Capítulo 21
Julia sintió una mezcla de emociones al cerrar su correo electrónico: un apasionante subidón al pensar en Ben, y un escalofrío de entusiasmo por el hecho de que su programa estuviese funcionando; y todo eso mezclado con un nudo de nervios en el estómago. Sabía que le importaba a Ben, y sabía que él se sentía atraído por ella, pero ¿podrían llegar a algo más profundo, aparte de que el sexo fuera maravilloso? Ella no lo sabía, incluso no sabía si volvería, o si ella podría mantener una relación duradera con un hombre. No había forma de saberlo, pero quería intentarlo, y la idea era sorprendente pero emocionante al mismo tiempo. Quería intentar que las cosas funcionasen con Ben, y no rendirse fácilmente porque se negase a arriesgar su corazón. ¿Y no se había tratado siempre de mantener las distancias? ¿De miedo a ser rechazada? ¿De miedo a que todos los hombres fuesen como su padre y no pudiesen mantener el interés en una sola mujer, después de que ella hubiese demostrado su amor por ese hombre?
La noche anterior, cuando el reloj digital marcaba las 2.59 a.m., Julia se había despertado dando un grito sofocado y con la piel empapada en sudor. Había tenido la certeza de que Ben se había ido. Lo sabía, cada átomo de su cuerpo le gritaba que Ben la había dejado. Y cuando finalmente tuvo el valor de darse la vuelta, él estaba allí, profundamente dormido. Lágrimas afiladas y calientes le habían quemado los ojos, y sin saber qué más hacer, había presionado la cara contra su cuello. ¿Cómo podía permitirse a sí misma cogerle cariño a alguien?
Ben se había despertado, atontado por el sueño, y había dicho su nombre. Tan solo eso, a la vez que deslizaba el brazo alrededor de su cuerpo y la atraía hacia él. «Julia», había vuelto a susurrar, como una bendición. Ella había esperado mientras Ben se volvía a dormir, viendo cómo su pecho subía y bajaba, y se había prometido en ese mismo momento que dejaría de tener miedo.
Más tarde —ya hacía horas que Ben se había marchado antes de que ella se despertase —, Julia levantó la cabeza con orgullo por ser tan madura; trataría de tomárselo con calma, ver cómo iban las cosas, y no lo ahuyentaría con sus miedos. Continuaría tranquila, serena y manteniendo el dominio sobre sí misma.
Las piezas de su vida empezaban a encajar, su mundo comenzaba a tomar forma de una manera que solo podría haber soñado. Pero todavía quedaba una pieza suelta que la atormentaba y que evitaba que todo fuese perfecto. Se trataba de lo que le había hecho a Sonja, incluso aunque sus intenciones habían sido buenas.
Julia refunfuñó. Había tratado de presionar a Sonja y a Ben para que estuviesen juntos tan solo para ayudarse a sí misma, y eso no tenía nada que ver con la bondad. Podía entender que Sonja se sintiese utilizada. Julia la había llamado y le había dejado varios mensajes, y aun así, todavía no había sabido ni una palabra de la peluquera. Pero Julia tenía que hacer las cosas bien, así que, si la peluquera no le devolvía las llamadas, entonces sencillamente tendría que disculparse en persona. Pero los pensamientos acerca de pedir disculpas y de que todo iba a ser perfecto desaparecieron cuando entró en la cocina y vio una nota sobre la encimera. El corazón se le cayó a los pies. ¿Sería una de esas cartas de «Querida Jane, un beso de despedida»? Cada gramo de madurez desapareció al coger la hoja de papel:
«Mi querida Julia:»
Vale, no era una forma demasiado horrible de empezar... «Quería estar allí cuando te despertases,» Entonces ¿por qué no lo estás?
«pero tengo algunos asuntos de los que debo encargarme.» Esos asuntos tendrían que ver con el asesinato de Henry.
«¡Oh, Ben!», suspiró. Odiaba el hecho de que no pudiese dejar el tema, pero también entendía la implacable necesidad de hacer cuanto pudiese por un amigo. A pesar de todo, se le hizo un nudo en el estómago por la preocupación. Probablemente Ben se había marchado tan pronto para descubrir todo lo que pudiese sobre las prostitutas con las que Henry se había involucrado. Ahora ella debía sentarse tranquilamente y esperar a que volviese. Mientras tanto, tenía una cosa más que hacer.
Ben condujo despacio subiendo la retorcida carretera de Castille Drive, y paró frente a la dirección que Taggart le había proporcionado. La casa era pequeña pero estaba bien conservada; la mitad de la parte inferior estaba cubierta con un indescriptible ladrillo barnizado. No dudó. Aparcó el Rover y cogió el camino de cemento que llevaba hasta la puerta principal. La necesidad de cerrar aquel caso palpitaba en su interior. Durante los últimos meses había estado invadido por una loca y consumidora necesidad; ahora la locura le había abandonado y volvía a sentirse como un policía otra vez, con la cabeza clara, listo para arrestar al asesino de Henry, y así continuar con su vida. Sabía que nunca lo superaría por completo, que siempre debería vivir con la pérdida y con la culpa por no haber contestado al teléfono. Pero ahora se daba cuenta de que la desesperación se había ido desvaneciendo, porque había comenzado a aceptar que él no había estado en aquel callejón aquella noche porque Henry no le había querido allí, lo que hacía posible que volviese a ser un policía otra vez. Era a lo que se dedicaba. Era lo que realmente era.
Y era Julia quien le había ayudado. Quería que aquello acabase para poder construir una vida con ella y así poder demostrarle cuánto la amaba.
Amor.
La palabra le daba una patada en el estómago, una intensa sensación con la que no sabía muy bien qué hacer. Como policía, siempre había tratado de mantener las distancias, y como policía secreto, trabajo con el que nunca estaba seguro de si volvería a casa por las noches, había odiado pensar lo que esa incertidumbre supondría para alguien que lo amase, así que había evitado las relaciones sentimentales.
Pero Julia había tirado todas sus normas por la borda.
Después de llamar al timbre, dio un paso hacia atrás. Nadie contestó, y volvió a picar otra vez. Todavía nada, así que volvió a llamar. Por fin, después de hacerlo por cuarta vez, oyó movimientos dentro de la casa.
El hombre que, dando un tirón, abrió la puerta, era de mediana estatura, con el pelo negro y los ojos oscuros.
—¿Qué pasa? —gritó el tipo, encogiendo los ojos por el brillo del sol en contra.
—¿Eres Leonardo Espósito?
La expresión del hombre cambió de repente e intentó cerrar la puerta de un golpe, pero Ben puso la palma de la mano contra la madera y cogió al tío por el cuello de la camisa mientras este intentaba escaparse.
—¡Ahhh! —Leonardo se quejó de dolor cuando Ben tiró bruscamente de él haciéndolo girar—. El hombro, tío. Cuidado con el hombro.
Ben lo empujó hacia dentro y cerró la puerta de una patada. La pequeña e indescriptible casa estaba llena de muebles caros, generalmente una señal de que el dinero era sucio. Muy a menudo los criminales mantenían una apariencia de normalidad en el exterior, pero llenaban el interior de riquezas que no podían mostrar sin correr el riesgo de levantar sospechas.
También había un olor que hacía que los pelos de la nuca se le pusieran de punta. Dulce y femenino, como a perfume y a laca para el pelo.
Leonardo trató de moverse, pero Ben lo aplastó contra la pared con facilidad, mientras mentalmente registraba lo que lo rodeaba con su vieja eficiencia.
—Dime todo lo que sepas sobre el asesinato de Henry Baja.
—¡No sé de qué cojones estás hablando!
Ben volvió a arrojarlo con fuerza contra la pared.
—¡El hombro! —gritó Leonardo—. ¡Cuidado con el hombro!
—Está bien, vamos a hablar de ese hombro, ¿qué le ha pasado?
—Me caí, tío.
Golpe.
—¡Ahhh!
—Si quieres que sea amable, entonces será mejor que empieces a hablar. ¿Cómo te heriste el hombro?
—Vale, vale, fue un accidente. Estaba limpiando mi arma y se disparó.
—Interesante. Todas las heridas de arma deben ser denunciadas. ¿Me pregunto por qué la tuya no lo fue?
—No era tan importante como para ir al hospital.
Golpe.
—Para, para —pidió Leonardo casi llorando.
—Pararé cuando me digas la verdad acerca de haberle disparado a Henry.
—¡Yo no le disparé, tío!
Había algo en su voz que le decía que no estaba mintiendo.
—Lo juro. ¡Fue él quien me disparó a mí!
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Ben haciéndole girar.
—¡Ese cabrón de Henry me disparó! Sabía que daría problemas, así que intenté mantenerlo lejos, pero estaba decidido.
—¿Decidido a qué?
—A divertirse con las chicas.
—¿Las chicas?
—Vamos, tío, no te hagas el idiota. Henry estaba usando a las chicas, las estaba chantajeando, y a mí también. ¿Qué se suponía que debía hacer?
Aquel nudo que tenía en el estómago. Odiaba la confirmación de que Henry había sido tragado por el submundo del crimen.
—Si fue él quien te disparó —insistió Ben—, entonces ¿por qué Henry está muerto y tú todavía estás aquí?
—Lo único que quería hacer era asustarlo. Quería que supiese que sus amenazas ya no iban a dar resultado.
—¿Qué amenazas?
—Qué amenazas, efectivamente.
Ben se dio la vuelta para encontrarse con el cañón de una pistola mirándole a los ojos.
Julia se paró delante de la entrada del Salón de Sonja. Estaba un poco nerviosa. Si Sonja se negaba a contestar a sus llamadas de teléfono, ¿también rechazaría aceptar sus disculpas en persona? Pensó en darse la vuelta y marcharse, pero no podía hacer eso, tenía que enfrentarse a los hechos.
De nuevo con sus zapatos de tacón, se dio cuenta de que las piedras del camino de entrada no eran tan fáciles de atravesar como lo habían sido con tacones bajos. Julia se preguntaba qué diría Sonja al verla. Sonrió. Si no estaba enfadada con ella, probablemente echaría la cabeza hacia atrás y reiría. Si había alguien que supiese apreciar la ropa atrevida, esa era la extravagante peluquera.
Julia llamó a la rejilla de la puerta y luego tiró de ella y la abrió. Había un rizador del pelo encendido, un bote de laca abierto sobre el mostrador y un cepillo encima de una silla vacía. Julia oyó voces que provenían del interior de la casa.
—¿Sonja? —llamó gritando.
Nadie respondió. Cuando las voces se hicieron más fuertes, Julia buscó la puerta que conducía adentro de la casa.
Ben miró a Sonja y movió la cabeza.
—Fuiste tú quien le disparó a Henry, ¿verdad? —dijo fríamente. La cara de Sonja estaba roja, y miraba nerviosamente a Ben y a Leonardo.
—Si no lo hubiese hecho, habría matado a Leonardo en vez de tan solo herirle. —Comienza por el principio —pidió Ben.
—¡No tengo que empezar por ninguna parte! Soy yo la que tiene un arma, ¿recuerdas? —dijo Sonja mofándose, y la movió para demostrarlo, aunque Ben pudo ver que le temblaba la mano.
—Es cierto, tú tienes la pistola —respondió con un descuidado encogimiento de hombros.
—Típico comportamiento viniendo de ti. Estás a punto de recibir una bala entre los ojos, y actúas como si fueses tú el que tuviese todas las cartas. Bien, déjame decírtelo, soy yo la que tiene todas las cartas —dijo Sonja dando un bufido.
—Vale, tú eres la que mandas, pero solo quiero entender por qué demonios lo hiciste.
—¿Por qué lo hice? —prácticamente chilló—. Es fácil. Henry estaba haciendo chantaje a mis chicas.
—Quieres decir las chicas de Leonardo.
—No, mis chicas. —La preocupación y la rabia se mezclaron con una repentina dulzura en su expresión al mirar al hombre herido—. Leonardo es mi mano derecha —dijo casi en un susurro.
—¿Y tú eres la madame?
—Haces que suene muy mal.
—Según tengo entendido —dijo Ben dando un paso hacia ella—, vender el cuerpo de una mujer para ganar dinero no cae dentro de una categoría altruista.
Sonja volvió repentinamente la vista hacia él; toda la dulzura había desaparecido.
—Una mujer tiene que ganarse la vida.
—Tienes trabajo como peluquera —la interrumpió Ben.
—Que da una fracción de lo que hago con mi servicio de acompañantes. Y entonces Leonardo apareció con la brillante idea de crear una página de internet. —Y eso funcionó.
—Digamos que el negocio ha crecido rápidamente —dijo sorbiéndose la nariz—, o al menos lo estaba haciendo hasta que tuvimos que empezar a ser más discretos, cuando empezaste a hurgar por ahí. —Sonja frunció el ceño—. Primero Henry estaba chantajeando a mis chicas y sacando provecho de ellas, exigiéndoles un porcentaje de sus ganancias. Y después oí que habías aparecido tú y querías saber qué le había pasado. Por lo menos tú no eras como ese desgraciado, que ahuyentaba a los clientes a menos que las chicas le diesen una parte, y a ellas las lesionaba si no lo hacían.
Las palabras hicieron que a Ben le diese vueltas la cabeza.
—Nunca he tenido a tantas chicas dejando el trabajo como en esas cuatro semanas.
Tenía que hacer algo al respecto, tal y como dijo Leonardo.
—Así que le disparaste porque se interpuso en tu camino.
—¡No! Solo queríamos darle un aviso. Leonardo fue con la única intención de hablar con él, de hacerle saber que no íbamos a aguantar su mierda nunca más. Leonardo tan solo iba a asustarle, y sin darnos cuenta Henry sacó una pistola y disparó. Quiero decir que simplemente disparó. —Sonja prácticamente gimió, sin creérselo todavía—. Sin avisar, sin discutir, sacó el arma y disparó como un loco. Yo estaba esperando en la otra punta del callejón y salí corriendo en cuanto oí el disparo. —La voz de Sonja comenzó a temblar, pero seguía sujetando el arma firmemente—. Leonardo estaba en el suelo —miró al hombre emocionada—, y Henry tenía la pistola apuntando hacia él. Si hubieses visto la mirada en la cara de ese tío, habrías sabido que iba a disparar a matar. Quería disparar. ¿Qué elección tenía? Disparé una sola bala.
—Y le diste en la nuca.
—¡Así es! Y no me arrepiento —dijo atrevidamente, aunque no parecía tan convencida como sonaba.
—Así que no fue una ejecución.
—¿De qué estás hablando? Yo no ejecuté a nadie, solo estaba protegiendo a Leonardo. Ben se pasó la mano por detrás del cuello como si de esa forma pudiese aliviar la tensión.
—Arrastraste a Leonardo y le vendaste tú misma.
—Leonardo tuvo suerte, la bala solo le rozó el hombro —suspiró—. Todo estaba yendo genial hasta esa noche en la que empezaste a hacer preguntas, y entonces conseguiste que te disparasen. Joder, había polis por todas partes, volviendo a hacer preguntas, y todo porque tú estabas intentando descubrir quién había disparado al camello de tu amigo Henry.
Ben la miró por un momento y entendió entonces que Sonja no sabía que Henry había sido un policía.
—¿Por qué no fuiste a la policía y entregaste a Henry? —preguntó—. ¿Cómo es posible que un camello te hiciese chantaje?
—¿Y qué querías que les dijese? ¿Tengo a un tío metiendo mano en los beneficios de mi negocio en la prostitución.? —dijo burlándose.
—Podrías haberlo hecho de forma anónima.
—¿Y crees que no lo hice? —Se le estaba acabando la paciencia—. Le denuncié dos veces, pero siempre volvía como un loco, queriendo todavía más dinero. Era como si tuviese conexiones en la policía o algo así. Probablemente les daba una parte de los beneficios. Finalmente, cuando parecía que todo iba a mejorar, apareciste tú.
—Ahí es cuando decidiste que lo mejor sería buscarme —continuó Ben.
—No fuiste muy difícil de encontrar —dijo Sonja encogiendo los hombros de forma agresiva—. Pedí a un colega que te siguiera una vez que saliste del hospital. Más tarde conduje hasta la dirección de Meadowlark Drive para ver cómo podría introducirme en la casa, y allí me encontré con una hilera de hombres a lo largo del camino de entrada, que iban a hacer una prueba para el programa. ¡Bingo!, tenía una forma de entrar. Era lo suficientemente inteligente como para aprovecharme de la situación, pero es increíble cómo algo tan pequeño puede írsete de las manos.
—No tiene por qué írsete de las manos.
—Claro que no. Siempre y cuando hubieses dejado correr el tema de Henry. Pero no, has insistido como un perro con un hueso entre los dientes. Aunque ahora me lo has puesto muy fácil, al pasarte por aquí. Tengo un negocio que salvar —dijo encogiéndose de hombros y moviendo la cabeza. Echó un vistazo a Leonardo, que estaba apoyado contra la pared cogiéndose el hombro—. Y tengo que proteger al hombre que amo. Además, nadie va a echarte de menos, no mucho más de lo que han echado de menos a Henry. ¿Qué es uno o dos camellos más en este mundo de locos?
—Henry no era un camello. Sonja frunció la frente.
—Y yo tampoco.
Sonja echó la cabeza hacia atrás y la pistola se tambaleó. Pero antes de que pudiese hacer nada, un grito atravesó la habitación.
Julia se paró de golpe.
—¿Qué está pasando aquí?
Ben y Sonja se dieron la vuelta. Ben vio a Julia al instante, y lo consumió una furiosa necesidad de protegerla. Había llegado a aquella casa con la intención de conseguir la verdad. Llevaba un micrófono oculto y los refuerzos estaban esperando para entrar. Habría sido fácil, incluso si no hubiese acabado siendo un asalto limpio; fácil hasta que apareció Julia.
Se había terminado el tiempo de las preguntas y las respuestas.
La calma de Ben se evaporó, pero un loco acto de valentía no iba a salvar a Julia. Durante semanas no le había importado si era imprudente en su búsqueda de respuestas. Pero con Julia ahí de pie, atrapada inocentemente en el medio, se impusieron los largos años de entrenamiento. La adrenalina se apoderó de él, y su cabeza empezó a pensar a toda prisa hasta que rápidamente se formó una idea de la situación.
—Baja la pistola, Sonja —dijo con voz de hierro.
El brazo de Sonja iba de un lado a otro, apuntando a Ben y a Julia.
—Sonja, ¿qué estás haciendo? —preguntó Julia claramente confusa.
—¡Maldita seas! —gritó Sonja—. ¡Tú me obligas a hacer esto!
Ben vio el momento en que el dedo apretaba el gatillo. Sonja iba a disparar, sintiendo una vez más la necesidad de proteger a Leonardo, y a sí misma. La misma necesidad que él sentía al estallar el horror en su cabeza.
—¡No! —rugió.
La palabra retumbó por toda la habitación, y el tiempo pareció detenerse. En algún lugar de su cabeza vio el terror reflejado en la cara de Julia.
Como en la repetición de aquella noche en la que había ido al callejón buscando a Nando, o la de todas aquellas noches en sus sueños, el arma se disparó emitiendo aquel sonido tan dolorosamente familiar. Pero no estaba soñando. Echó su cuerpo sobre Sonja como un animal salvaje, justo en el mismo instante en que su dedo apretaba el gatillo. El disparo resonó en toda la pequeña casa, y Julia gritó. La fuerza de su peso tiró al suelo a Sonja, que luchaba contra él. Cada nervio de su cuerpo exudaba furia mientras la inmovilizaba contra el suelo, arrebatándole la pistola de los dedos, justo cuando la puerta delantera se abrió de golpe y la casa se llenó de policías. Ben rodó alejándose, y fue Taggart quien levantó a Sonja y le puso las esposas. Otro oficial hizo lo mismo con Leonardo, a pesar de su hombro herido. Pero Ben no volvió a respirar hasta que vio con sus propios ojos que Julia estaba ahí, sobrecogida pero intacta. Algunos trocitos de yeso del techo todavía caían, como si fuese nieve, desde donde había dado la bala.
—Lo siento —susurró Sonja al hombre al que amaba—, lo he echado todo a perder.
Julia, con la cara blanca, todavía no se había movido; hasta que parpadeó e intentó encontrar las palabras. Miraba de Sonja a Ben, y finalmente a Sonja otra vez.
—Deja que lo entienda —le pidió Julia a gritos.
Sonja la miró con lágrimas en la cara mientras Taggart se detenía un momento antes de llevársela.
Julia frunció la nariz.
—¿Así que no estás enfadada por haberte concertado un desastre de cita con Ben?
Un momento de sobrecogedor silencio crepitó por la habitación, y entonces Ben echó la cabeza hacia atrás y se rio. Pero antes de que pudiese pasar a través de los detectives y policías para abrazarla y no dejarla marchar nunca más, el móvil de Julia sonó.
Julia parecía estar en estado de shock. Sus dedos temblaban al contestar, y no parecía darse cuenta de lo que estaba haciendo.
—¿Diga? —preguntó.
Escuchó, y entonces, de repente, sus hombros se pusieron rígidos. Escuchó un poco más y dio un paso hacia atrás.
—Oh Dios, por favor, no.
De: pedro@elpasotribune.com
Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Asunto: Necesito un comentario
Estimada señorita Boudreaux:
He recibido una llamada de una mujer que sale en su reality show De Hombre Primitivo a Príncipe Encantador, y dice que fue utilizada. Por favor, llámeme al 915-555-2000 extensión 34 para hablar sobre el tema. Me gustaría tener su versión de los hechos antes de publicar la noticia en el periódico.
Pedro Medina
Periodista, La Tribuna de El Paso
De: sara@KVSMFM.com
Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Asunto: Respuesta
Estimada Julia:
Nos conocimos en la comida benéfica a favor de la fibrosis quística. Me gustó hablar contigo, y por eso te escribo ahora para darte la oportunidad de responder a los rumores que corren por ahí de que se aprovecharon de una chica inocente en el nuevo programa que tú creaste. Por favor, dime cuándo te iría bien quedar.
Afectuosamente, Sara
Sara Weston
Directora de Informativos
KVSM FM Informativos de Radio
De: Andrew Folly ‹andrew@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: Tenemos que hablar
Julia:
Por favor, dime cuándo te iría bien tener una reunión de emergencia para hablar sobre el programa Hombre Primitivo.
Afectuosamente,
Andrew Folly Director de KTEX TV, Oeste de Texas.
De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹Julia@ktextv.com› Asunto: Problemas
Julia:
Esta tarde he oído decir que tu Hombre Primitivo, Rocco Russo, usó las técnicas que tú le enseñaste, junto con su nuevo corte de pelo, su casa redecorada y la ropa nueva, para embaucar a Fiona Branch, hacer el amor con ella, y dejarla al día siguiente. Parece ser que la mujer estaba tan enfadada y furiosa que ha acudido a La Tribuna de El Paso. El Paso Times también ha dado cobertura a la historia. Parece como si, a su manera, ella quisiese desquitarse con Rocco, y no le importa si te lleva por delante al hacerlo.
Pásate por la oficina en cuanto puedas para trabajar sobre los posibles daños y perjuicios. Como puedes imaginarte, no podemos emitir Hombre Primitivo el jueves por la noche tal y como lo habíamos previsto, ya que no podemos añadir más leña a lo que fácilmente puede convertirse en un fuego. Emitiremos algo distinto en su lugar.
¡Qué rabia que todo esto haya pasado! Llámame en cuanto recibas este e-mail.
Katherine C. Bloom Presentadora de Informativos KTEX TV, Oeste de Texas