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Mientras recorría la calle Tarragona cargado de grilletes, estrechamente vigilado por el sargento Loperena y dos cabos de la Benemérita, Barcelona despertaba de su letargo después de una larga noche de fechorías y voluptuosidades; dos de los máximos exponentes de la vida noctámbula de la ciudad más cosmopolita y controvertida del país.

Relincharon las caballerías de los carros que, estacionados a lo largo de la avenida, esperaban el momento de cargar las reses muertas que iban saliendo por la puerta principal del matadero. Un muchacho pregonaba a voz en grito las noticias más importantes del periódico del día, atrayendo de este modo la atención de los transeúntes. Los mozos de la brigada de limpieza arrastraban la suciedad de las calles con sus escobas, siempre atentos al paso de alguna atractiva dama a la que pudiesen piropear. Un hombre-anuncio, de uno de los almacenes de moda del distrito, descansaba sentado en un pilón de piedra mientras charlaba afablemente con un agente de Policía al que parecía unirle cierta amistad; o quizá, simplemente, le estuviese «soplando» alguna nueva noticia de relevancia de los tantos rumores que corrían por los bajos fondos. En la floristería ubicada en la esquina de la calle San Nicolás, la joven dependienta se disponía a colocar los tiestos con plantas y flores sobre la mesa del expositor que había a la entrada del negocio.

Al pasar junto a ella, Fernández-Luna aspiró en profundidad adueñándose del seductor aroma del heliotropo, el jazmín y la albahaca.

—Haces bien en respirar el aire fresco de la mañana —le dijo Loperena, con retintín—. En la cárcel vas a tener pocas ocasiones de ver el sol. Allí te irás pudriendo poco a poco.

Al escuchar el agrio comentario, los otros dos guardias civiles soltaron una sonora carcajada. Ninguno de ellos podía sospechar que el prisionero fuese, en realidad, el jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid.

Fernández-Luna se abstuvo de seguirle el juego. Su única respuesta fue un gruñido y una maldición pronunciada en voz baja. Debía actuar como un auténtico criminal: con osadía, pero también con inteligencia. Pasarse de la raya podía acarrearle serios problemas, como recibir una brutal paliza nada más entrar en la Modelo, o acabar en una celda de castigo.

Minutos más tarde llegaban a la puerta de entrada a la penitenciaría. El oficial al mando le entregó la orden del juez al centinela que hacía guardia en la garita. Este le dejó pasar una vez comprobada la firma y el sello del magistrado, no sin antes dirigirle una seria advertencia al detenido.

—Aquí no valen bravuconerías —le dijo aquel tipo alto, fornido y de exorbitante mostacho, con su desagradable voz nasal—. Ahí dentro vas a estar incomunicado. Más vale que te portes como Dios manda, sin provocar jaleo, o pasarás una larga temporada en el dispensario… con los huesos rotos —lo amenazó fríamente.

Los guardias civiles tiraron de los grilletes que encadenaban las manos del madrileño, obligándolo a caminar por el amplio corredor de la planta baja. Antes de transferir su responsabilidad al oficial de prisiones y jefe de los guardianes y celadores —el teniente Pellicer—, debían conducir al detenido hasta el despacho del director de la prisión.

El señor Ródenas lo recibió como a cualquier otro delincuente.

—¿Cuál es tu nombre? —inquirió, lanzando una fría mirada al nuevo recluso.

—Francisco Andújar —contestó Fernández-Luna, de pie frente a la mesa de despacho—. Pero todos me llaman Cíclope, porque solo tengo un ojo.

—Limítate a contestar lo que se te pregunte —le espetó el director—. Dime, ¿de qué se te acusa?

—Señor… —se comportó como cualquier otro criminal con un mínimo de desfachatez—, todo lo que quiera saber sobre mí lo encontrará escrito en el informe del juez. Solo tiene que echarle un vistazo.

—¡Qué respondas he dicho! —estalló el alto funcionario, golpeando la mesa del despacho con la mano abierta—. ¿Cuál es tu crimen?

Haciendo como que se sentía intimidado, se apresuró a responder.

—Maté a un hombre en una pelea.

—¿Motivos?

—Él quería matarme primero. —Al ver el gesto de extrañeza de Ródenas, se vio obligado a tener que improvisar un porqué—. Se enteró de que me follaba a su esposa.

Los guardias civiles reprimieron una risotada. El director los miró con entereza, criticando de este modo su falta de seriedad.

Siguió adelante con el interrogatorio.

—¿De dónde eres?

—De Ciudad Real, pero vivo en Barcelona desde hace dos años.

—¿Tienes familia aquí, en Cataluña?

—No, señor… ni en ningún otro sitio. A menos que sea algún hijo bastardo.

Ródenas anotó unas palabras en su librillo. Alzando la mirada, comprimió los labios.

—¿Alguna enfermedad?

—No, señor.

—¡Bien! —exclamó, satisfecho. Después se dirigió al suboficial de la Benemérita—. Suban al primer piso. El teniente Pellicer les aguarda en la Sala de Vistas del Tribunal Superior. Él se hará cargo del recluso.

Finalizada la breve entrevista con el director, los tres miembros de la Guardia Civil abandonaron el despacho con el fin de allegarse a la planta principal, donde finalizaría su responsabilidad después de entregar al prisionero.

Minutos más tarde caminaban por la galería superior. A un lado quedaba la prisión preventiva y al otro las dependencias destinadas a los trabajadores de segunda categoría, así como los dormitorios del director, el cura, el administrador y el médico. También se encontraban, en la misma planta, el Salón para la Junta Auxiliar de Cárceles y un pequeño pabellón destinado al laboratorio químico.

En aquel instante vieron salir a Pellicer por la puerta de la Sala de Vistas del Tribunal. Le acompañaban dos vigilantes armados. Con paso firme se dirigieron hacia ellos. El sargento Loperena saludó con corrección al teniente de la Guardia Civil. Las dos estrellas que ostentaba el jefe de prisiones lo convertía de inmediato en su superior.

—Señor, tengo orden de entregarle al detenido. —El suboficial se acercó a Fernández-Luna llavín en mano. Lo introdujo en la cerradura de los grilletes, abriendo el cepo que aprisionaba sus muñecas—. A partir de este momento, la tutela de este hombre es competencia de ustedes.

El madrileño se acarició el ligero roce en la piel producido por los aros de hierro. Los guardianes que acompañaban a Pellicer se acercaron para sujetarlo por los brazos.

El jefe de prisiones fue explícito:

—Conducidlo al departamento de los reclusos comunes —les ordenó a sus hombres—. Hablad con el celador de turno para que lo encierren en la celda 514. Está sin ocupar desde que falleció Milhombres.

Antes de que se lo llevaran consigo, y con discreción, el teniente le guiñó un ojo a Fernández-Luna.

Todo marchaba según lo previsto.

No era persona que le agobiasen los lugares cerrados, pero hubo de reconocer que según iba transcurriendo el tiempo dentro de la celda los muros parecían contraerse hasta exprimir materialmente su cuerpo. Aquel lugar resultaba claustrofóbico, además de insalubre. Se imaginó tener que vivir ahí dentro durante varios años, o incluso toda la vida, como era el caso de algunos reclusos condenados a prisión perpetua. Solo de pensarlo sintió una violenta sacudida por todo su cuerpo. De ser un criminal convicto, y poder elegir su sentencia, prefería mil veces el garrote a tener que pasar el resto de sus días dentro de aquella ratonera donde, irremediablemente, acabaría volviéndose loco.

Permanecía sentado sobre la cama de hierro, doblada en su mitad durante las horas diurnas con el fin de ganar un poco de espacio. Apenas llevaba unas horas en la celular y ya había visto correr por el suelo a una docena de cucarachas, tal vez procedentes del excusado, o puede que hubiesen entrado a través de los barrotes de la ventana. En cuanto al viejo y roído colchón, obviamente debía de estar plagado de chinches y piojos.

Nada más caer en la cuenta de aquel detalle se puso en pie. Pensar que estaba sentado sobre un nidal de parásitos le produjo cierta aversión. Enjuagó sus manos en la cisterna del escusado, de forma escrupulosa. Con el fin de mantener ocupada la mente hasta la noche, comenzó a caminar de un lado a otro de la celda mientras analizaba nuevamente su plan.

«Solo espero que Carbonell no llegue tarde a su cita, como es habitual en él. Unos minutos de retraso… y puede que yo pase a mejor vida», pensó con cierta preocupación.

Se detuvo al escuchar voces frente a su celda, seguido del estridente sonido del pasador oxidado deslizándose en la cerradura. Retrocedió unos pasos hasta apoyarse en la pared del fondo, bajo la ventana. La puerta se abrió al cabo de unos segundos. Entraron dos hombres. Uno era el celador de turno, y el otro un preso de confianza que ayudaba en las tareas de reparto de la comida. En sus manos llevaba una bandeja de aluminio donde se apreciaban una escudilla colmada de un potingue humeante de aspecto nauseabundo, un cubilete para extraer el agua de la cisterna y una cuchara de palo.

—Aquí tienes, amigo —farfulló el recluso, dejando la bandeja en el suelo—. Que te aproveche la bazofia. —Se echó a reír.

—¡Silencio! —exclamó el celador, que no soportaba la jactancia de su ayudante. Al fin y al cabo, para él todos eran lo mismo: presidiarios, la escoria de la sociedad. Le hizo una señal para que saliese de la celda—. ¡Vamos! No tenemos todo el día.

Cuando estuvo fuera, el preso se aferró al carrito de metal sobre el que descansaba una cacerola de enormes proporciones. Lo empujó ligeramente hasta desaparecer por el corredor de la galería. El vigilante cerró la puerta con llave. Después echó el pestillo y Fernández-Luna volvió a quedar, de nuevo, en completo silencio.

Espoleado por la curiosidad se acercó a la bandeja. Observó la papilla de color pajizo que había en su plato. El olor que despedía era repulsivo, desagradable, como de vísceras hervidas. Cogió la cuchara. Con ella fue removiendo el puré, hurgando en su interior para ver si, con un poco de suerte, conseguía averiguar los ingredientes de semejante potingue. Le pareció ver parte de la hebra de un tendón —flácido y níveo como un espagueti—, lo que venía a indicar que al margen de las verduras trituradas y la sémola de trigo llevaba algo de carne. Le extrañó aquel derroche de generosidad para con los reclusos, aunque bien es cierto que el cocinero debía seguir estrictamente la dieta alimenticia impuesta por la Junta Auxiliar de Cárceles, a menos que de verdad quisieran matarlos de hambre.

Después de echarle una nueva ojeada al plato comprimió los labios, haciendo un gesto de repugnancia. Cogió la escudilla y arrojó su contenido al retrete antes de que se le revolvieran las tripas.

Había encontrado un gusano entre la papilla del rancho.

Recostado sobre la cama, Fernández-Luna permanecía inmerso en las tinieblas que envolvían la celda, apenas iluminada por un hilo de luz estelar que entraba por la angosta ventanilla del muro. Llevaba así, reflexionando en la más completa oscuridad, desde que apagasen los arcos voltaicos de la galería central para que pudieran dormir aquellos presos que no temían enfrentarse a sus propias pesadillas. Aguardaba impaciente el momento de que Torrench viniera a sacarle de allí. Necesitaba, con urgencia, respirar aire fresco. Aquel lugar inmundo, plagado de bichos e insalubre como una letrina pública, ya le estaba provocando claustrofobia y una insufrible urticaria. A eso había que sumarle el hecho de que llevaba todo el día sin comer y sin beber ningún tipo de líquido.

Un implacable tormento.

Para mantenerse distraído, y olvidar que se hallaba encerrado en una pocilga, analizó lo ocurrido las últimas veinticuatro horas; en especial, aquel pequeño detalle de la delación del cubano que tanto benefició al comisario Bravo Portillo y que, hasta ayer mismo, le había sido imposible interpretar.

Hubo de admitirlo: la traición era lo último que podía haber esperado de un hombre como Miguel. Lo creía con más honor. Los chivatos, por regla general, eran personas sin escrúpulos; gente cobarde, egoísta y envidiosa. Y aquel no era el perfil del cubano. Pero claro, el amor, a veces, lleva a los hombres a cometer locuras arriesgadas, a quebrantar los valores básicos de la honradez, e incluso a actuar como auténticos canallas.

Irremediablemente se acordó de Natasha. Sus delirios de venganza se habían desvanecido para siempre. Una vez perdida la batalla contra la inoperante política del zar, y tras haber sufrido la pérdida del hombre del que estaba enamorada, su única meta a partir de ahora consistiría en sobrevivir al aislamiento, la inmundicia y la soledad. Su celda no debía de estar muy lejos de la suya, ya que el departamento de las mujeres y los niños quedaba al otro lado del pequeño patio triangular, en la parte posterior de la prisión preventiva. Desde la ventana de su celda podía ver el módulo de la penitenciaría correccional. Sintió lástima de ella.

En cuanto a María Duminy, habían encontrado su vestido flotando en las aguas del puerto, pero ni rastro de su cuerpo. Tal vez en unos días apareciese el cadáver. Todo era cuestión de tiempo. El mar solía llevarse a los ahogados para luego devolverlos en un lamentable estado de descomposición. Se consoló pensando que para entonces estaría en Madrid, atendiendo sus propios asuntos.

Ya se le cerraban los ojos a causa del sueño cuando escuchó, en el corredor, el sonido metálico de un cerrojo al abrirse. Se puso en pie de un salto, agudizando bien el oído. Alguien, posiblemente el celador nocturno, había abierto una de las puertas no muy lejos de la suya. Escuchó un susurro de voces y pasos que se alejaban en la distancia. Al cabo de unos segundos, el silencio volvió a adueñarse de la quinta galería.

El juego había comenzado.

Un cuarto de hora más tarde, aproximadamente, Torrench acudió a abrirle la puerta según habían convenido días atrás en Jefatura. Bajo el brazo llevaba un uniforme de vigilante, bien planchado y doblado, de los que se guardaban en el almacén.

—Le he traído esto, como me pidió —le dijo nada más cruzar la puerta, entregándole la indumentaria.

—Gracias. —Fernández-Luna se hizo con ella. Dejándola sobre la cama, procedió a quitarse el parche del ojo—. Mientras me visto, haga el favor de comprobar que no viene nadie por el corredor.

Torrench asintió en silencio. Salió afuera para vigilar la zona. No vio a nadie. El celador nocturno debía de estar haciendo su ronda en la segunda planta. Su corazón latía acelerado.

—Ya estoy listo. Podemos irnos. —El madrileño se cerró los botones del uniforme, colocándose después la gorra de guardián.

—¿Y adónde se supone que vamos? —formuló su pregunta mientras cerraba de nuevo la celda.

—Empezaremos por la planta baja. Si no recuerdo mal, allí se encuentran las oficinas, el horno, la cocina y los almacenes.

—También la habitación del portero y los dormitorios de los guardianes. —Le refrescó la memoria.

—Descuide. Nos alejaremos del recinto destinado al personal. Iniciaremos la inspección en la cocina. He de comprobar si los cómplices del ilusionista esconden en el sótano la mercancía que traen ilegalmente desde otros países. Si es así, tendré las pruebas que necesito para detenerles. —Desvió su mirada hacia el funcionario de prisiones. En aquel instante caminaban por el corredor—. La última vez que estuve aquí hubo un pequeño detalle que llamó mi atención. Necesito confirmar si son ciertas mis sospechas.

Durante una fracción de segundo, le pareció ver que el vigilante tensaba los músculos del cuello. Reaccionó de inmediato, formulándole una pregunta crucial en relación con los presuntos criminales que operaban en la Modelo.

—Dice que pretende recabar pruebas para detener a los miembros de esa banda de delincuentes. Eso significa que ya sabe quiénes son —razonó—. Lo digo porque, según creo recordar, cuando hablamos desconocía sus nombres.

Fernández-Luna comprendió que había cometido un error al hacer semejante comentario. Improvisó una respuesta, aunque un tanto arriesgada.

—Le voy a confesar un secreto… ya conocía sus nombres cuando mantuvimos nuestra reunión en Jefatura. —Con aquellas palabras, el madrileño dio por zanjada la conversación. Debía comportarse del modo más discreto posible. Y para ello, comprendió que lo mejor era mantener la boca cerrada.

Bajaron por las escaleras hasta llegar al piso inferior.

—Por aquí… —Torrench le indicó el camino a seguir: un atajo que les conduciría a la cocina sin tener que pasar frente al recinto destinado a las habitaciones de los funcionarios.

Se adentraron en el corredor, apenas iluminado por un par de focos de escaso voltaje. Llegaron a un amplio vestíbulo de donde nacían otros dos pasillos. El de la derecha conducía a las oficinas y al despacho del director. Por lo tanto giraron hacia la izquierda, yendo en línea recta hacia la cocina y los almacenes.

—¿Qué ocurrirá si nos encontramos con que está cerrada la puerta? —preguntó Torrench—. Es posible que el cocinero haya echado la llave, ¿no cree?

—Si es así, ya encontraremos el modo de forzar la cerradura —fue la respuesta del policía.

No les hizo falta. Solo tuvo que girar el pestillo y la puerta se abrió sin ningún problema. El vigilante extrajo una pequeña linterna del bolsillo de su uniforme. Después de encenderla fue iluminando las ollas, platos y cacerolas que se amontonaban en las estanterías. Colgando de unas cañas, que permanecían cogidas al techo gracias a un par de cables de acero, pudieron ver los pucheros de mayor tamaño, los que se utilizaban para elaborar el repelente rancho de los reclusos. La mesa de trabajo estaba completamente limpia. En ella se alineaban distintos cuchillos, según su tamaño.

Entraron con sigilo, midiendo cada uno de sus pasos con el fin de hacer el menor ruido posible. Fernández-Luna fue de un lado a otro abriendo los cajones de los armarios y husmeando en las alacenas. El vigilante se limitaba a enfocar la linterna allá donde iba el madrileño.

—Aquí no hay nada —susurró. Irguió su cuerpo, acercándose a la puerta que conducía al sótano—. ¡Venga hacia acá! —Le hizo un gesto con la cabeza a Torrench—. Bajaremos a echar un vistazo.

El guardián acudió súbito al requerimiento. Fernández-Luna giró el picaporte y la hoja se abrió sin oponer resistencia. Todo estaba oscuro allá abajo. En el ambiente se percibía cierto hedor a putrefacción y humedad. Tanteó en la pared hasta encontrar el interruptor. Tiró de él hacia abajo y al momento se encendió la bombilla. Frente a ellos, la escalera los invitaba a descender.

—Tenga cuidado, no vaya a caerse —le aconsejó Torrench.

—Descuide. Sé cuidar de mí mismo.

Aferrándose al pasamano enclavado en el muro, el policía comenzó a bajar los primeros peldaños. Entonces, de forma inesperada, sintió un fuerte golpe en la cabeza seguido de una sensación de vértigo y pérdida de equilibrio. Cayó rodando por los escalones hasta quedar tumbado en el suelo. Desde aquella incómoda postura le pareció vislumbrar, de forma borrosa, las siluetas de cuatro hombres a su alrededor. Lo observaban desde arriba con cierto envanecimiento, como si fueran dioses intercediendo en el destino de los mortales.

Reían. El cazador había caído en su propia trampa.

Los párpados de Fernández-Luna se fueron cerrando lentamente hasta que se hizo la oscuridad más absoluta.