Capítulo 5

El timbre de la puerta sonó a las doce y diez del día siguiente. Ben estaba en su habitación y Julia abrió la puerta después del primer timbrazo. «Otro progreso más», pensó con orgullo. Se sintió desproporcionadamente impresionada de su pequeño logro, pero después del desliz del día anterior, cuando tocó a Ben, estaba tratando de reconocer cualquier signo que le indicara que realmente podía cambiar. Si contestar la puerta lo era, ella lo tomaría como tal.

En el escalón delantero de la casa encontró a una mujer a la que nunca había visto antes. Julia no la conocía, aunque no parecía de las del tipo de Ben, por una razón, parecía demasiado alterada. Además llevaba un maletín negro en la mano, vestía un traje de tweed y usaba gafas. Julia tomó nota mentalmente de aquel atuendo tan conservador que llevaba. No, se apostaba algo a que no era del tipo de Ben. Probablemente sería una vendedora.

—Hola —dijo Julia—, ¿puedo ayudarte en algo?

Y no es que realmente pudiese ya que no tenía dinero para gastar y no podía permitirse ni Mary Kay, ni Avon ni ningún otro producto de venta a domicilio. —¿Está Ben aquí?

Así que se había equivocado y la mujer alterada sí que era su tipo. ¿Quién lo iba a decir?

—Está aquí, pero está durmiendo.

—Soy Rita, la mujer de Henry Holquin. —Los ojos de la mujer se abrieron, y de repente se puso a llorar.

Julia se quedó sorprendida al ver la inesperada reacción de la recién llegada.

—Quiero decir —corrigió la mujer— que soy la viuda de Henry.

Julia no tenía ni idea de quién era Henry, pero sabía que aquella mujer era vulnerable y que probablemente acababa de enviudar. Se preguntó si el muerto, Henry, tenía algo que ver con el herido, Ben.

—Ben me mandó un e-mail ayer por la noche preguntándome si podría traerle esto. — Rita levantó el maletín negro. —Sí, claro, pasa por favor.

Julia la cogió de la mano y sin preguntar la llevó hasta la cocina. En cuestión de segundos la mujer estaba sentada a la mesa con una taza de té delante. Eso sabía cómo hacerlo.

—Siento mucho lo de tu pérdida. ¿Es reciente?

—Pasó hace algo más de un mes. Henry y Ben eran... —La mujer se detuvo con una extraña expresión en la cara y terminó la frase con—: amigos.

Si aquella no era la respuesta más extraña que había escuchado en su vida, entonces no sabía cuál lo sería.

—Quédate aquí sentada y bébete el té, yo iré a buscar a Ben.

Pero no tuvo que hacerlo, ya que él justo estaba entrando en la cocina.

—Hola, Rita.

La pequeña mujer se levantó de un salto y al momento se encontró en los brazos de Ben, quien la sostuvo y le acarició la espalda mientras ella lloraba.

—Yo también le echo de menos —dijo Ben con voz emocionada.

Julia se sintió incómoda viendo semejante escena: la extrema vulnerabilidad de la mujer, así como el profundo cariño que mostraba Ben, algo que ella nunca habría imaginado.

Había llegado a la cocina todavía sin duchar, aunque Julia se dio cuenta de que había intentado asearse un poco. Pudo ver el dolor y la necesidad de esconder la pena que transmitía su cara.

Cuando Ben llevó a Rita de nuevo a la mesa, Julia pensó que su cojera se estaba volviendo más acusada. A pesar de eso, allí de pie cuidando de la pequeña Rita, Ben parecía competente y fuerte. Con una fuerza que era física, sí, pero también fuerza de carácter, una fortaleza que no le había mostrado a ella en ningún momento.

—Os dejaré para que habléis a solas —dijo, dando repentinamente media vuelta y dejando la habitación.

Ben observó cómo se marchaba, pensando en la manera como Julia le había tocado el día anterior, enviando una corriente de deseo a través de él. No tenía ni idea de qué estaba pasando con ella; todo eso de ser una buena chica con su correcta ropa de mierda. Pero él ya tenía suficientes problemas y no necesitaba una preocupación adicional por que Julia Boudreaux le provocase una erección cada vez que se daba la vuelta.

Centrándose de nuevo, volvió a mirar a Rita. Había perdido peso y tenía ojeras. Siempre había sido Henry quien se había ocupado de todo con respecto a su familia, dominando a su mujer y a sus hijos. Rita trabajaba, pero solo porque la paga de un policía no cubría los gastos que se les venían encima teniendo que enviar a dos hijos a la universidad. Con Todd y Trisha en el instituto, Henry había empezado a preocuparse por no ser capaz de costear los libros, ni mucho menos las matrículas. Y Henry había querido que sus hijos fuesen a la universidad.

—He traído el ordenador en mi hora de almuerzo.

—Te lo agradezco, Rita. Se supone que todavía no debo conducir, si no habría ido a por él.

—¿Cómo te va?

—No te preocupes por mí. Cuéntame cómo te va a ti. —Aquí, sobreviviendo.

—¿Seguro?

Comenzó a llorar de nuevo en silencio y Ben le puso la mano en el brazo. —¿Qué pasa?

—Todo. Los niños. —Lloró tapándose la boca con un pañuelo. —¿Qué pasa con ellos?

—Bueno —suspiró—, pillé a Todd robando dinero de mi monedero, y Trisha cogió el coche. y lo destrozó.

—¿Lo destrozó? —Ben se acercó sentándose en el borde de de la silla—. ¿Le ha pasado algo?

—No, está bien.

—No sabía que Trisha tuviese edad para conducir.

—¡Y no la tiene! Cogió el coche a escondidas y estaba dando un paseo con sus amigas cuando lo estrelló.

—¿Iba acompañada? ¿Están todos bien?

—Sí. Ocurrió en el aparcamiento del colegio y nadie iba demasiado rápido, pero ahora que Henry no está, los niños hacen lo que quieren y no sé cómo pararlos.

Henry siempre había sido el encargado de poner disciplina en su casa ya que Rita nunca había podido ser estricta en lo que se refería a sus hijos.

A Ben empezó a hacérsele un nudo en el estómago. Podía permitirse enviar a los hijos de Henry a la universidad ya que tenía un fondo fiduciario, y aunque nunca lo había tocado por principios, lo haría por ellos. Eso podía hacerlo, pero tener que tratar con adolescentes que estaban convirtiéndose en unos rebeldes, requería algo que él no sabía si tenía, ni saberlo. Pero lo que él quisiese no importaba.

—Déjame hablar con ellos —se ofreció. —¿Lo harías?

—Claro —dudó—. La última vez que Henry y yo hablamos sobre los chicos todavía no les había dicho que era un policía secreto. ¿Todavía es así? Rita suspiró.

—Sí, dijo que lo haría, pero. —la voz se le quebró en la garganta le daba miedo correr el riesgo. —Joder.

La mayoría de los familiares de los policías secretos —esposas, padres, hijos— al final acababan sabiendo a qué se dedicaban. La mayoría se enteraba enseguida de que eran policías, y más tarde, cuando el secreta pensaba que era adecuado, este les explicaba qué significaba ser un policía secreto. Pero algunos polis, como él, sentían la necesidad de mantener sus dos vidas separadas. Henry también lo había preferido así, y no había querido que sus hijos supiesen a qué se dedicaba. Los chicos podían cometer un descuido, los chicos podían decir algo sin querer, o queriendo para marcarse un punto delante de otro niño, y eso representaba una amenaza para la vida de un policía secreto. Henry nunca había querido correr ese riesgo, y Ben tenía que estar seguro de honrar los deseos de su compañero, lo que hacía difícil decir algo específico que hiciese que dos adolescentes se sintiesen orgullosos de su padre.

—¿Cuándo podrían Todd y Trisha pasarse por aquí? —preguntó. Rita echó una mirada a la pierna de Ben, que mantenía estirada hacia delante. —¿Qué te parece el viernes después del colegio? Eso te daría tiempo de volver a la. normalidad, o por lo menos hasta que lo lleves un poco mejor. Debería haber pensado en ello.

—Estoy bien, de verdad. Pero estoy de acuerdo contigo en que no queremos que recuerden que a su padre le dispararon. El próximo viernes entonces. Se oía el tictac del reloj de la cocina.

—Será mejor que me vaya si quiero llegar a tiempo a la oficina. —Gracias por traerme el ordenador.

Rita le dio un rápido abrazo y volvieron a saltársele las lágrimas antes de marcharse precipitadamente.

Ben no se movió, se quedó sentado a la mesa sabiendo que Rita tenía razón en no dejarle ver a los chicos todavía. Se sentía como una mierda, por dentro y por fuera. La pierna le dolía cada vez que se apoyaba en ella, y ni Trisha ni Todd tenían ninguna necesidad de ver eso. Pero estaba decidido a sentirse mucho mejor el próximo viernes.

Comenzó a abrir el portátil, pero cambió de opinión. La última persona que quería que lo viese era Julia, así que cogió el maletín y regresó a la habitación de invitados. Una vez en el escritorio, retiró su ordenador y el montón de papeles en los que había estado tomando notas. Todavía no tenía ninguna pista sobre las páginas de internet por las que Henry había estado navegando para encontrar traficantes de drogas, pero tal vez el portátil de su compañero escondiese algunas respuestas.

No le llevó más que algunos intentos descubrir la contraseña de Henry. Ben sabía casi todo cuanto había que saber sobre su compañero de tantos años. Y como la mayoría de los novatos en ordenadores, el hombre había utilizado información fácil de recordar como clave para acceder a su mundo privado. Y si para Henry era fácil de recordar, sería fácil de encontrar y de recordar para cualquiera que tuviese acceso a información sobre Henry. En aquella época casi todo el mundo tenía acceso a casi cualquier información.

La contraseña de Henry era el segundo nombre de su primer hijo.

Ben accedió al ordenador al segundo intento, y a su correo electrónico al cuarto

fue el fondo del escritorio de Henry lo que le hizo contener el aliento. Se trataba de una fotografía de Henry con su familia, todos ellos sonrientes como si no tuviesen ninguna preocupación en el mundo. Pero su mundo había dado un vuelco repentino el día en que Henry se metió en aquel callejón.

Ben había visto el cuerpo ya que había llegado a la escena del crimen después del suceso. Su compañero había sido ejecutado, y Ben iba a descubrir quién había apretado el gatillo.

Comenzó a leer el correo de Henry, el cual, aparte de los spams que se habían acumulado durante dos meses, estaba vacío. Ni siquiera la agenda de direcciones contenía un solo nombre.

Después revisó el disco duro y buscó en las cookies y en los archivos de internet temporales. Todo estaba vacío, limpio por completo. O bien Henry lo había borrado todo justo antes de que le disparasen, o alguien había instalado un programa espía en el disco duro, que le daba la posibilidad de borrar lo que fuese que esa persona no quisiese que se rastreara. Escribió una nota para pedir al prodigio de los ordenadores de la policía que lo comprobase.

Ben continuó buscando en cada uno de los archivos de Henry. Archivo tras archivo, nada parecía prometedor. Se pasó una mano por los ojos cansados y estaba a punto de dejarlo cuando probó una última cosa. Muy escondido entre el laberinto de carpetas, encontró un archivo llamado Cotton Candy. Dentro tan solo había un e-mail de alguien llamado el León. No decía nada fuera de lo común aparte de: «Todo está preparado». Estaba fechado en la mañana del asesinato de Henry. Sintió cómo el calor le subía por el cuerpo, a la vez que la furia —tan familiar— se iba apoderando de él. A Henry debían de haberle tendido una trampa. Caminar hacia ese callejón había sido como caminar hacia un campo de minas.

Ben no sabía de ningún traficante que se hiciese llamar el León. En el mundo donde él y Henry habían trabajado todo giraba en torno a nombres en clave e identidades falsas. Cuando Ben trabajaba era Benny el Slash, así que no habría nada de raro en alguien que se hiciese llamar el León. Pero Ben sabía que si ese era el asesino, había muchas posibilidades de que el e-mail hubiese sido enviado desde una página web anónima, asegurándose de no haber dejado ninguna señal que pudiese ser investigada. A pesar de todo, lo comprobaría.

Ben se reclinó en la silla durante unos momentos, y pensó que revolcarse en la ira no solucionaba nada. Escribió otra nota para no olvidar que debía buscar al León en internet.

Después de examinar los e-mails y el disco duro, Ben continuó trabajando. Hizo una lista de posibles tipos de páginas web donde Henry hubiese podido encontrar a traficantes de drogas: se necesita dinero fácil, la sección de ventas en los clasificados.

Puso en google: «se necesita dinero extra». El buscador escupió 3.510.000 resultados, listando diez por página. Le llevaría el resto de su vida mirarlos todos.

Acotando la búsqueda escribió: «se necesita dinero fácil mensajes foros». Aquello redujo significativamente su selección a 221.000 páginas, todavía demasiadas para investigar.

Otra búsqueda: «se necesita dinero extra mensajes tablón de anuncios El Paso, Texas». 5.820 páginas.

¡Vaya mierda!, pero a partir de ahí empezó a navegar, una página tras otra. Se movió por la lista de páginas de chat, pero no encontró nada que le llamase la atención. Decidió que la única forma de descubrir algo que le sirviese sería tirándose a la piscina, así que puso un mensaje: «Estoy buscando una oportunidad de hacer dinero rápido en El Paso». Luego otro: «Tengo coche, puedo trabajar de noche en el área de El Paso».

Ahora solo tendría que esperar a ver qué pasaba.

Escuchó ruidos en la habitación de al lado: Julia. La mujer podía hacer que un santo quisiese cometer un asesinato y aceptar felizmente las consecuencias. Ya había sido lo suficientemente duro cuando era sexy y desinhibida. Pero ahora esa determinación de reprimir a quien era en realidad y ambos lo sabían, lo estaba volviendo loco. Un minuto era dulce e inocente, y al siguiente, la verdadera Julia avanzaba rápidamente como un tigre explotando dentro de su jaula. Se preguntó por qué Julia sentiría esa necesidad de ser lo que ella consideraba una nueva y mejorada Julia. Cuando antes había entrado en la cocina, iba vestida con pantalones de vestir de lana, un jersey, y zapatos que se parecían muchísimo a unos mocasines. Julia llevando mocasines, ¡era difícil de creer! Lo único en lo que podía pensar era en que gracias a Dios no se había cortado el pelo. Un hombre podría perderse en esa larga melena de negra sensualidad.

Ben soltó una palabrota al sentir cómo su polla se excitaba ante la idea de lo que quería hacer con Julia. Se sintió caliente y consumido, y se lamentó de no poder quitarse a esa mujer de la cabeza.

De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: ¿Qué pasa, tía?

¿Por qué estás pasando anuncios pidiendo tipos brutos e insensibles?

Kate

Katherine C. Bloom Presentadora de Informativos KTEX TV, Oeste de Texas

De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›

Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com›

Asunto: ¿Perdona?

«¿Qué pasa, tía?» ¿Has empezado a llevar pantalones vaqueros caídos por las rodillas con unas Adidas sin cordones?

Y sí, estoy buscando al tío más neandertal del Oeste de Texas. Es para el programa de televisión que se me ha ocurrido. Desgraciadamente, aunque tengo a un verdadero hombre de cromañón viviendo bajo mi techo, he decidido que no es el tío adecuado para mi plan.

Besos, J.

De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: re: ¿Perdona?

Nada de pantalones caídos para moi, pero estoy haciendo un especial sobre hip-hop en El Paso. ¿Quién iba a decir lo de moda que está? Definitivamente atraeremos la atención de los jóvenes con este programa. Y por lo que se refiere a hombres prehistóricos, pensé que habías jurado mantenerte alejada de los chicos malos. ¿De qué irá el programa?

K.

De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›

Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com›

Asunto: Sorpresas

He «jurado» mantenerme alejada de los chicos malos. Por lo que se refiere al programa, te informaré una vez que todas las piezas encajen. ¡Va a ser genial!

Besos, J.

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