Capítulo 2
JOANNA observó, muy
satisfecha, cómo desaparecía el landó. Había sospechado que
Darcourt se escabulliría con discreción y no había quedado
decepcionada. Por fortuna, se había tomado la molestia de fijarse
en dónde tenía aparcado el carruaje, una tarea en buena medida
simplificada por el perfecto y sorprendente parecido de la pareja
de caballos tordos enjaezados. Mientras Carlton House y la
muchedumbre arremolinada iban empequeñeciéndose en la distancia,
Joanna se permitió emitir un ligero suspiro, mezcla de alivio y de
agotamiento.
Si hubiera necesitado de verdad algo que le
recordara por qué no disfrutaba de los actos sociales, aquellas
últimas horas habrían bastado. Si bien algunas personas la habían
mirado con descaro, y una o dos casi le habían dirigido la palabra,
todos se habían contenido a tiempo para evitar meter la pata al
prestar atención a una dama a la que el ilustre Darcourt había
desairado. Por eso se habían contentado con cuchichear tapándose la
boca con las manos, lanzar miradas especulativas que pasaban a su
lado casi en un roce y reír burlonamente.
Durante un instante, casi se alegró de que
Royce no estuviera allí. En cualquier caso, de haber sido así, nada
de aquello habría ocurrido. Y si Darcourt se hubiera dignado
recibirla unos días antes, les habría ahorrado a ambos el
desafortunado y finalmente inútil encuentro en el salón de baile
del príncipe regente. Ahora, sin embargo, tendría que verla, no le
cabía ninguna duda. El carruaje de Joanna seguía de cerca al de
Darcourt. Antes de que llegara a su casa de la ciudad, lo
abordaría, y esa vez la escucharía, aunque para ello se viera
obligada a gritar en medio de la calle.
El único inconveniente era que, al mirar por
la ventana, había comprobado que Darcourt no se dirigía a su
residencia londinense, sino que se alejaba de ella. De hecho,
parecía ir hacía el río.
—Síguelo —indicó a su cochero—; no lo
pierdas de vista.
La orden llegó a tiempo, pues mientras la
pronunciaba, la niebla que solía posarse sobre el río Támesis ya
comenzaba a espesarse. Aunque la luz grisácea de la mañana debería
haber bastado para iluminar las calles, se disponían a adentrarse
en una oscuridad fantasmagórica. Joanna maldijo su suerte sin
delicadeza alguna, si bien casi farfullando, y se asomó aún más por
la ventana del carruaje.
—¿Ves algo?
—No mucho —respondió Bolkum Harris.
Se trataba de un hombre de baja estatura,
aunque fornido, que lucía la barba y la cabellera oscuras y
desordenadas, así como una mirada chispeante. Si bien era herrero
de profesión, al enterarse de que Joanna iba a viajar a Londres, le
anunció enseguida que tenía la intención de acompañarla. Joanna
accedió no sólo por creer que él tenía derecho a aquello porque era
un viejo amigo, sino por razones puramente prácticas. Londres le
parecía un lugar desapacible. Si iba a necesitar un espía, era
mejor que fuera alguien que tuviera el coraje y la fuerza de
Bolkum.
—¿Adonde crees que se dirige?
—Parece que va hacia Southwark, al sureste;
estamos cerca del puente principal.
¿Pretendía el estimable Darcourt darse un
homenaje de guisos del área de Southwark como colofón a la velada
de hospitalidad desplegada por Prinny? ¿Pretendía hacerlo en
compañía de lady Lampert? Joanna consideraba ambas opciones
bastante improbables, aunque admitía sin ambages que desconocía
cómo se entretenía la alta sociedad.
—No puedo ver casi nada —reconoció en voz
baja.
—Sí, pero escuche —le recordó Bolkum—.
Podemos oírlos.
Efectivamente. Los tordos con sus arneses no
sonaban demasiado lejanos. Había muy pocos carruajes en el puente a
aquella hora y se trataba en todos los casos de coches de carga,
que de ningún modo podrían confundirse con la elegancia y el porte
de un landó.
—Están reduciendo la velocidad —constató
Joanna al cabo de unos minutos—. Frena un poco —ordenó.
Y eso hizo Bolkum, hasta parar el carruaje.
Ambos escucharon el movimiento del landó, que avanzaba un poco por
delante de ellos y que acabó deteniéndose también. Uno de los
tordos relinchó ligeramente. Luego, el silencio lo invadió todo. El
único sonido que llegaba era el del cercano oleaje que golpeaba los
embarcaderos de madera.
—No deberíamos esperar demasiado, milady
—advirtió Bolkum—, si no queremos tener dificultades para encontrar
el camino de vuelta.
—La niebla irá levantándose a medida que
avance el día. —Joanna descendió del carruaje—. ¿Podrías atar los
caballos mientras tanto? Luego, ven conmigo. Sólo quiero echar un
vistazo al sitio al que han ido.
Bolkum rezongó e hizo como se le había
indicado.
—Este no es un lugar en el que se deba
pasear mucho, milady.
—No puede quedar muy lejos. Los hemos oído
detenerse.
Joanna trató de avistarlos a través de la
niebla. Aún se oía el ruido del agua, «y también el de las voces»,
pensó. Con Bolkum a su lado, empezó a descender por el sendero que
se abría entre lo que parecían almacenes hasta llegar a uno de los
innumerables embarcaderos que convertían a Southwark en el
principal puerto londinense. A plena luz del día, una vez que la
niebla hubiera desaparecido, se mostrarían orgullosos los mástiles
de cientos de navíos mercantes, algunos de los cuales contaban con
buenos sistemas de defensa a pesar del fin pacífico al que estaban
destinados. La Armada británica continuaba controlando los mares,
si bien la francesa los seguía cada vez más de cerca. En tan
agitadas circunstancias, nadie con un mínimo de sensatez se alejaba
de las aguas propias sin armarse.
En cuanto sopló una brisa ligera y cortó el
manto de niebla, Joanna aprovechó para observar. La repentina
definición de una silueta le hizo dar un grito ahogado. La
imaginación debía de estar jugándole una mala pasada. Por un
momento había creído que se trataba de...
La bruma desapareció de nuevo. Al disiparse
a través de las guedejas de gris espectral que se enroscaban en
torno al embarcadero y los edificios anejos, Joanna distinguió un
majestuoso navío, cuya proa se elevaba muy por encima de la
superficie del agua y se curvaba como si se tratara de la garganta
de una enorme bestia hasta culminar en la cornuda cabeza de un
descomunal toro de ojos rojos que brillaban tenuemente en aquella
luz fantasmal. El gran cuello de la cabeza bovina aparecía, como el
resto del lateral del casco, profunda y profusamente tallado, en la
medida en que alcanzaba a verlo... Las jarcias que colgaban del
imponente mástil lo golpeaban y producían un suave sonido metálico.
Joanna oyó de nuevo unas voces y avistó varios hombres de gran
tamaño que parecían montar guardia cerca de la pasarela que unía el
muelle con el barco. Hablaban entre ellos en una lengua que, si
bien le era desconocida, le resultaba inquietantemente
familiar.
A su lado, Bolkum se tensó y tiró de ella
para que regresara. Joanna accedió sin oponer resistencia,
consciente de las razones que lo preocupaban. Aquel navío nada
tenía que ver con el resto de embarcaciones del puerto. De hecho,
difería de cualquier otro que se hubiera visto en los últimos miles
de años; cualquier otro, claro estaba, salvo los provenientes del
legendario reino de Ákora, aquel mundo fortaleza al que acompañaban
el mito y el misterio, la tierra que se encontraba más allá de las
Columnas de Hércules y a la que ningún extranjero había tenido
acceso desde hacía un sinfín de siglos. A ese lugar había viajado
Royce, y aunque su corazón se resistiera a admitirlo, era bastante
probable que su hermano hubiera perdido allí la vida.
—Akorano —bramó Bolkum entre dientes.
Bien podría haber dicho «peligroso», dada la
fama que acompañaba a los guerreros procedentes de Ákora. Se decía
que precisamente en los últimos años una fuerza de expedición
francesa se había aventurado en aguas akoranas, y que nada había
vuelto a saberse de ella. Y antes de eso, ya había historias de
ansiosos exploradores españoles, portugueses y británicos que
habían pretendido alcanzar la fama penetrando en aquel reino
escondido. También ellos habían desaparecido sin dejar rastro. Por
muy antigua que fuera Ákora, contaba con las armas más modernas y
con unos hombres tan diestros en su manejo que podían plantar cara
a las naciones más poderosas del momento.
—¿Es cierto, entonces, lo que se ha dicho
sobre el marqués? —preguntó Bolkum mientras continuaba tirando de
Joanna con firmeza para conducirla de vuelta al coche.
—¿Te refieres al hecho de que sea akorano, o
al menos medio akorano? Eso parece.
Un escalofrío la recorrió de arriba abajo
mientras hablaba, debido en parte a la aprensión, y, sobre todo, a
la pura e incontrolable perplejidad que le causaba pensar que
pudiera existir una persona, por muy distante y remota que fuera,
que encarnara el misterio de aquel lejano lugar. Desde que Joanna
recordaba, tanto ella como Royce habían vivido fascinados por
Ákora. Y esto no era de extrañar, dado que Hawkforte contaba con la
única colección de objetos akoranos conocidos fuera del propio
reino. Tanto las joyas como el resto de objetos que poseían habían
llegado a Inglaterra en unas circunstancias bastante misteriosas
alrededor del año 1100, en el marco de la primera cruzada. De
acuerdo con la leyenda familiar, había un hijo más joven que había
permanecido en Ákora, por lo que, desde entonces y por algún
tiempo, había existido una conexión, si es que podía llamarse así,
entre su familia y la isla. Aquello podía ser cierto o no. Lo que
sí era verdad era que las largas tardes lluviosas que ella había
pasado con Royce en la biblioteca de Hawkforte para estudiar los
colgantes de finísima artesanía, los brazaletes, los cuchillos, las
estatuillas y los pergaminos habían infundido en ambos el deseo
insaciable por saber más. Para Joanna no parecía haber forma alguna
de satisfacer su curiosidad; aunque no era ése el caso de su
hermano. Royce había buscado un puesto en el Ministerio de
Exteriores precisamente porque sabía que el interés por Ákora
aumentaba allí cada día.
—Si no permiten la entrada de extranjeros,
según tengo entendido —dijo Bolkum—, ¿cómo es posible que alguien
de allí resulte ser un lord inglés?
—Al parecer, el padre del marqués naufragó
en las costas akoranas —respondió Joanna algo ausente, ocupada en
meditar sobre lo que acababa de ver—. Se le perdonó la vida porque
lo encontró una hermosa joven que, por fortuna, resultó ser una
princesa, que además acabó enamorándose perdidamente de él. Aunque
se trata de una bonita historia, puede ser que haya algo de verdad
en ella, pues más de diez años después, el entonces marqués de
Boswick, que llevaba tiempo lamentando la desaparición de su hijo,
anunció de repente que tenía un nieto.
—Que se presentó en la puerta de su casa,
¿no?
—Desconozco las circunstancias. Lo que sí sé
es que el marqués no tardó en nombrarlo su heredero. Tras la muerte
de su abuelo, hace cinco años, Darcourt se convirtió en el marqués
de Boswick, además de heredar el resto de sus títulos. Aquello le
bastó para ser admitido en sociedad, sin contar siquiera con su
fortuna o el halo de misticismo que lo rodea. Se rumorea que es el
representante no oficial del gobierno akorano. Royce se reunió con
él una vez por lo menos.
Las palabras se fueron apagando. La
presencia de Darcourt en la cubierta de aquel navío akorano parecía
indicar sin miedo a equívocos que se preparaba para abandonar
Inglaterra.
—Arriba, milady —animó Bolkum con amabilidad
tendiéndole la mano para que subiera al carruaje.
Antes de que pudiese cerrar siquiera la
portezuela, Joanna lo cogió del brazo.
—¿Harías algo por mí?
El endurecido rostro del herrero se suavizó
notablemente.
—Claro, milady, no es necesario que
pregunte.
Joanna rezó en silencio una oración de
agradecimiento por la incorruptible lealtad de la gente de
Hawkforte y continuó:
—Llévame a casa y ve luego a la residencia
que el marqués tiene en la ciudad. Mirad a ver si hay algún signo
de que ya no se encuentre allí.
Bolkum asintió, se retiró y cerró la
portezuela. Un momento después, Joanna sintió cómo los muelles se
aplastaban cuando el cochero ocupó su asiento. Las ruedas giraban
ya cuando Joanna reclinó la cabeza sobre el asiento de piel
almohadillado y se rindió, apenas un instante, a la fatiga de
cuerpo y espíritu que amenazaban con hacerse con ella.
Ya había amanecido por completo cuando
Bolkum la dejó enfrente del delicadísimo edificio del barrio de
Mayfair que había servido de residencia a los Hawkforte en Londres
durante más de cincuenta años. Aun así, la niebla se mostraba más
espesa que nunca, de modo que las altas lámparas de hierro forjado
que flanqueaban la puerta de entrada continuaban encendidas como lo
habían estado por la noche, hasta que Joanna regresara. También
había luz brillando en el espacioso vestíbulo en el que Mulridge la
había recibido con su habitual semblante severo y vestida de modo
impecable, como siempre, a pesar de la hora que era.
—Bienvenida a casa, milady —saludó el ama de
llaves—. Confío en que la velada haya sido de su agrado.
—Ha sido... reveladora —matizó Joanna al
mismo tiempo que le entregaba los guantes y el bolso—. Para mi
gusto ha ampliado el significado de la palabra exceso.
Joanna se mantuvo en silencio durante un
momento mientras rememoraba algunas de las imágenes —a cuál más
extraña— de las últimas horas, hasta dar con la más sorprendente de
todas: la visión del navío akorano deslizándose prosaicamente por
un puerto londinense como si el mismísimo velo del tiempo se
hubiera rasgado. Consciente de que Mulridge la miraba fijamente,
meneó la cabeza para despejarse y se encontró con la mirada del ama
de llaves. Mulridge tenía el aspecto de siempre y era
inexorablemente... Mulridge. De elevada estatura para tratarse de
una mujer, debía de ser tan alta como Joanna. Tenía la piel de un
tono muy claro, ojos profundos y una nariz afilada que sobresalía
sobre una boca de dentadura ordenada.
Joanna desconocía la edad de Mulridge, lo
que sí sabía era que no había cambiado desde que llegó a Hawkforte,
unos quince años atrás, y se hizo un hueco allí. Lucía el cabello
oscuro y la vestimenta acostumbrada. Caminaba siempre erguida y
rara vez sonreía. Con todo, Joanna no conocía a nadie con mejor
corazón y sabía que, si el ama quería, podía llegar a ser
tremendamente protectora.
—Le sentaría bien un baño —afirmó Mulridge
con sequedad.
Joanna arrugó la nariz y suspiró.
—No cabe duda. Había muchísima gente y hacía
muchísimo calor.
—Entonces, vayamos. El agua está ya
caliente.
Tal y como había hecho de niña cuando llegó
Mulridge, Joanna se dejó animar para subir las escaleras. Entonces,
tenía nueve años, acababa de perder a sus padres y se encontraba
tremendamente asustada. Si bien Royce había intentado consolarla,
por desgracia el chico, cuyo propio dolor amenazaba con hundirlo,
era sólo cuatro años mayor que su hermana. El bondadoso pueblo de
Hawkforte había hecho todo lo que estaba en su mano por ayudar a
aquellos niños tan repentinamente privados de sus padres, que
habían perecido arrastrados por un fortísimo temporal de verano. No
obstante, había sido Mulridge, pertinazmente dura e inflexible,
quien los había acogido en su regazo siempre negro, los había
consolado y los había ayudado a reconstruir sus vidas, que por un
tiempo habían parecido tan destruidas que no cabía imaginar que se
recuperaran.
—No he podido hablar con Darcourt —explicó
Joanna con calma—. Lo he intentado, pero él no ha querido
escucharme.
Habían llegado al rellano de la escalera y
allí se detuvieron las dos.
—Siempre he pensado que no lo haría
—respondió Mulridge.
—¡Malditos hombres! —A Joanna se le tensó la
garganta.
—No vuelva a decir eso, como si no hubiera
hombres buenos; mire a lord Royce. En cualquier caso, el día en que
el exquisito marqués no quiso recibirla en su casa, supe que no le
sería de gran ayuda.
Joanna dirigió la mirada a la vidriera del
rellano, que en aquella oscura mañana dejaba pasar muy poca luz.
Los ojos se le inyectaron en sangre por la rabia.
—¿Qué le costaría?
—¡Quién sabe! En fin, basta ya de
entretenimientos. Está demasiado cansada como para tratar de
pensar.
Y debía de ser cierto porque no logró
percatarse de nada más hasta que estuvo tumbada en una bañera
humeante y con una reconfortante taza de manzanilla en la
mano.
Mulridge se movió con sigilo por la
habitación: dobló la ropa de Joanna, preparó el camisón y dispuso
la cama.
—No se quede ahí dentro mucho rato o saldrá
arrugada como una uva pasa.
Desde detrás del biombo decorado con motivos
florales, Joanna soltó una débil risa.
—Demasiado tarde. Bueno, por lo menos ya no
huelo a invernadero rancio.
—¿Tan horrible ha sido?
—Peor aún. Ha sido realmente increíble.
Nadie parecía... verdadero. Todo el mundo iba tan peripuesto con
sus pelucas, sus joyas y maquillados como si fueran máscaras... que
todo resultaba artificial.
—¿Iban todos así?
No..., todos no. Darcourt no. Él había
destacado despiadadamente como la clara excepción entre aquel grupo
de presumidos. Un ligero escalofrío la recorrió al recordarlo a él
y su mirada clavada en ella.
—Casi todos, sí.
El agua debía de estar enfriándose. Joanna
se levantó presurosa y se envolvió en la toalla que había preparada
para ella, a la vez que extendía el brazo para recoger el camisón
que le tendía Mulridge. Poco después apareció y miró la cama.
—No creo que vaya a conciliar el sueño.
Nunca he podido dormir durante el día.
—Puede ser que no, pero sí puede
tumbarse.
Alguien llamó a la puerta de la habitación.
Mulridge se acercó a abrirla y descubrió tras ella a una de las
jóvenes doncellas, claramente emocionada porque la hubieran traído
de Hawkforte.
—Ya ha vuelto Bolkum, milady —informó—, y
quiere hablar con usted.
—Dile que espere —ordenó Mulridge—. La
señora necesita descansar.
—No, está bien —interrumpió pronta Joanna.
Acto seguido se cubrió con un salto de cama—. Ahora bajo.
Bolkum la esperaba en el vestíbulo. Ignoró
la mirada de Mulridge e inclinó la cabeza para saludar a
Joanna.
—Le ruego que me disculpe por molestarla,
milady, pero he pensado que querría estar informada. La casa parece
estar cerrada definitivamente. He hablado con una mandadera de la
residencia contigua y me ha dicho que el marqués ha enviado todas
sus pertenencias de vuelta a su país.
—Así que es cierto que se marcha —concluyó
Joanna en voz baja.
Bolkum asintió.
—Eso parece.
Mulridge y Bolkum intercambiaron una mirada.
El ama de llaves tomó entonces a Joanna por los hombros con
delicadeza.
—Vuelva ahora a la cama —la animó.
Joanna así lo hizo, fundamentalmente porque
en aquel momento no se le ocurrió nada mejor que hacer. Algo más
tarde, mientras observaba la seda del pesado dosel, empezó a
ingeniar un plan. Si bien al principio lo desechó como una
manifestación del absurdo, a medida que pasaban las horas sin que
se le ocurriera una opción mejor, la primera idea empezó a
resultarle casi razonable.
El periódico debía de estar allí, por algún
sitio. Leal como el mismo sol que amanece cada día, The Times aparecía también todas las mañanas. A
Joanna aquello le parecía una de las pocas ventajas de vivir en
Londres. En Hawkforte siempre había de esperar a que lo trajeran
por correo, lo que normalmente implicaba leerlo con un día de
retraso.
En la ciudad, en cambio, contaba con que el
periódico estuviera en la sala en la que desayunaba. Sin embargo,
precisamente aquel día, o más bien aquel mediodía, The Times no aparecía por ningún sitio.
A pesar de lo que ella se había temido, sí
había conseguido dormir, aunque poco y de modo irregular por los
sueños que no la habían dejado descansar. Levantarse había sido un
alivio, como también lo era la ausencia temporal de Mulridge, que
resultaba demasiado perspicaz. El ama de llaves había salido para
ir al mercado, lo que le daba a Joanna alrededor de una hora para
organizarse.
Antes de nada debía encontrar el periódico.
No se encontraba ni encima ni debajo de la mesa, ni escondido bajo
alguna de las fuentes, que, por cierto, estaban a rebosar, algo que
hacía pensar que el servicio creía que Joanna tenía un apetito
voraz. Después de echar un vistazo rápido al suelo tampoco encontró
nada, ni siquiera una mota de polvo. Mientras masticaba un bollo,
Joanna se dirigió al vestíbulo y echó un vistazo a la mesa en la
que solían dejar el correo. Había varias cartas, ninguna
particularmente interesante, pero el periódico no estaba
allí.
Una vez agotadas las posibilidades más
evidentes, suspiró, se acabó el bollo y se quedó completamente
quieta. Entornó los ojos, respiró despacio y profundamente, y se
dedicó a pensar en el periódico. Lo imaginó en su fuero interno,
olió la acidez de la tinta, oyó el ruido de las hojas al pasarlas,
alargó el brazo y...
Abrió los ojos. Se dio la vuelta con energía
y se dirigió a las cocinas. La cocinera se encontraba en su sala
tomando un merecido descanso. Las gemelas que servían de
mandaderas, según la voluntad de la cocinera, estaban ahora en el
jardín situado detrás y se entretenían con una carnada de gatitos
lo suficientemente crecidos como para aventurarse a separarse de
sus hermanos. Varios lacayos les hacían compañía.
Joanna se detuvo un momento y barrió las
cocinas con la mirada. Era la estancia que más le agradaba de la
casa de Londres, del mismo modo que le encantaban las cocinas de
Hawkforte. Le gustaban mucho los altísimos techos de la sala
flanqueada en cada extremo por una profunda chimenea, donde se
encontraban las ollas chorreantes, los espetones y un complicado
montón de cuerdas y poleas que permitían disponer la comida más o
menos cerca según el calor que necesitara. En medio había
fregaderos de piedra, encimeras de mármol y unos armarios que
escondían la fabulosa batería de cocina que incluía decenas de
ollas relucientes y cazuelas de cobre. En el centro de la
habitación había una mesa de trabajo, hecha de madera, que tenía
más de seis metros de longitud y cuya superficie se había pulido
con capas de arena aplicadas durante décadas. El periódico estaba
en el extremo de la mesa que tenía más cerca.
«¡Ojalá pudiera encontrar a Royce con la
misma facilidad!» Aunque trató de apartar aquel pensamiento de su
mente, no pudo evitar tensarse. No tenía ningún sentido ponerse
ahora a meditar sobre las rarezas de aquel extraño don que poseía.
Si las circunstancias lo permitían, Joanna tenía la capacidad de
encontrar cosas. Una vez incluso había llegado a dar con una
persona, y rogaba a Dios por que aquello volviera a ocurrir.
Se hizo con el periódico enseguida, se apoyó
en la amplia mesa y no tardó en encontrar lo que buscaba.
The Times solía contener la mayor parte
de los anuncios comerciales, entre los que se encontraban las
llegadas y partidas de los navíos mercantes. En ese mismo ámbito,
también publicaba las listas de información sobre las mareas.
Lo que leyó la llenó de aprensión. Aquello
era una locura. Como poco, estaría repitiendo el error de Royce, el
mismo que podía haberlo llevado a la muerte. Con todo, ¿acaso tenía
elección? Permanecer en Hawkforte sin conocer el destino de su
hermano y atormentada precisamente por ello le resultaba
insoportable. Cualquier otra opción era mejor que aquello.
Rápidamente, antes de pararse a pensarlo
demasiado, Joanna se dirigió a la sala de la entrada, se sentó en
el escritorio de patas torneadas y extrajo papel, tinta y una
pluma. Escribió sin descanso y consignó solamente lo que debía. Una
vez que hubo secado y doblado la carta, se la metió en el bolsillo
del vestido de cintura alta que usaba a diario y volvió al piso de
arriba para quedarse allí.
El resto de la jornada transcurrió con
tranquilidad. Joanna se excusó por encontrarse fatigada y se retiró
a sus habitaciones. Se echó una siesta, luego se sentó frente a la
ventana y se dedicó a mirar a la calle, aunque sin ver nada. Tenía
la cabeza ocupada en visualizar Hawkforte, los antiguos jardines y
las praderas onduladas y majestuosas, los viejos muros de piedra de
la fortaleza original, que, en aquella época del año, solía
llenarse de flores: polemonios morados, violetas, pensamientos,
jacintos silvestres y prímulas. Y al final del todo, el mar que
bañaba con delicadeza la playa de guijarros en la que Royce y ella
habían jugado de pequeños.
Tras la muerte de sus padres, su hermano no
había vuelto al exclusivo internado de Eton, sino que había
permanecido en Hawkforte. Ambos se habían apoyado el uno en el
otro, hasta que poco a poco habían ido sanando. Royce había
continuado los estudios atendido por tutores personales y éstos
acabaron instruyendo también a Joanna, hasta tal punto que para
cuando él estaba preparándose para ingresar en Cambridge, ella ya
hablaba con fluidez varios idiomas, se desenvolvía sin dificultad
con las matemáticas y conocía tan bien la gestión de la propiedad
que su hermano no dudó en dejarla al cargo de todo y prescindir del
administrador que iba a ocuparse de ello.
No tardaría en llegar la época de la siega
del heno en Hawkforte. A Joanna le encantaban todas las estaciones
cuando estaba allí, especialmente el verano, cuando la tierra
donaba tan generosamente su fruto. Sin apenas esfuerzo, imaginó la
calidez del sol en su rostro, el aroma que desprendían los campos
recién segados, e incluso el penetrante y dulce olor de la sidra
fresca que tomaban como recompensa por el trabajo bien hecho.
El corazón le reclamaba la comodidad del
hogar y de todos los ritmos familiares. Joanna sabía, en cambio,
que se trataba de una falsa esperanza. Mientras el destino de Royce
siguiera constituyendo una incógnita, no había reposo alguno que la
esperara en ninguna parte.
Fuera, el largo crepúsculo estival iba
cayendo en la ciudad al mismo tiempo que suavizaba los contornos de
los edificios y proporcionaba un respiro tras el calor de la
jornada. Era la hora en la que había más gente en casa, ya fuera
porque pretendía quedarse allí o porque estaba ocupada en
prepararse para salir por la noche. La calle que se extendía ante
Joanna estaba tan serena como lo estaba la residencia. Joanna se
levantó y se dirigió al lavabo esmaltado y decorado con flores
pintadas que se encontraba inserto en un armario de teca. El agua
del aguamanil se conservaba fresca: justo lo que necesitaba. Se
salpicó la cara con la intención de disipar la fatiga, y luego
hurgó en el fondo de su armario para buscar la ropa que había
elegido antes, durante el día. Vestida como estaba, aunque sin
botas, reunió el resto de lo que había decidido que le sería útil y
lo organizó todo en un pequeño hatillo que pudiera transportar con
facilidad. Cuando terminó, nada quedaba ya por hacer, salvo esperar
a que oscureciera.
Después de comprobar en el reloj situado
encima de la chimenea que aún le quedaban varias horas antes de que
cambiara la marea, Joanna volvió a echarse en la cama. Aunque
estaba convencida de que se encontraba demasiado nerviosa como para
dormir, pensó que lo mejor sería intentarlo de nuevo. En cuanto
apoyó la cabeza sobre la almohada, el agotamiento causado por una
noche en vela pudo con ella y la sumió en un profundo y
reconfortante sueño.
Al cabo de un rato, se despertó
sobresaltada. Con un suave grito de sorpresa, se incorporó en la
cama y miró a su alrededor. Los rayos plateados de la luz de la
luna atravesaban las finas cortinas de verano para iluminar la
habitación. En aquel instante, el reloj dio las doce. Joanna emitió
un sonido de protesta y se abalanzó sobre el hatillo de ropa.
¡Maldita fuera su suerte! Corría el riesgo de llegar demasiado
tarde. Con todo, se detuvo el tiempo necesario para dejar encima de
su almohada la carta que había escrito antes, y luego abrió la
puerta del dormitorio. Lenta y sigilosamente, descendió las
escaleras. En el vestíbulo había un joven lacayo que dormía
plácidamente con la cabeza inclinada sobre el pecho. Estaba allí
apostado porque Londres era proclive al malestar social,
especialmente en aquellos últimos tiempos en que los trabajadores
más desfavorecidos temían perder la poca seguridad que les quedaba
en favor de las nuevas fábricas que florecían en el campo. Aun así,
la presencia del lacayo era un mero gesto; nadie esperaba de verdad
que el selecto barrio de Mayfair pudiera ser objeto de ataque
alguno.
A Joanna no le molestaba que estuviera
descansando. Al contrario, dejó escapar un pequeño suspiro de
alivio al ver que no estaba despierto para verla pasar de camino a
las cocinas. Una vez allí, actuó con rapidez: se aprovisionó de
galletas saladas, carne seca y una botella de agua, y lo metió todo
en el hatillo que llevaba. Aunque se sintió tentada a coger mucho
más, sabía que debía viajar ligera. En el último momento y fruto
directo de un impulso, agarró rápidamente un cuchillo de los de
trinchar y lo añadió al resto. La puerta de la cocina chirrió
ligeramente al abrirse. Joanna se quedó paralizada un instante y no
volvió a respirar hasta que estuvo segura de que no oía ningún
sonido proveniente de las habitaciones contiguas que empleaba la
cocinera. Tan silenciosamente como le fue posible, cerró la puerta
tras de sí y se apresuró a lo largo del camino de ladrillos que
llevaba a la salida lateral.
A pesar del calor del aire de la noche,
Joanna sintió un escalofrío. Si bien había repasado mentalmente la
ruta, una y otra vez, a lo largo de toda la mañana, ahora le
parecía que saber cuál era la dirección que había que tomar y
tomarla eran dos cosas muy distintas. De noche, todas las marcas de
referencia familiares desaparecían. Antes de que hubiera avanzado
siquiera unos diez metros desde la puerta de su casa, ya no era
capaz de reconocer nada.
Era una situación que cabía esperar dado el
poco tiempo que llevaba en Londres, una ciudad que encontraba
extremadamente aburrida, y habría sido estúpido imaginar que se
sentiría como en casa en aquel lugar. Joanna conocía el camino. Lo
único que tenía que hacer era estar atenta a todo y seguirlo.
Cuando llegó al río y lo cruzó en dirección a Southwark, ya era
bastante tarde. El corazón le latía de modo frenético mientras
corría a lo largo de las últimas calles que quedaban hasta llegar
al embarcadero en el que había descubierto el navío akorano. ¿Y si
ya había zarpado...?
El alivio que sintió al ver la proa con la
cabeza de toro iluminada por la luz de las antorchas dio paso
enseguida a la preocupación por la magnitud de la empresa que
estaba a punto de intentar. Se detuvo instintivamente y se ocultó
al amparo de las sombras de un almacén. El sonido de su propio
corazón se le antojó demasiado fuerte, tanto que creyó que haría
que la descubrieran. En cualquier momento uno de los guardas del
puerto se volvería y la vería: con ello vería esfumarse toda
posibilidad.
Había un hombre apostado a cada lado del
embarcadero y otro en la pasarela central. En cubierta se veían
algunos más. La bruma del alba sólo le había permitido comprobar
que se trataba de hombres corpulentos. Ahora distinguía que
llevaban túnicas hasta la altura de la rodilla y unos cinturones
anchos, ajustados a la cintura, de los que colgaban las vainas de
pequeñas espadas. Aunque tenían un aspecto que hacía pensar que se
trataba de seres de otro tiempo, quizá similares a los que
aparecían en los frescos griegos, todos parecían reales.
Un rápido vistazo a ambos lados le sirvió
para asegurarse de que no había más barcos anclados cerca del
akorano. Aquello apenas le resultaba sorprendente. Eran tales el
misterio y el misticismo en que estaba envuelto el reino-fortaleza,
y tal la superstición de los marineros, que comprendía muy bien por
qué ningún capitán se atrevería a soltar el ancla a una distancia
al alcance de la voz. Los almacenes situados a ambos lados del
muelle también parecían desiertos, aunque aquello podía deberse a
la hora que era. Más adelante, abajo, al final de las tortuosas
callejuelas de Southwark se oía la risa lejana que provenía de los
antros de perdición que habían ido apareciendo por allí. Cabía
esperar que alguno de aquellos establecimientos estuviera bastante
más cerca, porque debía entrar en uno para buscar lo que
necesitaba.
Lo encontró a la entrada de una fría y
húmeda taberna que parecía estar medio hundida en el suelo, como si
ocupara en realidad un local de los tiempos de los romanos en
Londres. Como la noche era calurosa, los patrones habían pasado a
ocupar la terraza en la que ahora se encontraban sentados y
consumían ginebra y cerveza, jugaban a los dados a la luz de la
luna y acariciaban a las agradables taberneras.
Había un par de jóvenes paseando por allí.
Joanna los observó durante unos minutos. En el saludable ambiente
de Hawkforte, el tamaño de aquellos chicos habría hecho pensar que
rondaban los diez años. Aquí, en la ruidosa urbe donde el
crecimiento quedaba a veces detenido, era probable que fueran algo
mayores. Si bien por principio Joanna era contraria a que los niños
anduvieran por ahí a esas horas de la noche, y más aún, que se
vieran involucrados en cualquier actividad mínimamente nefanda, no
estaba tan lejos de la realidad como para imaginar que la oferta
que tenía reservada no se vería sino como un golpe de suerte.
Se aproximó con cautela y esperó a que uno
de ellos la observara para hacerle una señal con la cabeza. Joanna
no miró atrás mientras se alejaba de la muchedumbre que se agolpaba
fuera de la taberna. Tras ella, el suave sonido de las pisadas le
indicó que los chicos la seguían.
Se apartó a una distancia suficiente para
poder hablar con ellos en privado. Los muchachos se mantuvieron de
pie, con los hombros caídos y las manos metidas hasta el fondo en
los bolsillos de aquellos pantalones hechos jirones. Cuando la
miraron, la expresión de sus delgados rostros estaba a medio camino
entre la excitación juvenil y la sospecha de quien ya está curtido.
Con prontitud, antes de que pensara una forma más adecuada de
decirlo, Joanna espetó:
—Necesito que alguien me haga un trabajito y
pago bien. ¿Os interesa?
—¿Un tabajito?
—repitió el más alto de los dos, que le sacaba unos centímetros al
otro. La miró de arriba abajo con descaro y continuó con desdén—:
¿Y qué tabajito tiene padannos? Lleva ropa güena, pero no es una ricachona.
Y estaba en lo cierto. Vestida con aquellas
ropas de niño —probablemente abandonadas por Royce hacía tiempo—
que había encontrado en la buhardilla de la casa de Londres, y con
el cabello en un moño oculto por una gorra de tela, parecía
cualquier cosa menos la dama que era. Como mucho, podrían
confundirla con un mozo de cuadra, aunque, eso sí, con uno que
tenía dinero para gastar.
—Una guinea ahora y otra al acabar. —Ambos
seguían mirándola con incredulidad, así que añadió—: Para cada
uno.
Estaba corriendo un enorme riesgo y lo
sabía. Al darse cuenta de que tenía dinero, los chicos podrían
sencillamente decidir atracarla. La pobreza, sin embargo, no
suponía impedimento alguno para el honor, de modo que cabía la
posibilidad de que se sintieran atraídos por la oportunidad de
vivir una aventura.
—¿Y qué
vaser? —preguntó el segundo chico, que
había dado un paso atrás y ya echaba ojeadas furtivas por encima
del hombro a la relativa seguridad de la taberna.
—Necesito ayuda para subir a bordo de un
barco que está atracado cerca de aquí. Quiero que hagáis algo que
distraiga la atención de los guardias. —Y añadió enseguida—: Pero
no quiero que os hagáis daño o que os pongáis en peligro de ninguna
manera.
Los chicos intercambiaron una mirada. Él más
alto se lamió los labios, pensativo.
—¿A qué barco?
—Puede ser que lo conozcáis. Se trata del
navío akorano, el que tiene una cabeza de toro en la proa.
Ambos chicos se quedaron anonadados y la
miraron fijamente con creciente respeto.
—¿Va a subir aise? —preguntó el más pequeño, algo
sobrecogido.
El otro se aferró a un argumento
práctico.
—¿Ta loca?
Naide con dos deos en la frente s'acercaesos.
—¿Sabéis quiénes son? —quiso saber
Joanna.
Los chicos asintieron.
—Caro —respondió
el más pequeño—. Stán su mueye. También tie sus
almacenes. Los barcos dahí yegan ca
pocos meses y asín. Noggin dice que
nadie se los acerca, y eyos no
si mezclan. Na más queyos, van, y
esoes así y lo quieren eyos.
A Joanna se le encogió el estómago aún más,
pero hizo caso omiso y mantuvo la voz inalterada.
—Pues lo quieran o no, debo subir a ese
barco. Como he dicho, pago bien. ¿Vais a ayudarme?
De nuevo, los chicos intercambiaron miradas.
El que se llamaba Noggin habló por los dos.
—Séñenos los
cuartos.
Con cuidado, y sin tenerlas todas consigo
sobre la posibilidad de que fueran a darle un golpetazo en la
cabeza para robarle el dinero, Joanna metió la mano hasta la bolsa
que llevaba bajo la chaqueta de felpa y, muy lentamente, sacó dos
guineas. Las monedas reflejaron la luz de las antorchas que había
alrededor de la taberna.
—Y otras dos cuando hayáis terminado
—continuó.
Por un momento, los chicos no pudieron hacer
nada más que contemplar las monedas de oro. Joanna tardó en caer en
la cuenta de que era probable que no hubieran visto tanto dinero
junto en su vida, y mucho menos hubieran pensado en poseerlo. De
nuevo, Joanna hubo de enfrentarse al sentimiento de culpabilidad
que la invadía por involucrarlos. En cualquier caso, todos los
reparos que pudieran tener se desvanecieron como agua en el
desierto. Con una amplia sonrisa, Noggin planteó:
—Las cuatro ya, sacaso luego nostá bien
pa pagar a niuno.
No era un pensamiento muy agradable, la
verdad, pero sí de efecto contundente. Joanna asintió y volvió a
meterse la mano en la bolsa.
—Está bien, pero primero venid conmigo hasta
el muelle.
Ambos trotaron tras ella. Cuando se
encontraban al principio de la calle que descendía al muelle en que
estaba atracado el navío akorano, Joanna se detuvo. Con suavidad,
si bien con inconfundible firmeza, les recordó:
—De verdad, no quiero que ninguno de
vosotros salga herido. ¿Me habéis entendido?
—Que sin, que
sin —la tranquilizó Noggin con la mirada
anclada en la embarcación aún atracada—. ¿Cualis el plan?
—Montáis algo y distraéis a los
guardias.
El chico hizo un gesto de sorpresa.
—¿Y luego qué? Ya
loba pensao, ¿no? Ya podemos distrarlos Clapper y yo to lo que quere, pero y
cómo la va a subil. Nostará pensando a
saltar la pasarela.
Clapper empezó a reírse, aunque se calló
enseguida cuando Noggin se quedó mirándolo. Ambos esperaron a que
Joanna respondiera.
—¿Es que pasa algo con la pasarela?
Noggin suspiró profundamente.
—Mire, concemos ais
tos hombres, al menos nalgunas
cosas. Como he dicho, están qui ca pocos
meses mao menos. No sarriesgan. Los barcos los guardan dientero y por la noche, a bordo o nel mueye. Sarmamos alboroto algunos van a querer
ver cai, pero de tontos na. Son soldaos,
¿sabe?, de los de verdá. Por muy brutos,
dice el viejo, y tiene que saberlo, siastao
quimaños al mástil. Algunos se quedan seguron cubierta sacaso
satrevintentar lo que piensa hacer.
Tie que pensar nalguna forma de rodéalos.
—Hay troneras —propuso Clapper—, a la popa
yola proa. Sace calor, las abrin
seguro.
—Vaya pa la proa
—sugirió Noggin—; los he visto cargando dése
lao. —De nuevo, la miró fijamente—. Nada, ¿no?
—Claro que nado, y os agradezco mucho el
consejo. —Con rapidez, antes de que los nervios le jugaran una mala
pasada, Joanna les entregó las monedas—. Recordad, tened
cuidado.
Las guineas desaparecieron en aquellas manos
mugrientas. Un momento después, los chicos se perdieron en la
oscuridad.
* * *