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Cuando los respectivos jefes de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid y Barcelona entraron en el despacho del señor Riquelme, este ya se hallaba reunido con el inspector general de la Jefatura, el señor Montero, y también con el teniente coronel García Obeso, jefe del Cuerpo de Seguridad. Los altos funcionarios permanecían sentados frente a la mesa escritorio, con gesto impaciente.

—Llegan tarde —les recriminó el inspector de Seguridad.

—Lo siento, ha sido culpa mía. —Fernández-Luna se atribuyó la responsabilidad de la tardanza, cuando el verdadero culpable era Carbonell; como siempre.

Riquelme hubo de admitir su disculpa, aunque lo hizo a regañadientes. Con un ligero ademán, les indicó los butacones donde podían sentarse.

—Bien, señor Luna —comenzó diciendo, una vez que el madrileño y su compañero tomaron asiento—, doy por hecho que ha resuelto el caso. De lo contrario, no habría convocado esta reunión.

—En efecto —afirmó, con entera seguridad—. Aunque, si me permite la corrección, no nos enfrentamos a un caso sino a dos… y son completamente distintos.

—¿Existe alguna relación entre ellos? —quiso saber García Obeso.

—Sí, pero es tan estrecha como el paso marítimo que media entre Escila y Caribdis. —Echó mano de la mitología griega a la hora de responder con un símil.

—Señor Luna, le recuerdo que no tenemos todo el día. ¿Podría ir directo al asunto y hacernos un breve resumen de sus investigaciones? —le rogó Montero, ávido de noticias.

—De acuerdo, comenzaré por el principio… —repuso, iniciando así las pertinentes explicaciones—. Una cancionista nacida en la antigua colonia de Cuba, llamada María Duminy, apellido artístico, denuncia el robo de una pulsera de brillantes de gran valor, no solo sentimental sino también económico. Las sospechas recaen sobre Igor Topolev, el hombre con quien mantiene relaciones íntimas, un afamado ilusionista de origen ruso que, al igual que ella, actúa en el Alcázar Español, ambos con éxito. Cuando la Policía acude a registrar la habitación del susodicho, descubren parte del cadáver de una mujer en una de sus maletas, concretamente la cabeza… pero ni rastro de la joya sustraída. —Hubo un largo silencio. Fernández-Luna siguió hablando—: Como era de esperar, y máxime en un caso tan irrebatible de homicidio, el presunto asesino fue encarcelado en la penitenciaría después de prestar declaración ante el juez. Lo más insólito de todo este asunto es que esa misma madrugada el recluso desaparece de su celda en extrañas circunstancias, un suceso que, obviamente, desconcierta por completo a los agentes de Policía y a los funcionarios de la cárcel. Nadie ha visto nada… nadie sabe nada. El caso corría el riesgo de acabar archivado al no existir ningún indicio racional con el que poder seguir adelante con la investigación. Y honestamente —añadió con orgullo—, de no ser por la intervención del general La Barrera, que tras haber mantenido una larga charla con el señor Suárez Inclán insistió en que olvidase mi labor en Madrid para que viajara a Barcelona, es lo que hubiese ocurrido.

»Dejando a un lado esta pequeña reflexión, una licencia que me he permitido por simple vanidad… —le lanzó una crítica mirada a Riquelme, recordándole que el menosprecio que este sentía hacia él resultaba injustificado—, he de confesarles que todas las pruebas existentes de esta trama, en contra de Topolev, forman parte de un ingenioso truco. Se trata de un ardid concebido para desviar hacia otro lado la atención del espectador… que en este caso somos nosotros, la Policía. La fuga del Gran Kaspar no es la verdadera cuestión que nos afecta, sino averiguar por qué pretendían endosarle un crimen que en realidad no había cometido.

—¿Cómo sabe que es inocente? —preguntó Riquelme, perplejo.

Fernández-Luna alzó su índice a la vez que esbozaba una amplia sonrisa, como si hubiese barruntado la pregunta.

—En mi opinión, el caso resultaba demasiado sencillo; incluso les diría que un tanto inverosímil. Aquello olía a encerrona. Piénsenlo bien… ¿Qué asesino, a menos que estuviese completamente loco, sería capaz de guardar la cabeza de su víctima en una maleta? ¿Y por qué? Además, estos suelen ser muy meticulosos a la hora de actuar. ¿Quién se iba a arriesgar a cometer un robo de esas características, tras haber perpetrado un crimen, sabiendo que los agentes de la Ley habrían de presentarse en su apartamento a fin de realizar el pertinente registro? ¡No tiene sentido! —Sus palabras calaron hondo en los concurrentes, pues estaban basadas en la más pura lógica—. Para solucionar una ecuación hay que despejar las incógnitas. Si el ruso no tenía nada que ver con el cadáver, había que enfocar el caso desde otra perspectiva y plantearse nuevas interrogantes. Por ejemplo, ¿quién consiguió que la Policía, de forma fortuita, encontrara la cabeza de una mujer oculta en el doble fondo de una de las maletas del afamado ilusionista?

—La denunciante, María Duminy —contestó el señor Montero.

—¡Exacto!

—Pero… ¿Cómo podía saber la cubana que Topolev conservaba parte del cuerpo de su víctima? —objetó García Obeso.

—Porque fue ella misma quien encargó que colocaran la cabeza en la valija del mago. De hecho, tengo la declaración escrita de uno de los empleados del hotel en la que afirma haber visto a un hombre, todavía sin identificar, salir del dormitorio de Topolev con una sombrerera en la mano, horas antes de su detención. Debió de utilizarla para introducir el miembro cercenado en el cuarto sin levantar sospechas, a escondidas del ruso. Pero ¿por qué motivo habría de disponer María semejante locura? —Mantuvo en suspense la respuesta durante breves segundos—. Por una sencilla razón: deseaba deshacerse de su amante. Y cuando digo esto, me refiero a acabar con su vida. De ahí que lo enviase directamente a la cárcel. Alguien de dentro tenía orden de eliminarlo y hacer que desapareciera su cuerpo. Es en ese mismo momento cuando, únicamente, ambos casos se relacionan —infirió con agudeza—. Aunque, para no desviarnos del asunto, será mejor que les siga hablando de la Mulata. En realidad, ella y su hermano son el centro de este misterio que nos ocupa.

»Voy a omitir los detalles de la supuesta agresión de la que fue víctima la vedette en el Alcázar Español, y de la descabellada historia que nos contó esa misma noche, a mí y al señor Carbonell, sobre la inesperada visita del ilusionista en la habitación del Hotel Condal, amenazándola de muerte, porque de ello ya hablamos hace unos días y estoy seguro de que los caballeros poseen dicha información. Solo voy a añadir una cosa: todo era mentira. El propósito de aquella representación consistía en hacernos creer que Topolev, en efecto, se había fugado de la cárcel por arte de magia… y que seguía vivo. ¡Esto es lo que pretendían que pensáramos! —subrayó el de Madrid con cierto énfasis, alzando ligeramente la voz—. Pero en realidad, el presunto terrorista que irrumpió en el Alcázar y disparó varias veces sobre la Mulata, mientras esta realizaba su actuación, no era otro que su hermano Miguel vestido de anarquista y disfrazado con barbas y bigote postizo, de esos que se suele utilizar en los atrezos de los teatros. Lo sé, porque cuando apareció en el camerino de su hermana, fingiendo haberse enterado tarde del suceso, descubrí restos de cola de pegar cerca del lóbulo de su oreja. Apenas había tenido tiempo de limpiarse la cara en profundidad.

Riquelme no parecía estar conforme con la explicación de Fernández-Luna. A su parecer, se había olvidado de un pequeño detalle.

—Y sin embargo, según tengo entendido, Topolev hizo una misteriosa aparición en el Alcázar Español días después del primer atentado sufrido por María. Varias personas fueron testigos de aquel truco tan fuera de lo común, que la prensa calificó como de «actuación insuperable».

—Usted acaba de decirlo, lo que vimos esa noche fue un maravilloso truco de ilusionismo. Una vez más, los hermanos Duminy pretendían desviar nuestra atención. El Gran Kaspar debía aparecer de nuevo en público, pero en esta ocasión no iban a cometer el mismo error. Miguel tenía que estar presente en una de las mesas del café-concert para que todos pudiésemos verlo. —Dirigió la mirada hacia Carbonell, que permanecía sentado a su izquierda—. ¿Recuerdas la cara que puso el cubano cuando le preguntaste por qué había tardado tanto en llegar al Alcázar, si su hotel estaba prácticamente al lado?

—Es cierto. Dijo no haberse enterado de nada hasta que el recepcionista acudió a su habitación a comunicarle lo ocurrido. Pero lo cierto es que parecía bastante nervioso —contestó el mallorquín, rememorando los hechos—. Incluso llegó a preguntarnos si sospechábamos de él a causa de su retraso.

—Así es —convino Fernández-Luna—. Al descubrir que habían cometido un error, y que podían ser motivo de investigación, se vieron obligados a forjar un nuevo plan. Necesitaban una coartada para Miguel, y a un mismo tiempo demostrarnos que el ruso seguía en libertad.

—Y si no era Topolev, ni tampoco el hermano de la cancionista… ¿Quién diablos era aquel hombre? —preguntó el militar, cada vez más perplejo.

—Antonio Llobregat, un actor —contestó el jefe de la BIC de Madrid—. Le pagaron para caracterizar su rostro de tal forma que pudiera hacerse pasar por el ruso, una labor que resulta bastante fácil para un transformista.

—Y mi pregunta es, ¿dónde aprendió dicho truco ese actor que menciona? —preguntó el inspector de Seguridad—. Y lo que es más extraño todavía… ¿Cómo han podido averiguar lo que se supone que es el secreto profesional de un prestidigitador? Un número de magia de esas características no suele ser de dominio público.

—Respondiendo a su primera pregunta, es posible que el propio Topolev le hablase de ello a María en alguna ocasión para ganarse su confianza, puesto que estaba en condiciones de hacerlo al ser un ilusionista de prestigio, y que esta lo pusiera en práctica a través de Llobregat. En cuanto a la segunda interrogante, he de confesarle que para esclarecer el enigma contamos con la cooperación del mayor prestidigitador del mundo. —Sonrió complacido, atusándose el bigote—. Harry Houdini, en persona, resolvió ayudarnos en nuestra investigación. —Ante el gesto de sorpresa, incluso de escepticismo de los allí reunidos, se apresuró a decir—: Aunque, claro está, esa es una larga historia que ahora no viene a cuento.

—Por favor, no demore más su explicación, y díganos cómo hizo el transformista para aparecer como por ensalmo en mitad del escenario —le apremió el señor Montero, que era de natural impaciente.

Fernández-Luna se puso en pie y fue hacia el ventanal del despacho. Todos lo siguieron con la mirada expectante. Después de asomarse unos segundos a la plaza de Antonio López, se volvió para seguir manteniendo la conexión visual con sus interlocutores.

—El truco en cuestión se llama La Linterna de los Espectros, y se le atribuye al célebre ilusionista norteamericano Chung Ling Soo. Y ahora, señores, pasaré a explicárselo para que lo entiendan —añadió, haciendo un gesto teatral con ambas manos—. Imagínense que forman parte del público del Alcázar Español. Todo el local está a oscuras; tan solo un pequeño foco ilumina el cuerpo de la vedette allá por donde camina. —Fue de un lado a otro del despacho, reflexionando en voz alta—. Tras ella, el telón griego de doble cortina, de color ébano, ayuda a crear un ambiente de completa opacidad. Nadie advierte que hay un saco de terciopelo negro al fondo del escenario, fuera del alcance del foco… mimetizado con las sombras. En el interior de dicho fardo, y en cuclillas, se halla escondido el transformista. Lleva consigo una pequeña linterna. —Se detuvo, encarando a los presentes—. En cierto momento de la actuación, previamente acordado con María, Llobregat abre el saco desde dentro, enciende la luz de la linterna, la coloca bajo su barbilla y comienza a asomar la cabeza. Luego encumbra su cuerpo, muy lentamente, hasta ponerse en pie. El efecto que produce es extraordinario, realmente portentoso. Todos creen que se ha materializado de la nada, que ha atravesado el entablado del suelo como si se tratase de un espectro.

»Tras recuperarnos de la sorpresa, Carbonell y yo nos abalanzamos sobre el escenario acompañados del inspector Pons y el comisario Salcedo. El falso Gran Kaspar, raudo, desaparece tras las cortinas. Corremos tras él. ¿Y qué es lo que nos encontramos entre bambalinas? Al transformista tirado en el suelo. Oculta su rostro con ambas manos para que no descubramos su caracterización. Finge haber recibido un fuerte puñetazo en la nariz, propinado, supuestamente, por el prestidigitador al tropezar con él en su huida. Vemos unas cuantas salpicaduras de color carmesí entre sus dedos, y al instante damos por hecho que es sangre. Para imprimirle un mayor realismo a la interpretación, la esposa de Llobregat hace como que auxilia a su partenaire, arrodillada en el suelo. Nada más vernos aparecer señala el pasillo de los actores y nos exhorta a ir detrás. Pero… ¿Detrás de quién? —preguntó con ironía—. Allí no había nadie más que ellos. Todo era un engaño. —Hizo una ligera pausa, para finalizar diciendo—: El truco no consistía en aparecer de la nada en mitad del escenario, sino hacernos creer que Topolev seguía vivo y que realmente dominaba el arte de la magia. De ahí que ninguno de los agentes desplegados por las calles próximas al lugar, e incluso los que estábamos dentro del teatro, pudimos darle caza aquella noche. En realidad, perseguíamos a un fantasma.

Los altos funcionarios del Gobierno se miraron entre sí. Les había sorprendido la eficiencia del madrileño. Tuvieron que reconocer que estaba llevando el caso de forma competente.

—Dígame, señor Luna… ¿Qué ha sido del auténtico Topolev? —se interesó Riquelme, cada vez más intrigado.

—A eso, si me lo permite, le contestaré dentro de un par de días, cuando concluya mi investigación después de que ingrese en la cárcel Modelo haciéndome pasar por un criminal. Pero ahora, será mejor que termine de aclararles qué es lo que nos ocultan los hermanos Duminy —le contestó seriamente. Tras lo cual, siguió adelante con su pormenorizada explicación—. Ya desde un principio sospechábamos de ellos… —miró una vez más a Carbonell, reconociendo de este modo su intervención en el caso, por insignificante que hubiese sido en realidad—, pues mantenían una estrecha relación con una prostituta que trabaja en el café de señoritas de mal vivir, llamado La Suerte Loca, y con el contramaestre de un bergantín atracado en el puerto de Barcelona; ambos personajes de origen ruso. Aquello no tenía ningún sentido, puesto que hablamos de gente de distinto país y clase social. Algo tramaban los cubanos, pero no conseguíamos adivinar el qué. —Carraspeó para aclararse la garganta—. Sin embargo, la suerte estaba de nuestra parte. Mi colega y yo fuimos invitados, por mediación de la baronesa viuda de Bonet, a una fiesta benéfica que se celebró el pasado domingo en el Parque Güell. Casualmente, tuve ocasión de mantener una interesante conversación con el empresario aristócrata y con alguno de sus amigos, entre ellos el embajador de Alemania en Barcelona, el barón de Otsman. Fue entonces cuando me enteré de la verdad. —Observó cómo sus interlocutores se revolvían en las butacas—. El Gran Kaspar, en realidad, se llamaba Eldwin Finkel Topolev… y era un espía de los alemanes. Trabajaba para el Abteilung III B.

Un incómodo silencio se adueñó del despacho. El espionaje alemán, y su secreta vinculación con algunos aristócratas y ricos empresarios catalanes, era un asunto altamente delicado que ninguno de ellos deseaba abordar.

—Por favor, continúe —lo instó el señor Montero con gesto solemne, mostrándose reservado en todo momento.

—Topolev trabajaba de incógnito en Barcelona. —El madrileño siguió hablando—. Iba diciendo por ahí que era un hombre de ideas revolucionarias, que defendía las prédicas de los bolcheviques y que estaba en contra de la política del zar. Una simple treta desestabilizadora propia de espías, pero a la vez muy útil, puesto que así intimaba con los marinos rusos que pudiese encontrar en los aledaños del puerto, y averiguar cuándo zarpaban sus barcos, qué carga llevaban y hacia dónde se dirigían —especificó—. De este modo fue como conoció a Natasha, la prostituta del café de señoritas, una auténtica anarquista que creyó a pies juntillas las palabras de Topolev. Ambos se hicieron muy amigos. Pasaban juntos varias horas al día hablando sobre la Madre Rusia y la necesidad de derrocar a los Romanov.

»Con el paso del tiempo, cuando creyó que podía confiar plenamente en él, Natasha le habló del plan que había puesto en marcha gracias a la colaboración de Luigi Galleani, un terrorista italiano que vive en Norteamérica pero que cuenta con adeptos por toda Europa. Le confió sus verdaderas intenciones: que ella y unos amigos suyos, enviados por Galleani, pretendían viajar hasta Petrogrado con el propósito de asesinar al zar Nicolás II.

»Topolev se involucró en el asunto después de que les transmitiera la noticia a sus superiores y estos le ordenaran ayudar a los terroristas, puesto que la muerte del emperador ruso habría de favorecerles en aquella encarnizada guerra en la que se enfrentaban los ejércitos de ambos países. Por ello, el mago le prometió a Natasha, y también a los cubanos, que habría de ponerse en contacto con sus colaboradores en Petrogrado para que estos les facilitasen un lugar seguro donde esconderse… una vez cometido el regicidio, claro está. No obstante, todo era mentira. Les siguió el juego porque aquella información era sumamente valiosa para Alemania, y porque debía alentarles para que siguiesen adelante.

»En algún momento de esta relación, los hermanos Duminy y Natasha debieron de descubrir la verdadera identidad de Topolev. No sé… tal vez la rusa lo sorprendiera enviando un mensaje radiotelegráfico a su país, o puede que la Mulata encontrase en la habitación del ilusionista algún documento que lo relacionara con el espionaje alemán —coligió—. Sea como fuere, decidieron darle un escarmiento haciéndole desaparecer de escena.

—Supongo que aportará evidencias de todo lo que acaba de contarnos —conjeturó el señor Riquelme, todavía escéptico.

—Faltaría más. —Fernández-Luna se mantuvo firme—. Anoche tuve ocasión de recabar las pruebas que necesitaba. Haciéndome pasar por uno de los grumetes del Austrum, conseguí introducirme de incógnito en el bergantín. Apenas había puesto un pie en cubierta cuando escuché sonido de caballos acercándose por el muelle. Era un carruaje. En él viajaban Natasha y sus cómplices. Después de que el cochero se detuviese en la explanada del puerto, y descargara el equipaje, los terroristas subieron al barco para ultimar con Dimitri los detalles de su embarque.

»Al ver que se dirigían hacia la zona de proa, directamente hacia donde yo estaba, decidí esconderme en la bodega. Pero cuál sería mi sorpresa cuando descubro que rusos y cubanos, segundos después, bajaban igualmente por las escalerillas del pañol buscando un lugar seguro donde poder hablar a solas, lejos de la escucha del resto de la tripulación. Para evitar que me descubrieran me oculté tras una pila de sacos de harina y allí permanecí en completo silencio. —Inició, de nuevo, un corto paseo por el despacho. Su cuerpo escondía fugazmente la luz del sol cada vez que cruzaba frente al ventanal que daba a la plaza—. Gracias a la conversación que mantuvieron entre ellos, creyendo estar a solas, pude verificar que nuestras sospechas eran ciertas: pretendían atentar contra la vida del emperador de Rusia —concretó—. Pero como lo que ustedes me exigen son pruebas, y no testimonios verbales… —introdujo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Extrajo las cartas que había sustraído del baúl de la vedette. Acercándose al señor Riquelme, las dejó sobre la mesa—… aquí tienen lo que necesitan para detener a los hermanos Duminy y a Natasha Svetlova, e incluso para acusar de cómplice al contramaestre del Austrum. Es la correspondencia que mantuvo la rusa con Galleani, así como la respuesta afirmativa que recibió del gran duque Vladímir tras la solicitud escrita enviada por Miguel, confirmando la actuación de María en el Teatro de Drama Musical de Petrogrado. Son las pruebas que necesitábamos.

—¿Cuándo está previsto que zarpe el Austrum? —quiso saber de inmediato García Obeso.

—Dentro de un par de horas, al mediodía —contestó Fernández-Luna.

—¿Y a qué esperan para detenerlos? —inquirió el inspector general de la Jefatura.

—Tengo a todos mis hombres preparados —terció Carbonell—. Solo necesitamos su aprobación, señor. —Miró a Riquelme, esperando de él una respuesta.

El inspector de Seguridad asintió con un gesto, comprimiendo los labios.

—Adelante —dijo al fin—. Cumplan con su deber.