XIV

TEMPS DE ESPINÁULOS

TIEMPO DE ESPINOS

Abril de 2004

En cuanto la familia se fue a Madrid para asistir al encuentro de antiguos amigos de Fernando Poo, Daniela dio rienda suelta a su excitación.

Recorrió una vez más las dependencias de la casa para confirmar que todo estaba perfecto. Esta vez Laha dormiría con ella en su preciosa habitación azul, decorada con muebles antiguos, todos pertenecientes a sus bisabuelos, los padres del abuelo Antón. Una enorme cama, una rareza siendo tan antigua, presidía la habitación. Daniela apenas podía esperar a tener a Laha con ella bajo el acolchado edredón de plumas.

Cruzó una salita hacia la habitación de su padre, que era más pequeña y estaba decorada de forma sencilla con muebles de pino de color miel. La única concesión al adorno eran dos viejos grabados, uno de san Kilian y otro de una Virgen negra de expresión triste, colgados en la pared contraria al cabecero, de manera que eran lo primero que su padre veía al levantarse y lo último que veía al acostarse.

Paseó la mirada por la estancia y un objeto llamó su atención.

Encima de una de las mesillas de noche estaba la vieja cartera de bolsillo de Kilian.

Daniela había conseguido que, con ocasión del viaje a Madrid, su padre estrenase la cartera nueva que le había regalado en Nochebuena. Ella misma le había cambiado los documentos y los numerosos papeles llenos de números de teléfono y anotaciones, a toda prisa, después de mucho insistir, justo antes de meterse en el coche de Jacobo, con el jaleo de los nervios de última hora y las despedidas aceleradas. Prácticamente se la había arrancado de las manos porque su padre se resistía a entregársela y le había tenido que prometer que solo cogería el dinero, las tarjetas y la documentación, y que la guardaría en el cajón de su mesilla junto con las otras.

Se acercó a la mesilla para guardarla. Al inclinarse para abrir el cajón, que siempre se atascaba, su mirada se fijó en un pedazo de papel que asomaba por debajo de la cama y quedaba parcialmente oculto por la alfombra.

Se agachó para recogerlo y vio que se trataba de un fragmento de fotografía en blanco y negro. En la imagen aparecía una hermosa y sonriente mujer negra con un niño pequeño cogido de la mano.

Daniela no sabía quiénes eran ni por qué no había visto esa fotografía antes. Sí que sabía que el autor del libro Nieve en las palmeras había solicitado material a los vecinos del valle que habían viajado a Guinea hacía décadas. Tal vez esa fuese una de las pocas fotografías que Kilian había encontrado rebuscando en el armario del salón, donde se guardaban tanto los papeles antiguos como los recuerdos impresos. De hecho, en el libro aparecían varias imágenes de los hermanos Rabaltué.

Sí, sería eso.

La guardó en el cajón y bajó a la cocina para preparar la cena. Laha no tardaría en llegar.

En un céntrico hotel de Madrid, Jacobo y Kilian no paraban de hablar con unos y otros y, además de a Marcial y Mercedes, Clarence había podido conocer a un viejecito escuálido en silla de ruedas llamado Gregorio a quien su tío había brindado un frío saludo.

La celebración estaba empañada por el reciente atentado terrorista en cuatro trenes de la red de cercanías de Madrid, que había terminado con la vida de doscientas personas. Sin embargo, era inevitable que todas las conversaciones giraran en torno a Guinea. Muchos comentaron la breve noticia aparecida en la prensa sobre la formación en Madrid de un Gobierno de Guinea Ecuatorial en el exilio con la finalidad de ofrecer una oportunidad democrática al país por medio del regreso a Malabo y de la preparación de unas elecciones generales libres y democráticas. Pronto, Clarence ya tenía clasificados a los asistentes en dos grupos: los coloniales trasnochados, como su padre, que defendían la teoría de que los guineanos vivían mejor en tiempos de la colonia, y los paternalistas retrógrados, como su tío, que alegaban que España tenía una deuda histórica con la antigua colonia y que debería presionar para que se tomasen acciones con las que recompensar los abusos del pasado.

Se preguntaba si habría allí alguno como ella o como Fernando Garuz que opinara que la madre patria y la excolonia no se debían nada y que lo mejor era simplemente respetar las decisiones del pequeño país aunque no siempre se considerasen las más acertadas. ¿Por qué no tratarlo como un igual, como un socio, como una república independiente y soberana con la que hacer negocios?

Cogió una copa y se sentó en un sillón hasta que comenzara la cena. Echó de menos a Daniela, porque apenas había gente de su edad, y eso que la última conversación con ella había sido de lo más inquietante. Daniela la había acusado de estar celosa por pasar más tiempo con Laha que con ella. Recordó haberse atragantado con el whisky. ¿Cómo podía ser tan lista? Clarence no estaba celosa de su prima por su relación con su casi seguro hermanastro, sino por el hecho de que la distancia no hubiera conseguido minar sus sentimientos. En realidad, lo que sentía era envidia porque, por mucho que le fastidiara reconocerlo y aunque fuera consciente de que, en su caso, una vez superada la pasión inicial la relación no hubiera funcionado, echaba mucho de menos a Iniko.

Para convencerla de su equivocación, Clarence le había abierto su corazón y le había contado su romance con Iniko. Daniela la había acribillado a preguntas, como si quisiera comparar ambas relaciones. Estaba especialmente preocupada por saber si las diferencias culturales podían impedir que su historia de amor con Laha funcionase… ¿Tal vez Daniela se había planteado cambiar Pasolobino por Malabo? Por si acaso, Clarence le había descrito todas las dificultades a las que se tendría que enfrentar, una por una, con detenimiento. Quería que reflexionara sobre lo que dejaría atrás y los problemas para adaptarse a un país como Guinea, suponiendo que decidiesen establecerse allí, aunque fuera temporalmente. ¿Cómo podría ser feliz en esas condiciones?

Daniela lo tenía muy claro, aunque a Clarence le pareció que hablaba por boca de Laha: había muchas cosas por hacer en un Estado emergente con una buena situación geográfica en el que se estaban afincando empresas de todo el mundo; un país con nuevas infraestructuras y con planes de futuro. Para concluir, le había asegurado con rotundidad: «Ahora ya no podría ser feliz en ningún sitio sin Laha».

Si las cosas iban tan deprisa, pensó Clarence, realmente Daniela no podía dejar pasar más tiempo sin hablar con Laha.

Tomó un largo trago de su copa.

Ambos estaban en Pasolobino y era sábado.

¿Se lo habría dicho ya?

El tiempo de espera de la resurrección de la vida tras la desolación del invierno era mucho más largo en el lugar más alto del Pirineo que en cualquier otro sitio. El primer verdor de la primavera nunca llegaba a Pasolobino antes de mayo. En abril no había flores multicolores, sino campos pelados por las últimas nieves. El único indicio de que la naturaleza se encaminaba hacia una nueva estación era la evidente realidad de que el sol salía un poco antes y se ponía un poco después, por lo que la noche era más corta y el día más largo.

Junto a Laha, a Daniela le daba igual si hacía frío o calor, si las flores comenzaban o no a adornar los pastos, o si los pájaros amenizaban con sus trinos. Lo que sí lamentaba era que los días y las noches se le hicieran tan cortos.

Laha había llegado el jueves por la noche y el sábado aún no se habían saciado el uno del otro. Tampoco había encontrado Daniela el momento oportuno para revelarle que podrían ser primos. Ninguno de los dos quería pensar en otra cosa que no fuera estar juntos. Al día siguiente, Laha se marcharía y no sabían cuándo volverían a verse. Se habían dado de plazo hasta el verano para tomar decisiones definitivas sobre cómo organizar su futuro. De momento, se aferraban a sus momentos íntimos como si fuese la última vez que podrían estar juntos, como si tuviesen el presentimiento de que algún giro inesperado del destino pudiese amenazar la felicidad que les producía estar el uno en los brazos del otro.

En ese momento del año, en vísperas del retorno de la vida, el tiempo se había detenido y reinaba una expectante calma que solo los latidos de sus corazones alteraban. La mano de Daniela recorría el pecho de Laha deteniéndose ocasionalmente sobre su corazón, esperando que su velocidad aminorase para entender que ya se había calmado después de la intensidad de los minutos anteriores. Laha giró la cabeza y Daniela levantó la suya para mirarlo. Tenía la frente perlada con gotas de sudor. Daniela pensó que tenía el rostro más hermoso que había visto nunca, con unos especiales ojos verdes y unos carnosos labios de proporciones perfectas que resaltaban sobre su piel tostada. A su lado, la piel de ella parecía aún más blanca. Se apretó todo lo que pudo contra su cuerpo y permanecieron unos minutos en silencio disfrutando del reconfortante contacto de la piel caliente.

—¿Te imaginas cómo hubiese sido nuestra vida hace cien años? —preguntó Daniela con voz somnolienta.

Laha se rio ante lo inesperado de la pregunta.

—Bueno…, en Bioko me levantaría muy temprano para cazar antílopes en la selva o pescar con mi cayuco en el mar. —Se liberó del abrazo de Daniela y colocó sus manos detrás de la cabeza—. O tendría un trabajo en las fincas de cacao… En cualquier caso, mi hermosa esposa Daniela haría las tareas de la casa y cuidaría del huerto y de los niños.

Daniela se incorporó de lado, dobló el codo y apoyó la cabeza en la mano.

—Probablemente tendrías más esposas.

—Probablemente. —Sus labios dibujaron una sonrisa maliciosa.

Daniela le dio un pellizco cariñoso en el brazo.

—En Pasolobino yo haría lo mismo. Pero, mientras tanto, mi querido marido, Laha, además de cazar y pescar, se encargaría de las labores del campo y de los animales, arreglaría la casa y los pajares, podaría árboles y haría leña para el invierno, ordeñaría las vacas, abriría caminos en la nieve, y descansaría algún rato para recuperar fuerzas y… —puso mucho énfasis en las últimas palabras— complacer a su única mujer.

Laha soltó una sonora carcajada.

—Esto me ha recordado un cuento oral bubi muy antiguo, de la época precolonial. —Se aclaró la voz y habló muy despacio—: Hace muchos años, en un pueblo llamado Bissappoo, había un matrimonio joven. Todo iba bien al principio, pero con el paso de los días, la mujer cocinaba y el marido no llegaba a cenar, así que ella metía la comida en cuencos y los colocaba en el secadero. Cuando el marido regresaba, se acostaba sin comer. Esto sucedió durante días y días. Por fin, la mujer no pudo más y acudió a los ancianos para denunciar el hecho. Los ancianos contaron más de mil cuencos, pero no tomaron ninguna decisión, así que la mujer optó por ir a buscar a su marido. Fue a la salida del pueblo y lo encontró allí, en compañía de otros hombres. Su marido la miró y la llamó. Ella se detuvo y miró, pero no contestó. Él volvió a llamarla y le preguntó: «¿Qué te ha hecho el que come y reparte?». La mujer le contestó: «Nada, nada. Yo no soy el marido. Tú eres el hombre. La comida está en el secadero, y lleva cuatro días, con telarañas y seca. Ya se ha secado. Ya se ha secado».

Daniela permaneció un momento en silencio. Laha se tumbó de costado para situarse frente a ella, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí.

—Yo no dejaré nunca que se te seque la comida —le susurró al oído.

—Creo que me alegro de vivir en esta época —bromeó ella—. No me gusta la idea de tener que ser yo la que cocine siempre.

Daniela se incorporó sobre sus rodillas y decidió regresar al presente mordisqueando y acariciando todo el cuerpo de Laha, que se había tumbado boca abajo, recorriendo el cuello, los omóplatos y la línea de la columna. Después de entretenerse en las nalgas, le indicó con un leve gesto que se diera la vuelta para continuar por el otro lado, aunque esta vez comenzó por los pies y fue subiendo hasta llegar a las ingles.

Laha empezó a jadear de placer y extendió la mano para acariciar el suave cabello de Daniela, que se balanceaba como una liviana cortina sobre su fina piel.

De pronto, sintió que ella se detenía. Pensó que era por su mano, así que la retiró.

Pero Daniela no continuó.

Laha abrió los ojos y levantó la cabeza unos centímetros para mirarla. Daniela permanecía quieta observando algo con mucho detenimiento.

—¿Qué sucede? —preguntó, deseando que ella continuara.

—Esta mancha de aquí. —Daniela hablaba en voz muy baja—. Las otras veces pensé que era una cicatriz y no te dije nada, pero ahora que me estoy fijando, es como un dibujo…

Laha se rio.

—Es una escarificación, como un tatuaje. Me la hizo mi madre cuando era muy pequeño. En la tradición bubi, muchas personas se hacían incisiones profundas, especialmente en la cara, pero en la época colonial la costumbre ya se estaba perdiendo y mi madre no quería desfigurarme el rostro… —Se detuvo al percibir que Daniela no le estaba prestando atención.

—Pero… es… —balbuceó Daniela—. Parece una…, yo he visto…

—Sí, es un elëbó, una pequeña campana bubi para protegerme de los malos espíritus. ¿Te acuerdas? Le regalé una de verdad a tu padre en Navidad.

Daniela estaba pálida. ¿No era ese instrumento una de las pistas que le había contado Clarence? ¿No le había dicho ese tal Simón que buscase un elëbó? Sintió una terrible opresión en el pecho. Levantó la vista y dijo con voz neutra:

—Mi padre tiene un tatuaje exactamente igual en la axila izquierda. Igual. Exactamente igual.

Laha se sintió aturdido.

—Bueno, después de tantos años en Bioko, probablemente decidiera hacerse una escarificación…

—¡Es la misma! —le interrumpió Daniela—. Dime, Laha, ¿para qué se escarificaba la gente?

Laha pensó todas las opciones y las listó en voz alta.

—A ver… Como manifestación artística, como identificación diferencial respecto de otras etnias, por cuestiones terapéuticas para eliminar dolencias…

Daniela sacudía la cabeza al escuchar cada opción porque ninguna la convencía.

—… Para marcar a una persona por un comportamiento determinado, por amor… También los esclavos se escarificaban de una u otra manera para poder reconocerse en el destierro en caso de ser capturados…

—Para reconocerse… —repitió Daniela con voz apagada. Tuvo un terrible presentimiento. Recordó el fragmento de fotografía que había encontrado en el suelo de la habitación de su padre—. Espera un momento.

Salió y regresó al poco tiempo con la fotografía, que entregó a Laha.

—¿Conoces a la mujer y al niño?

Laha se levantó como disparado por un resorte.

—¿De dónde la has sacado?

—Entonces, los conoces…

—¡La mujer es mi madre! —Le temblaba la voz—. Y el niño que coge de la mano soy yo.

—Tu madre y tú… —repitió Daniela, completamente abatida.

Laha se dirigió a la silla donde había colgado los pantalones y sacó su cartera del bolsillo. La abrió y extrajo un fragmento de fotografía en la que aparecía un hombre blanco apoyado en un camión.

Daniela no tuvo que mirar la foto mucho rato para darse cuenta de dos cosas. La primera, que el hombre de la foto era Kilian. Y la segunda, que ese fragmento encajaba a la perfección con el que ella tenía.

Le entraron unas ganas terribles de echarse a llorar.

Laha comenzó a vestirse.

—Esto solo puede significar una cosa —dijo él con una voz extraña, como si de repente el sueño que habían vivido se hubiera transformado en pesadilla.

Cuando terminó de vestirse, comenzó a caminar por la habitación de un lado a otro poseído por una furia que Daniela no había conocido. No dejaba de llevarse las manos a la cabeza de una forma desesperada.

De pronto se dio cuenta de que Daniela lo observaba con una mezcla de confusión y tristeza. Todavía estaba desnuda. Al verla frente a él sin nada de ropa, un escalofrío le recorrió el cuerpo y sintió ganas de gritar sin parar hasta escupir la rabia que lo consumía.

¿Cómo podía ella no darse cuenta de la gravedad de la situación?

Para él estaba bien claro.

—¡Daniela! ¡Por el amor de Dios! —le suplicó con voz ronca—. ¡Vístete!

Daniela se acercó al armario y sacó algo de ropa. Todo su cuerpo temblaba.

—Hay algo que no te he dicho, Laha… —se atrevió a decir—. Hasta hace unos minutos, Clarence y yo sospechábamos que Jacobo era tu verdadero padre.

Laha se acercó y la agarró por los brazos con tanta fuerza que ella emitió un gemido.

—¿Pensabais que podíamos ser familia y me lo has ocultado? —Laha la zarandeaba violentamente. Sus ojos ya no eran verdes, sino de un gris agresivo.

—Quería decírtelo estos días, pero nunca encontraba el momento —murmuró ella, dejando que las lágrimas rodaran por sus mejillas—. Me preocupaba un poco tu reacción, sí, pero estaba convencida de que el hecho de ser primos no cambiaría nada…

—¡¿Pero no te das cuenta de que tú y yo somos…?! —gritó él.

—No quiero… —susurró ella entre dientes—. No quiero oírlo. No digas nada.

No quería oírlo. No quería pensarlo.

Laha le estaba haciendo daño.

Y no eran sus fuertes manos atenazando sus brazos lo que la hería, sino la terrible sospecha de que lo que acababan de descubrir fuera cierto. ¡No podría perdonárselo a su padre nunca! Tenía que haberles advertido…

Solo quería llorar, agarrarse a los brazos de Laha, sentir su cuerpo junto al suyo y despertar de la pesadilla.

No. Ahora ya ni siquiera debía pensar eso.

—Me haces daño, Laha —consiguió decir con un hilo de voz.

Laha sintió un gran vacío. Jamás había reaccionado de una forma tan violenta. Los brazos de Daniela eran frágiles. Toda Daniela era físicamente frágil. Por un momento había cedido a la furia que en realidad iba dirigida a otra persona y la había descargado contra ella.

Daniela no hablaba. Solo lloraba sin hacer ruido. Tenía que calmarse. Tenía que consolarla.

Sintió el impulso de cogerla en brazos y tumbarla de nuevo sobre la enorme cama…

¿De quién le había dicho que era? De sus bisabuelos, de los abuelos de Kilian…

¡De sus propios bisabuelos!

Comenzó a dolerle la cabeza. ¿Qué se suponía que debía hacer?

Daniela levantó la mirada hacia él y le suplicó:

—Mírame, Laha. Por favor…

Laha no la miró. La estrechó entre sus brazos con la desesperanza de quien abraza por última vez a la persona que más quiere.

—Tengo que irme, Daniela. Tengo que irme.

Se dirigió al armario, sacó su maleta y preparó el equipaje. Ninguno de los dos dijo nada. Afuera, después de semanas en calma, el viento del norte comenzó a rugir con fuerza.

Daniela permaneció sentada en la misma posición hasta mucho tiempo después de que oyera el motor del coche alquilado de Laha alejarse por el camino trasero. Si hubieran frotado su piel con las ramas llenas de pinchos del espino con el que cerraban los pasos de las fincas, no hubiera sentido un dolor más profundo del que ahora sentía.

Solo cuando su subconsciente hubo asimilado que Laha estaba tan lejos que ya no existía la menor posibilidad de que diera la vuelta y regresara a sus brazos, solo entonces, Daniela arrancó las sábanas de la cama mientras gritaba de rabia contra el destino y la maldita casualidad que había terminado con todas sus ilusiones.

Cogió las sábanas, bajó a la cocina, abrió una bolsa y las metió dentro.

No tiraría las sábanas.

Las quemaría.

Tenía que quemar esas telas que todavía retenían el sudor de una pasión incestuosa.

Y a pesar de toda la evidencia, Daniela todavía se resistía a creer que Laha fuera su hermano…

—¡Pero qué guapa te has puesto! —Era la primera vez que Clarence veía a Julia en la ciudad. Llevaba un ligero vestido estampado de gasa y unos finos zapatos de tacón. Nada que ver con las gruesas prendas que lucía en Pasolobino. Desde que había comenzado la fiesta, no habían coincidido ni un minuto, y en la cena se habían sentado en mesas diferentes.

Su amiga agradeció el cumplido con una sonrisa. Esa noche estaba feliz. Aceptó una copa del camarero y tomó un sorbo.

—Hoy todo son recuerdos… —Los ojos le brillaron—. Manuel hubiera disfrutado mucho.

—Hasta mi madre parece que se lo está pasando bien —bromeó Clarence para apartar los tristes pensamientos de la mujer—. También es verdad que no suele tener muchas ocasiones de disfrutar de una fiesta así.

—Sí —suspiró Julia—. Como en los tiempos del casino de Santa Isabel.

La música empezó a sonar y Jacobo fue el primero en lanzarse a la pista. Si había algo que le gustase hacer era bailar, y Carmen lo seguía con la precisión adquirida tras décadas bailando con la misma pareja.

Julia los observó. Se preguntó si habrían sido felices en su matrimonio y sintió una punzada de nostalgia por lo que podía haber sido y no fue. Si Jacobo no hubiera sido tan estúpido, ahora ella ocuparía el lugar de Carmen. Tomó otro sorbo. Era ridículo tener esas ideas a sus años. Probablemente Jacobo había terminado por elegir la opción correcta. Carmen parecía una mujer cariñosa y sencilla capaz de atemperar el variable carácter de Jacobo. Tal vez ella no hubiera podido apuntarse ese mérito.

—Hacía días que no veía a mis padres tan guapos —dijo Clarence—. Con ese traje, mi padre parece veinte años más joven.

—Tu padre era muy atractivo, Clarence —dijo Julia con voz soñadora—. No te puedes ni imaginar cuánto…

Clarence se había hecho el firme propósito de no decir nada sobre la paternidad de Laha. Comprendía que era una noche especial para todos ellos y no quería estropearla. No obstante, el comentario de Julia sobre el atractivo de su padre le trajo una imagen a la mente. Con toda intención permitió que tomara cuerpo en forma de palabras y soltó:

—Conociendo a Laha, me puedo hacer una idea… —Se percató de que Julia fruncía el ceño. Para evitar que su amiga se pusiera a la defensiva añadió—: No me extraña que Daniela se haya enamorado de él…

—¿Cómo dices? —Julia se puso completamente roja. Abrió los ojos como platos y se llevó una mano al pecho como si no pudiera respirar.

Clarence se asustó.

—¿Qué te pasa, Julia? ¿No te encuentras bien? —Miró a su alrededor en busca de ayuda, pero la mujer la cogió de la muñeca.

—Pero eso no es posible… —murmuró Julia.

—No son los únicos primos en el mundo que se enamoran.

—Necesito sentarme, por favor, Clarence…

—¿No sería mejor que buscase un médico? —La acompañó hasta un cómodo sillón lejos del barullo.

—Dime, Clarence. ¿Lo saben tu padre y tu tío?

—Me parece que mi madre es la única que sospecha algo, pero no me ha dicho nada.

Julia ocultó el rostro entre las manos y comenzó a sollozar.

Un hombre que pasaba cerca se preocupó por ella.

—No es nada —dijo Clarence—. Se ha emocionado al recordar a su marido fallecido.

El hombre aceptó la explicación y pudieron seguir a solas.

—Oh, Clarence… Tienes que saberlo… Yo creía que tú ibas en la buena dirección… Me temo que ha habido una terrible confusión. —Julia la miró con los ojos llenos de lágrimas y un intenso gesto de arrepentimiento en el rostro—. Tenía que habértelo dicho antes…

Clarence tuvo un terrible presentimiento que no se atrevió a verbalizar. Bajó la vista hacia sus nudillos, que estaban blancos por la fuerza con la que se apretaba las manos.

—El verdadero padre de Laha es Kilian. Tu tío enviaba dinero puntualmente para hacerse cargo de él. Primero lo hizo a través de mi marido y de médicos de organizaciones humanitarias. Cuando Manuel dejó de viajar a la isla, fue Lorenzo Garuz quien llevó el dinero. Se lo entregaba a un intermediario para que no vincularan a Bisila con ningún blanco. Debería habértelo dicho. Nunca me lo perdonaré.

—¡Yo siempre me refería a papá…! El día que estuviste en casa con Ascensión, me dijiste que papá también había sufrido y yo entendí que…

—¡Me refería a lo que pasó con Mosi…! ¡Oh, Dios mío! —Julia se levantó y se alejó rápidamente.

Clarence permaneció sentada con el rostro oculto entre las manos repitiéndose una y otra vez con total aflicción que ya era demasiado tarde. Minutos después, se retiró a su habitación con la excusa de que algo de la cena no le había sentado muy bien. Llamó por teléfono a su prima, tanto al fijo como al móvil, pero no obtuvo respuesta.

Se tumbó en la cama y rompió a llorar con todas sus fuerzas.

Ni el viaje de regreso de Malabo le resultó tan largo y penoso como el trayecto de Madrid a Pasolobino el Domingo de Resurrección. Clarence tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para que sus padres y su tío no sospecharan que sufría por algo más que por una indigestión.

Mientras los demás descargaban el coche, corrió hacia la habitación de Daniela.

Daniela estaba sentada en un rincón, rodeada de decenas de pañuelos, con las rodillas abrazadas contra el pecho y el pelo enmarañado sobre la frente, ocultando su expresión. En la mano derecha sujetaba un fragmento de papel. Levantó la cabeza para mirar a Clarence con sus preciosos ojos hinchados de tanto llorar.

Daniela era la viva imagen del desconsuelo. Su mirada reflejaba una profunda frustración. No había encontrado nada que pudiera demostrar que no era cierto, que era una confusión, una inexplicable y maldita coincidencia.

—Se ha ido —repetía una y otra vez, entre sollozos.

Clarence se acercó, se sentó a su lado y colocó el brazo alrededor de sus hombros con suavidad.

—¿Cómo pudo abandonarlo? ¿Qué hizo? ¿Divertirse con ella y ya está?

Daniela levantó el papel que sostenía en la mano. Apenas podía contener su rabia cuando añadió:

—Laha tiene el mismo elëbó escarificado. Papá lo tiene en la axila izquierda. ¿Quieres saber dónde lo tenía Laha? ¡Dios mío! ¡Me avergüenzo solo de pensarlo! —Se frotó las sienes mientras gruesas lágrimas volvían a descender por sus mejillas—. No sé si tendré fuerzas para enfrentarme a él… No. No podré. Tendrás que hacerlo tú. Hablarás tú con ellos, Clarence. Hoy mismo. Ahora.

—Lo intentaré.

¿Cómo le plantearía la cuestión a Jacobo? ¿Lo miraría a los ojos y le diría: «Papá, sé que Laha es hijo de Kilian y de Bisila. Papá, ¿te has dado cuenta de que Laha y Daniela se han enamorado? Papá, ¿te haces una idea de lo complicado de la situación?»?

Daniela sacudió la cabeza con los ojos cerrados. Había dejado de llorar, pero se sentía aturdida.

—¡No tienen perdón! —murmuró con los dientes apretados—. Ninguno de los dos.

—Eran otros tiempos, Daniela —respondió Clarence acordándose del hijo de Mamá Sade—. Hombres blancos con mujeres negras. Nacieron muchos niños de esas relaciones…

Daniela no la escuchaba.

—Creerás que estoy loca o enferma, pero ¿sabes, Clarence? ¡Hasta he llegado a pensar que podría seguir con Laha! Nadie, aparte de nosotros, tendría por qué saber la verdad… Mis sentimientos hacia él no pueden cambiar de la noche a la mañana…

Clarence se levantó y se dirigió hacia la ventana. Vio cómo las gotas de una intermitente lluvia temblaban en las hojas de los fresnos cercanos antes de caer al vacío por culpa del aire inclemente y se sintió muy triste.

Si ella no hubiese abierto el armario donde se guardaban las cartas, si no hubiera encontrado la nota y preguntado a Julia, si no hubiera ido a Bioko, nada de eso estaría sucediendo. La vida en las montañas de Pasolobino discurriría con la misma aparente placidez de siempre. Las brasas de un fuego pasado habrían terminado por extinguirse con el fallecimiento de sus progenitores y nadie hubiera sabido que en otro lugar del mundo corría la misma sangre de sus venas.

Y tampoco pasaría nada.

Pero no. Con su búsqueda, sin saberlo, ella había soplado sobre la mortecina ascua para avivarla con tal intensidad que tardaría en apagarse de nuevo.

La búsqueda había llegado a su fin, sí, pero el grial contenía vino envenenado.

Corrió escaleras abajo en busca de su padre, a quien encontró en el garaje. Suspiró hondo y le preguntó:

—¿Me acompañas a dar un paseo? Hace una tarde preciosa.

Jacobo arqueó las cejas, sorprendido no tanto por su invitación como por el hecho de que a su hija le resultase preciosa esa tarde, pero acto seguido asintió con la cabeza.

—De acuerdo —respondió—. Me irá bien estirar las piernas después de tanto rato en el coche.

El furioso viento del norte de la noche anterior había amainado lo suficiente como para que se pudiese pasear sin peligro de que cayera alguna rama de árbol, aunque aún resurgía ocasionalmente para traer algo de borrasca de lo alto de las montañas y levantar un fino polvo de los restos de nieve que se agarraban a los prados yermos.

Clarence se sujetó al brazo de su padre y comenzaron a ascender por el camino que conducía de la parte trasera de la casa a unos bancales desde los que se podía disfrutar de una maravillosa panorámica del valle y de las pistas de esquí.

Cuando llegaron al último rellano de tierra, Clarence se armó de valor y le contó todo.

Sus palabras iban de atrás hacia delante y de delante hacia atrás en el tiempo de manera que los nombres de Antón, Kilian, Jacobo, José, Simón, Bisila, Mosi, Iniko, Laha, Daniela, Sampaka, Pasolobino y Bissappoo aparecían en una época y en otra, y desaparecían y volvían a aparecer como las cársticas aguas subterráneas de un misterioso río.

Al final de su relato, Clarence, exhausta y con los nervios a flor de piel, se atrevió a formular la temida pregunta:

—Es cierto, ¿verdad, papá?

Jacobo respiraba con dificultad.

—Por favor, papá, te lo suplico. Dime… ¿Aquello sucedió así?

El semblante de Jacobo estaba encendido, era difícil distinguir si de ira, de indignación, de angustia, de frío, de odio, o de una mezcla de todo ello. Había escuchado el relato de Clarence sin abrir la boca, sin respirar, sin interrumpirla. Lo único evidente era que sus mandíbulas reflejaban la tensión con la que peleaba contra varios sentimientos.

Jacobo sostuvo la mirada clavada sobre la de su hija unos segundos y luego le dio la espalda. Todo su cuerpo temblaba. Comenzó a alejarse cuesta abajo y una inesperada ráfaga de viento arrastró hacia su hija sus últimas palabras.

—¡Maldita sea, Clarence! ¡Maldita sea!

Dos días después, el imprevisto y obstinado mutismo de Jacobo se había contagiado al resto de las personas de la casa.

Carmen recorría las estancias con una libreta anotando las cosas que había que hacer en cuanto llegase el buen tiempo, desde lavar cortinas a pintar algún cuarto, sin olvidarse de revisar las existencias de la despensa. No entendía qué le había pasado a su marido después de lo contento y bromista que había estado en Madrid.

«Será este pueblo —se decía, sacudiendo la cabeza—. No sé qué tiene pero aquí le cambia el carácter».

Daniela se mantenía ocupada en sus cosas como excusa para permanecer encerrada en su habitación con la obsesión desesperada de que su correo electrónico o su teléfono avisaran de un nuevo mensaje que no llegaba.

Y a Clarence se le estaba terminando la paciencia. ¿Se lo habría dicho ya Jacobo a Kilian?

Decidió buscar a su tío en el jardín. En esa época, él comenzaba con la tarea anual de limpieza de rastrojos, ramas y hojas para preparar la tierra de cara al verano.

Sí. Hablaría con él. Tal vez Kilian reaccionase de manera diferente…

El jardín estaba rodeado por un muro de piedra tan alto como una persona. Clarence anduvo por un estrecho camino flanqueado por un seto que conducía a la entrada, coronada por otro seto más grande que Kilian había podado en forma de arco. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? En ese momento, Clarence tuvo la convicción de que el camino de entrada al jardín se asemejaba, en miniatura, al camino de las palmeras reales de Sampaka, y que el arco le recordaba al que había leído en algún sitio que había que cruzar para entrar en los poblados de la isla. Nunca había pensado en ello. Tal vez porque nunca había estado tan alerta y atenta a cualquier detalle como lo estaba entonces. Seguro que también había un arco similar a la entrada de Bissappoo…

Nada más cruzar el arco, escuchó las voces de Kilian y Jacobo. Le pareció que estaban discutiendo. Se aproximó unos pasos y pegó su cuerpo al tronco de un manzano, desde donde pudo verlos.

Kilian estaba apoyado en una piedra con su machete guineano en la mano derecha. En la mano izquierda sujetaba una gruesa rama de fresno cuyo extremo inferior iba convirtiendo en punta a base de violentos machetazos. Jacobo caminaba unos pasos, se le acercaba, se alejaba, se daba la vuelta y repetía el recorrido.

No se habían dado cuenta de la presencia de Clarence y ella no se anunció.

Discutían.

Y lo hacían en su dialecto materno.

Su corazón comenzó a latir con fuerza y volvió sobre sus pasos hasta asegurarse de que no podían verla, oculta tras unos arbustos. Si se asomaba un poco, podía verlos de perfil.

Había palabras que no comprendía. Cuando ambos hermanos hablaban rápido en su lengua materna no era fácil seguirles la conversación. Daniela y Clarence habían aprendido bastante pasolobinés a fuerza de escuchar a los vecinos y familiares, pero en casa habían cedido al castellano, entre otras razones, porque sus respectivas madres no eran del valle. Escondida tras los arbustos, Clarence lamentó más que nunca no conocer en profundidad la lengua oral de sus antepasados como la conocían Laha e Iniko. No tenía problemas para leerla, y de hecho su tesis doctoral había sido sobre la gramática del dialecto, pero su pronunciación no era todo lo perfecta que ella hubiera deseado.

No obstante, los nombres propios se entendían más que bien. Efectivamente, hablaban de Laha y Daniela. Al cabo de un rato, su oído se había acostumbrado a los sonidos y podía comprender el diálogo de los hermanos con absoluta claridad.

—¡Tienes que hacer algo, Kilian!

—¿Y qué quieres que haga? Si hablo con ella, tendré que contar todo y no creo que sea eso lo que quieres.

Golpe de machete.

—¡No hace falta que cuentes todo! ¡Solo lo tuyo con esa mujer!

—Eso es asunto mío.

—Ya no, Kilian, ya no. Esto no está bien. Daniela y ese hombre… ¿Es que no estás ni siquiera intranquilo?

Golpe de machete.

—Era inevitable. Al final lo he comprendido.

—Kilian, me estás preocupando. ¡Por Dios bendito! ¡Son hermanos! ¿Cómo pudiste perder el sentido común con esa negra de esa manera?

Golpe de machete.

Una pausa.

Por el tono, Clarence visualizó a Kilian mordiendo las palabras.

—Se llamaba Bisila, Jacobo. Se llama Bisila. Haz el favor de referirte a ella con respeto. ¡Pero qué digo! ¡Tú respetar a Bisila!

Golpe de machete.

—¡Cállate!

—Hace un momento me pedías que hablara.

—¡Para que confirmes que tú eres el padre de Laha y ya está! Relación terminada y nos olvidamos del tema.

—Sí, como hemos hecho durante casi cuarenta años… Ya me separé una vez de él, Jacobo, y no pienso volver a hacerlo. Además, si conozco a mi hija como creo que la conozco, no se olvidará de Laha tan fácilmente. Y si Laha se parece un poco a su madre, por poco que sea, tampoco dejará libre a Daniela.

—¡Y lo dices tan tranquilo!

Golpe de machete.

—¡Sí! Me alegro de haber vivido para verlo. ¿Me oyes? ¡No sabes cuánto me alegro!

Clarence se asomó un poco para observarlos mejor.

Kilian había dejado el machete en el suelo y se llevaba la mano derecha a la axila izquierda como si quisiera acariciar su pequeña escarificación, la que Daniela había dicho que ocultaba justo allí.

¿Sonreía?

¿Kilian sonreía?

—¡Me vas a volver loco! ¡Maldita sea, Kilian! ¡Yo te conozco! Tu cabeza y tu corazón no pueden bendecir esta aberración. De acuerdo, muy bien. Tú lo has querido. Ya que tú no quieres hablar con ella, ¡lo haré yo!

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el lugar donde estaba escondida Clarence. Se toparía con ella inevitablemente.

Entonces, Kilian lo llamó.

—¡Jacobo! ¿Le contarás también lo de Mosi?

Jacobo se detuvo en seco y se giró, furioso, hacia su hermano.

—¡Eso no tiene nada que ver con esto!

—¡Me estás pidiendo que recuerde mi pasado y tú no quieres ni oír hablar del tuyo!

—Entonces, ¿también habrá que hablarles de Sade? ¡Igual resulta que también ella tenía razón! ¡Por todos los santos, Kilian! ¿Por qué te empeñas en complicarlo todo? ¿Por qué no entiendes que simplemente se trata de evitar que Daniela sufra?

—Yo sé mejor que nadie lo que es el sufrimiento. Lo que está pasando Daniela no es nada comparado con lo que yo pasé. Y tú no has conocido el sufrimiento en tu vida, así que no te hagas la víctima ahora.

A pesar de la distancia, Clarence pudo apreciar el tono grave de la resignación en su voz.

—¿Así que es eso? ¿Quieres que sufra como tú lo hiciste? ¡Es tu hija!

—No, Jacobo. Daniela no sufrirá como yo lo hice.

¿Qué estaba diciendo Kilian?

Hacía ya un rato que Clarence no podía comprenderlos, y no era por el vocabulario o la pronunciación.

¿Acaso había algo más que no supieran? No.

Eso sería del todo insoportable.

De repente, Clarence sintió que algo corría por sus pies y soltó un chillido.

Kilian y Jacobo se callaron al instante y giraron la cabeza hacia el lugar de donde provenía el grito. Clarence no tuvo más opción que caminar hacia ellos. Lo hizo lentamente, pensando qué iba a decirles.

Cuando llegó junto a los hombres, la cara le ardía de vergüenza por haberlos espiado, así que los miró, primero a uno y luego al otro, y les dijo con voz queda:

—Papá… Tío Kilian… Yo… Lo he oído todo. Lo sé todo.

Kilian recogió el machete del suelo, limpió la hoja suavemente con un trapo y se incorporó.

Se situó frente a su sobrina y la miró directamente a los ojos. Las arrugas que surcaban los suyos no habían podido vencer la intensidad de su mirada. Levantó la mano y le acarició cariñosamente la mejilla.

—Querida Clarence —dijo con voz firme—. Te aseguro que tú no sabes nada.

Clarence se quedó helada.

—¡Pues cuéntamelo de una vez! ¡Quiero saberlo!

Kilian pasó el brazo por los hombros de Clarence y comenzaron a caminar en dirección a la salida del jardín.

—Creo que es hora de tener una reunión familiar —dijo, con voz grave—. Tengo algo que contaros.

Se detuvo para esperar a su hermano.

—Los dos tenemos algo que contaros.

Jacobo agachó la cabeza y murmuró unas palabras ininteligibles para su hija, pero que sonaban a protesta.

—¿Qué más da ya, Jacobo? —dijo Kilian, sacudiendo la cabeza—. Somos viejos. ¡Qué más da todo!

Clarence sintió que la presión del brazo de Kilian sobre sus hombros aumentaba, como si necesitara un apoyo para no caer.

—Me temo, Jacobo, que tú tampoco lo sabes todo.

Introdujo la mano derecha en el bolsillo, extrajo una fina tira de cuero de la que pendían dos pequeñas conchas, y se la anudó al cuello.

—Siempre la he llevado encima —murmuró—. Pero hacía veinticinco años que no me la ponía. Ya no me la quitaré nunca más.

A miles de kilómetros de distancia, Laha buscó a su madre en casa y no la encontró.

La última semana había sido la peor de su vida. Había pasado del cielo al infierno en cuestión de segundos. No podía borrar de su mente la imagen de Daniela temblando entre sus brazos.

Todavía peor.

No podía borrar de su mente la terrible imagen de abatimiento de su amada Daniela, sola y abandonada en la cama en la que tanto habían gozado.

Ni en la peor de sus pesadillas podía haber imaginado que el padre blanco de cuya existencia no sabía nada fuera el padre de la mujer que más deseaba en el mundo. Siempre había sospechado que, en algún lugar de España, corría su misma sangre, la del hombre que lo había engendrado, un hombre de cara borrosa apoyado en un camión. El hecho de llevar en el bolsillo la foto nebulosa de un posible padre llenaba el vacío que le provocaba el silencio en torno a su identidad y la imposibilidad de conocerlo.

Incluso había fantaseado con la remota probabilidad de que Kilian o Jacobo pudieran haber sido sus padres biológicos. Una fantasía que había sido relegada al rincón del olvido en cuanto su mente, su cuerpo y su alma se habían excitado al conocer a Daniela.

Pero ahora todo había cambiado.

El deseo oculto de conocer a su padre se había hecho realidad a costa de su felicidad.

Y lo que era peor.

La certeza de que Daniela y él eran hermanos no había hecho desaparecer en absoluto la pasión abrasadora que sentía por ella.

Había tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no detener el coche, dar media vuelta, entrar en la casa, abrazar a Daniela y decirle que le daba igual, que no eran como dos hermanos porque no habían crecido juntos. En algunas tribus africanas, la relación entre hermanos de padre era aceptada. La relación entre hermanos de madre no. Ellos no habían compartido el mismo seno y nadie tendría por qué enterarse de que compartían padre.

Pero ellos lo sabrían.

Había pasado varios días en Madrid encerrado como un león en una jaula, dando vueltas y pensando qué debía hacer, sin apenas comer ni beber.

Al final, había decidido coger un vuelo a Malabo, buscar a su madre y descargar su ira contra ella.

Su madre no estaba en casa.

Tuvo una corazonada y se dirigió al cementerio de Malabo.

Un anciano de aspecto amable salió a su encuentro:

—¿A quién busca?

—No sé si podrá ayudarme. —Laha estaba cansado, muy cansado—. Busco la tumba de un hombre llamado Antón, Antón de Pasolobino.

El hombre abrió los ojos sorprendido.

—Últimamente ese lugar recibe muchas visitas —dijo—. Acompáñeme. Yo lo llevaré hasta ella.

En la parte vieja del cementerio, los muertos descansaban a los pies de hermosas ceibas.

Laha reconoció la figura de su madre inclinada sobre una cruz de piedra. Estaba depositando un pequeño ramo de flores frescas.

Al escuchar pasos, Bisila se giró y se encontró con la recriminatoria mirada de su hijo.

—Mamá —dijo Laha—. Tenemos que hablar.

—Has conocido a Kilian.

—Sí, mamá. He conocido a mi padre.

Bisila se acercó y le acarició las manos, los brazos y la cara. Ella conocía con la exactitud que le había proporcionado la experiencia las terribles marcas que el amor podía imprimir en el ánimo.

—Vamos a dar un paseo, Laha —dijo—. Creo que hay algo que deberías saber.

Comenzaron a caminar sin rumbo fijo entre los árboles y las tumbas.

Laha había conocido a Kilian.

¿Cómo estaría ahora? ¿Cuánto habría envejecido? ¿Seguiría el sol provocando destellos cobrizos en su cabello? ¿Conservaría su energía?

Laha había conocido a Kilian.

Había podido mirar esos ojos verdes y grises.

Los ojos de Laha frente a los ojos de Kilian.

Bisila se detuvo y escudriñó los ojos de su hijo y estos se transformaron en un espejo que había reproducido, absorbido y contenido las imágenes de los ojos de Kilian; unas imágenes que ahora se presentaban frente a ella para anular las distancias y los años, para decirle que era el momento de reconocer la verdad, de que todos supieran lo que ellos ya sabían.

Que sus almas seguían unidas.

Bisila sonrió y le dijo a su hijo:

—Laha…, Kilian no es tu padre.