración y la siguiente, Alex salió del escondite de los
árboles, corrió con rapidez, saltó y derribó a Joanna con lo que
habría sido un golpe muy duro si no se hubiera dado la vuelta él en
el último momento para recibir la mayor fuerza del impacto.
Aun así, Joanna dejó escapar un pequeño
chillido que Alex consideró que sería perfectamente justificable
silenciar con el sencillo método de taparle la boca con la mano, a
la vez que él se volvía para retenerla, inclinada bajo su propio
cuerpo. Luego, Joanna se tumbó en el suelo y abrió los ojos todo lo
que pudo cuando levantó la vista y miró a Alex, que alzó las
caderas ligeramente, dispuesto a disimular que estaba empezando a
excitarse con rapidez, un hecho que no estaba dispuesto a reconocer
ni ante sí mismo. Por apenas un momento —un escaso y sencillo
instante que él notó—, Joanna pareció perpleja. Después, Alex
observó que el alivio sustituía a la sorpresa.
Era bueno que no lo temiera. Eso era lo que
él debía seguir recordándose.
—Retiraré la mano —anunció con la voz muy
tensa por el esfuerzo que hacía para mantenerse tranquilo, como
correspondía a un hombre a pesar de lo desconcertado y deslumbrado
que estuviera—, si me prometes que te mantendrás callada.
Joanna asintió de modo cortante. Tendría que
valer.
Despacio, Alex retiró la mano sin apartar la
vista de Joanna. Muy bajito, para que ni sus enemigos ni sus
hombres pudieran oírlo, le susurró:
—Podría decirte lo increíblemente tonta que
has sido, aunque no creo que sirviera de nada. En verdad, sólo te
riges por tus propias normas, ¿no es cierto, lady Joanna?
Se puso en pie, tiró de ella y se dirigió de
vuelta al cobijo de los árboles. Sus hombres, siempre leales,
evitaron sus miradas.
—Lo siento —se disculpó Joanna cuando por
fin pudo responder. Percibió las ondas de la rabia que desprendía
Alex y se sintió profundamente afectada. Pese a todo, no iba a
mentir, así que continuó—: Tenía que venir. Debes darte cuenta de
que conmigo tienes más probabilidades de encontrar a Royce.
—Me doy cuenta de muchas cosas, ninguna de
las cuales parece apropiado comentar ahora —contestó Alex con los
dientes apretados.
—Archos...
Alex se volvió y vio a uno de los hombres
que había enviado para realizar un reconocimiento del
terreno.
—Hemos encontrado la celda que describió,
archos, pero está vacía.
—¿Vacía? —exclamó Joanna, que se tensó bajo
la mano de Alex—. No puede ser. Royce está ahí. ¡Lo sé!
—Tal vez haya estado ahí —replicó Alex, que
aún la agarraba del brazo— y ya no esté.
Luego, la acercó hacia sí e ignoró, tan bien
como pudo, la tentación que le sobrevenía al tenerla cerca. Con
todo, aquello le hizo hablar con más dureza de la que sentía.
—Tu presencia hace peligrar esta misión, de
modo que al menos ten la sensatez de mantenerte callada y de hacer
lo que se te diga.
Alex vio el fuego que había en sus ojos y se
preparó para su respuesta, aunque vio, también, cómo ella luchaba
por mantener el control y lo lograba. En aquellas circunstancias,
se permitiría sentirse orgulloso de la fuerza de Joanna. Lo único
en que podía pensar en aquel momento era en sacarla de Deimos sana
y salva.
Alex dio una orden. Sus hombres se formaron
de modo que rodearon y envolvieron a Joanna, que aunque le dedicó
una mirada de verdadera lástima, se mantuvo callada. Avanzaron
hacia el interior de la isla a lo largo del camino que marcaba el
muro de piedra. Habían viajado a buen ritmo durante apenas media
hora hasta que Joanna no pudo contenerse más y preguntó:
—¿Adónde vamos?
En lugar de desviar la vista hacia ella,
Alex continuó mirando al frente. Sin embargo, se relajó lo justo
para proporcionar algo de información.
—Hay unas cuevas.
Joanna le dio varias vueltas a aquella
respuesta.
—¿Crees que han trasladado a Royce
ahí?
—Si yo quisiera esconder a alguien, eso es
lo que haría.
Ni dijo nada más, ni la animó a ella en
forma alguna para que hablara. A pesar de lo cual, Joanna no pudo
resistir la tentación de hacer una pregunta más:
—¿Piensas que alguien sabía que
veníamos?
Lo único que Alex dio como respuesta fue un
gesto: se encogió de hombros. Parecía tan despreocupado que podría
haber estado dando un paseo matinal un domingo por Hyde Park, el
parque londinense. La idea de que podía estar encaminándose
directamente a una trampa de la que Royce era el cebo no parecía
importunarle lo más mínimo. Joanna se vio obligada a correr un poco
para mantenerse a su lado, lo que la dejó casi sin aliento. Ahora
bien, salvo aquello, tampoco parecía que aumentara, por el momento,
su preocupación.
En cuanto volvió a abrir la boca para hablar
de nuevo, Alex se limitó a advertir:
—Si no lo saben todavía, tu charla los
alertará sin duda.
La afirmación le selló los labios
definitivamente. Joanna no volvió a decir una palabra durante casi
una hora. Se adentraban en la isla y en un profundo pinar, y se
alejaban de la extensa pradera que ella había visto y que descendía
a la playa. Penetraban también en la noche apagada de negro y gris,
cuya paleta sensorial se basaba más en los sonidos y los olores que
en las tonalidades. El perfume que desprendían las agujas de pino
que pisaban al caminar se entremezclaba con el aroma de aquella
tierra fecunda y, más allá, el olor penetrante y salado del mar.
Aunque el sordo crepitar de los arbustos anunciaba su paso, no
interrumpía la cacofónica coral de las ranas de San Antonio, que
hacía vibrar al aire mismo.
Joanna se centró en mantener el ritmo. Alex
marcaba un paso ligero sobre un terreno que era a veces abrupto. En
varias ocasiones lo había visto mirarla. Ella siempre había
reaccionado con una sonrisa segura. Era, sin duda, un paseo
dominical. Podía jugar a ese juego tan bien como él. Más aún, el
pundonor le exigía que así lo hiciera, aunque amenazaba ya con
agotársele cuando pararon, por fin, en la ladera de la colina, y
avistó delante de ella un montón de arbustos que ocultaban
parcialmente la entrada a una cueva.
Una cueva muy oscura. Esa vez no habría
ninguna antorcha que iluminara el camino, sino una única lámpara de
aceite, de pequeño tamaño, que se encendía con una yesca y un
pedernal, y que Alex sacó del envoltorio de lona ajustado que la
había mantenido seca. Con el instrumento en la mano, Alex tiró de
Joanna y la colocó justo detrás de él.
—Mantente cerca de mí. Al menor signo de
peligro, échate al suelo y apártate del camino. ¿Me has
entendido?
Joanna, que desconfiaba de lo que pudiera
decir, se limitó a asentir. En silencio, siguió el débil resplandor
de la lámpara que se introducía en la tierra. Al principio, la
penumbra era tal que sintió que se la tragaba y hubo de hacer
frente a un momento de pánico. Su miedo se redujo un poco cuando se
dio cuenta de que podía ver la tenue llama de la lámpara a pocos
metros por delante. Tras ella, en cambio, oía los pasos sordos de
los hombres de Alex, que los seguían. Con un nudo en la garganta,
Joanna se obligó a continuar.
Apenas habían caminado un corto tramo desde
la entrada de la cueva cuando Joanna se dio cuenta de que la
temperatura estaba descendiendo. Un escalofrío, que sólo en parte
estaba relacionado con el miedo, le recorrió la espalda. Por un
breve instante, se distrajo pensando en la suavidad y la calidez de
la capa que debería haberse llevado consigo. Mientras aún se la
imaginaba sobre los hombros, Alex se detuvo sin avisar. Joanna se
empotró en la amplitud de su espalda y se las arregló a duras penas
para contener una exclamación de sorpresa.
El brazo de Alex le rodeó repentinamente la
cintura como si se tratara de una banda de hierro que no admitiera
resistencia alguna. Le entregó la lámpara a uno de sus hombres y
habló muy bajo, con su aliento próximo al oído de Joanna.
—Espera aquí, no te muevas.
—Mi hermano...
—Tu hermano no estará bien servido si te
entrometes.
En apenas un instante, ya se había ido, y
sus hombres lo siguieron en perfecto orden. Tras él dejó la
lámpara: todo lo que había entre Joanna y la oscuridad que
amenazaba con engullirla. Durante un buen rato sólo fue consciente
de su propia respiración, acelerada y entrecortada. El mareo se
cernía sobre su mente antes de que el orgullo y la voluntad
acudieran en su ayuda. En cuanto empezó a respirar con más
normalidad, cayó en la cuenta de que no podía oír nada que
proviniera del fondo de la cueva, no había ni sonidos de lucha, ni
voces: nada. Estaba sola de verdad.
Sin embargo, contaba con la lámpara y, al
comprobar lo que pesaba, se convenció de que estaba casi llena de
aceite. La minúscula luz ardería aún un tiempo. No pensaría en lo
que ocurriría después.
Sería mejor pensar en Royce. Se encontraba
allí cerca; tenía que estar allí. Aunque así lo creía, no lo sabía
del mismo modo como lo había sabido cuando él se encontraba en la
celda. Cerró los ojos con desesperación y vio a su hermano como lo
había hecho antes tantas veces, a pesar de lo cual, la sensación
que tan intensa había emergido apenas hacía unas horas estaba ahora
ausente por completo. Estaba intentándolo con demasiada
insistencia. Siempre que trataba de usar de verdad su don, éste la
eludía, mientras que cuando sencillamente se relajaba, parecía que
sucedía de manera voluntaria.
Relajación. En una cueva negra y helada, con
una sola luz diminuta y titilante por compañía y sin saber lo que
estaría ocurriéndole a su hermano, o a Alex, o a sus
hombres...
Parecía más sencillo sacar las alas y
echarse a volar.
Con todo, lo intentó. Miró fijamente la
pálida llama e hizo un tremendo esfuerzo por vaciarse la mente de
todas las preocupaciones y los miedos. Cuanto más se empeñaba,
menos éxito tenía. La respiración se había acelerado de nuevo hasta
dolerle y ya había empezado a temblar por los efectos combinados
del desasosiego y del frío cuando un ruido inesperado captó su
atención.
Voces. En la absoluta quietud de la cueva,
se oían como si fueran truenos, aunque en realidad fueran débiles y
provinieran aún de lejos. Joanna se llenó de esperanza. Quizá Alex
y sus hombres habían reducido a los captores de Royce y volvían con
él. Joanna mantenía la lámpara como a un brazo de distancia de su
cuerpo para ver mejor a quienquiera que pudiera estar acercándose,
cuando se le ocurrió la posibilidad de que hubiera más de un grupo
de hombres moviéndose en las cuevas. A lo mejor Alex no estaba
cerca en absoluto y a ella iban a descubrirla.
Con rapidez, encogió el brazo hacia sí y se
apretó contra la pared. Las voces se hicieron más fuertes al
acercarse. Y se vio brillar una luz de antorcha. Parpadeó ante
aquella repentina claridad y trató de escudriñar las sombras que se
aproximaban. Cuando aparecieron, largas y delgadas, aquellas
siluetas proyectadas por la luz de las antorchas que sostenían
varios de los hombres se transformaron enseguida en las formas de
los propios cuerpos. Eran como unos seis en total, si no contaba al
sujeto desplomado que cargaban entre dos de ellos.
La lámpara se agitó con violencia. De
pronto, aterrorizada por si la llama en movimiento atraía su
atención, no tardó en decidir apagarla aplastándola entre los
dedos. No importó la oscuridad que se hizo a su alrededor. Allí, a
la luz de aquellas teas, distinguió a Royce.
Sin embargo, Dios santo, no era el Royce que
ella recordaba. Incluso a aquella distancia y en la oscuridad, pudo
comprobar en qué estado lamentable de delgadez se encontraba. Se
colgada de dos hombres que lo sostenían, y no era capaz de poner un
pie delante del otro mientras lo arrastraban. El cabello, largo y
desarreglado, ensombrecía parcialmente sus facciones, a pesar de lo
cual, Joanna supo, con toda certeza, que era él. Su hermano, su
amigo, todo lo que le quedaba de familia. Si no hubiera sido por el
potente freno de su voluntad, habría hecho caso omiso del peligro y
se habría lanzado sobre aquellos que lo atormentaban. El dolor que
le producía verlo así de maltratado era casi más de lo que podía
soportar, y tan intenso que borró todo pensamiento sobre sus
propios miedos. Sin dudarlo, siguió la luz llameante de las
antorchas que se adentraban en la cueva.
Llegaron a una sala casi tan grande como la
que había debajo del palacio. Joanna se mantuvo hacia atrás, bien
pegada contra la pared a lo largo del saliente que llevaba hasta la
estancia. Allí ardían más antorchas y había más hombres reunidos.
En las sombras, le pareció ver otros pasadizos que salían en
distintas direcciones. Era cierto que Deimos contaba con un
laberinto de cuevas. ¡Debía de resultar tan fácil perderse en
ellas!
No pensaría en ello, por nada del mundo. Se
concentraría sólo en Royce, que permanecía sostenido por dos de los
hombres y parecía estar apenas consciente. ¿Cómo iba a ser de otro
modo después de meses de cautiverio, en los cuales obviamente
habría sufrido terribles privaciones, y de que ahora se viera
arrastrado por el suelo a temperaturas heladoras, como poco? Era
imposible que soportara el encierro en aquellas condiciones. Aquel
pensamiento rugió en el interior de Joanna. Era tan evidente. Royce
estaba medio muerto y el corazón de Joanna se rebelaba al pensarlo.
¿Cuándo lo habrían trasladado allí esos captores?
En aquella caverna dentro de la tierra, las
antorchas llameaban alrededor de un recio y amplio bloque de piedra
situado en el centro exacto a modo casi de... un altar. ¿Qué era lo
que...?
Un grito ahogado salió de su garganta. Los
captores de su hermano no eran hombres propiamente dichos, sino,
más bien, seres cornudos con rostro de... toros.
Llevaban máscaras. Debían ser máscaras.
Había una explicación racional para todo en este mundo, incluso si
resultaba desconcertante, y ésa no era una excepción. No eran medio
hombres medio toros, como la bestia legendaria que habitara bajo el
palacio de Minos, el rey de Creta. Se trataba de hombres que
portaban máscaras; unos hombres que arrastraban a su hermano al
altar de piedra; unos hombres con cuchillos, uno de los cuales
brilló de repente como si se elevara muy alto a la luz del
fuego.
—¡No! —gritó.
Ni pensó ni dudó porque no había tiempo para
ello. Olvidó todo lo que tenía que ver con su seguridad y saltó
desde su refugio en la pared de piedra.
—¡No! —volvió a gritar.
Estaba ya a mitad de camino hasta Royce, lo
suficientemente cerca para ver la sorpresa en el rostro de su
hermano, lánguido y enjuto, al reconocerla, cuando uno de los
hombres-toro la atrapó.
La coronilla parecía separársele de la
cabeza. Vagamente, recordó que le habían hablado precisamente de
ese mismo fenómeno. Los hombres mayores que entrenaban a los
guerreros novatos habían hablado de ello. Con la suficiente
provocación, un guerrero podía transformarse en un ser de una
salvaje lujuria guerrera sin otro pensamiento, ni otra premura, ni
otro propósito que el de matar berserkers «enloquecidos», como llamaba la
tradición vikinga a estos hombres, y era un nombre tan bueno como
cualquier otro. Nunca se habría imaginado Alex que él podría
experimentar una locura como aquélla y, sin embargo, le sobrevino
en el mismo instante en que vio a Joanna capturada.
Matar. Matar más y más. Matar sin piedad.
Matar hasta que la tierra quedara cubierta de sangre.
Matar hasta que ella estuviera a
salvo.
No importaba nada más. No había nada más,
salvo un diminuto reducto de cordura que aún quedaba en la mente
del príncipe de Ákora.
Respiró profundamente, una y otra vez,
aspirando aire como si la razón estuviera contenida en él. Debía
recuperar el control de sí mismo. En la situación en la que se
encontraba, no lograría nada más que la muerte de Joanna, de Royce
y, posiblemente, de sus propios hombres.
Respirar...
Se la llevaban a rastras, cuatro de ellos,
cuatro hombres que, sin saberlo, ya estaban muertos. Aquello dejaba
a unos doce vigilando a Royce.
—Cogedlos —ordenó a sus hombres sin que
hiciera falta dar más instrucciones.
Nada más emitir la orden, se fue a
adentrarse en lo profundo de las cuevas, en la oscuridad, para
saber adonde se la llevaban.
Hacía cada vez más calor. ¡Qué extraño
pensamiento en aquellas circunstancias! Sin embargo, su mente
parecía concentrada en ello. Quizá evitara así asustarse más de lo
que ya lo estaba. ¿Seguiría Royce vivo? No tenía ni idea ni, de
hecho, ninguna razón para esperarlo, salvo que él continuaba allí
produciéndole aquella sensación, nada parecida al susurro lejano de
sus difuntos padres que aún sentía de vez en cuando. Al menos había
impedido su muerte, lo que significaba que había aún una
oportunidad de que Alex lo rescatara. En cuanto a ella...
Contuvo un grito de dolor. Arrastrada como
la llevaban por un suelo lleno de escollos, se había caído varias
veces sobre las rodillas y enseguida había sangrado y le habían
salido moratones. Los hombres no redujeron el paso, sino que
continuaron hasta que el pasadizo se abrió de repente para
desembocar en otra enorme sala, que, con todo, era mucho más
pequeña que la primera y mucho menos oscura también. Joanna oía
agua circular por algún sitio cercano. Sonaba rápida y profunda.
¿Un río subterráneo? Una posibilidad que tendría sentido si aquel
lugar albergaba un campamento militar secreto escondido en las
cuevas, tal y como parecía. Había unas antorchas fijas en soportes
de hierro que brillaban lúgubremente frente a los escudos que
protegían las paredes. No muy lejos de allí, se disponían unas
hileras de espadas y otras armas. Una serie de camastros se
extendía a lo largo de los lados de la estancia, cuyo centro estaba
dominado por una gran mesa de madera enmarcada por unos bancos.
Sobre ella había algunos platos que uno de los hombres-toro tiró al
suelo de un manotazo, hasta que golpearon el suelo con un estruendo
metálico. Una vez que la mesa estuvo despejada, forzaron a Joanna a
colocarse encima.
Se sintió desconcertada. Aunque sabía lo que
aquello significaba, ni sabía ni quería saber. Había oído hablar de
cosas así, claro estaba. A pesar de haber crecido sin una madre,
las mujeres hablaban entre ellas de asuntos como aquél. Sin
embargo, no había en Hawkforte hombres capaces de acometer algo
similar. Y si los había habido alguna vez, siempre se había contado
con maridos, hermanos e hijos dispuestos a enfrentarse a ellos. Con
todo, Joanna comprendía bien lo que ocurría.
El terror le recorrió la columna vertebral.
Presa de la desesperación, se dispuso a clavarle las uñas en los
ojos a su agresor. No había posibilidad de eludir aquello, ni
tampoco de andarse con remilgos. Quería cegarlo si podía, incluso
habría sido mejor matarlo si hubiera contado con un arma de
cualquier tipo a su disposición. Y luego... ¿qué?
Eran cuatro. En realidad, no tenía ninguna
posibilidad, pero no podía admitir algo así. Lucharía hasta perder
el último aliento, hasta sentir el último latido de su corazón,
hasta pensar, dolorosamente, en Alex por última vez.
¡Dios, Alex! ¿Cómo podía convertirse algo
tan ardientemente hermoso en algo tan horrible y degradante? Tuvo
apenas tiempo de que aquella pregunta le asaltara el alma antes de
que le levantaran el vestido mientras unas manos rudas le esposaron
las muñecas. Joanna continuó luchando, lanzando patadas hasta que
también le apresaron los tobillos, separados. Oyó rugidos y olió el
hedor de un aliento borracho de vino. Un remolino negro se adentró
en su mente.
Y se desvaneció de inmediato por el ruido
del acero y de los gritos.
Se vio liberada tan repentinamente que se
resbaló de la mesa y cayó en el sucio y duro suelo de la cueva. Se
apoyó con premura sobre las rodillas y observó la escena que se
desarrollaba ante ella mientras la garganta iba llenándosele de
bilis y de rabia.
Uno de los hombres-toro estaba muerto, o lo
parecía. Se mantenía recostado, inmóvil, como un bulto
ensangrentado en el suelo. Joanna lo examinó un momento, sin sentir
pena ninguna. Había recibido su merecido. Más le preocupaban los
otros tres.
Ellos y aquel contra quien luchaban. La
garganta se le cerró antes de que pudiera gritar su nombre y
aquello estuvo bien porque, como Hawkforte que era, sabía que, en
la batalla, la mínima pérdida de concentración podría llevar al
desastre.
De niña, había disfrutado viendo a Royce y a
su maestro de esgrima mientras practicaban fuera, en el patio
interior del castillo, o en el gran salón de la casa en los días
fríos y húmedos. Su hermano había acabado accediendo a sus
insistentes ruegos y le había enseñado algo de esgrima. De hecho,
Joanna había llegado a ser relativamente buena, al menos lo
suficiente como para reconocer que ahora observaba a un genio
letal.
Alex era grande, musculado y estaba en
extraordinaria forma. Joanna sabía bien todo aquello y más. Conocía
su olor y sus sonidos en la oscuridad, el sabor de su piel y el
ronco ruido de sus gemidos cuando el calor los había envuelto a los
dos. Este no era sino otro descubrimiento sobre Alex; eso era
todo.
No había motivo alguno que explicara el frío
que iba apoderándose de ella, como si centímetro a centímetro fuera
convirtiéndose en una roca gélida, incapaz de moverse o siquiera
desviar la mirada.
A la luz de las sombras titilantes de las
teas, Alex parecía un dios de la guerra, despiadado, implacable y,
a la vez, extrañamente imbuido de belleza. Mientras los otros
hombres luchaban, Alex bailaba con la espada. O eso parecía: una
danza terrible y de muerte representada al son de un ritmo primario
que Joanna no oía sino que sentía bajo la piel, como si el propio
aire lo marcara con una energía que la penetraba en cada
inspiración.
Los hombres enmascarados eran aguerridos
luchadores muy bien preparados. Aquello no resultaba sorprendente
en Ákora, donde parecía que casi todos los hombres recibían
entrenamiento para la guerra. Sabían batallar juntos.
Alex, en cambio, luchaba bien solo. Él había
recibido entrenamiento igualmente, si bien de otro tipo. El suyo no
había sido solamente corporal, sino también mental; algo que, a fin
de cuentas, se revelaría como un arma más potente.
Con todo, ellos eran tres... No, dos.
Dos. Así, de pronto y de manera
aparentemente tan sencilla. La espada de Alex se movía ligera en
aquel baile, golpeaba sin aviso y penetraba hondo. El fuego caía
sobre el acero maldito.
Sólo quedaban dos, que al verse reducidos en
número, aumentaron su crudeza. Rugieron de rabia, resurgieron en su
ataque e hicieron retroceder a Alex hasta el interior de la
cueva.
A Joanna le temblaron los pies. Se mareaba,
la aquejaban los dolores y se tropezaba con el maldito vestido,
pero no lo dudó ni un momento. Miró a su alrededor desesperada,
avistó las hileras de armas y empuñó una espada corta. Al cogerla,
el peso hizo que le cayera el brazo y se dio cuenta entonces de lo
mucho que el miedo la debilitaba. Aquello no serviría. Se enderezó
y se dejó guiar por los gruñidos de los hombres y el sonido
metálico de las espadas batientes hasta que quedaron ensordecidas
por el ruido aplastante del agua al correr.
Un río, como había pensado, y en su ribera,
la batalla. También en aquel lugar las antorchas llameantes
alumbraban la escena, que podría proceder de las entrañas del mismo
infierno. En aquella luz humeante, bajo el tronar del agua,
luchaban los guerreros. El par de hombres que quedaban seguían
alimentados por la cólera y la impotencia. Ahora ya sabían que su
contrincante era más fuerte que ellos, y si hubieran tenido alma,
habrían estado aterrados. Con todo, seguían siendo dos: de ello
obtendrían valor y se envalentonarían. Los llevaría a atacar con
más rapidez y más agresividad que nunca, y harían retroceder a
Alex, hasta que estuviera aún más cerca del borde del río.
¡Por Dios!, ¿por qué estaba ella allí, de
pie? Tenía un arma y, Dios lo sabía, la voluntad. Empuñó la espada
con las dos manos, la levantó bien alto y corrió hacia los
hombres.
Alex titubeó durante un mínimo instante
antes de redoblar su ataque. ¡Dios mío!, aquella mujer iba a
volverlo loco de verdad. O le haría beber. O ambas cosas a la vez.
Tenía a aquellos mamelucos justo donde quería, desesperados y, a la
vez, excesivamente confiados..., y allí venía ella...
¿Qué era lo que gritaba Joanna? Algún tipo
de baladro de guerra. Sonaba... antiguo y bastante impresionante en
realidad. Ella se había encendido, Alex podía verlo incluso a la
tenue luz de la antorcha y empuñaba la espada de modo que parecía
que sabía emplearla. Bien, ¿y por qué no? Era lady Joanna
Hawkforte, no una niña tonta de salón, sino una mujer que
encendería el corazón de un hombre y lo llenaría de orgullo hasta
tal punto que le dolería.
Parecía tremendamente enfadada y... era
buena. En absoluto se había acobardado porque el bastardo que ya
estaba muerto hubiera intentado violarla mientras los otros
esperaban su turno. No había que pensar en eso, no, al menos, en
aquel momento. Sólo debía dejar que la rabia se moviera en su
interior y se deslizara por el brazo con que manejaba la espada
hasta el acero mismo.
El velo rojo se había desvanecido. Alex se
sintió más fresco, ejerciendo el control, exactamente donde
necesitaba estar. O al menos lo estaba hasta que uno de los dos
hombres se volvió, vio a Joanna y lanzó un estoque con su arma en
la dirección en que ella se acercaba.
Por aquel descaro, el hombre se llevó un
corte en el brazo con que peleaba. La dama no tenía sensatez
ninguna, pero sí mucha, mucha garra.
—¡Joanna! ¡Apártate!
Milagrosamente, obedeció, y Alex casi sintió
que no pudiera concederse una pausa lo suficientemente larga como
para saborear aquel momento. Quizá más tarde. En aquel instante le
ocupaban otros asuntos.
Con todo, la miró a la cara, decidida, en
espera. No temblaba ni mostraba repugnancia alguna. El alivio se
unió al resto de sentimientos que lo llenaban y lo animó a
continuar.
Quedaba uno, uno que era más resistente, más
diestro o quizá sólo más afortunado que el resto. Desde luego, era
más astuto, pues se volvió en aquel mismo momento. Respiraba
agitadamente y los ojos le brillaban tras la máscara de toro. Hizo
un movimiento para atrapar a Joanna.
Si la agarraba y la empleaba como escudo...
El corazón de Alex casi se paró y empezó a latir de nuevo
repentinamente un segundo después, cuando se dio cuenta de que ella
se había preparado precisamente para aquello, se había anticipado
como lo habría hecho un guerrero y se había situado fuera de su
alcance hacía tiempo.
—Deberías ser capaz de atrapar a una mujer
—tentó ella, casi con gusto—, salvo que creas que soy más rápida, o
incluso más diestra y mejor que tú.
«Es un buen plan», reconoció Alex a pesar de
que se le había encogido el estómago. Un guerrero verdaderamente
disciplinado ignoraría el desdén de una mujer y se centraría en la
verdadera amenaza. Sin embargo, era muy probable que aquel pedazo
de escoria hiciera justo lo contrario. Aunque era obvio que se
había sentido claramente tentado, algún instinto de conservación lo
retuvo. Para atacar a Joanna habría tenido que darle la espalda a
Alex, y aquello, como incluso la escoria sabía, no era una buena
idea.
—Me pregunto —continuó Joanna— si antes
habrías actuado cuando te hubiera llegado el momento o si habrías
sido incapaz.
Un rugido de rabia ciega surgió del
hombre-toro, que embistió a Joanna justo cuando Alex maldecía con
rabia y se lanzaba hacia él. Joanna esquivó al atacante esa vez con
la misma facilidad que la primera y, mientras tanto, le concedió a
Alex un espacio abierto para acabar con él. Y eso hizo, con una
velocidad salvaje, antes de volverse hacia ella.
—¡Idiota! ¡Mujer enloquecedora e irritante,
has perdido la cordura! ¿Qué demonios creías que hacías? ¿No podía
yo desembarazarme de ellos? ¿No estaba ya en ello? ¿Tenías que
ponerte en peligro, tentar a esa escoria, animarlo a ir hacia
ti?
Alex, que sin saber cómo había envainado ya
la espada, caminaba hacia Joanna a pesar de que la réplica del
terror lo había dejado tan tenso que se maravilló de verse capaz de
moverse. Le colocó las manos en los hombros y la acercó hacia él
incluso antes de que pudiera empezar a pensar.
Estaba en sus brazos, entera y real,
delicada y fuerte, todo al mismo tiempo. Ella le agarró la melena
con los dedos y lo hizo mirar hacia abajo. Lo besó, ardiente y
deseosa. Con los labios aún en los de él, murmuró:
—¿Qué habrías querido que hiciera? —El beso
se intensificó, acalorado, y ambos se separaron para respirar
entrecortadamente. Los ojos de Joanna brillaban—. ¿Habrías querido
que me escondiera, acobardada, debajo de la mesa mientras te dejaba
luchar solo contra cuatro hombres? —Le mordisqueó el labio inferior
y le alivió el ligero dolor con una caricia de la lengua, que lo
sumió en una dulce locura—. Me has salvado. No se me olvidará jamás
tu aspecto, aterrador y magnífico. —Le deslizó las manos por los
férreos músculos de la espalda y le agarró las nalgas, que apretó—.
Eres impresionante, increíble... No te atrevas, sin embargo, a
culparme por ayudar. Si algo te hubiera ocurrido, si
hubieras...
Estaba temblando. Aquella mujer que lo
deseaba con tanto descaro y que se entregaba tan generosamente se
agitaba en sus brazos al pensar que le podría haber ocurrido algo.
¡Qué extraño resultaba sentir que el corazón se le ensanchaba en el
pecho al darse cuenta! En un segundo, olvidaría todo lo demás y la
llevaría al suelo con él.
Pero aquel suelo húmedo seguía bebiendo la
sangre de los enemigos. El hecho de que pudiera haberlo olvidado
siquiera por unos segundos lo sorprendió. Sacudió la cabeza para
despejarse justo cuando ella ampliaba la mirada y recordaba:
—¡Dios mío! ¡Royce! Grité porque aquellos
hombres iban a matarlo. No se me ocurrió qué hacer, salvo
distraerlos, pero...
—¡Chsss! —Alex la calmó con delicadeza,
apretándole la cabeza sobre su pecho enorme y acariciándole el
cabello.
—Dejé a mis hombres ocupándose de ello. No
temas. A estas alturas, Royce ya estará a salvo.
—¡A Dios gracias! De todos modos, tengo que
verlo. Después de tanto tiempo, me muero por...
—Lo sé, está bien. Ven, salgamos de este
lugar. Ahora bien, mantente cerca de mí y si se acerca alguien, no
pienses ni por un momento en ponernos en peligro porque si lo
haces...
Alex se detuvo y frunció el ceño. Bajo sus
pies, muy levemente, el suelo vibraba. ¿Un terremoto? Había oído
hablar de ellos, pero nunca se habían dado en Ákora. En cuanto le
vino la pregunta a la mente, el instinto se ocupó del resto. Tiró a
Joanna al suelo al mismo tiempo que se arrojaba él y la colocaba
bajo su cuerpo para cubrirla y protegerla por completo.
—¿Qué...?
La cueva tembló con la fuerza de la
explosión que la hizo pedazos.
* * *