Capítulo 16
Dos días después, Julia iba conduciendo a toda velocidad por Mesa Street camino de casa de Rocco. Con la perspectiva del tiempo transcurrido, se daba cuenta de que había sido una ingenua al pensar que emprender una nueva vida sería fácil, aunque la verdad no estaba muy segura de que lo hubiese pensado mucho. Como era habitual, simplemente había actuado. Se había pasado toda su vida «haciendo», y no pasando horas infinitas pensando y analizando como muchas mujeres hacían. Siempre había actuado, sumergiéndose en proyectos sin ningún miedo. Sin embargo, había aprendido rápidamente que, si bien evitar los estampados de leopardo y los tacones de aguja representaba un desafío a su fuerza de voluntad, lo que en realidad había puesto a prueba su determinación había sido mantenerse alejada de los chicos malos —tal vez debería decir mantenerse alejada de Ben Prescott—, lo que le hacía preguntarse si alguna vez lo lograría. Él le hacía pensar, él le hacía analizar.
Y ahora, además, para complacer a Andrew Folly y sacar en su programa barridos de El Paso, al estilo de las grandes cadenas de televisión —aunque tenía que hacerse con el presupuesto de una cadena local—, iba a subirse en un funicular. ¡Un funicular, por el amor de dios!
Julia no podía creer que fuese a subirse en una especie de caja de mantenimiento de metal con ventanas de plástico para conseguir una toma desde el aire de la ciudad. Pero si eso era lo que tenía que hacer para conseguir las imágenes que quería Andrew, eso era lo que haría.
Rob no podía grabar las imágenes después del trabajo hasta la semana siguiente, y entonces ya sería demasiado tarde; y desde luego no podía pedirle a Todd que lo hiciera. Eso la dejaba solo a ella.
Con orgullo y un poco de testarudez se puso en marcha, se enderezó y echó los hombros hacia atrás. Aunque, por supuesto, bajo el orgullo había una buena dosis de miedo. El hecho era que las montañas Franklin eran el pico más alto hacia el sur de las montañas Rocosas: eran grandes, enormes, con accidentados acantilados y grietas escarpadas. Y había un largo trayecto entre la terminal del funicular y la cima. Afortunadamente, no tendría que asomarse, tan solo tenía que utilizar la pequeña videocámara que llevaría para grabar imágenes en el camino de subida. Una vez que llegase a la cumbre, el operario del funicular le había prometido llevarla inmediatamente de vuelta abajo.
De todas formas, antes de montarse en él, tenía que grabar la tercera parte de Hombre Primitivo. La sesión estaba programada para ese día, en el que se reuniría con Rob y Todd en casa de Rocco. Las fotos de su casa, que Rocco había llevado a la entrevista, mostraban una pequeña casita de campo con más pósters de mujeres medio desnudas que muebles. Tal y como había hecho con la persona de Rocco, Julia estaba segura de que, cuando acabase con su casa, obtendría unas buenas tomas del antes y del después que dejarían a la audiencia alucinada.
Como sabía que tenía mucho trabajo por hacer, se había puesto unos pantalones caqui, una sencilla camiseta blanca, una chaqueta de lana y unos mocasines que había encontrado en el fondo de su armario. Cuando se miró en el espejo, vio a una persona recatada y responsable. Y debería haberse sentido animada, pero tras dos semanas vistiendo de aquel modo, ya era hora de afrontar el hecho de que el cambio solo había ocurrido en la superficie.
De alguna manera, este no había afectado a su personalidad, por mucho que se esforzase. Tal vez tuviese un aspecto recatado y responsable, tal vez incluso estuviese comportándose como tal, pero en el fondo de su corazón no se sentía ni seria ni formal.
Trató de convencerse de que la locura era algo difícil de domesticar, pero tenía miedo de que no se tratase de eso. Cuando se había mirado en el espejo y visto con los pantalones caqui y con la sencilla camiseta blanca, no se había sentido formal, sino que se había sentido vacía, y eso era lo que le asustaba. Eso era lo que hacía que perdiese la confianza en sí misma, y la confianza siempre había sido su punto fuerte. Pero al intentar cambiar, intentaba ser otra persona, y ella no se sentía ni nueva ni renacida, sino que se sentía como si fuese una desconocida, alguien que no quería ser.
Como iba atrasada, se apresuró a llegar a la pequeña casa donde vivía Rocco en Kern Place. Se espantó al ver el jardín delantero. A diferencia de los bonitos y bien cortados céspedes otoñales de sus vecinos, Rocco tenía grava, y barras de hierro en todas las ventanas. El lugar parecía una cárcel en miniatura.
Todd se detuvo en el bordillo justo detrás de ella, seguido de Rob. Los tres juntos permanecieron en la calle examinando la casa.
—¡Qué retorcido! —dijo Todd.
Julia estuvo de acuerdo, y como siempre Rob no dijo nada.
—Pondré algunas macetas con plantas —dijo Julia. Su cabeza trabajaba a toda velocidad pensando qué había que hacer—. Las pondremos principalmente alrededor de la puerta delantera, y solo tomaremos un primer plano; nada de tomas panorámicas del lugar.
—Eso funcionará —dijo Rob—. Lo bueno es que la puerta delantera no tiene barras, lo que en realidad no tiene ningún sentido.
Subieron por el camino de cemento y llamaron a la puerta. Rocco tardó una eternidad en abrir, pero cuando lo hizo Julia se sintió mucho mejor. Era realmente el tipo indicado para el programa: con su nuevo corte de pelo y sus ojos azul cielo, tenía el aspecto de un apuesto poeta.
—¡Eh! —saludó con un gruñido.
—Lo que quieres decir es «Hola Julia. Hola Todd». O «Buenos días, Rob».
—Lo había olvidado —respondió riéndose.
Como para arreglar el error, hizo el gesto que haría un caballero en un baile, invitándoles a entrar. Julia se quedó impresionada y un poco aliviada de que lo hubiese pillado, hasta que entró en la casa. Reconoció los pósters y el cuero, pero obviamente debía de haber limpiado la casa cuando tomó las fotografías que le había enseñado.
—Rocco, este lugar es un desastre.
—Un poco, tal vez... ¡He limpiado antes de que llegaseis!
No había ninguna duda de que conseguirían unas tomas geniales del antes, pero tendría que trabajar muy duro si quería conseguir unas buenas del después. ¡No le extrañaba que tuviese problemas para conseguir una cita! Julia inspiró profundamente para darse ánimos. Restregaría y fregaría y haría lo que hiciese falta para limpiar el lugar.
—Está bien, empecemos.
Rob preparó su cámara, aunque Todd hacía casi todo el trabajo ahora que ya sabía utilizar un equipo profesional; y en cuanto acabó de ayudar a Rob, sacó su propia videocámara. Julia se arregló el pelo, sonrió mirando al objetivo y dijo:
«Hemos venido a ver la casa de Rocco Russo, el lugar de su prometedora próxima cita. Pero como podréis apreciar, ninguna chica en su sano juicio daría un paso adentro en esta pocilga sin correr un riesgo para su salud.»
Rocco ni se molestó en sentirse avergonzado, sino que sonrió a la cámara e incluso mostró sus bíceps. Julia comenzó a sudar.
Grabaron el salón, el comedor al lado de la cocina y las dos habitaciones.
«Todo está asqueroso», dijo a la cámara, aunque se atragantó al llegar al lavabo. Miró directamente al objetivo: «Sé lo que hicisteis el último verano no daba tanto miedo como esto. Y sabemos con certeza lo que Rocco no estuvo haciendo este último verano: limpiar.»
Rob levantó el pulgar de modo afirmativo antes de mover la cámara para grabar la capa de suciedad que cubría el lavabo, la terriblemente sucia y oxidada bañera, la cortina de ducha medio caída, y toda la podredumbre en general.
—Lo siento, nena —dijo riendo Rocco.
—¡Corten!
—¿Qué pasa? —se quejó.
—Se supone que ya has aprendido buenos modales. ¡Nada de «nenas»! Tendremos que volver a grabar.
Así lo hicieron, y aquel hombre de las cavernas sonrió pidiendo disculpas. Dios mío, ¿en qué se había metido? Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Solo tenía dos semanas antes de que Chloe y Sterling regresaran. Dos semanas para acabar de grabar y editar el programa y demostrar a Andrew Folly que estaba equivocado con respecto a ella.
Rocco se fue tras grabar las pruebas iniciales; había quedado que pasaría la noche en el sofá de un amigo. Estaba más que feliz de largarse de la casa mientras los otros hacían el trabajo.
Julia no perdió tiempo. Llamó a la tienda de jardinería que había ofrecido plantas a cambio de publicidad y les dijo lo que necesitaba: un par de toneles grandes de madera con las suficientes plantas otoñales en flor como para llenarlos, así como un surtido de pequeñas siemprevivas para decorar la entrada. No quería que la casa tuviese un aspecto afeminado, pero necesitaba algún tipo de decoración en la puerta, así que puso una corona de hojas secas de otoño, con una variedad de flores secas y tres calabazas en miniatura arracimadas en lugar de un lazo.
Había hecho el mismo tipo de trato con la tienda de pinturas del vecindario, con una tienda de muebles y con la casa Kabal de alfombras.
Mientras esperaba que le trajesen lo que había encargado, limpiaría.
Rob lo grababa todo, mientras Todd le ayudaba y grababa cuanto podía con su cámara. Julia se había llevado los productos de limpieza de su casa, y en un dos por tres se colocó los guantes de goma amarillos.
—¿Estáis grabando todo esto? —preguntó a su equipo.
—Cada detalle.
—Bien, quiero tener mucho donde elegir cuando editemos.
Comenzó por la cocina. Fregó los cacharros que parecía que podían salvarse, y tiró el resto. Lavó vasos y tazones que tenían quién sabe qué. Gracias a Dios, a Rocco le encantaba la comida rápida y los platos de papel. Solo con juntar la enorme cantidad de envoltorios de papel y de bolsas del McDonald's y tirarlas a la basura, la cocina adquirió un aspecto completamente diferente. Después limpió las superficies y pasó la fregona por el suelo. Solo la cocina le llevó dos horas, pero Julia no recordaba haberse sentido nunca tan orgullosa como cuando acabó. Soplándose un mechón de pelo de la cara, sonrió a la cámara y dijo:
«Tal y como hicimos con nuestro Hombre Primitivo, estamos transformando este lugar.»
En comparación con la cocina, el salón era pan comido. Arrancó los pósters, recogió la ropa sucia, quitó el polvo, fregó el suelo y restregó, sin pensar qué era lo que estaba restregando. Justo cuando acabó, llegó la entrega de la tienda de jardinería. Los múltiples colores de las margaritas la hicieron sonreír; coordinaban perfectamente con la corona que habían preparado. Sintió que era como una señal de que todo iba a salir bien.
Después de dar instrucciones al equipo de la tienda y de decirle a Rob que se quedase con ellos y a Todd que fuese y viniese entre ella y los jardineros tomando imágenes de ambos, se preparó para empezar con el baño. Y aquello le dolió. Se quedó de piedra cuando vio el lavabo, y por razones que no podría explicar y en las que no quería pensar, se preguntó si sería capaz de hacerlo. Esto, el lavabo. Su nueva vida.
La imagen de su padre le vino a la cabeza; su sonrisa y su risa tan particular y llena de vida. Dios, cuánto lo echaba de menos. Pero lo que no había admitido delante de nadie era que también estaba enfadada con él.
—No te atrevas a ser débil ahora —susurró acaloradamente, limpiándose la extraña sensación de una lágrima en el ojo.
—¿Qué pasa?
Levantó la cabeza y encontró a Todd de pie en la puerta, enfocándola con la cámara y capturando su patético momento.
—Eso no irá en el corte final —le avisó. Todd tan solo sonrió, y entonces se fijó en el baño. —Yo también lloraría si tuviese que limpiar esto. —No estaba llorando.
—Sí, claro —dijo poniéndose la cámara a un lado de la cara pero todavía grabando. —No lo estaba —insistió Julia.
Todd sacudió la cabeza, mostrando una sonrisa enorme y feliz. Aquel era el Todd que había conocido durante la última semana, aunque ahora sabía que escondido en su interior había un adolescente que necesitaba saber quién era realmente su padre; pero no era asunto suyo contárselo. Tal vez podría engatusarlo para que le preguntase a su madre o a Ben por él.
—Oye, Todd —dijo cuando estaba a punto de volver con los jardineros.
—¿Sí?
—Estaba pensando en lo que dijiste el otro día acerca de tu padre siempre fuera y de tus padres peleándose.
Los rasgos de su cara se endurecieron de repente.
—Tal vez deberías hablar con tu madre sobre ello, o, todavía mejor, con Ben. —De ninguna manera. Mi madre me mataría si le contase nada a Ben.
—¿Por qué? —preguntó Julia sorprendida.
—Porque me hizo jurar que nunca le contaría a nadie lo de mi padre y sus mujeres.
—¿Qué?
Los ojos de Todd se abrieron a causa del pánico.
—Joder, tía, no puedes decírselo a nadie. —Se precipitó hacia ella—. No quería decir eso.
—Todd, no te preocupes. Pero. estoy segura de que estás equivocado.
—¿Equivocado? —se burló—. Es difícil cometer un error cuando tus padres se están gritando mutuamente, porque tu madre le dice a tu padre que lo sabe todo acerca de él y de sus prostitutas.
El estropajo se le cayó de las manos.
—Todd, eso no puede ser cierto.
—¿Me estás llamando mentiroso?
—Oh, bueno. Claro que no. Es solo que.
—¿Solo que qué? Mira, Julia, eres muy amable y todo eso, pero afróntalo, el hecho de que tú seas amable y dulce no hará que las cosas se solucionen. No funciona de esa manera. Abandonó la habitación y se fue de nuevo con los jardineros.
Durante el resto del día, Julia no dejó de dar vueltas a lo que Todd le había contado ¿Tendría razón? Y la tuviese o no, ¿qué debía hacer ella? ¿Debería decírselo a Ben, incluso sabiendo que la madre del chico no quería que él se enterase?
Acabó de limpiar a las dos de la tarde y comenzó con la pintura. Afortunadamente, los de la tienda de pinturas se habían compadecido de ella y habían mandado a un par de universitarios para que la ayudasen. A las seis de la tarde ya tenían pintados el salón y la cocina. Tendrían que terminar el resto al día siguiente por la mañana, antes de que los muebles nuevos llegasen por la tarde. A las seis y media cerró la casa con llave. Estaba exhausta. Y después de quedar en volver a encontrarse en el mismo sitio al día siguiente por la mañana, Rob, Todd y Julia se marcharon a casa.
Estaba oscuro en Meadowlark Drive. Tras encender las luces, tiró el bolso por ahí, se sirvió un vaso de vino y se dirigió hacia su cuarto para darse un largo baño.
Casi no había visto a Ben en los últimos dos días. Todavía le sorprendía el hecho de que fuese un policía encubierto. Después de haber conocido a su rica familia de San Luís, le asombraba e impresionaba la idea de que hubiese dejado atrás aquel tipo de vida. Ben Prescott podría haber tomado el camino fácil y llevar una vida de abundancia y privilegios simplemente trabajando para su hermano. O podría haber sido como su hermana Diana, que obviamente no trabajaba en absoluto. ¿Podría ella ser tan buena como Ben? ¿Sería capaz de pasar por encima de su pasado adinerado y tener éxito en aquel nuevo mundo?
También recordaba lo mal que había ido su «cita» con Sonja. Julia se sentía fatal por el desastre, y la peluquera no había devuelto ninguna de sus llamadas. Sonrió. Su lista de preocupaciones se hacía cada día más larga. Sonja, Todd, qué contarle a Ben acerca de su amigo Henry y sus prostitutas.
La puerta de Ben estaba cerrada cuando pasó por delante, aunque se colaba luz por debajo. Se dispuso a llamar pero no se atrevió. Todavía no. Primero quería pensar bien las cosas, así que siguió su camino.
Antes de permitirse zambullirse en una bañera de agua caliente, se dio una ducha para restregar la mugre de su cuerpo. Luego puso el tapón y sales para el baño y se puso a remojo. Cerró los ojos, tomó un sorbo de vino y deseó que todas las penas, dolores y preocupaciones se esfumasen. Estaba tranquila, y tal vez se quedó dormida, lo que explicaría por qué Ben entró en el lavabo sin llamar. Abrió los ojos de golpe y se lo encontró allí parado, como una piedra, con la mano en el tirador de la puerta. Durante todas las semanas en las que él había estado allí, el cuarto de baño no había sido ningún problema. Mantenían distintos horarios, y tenía que admitir que siempre se acordaba de cerrar con llave la puerta que conducía a su habitación. Pero aquella noche lo había olvidado.
—Lo siento —dijo Ben con voz ronca y profunda—. Pensé que te habías dado una ducha y te habías ido.
Julia se sumergió todo lo que pudo en la bañera para que las burbujas le cubriesen los pechos, e intentó no pensar en el hormigueo que al instante le recorrió el cuerpo nada más verlo. Se acordó de la promesa de Ben de que harían el amor. Su arrogancia la horrorizó, pero muy en el fondo sabía que estaban a un paso de aquella eventualidad. La cita con Sonja no había sido más que una tonta excusa para que el loco tren en el que ambos iban montados descarrilara.
Pero aquella noche había algo más que sensual arrogancia en su expresión. También había cansancio en sus rasgos desencajados. También había algo peligroso que parecía fuese a atacarla en cualquier momento.
Ben salió del baño y cerró la puerta sin decir una palabra. Julia salió de la bañera, cogió una toalla y se dijo que no estaba decepcionada. Se puso una camiseta y la parte de abajo del pijama. Solo para ser amable, de verdad, asomó la cabeza a la habitación de Ben para decirle que el baño era todo suyo. Pero el corazón le dio un vuelco al verle. Estaba sentado en el borde de la silla del escritorio, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas. Ben se incorporó en el mismo instante en que Julia abrió la puerta, pero no dijo nada, simplemente se quedó mirándola con los ojos llenos de emoción, con la mandíbula tensa y los hombros evidentemente enormes y fuertes como el granito bajo la camiseta azul marino. Una camiseta de poli, pensó ella en algún rincón de su cabeza. Había estado vistiendo una camiseta de poli durante todo aquel tiempo.
—¿Qué pasa? —preguntó Julia en un susurro.
—Nada —contestó él fríamente.
—No puede ser nada.
La frustración en su cara era palpable.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó Ben con la voz cansada y desesperada.
—No quiero nada de ti —respondió—, solo quiero ayudarte. ¿Se trata de Henry?
Vio cómo los hombros se le ponían rígidos, la frustración y el desesperado cansancio se convirtieron fácilmente en resentimiento. Julia experimentó un momento de inquietud, sentía que había tocado algo que no iba a ser precisamente agradable, y de repente presionarle no parecía tan buena idea, después de todo. Pero ella nunca había tenido miedo de afrontar las dificultades de la vida.
—¿Qué pasa, Ben? —insistió—. Estás persiguiendo fantasmas. o ellos están corriendo detrás de ti, pero no entiendo cuáles son esos fantasmas.
La miró durante lo que le pareció una eternidad.
—¿Quieres saberlo? —le preguntó con un tono de voz amenazador.
—Sí, quiero saberlo.
Julia comprendió que, sin quererlo, se habían estado dirigiendo hacia aquel punto desde el día en que llegó para quedarse en su casa.
—¿Por qué quieres saberlo? —le preguntó.
—Porque sé que estás preocupado por el tema de Henry, y sé que estás intentando ayudar a su familia. Y aunque pienso que es fantástico, no creo que sea tan simple. Ben se rio sin ganas.
—¿Simple? —La pregunta era una burla—. ¡Dios! —gimió pasándose las manos por el pelo con ojos de loco—. Podría haber sido muy simple, todo lo que tendría que haber hecho era contestar el maldito teléfono.
—¿Qué?
—Me llamó esa noche —le contó mirándola a los ojos. —No entiendo.
—Henry llamó a mi apartamento. Yo estaba fuera de servicio; no había nada programado. Cuando escuché su voz en el contestador automático bajé el volumen. Las emergencias vienen a través de mi móvil y esa noche no tenía ningunas ganas de que me molestaran por algo que no fuera una emergencia.
—¿Por qué?
Sus esculpidos rasgos se volvieron fríos y la miró fijamente a los ojos.
—No quería hablar con nadie.
Pasó de estar furioso a mirar con agresividad.
—Ben, cuéntame la verdad —susurró—. ¿Por qué no contestaste al teléfono? Algo se quebró en su interior.
—Porque me estaba follando a una mujer que ni siquiera recuerdo. —Se rio amargamente—. Mientras a mi compañero le volaban los sesos en un callejón, yo estaba en casa follando. ¿Qué te parece eso como historia para algún barato y sórdido programa de televisión de alguna mezquina cadena?
A Julia le daba vueltas la cabeza, y su corazón latía a gran velocidad.
—¿Es por eso que sigues intentando encontrar al asesino de Henry, medio esperando que te metan una bala a ti también? —Pestañeó al ocurrírsele la idea—. ¡Es así como te dispararon!
Ben se burló, pero Julia sabía que había dado en el clavo. —Hacer que te maten no va a ayudar a Henry, ni a sus hijos.
Cerró los ojos, y Julia no pudo creerse la total vulnerabilidad que vio en Ben. Caminó hacia él y puso la mano en su pecho, la palma en su corazón. —¿Estás bien? —susurró.
Pero se dio cuenta de que no estaba bien. Estaba atormentado por una noche que no podía cambiar. Ben no se movió, parecía que no respiraba, aunque Julia podía sentir cómo se estremecía de dolor. Sus facciones se endurecieron aún más, pero después de una eternidad levantó la barbilla desafiante.
—Después de que la mujer se marchase —continuó despiadadamente—, puse en marcha el contestador. Habían pasado horas, y escuché el mensaje de Henry: «Hey, Slash», y entonces hubo una larga pausa y juro que pasó de un tono bromista a uno muy serio. —Se pasó las manos por la cara—. Henry estaba alterado y dijo: «Necesito hablar contigo, tío. Coge el teléfono si estás ahí». Yo estaba allí, pero había bajado el volumen y no le había escuchado, ¡no había querido escucharle! Cuando le llamé, ya era demasiado tarde.
—No puedes continuar echándote la culpa, Ben. Todos hemos desconectado el contestador en un momento u otro.
Ben continuó como si no la hubiese oído, con la voz fría y vacía de sentimientos.
—Le llamé. —Cerró sus ojos con furia por un segundo antes de maldecir—. Pero esta vez fue él quien no contestó al teléfono. Fue otro detective el que lo hizo, y supe que había pasado algo. Pregunté por Henry y el tío me dijo que le habían disparado.
Las palabras parecieron paralizar a Julia. Aquel hombre y su fuerte apariencia, incapaz de mostrar lo herido que estaba en su interior. Y ella no tenía ni idea de cómo hacer que se sintiese mejor, cómo arreglar lo que estaba roto. Nada, ni un trabajo nuevo, ni ninguna simple transformación iban a ayudar a Ben Prescott. Ella le cogió las manos entre las suyas.
—No eres un chico tan, tan malo, ¿verdad, Benny el Slash? Tan solo es un papel que interpretas para disimular lo sensible que eres en realidad.
Su expresión se hizo aún más dura, sin poder ocultar la ira. Julia odiaba verlo herido, odiaba ver a aquel hombre tan fuerte colgando de un hilo. Quería abrazarlo, consolarlo.
Cuando Julia le tocó, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—No lo hagas, Julia.
Ella lo agarró por la camiseta acercándolo hacia sí. Su gemido fue profundo y feroz, la furia se desvaneció por completo, dejando tan solo la desesperación. Empezó a alejarse de ella.
—No, Ben. —Julia lo detuvo con sorprendente fuerza. Podía sentir su tensión, su necesidad de no rendirse, como si ceder lo convirtiera en alguien débil.
—Sé que darías tu vida por Henry si pudieses, pero eso no solucionaría nada. Eres un buen hombre y no puedes pasarte el resto de tu vida intentando compensar los errores de otra persona.
—No sabes de qué estás hablando. El día antes de que fuese solo a ese callejón, yo había pedido que me asignaran a otro departamento.
Dijo las palabras con fría precisión, como si probasen su culpabilidad.
—Sé que no eres de los que aguanta tonterías de nadie, y si pediste que te cambiaran de destino, entonces estoy segura de que fue porque Henry llevaba tiempo tomando un camino peligroso antes de que lo mataran. Y no importa lo que sigas diciéndote a ti mismo, Henry fue a ese callejón solo, y si tú no contestaste al teléfono, él debería haberse pasado por tu apartamento o haber llamado a otra persona.
Julia pasó sus brazos por debajo de los suyos y lo abrazó, pero Ben no cedía. Con el oído contra su pecho, podía escuchar su corazón latiendo con fuerza.
—No es culpa tuya, Ben.
Se quedó allí rígido, sus músculos estaban tan tensos que parecía que iban a romperse. Entonces, dando un rugido feroz, se entregó. La envolvió entre sus brazos estrujándola contra su pecho, como si por fin hubiese perdido todo el control. Se aferraron el uno al otro, Julia intentando ofrecer consuelo y él recibiendo lo que ella tenía para dar. Y así se quedaron, perdidos el uno en el otro.
—Eres un hombre fuerte que siempre está tratando de ayudar a los demás.
Ben se rio, pero no se dejó llevar.
—Es verdad. Ayudaste a tu hermano con El Soltero de Oro, manteniendo a todas las chicas a salvo. Y ahora estás ocupándote de los hijos de Henry. Pero no te permites un descanso a ti mismo.
Despacio, como si no tuviese voluntad propia, Ben levantó la mano y le acarició la barbilla con un dedo. El simple roce envió sensaciones por todo el cuerpo de Julia, quien se puso de puntillas y le besó con cariño, suavemente, sintiendo cómo se estremecía en su interior. Y todo cambió de repente. El cariño se transformó en calor, el consuelo se volvió necesidad, y Ben buscó su boca. Ambos se unieron aún más en un beso desesperado.
—Julia —suspiró contra ella.
Se besaron hambrientos. Las manos de Ben acariciaron todo su cuerpo como si no pudiese creer que ella estuviese realmente allí. Julia tampoco podía creérselo, pero en aquel instante no le importaba. Para bien o para mal, había deseado a aquel hombre desde la primera vez que lo había visto, y justo en aquel momento no quería pensar en el día siguiente o en una hora más tarde. Todas sus buenas intenciones se esfumaron, y las posibles consecuencias no fueron más que una vaga idea cuando las manos de Ben le rozaron los pechos por encima de la camiseta.
—Maldita sea —dijo Ben con la voz tensa y rota al cogerlos entre sus manos.
Ella gimió, emitiendo un suave ronroneo cuando Ben la tocó, después de pasar semanas haciendo todo lo posible por mantenerlo a distancia. No podría haber parado aunque hubiese querido.
Volvieron a besarse, mientras Julia le desgarraba impaciente su camiseta, que desapareció en un instante, y le recorrió su piel caliente con las manos. Se perdió al sentirlo. Al hacerlo, el deseo estalló y Ben gimió en su boca, medio gritando, medio exigiendo.
Julia volvió a gemir de placer cuando sus labios se desplazaron hacia su oreja y cuando escuchó el susurro de su respiración ardiente recorriendo delicadamente el camino hacia la suave piel de su cuello. Ben chupó y pellizcó, y Julia lo estrechó contra sí. Con una mano Ben le inclinó la cabeza hacia atrás para poder saborearla más profundamente, mientras ella apretaba su cuerpo contra él. Su miembro se volvió duro, presionando contra el cuerpo de Julia, quien sintió cómo él se estremecía. Ambos se estaban dejando llevar, rindiéndose cada uno a su manera. Ella había dicho que no se acostaría con él; él había dicho que esperaría hasta que ella estuviese lista. Pero ninguno de los dos estaba preparado para aquello. Ambos estaban atrapados por una ola incontenible que los arrastraba hacia delante.
Ben le cogió las redondas nalgas con las manos, levantándola y presionándola contra él; balanceó las caderas, con su frente contra la de Julia y sus labios casi rozándose. Doblando las rodillas, bajó y presionó su erección contra el cuerpo de ella y despacio se alzó. La sensación, tan placentera como el pecado mismo.
—Quiero hacerlo —dijo Ben con la voz entrecortada—. Te quiero.
Ella debería haber dicho que no. Se había prometido que no se acostaría con nadie si no tenía una relación importante y significativa con un buen hombre. Pero podía percibir la necesidad de Ben susurrando en su cabeza como una corriente de aire, una necesidad igual que la suya.
—Yo también quiero —respondió con sinceridad.
Ben le quitó la ropa con reverencia hasta que estuvo desnuda. Sus ojos, empañados por la muerte de un amigo, ahora estaban empañados por un sensual aprecio hacia ella. Julia estaba conmovida de una forma que no acababa de entender. Ben le besó las pendientes y curvas de su cuerpo deteniéndose en el abdomen y pellizcando la delicada piel de su ombligo.
Se arrodillaron y Julia empezó a desabrocharle los botones de los tejanos.
—Quítatelos —susurró.
Su risa ahogada pasó a ser inexorable al levantarse. Cuando estuvo de pie, Julia le bajó los pantalones hasta los tobillos, dejando ver la herida, cubierta ahora con una venda grande y cuadrada, en vez del esparadrapo y los parches. Julia dudó un instante, preocupada, pero Ben dio una patada a los pantalones, dejando ver su erección presionando contra sus relucientes bóxers, y su cuerpo tan duro y fuerte.
La pasión y el deseo recorrieron el cuerpo de Julia, y levantándose, deslizó sus dedos por la goma y le bajó los calzoncillos, que Ben también se sacó de una patada.
—Julia —dijo Ben con voz tensa y con su erección sobresaliendo hacia delante.
Julia le besó en el abdomen como única respuesta, tal y como él le había hecho a ella. Entonces le besó el miembro erecto. Ben la agarró por el pelo dando roncos gemidos, y gritó de placer cuando ella lo tomó en su boca. Ella se lo chupó acariciándoselo con la mano. Y entonces todo se volvió salvaje.
Ben la levantó tomando su boca con ferocidad, con desesperación. Se unieron en un abrazo, satisfaciendo la promesa que sus cuerpos habían sentido desde el día en que se habían conocido. Él la besó hambriento, insaciable y la levantó, enrollando sus piernas alrededor de su cintura. Julia se aferró a él, y cuando sus manos la agarraron por las nalgas y las puntas de sus dedos encontraron el resbaladizo calor entre sus piernas, fue ella la que gritó. Ben tiró de su cuerpo hacia arriba, deslizándola a lo largo de su dura y desnuda carne con el cuerpo tembloroso. La atrajo muy cerca de su aterciopelado miembro, y justo cuando Julia pensaba que la bajaría sobre él, la separó. Maldiciendo por la necesidad, la dejó en el suelo y se dirigió hacia su maleta, que todavía era un revoltijo de ropas sin deshacer, y rápidamente encontró lo que buscaba. Abrió el paquete del condón con los dientes. La humedad entre las piernas de Julia aumentó cuando le vio enrollarse el látex en su perfecta erección.
Ya no le quedaba nada del remilgado comportamiento. Se sentía loca de deseo por él, deseando que su pene, de impresionante tamaño, se deslizase en su interior; y suspirar de placer al sucumbir a aquel delicioso trozo de pastel que se había estado prohibiendo a sí misma.
Cuando Ben acabó de colocarse el preservativo, se acercó a una Julia con el corazón en la garganta. Podría haberla levantado muy fácilmente, pero en lugar de eso la empujó hacia atrás y la tumbó en la cama. Cuando sus muslos toparon contra el colchón, él se acercó a ella, inclinándola sobre las sábanas y la colcha. Entonces la levantó empujándola hacia el centro de la cama. Julia sintió el roce de los pelos del pecho de Ben contra sus senos; sus pezones cosquilleaban.
—No puedo esperar más —gimió Ben besándola en la frente—, te quiero ahora mismo, no más tarde.
—Ben... —murmuró ella mientras le acariciaba los brazos dirigiéndose hacia sus hombros, deleitándose con la textura de los duros tendones bajo sus dedos y saboreando su respiración agitada.
Apoyando todo su peso en los antebrazos, Ben le cogió la cara con las manos. Sus ojos se encontraron y ya no volvieron a apartarse, mientras suavemente le separaba las rodillas para colocarse entre ellas, tratando de penetrarla. Sus caderas se arquearon y se deslizó en su interior tan solo un poco. Ben era grande, y Julia se quedó sin aliento cuando se adentró en ella completamente, tal y como le había prometido, tal y como ella lo había soñado. Ben nunca dejó de mirarla a los ojos.
Ella le tomó por completo, levantando las rodillas e inhalando un estremecedor aliento cuando Ben se hundió hasta el final. Entonces comenzó a moverse, despacio al principio, porque ella estaba muy tensa.
—Mmm. —susurró Julia dando un suspiro—. Sí —dijo cerrando los ojos; su cuerpo empezó a moverse al compás del de Ben.
En un instante ambos se movían en sincronía, intensa y rápidamente. —Sí —gritó Julia.
Ben enterró la cara en su cuello, gritando su nombre mientras cedía a la más básica e instintiva necesidad. Empujó dentro de ella, una y otra vez. —Vamos, nena.
Y Julia le hizo caso. Cuando la levantó por las caderas, empujando su cuerpo hacia arriba para que recibiese mejor sus febriles empujones, su cuerpo explotó lleno de sensaciones. Julia pegó su pelvis contra la de él mientras se corría, con la espalda arqueada y separada de la cama, tomándole aún más profundamente. Le envolvió con las piernas y Ben dio un último empujón.
—Julia.
Su nombre le salió de la garganta mientras su cuerpo se convulsionaba en una larga y estremecedora explosión. Permanecieron abrazados jadeando y tambaleándose. No se movieron, no hablaron, y cuando finalmente se separaron, Julia se tendió de espaldas, suspendida, flotando, sintiéndose agotada y vacía. Pero más que eso, estaba conmocionada por lo que acababa de pasar. Nunca, en ninguna de las ocasiones en las que había experimentado la pasión, había sentido algo parecido a aquello. Era un sentimiento de los que te cambian la vida, como caerse y volar, como encogerse y explotar.
Cuando llegó la calma, sintió sus miembros lujuriosamente débiles y se estiró como un gato, sexy y satisfecha. Y no fue hasta entonces, cuando su mente se aclaró después de tan increíble pasión, que se preguntó qué narices acababa de hacer. Julia se mordió el labio y frunció la nariz.
—Vaya —susurró.
Afortunadamente, Ben ya se había quedado dormido.