Capítulo 6
EL aroma a limones despertó a
Joanna, que se incorporó despacio mientras trataba de aferrarse a
la estela de un sueño que se desvanecía contra su voluntad. Aún
medio dormida, miró a las troneras, que estaban abiertas. El cielo
permanecía del matinal azul brumoso que se mantiene hasta que el
sol bruñe la noche neblinosa para convertirla en un día despejado.
La brisa que se colaba en el camarote era más cálida que la del día
anterior, que, a su vez, había sido menos fría que la de una mañana
antes. Con todo, no había sido el aire más apelmazado, casi
bochornoso, lo que la había despertado, ni tampoco la llegada del
día, sino aquel olor.
Había sido la fragancia cítrica la que la
había apartado de su sueño. O tal vez sólo la hubiera soñado.
Sentada como estaba, se acercó al borde de la cama e inspiró
profundamente. Se embargó de la sensación instantánea, mucho más
intensa que una simple imagen o un recuerdo, de la extensa pradera
de Hawkforte que descendía hasta el mar. Ella estaba sentada sobre
la hierba y disfrutaba del dulce sabor de una limonada.
Animada por la curiosidad, se levantó de la
cama, se puso una túnica, se peinó con los dedos la enredada
cabellera y dirigió la mirada hacia la puerta del camarote. En los
últimos tres días desde que Alex le había indicado que, una vez en
Ákora, debía interpretar su papel, había seguido trayéndole las
comidas como siempre. Su comportamiento en aquellos breves
encuentros había sido impecable. No la había tocado ni sin querer
y, desde luego, no había vuelto a besarla.
¡Lástima!
En verdad tenía una mentalidad que nada
tenía que ver con la de él, quizá debido a que había crecido sin
las extrañas y vanas restricciones que la sociedad imponía. Allí
estaba ella, a punto de alcanzar su sueño de penetrar en el
reino-fortaleza y lo único en lo que podía pensar, continuamente y
sin descanso, era en aquel beso. Y no era que no la hubieran besado
antes. La habían besado... una vez, un mozo de cuadra muy ansioso.
Al menos en esa ocasión había reaccionado con más sofisticación y
aplomo, es decir, que no se había armado de valor para partirle la
cara a Darcourt.
El problema era que ni siquiera se había
planteado hacerlo. Tampoco era que se le hubieran pasado por la
cabeza muchas otras posibilidades. Parecía increíble que hubiera
llegado a cumplir los veinticuatro sin haber siquiera sospechado
hasta entonces que poseía una imaginación tan viva. Quizá se
debiera a todos los años que había vivido en compañía de las
mujeres de Hawkforte. Sabía, del mismo modo que conocía una puesta
de sol rojiza o el momento en que una oveja iba a parir, que los
hombres, sus cuerpos y apetitos resultaban tentadores. Saberlo, sin
embargo, no la había preparado para enfrentarse a la realidad, ni
siquiera un poco, para encajar aquel único beso. Desde luego, el
propio Alex tenía que ver con todo aquello. ¿Qué era lo que había
dicho? ¿Que las akoranas no tenían razón alguna para marcharse
porque se las mantenía muy satisfechas? Joanna supuso que no debía
saber lo que aquello significaba, a pesar de lo cual, lo sabía, o
al menos tenía una idea bastante formada al respecto.
¡Madre mía!, efectivamente hacía mucho más
calor. Sería mejor que se dedicara a pensar en los limones. Sobre
la mesa estaba la bandeja del desayuno, una muestra más de lo
tremendamente tarde que se había levantado. Y era probable que
aquello se debiera a que no descansaba bien por las noches. Joanna
ignoró la comida, así como el leve escalofrío que la recorrió al
pensar en Alex cerca de ella mientras dormía, y se aproximó a uno
de los ojos de buey. De pie, sacó la cabeza por la abertura y dio
varias vueltas, hasta que el cuello, los hombros y parte del tronco
quedaron fuera, sobre el agua bañada por el sol.
Fue así como la encontró Alex cuando bajó a
verla al mediodía. Al entrar, suspiró con fuerza suficiente como
para que ella se percatara de su presencia. Joanna se retiró de la
ventana con la mayor elegancia que le fue posible y adoptó una
expresión de alegre inocencia.
—Hace un día espléndido, milord.
Aunque aún no había logrado llamarlo kreon,
estaba decidida a emplear aquel título en cuanto llegaran a Ákora.
Haría cualquier cosa por Royce.
La posición de las cejas de Alex le resultó
harto elocuente. Ya casi había aprendido a calibrar sus estados de
ánimo, al menos algunos, por la altura a la que situaba aquellas
alas de ébano.
—Hay quien cree que asomar medio cuerpo por
las troneras en un barco que va tan deprisa como éste puede
resultar muy peligroso.
Cerca como estaba de alcanzar su objetivo,
Joanna se encontraba de un humor estupendo, hasta tal punto que ni
aquel tono sarcástico ni la fuerza de la sensualidad que despertaba
en ella la perturbaron.
—¿No es maravilloso que haya variedad de
opiniones en el mundo? Creo que tiene utilidad incluso para los más
estúpidamente cautos; estoy segura —respondió, encantada.
—Sin embargo, le costaría afirmar
cuál.
Alex depositó una bandeja en la mesa y
frunció el ceño al encontrarse intacto el desayuno.
Joanna asintió, agradecida, y no hizo ni el
amago de tomar asiento.
—Huele a limones.
Alex miró a las troneras.
—¿Eso cree? Interesante. Los campos de
limoneros ya estarán repletos de fruta, lista para ser recogida. El
tomillo silvestre está ahora en flor, y también las adelfas. Esos
aromas se suman al de los limones.
—¿Tan cerca estamos, entonces? —preguntó con
la mirada fija en él y con una emoción creciente.
—Avistamos tierra hace una hora, apenas una
mancha ligera en el horizonte, pero el viento nos acompaña.
Así pues, estaba oliendo Ákora antes de
verla. El aroma que aspiraba nada tenía que ver con lo que había
esperado: un olor a tierra y a limo, suavizado por un toque de
piedra, al que se sumaría el olor a gente y a animales, y que podía
desconcertar después de un viaje por el mar. Aquella fragancia era
diferente, un perfume seductor que la ensimismaba.
Joanna se sintió anhelante por llegar, y ese
deseo le resultó inesperado y sorprendente porque no venía al caso.
Hawkforte, con sus vistas, olores, sonidos y recuerdos, era su
hogar, y no aquellas islas extrañas surgidas de la tierra
abrasadora. No obstante, la ansiedad que tan de repente la había
sobrecogido y que transportaba aquel aroma cítrico le provocaba
nostalgia de su propio hogar, como si las islas apelaran a alguna
parte de ella escondida durante mucho tiempo, tan desconocida que
ya había desistido en su intento por que la escucharan.
Absurdo. Estaba allí para encontrar a Royce,
nada más. Era a él a quien echaba de menos. Aquel aroma —los
limones, y sí, ahora distinguía claramente el tomillo..., ¿y era
aquello la fragancia de una adelfa?—, compuesto por diferentes
fragancias que se superponían, era más complejo de lo que había
imaginado. Y a pesar de todo, inspirar Ákora era una agradable
novedad sin consecuencias. Alex la vigilaba. Joanna tuvo otra vez
la sensación de que él veía su interior.
—Cuando estoy lejos de Ákora por un tiempo
—explicó—, la huelo en sueños.
Aquél era el comentario más personal que
había emitido motu proprio hasta el momento, y Joanna se quedó
perpleja hasta tal punto que se limitó a responder lo primero que
se le vino a la cabeza.
—¿Por qué los hombres hablan de sus países
como si fueran mujeres?
A Alex le sorprendió que ella no lo
supiera.
—Porque nacemos de su tierra.
—Y entonces, ¿por qué ponen a los barcos
nombres de mujer?
Alex esbozó media sonrisa con precaución,
como si no quisiera revelar demasiado.
—¿Porque transportan nuestros
sueños...?
Joanna iba a preguntar cuáles eran los
suyos, pero se contuvo. Ya habían intimado demasiado. Fue justo en
aquel momento cuando recordó, en lo recóndito de su memoria, que en
realidad no había sido el olor de los limones lo que la había
despertado, sino la aparición de Alex en su sueño.
Alex sacó un mapa de la caja y
comentó:
—Puede ver más ahora.
Joanna olvidó las preguntas, miró fijamente
por la tronera y dejó escapar un suspiro. Justo delante de ella,
lejano pero bien visible, emergía un montículo rocoso y escarpado
que parecía salir directamente del mar que los rodeaba. Aunque le
hizo pensar vagamente en los acantilados blancos de Dover, al sur
de Inglaterra, ese corte era mucho más grande y empinado. Además,
tampoco era de color blanco, sino que estaba configurado por
manchas de unos tonos que no era capaz de definir.
Alex se acercó a donde se encontraba ella, y
Joanna sintió la calidez de los pectorales desnudos cerca de su
propia espalda, como si el tacto pudiera saltarse el espacio que
los separaba.
—Aún quedan varias horas hasta que
atraquemos —informó Alex con calma.
Asintió sin mirarlo. Al cabo de unos
segundos, la puerta del camarote se cerró tras él. Joanna espiró,
sin encontrar alivio.
El tiempo transcurrió sin que fuera muy
consciente de ello. El cuerpo fue agarrotándosele sin que hiciera
nada por evitarlo, concentrada como estaba en pensar en otra época
lejana en que la isla de aquel reino había quedado destrozada.
¿Cómo habría sido aquella terrible noche? ¿Hubo alguna señal,
alguna oportunidad para huir? Alex había dicho que sus antepasados
habían llegado justo después. ¿Cómo habrían llegado a un lugar
devastado como aquél? ¿Qué habían encontrado?
La pared del acantilado fue aumentando de
tamaño a medida que fueron acercándose, hasta que presidió el
horizonte por el lado oeste. Delante de ella había rocas enormes,
altísimas, retorcidas y enmarañadas. No eran de un solo color, sino
abigarradas con morado, marrón, rojo, malva, cobalto, ocre y verde
mar. Aunque los tonos se entremezclaban en los bordes, era posible
distinguirlos; la configuración le recordaba las vetas de piedra
separada que discurren a modo de venas bicolores en el mármol.
Imaginó por un momento cómo se habrían derretido las rocas a causa
del calor de la catástrofe y participó del horror que había azotado
a aquel lugar. Joanna continuó mirando por el ojo de buey un rato
más. Los acantilados eran interminables, tanto que no se veía playa
alguna en la que varar un bote, y menos aún un puerto en el que
atracar un barco.
Cuanto más miraba, más le parecía que Ákora
era una fortaleza diseñada para dejar fuera a todo el mundo. A su
lado, las almenas del castillo más resguardado parecían apenas un
débil gesto de defensa. Con todo, hasta las paredes más poderosas
contienen algunas grietas. A última hora de la mañana, la cara del
acantilado que se le había antojado un monolito quedó interrumpida
por lo que parecía una estrecha ensenada. O así lo habría imaginado
Joanna de no haber visto antes el mapa. Lo que los europeos habían
avistado con sus catalejos no era una pequeña bahía como ellos
habían creído, sino una entrada escondida y serpenteante que
llevaba al interior inundado de Ákora.
Penetraron en ella apenas hubo pasado el
mediodía. En cuanto se introdujeron, Joanna oyó un golpe en el
casco y se asomó más aún para mirar abajo, al agua. Si bien al
principio no pudo ver nada, al cabo de unos segundos volvió a oír
el mismo ruido. Mientras observaba con atención, una roca enorme
surgió repentinamente a la superficie.
Joanna dejó escapar un grito ahogado y temió
que se produjera un choque que hiciera partirse la nave en dos. Sin
embargo, cuando volvió a mirar se sorprendió al ver que era el
propio barco el que golpeaba la roca y, apartándola, hacía que se
deslizara perezosamente por el agua. Perpleja, aguzó la mirada y
observó muchas más rocas que flotaban en la ensenada. ¿Rocas que
flotaban? Claro estaba; debía tratarse de piedra pómez, como los
trozos de menor tamaño que llegaban a veces a las costas de
Hawkforte. Al estar llenas de aire y de agujeros, esas piedras no
pesaban apenas y, por supuesto, no se hundían en el agua. Eso
también debía ser parte del legado del volcán desaparecido.
Algo más tarde, giraron bordeando un extremo
de la ensenada y aparecieron de pronto en un enorme mar abierto. La
tierra se distanciaba de ellos a cada lado para acabar perdiéndose
en el horizonte. A lo lejos, a millas de distancia, Joanna creyó
distinguir unas islas, aunque aún no estaban lo suficientemente
cerca como para que pudiera asegurarlo.
La orilla de aquel mar interior nada tenía
que ver con los acantilados exteriores. Se trataba de prados
fértiles que brillaban, verdes y dorados, bajo la luz del sol y
descendían hasta la playa, donde el agua se mostraba de un color
azul más intenso aún que el del océano que acababan de abandonar.
Había larguísimos peces plateados que nadaban con rapidez y
desorden junto al barco, mientras las gaviotas lo sobrevolaban a la
vez que emitían chirridos que atravesaban el aire perfumado.
Joanna notó que la corbeta giraba hacia el
este y se dio cuenta de que se dirigían a la isla grande, donde se
encontraba la capital: Ilion. Alcanzó a ver en lo alto de una
montaña lo que parecía una granja, semejante a las que había
conocido en Grecia, de muros encalados que relucían bajo hileras de
tejas. La distancia y la rapidez a la que viajaban le impidieron
comprobar si se trataba de algo más que de una gran veta de piedra
caliza.
En cambio, no dudó en absoluto del brillo
blanquecino que apareció justo después junto a la orilla. Se quedó
sin aliento al observar el templo, pequeño y perfecto, que
resaltaba al reflejar la luz del sol. Parecía tan igual como
distinto de los templos que ella había visto antes. Unas columnas
blancas se elevaban para soportar el peso de un techo de frontón en
gablete y formaban un pórtico que llevaba hacia la oscuridad del
interior. Con todo, las paredes no se parecían a las de color
blanco roto que había visto en las ruinas de la región del Ática en
Grecia. Las partes inferiores estaban pintadas de colores vivos, de
modo que parecían prolongar el paisaje circundante. Las parras se
enroscaban en las columnas y, justo bajo la arista superior del
frontón, una estatua de mujer, ataviada con una falda larga y
ligera, miraba hacia el agua.
Joanna se emocionó al darse cuenta de dónde
se encontraba. Había entrado en el reino escondido, salvando los
obstáculos que todos quienes devendrían exploradores,
conquistadores, comerciantes y aventureros habían considerado en
exceso desalentadores. Ahora estaba allí, en un mundo en que el
pasado, que tanto le fascinaba a ella, aún no había desaparecido en
la neblina del tiempo, sino que permanecía vivo y despierto.
¡Ojalá su hermano lo estuviera
también!
A Joanna se le borró la sonrisa mientras la
emoción iba remitiendo tan deprisa como había llegado. Cerró los
ojos y, una vez más, tras las tantas en que lo había hecho en los
últimos meses, rezó en silencio por Royce. Cuando volvió a mirar,
una vez que hubo elevado sus plegarias, ya habían desaparecido el
templo y la diosa. Se retiró del ojo de buey y se apresuró a
recoger sus contadas pertenencias, tras lo cual se sentó en la cama
y se dijo a sí misma que convenía esperar. A poco, el esfuerzo se
hizo insoportable y volvió a levantarse para mirar.
Aunque estaba convencida de que era pura
sensatez tratar de aprender lo máximo sobre el terreno que iba a
pisar, sospechó ya entonces que aquel aire perfumado contenía un
potente conjuro.
Ilion apareció ante ellos sin avisar. Aunque
llevaba tiempo suponiendo que la creciente frecuencia con que se
avistaban asentamientos por la ventana indicaba que se acercaban a
la capital, en ningún momento imaginó que al bordear la curva se
toparían con la ciudad. Joanna trató de empaparse ipso facto de
todo lo que veía, pero no lo logró.
Esto es todo lo que vio: a lo largo de la
orilla se extendía un puerto del que sobresalían varias decenas de
muelles de roca, de las cuales un tercio estaba ocupado por barcos
de varios tamaños, algunos incluso comparables al Néstor, y otros tan pequeños que no podrían
aventurarse más allá del mar Interior. Había hileras de edificios
blancos construidos a distintos niveles, unos encima de otros, que
compartían los espacios intermedios donde crecían árboles en flor y
arbustos trufados de pétalos rosas, blancos y amarillos. Los
caminos ascendían la empinada ladera sorteando las casas hasta
atravesar unos muros altos y gruesos coronados por unos vigilantes
que caminaban de un lado a otro. Más allá de las murallas, Joanna
pudo adivinar unas torres, más esbeltas que cualquiera que hubiera
visto jamás, que lustraban su blanco a la luz del sol.
«Las desgastadas torres de Ilion», se dijo
antes de hacer una mueca.
¿Quién sino una sabionda, como Alex la había
llamado, pensaría en aquel momento en el verso inmortal del poeta y
dramaturgo Christopher Marlowe? Y aun así, de alguna manera,
aquellas palabras encajaban a la perfección.
Si le hubieran pedido que describiera Troya,
habría dicho que era como aquel lugar, bella y poderosa bajo el
sol. No importaba que la gente dijera que se trataba tan sólo de un
relato; para Joanna había sido real desde la infancia y ahora
aparecía allí, intacta, eso sí, frente a ella: ni las desgastadas
torres se habían quemado, ni había rostro alguno que hubiera hecho
mover mil naves.
Joanna suspiró y luego inspiró
profundamente; al hacerlo, se llenó de la fragancia de aquel lugar.
De nuevo distinguía los limones, cuyo aroma era más intenso que
nunca, el tomillo y las adelfas. También reconocía los olores del
puerto, que tanto se parecían a los de la orilla de Hawkforte: el
mar salado, el tufo penetrante del pescado, el cáñamo humedecido
trenzado en los cabos, la roca y la brea, todos se mezclaban con
las esencias especiadas que se escapaban por las muchas ventanas
que estaban abiertas en un día tan espléndido.
La marea subía y los arrastraba. Joanna se
fijó en la gente que se movía en los embarcaderos y las calles más
lejanas. Se moría de curiosidad, los miraba y apenas conseguía
parpadear mientras el barco se acercaba, cada vez más, a la orilla.
Casi todo el mundo tenía el cabello oscuro y la piel, cuando no
bronceaba, mostraba el tono aceitunado que tan bien conocía por los
viajes que había disfrutado alrededor del Mediterráneo. No
obstante, observó que había algunos que, curiosamente, tenían un
color de piel más claro. A aquella distancia y con el barco aún en
movimiento, pensó que estaría equivocándose. A pesar de los
comentarios preparatorios de Darcourt sobre la desnudez, Joanna no
vio a nadie descubierto. Tanto las mujeres como los hombres iban
ataviados con túnicas sencillas y de color blanco roto, si bien las
de éstos eran más cortas que las de aquéllas. Como excepción
estaban los soldados, que parecían abundar. Aunque llevaban la
misma falda plisada que realzaba la figura de Darcourt de forma tan
impresionante y que ponderaba los rasgos de un hombre tremendamente
musculoso, Joanna apenas les prestó atención. Algunos subían a
bordo, o bajaban, de los barcos dispuestos a lo largo de los
muelles, mientras otros parecían pasear tranquilamente entre los
puestos y tenderetes que daban al agua. En ese aspecto, Ilion le
recordó a todos los puertos que conocía, incluso al de Londres. Aun
así, era innegable que las diferencias superaban con creces los
parecidos.
Perpleja, comprobó que allá donde mirara, ya
fuera en los muelles o más arriba, en la ciudad que ascendía hasta
el propio castillo, no veía ni un atisbo de la pobreza que tan
común resultaba en Londres. No había ni niños arremolinados para
mendigar, ni mujeres que surgieran de la sombra en busca de
clientes, ni perros esqueléticos que caminaran con el rabo entre
las piernas. Tampoco había marañas de calles tortuosas y hediondas
con edificios tan decrépitos que se sostuvieran apoyándose unos en
otros de modo que ocultaran la luz del sol con tanta eficacia como
la desplegada al destruir toda esperanza, ni montones de basura y
despojos. Sólo se percibía el brillo de los muros blanqueados y el
aroma embriagador de la naturaleza triunfante.
Darcourt volvió cuando ya estaban lo
suficientemente cerca como para que Joanna reconociera la espuma
verde pálido de las olas que bañaban los bloques de piedras de los
embarcaderos. La facilidad de trato que había mostrado hasta
entonces había desaparecido por completo, y Joanna sintió una
punzada al observar aquellos rasgos distantes, retraídos e incluso
duros.
Con un giro de aquella fuerte muñeca,
extendió el hatillo que traía preparado a la perfección y le mostró
un vestido con capucha exquisitamente tejido en lana blanca.
—Póngase esto cuando desembarquemos. Habrá
una litera cubierta esperándola abajo. En ella la llevarán hasta
mis aposentos en palacio. Debo reunirme con el vanax y es probable
que vuelva tarde. Los sirvientes la acomodarán.
Joanna asimiló toda la información en
silencio. Se recordó a sí misma que Alex estaba acostumbrado a dar
órdenes, que ella estaba en deuda con él y que nada le importaba
salvo encontrar a su hermano.
El vestido consistía en una única pieza
cerrada. Para ponérselo tendría que pasárselo por la cabeza. Cuando
estaba a punto de hacerlo, miró a Darcourt, cuya expresión era
inescrutable. Joanna no confiaba en que la suya propia fuera tan
contenida.
—¿Le hablara al vanax de Royce?
Un chispazo tras aquellos ojos reveló lo
sorprendido que se había quedado.
—Hablaremos de lo que tengamos que hablar.
—Y se dirigió a la puerta.
Iba a irse, así, sin más. Como si todo el
miedo aterrador que ella sentía, como si toda su determinación y su
desesperación no significaran nada. ¿Y qué ocurría con la promesa
que parecía haberle hecho cuando le dijo que encontrarían a Royce?
¿Tampoco significaba nada aquello?
—¡Espere! Necesito saber qué va a hacer para
intentar encontrar a Royce. ¿Qué vamos a hacer?
Alex se dio la vuelta; la expresión de la
boca era más dura aún que antes.
—¿Vamos a hacer? Usted hará lo que haga
falta para evitar que su presencia cause problemas, como ocurrirá
si no lo evita. Eso es lo único que debe preocuparle.
—No pretenderá con que me siente sin hacer
nada... He esperado largo tiempo y he arriesgado demasiado como
para soportar quedarme con los brazos cruzados.
En el mismo momento en que pronunciaba
aquellas palabras, Joanna supo que estaba cometiendo un error. Alex
cruzó la habitación en tres zancadas. Antes de que ella pudiera
siquiera contener el aliento, ya la tenía sujeta por el brazo, si
bien no el dañado. La herida estaba casi curada; él mismo lo había
comprobado unos días antes, cuando había ido a llevarle el desayuno
y la había encontrado profundamente dormida. Con todo, casi se
había despertado, había murmurado en sueños y se había vuelto hacia
él. Ahora Alex prefería no pensar en eso. Estuviera o no enfadado,
algo que en aquel momento no era opcional, nunca le haría
daño.
—¿Es que no ha aprendido nada sobre Ákora?
—inquirió—. ¿No ha comprendido nada?
—Me ha revelado lo bastante poco como
para...
—¡Mucho más de lo que tiene derecho a
saber!
Alex se detuvo, repentinamente consciente de
la confusión que sentía. Había unas barreras demasiado altas: toda
una vida de preparación, de asunciones tan profundamente inculcadas
que no podía cuestionarlas, asunciones sobre los xenos, sobre las
mujeres, sobre todo lo que debía ser y hacer. ¿Y no eran esas
también las barreras que se había comprometido a derribar, los
mismos presupuestos que quería poner en duda?
¿Qué podía decirle? ¿Que cuando dejaran el
Néstor estarían adentrándose en una
situación ya de por sí peligrosa y que empeoraba con su presencia?
¿Que ya le acechaban las dudas sobre su propia capacidad para
protegerla? ¿Que desde aquel beso compartido se había aferrado a
toda su potente autodisciplina para no volver a tocarla?
Iban a dormir en el mismo lecho. Alex ni
siquiera se había planteado contárselo; Joanna lo descubriría
enseguida. De otro modo, los sirvientes se darían cuenta de que
algo no iba como debía. La mayoría, tal vez incluso el conjunto, de
las personas que trabajaban en palacio eran leales. Ahora bien,
eran tiempos inciertos y bastaría con la traición de un solo
corazón para empeorar la situación y hacerla más peligrosa de lo
que ya era.
Aunque si de él hubiera dependido, nunca la
habría llevado a Ákora, ella había forzado la situación y, al
final, había sido el propio Alex quien había decidido que ella
permaneciera a bordo. Había sido él, efectivamente, quien había
rechazado las opciones alternativas, con buenos argumentos, sí,
pero al hacerlo, se había hecho responsable de ella. La protegería
de las amenazas que acechaban en Ákora, de su impulsiva forma de
ser e incluso, pensó con tristeza, de sus propio deseo por
ella.
Eso sí, se condenaría si se lo explicaba.
Como medio xenos que había crecido en la corte real, había
aprendido hacía ya mucho tiempo a guardarse para sí lo que pensaba.
No había excepciones para aquella regla, ni siquiera entre aquellos
a quienes más amaba. Nunca se le había ocurrido que algún día
desearía cambiar esa forma de actuar.
De repente, se dio cuenta de que seguía
agarrando a Joanna por el brazo. Aunque no había pretendido
tocarla, había ocurrido. Dejó escapar un gruñido, la liberó y
frunció el ceño a conciencia.
—Es una ignorante. Ya le he explicado que
como mujer debe...
Era obvio que el gesto que Joanna hizo con
los labios no era precisamente una sonrisa.
—... ser agradable, sumisa, obediente y
recatada. Créame, no lo he olvidado.
—Pero no tiene intención alguna de
comportarse como debe.
Joanna lo miró fijamente. Alex pudo ver la
fugaz preocupación que ella sentía por su hermano, el miedo que
traslucían sus ojos, y hubo de contenerse para no atraerla hacia
sí, esta vez con la mera intención de tranquilizarla. Joanna bajó
los hombros al mismo tiempo que iba reduciéndose su enojo.
—Tengo toda la intención del mundo. Si fuera
eso lo que importara, yo no estaría preocupada.
—Y, sin embargo, lo está.
A él también le estaba costando comportarse
con el enfado adecuado de un hombre que se enfrenta a una mujer
cuyas ideas sobre lo propio y lo impropio diferían tanto de las
suyas. Eran tremendamente distintas, aunque se resistiera a
admitirlo.
—A estas alturas, no imagino cómo va a serme
posible quedarme de brazos cruzados mientras usted u otra persona
trata de encontrar a Royce.
Sin que pudiera evitarlo, creyó comprenderla
bien. Si sus papeles estuvieran cambiados, él sufriría aquella
pasividad como la mayor de las torturas, pero ¿por qué estaba él
pensando en eso? Él era un hombre; ella, una mujer. Sus roles nunca
se intercambiarían. Estaban grabados en la tradición, en la cultura
y en el mismísimo sentido común.
—¿Qué creía que iba a hacer? —preguntó con
amabilidad—. ¿Ir de un lado a otro buscándolo por todas
partes?
Una sonrisa inteligente y repentina se
dibujó en la boca de Joanna. Aquello casi desencajó a Alex.
—¿Sabe una cosa? Eso es precisamente lo que
me imaginaba.
La sonrisa de Alex, en cambio, fue
compungida.
—Por desgracia, yo también lo imagino. —Alex
le pasó el reverso de la mano por la mejilla—. Joanna, ya sabe que
no puede ser.
El sonido de su propio nombre en los labios
de Alex sonaba tan natural como si hubieran sido amigos íntimos
desde hacía años. Y él sintió la imperiosa necesidad de oírla a
ella pronunciar el suyo.
Aquello era una locura.
Sus miradas se encadenaron. Sus cuerpos
estaban apenas a unos centímetros de distancia. Alex necesitaba
simplemente inclinar la cabeza y volver a saborear aquella boca
cálida y tentadora...
El Néstor chocó
contra el muelle, se balanceó suavemente por el oleaje y se
estabilizó en su amarre habitual como si nunca lo hubiera
abandonado. Los hombres que había en cubierta lo celebraron como
siempre lo hacían al acabar un viaje. Como respuesta, obtuvieron
gritos de bienvenida desde el embarcadero, donde los paseantes que
reconocían el barco saludaban a su príncipe a su regreso de
aquellas aventuras en el extranjero.
Alex sintió el impulso de ordenar que
viraran el barco para zarpar de nuevo. Aquel pensamiento, más que
ninguna otra cosa, lo puso sobre aviso del peligro que le esperaba
en la tierra que se movía bajo sus pies.
El deber y el honor; palabras vacuas para
muchos hombres, eran para él su vida entera. Se irguió y permitió
que la máscara que correspondía a su personalidad y su rango
volviera a cubrirle el rostro. Más que nunca, aquella máscara se
convertiría en su escudo.
—Interprete su papel —volvió a decirle.
Luego, salió del camarote sin mirar atrás.
Alex fue directamente hacia el palacio sin
esperar a que le trajeran un caballo o a que le acercaran la
escolta. Ascendió a propósito a buen ritmo por el abrupto camino de
cantos rodados. En la cima se elevaba la orgullosa puerta de
entrada que flanqueaban unas leonas rampantes esculpidas en piedra,
a pesar de que esos animales no existieran en Ákora. Las estatuas
constituían otro tipo de recuerdo, de la tierra de la que procedían
sus antepasados, en ese caso. De niño, se había acostumbrado a
pasar la mano con rapidez por las garras traseras de la leona
situada a la derecha cuando entraba en la ciudadela y, por las de
la otra, al salir. Servían así, de algún modo, como piedras de
toque que le recordaban lo que era real, lo que importaba de
verdad. Durante su infancia, había tenido incluso que saltar para
alcanzar a rozar las garras más bajas. Ahora, ya convertido en un
hombre, apenas necesitaba alargar el brazo para llegar. Esbozó una
fugaz sonrisa que enseguida se convirtió en un témpano.
Más allá de las puertas se extendía un patio
de tierra dura que acababan de rociar con agua para que no se
levantara polvo, ni siquiera en un día que prometía ser caluroso y
hasta sofocante. Justo al final de aquel espacio abierto se
encontraba el palacio, que era mayor aún. Aunque Alex había
visitado varias residencias reales en Europa, ninguna le había
parecido comparable a la de la dinastía de los Atreidas. Para
empezar, este palacio era mucho más antiguo y contaba con partes
que databan de tres mil años atrás.
A lo largo de los siglos, los señores de
Ákora, uno detrás de otro, habían mantenido el palacio como el
símbolo externo más evidente de su poder. Nunca se permitía que
nada quedara deteriorado u olvidado, ni siquiera desechado. Había
una legión de sacerdotes y sacerdotisas que se cuidaban bien de que
nada de eso ocurriera. Si lo hubiera querido, Alex podría haberse
acercado a las habitaciones en que habían vivido sus antepasados,
desde donde habían mirado por la ventana para comprobar que el
paisaje devastado comenzaba a revivir. Con los ojos del alma, Alex
podía ver lo que ellos habían visto y asistir, también, al
cumplimiento de los deseos que más secretamente habían guardado. Le
costaba bien poco, en aquellas circunstancias, visualizar un
futuro, resultado del empeño por mantener Ákora tan fuerte y tan
orgullosa como la habían encontrado todas las generaciones de sus
antepasados.
Se trataba, y él lo sabía, de una visión que
compartía el hombre al que había ido a ver. Apretó el paso y caminó
entre dos columnas altas y acanaladas policromadas de rojo.
Atravesó las inmensas puertas dobles de bronce cincelado y madera
tallada que por costumbre permanecían siempre abiertas, hasta
acceder a la primera de las muchas salas de reuniones que
conformaban esa parte del palacio dedicada a los actos públicos.
Las columnas interiores, magníficamente decoradas con parras
enroscadas, se alzaban para soportar el peso del artesonado, tan
alto que parecía retar al mismo cielo, cuyos colores imitaba.
Frente al azul, tan oscuro que parecía negro, las estrellas
brillaban colocadas en las formas conocidas de las constelaciones,
tal y como aparecían en la tarde del equinoccio de primavera,
cuando el día y la noche se igualaban y la Gran Madre se preparaba
para bañar a los mortales con la bondad de la fertilidad de la
tierra. A lo largo de las paredes aparecían frescos que ilustraban
los ritos de sacrificio que revelaban la sacralidad que envolvía
unas actividades tan cotidianas como azulejar o serrar. La sala
estaba presidida por una fuente circular de la que salía un
surtidor que provenía de uno de los numerosos y profundos
riachuelos subterráneos. El agua quedaba salpicada por las manchas
de luz solar que penetraban por unos enormes ventanales.
Los guardias se pusieron firmes cuando, sin
prestarles atención alguna, el príncipe de Ákora pasó delante de
ellos. Tampoco se fijó Alex en las penetrantes miradas que le
lanzaban los cortesanos, siempre dirigidas hacia la fuente de
poder. Dejó atrás los susurros que surgieron a su paso y continuó
caminando a través de la sala contigua, y de la siguiente, hasta
que llegó a la habitación que era, en comparación con las
anteriores, la más íntima y de menor tamaño. No obstante, la
estancia era tan amplia que habría acogido a todos los invitados
que habían asistido a Carlton House y algunos más. Resultaba
también tremendamente masculina. En ella, el motivo de la cabeza de
toro destacaba sobre todo lo demás al aparecer plasmado en los
frescos y en las estatuas por igual, y un ejemplar, tocado por unos
cuernos de punta dorada, dominaba la pared que se alzaba por encima
del trono, ahora vacío.
No se permitía la entrada a los cortesanos
en aquella sala. Apenas unos guardias vigilaban apostados en las
almenas de piedra dispuestas en el exterior, en el extremo opuesto
al acceso. Alex no se detuvo, sino que pasó de largo ante el trono
y se limitó a tocar con cuidado la pared que se alzaba a su
izquierda. La puerta que había allí estaba pintada de modo tan
inteligente que parecía que emergía del fresco, aunque no quedaba
totalmente disimulada. Todo el mundo sabía que la puerta estaba
allí, si bien sólo unas pocas personas podían usarla. Tras ella se
encontraba el santuario privado del vanax y lo que podría
considerarse el centro de poder de Ákora por excelencia.
Se trataba de una estancia sorprendentemente
sencilla, exenta de cualquier signo de ostentación. El estuco
blanco que cubría las paredes aparecía apenas decorado por una
cenefa geométrica cercana al techo. El suelo consistía en unas
losas simples y desnudas que almacenaban el frescor de la noche y
lo mantenían durante el día. Había junto a la ventana una sola
mesa, de gran longitud, que ocupaba casi todo el muro. El hombre
sentado tras ella alzó la vista en cuanto Alex se presentó ante él.
Rondaría la treintena; sería, por tanto, unos pocos años mayor que
el propio príncipe. Era también de piel de ébano y mostraba unos
rasgos duros, muy marcados, que se transformaron enseguida en una
sonrisa de alivio y de sincero agrado.
El vanax Atreus, descendiente de la casa de
los Atreidas y gobernante electo de Ákora, se levantó con agilidad
para abrazar a su hermanastro. Ambos tenían la misma estatura y
estaban curtidos por una vida de entrenamiento y sacrificio. Se
dieron unos palmetazos en la espalda mutuamente con tanto
entusiasmo que habrían partido la espalda del otro si se hubiera
tratado de alguien más débil.
—Has sido rápido —constató Atreus—. No
contaba contigo hasta después de la semana que viene.
Alex sonrió al ver por fin a su hermano sin
la expresión de preocupación que le había ensombrecido el rostro
últimamente y con excesiva frecuencia.
—Todo ha ido más deprisa de lo que había
esperado.
Atreus asintió. Dado que tenían una edad tan
parecida, ambos habían compartido tanto las pruebas como las
aventuras propias de la juventud de un hombre. Sin embargo, el
vínculo que los unía iba mucho más allá de la mera camaradería. Los
habían apartado de la sociedad desde niños, a Alex porque era medio
xenos y a Atreus porque estaba destinado a convertirse en la
persona que dirigiría el reino. Ambos podrían haber quedado
condenados a sufrir la soledad del aislamiento, si no hubiera sido
por la compañía del otro. Desde la infancia, cuando vivían en la
Casa de las Mujeres, hasta los largos días y noches que habían
compartido al convertirse en hombres durante su duro entrenamiento
en las incómodas montañas que se extendían más allá de Ilion,
habían tejido unos lazos de afecto y lealtad que no se romperían
nunca.
De esa fidelidad que se profesaban provenía
el que se entendieran tan bien. Cuando Atreus golpeó el martillo
para llamar a un sirviente y miró de nuevo a su hermanastro, le
comentó:
—Así que has finalizado con éxito la misión:
bien. ¿Qué es entonces lo que te tiene tan preocupado?
Alex dejó escapar un suspiro.
—Tienes una sensibilidad sorprendente, que a
veces llega a ser inquietante.
A Atreus le entró la risa. Hizo un gesto
para señalar las dos sillas de respaldo alto que había junto a la
ventana y se sentó en una de ellas.
—¡Tonterías! Es sólo que te conozco muy
bien.
Atreus se interrumpió con la llegada de un
sirviente, que se inclinó en señal de respeto.
—Vino —pidió— y algo para acompañarlo.
—Luego se dirigió a su hermano—: ¿sigue siendo tan mala como me
dijiste LA COMIDA INGLESA?
—Peor, si cabe. Apenas habíamos salido del
Canal y los hombres ya estaban cocinando unos marinos.
Atreus rió de nuevo. Los ojos le chispeaban,
divertidos.
—Pues aun así, tengo pensado probarla algún
día, si todo vuelve a enderezarse.
Alex asintió, pero no hizo comentario
alguno. El sirviente volvió a entrar. Portaba un aguamanil de
vidrio azulado que contenía vino, y dos copas del mismo juego, que
depositó en una mesita de marquetería junto a una bandeja con pan y
queso. Volvió a hacer una reverencia y se retiró. Atreus vertió el
vino en las copas y le pasó una a Alex, que tomó un sorbo
examinador.
—Si los franceses conocieran lo que producen
nuestras viñas, tal vez no hubieran enviado una sola fuerza
expedicionaria.
—Mejor que no lo sepan, entonces. Ya tenemos
bastantes asuntos que atender aquí.
Atreus bebió de su copa y luego se dedicó a
estudiarla, como ausente, antes de continuar:
—Todo ha estado bastante tranquilo; dadas
las circunstancias, diría que demasiado.
—¿El Consejo...?
—El Consejo sigue como antes. De los seis
miembros que lo componen, hay tres que parecen dispuestos a
apoyarme. El resto... —dijo, y se encogió de hombros—. Es irónico
que los más jóvenes sean los más reacios al cambio. Bueno, seguro
que te acuerdas de cómo era ya Deilos cuando éramos niños.
Alex asintió, consciente de que se trataba
del hijo de una de las familias akoranas más nobles y antiguas,
cuyo linaje, si no del todo, era casi equiparable al de los propios
Atreidas. Pensó en que aquel niño tan pendiente siempre de su
dignidad se había convertido en un hombre frío y desconfiado cuyo
noble origen ocultaba lo que Alex interpretaba como una naturaleza
arrogante e inflexible. «Engreído» era como lo habrían llamado los
círculos selectos londinenses, entre los cuales, sin embargo, no
habrían faltado personajes de ideas afines.
—Resulta más irónico aún cuando Deilos
cuenta con más razones que la mayoría para comprender la sabiduría
de tus políticas. Ha estado fuera de Ákora.
—Sus viajes no parecen haberle proporcionado
el conocimiento que tú has encontrado lejos de aquí.
Alex sonrió de forma irónica y se preguntó
si su hermano pensaría que traerse a una xenos era especialmente
inteligente. Sin ganas de centrarse en el tema en aquel momento,
preguntó:
—¿Y Troizus?
Atreus encogió los hombros, enormes, que
llevaba cubiertos con una ligera túnica de verano fabricada en lino
sin blanquear.
—Se muestra más discreto que nunca, aunque
se queja a mis espaldas. Se dice que Deilos ha sugerido un
matrimonio entre sus familias.
Alex entornó un poco los ojos mientras
pensaba en las implicaciones de la propuesta.
—¿Y Deilos está dispuesto a bajar de nivel
al casarse con alguien del clan de Troizus? Ambos sabemos que
apunta más alto.
—Sí, pero sin éxito. Kassandra no se
planteará unirse a él y yo no creo que trate de persuadirla.
Ambos sonrieron ante la idea de que si bien
su hermana menor podía, cuando quería, parecer el epítome de la
feminidad akorana, también mantenía el orgullo y la voluntad
propios de los Atreidas, sin mencionar los rasgos que había
heredado de su linaje inglés. Como Alex, era medio xenos, si bien
la carga de aquel pasado pesaba mucho menos sobre ella, acaso
porque dada su condición de mujer, no se esperaba que llegara a
gobernar.
—Sólo nos queda Melinos —continuó Alex—.
¿Qué pretende?
Atreus hizo una mueca.
—Dice defender los valores y las tradiciones
akoranas y que está dispuesto a no permitir que se alteren por lo
que él denomina un cambio que no persigue objetivo alguno.
—Pero se trata de un cambio vital para
nuestra supervivencia.
—Eso lo ves tú —respondió Atreus—, como yo,
pero hay muchos más que, como Melinos, tendrán miedo de que se
produzca cualquier tipo de cambio en lo que ha sido siempre
inalterable para ellos. El cambio amenaza su poder, su prestigio,
su propia identidad. Harán lo que sea para impedirlo.
Alex arqueó las cejas y miró a su hermano
fija y directamente.
—¿Lo que sea? Me parece que exageras. Todo
el mundo sabe que, si bien se espera del Consejo que exprese sus
ideas con libertad y franqueza en privado, una vez que el vanax
adopta una decisión, sus objeciones han de quedarse a un lado. Y
eso sí que es un valor y una tradición akorana.
—A lo mejor organizo una cena —intervino
Atreus con una sonrisa—. Os invitaré a ti y a Melinos. Así podréis
discutir. No tengo dudas sobre quién será el vencedor.
—Si estuvieras convencido de lo que quieres,
unas palabras dejarían este asunto zanjado y estarías mucho menos
preocupado de lo que lo estás ahora.
—Creí que yo era el que contaba con una gran
sensibilidad, lo que me lleva de nuevo a la pregunta de antes: ¿qué
es lo que te preocupa tanto?
Alex bebió vino antes de apartar la copa.
Con calma, explicó:
—¿Te acuerdas de aquel joven inglés del que
te hablé, Royce Hawkforte? El año pasado, trató de que le
permitiéramos viajar a Ákora. Con la inestabilidad que había allí,
igual que aquí, no parecía el momento oportuno para realizar el
esfuerzo, tal y como tú y yo coincidimos en apuntar. Parece, sin
embargo, que Hawkforte no quiso aceptar un no por respuesta. Zarpó
de Inglaterra hace nueve meses y le dijo a su hermana que volvería
en tres. Nadie lo ha visto desde entonces.
—Hay muchas razones que podrían explicar el
suceso. Después de todo, Europa está en guerra.
—Es cierto, pero el Ministerio de Exteriores
se ha negado a ayudar a su hermana a descubrir dónde se encuentra.
Si lo hubieran capturado o matado en el continente, los británicos
seguramente lo sabrían y no habría razón alguna para que lo
ocultaran.
—Sí, pero si hubiera llegado a Ákora,
incluso aunque hubiera llegado muerto y arrastrado por las olas, yo
lo sabría.
—En teoría sí, pero éstos son tiempos
revueltos.
Ambos se mantuvieron en silencio un rato
antes de que Atreus respondiera.
—Hay rumores, nada más que eso, que afirman
que aquellos que se oponen al cambio han establecido una base desde
la que poder atacarme si se hiciera necesario.
Alex se levantó con brusquedad. Caminó hasta
la ventana y miró hacia la línea del puerto que se divisaba desde
allí. La vista, que por familiar debería haberle proporcionado algo
de paz, sólo logró acrecentar la rabia que ya llevaba dentro.
Apretó las manos tras la espalda y añadió:
—Eso es una traición.
Atreus se aproximó a donde él estaba.
—Hay quienes dirían que mis planes para
Ákora son una traición.
Alex le dedicó una mirada rápida y dura que
fue suavizándose en cuanto observó en los ojos de su hermano que
éste lo comprendía bien. El vanax era demasiado inteligente como
para no haber pensado en las consecuencias del camino que había
elegido tomar para él y para su reino, un camino que había escogido
con el máximo cuidado y sólo después de reflexionarlo mucho. Alex
lo sabía porque él mismo había desempeñado un papel central al
ayudarlo a llegar al lugar en que ahora se encontraba.
—El mundo está cambiando como nunca antes lo
había hecho —explicó Alex—. Nada, ni las invasiones de los
bárbaros, ni la caída de Roma, tiene parangón con la revolución que
se avecina. Esta novedosa industrialización que arrasa a Inglaterra
se extenderá por todo el planeta. Si tratamos de enfrentarnos a
ella, nos barrerá.
Atreus asintió.
—No tienes que convencerme de ello. Los
libros y la maquinaria que has traído lo dejan todo muy
claro.
—Sí, pero ¿por qué los demás, sobre todo
Deilos, Troizus y Melinos no lo ven? Ákora ha sobrevivido
manteniéndose fuerte y eso siempre ha requerido llevar a cabo
algunos cambios. Solíamos luchar con espadas de bronce y ahora las
usamos de acero. Aquí no conocíamos la pólvora y ahora la
fabricamos. Nuestros barcos son más grandes, más ágiles y están
mejor armados que nunca. Esa tontería de que Ákora siempre ha sido
igual no se corresponde con la realidad.
Atreus hizo un gesto de asentimiento y
volvió a la ventana.
—No te falta razón. Sin embargo, coincidirás
conmigo en que el camino que hemos marcado traerá consigo cambios
de índole muy distinta de los que se han vivido en el pasado. No se
tratará solamente de fortalecer nuestras defensas para mantener al
mundo acorralado, sino de convertirnos, con ello, en parte de ese
mundo.
—A pasos lentos y muy medidos —le recordó
Alex—. Y siempre con el debido respeto a nuestro patrimonio.
Después de todo, el objetivo de todo esto es precisamente conservar
lo que más apreciamos.
Al escucharlo, Atreus sonrió apenas y luego
adoptó un tono más grave.
—Podría hacer que entraras a formar parte
del Consejo. Aunque ahora consta de seis miembros, y lleva siendo
así mucho tiempo, no hay nada que imponga que deba limitarse a ese
número. Ha habido épocas en nuestra historia en que el Consejo ha
sido mayor.
—Ya, pero nunca se ha visto que haya
incluido a un xenos.
Atreus lo censuró con la mirada.
—Nadie podría decir que lo eres.
—Bueno, pues un medio xenos. En el Consejo
precisamente, hay muchos que creen que es lo mismo.
—Y aun así, todo el mundo sabe que no hay
nadie en quien yo confíe como confío en ti.
La voz de Alex sonó ronca al
contestar:
—Y te lo agradezco. Sin embargo, creo que
será mejor que permanezca en segundo plano. Quizá tenga ventajas el
hecho de que pueda entrar y salir sin dar explicaciones sobre mis
movimientos al Consejo, que es lo que tendría que hacer si me
incorporara.
—Puede ser que tengas razón. ¿Realmente
crees que Royce Hawkforte podría estar en Ákora?
—Eso cree su hermana. De hecho, está
totalmente convencida de que se encuentra aquí.
—¿Hablaste con ella en Londres?
—No —respondió Alex, despacio. Había
desviado la atención hacia un grupo de sirvientes y guardias que se
acercaban a la puerta del palacio. Entre ellos, balanceándose un
poco, se distinguía una litera cubierta—. No, en Londres no
—concluyó.
Mientras miraba, se fijó en que las cortinas
de la litera se abrían ligeramente. Dividido entre lo gracioso que
aquello le resultaba y el punzante pensamiento de que Joanna iba a
pasarlo aún peor de lo que había imaginado al principió aunque
actuara como debía hacerlo una mujer, Alex no notó la rápida y
escrutadora mirada del vanax posada en él.
En cualquier caso, no había error en la fría
diversión de Atreus cuando preguntó:
—¿Qué es lo que has traído de Inglaterra
esta vez, hermano?
* * *