Capítulo 18
Ben apagó el ordenador y se dirigió a la habitación de Julia. Llamó a la puerta, pero no respondió nadie. Cuando la abrió, Julia no estaba allí. Sabía que antes de hacer nada más, antes de buscar al tal Leonardo, tenía que encontrarla a ella.
¿En qué narices había estado pensando al cabrearse con Julia cuando le había contado lo que Todd le había dicho? Había pagado con ella todo su asombro y frustración, y quería arreglar la situación antes de hacer nada más. Llamó a la cadena de televisión y preguntó por Kate.
—No encuentro a Julia —dijo sin preámbulos. —¿Qué quieres decir?
Ben sintió la inmediata tensión en la voz de Kate, la preocupación. —Lo siento, es solo que necesito encontrar a Julia y no está aquí, en casa. —¿Crees que tal vez se haya marchado porque te enfadaste con ella cuando te contó lo que le había dicho Todd? —dijo Kate con sarcasmo.
—Probablemente ganarías la apuesta —suspiró Ben.
Las tres amigas se defendían mutuamente como una gallina a sus polluelos.
—Bueno, por lo menos lo admites —dijo Kate.
—¿Estaba muy enfadada?
—Mucho. Pero tengo que decírtelo, creo que estaba enfadada por algo más que por haberte desquitado con ella. —¿Qué quieres decir?
—No estoy muy segura. Se la oía muy mal. Pero me prometió que me llamaría en cuanto terminase con las tomas del funicular. —¿Tomas del funicular?
—Un amigo mío la va a llevar en un funicular particular para que consiga la toma aérea de la ciudad que Andrew quiere.
—¿Un funicular particular? ¿No el funicular habitual? —¿Qué quieres decir?
—El funicular para los turistas está bien, pero uno improvisado por alguien del que nunca he oído hablar, es otra historia. Me voy hacia allí ahora mismo. Mientras tanto, llámala por teléfono y dile que consiga la toma de alguna otra forma.
De vuelta en su Rover, se dirigió a la dirección que Kate le acababa de dar. A pesar de que sabía que Kate la llamaría, marcó el número de teléfono de Julia, pero enseguida le salió el buzón de voz, lo que significaba que o bien que estaba hablando, que no estaba contestando a las llamadas, o que el teléfono estaba apagado.
—No te subas a ese funicular —ordenó al buzón de voz—, repito, no te subas al funicular.
Lo apagó y volvió a meter el móvil en el bolsillo interior de su chaqueta. Se pasó de largo las señales de stop y voló hasta la carretera que subía a la montaña.
El todoterreno llegó a un improvisado aparcamiento de grava, donde enseguida vio el coche de Julia junto a otra camioneta. Ben saltó del coche e hizo una mueca cuando la pierna mala tocó el suelo. Se dirigió hacia las escaleras que llevaban al andén, pero el funicular acababa de salir y se alejaba. Al maquinista no se lo veía por ningún sitio.
—¡Julia!
Julia estaba sujetando con firmeza la cámara de vídeo, enfocando las vistas con el objetivo. Se enderezó dándose la vuelta cuando él la llamó, y Ben pudo ver el terror en sus ojos. Casi no podía creerse que Julia le tuviese miedo a nada, pero incluso muerta de miedo, todavía sujetaba la cámara intentando conseguir una toma pintoresca.
—¡Vamos, salta de ahí!
—¿Estás loco? ¡No puedo saltar! Además, tengo que conseguir las imágenes.
Ben sabía, por la terca inclinación de su barbilla, que no iba a saltar, a pesar del miedo en sus ojos. Así que cuando el vagón se acercó al final del andén, hizo lo único que podía hacer: se deslizó por la abertura justo en el instante en que el funicular se balanceaba libremente en el aire.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Julia.
—He venido a por ti —murmuró a unos centímetros de ella en el reducido espacio.
—¿Por qué?
—Hay mejores formas de conseguir imágenes que montándose en esta cosa.
Eso hizo que Julia bajase la cámara, pero solo durante un instante, antes de volver a colocársela en el hombro y de que la ciudad apareciese delante de ellos. Ambos se quedaron alucinados ante la vista, allí de pie, mirando y olvidándose de todo. Aunque no transcurrió mucho tiempo antes de que el vagón diese una sacudida. Los ojos de Julia se abrieron todavía más y dejó la cámara de vídeo sobre el banco de madera que servía para sentarse y para almacenar cosas dentro.
—La buena noticia es que he conseguido lo que he venido a buscar —sentenció Julia, aunque su voz tembló cuando el vagón volvió a balancearse.
Se agarró a los lados, donde las ventanas de plexiglás se juntaban con las láminas de metal de las paredes.
—Supongo que este es el momento perfecto para decir: «Abróchense los cinturones de seguridad, este va a ser un viaje turbulento».
Su voz de chica lista temblaba y Ben ladeó la cabeza todavía intentando asimilar el hecho de que Julia Boudreaux le tuviese miedo a algo. Pero así era, y cuando el vagón volvió a balancearse, ella dio un grito; tenía los nudillos blancos de agarrarse tan fuerte.
—Hey —dijo Ben con tranquilidad—, está viejo y destartalado y puede estropearse, eso es todo. Incluso si se rompiese, solo se trataría de arreglarlo y de sacar a los ocupantes fuera del vagón. No va a pasarte nada.
No parecía que le creyese, y Ben alargó la mano para tocarla.
—¡No! —dijo ella con firmeza.
Su tono le dolió, porque no se trataba tan solo del miedo. no del todo. Julia estaba enfadada con él, pero sabía que se lo merecía. Primero, no se había comportado bien cuando Julia le había explicado lo que Todd le había dicho, y luego se había comportado como un idiota celoso cuando ella había recibido las flores.
—Lo siento —dijo de corazón—, me he comportado como un capullo.
—Eso es cierto —contestó Julia mirando hacia otro lado.
—Estoy llegando al fondo de lo que le pasó a Henry —dijo con una mueca.
—Me alegra escucharlo.
—Pero antes tenía que encontrarte para disculparme. —Vale, ya puedes borrar eso de tu lista.
—Julia. —Pero no pudo ir más allá antes de que el vagón se balancease de nuevo y los cables chirriaran hasta pararse por completo.
La pálida piel de Julia se puso todavía más blanca. —¡Maldita sea! —murmuró Ben—. Julia, mírame.
Finalmente ella consiguió levantar la mirada hasta encontrarse con la de Ben, quien pudo ver el pánico en sus ojos. Solo entonces se dio cuenta de que Julia tenía miedo a las alturas.
—Tienes miedo a las alturas. —Dijo las palabras con la misma sorpresa con que las sentía.
Julia cerró los ojos con fuerza.
—Siendo así, ¿por qué te has subido a esta condenada cosa? Julia todavía no podía hablar.
—Ya sé —continuó Ben con calma—, porque nunca te permites a ti misma tenerle miedo a nada. —Suspiró—. Julia, no tienes que ser fuerte en todo momento.
Sujetando todavía los bordes con las manos, se hundió en el suelo, con los brazos extendidos como las alas de un águila, hasta que su trasero tocó el suelo y se soltó, deslizando despacio las palmas por los lados. Se abrazó las rodillas con los brazos y enterró la cabeza entre ellos. Era doloroso ver a aquella mujer tan fuerte tratando de aguantar todo lo que podía sin conseguirlo. Quería consolarla, pero antes tenía que hacer una llamada.
—Departamento de policía, aquí Ben Prescott. —Les dio su número de placa y explicó la situación.
Se intercambiaron unas cuantas instrucciones y entonces colgó y se agachó frente a Julia. Le acarició la barbilla y se la levantó hasta que ella tuvo que mirarle. Pero sus ojos estaban cerrados.
—Cariño, mírame.
De mala gana, lo hizo.
—¿Estás bien?
—¿Lo estoy? —preguntó ella.
La pregunta parecía muy simple, pero Ben se dio cuenta de que no lo era en absoluto. —Claro que lo estás.
—Mi padre no tenía ninguna paciencia con las personas miedosas —explicó volviendo la cabeza.
—¿Qué?
—Philippe Boudreaux no le tenía miedo a nada —dijo volviendo a cerrar los ojos. Ben se acordó de que su padre había muerto escalando una montaña y de las historias de su amor a la aventura.
—Y esperaba que su única hija fuese de la misma manera —continuó Julia volviendo a mirarle—. ¡Esto es inaceptable!
—¿Tenerle miedo a las alturas es inaceptable? —le preguntó Ben sin creer lo que estaba oyendo.
—Ser débil es inaceptable —aclaró.
—Joder, Julia, tú no eres precisamente una persona débil.
—Entonces ¿por qué estoy encogida en el suelo?
—Sé de enormes y fornidos policías que se pondrían sin pestañear delante de un loco con una pistola, pero que se marean solo de pensar en las alturas.
—Gracias a Dios no conocieron a mi padre —respondió Julia soltando un bufido.
—¿De qué va todo esto en realidad? —preguntó Ben con delicadeza.
Al principio no respondió, se quedó mirando las marcas y señales de las paredes del funicular, sin verlas realmente.
—Mi vida es un desastre —susurró.
—No...
—Es cierto. He estado andando por ahí, fuera de control, desde que murió mi padre. He intentado fingir que todo iba bien, que era tan fuerte como él siempre había esperado que fuese. Pero cuanto mejor persona intento ser, peor se vuelve todo. Ya ni siquiera sé quién soy. Me siento completamente perdida.
—No estás perdida, Julia. Simplemente estás buscando tu camino en un mundo que cambió de repente al morir tu padre.
—Pero de eso se trata. No me siento como si estuviese encontrando mi camino, me siento como si estuviese siguiendo un patrón, como si me hubiesen concedido un indulto. Pero en cuanto llegue la primavera tendré que vender la casa, y para entonces será mejor que tenga una nueva vida, y una que funcione.
—Joder, yo estoy impresionado con lo bien que te las estás apañando después de que te dejase en una situación financiera tan precaria. Y una vez vendida, ¿no te sobrará algo de dinero para salir del apuro?
—Mi padre hipotecó la casa cuanto pudo para mantener las apariencias. Tendré suerte si salgo de esta cubriendo los gastos —le dijo mirándolo fijamente a los ojos.
—Joder.
—No me importa lo del dinero. ¡Tan solo necesito saber que puedo tener éxito en algo! La vieja Julia no funcionaba, pero la nueva tampoco —dijo tomando aire y taladrándole con los ojos.
—Hay algo que va bien. Todavía tienes admiradores que te envían flores. Claramente saben quién eres y todavía te quieren.
Las palabras hicieron que la quemazón de las lágrimas volviese a sus ojos, pero Ben pudo ver cómo luchaba por contenerlas. No iba a permitirse llorar.
—Es mi cumpleaños —le explicó con voz entrecortada.
Ben frunció la frente y dijo:
—¡Mierda! Ojalá lo hubiese sabido. Feliz cumpleaños, y he sido un idiota por mencionar lo de tus admiradores. Por supuesto que tienes muchos, y me alegra que alguno de ellos te haya enviado flores.
—Eran de mi padre.
Simplemente eso. Ben no entendía nada.
—¿Qué narices? Tu padre está muerto. —se interrumpió a sí mismo.
—Lo está —dijo tranquilamente—. Desde que puedo acordarme, siempre me enviaba rosas para mi cumpleaños. No importaba dónde estuviese ni lo que hiciera, las rosas rojas siempre llegaban. Ni siquiera me gustan las rosas rojas, pero de alguna forma eso compensaba el hecho de que no estuviese allí, porque por lo menos sabía que estaba pensando en mí.
—Eso es fantástico.
—¿Fantástico? —Rio amargamente—. Ahora me doy cuenta de que no estaba pensando en mí. Tenía un acuerdo con la floristería para que las recibiese sin importar dónde él estuviese. Otra persona se acordaba por él. Y como murió de forma tan inesperada, no se ha cancelado el encargo, y nadie pensó en hacerlo. —Le miró—. No se acordaba de mí, nunca se acordó de mí.
El vagón volvió a balancearse y Julia se apoyó de nuevo en las paredes del funicular.
—He intentado ser fuerte. He intentado ser la clase de mujer divertida y salvaje como las que él amó. Luego he intentado ser el tipo de mujer buena, amable y respetable que yo pensaba que debía ser. Pero ahora, de repente, no tengo ni idea de quién soy, ni de quién quiero ser.
—Tal vez tú no sepas quién eres, pero yo sí lo sé. Julia lo miró.
—Eres la mujer más fuerte que conozco. Fuerte, inteligente y sexy.
—Sí, muy fuerte, muerta de miedo en el suelo —respondió dando un bufido.
Ben volvió a cogerla por la barbilla.
—Fuerte —le dio un beso en la frente—, inteligente —le dio un beso en la sien— y sexy. —Acercó la boca a la suya.
A Julia se le cortó la respiración mientras Ben la besaba suave y delicadamente.
—Feliz cumpleaños —susurró.
Julia sonrió a través de las lágrimas que estaba intentando contener, con el ruido de las sirenas acercándose en la distancia.
—Esos deben de ser los que vienen a rescatarnos —dijo Ben sonriendo.
—¿Qué van a hacer?
—Ya veremos. Esperemos que sean capaces de desatascar el engranaje. En unos minutos se oyó un megáfono de mano. —Prescott, ¿estás ahí arriba?
Ben se levantó y miró hacia abajo a través de la abertura. El oficial que estaba allí sonrió.
—¿Qué cojones estás haciendo ahí arriba, en ese funicular? —Solo viendo cuántos problemas podía causar hoy.
—Ya lo creo que sí, un verdadero alborotador —dijo el hombre riéndose—. Vamos a tener que utilizar cables y poleas para sacarte de ahí. Julia dio un pequeño grito.
—¿Qué ocurre con los engranajes? —preguntó Ben.
—El maquinista ha mandado llamar a un técnico, pero pueden pasar horas hasta que los arreglen. Si quieres quedarte ahí hasta entonces.
—No. Tendrá que ser con los cables y las poleas —confirmó.
Cuando se volvió para mirar a Julia se la encontró muerta de miedo en el suelo.
—Es muy fácil, de verdad —le prometió—. Y no nos hemos alejado tanto, así que no estamos a tanta altura.
Julia echó un vistazo afuera y entonces comenzó a temblar.
—No puedo.
—¿Tienes a una chica ahí arriba, Prescott?
—Sí.
—¡Qué cabrón!
La risa de los agentes a través del megáfono hizo eco contra las montañas.
—¡Genial! Cree que soy una más de tus conquistas —soltó Julia.
—Esa es mi chica. Solo has de continuar pensando así.
—¿Acerca de todas tus mujeres?
—Sí —sonrió—, piensa en ellas.
Julia se levantó de golpe, solo para echar otro vistazo afuera, agarrándose a los lados. Ben le dio la cámara de vídeo y buscó dentro del banco.
—Cuerdas y equipo de rapel —murmuró.
Se puso a trabajar con las cuerdas y arneses que había encontrado dentro del banco. Aseguró una cuerda larga al funicular y se la tiró a los hombres de abajo para mantener el vagón en equilibrio. Julia sacudió la cabeza mientras le liaba el arnés entre las piernas.
—Lo único que tienes que hacer es agarrarte a la cuerda mientras yo te bajo.
Ella lo miró a los ojos, pero cuando Ben intentó quitarle la cámara de vídeo, la agarró con fuerza contra sí.
—No voy a pasar por todo esto y no conseguir las imágenes de la ciudad.
Como siempre, le hizo reír.
—Está bien, sujétala fuerte.
Ben la guió hasta el borde y Julia comenzó enseguida a temblar.
—Siéntate en el filo y deja las piernas colgando.
Rígida y con el miedo apoderándose de todo su cuerpo, hizo como le indicaba. Pero justo cuando empezaba a bajarla hacia un lado, se le abrazó con un mortal apretón.
—No puedo, Ben —dijo entrecortadamente.
—Claro que puedes, cariño.
Sus dedos le agarraban con fuerza la chaqueta.
—No, de verdad. No puedo.
Ben le cogió la cara con las dos manos, forzándola a mirarle.
—Tú puedes hacerlo. Si hay algo que he aprendido acerca de ti en este último par de meses, es que haces cualquier cosa que tengas que hacer, a pesar de lo que te cueste. Tú vas a hacer esto, y yo voy a mantenerte a salvo. Te lo prometo.
Ella le miró durante lo que pareció una eternidad, con una mezcla de miedo y esperanza. Temblando, como aceptando que tenía que hacer aquello, y negándose a que el miedo pudiese con ella, enrolló sus nuevas uñas cortas alrededor de la cuerda y la cámara, y cuando se dejó caer hacia un lado, gritó en ese alarmante primer momento en que te quedas suspendido en el aire. Los bomberos y los oficiales de policía mantenían la cuerda tensa mientras Ben la iba bajando. Cuando por fin llegó al suelo, Julia no se agarró a nadie. Dejó que le quitaran el arnés y se apoyó sobre una roca, mientras Ben se colocaba uno alrededor de sí mismo. Había hecho rapel desde que era un niño, así que en un instante se sentó sobre el borde del funicular y descendió con un rápido movimiento. Los hombres que habían trabajado con él durante años le dieron unas palmaditas en la espalda, pero él solo tenía ojos para Julia. Era como si ella tan solo hubiese esperado hasta asegurarse de que Ben llegara abajo sano y salvo para poder marcharse. Y eso era lo que estaba haciendo, caminar, casi sin mantener el equilibrio, hacia el aparcamiento.
—Eh, Julia. Siento mucho todo esto —dijo el maquinista.
Ella levantó su mano como diciendo «No te preocupes», como si no le salieran las palabras de la boca.
Sin embargo, cuando llegó a su coche, se paró de golpe y dándose la vuelta gritó:
—¡Mi bolso!
—Tan pronto como el técnico arregle el funicular, lo cogeré para ti, no te preocupes — dijo el operario.
—Pero no tengo llaves.
—Oh, ah, bien. —balbució el maquinista.
Ben sabía que Julia tenía que salir de allí antes de perder la compostura.
—Te llevaré a casa —dijo—, y luego vendremos a por tu coche.
Ben vio cómo una ráfaga de alivio le pasaba por la cara, pero solo duró un instante, y sin decir una palabra, se subió al todoterreno y miró por la ventana durante todo el camino a casa. Tan solo murmuró y respondió entre dientes a todos los intentos de Ben por mantener una conversación. Cuando aparcó en el camino de entrada de su casa, Julia se bajó del alto asiento y le entró un escalofrío cuando tuvo que volverse para preguntarle a él si tenía las llaves. Ben abrió la puerta trasera y Julia se escapó enseguida.
—Julia.
—No quiero hablar acerca de lo que ha pasado, Ben. Pero gracias. Gracias por bajarme de allí. Y ahora tengo que arreglarme para el gran final de Hombre Primitivo.
—De verdad, tenemos que hablar.
—No, no tenemos que hacerlo, Ben. Entonces se marchó de la cocina y se encerró en su estudio.
De: Andrew Folly ‹andrew@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: Tomas panorámicas
Querida Julia:
He oído decir que tuviste algunos problemas para conseguir las tomas panorámicas. Es una pena que no las hayas conseguido.
Afectuosamente,
Andrew Folly Director de KTEX TV, Oeste de Texas
De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Para: Andrew Folly ‹andrew@ktextv.com› Asunto: re: Tomas panorámicas
Estimado Folly:
Siento decepcionarte, pero tengo imágenes de sobra. Si fuese tú, tendría cuidado en subestimar mi habilidad para conseguir todo aquello que me propongo.
Julia Scarlet Boudreaux
De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: Uau
¿Qué le has dicho a Andrew? Está que echa humo, superenfadado. Si fuese tú, me andaría con cuidado, Jules.
Kate
Katherine C. Bloom Presentadora de Informativos
KTEX TV, Oeste de Texas
De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com›
Asunto: re: Uau
No te preocupes por mí, cielo. He vuelto. Y no me refiero simplemente a que he vuelto de ese horrible paseo en funicular. Obviamente yo no estoy hecha para ser una buena chica. No tengo ni idea de quién es Julia Boudreaux en realidad, pero quienquiera que sea, ha de ser suficiente. ¡Prepárate, Oeste de Texas!
Besos, J.
De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Asunto: Dios mío
¿Qué quieres decir con lo de «¡Prepárate, Oeste de Texas!»? ¿No me digas que vas a hacer alguna locura?
Aunque tengo que admitir que echo de menos a la antigua Julia. Pero, quienquiera que seas, o quienquiera que quieras ser, ya sabes que te quiero.
Kate
PD: Ver a Folly echando humo por las orejas es lo mejor que ha pasado en esta oficina desde el día en que llegó.
De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com›
Asunto: Nacida para servir
Encantada de complacer y de poder ofrecer un poco de alivio al personal de KTEX TV. Los echo de menos, y si Dios quiere estaré de vuelta en cuanto acabe con el programa. Será mejor que no haya estropeado mi sofá morado con estampado de leopardo. Julia, de vuelta y mejor que nunca a los veintiocho.
Besos, J.
De: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: Deberían dispararme
Julia, ¡no puedo creerme que nos olvidásemos de tu cumpleaños! ¡¡¡FELIZ, FELIZ, FELIZ CUMPLEAÑOS!!! En cuanto vuelva, lo celebraremos con una superfiesta.
Con mucho cariño, Chloe
De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹Julia@ktextv.com›
Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com› Asunto: re: Deberían dispararme
Julia, ¡no tengo perdón de Dios! Yo estoy aquí en la ciudad y se me olvidó por completo. Lo único que puedo decir en mi defensa es que he estado muy ocupada con un montón de mujeres celosas. Es desconcertante la cantidad de mujeres que se le tiran a Jesse encima, ¡a pesar de que yo esté allí de pie, a su lado, y normalmente cogida de su mano! ¡Pero te compensaré, te lo prometo!
K.
De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com› Para: Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com›
Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Asunto: No pasa nada
No os preocupéis, sé que ambas me adoráis. Y prometo que cuando vuelvas, vamos a tener algo más que celebrar además de mi cumpleaños. Estoy a punto de terminar mi programa. ¡Va a ser genial! Por lo que se refiere a las mujeres celosas, ¡olvídalas! Jes se te quiere a ti, se casó contigo, no con ninguna de esas grupis.
Besos, J.
De: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com› Para: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Chloe Sinclair ‹chloe@ktextv.com› Asunto: Nunca fallas
Siempre sabes qué decir. ¡Gracias!
Te quiere, K.
PD: ¿Vas a venir mañana a la cena de Acción de Gracias?
De: Julia Boudreaux ‹julia@ktextv.com›
Para: Katherine Bloom ‹katherine@ktextv.com›
Asunto: Acción de Gracias
Gracias por la invitación, pero ya tengo planes.
Besos, J.