Capítulo 2

Una chica lista sabe que hay hombres de los que es mejor mantenerse a distancia. Ben Prescott era uno de ellos.

Julia le había conocido hacía un mes. Era el nuevo cuñado de Chloe, y esta no mentía al decir que Julia y Ben no se habían llevado bien desde el mismo día en que se habían conocido. Lo que hacía que Julia se preguntase por qué, sabiéndolo, había invitado al chico malo y estirado, de hablar meloso y caderas estrechas a quedarse con ella.

Mientras intentaba trabajar en el estudio de su padre, Julia apenas se dio cuenta de que el timbre de la puerta estaba sonando. No se le pasó por la cabeza levantarse y contestar. Cuando sonó por segunda vez gritó: «Zelda, cariño, ¿puedes abrir la puerta?», pero en el instante en que las palabras salieron de su boca, se acordó. Tres días atrás había tenido que despedir a la última persona al servicio de los Boudreaux. Peor aún, había tenido que decir adiós a la persona que más tiempo había estado con ellos, la que había permanecido más auténtica, la que había sido completamente fiel, aceptando un recorte tras otro de su paga. Nadie habría creído lo mucho que el ama de llaves había significado para ella. Pero debido a la política de puerta giratoria de Philippe Boudreaux en lo que se refería a las mujeres, novias y citas desde que la madre de Julia había muerto dos décadas atrás, Zelda había sido como una dulce, maravillosa y constante tía abuela.

Pero ahora Zelda se había marchado, otro de los muchos cambios que habían sucedido en la vida de Julia desde la muerte de su padre.

Se negaba a pensar acerca del número de familiares que tenía —ninguno—, o en el hecho de que la pseudofamilia que formaban Kate y Chloe se estaba casando más rápido de lo que ella era capaz de comprarles regalos de boda. Se levantó del amplio escritorio en cuya parte inferior, que era profunda y oscura, solía hacerse un ovillo cuando era pequeña, y dormida esperaba a que su padre llegara a casa.

Recuerdos, de los que te invadían el alma y hacían que se te partiera el corazón y se te saltaran las lágrimas. Echaba de menos a su padre cada día de su vida, pero, tal y como había dicho acerca de Ben Prescott, ella tampoco era una frágil florecilla, y no estaba dispuesta a que ese contratiempo detuviese su vida y mucho menos que la arruinase.

Respirando hondo, se tragó rápidamente las lágrimas. Le consoló pensar que después de vender KTEX TV, la casa en las montañas, la colección de coches antiguos de su padre, todos sus bonos y acciones, así como la mayoría de sus joyas, había podido pagar la deuda de su padre y que le quedase lo suficiente como para pagar uno, quizá dos meses de facturas. Por mucho que odiase la idea, tendría que vender la casa, pero todos los agentes inmobiliarios con los que había hablado le habían dicho que poner la casa en venta justo antes de las vacaciones denotaba claramente desesperación, y desesperación significaba precios más bajos. Si conseguía aplazarlo durante unos meses, hasta la primavera, tendría garantizado un precio mejor. Así que esperaría, lo que significaba que tenía que encontrar alguna forma de ganarse la vida, y eso quería decir que necesitaba demostrar que podía crear y producir contenidos

para KTEX.

Se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta principal. Llevaba puesta su camisa cruzada blanca favorita y unos tejanos con estampado de leopardo de color verde clarito. Sus tacones eran altos y llevaba las uñas de los pies pintadas de rosa fuerte. Un recuerdo de su vieja vida de niña rica mimada. Ya nunca más podría comprarse pantalones de quinientos dólares. Ladeó la cabeza y esperó unos segundos a que la idea calara en ella. «No —se dijo a sí misma—, todavía no me importa demasiado.» Lo que era extraño ya que había creído que echaría de menos el dinero y a la Señorita Dueña de una cadena de televisión. Echaba de menos su vieja vida, pero en realidad lo único que echaba de menos era a su padre.

Se había dejado el pelo suelto, largo y negro, cayendo liso hasta el final de la espalda. Tendría que cortárselo algún día; no podía llevar el pelo largo para siempre. Pero a los veintisiete años todavía no estaba preparada para cortar con su juventud.

El timbre sonó por tercera vez justo cuando estaba abriendo la puerta. Chloe y Sterling estaban esperando en los escalones delanteros. La mandíbula de Sterling temblaba de impaciencia, y Chloe dejó de hurgar en su bolso en busca de la llave. Pero fue Ben, como siempre, en el que Julia concentró toda su atención. Estaba apoyado contra el muro de ladrillo rojo que bordeaba los tres escalones que llevaban a la puerta principal, como si no tuviese ninguna preocupación en este mundo. También parecía casi tan feliz como ella misma por el rumbo que habían tomado los acontecimientos.

Ben le dio un repaso a sus pantalones, levantando una de sus cejas oscuras, con la mirada ardiente. Por mucho que no le gustase a ese hombre, parecía que a él no le importaría rasgarle los tejanos de leopardo Escada y follársela allí mismo. Un hormigueo de sensaciones le recorrió el cuerpo al pensarlo. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se había acostado con alguien.

—Ya pensaba que te habías olvidado de que veníamos —dijo Chloe forzando una sonrisa.

—Claro que no, cielo. Simplemente he olvidado que ya no tengo a nadie que conteste a la puerta —respondió con su candor habitual.

Sterling parecía un poco incómodo en aquella situación, ya que había sido él quien le había comprado la cadena de televisión. Julia sabía que le había dado más que un precio justo por KTEX, y encima le había ofrecido un trabajo. Tal vez fuese un agresivo asaltante corporativo, pero cuando se trataba de Chloe, se convertía en un caballero de brillante armadura. Ahora Julia solo necesitaba probar a todo el mundo que se merecía lo que le había sido ofrecido, un trabajo.

—Entrad —dijo echándose a un lado.

Sterling se agachó para coger una gruesa bolsa de lona.

—Yo puedo hacer eso, Sterling —se quejó Ben entre dientes.

—¡Maldita sea, Ben! El doctor ha dicho que no debes levantar peso. A menos que quieras acabar de vuelta en el hospital, claro. Eso le cerró la boca al gruñón.

Sterling y Chloe se dirigieron hacia el interior de la casa. Ben se apartó del muro y comenzó a seguirlos.

—Estoy contenta de que estés aquí —le dijo Julia, intentando sentirlo.

Ahí estaba esa ceja negra, otra vez levantada, y lo que hacía que el gesto pareciera aún más siniestro era la fina cicatriz que la partía por la mitad. Más de una vez desde que le había conocido se había preguntado cómo era posible que no hubiese perdido el ojo.

Le sonrió como toda una reina de la belleza mientras él pasaba por su lado caminando con dificultad, lo que le hizo preguntarse a qué altura del muslo habría sido herido. Allí se quedó, perdida en pensamientos de muslos, más que en heridas, mirando sin moverse hacia el jardín de enfrente. Le oyó gruñir al entrar, mostrando al verdadero, basto y maleducado pagano que era. Se apostaba algo a que era fantástico en la cama.

¡Mierda!

Tratando de quitarse esa imagen de la cabeza, comenzó a darse la vuelta cuando un camión del servicio público aparcado al otro lado de la calle llamó su atención. Por un momento creyó que el conductor sostenía una cámara en la mano.

—Sí, puedo imaginarme lo feliz que estás de verme —respondió Ben.

Su voz sonó tan cerca que Julia se volvió en redondo. Estaba justo detrás de ella.

—¡Ah! —chilló.

Ella, Julia Boudreaux, tormento de todos los deliciosos chicos malos, chillando. No podía creérselo. No podía creer que Ben Prescott pudiese convertirla en alguien que no era: en una colegiala gritona. Y ella no lo era, se dijo con firmeza. Se comía a hombres como él para desayunar, y luego los escupía para la cena. Pero lo que de verdad le inquietaba era su aspecto, ahora que lo tenía tan cerca. Bajo un exterior de hielo, había un hombre que estaba intentando con todas sus fuerzas actuar como si no estuviese herido. Su corazón se aceleró debido a la preocupación, algo a lo que no estaba acostumbrada. Si de verdad no se encontraba bien, tal vez se había precipitado al ofrecerle un lugar en el que quedarse. No tenía ni idea de cómo cuidar de nadie, y mucho menos de un hombre al que le habían disparado.

Sin embargo las peores noticias eran otras, se trataba de algo que había observado. Se trataba de su olor, tan sexy. Y ella debía saberlo, pues era una experta en hombres sexys. Pero esta vez se trataba de un espécimen del que su radar interno le avisaba en contra. Bajar la guardia ante este hombre acarrearía tormentas oscuras y aguas turbulentas. Se las estaba arreglando con la muerte repentina de su padre y con su vida patas arriba, por lo que lo último que necesitaba en aquellos momentos eran más problemas.

—¿Te pongo nerviosa, bizcochito? —preguntó.

«Bizcochito», repitió en silencio con una incrédula sacudida de cabeza.

Ben torció la comisura de su boca en una mueca de diversión.

—¿Nerviosa? ¿Yo? —preguntó inocentemente, mordiéndose el labio y pestañeando con coquetería—. De ningún modo, aunque me pregunto si yo te pongo nervioso a ti... tocinillo de cielo.

Eso borró la sonrisa de su atractiva cara.

Ahí estaba, ya se sentía mucho mejor ahora que había recuperado la ventaja. —¿Entramos? —preguntó.

No esperó ninguna respuesta. Echó un último vistazo al otro lado de la calle y encontró al conductor fuera del camión trabajando con sus herramientas y cables, lo que la tranquilizó, ya que no se trataba de nada raro al fin y al cabo. Adelantó rápidamente a Ben, sonriendo como una reina ante su corte, o al menos lo intentó. Ben la cogió del brazo, haciendo una mueca cuando ella le dio una sacudida, aunque rápidamente recobró su dura e implacable máscara. Dios libre a este troglodita de mostrar el más mínimo dolor.

—Solo para que nos entendamos tú y yo —comenzó Ben—, no tengo el menor interés en quedarme contigo, pero no voy a ser yo el responsable de que Sterling y Chloe cancelen su luna de miel.

—¡Oh, dios! —dijo haciendo pucheros encantadores—, me partes el corazón. Yo que pensaba que te rasgarías esa chaqueta de piel y que debajo llevarías un esmoquin, que luego sacarías rápidamente un ramo de rosas silvestres rosadas y entonces me pedirías que me casase contigo. —Y dando una patada dijo—: ¡Vaya!

—Divertido.

—¿Tú crees?

Por razones que ella no podía ni imaginar, de repente los ojos de él chispearon divertidos.

—Lo que creo es que eres la única mujer que conozco que preferiría recibir rosas silvestres rosadas a las corrientes de color rojo.

—Soy cualquier cosa menos corriente, tocinillo, ya deberías saberlo.

Se echó el pelo hacia atrás por encima del hombro, se inclinó hacia él y susurró:

—Si no quieres jugar a maridos y mujeres, tal vez prefieras jugar a médicos y

enfermeras. ¿Te acuerdas de ese pequeño juego que jugamos hace unas semanas? Si quieres, puedo volver a examinarte.

Ella esperaba que parase por fin con las bromitas, tal vez incluso que se ruborizase, pero, en lugar de eso, echó la cabeza hacia atrás riéndose. El sonido era profundo, rico y contagioso, y tal vez ella también se habría reído con él si no hubiese sido tan consciente de que era el único hombre que conocía que nunca hacía lo que ella deseaba.

Tragándose su enfado, se dirigió hacia el imponente salón donde Sterling y Chloe estaban esperando, justo detrás de la vidriera de colores.

—¿Dónde pongo esto? —preguntó Sterling sosteniendo la bolsa de Ben.

—La habitación de invitados está lista. Es la que se encuentra al final del pasillo, con la puerta abierta. Gracias.

Sterling se colocó la bolsa en el hombro como si no pesase más que una pluma y se dirigió hacia el ala oeste de la casa.

Julia se volvió hacia Chloe.

—Estoy muy emocionada con tu viaje. No puedo esperar a que vuelvas para que me cuentes todos los detalles.

—Os llamaré mientras esté fuera.

—¡Nada de llamadas! Solo tienes que preocuparte de vosotros dos. Ben y yo estaremos bien.

—Sí, no te preocupes por nosotros —dijo Ben, siendo amable con su nueva cuñada—, tú y Sterling necesitáis pasar un tiempo a solas. —No estoy preocupada por vosotros. Julia y Ben resoplaron al unísono.

—. es por el nuevo director de la cadena de quien estoy un poco preocupada. —¿Qué tiene de malo? —quiso saber Julia enseguida.

—Nada, estoy segura. Sterling lo conoce y tiene muy buena opinión de él. Pero, bueno, KTEX ha sido mi bebé durante tanto tiempo.

—. que es difícil dejarlo —dijo Julia acabando la frase—. No te preocupes, ambas amamos KTEX, y entre Kate y yo le tendremos vigilado. Tú solo tienes que preocuparte de hacer bebés.

—¡Julia! —Chloe se puso roja.

—¡Por dios, no te hagas la mojigata conmigo! Señorita «será-mejor-que-seduzca-a-Sterling-o-perderá-interés-en-mí».

La cara de Chloe se puso aún más roja de vergüenza. Ben se moría de la risa.

—He escuchado algunas malas excusas a lo largo de mi vida, pero esta se lleva la palma —dijo Julia riendo—. Primero Kate haciéndose la sexy con nosotras, y ahora tú. Gracias a dios que yo no tengo que hacerme pasar por alguien que no soy. Yo ya soy sexy, cariño.

—¡Julia!

Ben volvió a reírse, y Julia sonrió guiñando un ojo. Sterling regresó al salón.

—Julia, te agradezco mucho que estés haciendo esto. Estoy seguro de que mi hermano no dará ningún problema.

—¡Estoy aquí! —se quejó Ben desde donde estaba, apoyado en la pared.

Estaba muy inclinado, observó Julia, y con esa pinta de chico malo era el vivo retrato de James Dean.

—Ya sé que estás ahí, y sé que serás un perfecto caballero.

Esta vez era la fuerte mandíbula de Ben la que estaba temblando, aunque era todo sonrisas cuando habló:

—¿Yo, causarle problemas a la adorable Julia?

—Tal vez no deberíamos. —dijo Sterling soltando un suspiro.

Julia dio un salto hacia Ben y colgándose de uno de sus brazos dijo con exagerado entusiasmo:

—¡Míranos! —Ben se las arregló para hacer una mueca de aprobación—. ¡Qué complicidad! ¡Súper felices! —Julia miró a Ben como si hubiese acabado de encontrar el Santo Grial.

—Está bien, está bien —murmuró el mayor de los Prescott—. ¡Nos vamos!, pero espero que cumplas tu promesa, Ben.

El menor de los Prescott frunció el ceño.

—Has de quedarte aquí solo hasta final de mes —insistió Sterling—; tu apartamento no estará listo hasta principios del mes que viene, y así no tendré que preocuparme por ti.

—Hace mucho tiempo que dejé de ser tu hermano pequeño —dijo Ben apretando la mandíbula.

—¡Claro que lo eres!, siempre serás mi hermano pequeño. Considera esto como un regalo de bodas para Chloe y para mí —respondió Sterling con una sonrisa. —Ya os he regalado una vajilla —refunfuñó Ben.

—Preferiría tener tu palabra de que te quedarás aquí hasta que volvamos —contestó Sterling con una amplia sonrisa. —¡Joder!

Sterling se adelantó para chocarle la mano a Ben, tomándose su respuesta como un sí. «Gracias», le escuchó Julia decir bajito.

—¿Estás segura de todo esto? —susurró Chloe al darle una abrazo.

—¡Por supuesto! No te preocupes por nada. Ben y yo estaremos bien, de hecho, estaremos genial, mejor que bien. —O al menos eso esperaba ella.

—Te quiero mucho —le dijo Chloe, poniendo los ojos en blanco y dándole un fuerte abrazo.

—Yo también te quiero. Y ahora sal de aquí y ve a tomarte una de esas bebidas con sombrillita.

La puerta se cerró dejando tras de sí un silencio abrumador. Ben y Julia se quedaron mirando al salón, de repente tan vacío. —Bien —dijo Julia.

—Sí —añadió Ben, e inclinando la cabeza—, creo que iré a. deshacer la bolsa. La verdad es que no parecía el tipo de hombre de «los que se van a su habitación a deshacer las maletas», pero cuanto menos tiempo pasasen el uno con el otro, mejor. —Genial, yo iré a la cocina a. hacer algo.

Dio media vuelta y se fue, sintiendo los ojos de Ben en su espalda dándole un buen repaso, pero ella no iba a dejarse intimidar, así que continuó caminando con el provocativo balanceo de una conejita de Playboy, segura de que estaba poniendo su masculinidad a prueba. Pero después de tanto esfuerzo, lo único que consiguió fue una sonora carcajada que siguió retumbando en sus oídos incluso tras desaparecer en el ala este de la casa.

Decidida a concentrarse en su trabajo, se sirvió una Coca-Cola y regresó a su nueva oficina. Su objetivo era tener ya desarrollado algún tipo de programa de televisión para cuando Chloe y Sterling regresasen en un mes. Estaba muy orgullosa de la forma en que había llevado la venta de KTEX y pagado las deudas de su padre; había hecho eso y lo había hecho bien, así que seguramente también podría crear un programa de televisión. Un escalofrío de preocupación le recorrió la espalda. ¿Qué tipo de nuevo, refrescante e interesante programa podría ocurrírsele? Parecía que ya se había hecho de todo hasta la saciedad. Cuanto más trataba de pensar en algo nuevo, refrescante y diferente, más se bloqueaba su cerebro. Para cuando terminó la bebida, no había ido más allá de garabatear un montón de dibujitos en su libreta. Estaba aburrida y ansiosa, y se moría de ganas por salir de allí. Pensó en un millón de cosas que debían hacerse en la casa, incluso pensó en poner una lavadora. ¡Pero las excusas no llevaban a ninguna parte!

Aunque seguramente podía ver cómo se encontraba Ben. ¡Claro que sí! ¿Qué tipo de anfitriona era si no comprobaba cómo estaba su invitado? Y además, un invitado herido.

Salió a toda prisa del estudio con las paredes llenas de libros y delicadas alfombras y se dirigió hacia el ala oeste de la casa, dejando atrás el salón, el comedor, la cocina, el lavadero y el garaje de tres plazas, hasta llegar a la entrada de mármol y cristal de techos altos. Una vidriera de colores separaba la entrada principal de la habitación más grande de la casa, que la mayoría de las veces hacía la función de otro salón. Pero los muebles podían moverse y las alfombras enrollarse dejando ver un reluciente suelo de madera, y de repente se convertía en una sala de baile.

La casa tenía forma de U. El vestíbulo y la sala de baile formaban la base, y al otro lado de la entrada había un largo salón que llevaba a las habitaciones de la parte trasera y a un estudio informal.

Recorriendo el alfombrado pasillo, llegó hasta la habitación de invitados que había preparado para Ben; sin embargo, Sterling había decidido colocar a su hermano en la habitación que conectaba con la suya. La idea había pretendido ser algo así como una suite — dos habitaciones conectadas compartiendo baño—. Definitivamente no era el lugar donde ella quería tener a Ben Prescott, pero era obvio que Sterling quería que estuviese cerca de su paciente.

Se conmovió ante la idea de que dos hermanos pudiesen tener una relación tan estrecha, y la idea aún revoloteaba por su cabeza cuando se paró frente a la habitación de su invitado. Pudo ver a Ben de pie junto a su cama, quitándose la chaqueta y la camisa con voluntad de hierro. Se le cortó el aliento al ver su torso desnudo.

Era hermoso, parecía una estatua esculpida con precisión, de suave y bronceada piel sobre los músculos. Sus hombros eran anchos y su cintura estrecha, bien formada y lisa como una tabla. Estaba increíble, incluso después de haber pasado una semana en el hospital.

Ben se agachó lentamente y con mucho cuidado para sentarse en el borde de la cama mientras intentaba quitarse los pantalones. Pero al ver un gesto de dolor en su rostro, Julia salió de su ensueño, y se impuso un sentimiento de culpa por encima de su conciencia sexual. Sin decir una palabra ni llamar a la puerta, la abrió como una gran dama saliendo al escenario.

—¿Por qué no me has dicho que necesitabas ayuda?

Ben levantó la cabeza y la sacudió de lado a lado.

—Porque no la necesito —soltó. La poca amabilidad que había mostrado hacia un rato había desaparecido por completo—. ¡Lárgate de aquí!

—Ese tono tal vez podrá amedrentar a los blandos y débiles, pero pareces olvidar con quién estás hablando.

Ben se quejó y dejó caer la cabeza, algo que ella ya había visto hacer a su hermano una o dos veces, cuando Chloe hacía algo especialmente irritante.

—Así es, soy Julia Boudreaux, una mujer acostumbrada a conseguir lo que se propone —dijo echando las manos hacia la hebilla de su cinturón.

Ben le agarró la mano con fuerza, aunque con sorprendente suavidad, considerando que él no quería que ella lo tocase.

—Se te da bien esto, verdad, ¿bizcochito?

Si pretendía avergonzarla, se había equivocado de chica.

—De hecho, se me da. Y voy a abstenerme de llamarte tocinillo otra vez, porque incluso me da cosa llamarte así. Y ahora, saca tus manos de ahí, no tienes nada que no haya visto antes.

Aunque aquello no era del todo cierto, ya que había sentido una excepcional. barra de hierro... en sus 501 el día que había hecho todo lo posible para escandalizarle cuando había pretendido estar jugando a los médicos. Pero no iba a confesar algo así. Podía imaginarse cómo se pavonearía él con arrogancia si lo hacía.

Sus ojos se entrecerraron y casi podría asegurar que Ben lanzó un gruñido.

—Puedo hacerlo yo solo —repitió.

—Empecemos por las botas —dijo ella ignorándole—. Dejemos lo del cinturón para más tarde.

De pronto y como sí ya no tuviese la energía suficiente para seguir discutiendo, se dejó caer sobre el colchón, con las botas todavía en el suelo. Julia le cogió primero una, estiró, resopló y finalmente se dio la vuelta y se montó sobre su pierna para poder quitársela.

—¡Por fin! —gritó tambaleándose hacia delante en sus tacones de aguja cuando consiguió quitársela.

Habría asegurado que Ben estaba sudando cuando finalmente tuvo ambas botas alineadas contra la pared. Mmm, otro mal signo. Realmente, cuidar de otra persona no figuraba entre una de sus habilidades.

—Déjame quitarte los tejanos.

—Puedo hacer el resto.

—¿Estás loco?

—Dormiré con los pantalones puestos —murmuró.

—¿No es encantador? Nuestro guapetón chico malo es tímido —dijo Julia dando un paso hacia atrás y sonriendo.

—¡Voy a enseñarte quién es tímido!

Todo ocurrió tan rápido que Julia casi no tuvo tiempo de darse cuenta de lo que Ben estaba haciendo, y para cuando lo hizo se encontró tumbada sobre su espalda con él encima. Casi no percibió su gesto de dolor, pendiente como estaba de la presión que ejercía sobre ella.

—¡Oh! —consiguió decir a pesar de los rápidos latidos de su corazón. No sabría por dónde empezar a explicar lo que aquel hombre hacía con ella. Su cuerpo tenía una infalible habilidad para descolocarla.

Él, por otra parte, era una historia completamente diferente, pero en ese instante no estaba pensando precisamente en personalidades. Sintió la fuerte presión sobre su muslo y el deseo le recorrió todo el cuerpo, argumento más que convincente para saber que había veces en que las personalidades podían o debían ser ignoradas. Simplemente había que fijarse en Ben Prescott, apostaría la casa a que podría hacerla ronronear como un garito. Y pensó que tal vez no fuese tan mala idea probar un poquito de lo que él tenía que ofrecer.

«¡Por supuesto que no!», se dijo apretando los dientes.

Ella cortó el deseo de repente, de la misma forma que habría cortado sus tarjetas de crédito. Se suponía que tenía que ayudarle, ofreciéndole un sitio en el que quedarse hasta que su hermano volviese, y no seduciéndolo para luego, inevitablemente, romperle el corazón. Y eso es lo que pasaría si cedía a la muy tentadora promesa de orgasmo que se podía advertir en sus ojos. Porque eso es lo que ella siempre hacía —romper el corazón a los hombres—, y Chloe la mataría si le tocaba un pelo a este, así que lo dejaría en paz.

—Está bien —dijo tratando de ignorar el cuerpo de Ben presionando de forma seductora contra el suyo—. Tú ganas. Has probado que eres todo un hombre, pero ahora deja que me levante para que pueda quitarte los pantalones.

—Promesas, promesas —murmuró Ben.

Pero se balanceó hacia atrás y no pudo evitar dar un gemido. Parecía como si le hubiese abandonado la poca energía que le quedaba. En pocos segundos Julia se puso de pie y le bajó los usados Levi's 501 hasta los tobillos. La erección que había presionado contra ella hacía unos segundos había desaparecido, aunque todavía era impresionante. Pero eso no fue lo que le llamó la atención. Tenía un enorme vendaje bajo sus bóxers de punto, y por lo que parecía, casi le habían disparado en la ingle. —¡Dios mío! —suspiró.

Ben resopló pero no dijo ni una palabra. Se las arregló para meterse en la cama con la cara tensa y moviendo los músculos con esfuerzo, hasta que finalmente se dejó caer. Se quedó dormido profundamente tan pronto como su cabeza tocó la almohada de plumas. Julia no podía creérselo, ¡estaba dormido de verdad! Y guapísimo, y herido.

—Eso tiene que doler —susurró—. ¿Por qué no me lo habías dicho?

Esperó un segundo, pero no obtuvo respuesta.

Con mucho cuidado, lo arropó hasta los hombros con las sábanas bordadas y las mantas de franela. Se dijo que tenía que irse de la habitación y dejarlo en paz. Y lo haría, de verdad, tan pronto como le apartase el mechón de pelo castaño oscuro que le caía sobre la frente.

De vuelta en su estudio, Julia se sentó cruzando las piernas y comenzó a darse golpecitos con un lápiz en la mejilla. Decidió que daría una tregua a Ben y se comportaría como la perfecta anfitriona. Se acabó el pensar en cuerpos duros como el acero y en cadenas de orgasmos. Tal vez incluso podrían llegar a ser amigos cuando se marchase de la casa.

«¡Amigos!», dijo en voz alta. «¡Amiga de un hombre!», añadió sorprendiéndose ante la novedad de la idea.

Pero le gustaba cómo sonaba, podría ser su amiga. Podrían coexistir en aquel espacio sin pensar en el sexo, ni en camas, ni en citas. ni en ninguna de esas complicaciones que no tenía ninguna intención de tener con aquel hombre. Y lo que hacía aquella posibilidad más apetecible aún, era que, cuando Chloe volviese de Nevis, estaría encantada de que Julia hubiese sido tan dulce y de que se llevase bien con su nuevo cuñado. Era lo mínimo que podía hacer por su mejor amiga.

Volvió a concentrarse en la pantalla del ordenador, sintiéndose bien y segura respecto a su nuevo plan, cuando oyó el teléfono.

—¿Diga?

—¿Está Ben ahí?

Se trataba de la voz de una mujer que sonaba patéticamente esperanzada, sin mencionar el hecho de cómo había conseguido saber que Ben se encontraba allí. —Ahora mismo está durmiendo. ¿Quieres que le de algún recado? —¡Oh! —Podía palparse su decepción.

—No, está bien, ya volveré a llamar. ¿Sabes cuándo se despertará, para poder hablar con él?

—¿Se trata de una emergencia? ¿Puedo ayudarte en algo?

—¿Emergencia? No —suspiró la mujer—, solo quería ver a Ben. Todo el mundo habla de que le han disparado, y uno de sus amigos me dijo que estaba contigo. ¿Crees que estaría bien que me pasase por ahí a verle?

Parecía como si le faltase la respiración. ¿De verdad había mujeres así de desesperadas?

—Eso deberías preguntárselo a Ben. Si quieres dejar tu nombre y número de teléfono, le diré que te llame.

—Por favor, dile que me llame —dijo la mujer después de dejar sus datos.

Julia colgó, solo para que el teléfono volviese a sonar una y otra vez. Durante veinte minutos se dedicó a tomar toda una lista de adorables mensajes para Ben, sin lograr trabajar ni una pizca. Después de que la última mujer le hubiese rogado que despertase a Ben, lo que Julia rehusó hacer educadamente, descolgó el teléfono. Tenía que centrarse, y no hacer de secretaria del desgraciado del final del pasillo. No, nada de desgraciado, se recordó rápidamente a sí misma. Se trataba de su nuevo amigo. Sí señor, su amigo.

Sintiéndose bien, buscó en google «Reality Shows» y puso toda su atención en cada uno de ellos con la esperanza de que se le ocurriese alguna idea.

Ahí estaban: El soltero más codiciado, La soltera más codiciada, Joe el millonario, Mi novio gordo y desagradable. ¿Hola? ¿En qué estaba pensando esa gente? Pero podía suponerlo. Los productores debían de haberse encontrado exactamente en la misma situación en la que ella se hallaba entonces. Ella, al igual que ellos, necesitaba encontrar algo nuevo y diferente. La diferencia iba a ser que cuando al final se le ocurriese algo, sería fabuloso.

Continuó navegando por Operación Triunfo, Supervivientes millonésima edición, hasta llegar a un montón de programas de transformación.

Dio un grito al pensarlo. Le encantaban los programas de transformación. En realidad, ¿a quién no le gustan los programas de transformación? Podría ir por ahí y buscar a mujeres a las que transformar. Hizo una mueca, eso no sería ni fresco ni nuevo, ni nada que dejara pasmado a Sterling cuando volviese.

Y fue entonces cuando se le ocurrió: se transformaría a sí misma. La idea hizo que sintiese olas de conmoción por todo el cuerpo que la dejaron aterrorizada. Pero recorrer las olas como un surfero de California era intrigante.

«¿Transformarme a mí misma?», se preguntó en voz alta.

La verdad era que todo aquel asunto de que su vida estuviese patas arriba la tenía desconcertada. Su mundo había cambiado tan drásticamente que casi no lo reconocía. Así que. ¿por qué no cambiar también ella?

Se quedó inmóvil, y cuando se echó hacia atrás vislumbró el escote de su blusa. Había sido una mala chica durante tanto tiempo que era difícil imaginarse a sí misma sin mostrar una buena parte de su figura. ¿Qué haría sin sus pantalones ajustados y sin sus minifaldas?

Echó un vistazo a sus zapatos de tacón de aguja de diez centímetros e hizo una mueca de dolor sincero ante la idea de prescindir de ellos. Pero, asustada, se dio cuenta de que era eso lo que necesitaba hacer: comenzar de nuevo, transformarse en una nueva y mejorada Julia Boudreaux.

Un temblor de emoción le recorrió el cuerpo, porque, para ser sincera, la vida como mujer fatal era agotadora —el pelo, la ropa, el maquillaje—. Solo ir de compras era suficiente para agotar a la mujer más fuerte. Seguir la moda era una pesadilla, debías saber qué se llevaba y qué no. ¡Que Dios perdonase a una chica llevando un bolso Prada de la temporada anterior! Algunas personas pensaban que a la gente de Texas solo le importaban los caballos y los fardos de heno, pero estaban equivocados. Si elaborasen un ranking sobre la «conciencia de estilo» de los distintos estados, por orden, Nueva York ganaría sin ninguna duda, con todas esas ricachonas del East Side y sus modelos de pasarela. California sería fácilmente la segunda, con sus actores de cine y aspirantes a actriz. Pero Texas ocuparía un muy respetable tercer puesto. Por dios, los almacenes Neiman Marcus se fundaron en Dallas, Texas.

Pero la parte más difícil de ser una mala chica era salir con tantos y tan deliciosos hombres. La gente pensaba que todo era alegría y emoción sin parar, pero no era así; resultaba agotador. No equivocarse con los nombres, estar segura de no quedar con dos personas al mismo tiempo. A veces, simplemente, la semana no tenía días suficientes.

Recordó el comentario de Ben sobre lo buena que era ella quitándole los pantalones a los hombres. No había querido admitir hasta qué punto el comentario había dado realmente en el clavo. Había dolido, y eso le había sorprendido. Por alguna razón no le gustaba la idea de que aquel hombre pensase que ella era una chica fácil.

Lo reconocía, le gustaba el sexo, no le daba miedo admitirlo. Pero no dormía con hombres con la esperanza de llegar a gustarles, ni con la esperanza de encontrar una relativa comodidad. Simplemente le gustaba el sexo. Fin de la historia. Además, no se acostaba con tantos como la gente pensaba. No era célibe, pero tampoco era el tipo de mujer de líos de una sola noche.

A pesar de todo, estaba preparada para empezar de nuevo, para convertirse en alguien distinto. Sentía una gran necesidad de convertirse en la imagen de la respetabilidad. ¡Sería una chica mala reformada!

Las buenas intenciones le corrían por las venas y por primera vez en meses se sintió emocionada, con una meta. Le encantaba la idea de comenzar de nuevo, le encantaba la idea de hacer borrón y cuenta nueva.

Por un instante consideró la idea de convertir su transformación en un programa de televisión. Desde luego, podría documentar el proceso, aunque no se imaginaba haciendo un espectáculo de su situación. No solo le parecía un poco egocéntrico: ¡mirad todos cómo me convierto en una mejor persona!, sino que además ella nunca había sido de las que comparten sus sentimientos más íntimos. Siempre había sido la fiestera a la que no le importaba en absoluto lo que pasase en el mundo, y no iba a comenzar ahora a mostrar su nuevo yo para conseguir mayor audiencia. No, su transformación era exclusivamente para ella, y para su programa se concentraría en transformar a otras personas. Aunque todavía la acosaba la misma pregunta: ¿a quién? Pensó en transformar a criadas en ricas señoronas, a pobres en princesas, pero nada le parecía bien.

Navegó un poco más por internet hasta que se topó con El Equipo G, el programa que había conmocionado a América. Se trataba de un grupo de chicos gays con mucho sentido de la moda, que elegían a catetos y a palurdos y los convertían en personas modernas.

Se le aceleró el corazón cuando una nueva idea comenzó a tomar forma. Iba a transformarse a sí misma, no tenía ninguna duda acerca de ello, e iba a hacerlo porque quería volver a empezar de cero. Pero se dio cuenta de que necesitaba que ocurriese algo más en su transformación. Iba a cambiar de vida —adiós a la vieja, bienvenida la nueva— porque estaba cansada de ser alocada y estaba cansada de chicos malos.

Se irguió en la silla. Estaba hasta las narices de guapetones apasionados, no creía que pudiese aguantar volver a ver a ningún otro rudo vaquero. ¿Qué mujer no estaría cansada de tener que tratar con tíos tan insensibles?

Julia se levantó y comenzó a pasearse de un lado a otro, sus tacones de aguja se hundían en la gruesa alfombra. ¿Qué mujer no querría encontrar a alguien con el aspecto y la confianza de un chico malo, combinado con la dulce sensibilidad de un bobalicón de ojos inocentes? ¿Y si ese tipo existiera? O todavía mejor, ¿y si alguien crease a ese hombre?

La cabeza le daba vueltas y su respiración se relajó al comprender que aquel era el tipo de programa de transformación que podría hacer: ¡crearía su propia versión de El Equipo G! Cogería a chicos malos y los convertiría en hombres dulces y sensibles. Sería como el profesor en My fair lady, una moderna Henry Higgins para hombres.

¡Sería un éxito rotundo!

Sería capaz de probarse a sí misma que se merecía el trabajo en KTEX, y haría que Chloe se sintiese orgullosa de ella. Le mostraría a Sterling que no había apostado por un mal caballo. ¡Iba a crear un ganador!

Volvió al escritorio, sacó una hoja de papel y comenzó a escribir una lista. Todavía se transformaría a sí misma y se convertiría en una mujer responsable, pero para su programa encontraría a un hombre al que transformar, grabaría todo el proceso y lo editaría como un éxito televisivo.

Había toneladas de detalles que debían resolverse, pero podían esperar. Lo primero que tenía que hacer era encontrar al tipo que pudiese transformar en un hombre sensible.

De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: Vivo o muerto

¿Ben todavía está vivo, o ya has acabado con él? Solo me estoy cerciorando...

Tu fiel amiga, Kate

Katherine C. Bloom Presentadora de Informativos KTEX TV, Oeste de Texas

De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›

Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com›

Asunto: Ofendida

Snif, ¿qué tipo de mujer crees que soy? ¿Una araña viuda negra? Aunque, la verdad, la imagen siempre me ha llamado la atención... Pero no, Ben está vivito y coleando, o por lo menos está vivo y llevándolo tan bien como un hombre herido puede hacerlo, supongo. Pero dejemos de hablar del oso herido del ala oeste de mi pequeña y vieja casa. ¿Te gustaría ir al Bar de Bobby a tomar algo esta noche?

Besos, J.

De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: Lo siento

No puedo, he quedado con Jesse, vamos a ir al cine. ¿Quieres venir con nosotros? Han pasado siglos desde que hicimos algo juntas. Aunque ahora que lo pienso, hoy es Noche de Chicas en el Bar de Bobby, y nunca has tenido ningún problema en ir solita. ¿Te pasa algo?

K.

De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›

Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com›

Asunto: re: Lo siento

No me pasa nada, es solo que me he dado cuenta de que ir sola a un bar no figura en mi nueva agenda. He decidido hacer borrón y cuenta nueva. Tan solo té, bollitos y ropa sensata a partir de ahora. Mmm... lo que significa, supongo, que no debería ir al Bar de Bobby en absoluto. ¡Vaya mierda!

Ser buena y encantadora va a ser más duro de lo que pensaba. Besos, J.

De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: ¿Qué?

¿Qué quieres decir con lo de hacer borrón y cuenta nueva? Por favor, infórmame.

K.

De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›

Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com›

Asunto: Redobles de tambor, por favor

¡He decidido cambiar! Antes de que te des cuenta, seré la nueva Julia Boudreaux, una encantadora, decente y ultraformal belleza sureña del Oeste de Texas.

Besos, Julia

PD: ¿Puedes prestarme ropa?

De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: Oh, Dios mío

Me huelo problemas.