Capítulo 22
Julia se paseaba de un lado a otro de la cocina de Meadowlark Drive. Habían pasado horas hasta que había conseguido salir de la casa de Sonja. Horas de declaraciones y oficiales preguntándole si estaba bien, mientras ella estaba ahí, parada en estado de shock. Ben la había estado vigilando, pero había tenido que involucrarse en la investigación. En cuanto el detective en jefe le dijo que ya no la necesitaban más, se marchó sin decirle una palabra a Ben. Él la había llamado a su móvil, pero ella no había contestado, y le había dejado un mensaje diciéndole que volvería a casa tan pronto como terminase en la oficina central de la policía.
Pero Julia no quería verle, no quería ver a nadie. No quería pensar, ni hablar sobre el recuerdo de mirar el cañón de aquella pistola. Además, tenía que solucionar la asombrosa traición que Rocco Russo había llevado a cabo.
Su corazón iba a tal velocidad que estaba mareada y le faltaba el aliento. Tenía las palmas de las manos pegajosas, le dolía la cabeza y se sentía como si estuviese al borde de un ataque de nervios.
Pero no iba a dejarse llevar por el pánico.
«Sé fuerte, Julia», se decía.
La cabeza le daba vueltas con todo lo que estaba pasando. ¿Cómo había podido Rocco ser tan capullo? Pero ella debería haberlo sabido: los gilipollas siempre serían gilipollas y los zorros nunca dejan de ser zorros. Había sido una tonta si alguna vez había creído que podía transformar a un cavernícola en un tipo dulce y sensible.
Cuando uno es un cabrón, lo es para toda la vida.
Que un hombre que siempre había sido insensible de pronto regalase rosas y vistiera de esmoquin era un sueño ridículo. Su padre había sido la prueba, una y otra vez; incluso las rosas que le había mandado habían sido un fraude. Debería haber sabido, cuando Trisha aplastó su rosal —que tontamente adoraba—, que iba directa al fracaso.
La puerta de la cocina se abrió, y Julia se dio la vuelta de repente; estaba a la expectativa.
—Guau —dijo Ben, con su maravillosa y vanidosa sonrisa ensanchando la comisura de los labios—. ¿Por qué tienes esa pinta de enfadada?
Típico de un cavernícola pensar que tomar el pelo es una forma adecuada de demostrar afecto.
—Sí, esa soy yo —dijo severamente—. Soy una mujer enfadada, normal y corriente. Todo su sentido del humor se evaporó de golpe, y Ben la miró intensamente. Julia esperaba una réplica mordaz.
—¿Qué pasa? —preguntó Ben amablemente.
La simple preocupación casi la deshizo. Sintió un nudo en la garganta, y si hubiese sido una mujer más débil, tal vez se habría tirado a sus brazos y comenzado a llorar. Pero de eso se trataba, ella no era débil. Ella era Julia Boudreaux, y de la misma manera que era imposible transformar a un hombre primitivo en un príncipe encantador, era ridículo pensar que ella pudiese llegar a ser alguna vez una dulce y buena chica de las que se ruborizan inocentemente.
Una extraña desesperación le golpeó el corazón. Había malgastado un mes de su vida intentando reinventarse, y lo único que había conseguido había sido acabar en un lío aún más grande que cuando había empezado.
—Julia, háblame.
—No hay nada de que hablar.
—Claro que lo hay.
—Vale, si lo quieres saber... tenías razón acerca de Rocco —dijo tensando la mandíbula.
—¿El tío primitivo?
—¿Quién si no? Ha acabado siendo un problema, tal y como tú lo habías pronosticado. Y más que eso, se acostó con su cita y la dejó a la mañana siguiente. —Julia se rio amargamente—. No lo convertí en un príncipe encantador. Lo único que hice fue proporcionarle nuevas armas y argumentos para follarse a sus conquistas femeninas. ¡Dios, cómo he podido ser tan idiota!
Subió los brazos y comenzó a pasearse otra vez, hasta que Ben la cogió por la muñeca y tiró de ella hasta que la tuvo enfrente.
—No puedes echarte la culpa de eso.
—¡Claro que puedo!
—Tú no lo sabías, y te metiste en esto con la mejor de las intenciones.
—¿Cómo es el dicho.? ¿El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones?
—Julia.
—¡No! —Se lo quitó de encima—. ¿No lo ves? Estaba a punto de forjarme una nueva vida y entonces ¡bam!, Folly va a retirar el programa. Nunca saldrá al aire. —Encontraré una manera de hacer que lo emita.
—¡Por supuesto que no pueden emitir el programa! No puedo exponer la vergüenza y el horror de una mujer en televisión. No puedo hacerle eso, y es culpa mía que haya pasado.
—Es culpa de Rocco.
—¡Otra vez! —dijo Julia con sarcasmo y traicionándole la voz, a punto de rompérsele —. Nunca habría conseguido tomar ni una taza de café con ella si yo no le hubiese enseñado cómo ser el tipo de tío que puede atraer a una mujer. Es como si yo le hubiese llevado de la mano hasta su cama. ¡El muy cabrón!
Escondió la cara entre las manos e intentó respirar.
—Y al no emitir el programa, al poner alguna reposición en su lugar, KTEX perderá todos esos ingresos, y no puede permitírselo.
—Sterling puede permitírselo. —Cogió sus brazos con los dedos—. No te preocupes por eso.
—¡Soy yo quien no puede permitírselo! —dijo alejándose—. ¿No te das cuenta? Tengo que ser lo suficientemente buena. Tengo que tener éxito. No puedo mantener mi trabajo porque el nuevo dueño sea el marido de mi mejor amiga. ¡Tengo que triunfar por mí misma!
Ben entendía bien lo que era sentir la necesidad de arreglárselas por uno mismo, no depender de la familia o de los amigos por orgullo propio. Por eso era un policía y no un empleado del negocio familiar.
—Triunfarás, Julia.
Julia se echó atrás cuando él intentó tocarla, y se dirigió a la puerta trasera; pero Ben volvió a cogerla. La inmovilizó contra la pared, apoyando sus brazos a cada lado de su cabeza.
—Todo esto no es solo por Rocco, ¿verdad? —dijo.
—¿No crees que la traición es más que suficiente como para estar enfadada? —preguntó con una mordaz mirada.
Pero Ben no lo dejó tan fácilmente.
—¿Qué más, Julia?
Ella intentó volverse hacia otro lado, pero Ben la cogió por la barbilla e hizo que lo mirara. Sus ojos se entrecerraron por la emoción.
—Dime —insistió con esa ternura que la desarmaba.
—Fue como si quisieras que te metiesen una bala —susurró, odiando que su voz la estuviese traicionando.
—Yo no quería que me metiesen ninguna bala. Sabía que los refuerzos estaban allí fuera, y tenía que descubrir la verdad acerca de Henry. Sabía qué estaba haciendo —dijo irguiéndose.
Julia dio un bufido, aunque el sonido salió como si se hubiese atragantado con el nudo que tenía en la garganta.
—Todo el mundo está a salvo, nadie salió herido.
Las lágrimas le quemaban los ojos e intentó liberarse, pero Ben la sostenía con firmeza.
—Háblame, Julia.
Entonces fue cuando explotó, saboreando la ira, que sustituyó a las lágrimas.
—¿Que hable contigo? ¿Que nadie salió herido? ¡Por pura suerte nadie salió herido! ¡Podrían haberte matado! ¡Siempre tienes que ser el tipo grande que no le tiene miedo a nada!
—¿De qué estás hablando?
—¡Eres exactamente igual que mi padre!
Las palabras salieron como una explosión desde su interior, sorprendiendo a Ben y permitiendo a Julia agacharse y zafarse de él, dar un salto y coger el pomo de la puerta.
Ben se quedó allí parado durante un momento, con los brazos todavía apoyados contra la pared, digiriendo las palabras. Julia tenía miedo. Había tenido miedo de que él la dejase, igual que su padre la había dejado, una y otra vez, hasta que al final la dejó para siempre.
—Julia —susurró.
Entonces se fue tras ella atravesando como un rayo la puerta trasera. Julia dio un grito de susto al oír sus pasos, y corrió hasta el otro lado del Lexus. El sol se estaba poniendo en la distancia, pintando el cielo de diferentes tonos de azul y púrpura. Permanecieron mirándose el uno al otro con el coche en medio, como adversarios en una batalla.
—Julia, yo no voy a dejarte nunca.
—¡No digas eso! Ni siquiera piensas en el peligro al que te expones cuando sales por ahí haciendo lo que haces. Podrían haberte disparado, ¡otra vez!, y yo no quiero formar parte de eso. —Levantó las manos hacia el cielo y mirando hacia arriba gimió dramáticamente—. ¿A quién intento engañar? Claro que no quiero tener nada que ver con ello, pero el hecho es que, a pesar de mis buenas intenciones, ¡me he enamorado de un loco que está decidido a que le metan una bala!
—¿Qué has dicho? —preguntó Ben quedándose sin respiración y con el corazón en un puño.
—Que estás intentando que te maten —contestó Julia mirándole fijamente.
—Antes de eso —dijo con una risa burbujeante que le salía desde dentro.
—No creo que el hecho de que te metan una bala sea algo de lo que debas reírte. —Esa parte no. La parte acerca de que estás enamorada de mí.
Julia frunció la nariz al instante, pero su mirada no se ablandó.
—Eso. se me escapó, más o menos.
—Entonces ¿no es verdad?
—Sí, es verdad ¡Aunque no me sirva de nada! —resopló disgustada.
Ben comenzó a caminar hacia ella sin quitarle los ojos de encima. Julia se quedó allí parada, observando cómo rodeaba el parachoques, acercándose. Ben podía ver cómo le latía el pulso en el cuello. Julia salió disparada como un rayo en cuanto él llegó a su lado, pero Ben estaba preparado para ello.
Saltó hacia atrás, en la dirección opuesta, y la paralizó contra el maletero del coche, sujetándola allí.
—Me encanta que me ames —susurró Ben, dándole un suave y fugaz beso en la frente —, y prometo que nunca te dejaré.
Julia intentó liberarse, pero él no la soltaba.
—Te quiero, Julia. Te quiero como nunca he querido a ninguna mujer, y voy a quedarme aquí hasta el día que me digas que quieres que me vaya.
Inclinó la cabeza y le rozó el cuello con los labios, antes de que su lengua se deslizara hacia su oreja y le cogiera suavemente el lóbulo entre los dientes. La respiración de Ben se volvió entrecortada cuando ella gimió y subió sus manos agarrándole los brazos. Pero Julia no cedía.
—Te quiero —dijo con voz profunda y grave mientras se retiraba para poder verla—, y haré todo lo que haga falta para demostrártelo.
Julia lo miró por una eternidad. Ben vio sus dudas, o tal vez era algo más profundo que eso, una incapacidad de creer que él pudiese amarla lo suficiente.
—Tengo que ir a la emisora —dijo rápidamente—, a ver qué puedo hacer para minimizar este follón.
Ben se dio cuenta de que Julia todavía no estaba preparada para aceptar lo que tenían. Era tan ingenuo como para haber pensado que su sencilla declaración sería suficiente, así que asintió con la cabeza y la observó marcharse.
Su mente iba a mil por hora mientras se dirigía a la oficina de Julia y se sentaba en su silla, decidido a encontrar una manera de demostrarle que podía contar con él.
Su escritorio estaba lleno de cintas de vídeo etiquetadas. Obviamente se trataba de las imágenes sin editar de las que habían obtenido el programa final. Con curiosidad, puso la primera cinta en el vídeo, y luego la segunda. Y durante las horas siguientes se dedicó a mirar cinta tras cinta, a veces pasando hacia delante rápidamente, y otras volviendo a ver la misma escena dos veces. Miró hipnotizado cómo Julia bailaba en una de las escenas. Su belleza y su sonrisa invadieron sus sentidos.
No se había dado cuenta de cómo ella se preocupaba de cada persona que entraba y salía de su casa; incluso de los trabajadores que había en la casa de Rocco cuando la estaban arreglando. Se quedó alucinado por la cantidad de trabajo que había realizado en la horrible casa del Hombre Primitivo, o por cómo no se había rendido hasta que había quedado perfecta. Entonces vio su propia imagen en la pantalla, y sintió un involuntario rechazo por la manera en la que había sido pillado en la grabación: comportándose como un oso herido. No le extrañaba que Julia hubiese pensado que él era el perfecto Hombre Primitivo. Era casi violento ver su sonrisa de listillo, y su forma de estrecharla entre sus brazos. Pero se rio cuando vio la parte en la que Todd le había grabado preparando aquel enorme desayuno. y de la manera en la que había estrechado a Julia cuando estaba intentando enseñar a Rocco a bailar. Ben había bailado con ella, y entonces se acordó de que se había marchado sin decirle una palabra porque se había quedado desconcertado. Había sido más fácil entrar en el recinto de Morales que enfrentarse a lo que había sentido al besar a Julia en los labios por primera vez.
Sin embargo, fue la parte en la que él estaba enseñando a Trisha a conducir, la que hizo que se le cortase la respiración: Trisha echando marcha atrás al coche y dándole demasiada potencia; la cámara de Todd grabando a Julia mientras observaba cómo se desarrollaban los acontecimientos, mostrando lo feliz que ella estaba de que Trisha tuviese una oportunidad de aprender a conducir; y entonces el coche dando sacudidas hacia atrás. Fue la expresión en la cara de Julia lo que le afectó, la devastación que se marcó en sus rasgos cuando finalmente él echó el coche hacia delante, sin que nadie hubiese salido herido excepto el maldito rosal, malogrado y arruinado. Pero entonces Julia se había dado cuenta de que Trisha estaba preocupada y con miedo, y con esfuerzo había sonreído y había dicho: «Tan solo es un rosal. No te preocupes».
Ben se acordaba de que Julia, más tarde, le había contado que su padre le había regalado ese rosal, y todavía no se había dado cuenta de lo mucho que le importaba. ¡Mierda!, y él solo le había dado una rosa de cristal, como si eso fuese a reemplazar lo que tenía que haber sido un regalo muy querido.
A Julia le había importado, y mucho. Pero le había importado más que Trisha no experimentase ningún trauma añadido al que ya tenía por la muerte de su padre.
Julia había aguantado demasiado, intentando evitar que ninguna de sus vidas se desmoronase. De forma egoísta, él solo había pensado en sí mismo, en su necesidad de erradicar su culpa por Henry, pero ella también estaba perdida a su manera: había perdido a su padre, su trabajo y a una parte de ella misma. Y de lo que se dio cuenta, después de ver horas de cintas, fue que, mientras Julia se esforzaba por curar y ayudar a todo el mundo, nadie había intentado ayudarla a ella. Él le había dado sexo, le había hecho sentir, le había dicho que la amaba, como si solo las palabras bastasen. Pero no había intentado ayudarla de verdad.
Ahora quería encontrar la manera de devolverle el favor, pero de una forma real, para conseguir lo inalcanzable. Sin embargo, cuando llegó al final de las cintas se le ocurrió cómo.
De: Ben Prescott ‹sc123@fastmail.com› Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: Un favor
Querida Kate:
¡Déjalo todo! Necesito que me hagas un favor. Ya sé que te lo pido en el último momento, pero ¿podéis tú y Rob encontraros conmigo en la cadena en una hora?
Ben
De: Ben Prescott ‹sc123@fastmail.com› Para: Rita Holquin ‹rita@yahgoo.com› Asunto: Todd
Querida Rita:
Odio pedírtelo, pero ¿puedo sacar a Todd del instituto esta tarde? Ben