Capítulo 1
Estaba tan cerca que podía sentir su olor, dulce y sexy. El deseo le golpeó como una fuerte patada en el estómago. Se dijo que tenía que largarse de allí, que no necesitaba ninguna complicación. Sin embargo acercó la mano y la tocó.
Sus labios, carnosos y hechos para el pecado, se estremecieron al separarse lentamente en busca de aire, haciendo que sus ojos se abrieran ligeramente. Deslizó la mano por su cintura y la atrajo hacia sí, con la vista clavada en su boca. Agarró su muslo con la otra mano, el calor le recorría el cuerpo, y el reluciente tejido de su vestido pegajoso quedó atrapado en su muñeca, mientras su mano iba deslizándose hacia arriba. Entonces la besó rozándole la frente con los labios, para luego dirigirse hacia el otro lado, hacia su delicada oreja. Pero nunca en la boca.
Si ella se dio cuenta, nunca dijo nada. Su cuerpo se estremeció. Ella quería aquello, lo quería a toda costa. Se lo había dicho al cogerlo de la mano y llevarlo hasta la habitación. Él solo quería desahogarse.
Tiró del forro del vestido por encima de su cabeza, sintiendo un débil gruñido de agradecimiento en el fondo de su pecho al ver las tiras de fina gasa de sus braguitas. No llevaba sujetador. Sus pechos eran redondos, perfectos, y sus pezones ya eran dos puntas erectas. Sí, ella le deseaba.
Acercándola hacia sí, la envolvió entre sus brazos. Él podía oír sus murmullos mientras ella le besaba el pecho desnudo y con sus manos le desabrochaba el cinturón con facilidad. Cuando le bajó la cremallera ya no hubo vuelta atrás.
La empujó contra la pared, el lento baile de seducción pasó a ser un enredo de jadeos. Lo que quedaba de sus ropas desapareció en segundos. La levantó y ella le envolvió las caderas con sus piernas desnudas mientras él la penetraba con un fuerte empujón. Ella dio un grito agarrándose a él, arqueándose para tomar más. Sus cuerpos se juntaron violentamente, pidiendo lo que sabían que el otro podía ofrecer. Jadeaban y empujaban, ella elocuente y alentadora, él silencioso y enérgico.
Sus cuerpos se unieron, cada uno perdido en sí mismo. El deseo tronaba por sus venas hasta que sintió cómo ella se convulsionaba. Pero justo cuando su cuerpo estaba a punto de satisfacerse, ansiando ese momento de estremecimiento y olvido, el mundo se puso patas arriba al sonar un disparo, arrasándolo todo con luz y fuego.
—¡No!
Esa única palabra había salido de él mismo, resonando y sacándole de un profundo y atormentado sueño.
Ben Prescott se incorporó de un salto en la cama, con la adrenalina recorriéndole el cuerpo mientras miraba alrededor de la habitación buscando a la mujer, buscando el arma.
Su cuerpo estaba empapado en sudor, el corazón le latía a ritmo acelerado y el pulso le golpeaba en los oídos. No había ninguna mujer. No había ninguna arma.
Había estado soñando otra vez. El mismo sueño que le había atormentando desde que su compañero de la policía secreta había sido asesinado de un disparo hacía poco más de un mes. El único alivio que había experimentado fue durante las dos breves semanas que había pasado haciendo de guardaespaldas, si se le podía llamar así, del loco programa de televisión para solteros de su hermano Sterling, El soltero de oro y sus doce rosas tejanas, grabado en la casa de Julia Boudreaux. Quedarse en esa casa había proporcionado algo así como un refugio a sus sueños, pero solo porque Julia, a pesar de su sexy y sureño encanto, era una pesadilla aún mayor que la de su cabeza.
Solo tenía que recordar la forma como lo miraba a los ojos y decía lentamente su nombre, para que todo el cuerpo le ardiese por el deseo de tocarla.
¡Mierda!
Sentándose en el borde de la cama y apoyando sus manos en los muslos, intentó recuperar el control concentrándose en las cajas de cartón que forraban la pequeña habitación. Mentalmente hizo una lista de las cosas que debía llevar a cabo antes de mudarse a fin de mes: ingresar el dinero del depósito por la mañana para asegurar el nuevo apartamento —o si no lo perdería—, y acabar de empaquetar.
Pero la tensión y la furia impotente no disminuían. Todavía no podía creer que Henry estuviese muerto. El último informe decía que le habían disparado en un callejón mientras llevaba a cabo una redada secreta antidroga. Ben sabía que debería haber estado allí con él, pero no había sido así.
Por mucho que lo quisiese no podía volver a escribir el pasado, ni podía retroceder en el tiempo, aunque noche tras noche eso era exactamente lo que intentaba hacer.
Murmurando una palabrota, le echó una ojeada al reloj. Era medianoche. Había puesto la alarma para que sonase dentro de treinta minutos, así que le dio al interruptor y se levantó, agradecido por tener una excusa para no volver a dormir.
Se puso unos tejanos, unas botas muy pulidas y una chaqueta negra de piel. Como uno de los policía secreta de más categoría de El Paso, él no hacía el papel del típico camello, sino que se hacía pasar por un gran suministrador, por un hombre que tenía grandes cantidades de cocaína y heroína y de gran calidad para mover. No perdía el tiempo con pequeñeces.
Su nombre de calle era Benny el Slash, a menudo solo Slash. Con la excepción de unas pocas y elegidas personas de su familia más próxima, nadie sabía que era policía. Ninguna esposa, hijos, tíos o tías lo sabían. Ser un policía secreto de verdad significaba vivir ese tipo de vida. No podía correr el riesgo de que algún receloso señor de las drogas pusiese a alguno de sus lacayos a hacer preguntas por ahí. Lo único que hacía falta era que uno de sus inocentes amigos, familiares o vecinos dijese: «Oh sí, he oído decir que es un poli», y entonces estaría algo más que a cubierto, estaría a seis pies bajo tierra.
Cuando la gente le preguntaba, les decía que se dedicaba al negocio de la importación y exportación. Su familia más cercana sabía que debía decir lo mismo. Los traficantes suponían que era una tapadera para importar y exportar drogas, y los vecinos creían que se ganaba la vida comprando baratijas en México y vendiéndolas a precios exagerados en Estados Unidos. La tapadera le daba un trabajo y le permitía explicar sus extraños horarios.
Cogió su Glock de 9 milímetros emitida por el departamento de policía de la caja fuerte situada en el pasillo lleno de bultos y débilmente iluminado. Normalmente, cuando salía a hacer un trabajo, dejaba en casa toda huella potencial de que era un poli, pero esa noche no era una noche como las otras.
Metió la Glock en la pistolera bajo su chaqueta de piel, finamente diseñada, suave como la mantequilla y excesivamente cara. Más evidencias para los precavidos matones de que era bueno en lo suyo. Los traficantes con experiencia no hacían negocios con perdedores.
Salió a la noche de finales de octubre y el aire le refrescó la piel acalorada. Durante un segundo sintió como si pudiese respirar, por lo menos un poco. Saltó hacia el interior de su Range Rover negro —otra de las piezas de su tapadera—, bajó la ventanilla y arrancó el coche.
Hacía una semana que había vuelto al servicio activo, después de casi un mes de permiso tras la muerte de Henry. Ben había estado trabajando sin descanso —algunos decían que de forma obsesiva— para encontrar alguna pista del asesino de su compañero. No había encontrado nada hasta el día anterior, en el que había conseguido el nombre de un camello muy chulito que tal vez hubiese visto algo, pero que no quería hablar con la policía.
Ben había descubierto dónde iba a estar el tipo a la una de la madrugada, y Benny el Slash planeaba hacerle una visita inesperada. Ya se habían colocado micrófonos ocultos en el pequeño edificio al sur de El Paso, y los refuerzos estaban cercando el lugar. Todo cuanto Ben tenía que hacer era conseguir que el tío hablase. Eso requería confianza, y Ben pensaba conseguirla.
Las calles de El Paso estaban desiertas, las tiendas a oscuras y el cielo inalcanzable, negro como el terciopelo. El orden perfecto de las farolas se mezclaba con la mediana de la carretera, y las luces brillantes de los semáforos parpadeaban rojas y amarillas, como una guirnalda de luces de Navidad en una repisa.
Cogió la salida I-10 en la rampa de Mesa Street, dirigiéndose al centro de la ciudad. Si no hubiese dejado de fumar hacía un año, se habría metido un Marlboro en la boca y le habría dado una fuerte calada. En vez de eso, encontró un chicle y refunfuñó algo acerca de que un hombre necesitaba tener algunos vicios en su vida.
Sin mucho más que algún coche o semáforo para hacerle disminuir la velocidad, Ben aceleró rápidamente —demasiado rápido—, con una mano relajada en el volante y el codo apoyado en la ventanilla.
Pasó volando a su izquierda la Universidad de Texas en El Paso, y atravesó las accidentadas montañas Franklin. Juárez quedaba cerca a su derecha, tan cerca que podía distinguir las ventanas a oscuras de las casas mexicanas, en carreteras sin pavimentar. Un poco más lejos vio cerrada la versión mexicana de Walmart, muy vistosa y colorida. Durante el día sonaba música de mariachis a gran volumen por los altavoces de los años sesenta.
La única cosa que se interponía en esa coyuntura entre Texas y México era una delgada franja del Río Grande que estaba normalmente seca debido a todas las presas que interrumpían la corriente del agua río arriba, en Nuevo México y Colorado. Pero las fronteras sin vigilancia no eran su problema. Lo era el asesino de Henry.
En unos minutos dejó la autopista en la salida que se dirigía hacia el centro de la ciudad y giró a la derecha frenando lo mínimo. No disminuyó sensiblemente la velocidad hasta que pasó el ayuntamiento y la moderna fachada, parecida a una montaña rusa, del centro cívico. Su corazón se relajó al mismo tiempo que el indicador de velocidad, una vez que llegó a Santa Fe Street. Su mente viajó hacia ese lugar en el que sus sentidos tomaban el control. Miraba, sentía, estaba listo para el ataque.
Había pocas farolas tan al sur, así que avanzó muy lentamente en la oscuridad por las calles amenazadoras próximas al puente que cruza la frontera, como una prostituta en la noche buscando acción.
Y la encontró rápidamente.
Ben vio al tío al que estaba buscando caminando por una calle lateral. Iba solo —ni pandillas, ni miembros de ninguna banda—, exactamente tal y como Ben había querido.
Una descarga de satisfacción le recorrió las terminaciones nerviosas.
Parecía como si el camello estuviese interpretando un papel en un vídeo de la MTV, actuando sin emoción, balanceándose al caminar. Pero aquello no era un vídeo, se trataba de la vida real, y Ben habría apostado algo a que llevaba una pistola bajo la chaqueta, que sin ninguna duda sería brillante, poderosa y mortal. Y el Señor-Vídeo-Musical no vacilaría en utilizarla. Exactamente de la misma forma en la que un camello no había dudado en matar a un policía secreto y dejar que se muriese en un callejón no muy lejos de allí. La amenaza había sido clara: no te metas con nosotros y nosotros no nos meteremos contigo.
La cuestión era: ¿a quién se había dirigido la amenaza? ¿Se había pasado alguien de listo con respecto a la tapadera de Henry? ¿O acaso este había invadido el territorio de otra persona?
Ben pretendía descubrirlo.
Disminuyó la velocidad aún más. Su objetivo vestía pantalones tejanos bajos y muy caídos, zapatillas deportivas demasiado grandes y una larga cadena sujeta al cinturón, colgando hacia abajo para volver a subir y acabar en uno de los bolsillos delanteros.
Apagó las luces y se deslizó hasta el bordillo de la esquina. Abrió su móvil y marcó.
—Voy a entrar —dijo.
—Ten cuidado, Slash.
«Cuidado», sonrió irónicamente al escucharlo, pero no respondió. Salió del vehículo casi sin hacer ruido y caminó en silencio, buscando. Sintió la adrenalina y la determinación recorriéndole el cuerpo, como si de un viejo amigo se tratase. Estaba donde necesitaba estar; era allí donde sus pesadillas encontrarían alivio. Esa había sido la razón por la que se había ofrecido voluntario para esa misión, hasta había peleado para conseguirla.
El blanco se paró delante de un pequeño edificio de ladrillo abandonado, miró a un lado y a otro y entró. Ben permaneció en la sombra y esperó unos segundos antes de seguirle. No tenía ni pizca de miedo, y una parte de su cerebro le decía que eso no era buena señal. Ningún policía en su sano juicio se pondría en una situación como aquella sin una buena dosis de preocupación, del tipo que mantiene todos los sentidos alerta; del tipo que ayuda a un hombre a evitar errores. Pero de eso se trataba: Ben no pensaba cometer ningún error.
Cuando entró, su objetivo acababa de encender una pequeña lámpara, dándole cierta ventaja a Ben. El tipo le miró asustado.
—¿Quién coño eres tú? —preguntó mientras retrocedía en el suelo sucio lleno de pisadas.
Ben subió las manos rápidamente en señal de paz, sintiendo la pistolera y la Glock tirándole del hombro.
—No te pongas nervioso conmigo, Nando —dijo con mucha calma—. Estoy aquí para hacer un pequeño negocio.
Los ojos del tipo miraban a todos lados recorriendo la habitación. Comenzaba a perder su chulo pavoneo.
—No te conozco puto
Ben fingió sorpresa.
—¿Me estás diciendo que no haces negocios con hijos de puta que tienen un montón de producto de muy buena calidad que necesita ser movido? Cuando he dicho que quería hacer negocios, me refería a que quiero hacer un gran negocio. —Se le escapó una sonrisa lenta y amenazadora de total confianza—. Y puedo prometerte que tus beneficios serán mucho más altos que los que estás consiguiendo con Morales.
Morales estaba conectado con un cártel de drogas colombiano y controlaba prácticamente toda la droga que entraba y salía del Oeste de Texas. Nada pasaba sin la autorización y la aprobación de Carlos Morales, pero recientemente se había vuelto avaro, metiendo presión en todo el mundo, y en la calle se decía que el único que estaba haciendo dinero era Morales. Todo negocio, fuese legal o no, tenía que ser lucrativo para todo el que estuviese involucrado, y Carlos había cometido el error de olvidar ese hecho. La mayoría de los traficantes, grandes o pequeños, no sabrían ni deletrear «Administración de empresas», y mucho menos saber algo acerca de ellas. Pero por desgracia, a pesar del error del tío, ni el departamento de estupefacientes de la policía de El Paso, ni la DEA, ni el FBI habían sido capaces de pillar al esquivo Morales, aunque algún día lo conseguirían. De momento, Ben se concentraría en un matón que muy probablemente sabía algo acerca de un asesinato.
—¿Qué cojones quieres decir con lo de beneficios más altos?
—El tipo quería saber.
Ya estaba interesado. Ben casi sonrió.
—Lo que quiero decir es que Morales no puede ser el único pendejo que gana dinero en esta ciudad. El resto también tenemos facturas que pagar ¿no? El tipo dio un bufido asintiendo.
—Así que tú y yo vamos a hacer un trato. —Ben se señaló a sí mismo y al tipo utilizando ambas manos. Esperó un momento y se alejó hasta el salón vacío, controlándolo todo con su visión periférica: desde el oscuro arco que conducía a la minúscula cocina, hasta la sombría ventana con un solo cristal limpio, que vagamente le recordó que sus refuerzos estaban por allí.
Ben se centró.
—Hagamos un trato —le ofreció— y después ya veremos. Si funciona para todo el mundo, tenemos un negocio. Yo te suministro la mercancía, tú me pagas el cincuenta por ciento de su valor en la calle y lo vendes por lo que quieras. Si no te gusta cómo va el tema, continúas con Morales, sin resentimientos. ¿Qué me dices?
Ben casi podía ver cómo se movían los engranajes en el cerebro del tipo mientras intentaba entender el potencial de la propuesta, así como comprender las posibles ramificaciones.
—¿De cuánto estamos hablando, colega?
El delincuente estaba intentando decidir si quería hacer negocios, pero la cosa pintaba bien. ¿Qué mejor manera de ganarse la confianza de alguien que con la promesa de un montón de dinero en efectivo? Y si la confianza no hacía que el día hubiese merecido la pena y conseguido la información, Ben sabía que lo único que tenía que hacer era cerrar el trato y grabarlo; entonces tendría un camello entre sus redes. Un canalla cogido con las manos en la masa frecuentemente soltaba información como un chorro de agua de un grifo abierto. De una u otra forma conseguiría lo que quería.
—Estoy hablando de sesenta a cien kilos —dijo Ben.
—Bah, colega, ¿qué tiene eso de especial? —le contestó el camello burlándose. —A la semana.
Los ojos del tipo se abrieron por un instante.
—¿En una jodida semana?
—Exacto. Te lo estoy diciendo, estoy hablando de negocios. Eso si eres capaz de mover tan rápido cocaína de alta calidad.
El tío se relajó un poco; la avaricia se imponía a la cautela.
—¿Yo? Tengo los mejores canales de distribución de la ciudad: institutos y jodidos centros de salud.
La rabia se apoderó de Ben. Hizo todo cuanto pudo para no golpear a semejante hijo de puta contra la pared; tenía que ser paciente.
—Pero necesitaré una muestra —dijo Nando.
Ben, que se esperaba aquello, extrajo con mucha calma una bolsa de polvo blanco. Nando sacó un vial y rápidamente probó el producto. Al cabo de un segundo, sostuvo el cristal a contraluz y dando un silbido asintió con la cabeza, con los ojos negros y brillantes.
—Así ¿qué?, ¿quieres cerrar el trato? —preguntó Ben.
Nando se dirigió hacia un pequeño cuchitril y sacó una balanza que había permanecido escondida. Como un dependiente en una tienda de caramelos, pesó la bolsa antes de sonreír y después contó varios billetes de cien dólares.
—Cincuenta por ciento del valor de la calle. Colega, acabas de conseguir un distribuidor.
¡Bingo!
—Así que... dime —preguntó Ben, contando el dinero para ganar tiempo—, ¿qué has oído acerca del asesinato de ese tío el mes pasado, en el callejón Los Lejos? El camello se puso rígido.
—¿Por qué me preguntas acerca de eso, tío? Nadie quiere hablar de eso. —Su respiración se volvió más rápida—. Fue una estupidez —dijo frunciendo los ojos. Pero antes de que Ben pudiese responder, un ruido en la puerta principal sobresaltó al tipo.
¡Mierda!
Ben se dio la vuelta justo a tiempo para ver entrar a otro hombre. Las mismas ropas anchas, la misma sonrisa de capullo de mierda que debían de enseñar en la escuela de traficantes, y que perdió en el mismo instante en el que vio a Ben.
—Joder, Nando, ¿qué estás haciendo? —El nuevo quería saber—. ¿Y quién coño es este?
—¡Es guay, tío! —Pero la pregunta debió de hacerle recuperar la cordura que su avaricia había nublado—. Estamos haciendo un trato —añadió, pero esta vez frunciendo la frente con sospecha mientras miraba a Ben.
—¿Por qué cojones preguntas por ese tío al que se cargaron en el callejón?
Ben vio que Nando acababa de caer en la cuenta de que le habían convencido con demasiada facilidad.
El recién llegado soltó una palabrota y no se quedó a escuchar el resto; se dio la vuelta y se largó de allí. Ben permanecía entre la puerta y Nando, quien se marchó hacia el interior de la casa maldiciendo. Ben lo siguió como un rayo corriendo en la oscuridad, como si estuviese poseído, su corazón iba a la misma velocidad que sus pasos. Podía oír al tipo corriendo delante de él, hasta que una puerta se abrió para cerrarse al instante dando un portazo. Ben salió volando al exterior, yendo a parar a un patio interior rodeado de altos muros. Nando daba vueltas como un loco, furioso y asustado, hasta que sacó un arma de su chaqueta. Ben se paró de golpe apuntándole con su Glock.
—No empeores las cosas —dijo con mucha calma—, solo baja el arma, Nando.
—¡Y una mierda! —El camello temblaba con los ojos muy abiertos—. ¡Lárgate de mi vista!
Ya no estaba tan tranquilo.
Era increíble cómo el mundo parecía distinto cuando lo mirabas desde el otro lado del cañón de una pistola.
—Dime qué sabes sobre el asesinato, Nando.
—¡No voy a decirte nada! ¡No te tengo miedo! —gritó con la voz quebrada y los ojos inyectados en sangre por la presión—. No puedes hacerme nada —dijo soltando una carcajada —, no puedes tocarme, tío, pero yo voy a matarte, pedazo de mierda. Nadie se mete con Nando Ramírez, ¿has entendido, puto? ¡No te metas conmigo!
De repente todo se le vino encima: el aire helado y las noches sin dormir. El cansancio le recorría el cuerpo como si tuviese las venas inundadas en whisky. Se sintió abrumado por el olor a podrido del patio en un mundo plagado de traficantes que tenían más poder que la policía. Traficantes que dispararían a un hombre por detrás, en la cabeza, como la panda de cobardes que eran.
Se sintió exhausto y loco.
—Baja la pistola —dijo dando un paso hacia delante.
—¡No! —respondió el tipo con los ojos echando fuego y sacudiendo la cabeza de lado a lado. Jadeaba tan fuerte que su respiración resonaba contra los muros destrozados. Nando estaba tratando de encontrar una salida milagrosa, o eso o quería comprobar si estaba completamente solo.
—Yo estoy bajando la mía, ¿lo ves? —Ben bajó su pistola y dio otro paso—. Lo único que quiero es hablar.
—¡Tío, para! —gritó—. Juro que dispararé.
—¡Venga ya, Nando!, baja la pistola —dijo dando otro paso.
La mano del tío temblaba cada vez más con cada paso de Ben.
—Hablemos, eso es todo. Tú me ayudas, yo te ayudo. Vamos a hacer un montón de dinero juntos, ¿te acuerdas? ¿Qué me dices?
Ben pudo ver el instante en que el traficante iba a bajar la pistola, el fracaso inevitable reflejándose en sus ojos y sintiéndose incapaz de seguir con sus cínicas burlas.
Y de repente, todo se torció. Se escuchó un ruido en la puerta de entrada. ¡Mierda!
—¡Tira la pistola! —gritó una voz.
Nando se encontraba a unos ocho pasos, tan cerca que Ben podía ver el pánico descontrolado en sus ojos oscuros. Nando tenía miedo y estaba cabreado, y aferraba el mango de la pistola con el dedo en el gatillo. Iba a disparar.
El mundo comenzó a moverse a cámara lenta. Ben intentó levantar su pistola, pero ya era demasiado tarde. El sonido de un tiro resonó en sus oídos como si se tratase de múltiples disparos. Después la sensación de haber sido alcanzado.
Se tambaleó hacia atrás hasta chocar contra el muro; todo a su alrededor parecía un sueño distorsionado. Nando se quedó parado en estado de shock, pero la sorpresa dio paso a borbotones de rojo diseminándose por su pecho.
El cazador había sido cazado, también.
Ben intentó poner su mente en marcha. Apenas se daba cuenta de las voces ni de Nando desplomado en el suelo. Bajó la vista y lo único que pudo ver fue una rasgadura en sus tejanos, casi inapreciable a la débil luz. Pero sintió cómo la sangre le bajaba por el muslo. Se mantuvo apoyado contra el muro con mucha fuerza de voluntad, mientras el pequeño patio se llenaba de policías.
—¡Joder, Slash! ¿Qué pretendías bajando tu arma de ese modo? ¿Intentar que te matasen? —resopló alguien—. Has tenido mucha suerte de que entrásemos tan rápido.
Si no hubiesen irrumpido de esa forma, haciendo que Nando se cagase de miedo, a Ben no le habrían disparado. Pero no conseguía que las palabras saliesen de su boca. Por fin su cerebro puso nombres a las caras distorsionadas que bailaban frente a él: Crayton y Beal.
—Tú, Henry y vuestras fanfarronadas, es de locos, ya te lo digo yo —dijo Crayton mientras Beal se inclinaba sobre el camello.
—Está muerto —informó el policía. Este, pelirrojo y bajo como un tapón, se volvió hacia Ben—. ¿En qué cojones estabas pensando? ¿Estabas intentando que te metieran una bala?
Las palabras tenían un extraño sonido tembloroso, y Ben tuvo que esforzarse para entenderlas. Finalmente, despacio, sus piernas le traicionaron y se deslizó por el muro. —¡Dios mío! ¡Slash se ha caído, está herido!
Eso fue lo último que Ben escuchó antes de que el mundo se quedase a oscuras.
De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Para: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com›
Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: re: Cancelar
¡¿Cómo que vas a cancelar tu luna de miel?! Chloe, no puedes cancelarla. Kate, dile que no puede hacerlo. Ben se pondrá bien, tú misma me dijiste que mañana sale del hospital.
Besos, J.
PD: De todas formas, ¿cómo se las arregla un hombre respetable para que le disparen?
De: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: Preocupados
Sí, sale del hospital, pero todavía tendrá que recuperarse. ¡Aún no puedo creer que le disparasen! Gracias a dios que solo se trata de una herida superficial en el muslo, si le hubiesen disparado desde otro ángulo estaría muerto. Además, está mudándose de apartamento, así que va a quedarse con nosotros hasta que se encuentre recuperado del todo.
Chloe
PD: Por lo que yo sé, Ben estaba en el sur de El Paso y se vio involucrado en un tiroteo. La verdad es que, con todo el caos, nunca tuve una respuesta clara acerca de ello, pero creo que estaba saliendo de un bar.
Chloe Sinclair KTEX TV
De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com›
Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: re: Preocupados
Chloe, Ben puede quedarse en la cabaña de invitados de la casa de campo mientras estés fuera. Jesse y yo estaremos en la ciudad todo el mes. Él estará bien.
Kate
Katherine C. Bloom Presentadora de Informativos KTEX TV, Oeste de Texas
De: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: Muy amable pero...
Es muy amable por tu parte, Kate, pero Sterling no quiere que su hermano tenga que valerse por sí mismo nada más salir del hospital, ni tampoco que esté solo. especialmente mientras nosotros estamos de luna de miel.
C.
De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Para: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com›
Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: Esto es una locura
Si lo que pasa es que Ben no puede estar solo, entonces puede quedarse conmigo. Es una locura que te pierdas tu luna de miel. Necesitas estar a solas con Sterling para que os podáis conocer de verdad. Y no lo diría si tú no me hubieses dicho ya que Ben iba a recuperarse. Ve, disfruta, no te preocupes. Yo me encargaré de Ben.
Besos, J.
PD: Debería haber sabido que «Ben» y «respetable» son palabras que no pueden ir juntas en la misma frase. Y ¿sabes?, ahora que pienso en ello, nadie me ha dicho nunca a qué se dedica.
De: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: Preocupada
Jules, te quiero mucho, pero ambas sabemos que tú y Ben no os lleváis bien. Vivo con una preocupación constante de que fuegos artificiales vayan a explotar entre vosotros dos, y no de los bonitos. Me da miedo que, sin nadie alrededor que interfiera entre vosotros y con él en ese estado tan débil, tal vez acabes con él... bueno... ¡que lo mates verbalmente!
Tu mejor amiga que te adora, C.
PD: Sterling no habla demasiado acerca de Ben, pero le pregunté a su madre por él mientras su familia estuvo en el hospital. Me dijo que Ben era algo así como un encantador hombre de negocios que se dedicaba a la importación y exportación, lo que explicaría por qué estaba en un bar de la frontera.
De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Para: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com›
Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: Palabras que matan
Muy divertido, Chloe. Creo que las dos sabemos que incluso después de que le hayan disparado, Ben Prescott no es una dulce florecilla (que obviamente tuvo que ser su único título para ser el guardaespaldas de El soltero de oro el mes pasado), ya que resulta que es un tipo que se dedica a la importación y a la exportación. ¡No puedo creer que tuviésemos a un tío que vende chucherías para protegernos durante la grabación! ¿Qué habría hecho si un delincuente hubiese irrumpido en el plató? ¿Tirarle figuritas de cobre?
Y por lo que se refiere a palabras que matan, si alguien está en peligro de recibirlas, c'est moi, pero puedo arreglármelas. Ve de luna de miel y ten un montón de maravilloso sexo de recién casados. Luego puedes regresar y encargarte de Ben para quedarte tranquila. Prometo no matarle mientras estés fuera. Palabra de Niña Scout.
Besos, J.
PD: ¿Ben? ¿Encantador? Una prueba de que el amor de madre es ciego.