10
Sentado en una mesa del reservado, con una copa de brandy en una mano y en la otra un cigarrillo, el jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid observó con suma atención a los clientes que entraban y salían del Hotel Colón. Había quedado con Carbonell a las nueve, y como era habitual en él acudía tarde a la cita. No se lo tuvo en cuenta: formaba parte de su naturaleza. Es más, agradeció el retraso. De este modo tendría tiempo de analizar, en profundidad, el resultado de las investigaciones realizadas hasta entonces.
Al igual que en un caleidoscopio, cuyas imágenes se multiplican simétricamente cuando se observa por el extremo opuesto, en su cerebro giraban de forma enloquecida las palabras, hechos y apreciaciones personales de todo aquello que había visto y oído los últimos dos días. La extraña pérdida de conciencia del vigilante… las turbias palabras de un loco… la increíble historia de María… una mancha de humedad en la pared… cola de pegar… aquella ilógica sensación de déjà vu en la penitenciaría. Eran pequeños detalles sin importancia que, a su juicio, estaban fuera de lugar, pero que a un mismo tiempo podían llegar a tener sentido en un contexto lógico.
La maquinaria de la razón se puso en marcha, y durante unos minutos el mundo se detuvo a su alrededor. La música de fondo de la orquesta que actuaba aquella noche en el music-hall del Colón, las risas de las entretenidas y las voces galantes de los caballeros que costeaban sus caprichos, los cuchicheos de quienes formaban parte del servicio, e incluso el murmullo incesante de la campanilla del tranvía que hacía su último recorrido nocturno por la plaza de Cataluña, todo dejó de tener sentido una vez que su mente comenzase a discurrir y se entregara de lleno a su detectivesca labor como policía.
Tan ensimismado estaba en sus pensamientos, que el empleado del hotel tuvo que insistir para que le prestase atención.
—Disculpe, caballero… ¿Es usted el señor Luna? —repitió por segunda vez.
—Sí, soy yo —contestó, despertando a la realidad—. ¿Qué ocurre?
—Hemos recibido una llamada telefónica de la Comisaría General de Madrid —le explicó en tono neutro, muy profesional—. Nos han pedido que le comuniquemos el aviso. Se ha identificado como el señor Heredia.
Nada más escuchar el apellido del comisario de Vigilancia, el hombre en quien había delegado el seguimiento de Eddy Arcos, apagó el cigarrillo en el cenicero, terminó de beberse el brandy y se puso en pie sin pérdida de tiempo. Ansioso por tener noticias de Madrid fue tras los pasos del empleado de primer orden, quien lo condujo hasta el mostrador del vestíbulo.
Cogió el auricular que le ofrecía el recepcionista. Un gesto amable bastó para darle las gracias.
—Al habla Luna —anunció, bajando el tono de su voz.
—Señor, soy Heredia. —Parecía excitado—. Si me he permitido la libertad de llamarle a estas horas, es porque creo que la noticia merece su atención.
—Abrevia, Pedro… que me tienes en ascuas —lo instó.
—La actriz Anita Manso de Zúñiga acaba de denunciar el robo de varias joyas de gran valor que guardaba en la habitación del Ritz. Lo más extraño es que la puerta estaba cerrada con llave y no hay señales de forzamiento. Eso sí, la ventana permanecía abierta de par en par. Ya sabe, es el modus operandi del Fantôme.
—¡Bien! —exclamó, ensanchando sus labios en un claro gesto de satisfacción—. Parece ser que nuestro «amigo» ha cometido la torpeza de actuar.
—Creí que debería saberlo.
—Has hecho bien. ¿Lo tenéis controlado? —Se refería a Eddy Arcos.
—Así es, señor. El sospechoso y su amante siguen hospedados en el Palace Hotel.
—Quiero que los detengáis a ambos, y que permanezcan retenidos en los calabozos de la Casa de los Canónigos hasta que presten declaración ante el juez. Ese hombre no sabe en el lío que se ha metido. —Esto último lo dijo para sí, quedamente.
—Descuide, esta misma noche procederemos a su detención.
—Mantenme informado al minuto. Quiero estar al tanto de todo lo que ocurre en Madrid. —Ya pensaba despedirse, cuando añadió unas palabras—. Una cosa más, Pedro… buen trabajo.
Colgó el teléfono. Sus ojos irradiaban una inconmensurable satisfacción. El Fantôme había cometido su última fechoría.
—¿Todo bien? —le preguntó el empleado del hotel.
—Perfectamente, gracias. —Hizo el ademán de marcharse, pero le retuvo la curiosidad—. Perdona, ¿cómo has dicho que te llamas?
—No se lo he dicho, señor —contestó el otro con timidez—. Pero si desea saberlo, mi nombre es Andrés Castro.
—Escucha, Andrés… —Se lo llevó aparte, lejos del mostrador. Extrajo un duro de plata de su bolsillo. Se lo entregó en mano. El joven lo guardó de inmediato, mostrando interés en las palabras de aquel generoso cliente del que ya sospechaba que pudiera tratarse de un policía—. Necesito que me hagas un favor.
—Usted dirá…
—Me sería de gran utilidad conocer a fondo los movimientos del mago que estuvo alojado en este hotel. Ya sabes, el criminal que se fugó de la penitenciaría.
Aquello confirmó las sospechas del empleado.
—Es usted policía, ¿no es así?
Fernández-Luna afirmó en silencio, mostrándose prudente.
—Veamos… —continuó diciendo—. ¿Sabes si el ruso tenía por costumbre recibir en su habitación a la vedette María Duminy?
—En efecto, señor. —Andrés no parecía sentirse muy cómodo con aquella conversación, pero se trataba de un agente de la Ley. Además, el duro de plata lo obligaba a prestarse al juego de confidente—. La Mulata solía acompañarlo varias noches por semana. Aunque no era la única mujer. —Sonrió de manera superficial—. Había otra joven, una rusa muy atractiva por cierto. Vino con él un par de veces.
Aquel detalle despertó su curiosidad. Era la primera noticia que tenía al respecto.
—¿Sabes su nombre?
—Natasha Svetlova. Verá, señor… Trabaja de señorita de compañía en La Suerte Loca. Una pelandusca de mucho cuidado —añadió, dejando escapar luego una risita pueril.
—¿Alguna persona más que visitara asiduamente la habitación del prestidigitador?
Andrés se mordió el labio inferior, dudando entre contarle lo que sabía o guardar silencio de camposanto. Se trataba de un detalle bastante embarazoso.
—Aquella tarde, horas antes de que viniese la Policía a detenerle, vi a un hombre salir de la habitación del Gran Kaspar —le confesó, un tanto avergonzado—. Yo venía de entregarle unas toallas al cliente de la 110, cuando se abrió la puerta y salió un caballero vestido con un traje color castaño. Me extrañó, pues no hacía ni veinte minutos que el prestidigitador había abandonado el hotel en compañía de la Mulata. Por un instante pensé que… —titubeó—. Bueno, ya me entiende… —Resolvió hablar sin tapujos—. Hay hombres, degenerados en todo caso, que se prestan a compartir la amante con sus amigos.
—Ya… ¿Pudiste verle la cara?
—No, señor. Me daba la espalda. Por elemental decoro preferí quedar rezagado hasta que torció la esquina del pasillo.
—Una edad aproximada, al menos… —insistió Fernández-Luna.
—Entre treinta y cinco a cuarenta años, según creo.
El policía reflexionó en silencio, tratando de encontrarle sentido a aquella incongruencia.
—Hay algo más —añadió Andrés—. Es un nimio detalle sin importancia. Tal vez se tratase de un regalo.
—¿A qué te refieres?
—El caballero en cuestión llevaba una caja redonda bajo el brazo… una sombrerera.
—De acuerdo, gracias por la información —le dijo, dando por finalizada la entrevista—. En todo caso, si recuerdas algo más con respecto a la estancia del mago en el hotel, sea lo que fuere, haz el favor de comunicármelo.
—Así lo haré, señor.
El empleado regresó a su trabajo, dirigiéndose hacia el mostrador de recepción. Fernández-Luna se quedó pensativo durante unos segundos.
Apenas había iniciado su vuelta al reservado, cuando distinguió la inconfundible figura del mallorquín entrando por la puerta principal del hotel. Como siempre, su expresión era la de un hombre feliz y dicharachero. No supo por qué, pero tuvo la impresión de que habrían de vivir nuevamente una excitante noche de farra.
Carbonell era un policía, sí; pero también un poco crápula.
Contoneándose con elegancia, Luisa Rodrigo iba de un lado a otro del escenario interpretando una de sus provocativas canciones al ritmo de acordeón, guitarra, caja y guacharaca. Entonaba un divertido vallenato, género musical que suscitaba gran interés entre el público español debido a la originalidad y frescura de sus estrofas. La cadencia de su voz indígena, apasionada como la gran mayoría de las mujeres nacidas en Colombia, producía un efecto enloquecedor en los hombres. Por si fuera poco, los espléndidos y turgentes pechos de Joyita —nombre artístico de Luisa— surgían como dos volcanes en erupción por encima de la blusa de tul liso y traslúcido que llevaba anudada por encima de su vientre desnudo. Se movía con una elegancia inusitada, alzando voluptuosamente su exigua pollera roja, con volantes y encajes, al tiempo que cimbreaba las caderas de forma casi animal. Quienes observaban cautivados la soberbia representación de la colombiana, mientras bebían un coñac tras otro y el sudor se concentraba en los almidonados cuellos de sus camisas, se dejaron llevar por el compás de la música balanceando el cuerpo, moviendo los pies y tarareando en voz queda aquella letrilla pegadiza y picantota.
Sin lugar a dudas, Joyita era la cancionista con mayor encanto de todas las que habían pasado por La Buena Sombra: un mediocre cabaret situado en el número 3 de la calle Gínjol, junto a la plaza del Teatro.
Luisa finalizó su actuación con una reverencia magistral y una acaramelada sonrisa en los labios. Dejó atrás los aplausos del público. Corrió hacia el camerino huyendo de los silbidos de admiración y las miradas libidinosas de los hombres, que a veces alimentaban su orgullo de artista y otras le recordaban cuán alto precio debía pagar su honradez de querer sobrevivir a la miseria. No hacía otra cosa que pensar en Conchita, la Criolla, su gran e íntima amiga, y en la suerte que pudiese haber corrido después de que esta saliera hacia la capital de España para reunirse con un empresario teatral que les había ofrecido a ambas, gracias a la intercesión de Agamenón, la oportunidad de actuar como vicetiples en la ópera Patria, que iba a comenzar a representarse en el Teatro Romea de Madrid en apenas un mes. Temía por su compañera de profesión y ocasional amante. No en vano, era la primera vez que viajaba sola desde que se conocieran seis años atrás, allá en Santa Marta. Sabía demasiado bien que Conchita, debido a su escasa educación y timidez, no estaba preparada para llevar a cabo ese tipo de negociaciones, estrictamente comerciales, que hasta hacía bien poco eran responsabilidad del alicantino don José Martínez Mollá, su ex representante.
Sí; estaba preocupada. Sobre todo porque Conchita le había prometido ponerse en contacto con ella enviándole un telegrama al Hotel Condal, donde se hospedaba. Resultaba extraño. Ella jamás hubiese dejado en el tintero aquel pequeño acuerdo al que habían llegado antes de despedirse. Todavía recordaba su expresión de inquietud mientras subía al coche, y el beso humedecido de tristeza que le lanzó desde el otro lado de la calle antes de acomodarse en el asiento trasero del Daimler de Agamenón, quien se encargó personalmente de acompañarla al Apeadero del Paseo de Gracia.
—¿Adónde vas con tanta prisa, criatura? —le preguntó la Niña de los Peines, una joven gitana de Sevilla de nombre María Pavón, al verla correr tras los bastidores—. ¡Ojú, mi arma! ¡Fatiga me da nada más que de verte! —Puso los brazos en jarras, moviendo de un lado a otro la cabeza.
—Luego te cuento, mi niña… que ahora no puedo —se excusó, sin detenerse siquiera—. Espero la visita de un amigo.
—¡Ay! ¡Los hombres! —exclamó la jovencísima cantaora flamenca, juntando las uñas de su dedos pulgar e índice de la mano derecha—. Ni miajita así me fío de ellos.
Tampoco Luisa terminaba de confiar en Agamenón.
Sí que es cierto que las trataba con un especial cariño, y que no cesaba de hacerles regalos para contentarlas y demostrarles su amor. Tanto Conchita como ella, a pesar de la atracción que sentían la una hacia la otra, estaban locamente enamoradas de él. El juego lésbico del que participaban podía llegar a ser un complemento para las frías noches de invierno, cuando dormían juntas y a solas en el hotel, pero no había más dios que Príapo para gozar de un buen orgasmo ni mejor experiencia que hacer de la pasión una figura geométrica de tres ángulos. Solo bastaba una botella de absenta y un poco de cocaína para conseguir que la luna y el sol se fundiesen con la tierra.
¡Agamenón! El galán, el espíritu de Adonis, el amante perfecto, el hombre por el que cualquier mujer daría su vida.
Aquella madrugada huérfana, crepúsculo de todos sus sentimientos, sintió la necesidad de estrecharlo entre sus brazos. Ahora que Conchita ya no estaba a su lado, añoraba de su amante masculino una batalla de caricias y un torrente de besos. Y sin embargo, ¿por qué a veces se sentía utilizada?
Entró en el camerino, todavía con esa sensación de recelo y nostalgia revoloteando por su cabeza. Alzó el interruptor de cuchilla y al instante se encendieron las pequeñas bombillas colocadas a ambos lados del espejo. Se dejó caer en el sillón después de haber cerrado la puerta y echado el pasador que había por dentro. Casi sin resuello, insufló de aire los pulmones antes de deshacer el nudo del pañuelo que adornaba su cabeza. Agitó los cabellos hacia ambos lados con el propósito de darles volumen. Ya más tranquila, abrió la botella de Loción Belleza que había sobre la mesa: perfume de flores que poseía el secreto de conservar, de forma indefinida, la juventud de su rostro y la firmeza de sus pechos; o eso era lo que le había prometido el dependiente de Vidal y Ribas, aquel joven de mirada enfermiza que solía prestar más atención al tentador canalillo de su blusa que a las cinco pesetas que, como cada mes, dejaba sobre el mostrador de la droguería.
Con la esperanza de restituir el encanto natural de sus quince años, perdidos hacía ya más de diez, humedeció las mejillas y el contorno de sus ojos con el tónico reconstituyente. Al pronto sintió que la piel se suavizaba y que desaparecían las primeras arrugas que, con el tiempo, habían surgido a porfía bajo sus párpados.
Dispuesta a vivir una loca noche de placer, se levantó de su asiento con el único propósito de entregarse al éxtasis. Tras descorrer las cortinas del pequeño escobero situado al fondo del camerino, cogió el quinqué de mecha y la caja de cerillas que encontró sobre la alacena. Lo dejó todo encima de la mesa. Apartó a un lado sus polvos, cremas y colonias para hacer algo de sitio. Como si se tratase de una simple travesura, se apoderó del llavín que permanecía escondido tras el espejo y fue hacia el baúl donde guardaba sus vestidos, enaguas y corsés. Lo abrió con cierta agitación, respirando entrecortadamente debido a la ansiedad. Escarbó en su interior hasta dar con una caja tallada en caoba y marfil con motivos chinescos. La sostuvo entre sus manos como quien sujeta un tesoro de incalculable valor.
—Muéstrame tu atractivo, querida amiga —susurró a la vez que levantaba la parte superior del estuche.
Extrajo, lo primero, la cucharilla y un retazo de algodón. Después sacó la jeringa junto al pequeño bote de cristal que contenía los polvos de color blanco, cristalinos como vidrio machacado, que tan generosamente le proporcionaba Agamenón a cambio de sexo. Estaba nerviosa. Apenas si podía frenar el estado de agitación que le originaba la abstinencia. Necesitaba inyectarse cuanto antes, sentir el calor de la droga corriendo por sus venas. La sensación de libertad que le proporcionaba la cocaína, tan diferente a todas las demás experiencias, solo era comparable al acto carnal sin límites.
Echó una ligera cantidad sobre la cucharilla, unos treinta o cuarenta miligramos. Después añadió un poco de agua y una bolita de algodón. La puso sobre el fuego del quinqué hasta que el líquido comenzó a hervir. Ciñéndose al ritual, acercó la aguja y tiró lentamente del émbolo hasta la mitad del cuerpo de cristal. Para evitar sorpresas, le dio unos toquecitos a la jeringa y expulsó el poco aire que quedaba arriba. Unas cuantas gotas brotaron por la parte superior del milimétrico tubo metálico cortado a bisel. Con cuidado de que no se le cayera, colocó la inyección sobre la mesa del camerino.
Cogió el pañuelo que hasta hacía bien poco sujetaba sus cabellos. Se lo enrolló en el brazo izquierdo, haciéndole un fuerte nudo por la parte inferior. Al momento pudo distinguir la hinchazón de sus azuladas arterias, que se dibujaban desde la muñeca a la zona interior del codo. Buscó un hueco entre las menos castigadas. La aguja atravesó la piel con facilidad. Antes de introducir en su cuerpo la disolución, tiró hacia atrás del émbolo para entremezclar su sangre con la cocaína. Una vez diluida, fue presionando poco a poco, sin prisas, hasta que sintió un ligero escalofrío por todo su cuerpo. La droga corría por sus venas haciéndola sentir diferente, viva, llena de vigor.
Una estúpida sonrisa afloró a sus labios.
Con rapidez, se aprestó a guardarlo todo en la caja, no fuese a venir don Francisco Buxó, dueño del cabaret, y la pillase en flagrante delito. En ese preciso instante llamaron a la puerta. Su corazón comenzó a latir con celeridad, incrementando así los efectos de la cocaína.
—¿Quién es? —preguntó para cerciorarse.
—Abre, Joyita… Soy yo.
Reconoció la voz de Agamenón. Era él, su amante. Acudía fiel a la cita.
Una vez que quitó el pasador, abrió la puerta para darle la bienvenida al hombre que había estado esperando ansiadamente toda la noche. Desinhibida, se arrojó a su cuello llevada por el sentimiento de excitación provocado por la droga. Implantó un apasionado beso en sus labios, saboreando el dulzor que derrochaba aquella boca, perfecta y varonil, que tanto la hacía gozar.
—A eso lo llamo yo una calurosa bienvenida —dijo Agamenón, cuando por fin pudo librarse del abrazo de la cancionista.
—Y esto es solo el principio —respondió ella con claro acento colombiano, prometiéndole otros deleites bastante más placenteros.
El recién llegado se fijó en el brillo de sus ojos. Refulgían como dos soles en mitad de la noche.
—¿Te has inyectado? —preguntó, cerrando a continuación la puerta.
—Lo necesitaba. Me sentía triste… apangalada.[2] —Hizo un gracioso mohín con su nariz—. Pero ahora estás aquí, a mi lado. Todo es distinto.
—Me agrada oírte decir eso. —Esbozó una sonrisa, mostrándole la caja rectangular que sostenía con ambas manos—. Para que veas hasta dónde llega mi afecto por ti, te he traído un regalo muy especial. Vas a ser, sin duda alguna, de las primeras mujeres de Barcelona en estrenar una de esas prendas íntimas que hacen furor en las boutiques de París.
—¿De qué se trata? —Se la arrebató, dominada por la curiosidad.
La llevó consigo hasta la mesa del camerino, tan feliz como una niña con un vestido nuevo.
—Es un brassiere —contestó, encendiendo un cigarrillo. Exhaló una bocanada de humo—. Sirve para sostener y realzar el pecho sin necesidad de llevar un incómodo corsé.
Luisa abrió la caja y extrajo la prenda compuesta por unos tirantes y dos copas de tafetán, donde debían encajar los senos. La observó con una extraña mezcla de curiosidad y fruición, ajustándosela después al busto para ver el resultado. Los nervios le gastaron una mala pasada y se echó a reír.
—¿Crees que sabré ponérmelo? —Lo miró a los ojos, radiante de felicidad.
—Tranquila. Déjame a mí.
Se la entregó a su amante, quien parecía conocer a fondo los secretos de aquella innovadora prenda. Sin ningún pudor, Agamenón la despojó de la blusa de tul que cubría su torso de piel canela. Con habilidad propia de un experto, se situó a su espalda y le hizo pasar los brazos a través de los tirantes. Después de aprisionar sus voluminosos pechos bajo la seda, abrochó los corchetes de detrás.
Sin más dilación, Luisa se colocó frente al espejo.
—¡Es precioso! —exclamó, girando el cuerpo de un lado a otro para ver desde distintos ángulos el efecto que provocaba en ella el brassiere—. Y además resulta bastante provocativo. —Se dio la vuelta—. Eres muy amable, mi amor. También yo tengo una sorpresa reservada para ti. —Sonrió de manera lasciva—. Esta noche va a ser especial.
Dominante, y a un mismo tiempo con dramatizada sumisión, se arrodilló frente a sus pies. Le fue desabrochando los botones del pantalón mientras clavaba en él su voluptuosa mirada. Le guiñó un ojo, con picardía, poco antes de hundir el rostro en la entrepierna de su amante.
Para entonces, había olvidado preguntarle por Conchita.