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4 de Noviembre del 2014

Los pajarillos cantaban fuera de mi ventana, abrí los ojos y a pesar de la tormenta del día anterior había salido el sol.

Caminé a la cocina y me preparé un Sándwich de jamón y queso, le di una mordida y preparé mi ropa para llevarla a la lavandería.

Miré la gabardina de Samuel colgada en un perchero, reí al recordar su declaración de amor.

Un admirador ¿quién lo iba a decir?

Sandy salió vestida de oficina y totalmente seria.

Estaba lista para su entrevista número diez en el mes, anteriormente había trabajado en un hotel pero la despidieron junto con varios trabajadores  cuando cambiaron de dueños, la pobre habia batallado mucho para encontrar un nuevo empleo decente.

—¿Me veo bien? —preguntó, se dio la vuelta y no dejaba de intentar mirarse las nalgas.

—Estás perfecta, ¿de qué es tu entrevista?

—Edecán de una tienda de ropa, deseame suerte.

—Suerte, ese trabajo es tuyo campeona.

Besó mi mejilla y la acompañé a la puerta, no me equivoqué al decidir tenerla como compañera de cuarto.

Era la mejor amiga de todas, era como mi hermana.

Se detuvo en la reja y se dio la vuelta con una rosa y una nota.

—¿Quién es Samuel? —preguntó.

Salí corriendo y le quité la nota de las manos, la abrí y de inmediato y sonreí.

*Cásate conmigo.

 

Samuel.

—¿Y bien? —levantó las cejas esperando explicaciones.

—Llegarás tarde a tu entrevista.

—Cuando regrese tendrás que contarme todo Katherine Lawrence.

—Lo prometo.

Levanté la mano derecha y la llevé a mi pecho, salió corriendo y se montó en mi auto.

Me despedí con la mano y regresé adentro, olí  la rosa y fui a mi habitación.

Después de darme un baño me senté en el sillón y encendí el televisor, cambié y cambié de canal hasta que me detuve en una telenovela mexicana. Trataba sobre una chica que vivía en un basurero, buscaba en él cosas de valor y conoció a un millonario que le ayudó, se terminó enamorando de su hijo.

Telenovelas, en fin.

Eso nunca pasaría en la vida real.

No pensaba en el amor, con lo que tenía me sentía feliz.

En un par de meses al fin iba a mostrar mis obras en una exposición, era la oportunidad de demostrarle que si puedo a la gente que no depositaba su confianza en mí, en especial a mi madre.

Ella siempre se llevaba por la apariencias, quería que estudiara leyes y me odiaba por no haber hecho lo que ella quería.

Pero  hice  lo que mi corazón me dictaba, siempre fue así.

Yo era más como mi padre, cuando se dio cuenta que ya no quería a mi madre decidió dejarla y sé que si hubiera sido por ella seguirían viviendo en una farsa por miedo a la opinión de la gente.

Apagué el televisor y fui a mi estudio, mi lugar favorito en todo el mundo.

Levanté la tela que cubría el caballete, al ver los ojos azules que había pintado la noche anterior sonreí sin querer.

Samuel era tan loco, sin duda se me había hecho una persona espontánea sin miedo a nada, eso me gustaba.

Sospechaba que lo tendría en mi vida por un largo rato, por lo menos hasta que se cansara de insistir.

Continué pintando sin quitar la sonrisa de mi rostro.

El resto de la semana pasó, salí al jardín a recoger la rosa que aparecía cada mañana en mi puerta y abrí la nota que la acompañaba.

Ese parque no es lo mismo sin ti.

Una cosa más: casate conmigo.

 

Tu admirador.

S.

Había estado ocupada los últimos que días que no fui al parque, lo cierto era que la exposición me tenía vuelta loca. Todavía faltaba tiempo pero me gustaba tener siempre todo en orden.

—¿Otra nota de tu admirador? —dijo Sandy.

—No es mi admirador.

Puse  los ojos en blanco y regresé dentro.

—Pues lo deja muy claro en cada nota que te deja. ¿Por qué no quieres hablarme de él?

—De acuerdo —suspiré y me dejé caer en el sofá—. Se llama Samuel, lo conocí hace unos días y tomamos un café, eso es todo.

—¿Segura? —levantó las cejas, con ver su sonrisa supe lo que estaba pensando.

Rodeé los ojos y le lancé un cojín.

—Segura —afirmé.

—No te enojes, sólo que está muy raro ¿ni un beso se dieron?

—Ni un beso, ya déjame en paz.

—Pues no estaría mal si sales con alguien, eso sí; tengo que conocerlo primero.

—Sabes bien que no tengo tiempo para el amor.

—Precisamente, deberías darte un descanso.

—No lo necesito, vamos al súper ya o vas tú sola.

—Señorita gruñona, vamos de una vez.

Agarró las llaves del auto y salimos.

Durante el trayecto no volvió a mencionar a Samuel, me molestaba que empezara a decir que necesitaba un novio.

No lo necesitaba, sólo hacían sufrir y estaba segura que si tenía uno me amargaría mucho más.

—¿Qué necesitamos? —preguntó, saqué la lista y un lápiz.

—Leche.

Agarró un carrito y fuimos al departamento de lácteos, cogió un litro de leche normal para mí y otro más deslactosada para ella.

—¿Y ahora?

—Verdura.

Subió un pie en una parte del carrito y con la otra se impulsó. Parecía niña pequeña, gritaba y reía hasta que su diversión terminó, se estrelló contra una torre de botellas de detergente.

Corrí hasta ella, armó un desastre y varias personas se acercaron para auxiliarla.

—¿Estás bien? —pregunté y tome su mano.

—Sí.

Abrió los ojos, hizo viscos y me aguanté la risa.

—Estoy mareada.

Dejó caer la cabeza al piso y volvió a cerrar los ojos, se puso pálida y me empecé a preocupar.

—Dios, Sandy hablame.

—Será mejor llevarla al hospital.

Dijo un empleado del supermercado, asentí y la cargó entre sus fuertes brazos.

—Llévala a mi auto.

Lo hizo y corrí tras ellos mientras la gente nos abría el paso. Le lancé las llaves y me subí en el asiento del pasajero preocupada.

—Sandy ¿me escuchas?

—Quiero vomitar.

Mierda, froté su frente mientras le daba palabras de aliento. El chico manejaba como loco, incluso se pasó un semáforo en rojo.

Con suerte no nos detuvieron.

—¿No tendrás problemas en tu trabajo por venir con nosotras? —me miró por el espejo retrovisor.

—No, y si los tengo no importa.

Cuando llegamos al hospital él la llevó de inmediato a urgencias, iba tan rápido que tenía que correr para no perderlos, la metieron a observación.

Busqué mi teléfono pero no tenía buena señal, lo guardé de nuevo en el bolsillo trasero de mi pantalón y caminé desesperada buscando un teléfono de monedas.

Cuando lo encontré introduje dos monedas en él y esperé hasta que contestaron del otro lado de la línea. 

—Louis, habla Kathe.

—¡Kathe, que alegría escucharte! ¿Cómo estás?

—Yo bien, em... Sandy es la que no está bien.

—¿Qué le pasó a mi hija?

—Tuvo una caída, estamos en el hospital central…

No me dijo nada más, colgó el teléfono, hice lo mismo y tomé asiento en una de las frías e incómodas sillas de la sala de espera.

El chico que nos acompañó se unió a mi y suspiró

—Muchas gracias por traernos, puedes irte si tú quieres. Sé lo incómodos que son los hospitales.

—Prefiero quedarme hasta saber que está bien.

Crucé los brazos y esperé a que alguien saliera y nos dijera cómo estaba mi amiga, toda la vida había sido tan inquieta e intrépida y sabía que jamás aprendería la lección.

—¿Kathe? —levanté la mirada ante aquel llamado.

Samuel me miró sorprendido y yo a él.

Caminó hasta mí preocupado, me miró de pies a cabeza y luego buscó mis ojos.

—¿Estás bien? —preguntó tenso.

—Sí ¿qué haces aquí?

—Aquí trabajo

—Oh, claro. Una amiga tuvo un accidente y está aquí.

—Lo siento, ¿qué le pasó?

Me quede callada, no sabía si me daba pena decir que le había caído  encima una torre de botellas de detergente o que era mi amiga de toda la vida, o peor aún: que me preguntara como fue que le pasó.

—Se cayó —me limité a decir.

Se relajó un poco y sonrió, acarició mi mejilla y guardó un mechón de cabello atrás de mi oreja.

—Me da gusto verte, pensé que algo te había pasado.

—No, todo bien. Es sólo que estuve ocupada.

—Ya veo.

Frunció el entrecejo y miró al chico que todavía  no le preguntaba el nombre, volteé hacia atrás, parecía  preocupado incluso más que yo.

Después de segundos regrese mi atención a Samuel, su cámara colgaba de su cuello.

—No se descompuso —la sonrisa se extendió por mi rostro.

—No, es muy buena cámara. Tus fotos siguen intactas.

—Me alegro, por cierto gracias por las flores y las notas. Son todas muy lindas.

—Qué bueno que te gustan, no dejaré de hacerlo hasta conquistarte.

Me sonrojé,  demonios odiaba que eso me pasara. Vi detrás de él que Louis llegaba corriendo, cuando llegó conmigo me abrazó llorando.

—¿Cómo está mi hija?

—Todavía no nos dicen nada.

—¿Pero cómo se cayó?

El doctor venía hacia nosotros, agradecí mentalmente, no quería explicarle las locuras de Sandy.

—¿Cómo está mi hija? —preguntó aún sin dejar de llorar.

—Bien, un poco aturdida por el golpe pero no hay ningún peligro. Pasará la noche aquí ya que la tuvimos que medicar.

—¿Podemos verla?

—Claro, vengan conmigo.

Caminamos detrás del doctor, también el chico del supermercado y Samuel.

Abrió una pequeña cortina, y ahí estaba mi amiga; dormida y con un ojo morado.

No pude haber tenido una amiga más loca que ella.

Me senté a un lado de ella y agarré su mano, Louis seguía llorando y yo ya no sabía que hacer o decir para que dejara de hacerlo.

—¡Aquí estás! —gritó una chica.

Volteé a verla, le tomó  la mano a Samuel y se lo llevó así sin más.

Tragué y traté de concentrarme en Sandy, no me interesaba saber quién era o por qué le tenía tanta confianza como para agarrar su mano y llevárselo.

Nada de eso me interesaba.

¿Y si es su novia? Me pregunté.

La chica era linda y con un lindo cuerpo y...

¿En qué estoy pensando?

—Voy por un café, ¿quieren uno? —me levanté de mi lugar y caminé fuera.

—No gracias —dijo el chico.

Louis seguía llorando y no me hacía  caso, caminé dos pasos y me detuve.

—¿Cuál es tu nombre? —le pregunté al chico.

Levantó la mirada y dibujó una pequeña sonrisa en su rostro.

—Gabriel.

Asentí y seguí caminando, hacía un poco de calor así que opté por ir a la máquina y comprar un refresco.

Como era de esperarse la moneda se atoró y maldije mi mala suerte.

Miré por el cristal mi refresco de cola, hice puchero y golpeé la máquina.

—¿Tienes problemas? —escuché perfectamente la voz de Samuel pero no quise hacerle caso. 

Di media vuelta para regresar con Sandy y los demás pero me detuvo.

—¿Qué tienes? —preguntó de la misma manera que un rato atrás.

—Nada —crucé mis brazos y traté de mirar hacia otro lado.

—No te creo.

—No tengo nada.

—Sé que algo te pasa, hace un rato estabas bien y hasta puedo decir que te alegraste de verme y ahora, parece que te incomoda mi presencia.

—De verdad, no tengo nada. No me incómodas, pero será mejor que ya no dejes rosas en mi puerta. Seguro tu novia se va a enojar si se entera y yo no quiero problemas.

—¿Novia? Yo no tengo novia.

—No mientas, vi como la chica de cabello rojo te agarraba la mano. Te fuiste con ella.

Rió y echó la cabeza hacia atrás.

—¿Qué es tan gracioso? —me miró sin dejar de sonreír.

—Estás celosa.

—No es verdad.

—Lo estás, y para que estés más tranquila Joseline no es mi novia, trabaja aquí y nos llevamos bien. Eso es todo.

Relajé los hombros un poco, me daban tantas ganas de borrarle la sonrisa que tenía en el rostro, si no fuera porque me encantaba lo habría hecho, lo juro.

—Como sea, no estoy celosa.

—Como digas, sé que lo estás.

Apretó unos botones en la máquina y mi refresco salió, lo agarró y me lo dio.

—Pusiste mal el código.

—Gracias.

Metió ambas manos a los bolsillos del pantalón, se veía sexy.

—Hola Sam —le dijo una enfermera al pasar.

—Hola Lily.

Parecía conocer este hospital tan bien, y también al personal.

—Me imagino que no has comido, vamos yo invito.

—No tengo hambre, gracias.

Suspiró y frotó su cara como si estuviera frustrado.

No lo sabía, descifrarlo era muy difícil.

—Kathe, esto no es lo que quiero.

—¿De qué hablas?

—Siento que me aborreces, tal vez no tuve el comienzo más correcto contigo pero no quiero que me odies.

—No te odio.

—Conóceme, déjame demostrarte que no soy un psicópata en busca de chicas morenas para pervertirlas.

—Samuel, en mi vida no hay espacio ni tiempo para el amor.

—No exigiré más de lo que puedas darme, lo prometo.

Me causó tanta ternura que en ocasiones me daban ganas de comérmelo a besos.

—Iremos despacio si quieres, no te voy a presionar. Todo será como tú quieras.

—Puedo ofrecerte mi amistad, por ahora.

—Con eso me conformo, de cualquier manera te vas a casar conmigo. Lo sé —le di un ligero golpe en el hombro y lo agarré del brazo.

—Como digas, acepto tú propuesta de ir a comer.