Capítulo 19
Para bien o para mal, fuese buena o mala, Julia Boudreaux estaba de vuelta. Con determinación, se puso un vestido de leopardo que le marcaba el pecho y le caía sobre las caderas como una sensual caricia, a lo que añadió unos zapatos de tacón alto. Había acabado con intentar ser alguien que realmente no era. Si iba a fracasar, lo haría con el mismo estilo con el que siempre había vivido.
Mientras se ponía un par de pendientes de brillantes, Julia se dio cuenta de que se había pasado los dos últimos días evitando a Ben. No tenía ni idea de lo que él había hecho el día de Acción de Gracias, y se sintió un poco culpable por que o bien hubiese tenido que valerse por sí mismo, o se las hubiese tenido que arreglar con una comida en algún lugar como la cafetería de Luby. Pero había sido incapaz de soportar ambas cosas a la vez: a Ben y a las primeras vacaciones que pasaba sin su padre. Demasiadas emociones... y estaba cansada de tanta emoción.
Se estremeció. Julia Boudreaux, la mujer que siempre había sido la imagen de la fuerza y de la determinación... había tenido los sentimientos a flor de piel. Enfrente de Ben. Peor todavía, también le había contado sus secretos, y todo porque se había quedado atrapada en un funicular.
Julia se rio de sí misma al acordarse, con las mejillas quemándole por la vergüenza. Pero la vergüenza iba más allá de ese único incidente. Hacía un mes que se estaba comportando como una persona débil, y ya era hora de parar. Se alisó el vestido y respiró hondo. Sí, Julia Boudreaux había vuelto. La adrenalina le recorrió el cuerpo, como si tuviese que recuperar el tiempo perdido. Tenía que asegurarse de que todo estuviese a punto para grabar la última parte de Hombre Primitivo. Iba a dejar a Andrew con la boca abierta.
Rob y Todd estaban listos, Rocco estaba listo, su casa había quedado todo lo bien que había sido posible y ella se había puesto en contacto con la mujer a la que le iba a pedir una cita. Cuando Julia le dijo que llamaba en nombre de Rocco Russo, la mujer casi le cuelga el teléfono, pero Julia reaccionó rápidamente prometiéndole que el hombre había cambiado. No había sido fácil, pero para el final de la conversación Fiona Branch estaba lo suficientemente intrigada ante la promesa de un hombre transformado que la adoraba, como para ceder y aceptar.
El último día de la grabación, Todd la estaba esperando en la cocina cuando ella entró. Ben también estaba allí esperándola.
—Buenos días —dijo él, volviéndose desde los fogones y mirándola con una sartén en la mano.
La oscuridad de sus ojos envió un estremecimiento de deseo a través de ella. Habían tenido sexo salvaje y apasionado, tal y como ambos siempre habían sabido que ocurriría algún día. Y eso era todo lo que había sido sexo loco, salvaje y sin compromisos. Lo que hizo que se le retorciera el corazón.
De eso se trataba, cuando se encontraba en el ridículo funicular, se había dado cuenta de que se estaba enamorando de Ben Prescott. Enamorándose de verdad. Se sintió vulnerable y necesitada, y de repente sintió aprecio por todas aquellas mujeres que llamaban, desesperadas por hablar con él. Se había convertido en una de esas mujeres, o más bien le preocupaba que pudiese llegar a ser una de ellas. Y no dejaría que eso pasase.
También se negaba a que supiese más de ella de lo que ya sabía. Nunca había admitido delante de Chloe o Kate su miedo a las alturas, o su miedo a que su padre pensase que era aburrida o débil, y en unos minutos le había soltado todos sus secretos a aquel hombre, y eso le molestaba de verdad.
Ben la miró de arriba abajo alucinando con el vestido tan sexy y los zapatos de tacón. Julia supo por su expresión que pilló al instante de qué iba todo.
—Es bueno tenerte de vuelta —dijo frunciendo sus carnosos labios hacia un lado.
Y no fue hasta entonces que Julia se dio cuenta de que Todd lo estaba grabando todo.
—Todd, vamos, no gastes cinta.
—¿Qué quieres decir? Ben con un delantal y cocinando es toda una novedad. Tengo que grabar esto como prueba, si no nadie me creerá.
—Está bien, tipo listo —dijo Ben con una risa cariñosa—, apágalo.
Todd se marchó riéndose y caminando de espaldas hacia la puerta.
Ben sirvió los platos, y entonces Julia se dio cuenta de que la mesa de la cocina estaba preparada con fruta fresca, tostadas, zumo de naranja recién exprimido y beicon. Le sonaron las tripas.
—Siéntate —dijo Ben sujetando una silla.
Estaban muy cerca el uno del otro, mirándose fijamente a los ojos hasta que Julia parpadeó y dijo:
—Gracias, pero no tengo tiempo.
Su mirada decepcionada casi le hizo reconsiderar la oferta, pero no podía permitirse reconsiderar nada. Tenía que reforzar sus defensas, y antes de que pudiese cambiar de opinión, cogió el bolso y las llaves que le habían sido devueltas el día anterior, y subió a su coche.
—Vamos Todd, vayamos a encontrarnos con Rob en casa de Rocco.
Llegaron a la pequeña casa de campo de Rocco en Kern Place. Conduciendo hacia allí, Julia sintió cómo su inquietud se iba desvaneciendo. Las flores y las plantas le daban a la casa un aspecto distinto y al entrar en ella se quedó encantada al comprobar que Rocco lo había mantenido todo limpio. Además de eso, la mesa estaba puesta con porcelana y flores frescas, y de la cocina manaba el olor de algo en el fuego. Rocco había cogido los ingredientes que ella había comprado el día anterior, junto con las detalladas instrucciones y recetas, y había empezado a preparar un festín. Incluso había ido a comprar una botella de champán, que tenía enfriándose en un cubo con hielo.
Dio un suspiro de alivio al pensar que no se había equivocado con él. Rocco también quería que aquello saliera bien; tanto como ella.
—¡Hola! —saludó Julia.
Rocco levantó la cabeza de repente, como si no la hubiese oído al entrar, y parecía muy nervioso cuando la miró.
—Fiona debe de estar a punto de llegar en cualquier momento —dijo ella. —Ahá —gruñó Rocco.
—¿Qué?
—Ah, mmm, sí. —Se sacudió como si quisiese quitarse de encima al viejo cavernícola. Pero Julia no podía dejar de sentir una pizca de miedo después del alivio que acababa de sentir. Algo no andaba bien.
—¿Va todo bien? —preguntó ella. —Sí, Julia. Todo va de maravilla.
No le creyó, y su preocupación aumentó cuando sonó el timbre de la puerta. Julia dio un profundo suspiro y se retiró hacia atrás mientras Rocco la abría.
—Fiona —dijo su Hombre Primitivo.
Julia esperaba que la cámara hubiese captado la cara de sorpresa de la mujer, el brillo en sus ojos azules y la forma en que sus labios se entreabrieron con sorpresa. —¿Rocco?
El Hombre Primitivo sonrió de forma maravillosa y levantando los brazos dijo: —¡Sorpresa!
—¡Dios mío! ¡Estás increíble!
Rocco inclinó la cabeza en lo que casi fue un gesto de timidez; su pelo rubio caía hacia delante.
—¿Tú crees?
Abrió más la puerta para que su cita entrase en la casa, y fue entonces cuando Fiona se dio cuenta de que estaban grabando.
—¡Oh! —Dio un chillido al tiempo que se arreglaba inmediatamente el pelo con la mano.
Aquello tendría que eliminarse al editar la cinta. —Olvidé que habría cámaras —añadió.
—Rob, corta. —Julia dio un paso adelante—. Hola Fiona, soy Julia Boudreaux, hablamos por teléfono.
—Claro, ya me acuerdo. Hola.
—Por muy raro que te pueda parecer, si pudieses fingir que la cámara no está aquí, sería fantástico.
—Por supuesto, no lo había pensado.
—Vamos a volver a grabar desde cuando entras en la casa.
Lo hicieron, y esta vez fue perfecto. Toda la grabación salió genial a partir de ahí. Todo, desde la manera como Rocco cogió el abrigo de Fiona, hasta que el que una vez fuera un descarado maleducado le ofreciese a su cita una copa de champán. Le retiró la silla, se levantó cuando ella lo hizo, le sirvió la comida, y al final de la tarde, Fiona hasta probó un poco de mousse de chocolate que Rocco le ofreció de su cuchara. Fue un gesto dulce y simpático, y el final perfecto para mostrar el exitoso cambio que Rocco Russo había logrado: de ser un hombre primitivo a ser un príncipe encantador.
La emoción se impuso a la preocupación. Julia tenía imágenes que creía podía convertir en un programa de televisión. Volvía a ser la mujer que conocía. Quería reír y bailar por la habitación ante la idea de que, justo cuando pensaba que todo se estaba desmoronando, en realidad estaba funcionando.
Para cuando ella y su equipo hubieron recogido, listos para marcharse, Fiona sonreía como una colegiala enamorada. Julia se había preocupado sin razón.
Ya eran las seis de la tarde, y Julia, Todd y Rob estaban de pie frente a sus coches.
—Guau, eso fue guay —dijo el adolescente entusiasmado.
—Tienes buenas imágenes con las que trabajar —añadió Rob.
—Lo sé. Ahora solo nos queda editar el programa. Empezaremos mañana por la mañana y trabajaremos todo del fin de semana. —Alucinante —dijo Todd. —Cuenta conmigo —añadió Rob.
Julia quería hacer el trabajo durante el fin de semana, cuando el personal, especialmente Folly, no estuviese allí. Y como bono añadido, trabajar en la cadena le proporcionaría la oportunidad de evitar a Ben. Así que trabajó desde muy pronto el sábado por la mañana, hasta muy tarde el domingo por la noche, con Rob y Todd a su lado. Era evidente que Ben también estuvo ocupado, ya que cuando volvía a casa, siempre muy tarde, él no estaba allí. Bien, se dijo con convicción.
Acabaron muy tarde el domingo por la noche y Julia se tomó la mañana libre del día siguiente con la intención de prepararse para su vuelta a KTEX con su programa terminado. Cuando entró en la cadena el lunes por la tarde, lo hizo llevando la versión definitiva de Hombre Primitivo en su mano.
—¡Julia! —exclamó mucha gente.
Era bueno estar de vuelta. Nada parecía diferente, y si obviaba la idea de que Andrew Folly se había apoderado de su oficina, por unos dichosos segundos podía fingir que nada había cambiado y que su vida todavía era como tenía que ser.
Pero no era así.
Afortunadamente, estaba emocionada con la idea de mostrar a Kate el episodio piloto de su nuevo programa. Cuando entró en la oficina de la presentadora, Kate saltó de la silla y voló alrededor de su escritorio.
—¡Jules! —gritó abrazándola con fuerza. —¡Por fin!
—Te comportas como si no me hubieses visto en años —dijo Julia a pesar del nudo en su garganta.
—No te muestres tan distante, ya sé que solo estás actuando. Además, no es lo mismo cuando no vienes a la oficina. He echado de menos tenerte por aquí.
—Yo también te he echado de menos.
Cuando ambas se sentaron en las sillas, Kate la miró de arriba abajo.
—¿Qué ha pasado con las blusas y los pantalones de lana? Julia se alisó otro de sus vestidos preferidos.
—Supongo que se puede decir que es difícil enseñarle nuevos trucos a un perro viejo, pero esa es la menor de mis preocupaciones. —Julia sostuvo en alto la cinta de vídeo.
—¿Es tu programa? —preguntó Kate dando un grito.
—Sí, señora.
Kate le quitó la cinta, la cogió por la mano y se la llevó a la sala de proyecciones. —¡No puedo esperar a ver qué es lo que tienes!
La morena de pelo rizado puso la cinta y se sentó mientras empezaba el programa. La imagen de Julia quedó enfocada en la pantalla y casi no se reconoció a sí misma con el conjunto de jersey de cachemira y pantalones de lana que le había prestado Kate. Mirando su imagen, no podía creerse que alguna vez hubiese pensado que cambiar su forma de vestir serviría para cambiar a la persona que de verdad era. Su voz llenó la habitación.
Me llamo Julia Boudreaux, y como muchas de las mujeres que me están escuchando, estoy hasta aquí de los chicos malos. Ya sabéis de qué tipo hablo, chicas. De esos hombres que tienen la buena apariencia de una estrella de cine y los modales de un hombre de las cavernas, y que creen que gruñir es conversar. El hecho es que madres, hermanas, novias y esposas han intentado mejorar a esos tíos desde la Edad de Piedra, pero las madres, las hermanas, las novias y las esposas no pueden decir a un hombre que quieren de verdad lo que tienen de malo, o por lo menos decírselo y no tener que vivir con las consecuencias. Ese, no obstante, no es mi problema. No me importa si les gusto o no a esos tipos, así que voy a decirles lo que otras no pueden. Les contaré la pura verdad.
Así que siéntense y esperen. Voy a hacer un favor a las mujeres de todo el mundo. Voy a transformarlos... De Hombre Primitivo a Príncipe Encantador.
Kate volvió la cabeza y dijo riéndose:
—¡Julia! ¡Qué título tan genial!
—Pero ¿podrá llevarlo a cabo?
Se volvieron bruscamente en sus asientos y se encontraron con Andrew de pie en la puerta. Llevaba puesto un traje de banquero y una camisa azul con el cuello blanco. Su corbata roja era tan brillante que prácticamente parpadeaba como un semáforo.
—Andrew —dijo Kate parando la proyección—. Ya conoces a Julia, ¿no?
Hizo una mueca como si estuviese recordando algo. Julia luchó entre encogerse por la vergüenza y estremecerse de placer al acordarse del día que se habían conocido. Todavía le era difícil entender la habilidad que tenía Ben para hacerle sentir, hacer y decir.
—Sí, ya nos conocemos —respondió él con cortantes palabras—. Pero ahora es el momento de que vea en qué ha estado trabajando en estas últimas semanas.
Se acercó a ellas, le quitó el control remoto a Kate y le dio al play.
—Continuemos, ¿vale? —dijo.
Julia estaba segura del programa, pero aún así, tenía los nervios de punta. Era como si se estuviese exponiendo a sí misma, y no tenía ni idea de lo que opinarían. ¿Se había estado engañado o era tan bueno como ella creía?
Se quedó sentada perfectamente en silencio mientras pasaban lo que quedaba de los cuarenta y cinco minutos de cinta. Vieron las imágenes del barrido de El Paso que se fundieron en una introducción de Rocco. La cinta continuó mientras Julia arreglaba al Hombre Primitivo, le cortaba el pelo y le explicaba las más agradables formas de comportamiento. Andrew se echó hacia atrás cuando llegaron a la parte en la que Julia transformaba la casa de Rocco y levantó una ceja después de echar un vistazo. Julia no sabría decir si estaba impresionado o asqueado. Entonces vino la cita definitiva, con sus detalles y su comida, el puro romance del momento.
—¡Guau! —dijo Kate entusiasmada mientras pasaban los créditos. Se volvió hacia Julia y se inclinó hacia delante—. ¡Eso ha estado genial!
Ambas miraron a Andrew, que jugaba con la raya de su pantalón.
—Vamos, Andrew —dijo Kate—, ¿qué te ha parecido?
Se encogió de hombros y se sorbió la nariz.
—Creo que. no ha estado mal.
Julia se sintió como si le hubiesen dado una puñalada en el corazón.
—¿Que no ha estado mal? —reclamó Kate—. ¡Ha sido genial! La audiencia se va a quedar con la boca abierta. Admítelo.
Volvió a sorberse la nariz.
—Vale. Es bueno.
Julia no entendía qué estaba pasando. Entonces Andrew se encogió de hombros. —Está bien, lo admito. Por mucho que nunca creyese que pudieses hacer algo bueno, Hombre Primitivo funciona.
—¡Yupiii! —gritó Kate.
Dio un salto, cogió a Julia por las manos y la hizo girar.
—¡Siempre he sabido que podías hacerlo! ¡Y lo has hecho! Es televisión de la que se tiene que ver, Jules. Me muero de ganas de que Chloe y Sterling vuelvan a la ciudad. ¡Van a estar tan encantados como yo!
Todo lo que Julia podía hacer era no dejarse caer, aliviada encima de su amiga.
—Pareces agotada —dijo Kate.
—Rob, Todd y yo hemos estado editando todo el fin de semana.
—¿Todd?
—El chico que ayudó a Rob con la grabación. Algunas de las secuencias son suyas.
—¿Chico? —se interesó Kate levantando una ceja. —
Un chico de dieciséis años.
—¿Has tenido a un niño ayudándote en esto? —preguntó Andrew.
—Sí, ¿algún problema?
—En realidad, no. Es un enfoque fantástico. ¡Un chico que ayudó en el programa! Podemos llegar a la MTV, podremos grabar para ese enorme segmento demográfico de entre dieciocho y treinta y cuatro años que paga tan bien. ¡Esto es genial!
Ahora era Folly el que estaba emocionado, como si su vida hubiese cambiado de la noche a la mañana.
—Vete a casa y descansa —dijo Kate—, te lo mereces. Nosotros nos ocuparemos de todo a partir de aquí.
Ahora que la parte más dura se había terminado, Julia necesitaba un descanso. Quería irse de allí, pero la idea de irse a casa no le atraía demasiado. Era lunes por la tarde y El Bar de Bobby estaría lleno de hombres mirando el fútbol de los lunes por la noche.
Hombres que la adorarían.
Hombres que no serían Ben.
La vieja Julia salió a la superficie, se montó en el coche y se dirigió hacia el bar que había sido el favorito de las chicas para salir de marcha. Se sentía salvaje y con ganas de fiesta. Era como si haber estado tan ocupada hubiese mantenido la locura a raya. Y ahora que el trabajo estaba hecho, esta avanzaba rápidamente, como una ola, sobrepasándola.
Condujo rápido y dejó el coche en el aparcamiento. Las cabezas se volvieron en cuanto entró en el Bar de Bobby, y se dio cuenta de los murmullos de aprobación a su alrededor y de las prometedoras sonrisas. Se dirigió hacia la barra y se sentó en un taburete que un hombre enorme y fornido había desocupado para dejárselo a ella.
—Gracias —ronroneó.
Pero su corazón latía con fuerza ya que no sentía la alegría que normalmente la atención por parte de los hombres solía proporcionarle. Con determinación se dijo que simplemente tenía que esforzarse un poco más, así que cuando el robusto hombre sentado a su lado se ofreció a invitarla a una bebida, aceptó.
—Un Martini Cosmo, gracias.
Y tuvo que contenerse para no bebérselo de un trago, con la esperanza de encontrar la calma y el poder que siempre había sentido al estar rodeada de hombres.
Se estremeció preocupada de no ser capaz de encontrar el camino de vuelta para ser una chica mala. Ella siempre había sido la mujer a la que buscaban y no podían tener, a menos que ella quisiese —y aun así, solo por un rato—. Ella no creía en compromisos y no quería nada a largo plazo. Las relaciones largas nunca funcionaban. Ella lo había visto una y otra vez en su padre, y se negaba a ser como una de las muchas mujeres a las que abandonaba cuando se cansaba de ellas. Era ella la que abandonaba.
Pero aquella noche, con tantos hombres guapos e interesantes rodeándola, no podía encontrar su poder en la filosofía que había practicado durante toda su vida. Tal vez no lo estaba intentando lo suficiente.
Con la determinación de un guerrero yendo a la batalla, extendió la mano por debajo de la barra y la puso en el muslo del hombre. Vio su reacción de sorpresa, seguida rápidamente del deseo, que brilló con más intensidad en sus ojos, y cómo su pulso comenzó a latir con fuerza en su cuello; incluso cómo aumentaba el bulto en sus pantalones estrechos. Él la deseaba.
Pero lo único que Julia sintió fue pánico, pánico de que aquello no funcionase, y todo porque estaba obsesionada con otro hombre. ¡Mierda! Si fuese sincera consigo misma admitiría que era a Ben a quien quería. Ben, que era tan malo como el que más. Un hombre como su padre, que se aburriría fácilmente.
Clavó los dedos en el muslo del tío con más fuerza. Se concentró. Aquello tenía que funcionar.
En algún lugar de su cabeza sintió cómo algo cambiaba en el bar, una especie de energía crepitando a través del espacio. Intentó bloquearla y trató de centrarse en su mano agarrando el muslo de aquel extraño. Ella podía conseguirlo.
Entonces sintió cómo el hombre se ponía tenso.
—Oh, oh —tartamudeó.
—¿Qué pasa? —preguntó Julia en un ronroneo.
De pronto vio a Ben de pie detrás de ella, mirando su reflejo en el espejo.
—Julia —dijo simplemente.
—Ben. —Tragó con fuerza.
Ahí estaba, como una imponente pared de músculos, con el pelo negro y sus ojos aún más negros. Su cuerpo era elegante y suave, y tan agresivo que hizo que todos los hombres del bar diesen un paso hacia atrás. Aquel no era un hombre con el que meterse en líos. Por lo menos, una persona en su sano juicio no lo haría.
Pero de eso se trataba, no se sentía sensata. Se sentía exactamente igual de loca y peligrosa como él lo había sido desde que se habían conocido.
Siguió agarrando, aún más fuerte, el muslo del hombre, recorriéndole los rígidos tejanos con las uñas, que se había pintado la noche anterior de rosa fuerte, su color favorito.
El hombre se sentía acorralado entre el deseo y la necesidad de protegerse a sí mismo.
—Hey, uf, tío, si está contigo, yo no lo sabía —dijo levantándose con dificultad.
Al instante Ben se sentó en el taburete.
—Una caña —pidió tranquilamente como si lo tuviese todo controlado. Le pusieron una jarra fría enfrente en un tiempo récord. —Así ¿qué? —dijo—, ¿de qué iba eso?
El tono habría sonado familiar para alguien que no le conociese lo suficientemente bien, pero Julia lo conocía mejor que bien, y sabía que estaba hecho una furia. —No sé de qué estás hablando —respondió ella con rigidez.
—¿Sabes? —dijo Ben suspirando con pesar—, lo que siempre había admirado de ti era el hecho de que no tuvieras miedo de decir las cosas tal y como eran. No importaba lo dura que fuera la verdad, tú la decías. Dime, Julia, ¿qué ha pasado con esa mujer?
Odió que las palabras hubiesen dado en el clavo; una verdad que iba más allá de una ropa atrevida o de una ropa cursi, de un comportamiento abiertamente sexual o de unos modales virginales.
—Eso a ti no te interesa.
—Tal vez —concedió—, pero quiero que me interese. Julia agarró con fuerza la base de su copa.
—Claro que quieres. Ahora.
Se dio la vuelta en el taburete, bajó y se fue en busca de algún hombre que quisiese bailar con ella.
Ben observó cómo se marchaba, y al momento Julia estaba en la pista de baile, arrimándose a otro tipo que llevaba puesto un sombrero de vaquero, botas y tejanos. Ben se había dicho que un buen polvo al viejo estilo con Julia haría que se la quitase de la cabeza. La había deseado durante semanas y había intentado convencerse de que aquel deseo era puramente sexual. Pero desde hacía unos días, desde aquella increíble noche, no había podido dejar de pensar en ella.
Lo que había esperado que finalmente hiciera que se la sacase de sus pensamientos solo había servido para añadir más leña al fuego. Lo único que podía sentir después de eso era un deseo aún más intenso por aquella mujer. Y el episodio del funicular solo le había probado que la quería aún más.
Él entendía su deseo de no mostrar debilidad o necesidad, así que sabía por qué lo había estado evitando. Él también había querido evitarla, pero cuanto más intentaba sacársela de la cabeza, más se preguntaba qué estaría haciendo y dónde estaría. Hasta que llegó al Bar de Bobby para tomarse unas cuantas copas con la esperanza de ahogar sus pensamientos en la bebida, solo para encontrársela allí, tirándole los trastos a un vaquero, como probando que la antigua Julia estaba de vuelta, y con creces. Sin embargo, Ben no estaba muy seguro de a quién estaba intentándoselo probar, si a la gente o a ella misma. Y ahora parecía querer demostrarle que lo que habían compartido no había significado nada para ella. Pero Ben no se lo creía ni por un segundo. Lo que él creía era que ella no quería que significase nada.
Se bajó del taburete, dejó dinero en la barra y se dirigió hacia la pista de baile.
—Me gusta —oyó decir al vaquero con la voz llena de prometedora sensualidad.
—A mí también —murmuró Julia, bajando la mano por el pecho del tío mientras se movían juntos al compás de un suave ritmo tejano.
No fueron los celos los que movieron a Ben, fue algo más profundo, una necesidad de mantenerla a salvo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el tío.
—¿A quién le importan los nombres? —respondió Julia con una malévola risita.
Entonces Ben supo que tenía razón: Julia estaba cabreada, probablemente consigo misma, y a punto de hacer algo estúpido para demostrar alguna cosa. Y ya tenía más que suficiente. Dio unos golpecitos en el hombro al vaquero.
—Se te acabó la noche, vaquero —dijo Ben empujándole.
El hombre pareció sorprendido, y luego comenzó a gritar.
—Hey, ¿quién cojones te crees que eres?
Ben se colocó frente al tipo. Parecía que el vaquero no quería retirarse, pero el poder total de la mirada de Ben hizo que tropezase hacia atrás.
—Fue ella la que me entró, tío. ¿Qué tiene que ver contigo? —No hace mucho dijo que era mi mujer. Julia balbució atragantándose.
—¡Tú mujer! Mierda, tío, lo siento.
—El vaquero no se marchó más rápido porque no pudo.
—Eso es mentira —gritó Julia tras la retirada de su acompañante de baile, y entonces empezó a gritar mientras Ben la hacía salir del bar. —Eso es mentira —volvió a repetirle.
—¿De verdad? Podría hacer que el personal médico del hospital me respaldase.
Julia se puso roja de vergüenza. La sangre le quemaba en las mejillas.
—Ah, eso... —respondió—. Debería haber sabido que lo utilizarías contra mí; y solo estaba intentando hacerte un favor y asegurarme de que hubiese alguien allí por si te despertabas durante la noche y necesitabas algo.
Ben se dio cuenta entonces de que tuvo que haber sido algo más que eso. Ambos habían estado resistiéndose al otro mutuamente desde el mismo día en que se habían conocido, y no porque no se gustasen, sino porque sentían una atracción que ninguno de los dos quería sentir.
—Vamos —dijo Ben simplemente.
Julia estaba balbuceando indignada, cuando la levantó y la colocó en el asiento de al lado del conductor de su coche. Al sentarse se le enredó la larga y fina correa de su diminuto bolso en el cambio de marchas; entonces se inclinó hacia la puerta del pasajero con la intención de abrirla, pero Ben la detuvo y la agarró por la muñeca.
—Ni se te ocurra pensarlo.
—¿Adónde me llevas? —preguntó secuestrada en el coche.
—A casa.
—¿Qué pasa con mi coche?
—Mañana vendremos a por él.
—¿Por qué será que, cuando nos vamos de un sitio, siempre que estoy contigo mi coche se queda?
—Porque constantemente te salvo el culo y evito que te metas en problemas. Julia se quedó con la boca abierta.
—Si no te gusta la respuesta —añadió Ben—, entonces qué te parece «te lo debo». Tú me salvaste el culo y ahora es mi turno salvar el tuyo.
—Vete a jugar a ser un chico bueno con cualquier otra.
Ben se rio amenazadoramente, pero no respondió. Aceleró bajando por Mesa hasta el Valle, conduciendo con una mano y con la otra todavía sujetando a Julia. No volvió a decir una palabra. Condujo hasta que giró por el camino de entrada a la casa y frenó.
Julia se bajó del todoterreno y corrió hacia la puerta trasera, donde Ben la alcanzó cuando metía las llaves en la cerradura. La cogió y le dio la vuelta.
—No soy ningún chico bueno. Ambos sabemos que hago más mal que bien cuando se trata de ti. Y en cuanto a salvar a otra persona, y como te dije antes, solo te quiero a ti. —Ben le cogió la muñeca y la obligó a mirarlo a los ojos—. Es solo que no me había dado cuenta de que quería algo más de ti que sexo.
—¿Qué?
—Créeme, no soy mucho más feliz que tú con todo esto. Mi vida está lo suficientemente jodida sin necesidad de enamorarme de una mujer que no tiene ni idea de lo que realmente quiere.
Julia volvió la cabeza rápidamente y entrecerrando los ojos le contestó:
—Yo sé lo que quiero: quiero que me dejes en paz.
Luchó con la cerradura. Ben le quitó las llaves y abrió la puerta. Julia entró pasándolo de largo y soltando su propia retahíla de palabrotas y maldiciones. Ben observó cómo dejaba su bolso por ahí y desaparecía. Se quedó indeciso durante un momento, pero solo unos segundos. Cerró la puerta y la siguió. La pilló en la puerta de su habitación.
—Julia —dijo sin tocarla.
—¿Y ahora qué?
Las palabras estaban llenas de sarcasmo, pero Ben sabía que no eran sinceras. —Cuéntame qué pasó en el funicular. ¿Por qué sigues poniendo tanto empeño en cambiar?
—No voy a hablar de eso, ¿vale? Ya te he contado más que suficiente.
—No me has contado lo suficiente —insistió Ben—. ¿Por qué quieres cortar los vínculos con la persona que siempre has sido?
Julia se quedó helada, y apretó los dientes. Al principio pensó que no contestaría, y entonces lo miró. Se sentía frustrada cuando por fin habló.
—¿Quieres saberlo? Está bien. Es porque me siento atada a la persona que era. Atada a una personalidad que no sabía si había creado porque esa es quien soy yo, o porque esa es quien pensé que llamaría la atención de mi padre. He estado intentando cambiar, hacer las cosas de manera distinta, porque quería descubrir cuál era mi potencial como persona.
Ben quería tocarla, abrazarla, estar ahí para ella. La idea era tan ajena como podía serlo el reconocimiento de la verdad.
Incapaz de aguantarse por más tiempo, alargó la mano y le acarició la mejilla con los dedos. Pudo sentir un cambio en ella. La pelea estalló, pero esta vez fue otro tipo de lucha. Cuando la atrajo hacia sí, ella se retiró un poco, pero permaneció rígida contra él con todos los músculos en tensión y los puños cerrados a los lados.
—Tienes más potencial en tu dedo meñique que la mayoría de la gente tiene en el cuerpo entero. Puedes ser quien tú quieras ser, pero no necesitas ser nadie más que tú misma. —Se rio al tiempo que le acariciaba el pelo—. Eres fantástica tal y como eres.
Pudo sentir que se ponía todavía más tensa, y entonces, de repente, ella gritó. En el momento en que el sonido salió de su garganta, se pegó a él y se abrazó como si tuviese miedo a soltarse.
—¿Qué me está pasando? —susurró contra su pecho con la voz rota, agarrándole la camisa con las manos por debajo de su chaqueta—. ¿Por qué me siento tan en el aire?
—Porque estás empezando una vida nueva y nadie dijo nunca que fuese fácil.
—Lo sé. No dejo de decírmelo. Y no dejo de decirme que debo mantener el rumbo y que las cosas serán cada vez más fáciles. ¡Pero no lo están siendo! ¡Como contigo! No dejo de decirme que eres todo lo que no quiero, pero lo único que puedo hacer es pensar en ti —dijo finalmente, con voz quebrada.
El cambio le pilló desprevenido.
—Desde la primera vez que te vi —dijo Julia—, quise mandar a paseo todas las normas que me había impuesto en lo que se refiere a los hombres, ¡con solo una mirada tuya! Rápidamente, se desprendió de él y comenzó a pasearse de un lado a otro. —Julia.
—¿Puedes creértelo? Yo, enamorándome de un hombre de las cavernas a primera vista. Y quiero decir enamorándome de verdad, no solo queriendo tener sexo, no tan solo queriendo tontear. Cuando te vi, fue distinto. No podía creerlo, así que me lo he estado negando cada día desde entonces. Y me está volviendo loca.
—Para —dijo. La palabra le salió del fondo del alma—. Ven aquí.
Ella dejó de caminar y lo miró con cautela.
—Por favor —añadió Ben.
—¿Para qué? —preguntó vacilante.
—Ven aquí —repitió Ben suavemente. Un mundo de emociones lo abrasaban por dentro.
—¿Qué pasa? —preguntó recelosa.
—Que no estás entre mis brazos.
Julia se quedó boquiabierta, pero él no le dio ninguna oportunidad de decir nada más. Dio los pasos que los separaban y la estrujó contra su pecho.
—Julia —susurró, besándola una y otra vez. Las mejillas, las sienes, la barbilla, la oreja, hasta que finalmente su boca se inclinó sobre la de ella. El gemido se filtró y se deslizó desde lo más hondo de Julia. Cuando se pegó a él, sintió su erección contra su abdomen, y se volvió loca de deseo por él. Ben la tocó por todas partes, como si necesitase comprobar que de verdad estaba allí.
—Julia —repetía entrecortadamente con cada beso y con cada caricia.
La besó lentamente, profundamente, gimiendo contra ella mientras sus manos bajaban por los lados, cogiéndole las nalgas y apretándola contra sí. Julia dejó escapar un suspiro, y aquello fue lo único que hizo falta para que la cogiese en sus brazos.
—Ben, no.
Él paró y la miró. No haría nada que ella no quisiera.
—No puedo permitirme volver a hacer el amor contigo si no es algo más que solo sexo.
—Esto es algo más que solo sexo, Julia.
—¿Estás seguro?
—De la única cosa de la que estoy seguro en este mundo es de que te amo. Julia no acababa de creérselo.
—No digas eso.
—Es verdad. Eres la mujer más bonita que he conocido nunca.
Julia intentó escaparse, y Ben pudo ver una mezcla de furia y lágrimas en su mirada.
—Pero. —añadió, obligándola a mantenerse quieta— nunca ha sido tu belleza lo que me ha atraído de ti.
Julia lo miró sin acabar de creérselo.
—A decir verdad, tu belleza me mantenía alejado. —Sus dedos le acariciaban la oreja —. No necesitaba a ninguna mujer mimada y bonita que creyese que el mundo debía girar a su alrededor. Yo no quería eso. —Le acarició la barbilla con los nudillos—. Pero ahora me doy cuenta de que no eres interesante por tu belleza, cosa que no entendía al principio.
Julia se mordió el labio.
—Una vez que me di cuenta de que yo no te importaba, de que de verdad no te
importaba, pensé que lo único que querías era divertirte, sin responsabilidades. —Le pasó el dedo índice por los labios—. Pero también estaba equivocado acerca de eso.
—¿Lo estabas? —preguntó temblando.
—Sí. Lo único que quieres es a alguien que te vea tal y como eres de verdad, con lo bueno y con lo malo, y aun así te ame. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—Por fin me he dado cuenta de que lo exageras todo, a tu propia manera, haciendo que lo que tenga que ver contigo sea más grande que la vida misma; así nadie puede perderse tu forma de ser.
—Defectos.
—No son defectos. Son todas las pequeñas cosas que componen una maravillosa, generosa y complicada Julia Boudreaux.
—No me importa lo que la gente piense de mí.
—Claro que te importa —continuó Ben con mucha paciencia—. Te importa mucho más de lo que nadie sabe, incluyendo a tus amigas. Me di cuenta en los días que siguieron al accidente del funicular.
—Mis amigas me conocen muy bien.
—Estoy de acuerdo, pero nunca dejas que vean que no siempre eres una persona fuerte. La mayoría del tiempo eres fuerte, vale. Demonios, si te pasas la mayoría del tiempo cuidando de otras personas, y nunca dejas que los demás cuiden de ti.
—No me gusta ser débil.
—No, tu padre no quería que fueses débil.
Julia cerró los ojos con fuerza.
—Todo el mundo necesita de alguien alguna vez, y eso está bien.
—No.
—Sí. —Ben se inclinó y volvió a besarla, cogiéndola en brazos y llevándola hasta la cama.