Capítulo 6

Julia cerró su correo electrónico y apagó el ordenador. Tenía la vertiginosa y tonta sensación de que muy pronto sus e-mails irían firmados con un título: productora. Lo único que tenía que hacer era trabajar en la idea de su nuevo programa.

Insertar la pieza promocional en el programa de Kate definitivamente atraería a muchos hombres, pero para hacer que funcionase de verdad necesitaba algo más que hombres, tendría que conseguir los productos y servicios que de hecho transformarían al hombre: desde un corte de pelo hasta muebles para la casa; y lo necesitaba gratis. La única forma de pago a las empresas sería a través de publicidad en el programa, así que había puesto un anuncio en la sección de clasificados del periódico pidiendo proveedores.

Si se basaba en el éxito de publicidad tanto del programa de Kate como en el de Chloe, Julia sabía que había mucha gente por ahí fuera que estaba más que dispuesta a intercambiar productos por publicidad.

Sentía un estremecimiento de excitación bajándole por la espalda cada vez que pensaba en la idea de coger a un tipo basto e insensible, transformarlo y convertirlo en alguien dulce. Recordaba la reacción de Ben cuando le contó su idea, y que se había quedado alucinado sin poder creérselo. Obviamente no estaba tan impresionado como ella, razón por la que finalmente había decidido que Ben no era la persona adecuada para hacer Hombre Primitivo. No le hacía falta que ningún aguafiestas, por muy guapo que fuese, le arruinase el espectáculo.

Hasta que llegasen las solicitudes de tipos que estuviesen interesados de verdad en ser transformados, se concentraría en llevar a cabo la suya propia, aunque en realidad lo único que tenía que hacer era acordarse de Ben, y toda su determinación se le escapaba por la ventana. Y no era el sexo lo que echaba de menos —aunque con solo echar un vistazo a ese cuerpazo, el sexo pasaba a dominar sus pensamientos—, sino que era el hecho de tener que ser dulce y agradable lo que le resultaba tan increíblemente difícil de mantener cuando estaba cerca de él. Pero ella podría hacerlo, y podría hacer algo más que cambiar su forma de vestir, de ruborizarse ocasionalmente de vergüenza y de abrir la puerta ella misma. Estudió su reflejo en el espejo y decidió lo que tenía que hacer.

Treinta minutos más tarde se sumió en la humareda de laca para el pelo y en el ruido de secadores del Velvet Door Salon.

—¡Hola! Siéntate, siéntate —le recibió con entusiasmo la estilista. Julia se negó a preocuparse, aquello era lo que tenía que hacer. La peluquera le soltó la cola de caballo.

—Un pelo tan bonito... ¿estás segura de que quieres cortártelo?

—Absolutamente segura. Es hora de cortar con el pasado.

—Sí, sé lo que quieres decir, es como empezar de nuevo —dijo la peluquera.

—Exacto.

—Voy a cortarte el pelo y quedará tan bonito como lo tienes ahora, solo que diferente —dijo tocándole el brazo.

—Estaba pensando en una melenita por los hombros.

—¿Algo tan serio?

—Algo serio es exactamente lo que quiero.

—Está bien —dijo la mujer no muy convencida—, si estás segura.

No lo estaba, pero tampoco lo dijo. La peluquera no dejó de hablar mientras le lavaba y le peinaba el pelo, haciendo posible que se olvidase de lo que estaba a punto de pasar.

—¿Qué te parece si te lo dejo más corto pero hacemos algo tal vez un poco más divertido? —preguntó la mujer.

—Gracias pero no. Lo que quiero es un peinado a lo paje, de estilo conservador — insistió Julia.

Después de poco más de treinta minutos, Julia se encontró mirando a una mujer a la que casi no reconocía, pero se negó a admitir que quería llorar. ¿Quién iba a saber que cambiar iba a ser tan doloroso?

—No está mal —intentó convencerla la estilista.

¿Qué no estaba mal?

Julia se estremeció y levantó la barbilla. Ella podía ser muchas cosas, pero nunca había sido vanidosa, aunque quizá era porque siempre había dado por sentada su belleza. —Gracias, es perfecto.

No tenía más elección que volver a Meadowlark Drive. Cuando llegó a la entrada de la casa, no pudo evitar sacar las gomas y las horquillas que siempre llevaba encima y recogerse lo que le había quedado de pelo en un moño. No era que le importase lo que pensara Ben, era más bien que se había dado cuenta de lo vulnerable que se sentía sin su larga melena. Sonrió al pensar en Sansón y su pelo, aunque ella sería todo lo contrario: haberse cortado el pelo la haría más poderosa, haría que la tomasen más en serio que antes.

Dio la vuelta a la casa hasta llegar al garaje, aparcó y entró por la puerta trasera. La casa estaba en silencio. Permaneció unos segundos en la cocina, sintiendo el calor de noviembre colándose por los grandes ventanales; tenía una inconfundible sensación de soledad. Mientras crecía, su padre había estado fuera la mayor parte del tiempo, pero esto era distinto. Esto era permanente.

Dejó las llaves y el bolso sobre la encimera de la cocina y fue a cambiarse. Atravesó la casa hasta llegar al alfombrado pasillo. La puerta de Ben estaba abierta, y por mucho que intentó no mirar, no pudo evitar observar que su ropa estaba desparramada por toda la habitación como si fuese la decoración para una fiesta, y que la cama estaba deshecha. Alcanzaba a ver dentro del baño, donde la tapa del váter estaba hacia arriba y la toalla tirada dentro del lavabo. El sitio era un desastre.

Él, por otra parte, no lo era.

Como era habitual, estaba sentado delante del ordenador, y podría asegurar que finalmente se había duchado. Su pelo estaba limpio aunque despeinado, como si hubiese salido de la ducha, se hubiese pasado los dedos por la cabeza hacia atrás y ya está. Obviamente no era del tipo de chicos que pasaban un montón de tiempo con secadores y geles para el pelo.

Como un mal hábito, volvió a suspirar profundamente al verlo, a él y al contorno de su musculoso pecho bajo su camisa abierta. Odiaba admitir que se sentía atraída por la fuerza bruta de Ben Prescott, y por aquellos ojos negros que provocaban un estremecimiento de deseo por todo su cuerpo, lo que le hacía sentir la necesidad de juntar las piernas para frenar las ganas que tenía de sexo cada vez que él estaba cerca.

Sí, era lo suficientemente honesta y franca consigo misma como para admitir que se sentía atraída por aquel hombre, pero ceder a aquel deseo era otra historia. No era fuerza bruta lo que ella quería. Lo que ella buscaba era un hombre sensible, que le regalase flores y vistiese de esmoquin. Estaba cansada de los hombres como Ben, con sus viejas chaquetas de piel y sus tejanos marcando paquete. Quería a un hombre que no estuviese buscando el siguiente buen polvo en cuanto la tuviese en la cama. No es que ningún hombre la hubiese dejado, pues no lo habían hecho. Siempre era ella la que se iba; era una experta en irse. Y a partir de entonces se convertiría en una experta en autodisciplina. Cuando finalmente lo miró a la cara, sus ojos se cerraron con vergüenza al darse cuenta de que Ben la estaba observando.

—¿Quieres alguna cosa, bizcochito?

La forma de decirlo hizo que pareciese una seductora invitación.

—No —contestó ella de forma tajante—. Bueno, sí, pero no quiero «eso». Y aunque Ben se rio por lo bajo, en el fondo de su cabeza comenzó a percibir que algo no andaba bien.

—Tenemos que hablar —dijo Julia.

—¿Hablar?

—Como dos personas adultas.

—¿Quieres decir lo opuesto a dos personas inmaduras?

—Quiero decir lo opuesto a una persona adulta y a una inmadura —le contestó lanzándole una mirada impaciente.

—Supongo que das por hecho que yo soy la segunda —dijo Ben riendo. Julia se encogió de hombros inocentemente.

—Dispara. ¿Qué es lo que quieres, señora adulta? —preguntó guiñándole un ojo. —Creo que lo mejor será que mantengamos las distancias mientras estés aquí.

—Vale.

—¿Vale? —dijo avergonzada—, quiero decir, bien.

—¿Algo más? —preguntó como si tuviese prisa por que se marchara. Caminó hacia el interior de la habitación, tropezándose con un montón de ropa. Y cogiendo con los dedos una pieza de ropa interior del respaldo de la silla. dijo:

—A pesar de tus modales de neandertal, lo mínimo que podrías hacer es limpiar un poco.

Ben la miró de arriba abajo, se inclinó hacia delante, recogió unas cuantas camisetas y las tiró en su maleta —todavía sin deshacer en su mayor parte—, que estaba en el suelo. —¿Qué te parece así, bizcochito?

Incluso cuando estaba de buen humor, ella no tenía paciencia. Con dos metros de granito presionándola, sus niveles de paciencia estaban bajando tan rápido como el mercurio en un día de frío.

—No necesito que ningún listillo como tú se ría de mí. —Se arrepintió al instante—. ¡Maldita sea! —murmuró.

—Dime —dijo con una enorme sonrisa—, ¿eres como mínimo capaz de ser dulce y paciente?

—¿Eres como mínimo capaz de hacer otra cosa aparte de navegar por internet? —le contestó Julia frunciendo el ceño.

Todo rastro de diversión desapareció de su arrogante cara.

—Estoy trabajando.

Julia puso los ojos en blanco y dijo:

—Vale, esa es otra de las cosas que debo saber. ¿A qué te dedicas exactamente?

Por fin, ahí estaba la pregunta. Julia pensó en Rita y en la extraña respuesta que le había dado cuando le había explicado de qué conocía Ben a su marido. ¿A qué podía dedicarse el hijo menor de una vieja y rica familia que implicase a gente muriendo y a él recibiendo un disparo?

Sin embargo, Ben no pareció muy tranquilo ante aquella pregunta. Julia pudo verlo en su manera de apretar la mandíbula y de levantarse. Un temblor de preocupación le bajó por la espalda, pero se mantuvo firme. Cuando Ben se le acercó, Julia sostuvo un bulto de camisetas contra su pecho, como si pudiesen mantenerla a salvo. Ben se quedó mirándola durante un larguísimo segundo, una vez que estuvo frente a ella.

—¿Por qué quieres saber a qué me dedico? —le preguntó.

—¡No parece que trabajes! —Las palabras se le escaparon de la boca—. Y por el modo como se comportó Rita, hay algo que no encaja. —¿Que no encaja?

Le cogió la ropa de las manos y la tiró en la silla. Estaba cerca, demasiado cerca, y podía sentir su calor envolviéndola, fuerte, caliente e irresistible. El corazón se le disparó dentro del pecho y sintió pánico, como no lo había sentido antes; ni siquiera cuando su padre murió, ni cuando supo la cantidad de la deuda que tenía KTEX. Entonces simplemente había tenido que ponerse a trabajar y avanzar con determinación y confianza.

—Sí, parece que hay algo que no encaja. Dime una cosa: en primer lugar, ¿a qué respetable empleado le disparan? ¿Y saliendo de un bar? ¿Así, tal cual?

Sus ojos daban miedo, pero parecía que Julia no podía contenerse ahora que las palabras habían empezado a salir de su boca.

—¿Vas a decirme que estabas en el lugar equivocado en el momento equivocado? Solo para que lo sepas, no me lo trago. ¿Qué respetable empleado es llamado Benny el Slash? Benny el Slash —se burló—, pero ¿tú que eres, un traficante?

En el mismo instante en que sus sospechas salieron de su boca, Julia dio un grito ahogado. Si Ben era un traficante de drogas, probablemente no era muy buena idea enfrentarse a él. Julia hizo una mueca.

Ben tenía una extraña mirada en los ojos, como si quisiese decirle algo, o tal vez solo estaba intentando decidir si podía quitársela de encima y salir airoso de ello, cuando echó la cabeza hacia atrás riéndose.

—Siento decepcionarte, pero no soy un traficante de drogas. Nada tan siniestro. Tanto si me crees como si no, me dedico al negocio de la importación y exportación. Elefantes de cobre, cestas de mimbre. cualquier cosa, yo la importo, legalmente. Además de eso, soy tan vago como el que más, así que trabajo solo cuando me apetece. Y hasta ahora no me ha apetecido.

Hizo que sonase tan razonable y verdadero que sus dudas flaquearon, pero ella no iba a tragárselo tan fácilmente.

—¿Y qué me dices del tiroteo? —continuó preguntando Julia.

—He estado en el suficiente número de bares al sur de El Paso. Esta vez me llevé una bala, tan solo jodida mala suerte.

Julia se quedó mirándolo y considerando la posibilidad de contestar, pero no se le ocurrió nada. Comenzó a darse la vuelta pero de repente se paró.

—Hey, acabas de decir hace un momento que estabas en el ordenador «trabajando», y luego dices que hasta ahora no has tenido ganas de trabajar. ¿Cuál de las dos cosas es cierta,

Ben?

También podría haber dicho: «¡Ajá! ¡Te pillé!», por lo dramáticamente que estaba actuando. Ben simplemente le sonrió.

—Solo me paso por la oficina cuando me apetece, pero trabajo en el ordenador todo el tiempo.

—Tienes una respuesta para todo —dijo ella dando un bufido.

Y la verdad es que todo tenía sentido tal y como él lo contaba, y además, de ninguna manera, Chloe permitiría que un traficante de drogas se instalase con ella en su casa. Tenía que ser verdad.

Julia se balanceó sobre sus tacones, pero Ben la detuvo agarrándola por el brazo. —Ahora soy yo quien tiene una pregunta para ti —le dijo taladrándola con sus oscuros ojos—: ¿Qué pasa con ese moño tan remilgado que llevas? Su mano voló hacia su pelo.

—No pasa nada. Tenía... calor, así que me lo he recogido.

Ben dio un paso hacia delante mostrando una sensual sonrisa. Julia dio un paso hacia

atrás.

—¿Qué estás haciendo, Ben? —preguntó deseando que su voz hubiese sonado más firme.

Ben apoyó sus manos en la pared por encima de su cabeza, su mirada pasó de sus labios a su garganta, probablemente podía apreciar el estado nervioso de su pulso.

—Solías estar buena, ¿qué le ha pasado a esa mujer, la que me cogió por los huevos jugando a médicos? Esa tía tenía cojones.

Esa «tía» lo había perdido todo, pero eso no lo dijo.

—Si lo que te gusta es que te cojan por los huevos, puedo encargarme de ello ahora mismo. Aunque ya me parece algo repetitivo, por no mencionar el hecho de que tus partes privadas no han sido tan privadas últimamente. Lo siento, pero ya no hay ningún misterio en ello.

Mentirosa.

—Les has echado un vistazo, ¿verdad, bizcochito? —preguntó frunciendo la comisura de los labios.

—Créeme, tienes para algo más que para echar un vistazo —contestó Julia. Su boca se abrió de repente, así como la de Ben, quien comenzó a reír todavía más fuerte.

—Y aquí tenemos a la diablilla sobre ruedas que yo conozco. No hacen falta más que unos minutos para hacerla salir de su escondite. —¡Vete a la mierda!

—No tengo ninguna duda de que ya estoy en ella —dijo lentamente; su voz grave era un ronroneo.

Sus ojos oscuros bajaron hasta su boca y luego regresaron a sus ojos, antes de que se inclinara y la besase, aunque no en los labios. Su boca le rozó la frente, la sien, para luego dirigirse a su oreja. Julia nunca había experimentado un beso como aquel, intensamente sexual, a pesar de que no le había tocado los labios.

Ben insistió emitiendo un gemido casi imperceptible, y Julia sintió contra ella toda la extensión de su escultural cuerpo, como si de una roca de granito se tratase. Se forzó a sí misma a dejar los brazos a los lados, aunque se moría de ganas de tocarlo.

Había besado a un montón de hombres, pero a ninguno que poseyese aquella sensual pericia. La tenía ardiendo y pidiendo más en unos segundos, su cuerpo se estremecía y ruborizaba al mismo tiempo. Quería ceder, ¿de verdad sería tan malo tocarle, solo una vez?

De repente todas las razones para mantener las distancias se habían esfumado, y cediendo, sus manos se alzaron hasta tocarle el pecho. La respiración de Ben se hizo más intensa mientras le iba mordisqueando la oreja. Aparentemente sin voluntad propia, las manos de Julia se deslizaron hacia arriba, y Ben metió su mano entre la pared y ella para estrecharla con fuerza. Su boca continuaba haciendo magia y Julia comenzó a sentir un deseo frustrante hasta que finalmente cedió por completo, desplazando sus manos hacia la desnuda piel entre los bordes de la camisa desabrochada. Estaba duro y ardiendo.

El deseo y la pasión se detuvieron en seco.

—Ben —dijo empujándole.

Ben la presionó contra sí todavía más, sujetándola firmemente.

—Ben, estás ardiendo.

Su risa profunda, llena de sensualidad, resonó en su pecho.

—Estoy ardiendo, ardiendo de ganas por ti.

—¿De verdad los hombres creéis que frases como esas funcionan? —dijo soltando un bufido.

—Dímelo tú, ¿está funcionando? —le susurró al oído.

Con este hombre —se concedió a sí misma en silencio—, probablemente hubiese funcionado cualquier otro día, pero hoy no.

—Ben, te lo estoy diciendo, estás ardiendo. No ardiendo de pasión, parece que estés ardiendo de fiebre.

Eso llamó su atención e hizo que diese un paso hacia atrás.

—No tengo fiebre —sentenció, como si simplemente diciendo las palabras pudiese hacer que fuesen verdad.

—Ben.

—Te lo estoy diciendo, ¡estoy bien!

—¿Te has cambiado el vendaje?

—Más o menos —le contestó frunciendo el ceño.

—¿Qué clase de respuesta es esa? Déjame ver.

—No necesito que lo veas.

Julia le puso la palma de la mano en su pecho, su pecho caliente, y lo empujó hacia la

cama.

—Túmbate —le ordenó cuando Ben hizo una mueca de dolor—. Te ayudaré con los tejanos.

—Puedo hacerlo yo solo.

Y lo hizo, aunque con mucho esfuerzo; las fuerzas se le agotaron demasiado rápido. Ben se relajó contra las almohadas soltando un quejido, y casi no se movió cuando Julia le quitó la gasa y el esparadrapo, aunque aquello tenía que doler un montón. A Julia le cambió la cara cuando la herida quedó al descubierto.

—A mí me parece que está igual —dijo Ben estirando el cuello.

—¿De verdad? —Julia no parecía muy convencida.

—De verdad. Tan solo tráeme el agua oxigenada.

Se levantó en su busca y volvió en un momento con la botella y más vendas. Cuando Ben comenzó a limpiarse la herida, Julia le apartó las manos y con una relativa rapidez se la desinfectó y le cambió el vendaje.

—Voy a traerte un poco de agua fresca y un analgésico, y luego tienes que descansar y tomarte con calma lo de esa pierna, ¡no te permitiré que te pongas peor!

Antes de que Ben pudiese contestar —no es que pareciese que fuera a hacerlo o pudiese hacerlo—, se precipitó hacia la cocina, cogió agua y se apresuró en volver.

Se lo encontró tumbado en la misma posición en la que lo había dejado, pero tenía los ojos cerrados.

—Fantástico, esto es fantástico. Te he matado y Chloe me hizo prometerle que no lo haría y eso fue solo cuando pensó que te estrangularía. —Dame un poco de agua.

La bebió de un solo trago y cuando terminó su cabeza cayó hacia atrás. No le acercó el vaso vacío, sino que simplemente dejó caer la mano, con el vaso entre los dedos. —Ben, déjame llamar al médico.

—Estoy bien —murmuró—, me dijeron que tendría días buenos y malos. Entonces suspiró profundamente y se quedó dormido.

Durante las siguientes cinco horas Julia hizo un sendero en la alfombra de tanto ir y venir de su habitación a la de Ben. Esa noche se durmió sobre las nueve y media en la silla de al lado de su cama hasta que, al cabo de una media hora, un ruido la despertó de repente. Se levantó desorientada, pero tan solo se encontró a Ben durmiendo en su cama y cubierto por la colcha, aunque estaba murmurando y quejándose. Se inclinó hacia él.

—Ben —dijo suavemente. Pero no se despertó.-Ben —dijo más fuerte.

Él dejó caer la cabeza hacia un lado, gimiendo cada vez más.

—Ben —dijo todavía más fuerte.

Y entonces le puso la mano en un hombro y todo cambió.

Ben se sentó de repente en la cama como un rayo y un gemido furioso le atravesó la garganta mientras agarraba a Julia por la muñeca con una fuerza mortal. El miedo se apoderó de ella, estrangulándola mientras intentaba soltarse. Pero Ben la cogía con mucha fuerza, mirándola con ojos salvajes. Julia pudo ver el momento en que Ben se dio cuenta de qué estaba pasando, de dónde estaba y de qué había hecho.

—Joder —dijo con la cara ardiendo de fiebre.

—Ben, no pasa nada.

Julia pensó que tal vez gritaría, o se desmayaría, y la idea le sorprendió. Él solo le estaba sosteniendo la mano con tanta fuerza que sintió una extraña necesidad de llorar por aquel hombre, por algo que no entendía en absoluto.

Julia estaba sentada en el borde de su cama y obligó a Ben a mirarla.

—Es preciso que vayamos al hospital.

—No quiero.

—Ben, estás empeorando.

Se quedó mirándola lo que le pareció una eternidad, y cuando Julia le destapó, él no hizo nada para pararla.

Estaba débil, y Julia sabía que él solo nunca conseguiría ponerse los tejanos. Rápidamente rebuscó entre su ropa interior y entre las camisetas, en la maleta que todavía no había deshecho, hasta que dio con lo que estaba buscando, y le ayudó a ponerse unos pantalones de chándal azul marino.

Cuando le pasó una sudadera por la cabeza, Julia se sintió como si estuviese vistiendo a un niño: estaba preocupada y conmovida al mismo tiempo.

Lo tuvo en el coche en diez minutos, y con Ben desmayado a su lado voló por la I-10, tomando a toda velocidad la salida de Schuster y dirigiéndose como una bala hacia el centro médico que había en la montaña. Tan pronto como rodeó el aparcamiento de urgencias, apareció un camillero. En un instante tenían a Ben en una silla de ruedas. Julia nunca se había alegrado tanto de ver a Ben refunfuñando, y a pesar de que al principio se mostraba reacio a sentarse en la silla, al final lo hizo.

Cuando le pidieron que moviese el coche, la Julia de siempre surgió de repente y le tiró las llaves al guarda.

—Ponlo donde tú quieras, cariño.

Los ojos del guarda se abrieron asombrados, pero Julia no se quedó a esperar a que dijese que sí, o que no, o a que se largase de aquel hospital. Atravesó como un rayo las ruidosas puertas mecánicas, siguiendo al cuñado de su mejor amiga, a quien había jurado que no mataría.

«Por favor, por favor, por favor —rezó— no me hagas quedar como una mentirosa.»

Nadie perdió ni un minuto. En unos segundos el personal del hospital tuvo a Ben rodeado en una camilla, como si se tratase de un experimento de laboratorio en una clase de ciencias. Cuando Julia se acercó, una enfermera con aspecto severo la miró con el ceño fruncido y la empujó firmemente pero con suavidad fuera de la habitación. Odió el extraño vacío que sintió cuando la puerta se cerró a su espalda; o tal vez solo fuese miedo.

«Por favor, haz que se ponga bien.»

Trató de sentarse en la sala de espera, pero, nerviosa, se puso a caminar de un lado a otro. Afortunadamente, treinta minutos más tarde sacaron a Ben de la sala de urgencias en silla de ruedas. El doctor se dirigió hacia ella. —¿Es usted la señora Prescott?

—Eeeh, n... —se cortó a sí misma. Si no era miembro de la familia, la echarían de allí sin ninguna duda—. ¡Sí!

—No hay de qué preocuparse —dijo el médico—, se recuperará. La herida se ha agravado e infectado ligeramente, pero no es nada que los antibióticos no curen rápidamente. Creo que su mayor problema es que está agotado, parece que no haya dormido mucho últimamente.

Sí que parecía que hubiese estado durmiendo, pero cuando se paró a pensarlo mejor, se preguntó si era cierto. Más de una vez cuando ella se había levantado en mitad de la noche, había escuchado ruidos en su habitación, como si hubiese estado trabajando en el ordenador.

—Voy a tenerlo en observación durante esta noche, solo para asegurarnos de que todo está bien. Le estoy dando antibióticos intravenosos para eliminar rápidamente la infección. Creo que estará listo para irse a casa mañana por la mañana.

—Me alegro tanto —dijo Julia suspirando profundamente—. ¿Alguna otra cosa?

—Tiene que ir con cuidado con esa pierna.

—Haré cuanto pueda para asegurarme de que así sea.

—Bien. De momento no hay nada que pueda hacer, lo mejor será que se vaya a casa a descansar.

—¡No puedo dejarlo aquí solo!

—Puede sentarse un momento a su lado, ¿qué le parece eso? —propuso el joven médico.

Una enfermera la llevó hasta la habitación privada. Ben parecía dormido y tenía una cánula intravenosa colgándole del brazo. Tan pronto como se quedaron a solas, se dirigió hacia él y se sentó en el borde de la cama.

—Me has dado un bonito susto —susurró.

Ben no respondió, simplemente permaneció allí pareciendo mucho más angelical de lo que en realidad era.

A pesar de quién fuese o de qué fuese, un tío que se dedicaba a las importaciones, un traficante de drogas o simplemente un niño rico mimado, no pudo resistirse a alargar la mano y pasarle los dedos por la frente, peinando esos mechones de pelo hacia atrás.

—A partir de ahora has de tomártelo con calma —dijo volviendo a sentarse en el colchón—, ¿vale?

Estiró la colcha, alisó las arrugas y se dijo que debía irse. Pero no parecía que pudiese apartar la mano de su pecho, como si de alguna forma se estuviese asegurando de que siguiese respirando.