25
—Bravo Portillo ha estado aquí. Vino solo, sin escolta… una temeridad por su parte. Hizo algunas preguntas, se quedó con las caras de los tertulianos y luego se marchó silbando alegremente. ¡El muy hijo de puta! —Martorell le dio una profunda calada al cigarrillo. Entrecerró los ojos, mirando a su interlocutor con marcada frialdad—. Pero vendrá de nuevo, Bombas, y registrará con sus hombres cada rincón del local. —Exhaló el humo de sus pulmones—. No puedo arriesgarme a que te cojan aquí dentro… no después de lo ocurrido esta mañana.
Sentado sobre un cajón de aluminio, vuelto al revés, Héctor atendía a las palabras de su amigo. Afilaba la navaja con una piedra roma de color negro que sostenía en su otra mano, desrizándola suavemente por el filo de la hoja. El tedio comenzaba a subvertir su mente. Llevaba encerrado demasiados días en aquel angosto lugar. Las paredes del almacén le agobiaban tanto o más que los barrotes de presidio. Martorell solo intentaba bien aconsejarle: debía marcharse de allí lo antes posible.
Tal vez fuese lo más acertado.
—Sabes que no he tenido nada que ver con esas muertes —dijo Héctor, desentendiéndose de aquel asunto—. Tomás Herrero y sus amigos cenetistas deben de conocer a los culpables.
—¡Me importa un carajo quien haya sido! ¡Este lugar se va a convertir en un polvorín, y cuando estalle no quiero que me atrape en medio! —Se alejó de la pared donde estaba apoyado, yendo hacia él a zancadas. Se detuvo al ver el gesto desafiante del otro—.
—No hay— concluyó con su desagradable voz nasal, sentencioso.
—¿Y adónde quieres que vaya? —Cerró la hoja de la navaja, guardándosela después en el bolsillo del pantalón—. Ahí fuera andan buscándome —le recordó—. Si salgo ahora soy hombre muerto.
—¿Acaso no puede ayudarte esa fulana amiga tuya que trabaja en La Suerte Loca? —Metió la mano en la caja que había a su lado y extrajo una botella de brandy. Tras quitarle el tapón de corcho con los dientes se la llevó a los labios y bebió con delectación. Extendió el brazo, ofreciéndosela al anarquista—. Ya sabes a quién me refiero… esa preciosidad de cabellos dorados que vino a verte el otro día.
—No quiero implicar a Natasha. —Le dio un trago a la botella. Después la dejó en el suelo—. Y menos ahora que regresa a su país.
—¡Pues vete con ella! —Alzó los brazos, creyendo haber encontrado la solución a sus problemas—. ¿Qué te lo impide?
—Natasha tiene sus propios asuntos. No quiero inmiscuirme en su vida. Rusia la necesita más que yo.
—¡Válgame el cielo! —exclamó, llevándose una mano a la cabeza—. ¿También es anarquista?
—De las que luchan a muerte por sus ideales. —He oído decir que el proletariado ruso está urdiendo una revolución que hará historia— dijo el dueño del café, melancólico, como si soñara despierto. —Lástima que en España las cosas sean diferentes. Nos faltan agallas para derrocar al Borbón. —Todo a su tiempo, Martorell… todo a su tiempo. No sabía, entonces, lo proféticas que habrían de resultar sus palabras en un futuro.
—Pues el tuyo se ha acabado —reaccionó de inmediato, cayendo en la cuenta de que se habían desviado del tema de conversación—. Debes irte esta misma noche.
—Está bien. Aceptaré tu consejo y le pediré ayuda a Natasha, aunque solo sea por unos días. No tengo otra opción. —Se puso en pie—. ¿Me has conseguido lo que te pedí?
Martorell metió la mano en el amplio bolsillo del guardapolvo. Sacó un objeto envuelto en un paño de lino. Apartó la tela hacia un lado. Era una Star 1915, de 7,65 mm.
—Me la ha vendido el Juli por cincuenta pesetas. —Se la entregó a Héctor—. Acéptala como un regalo.
El anarquista se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, recompensándole con una mirada de agradecimiento.
—Bueno… —Martorell se volvió para marcharse. Debía regresar al café—, le diré a Gertrudis que te prepare algo de comer. Si te vas, que por lo menos sea con el estómago lleno. —Se echó a reír—. Te recuerdo que el rancho de la Modelo es una auténtica bazofia, algo vomitivo. —Dicho esto, fue directo hacia la puerta que comunicaba el almacén con el resto del local.
Cuando quedó a solas, Héctor volvió a sentarse sobre la caja de aluminio. Y mientras retomaba la apacible tarea de afilar la hoja de su navaja, comenzó a maquinar el modo de allegarse hasta el café de señoritas donde trabajaba Natasha. Ante todo, debía evitar a los policías que hacían su ronda nocturna por las calles de la ciudad. No podía dejarse atrapar ahora, ya que le culparían también de la muerte de los dos guardias civiles caídos aquella misma mañana en el Paseo de las Aduanas.
Sabía muy bien cómo funcionaba el sistema.
Ninguno de los presentes se molestó en denunciar a la banda de estafadores que había intentado engañarles. Carbonell pensó que sería lo mejor, no fuese que su celo en el cumplimiento del deber viniera a acarrearle serios problemas con sus superiores. Un delito tan peripatético, pero a la vez de una gran repercusión social, pondría en tela de juicio la inteligencia de varios miembros de las familias más importantes de Barcelona, que habían creído a pies juntillas la burda representación de la falsa espiritista. No; en modo alguno era aconsejable desmitificar el sentido común que podía esperarse de la clase alta. Mejor ocultar el escándalo.
No obstante, los impostores debían pagar por su infracción. Era de justicia imponerles un castigo.
En primer lugar, tuvieron que devolver el dinero que le habían cobrado a cada uno por asistir a la fraudulenta sesión de espiritismo. Después, Carbonell les lanzó un ultimátum: tendrían que abandonar Barcelona antes del día siguiente o acabarían con sus huesos en la cárcel. Les prometió que él mismo, en persona, vendría de nuevo a primera hora de la mañana para comprobar que habían desalojado el piso. En caso contrario enviaría a sus hombres para detenerles.
La familia de farsantes no tuvo más remedio que aceptar el acuerdo. Antes de que los policías salieran por la puerta, ya estaban haciendo un hatillo con las mínimas prendas de vestir y otros objetos de primera necesidad.
Decepcionados, quienes habían acudido a Yaya Raquel con la esperanza de hablar con sus familiares difuntos abandonaron el inmueble en completo silencio, tratando de enmascarar la vergüenza que arrastraban consigo tras haber hecho un ridículo espantoso.
Una vez en la calle, Carbonell se disculpó ante su compañero. Debía acompañar a Lolita hasta su casa, y de paso hablar a solas de lo ocurrido. El matrimonio entusiasta, ahora con semblante mohíno, intercambió breves palabras de despedida con los caballeros e igualmente se marchó cabizbajo hacia el Paseo de Gracia.
Fernández-Luna quedó a solas con el extranjero y su amigo. —Así que ustedes dos son policías— dijo el individuo que había mostrado cierta impaciencia cuando se incorporaron con retraso a la sesión de espiritismo.
—Ya ve… hasta los agentes de la Ley pecamos de ingenuos —contestó el madrileño con buen humor, extendiendo su mano para presentarse—. Soy Ramón Fernández-Luna, jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid. El caballero que se ha marchado con la dama es Ramón Carbonell, mi homólogo en Barcelona. Investigamos juntos un caso bastante peliagudo.
—Mi nombre es Teodoro Beltrán, y desde hace años pertenezco a la Society for Psychical Research. —Estrecharon sus diestras—. Y él es mi amigo Harry. No es que hable muy bien el español, pero se defiende como puede con algunas frases. El aludido avanzó un paso con el propósito de saludarle.
—Encantado de conocerle —dijo, con acento norteamericano.
—Estoy seguro de que habrá oído hablar de él —le anunció Beltrán, presumiendo con cierto orgullo de tener a una celebridad entre sus amistades—. Es el mejor mago de todos los tiempos. Houdini… Harry Houdini —repitió con énfasis—. ¿Le suena el nombre?
El de Madrid se quedó literalmente boquiabierto. Ante él tenía a una auténtica leyenda, un hombre cuya fama había dado la vuelta al mundo después de haber reinventado el concepto de la prestidigitación. La oportunidad era única. Nadie mejor que el mítico ilusionista para ayudarle a esclarecer ciertos detalles del caso que resultaban de difícil comprensión.
—¡Por las barbas de Júpiter! —exclamó Fernández-Luna, abriendo desmesuradamente sus ojos—. ¿Me pregunta usted si me suena? Si hay alguien sobre la faz de la tierra que quiera tener cerca de mí en este momento, ese es el señor Houdini.
El mago de origen húngaro enarcó una ceja. Había comprendido las palabras del policía, pero no su significado.
—Why? —preguntó en su idioma, llevado por la costumbre. Se disculpó al instante—. Sorry… ¿Por qué motivo?
Fernández-Luna miró de un lado a otro de la calle. Ya era completamente de noche y comenzaba a refrescar. Lo mejor sería buscar refugio en una taberna.
—Les invitó a un café —fue su proposición—. Si son tan amables, me gustaría hablar con ustedes unos minutos. Puede que el señor Houdini me ayude a resolver un extraño caso que lleva de cabeza a la Policía de Barcelona.
Movidos por la curiosidad, ambos caballeros aceptaron gratamente la invitación. Después de incorporarse al Paseo de Gracia, se dirigieron hacia el Café de los Bohemios, lugar donde solían acudir asiduamente los pintores más prestigiosos de la Ciudad Condal.
Para amenizar el paseo, Beltrán le fue explicando el motivo por el que ambos se encontraban aquella tarde en casa de Yaya Raquel. No es que tratara de excusarse, más bien pretendía afianzar sus convicciones.
—El señor Houdini está realizando un tour por las capitales europeas, y casualmente actuó en Londres la semana pasada. ¡Hasta la mismísima Scotland Yard tuvo que reconocer con asombro la grandeza de sus hazañas! —Sonrió, efusivo—. Consiguió escaparse de todas las prisiones donde fue encarcelado, proeza que ha conseguido fomentar aún más la leyenda. Incluso atado con cadenas y esposado consiguió escabullirse de un modo sorprendente, inexplicable.
»Hace unos días fue invitado a la fiesta que se celebró en casa del embajador de Estados Unidos en la capital británica. Allí conoció a don Alberto Guzmán y Tutor, un político de origen vasco cuya familia de navieros ha amasado una inmensa fortuna gracias al transporte de ultramar. Este le refirió que un amigo suyo, a su vez, había escuchado decir que en Barcelona vivía una mujer capaz de comunicarse con los muertos, una médium digna de crédito. Un hecho así, por supuesto, llamó la atención del señor Houdini, quien tras ponerse en contacto telegráfico conmigo decidió visitar la ciudad para comprobar por sí mismo si las habladurías eran ciertas.
»Ambos pertenecemos a la Society for Psychical Research. Por si no nos conoce, le diré que somos un grupo de intelectuales que nos oponemos a los enfoques intolerantes que proyectan por un lado los creyentes, como son los espiritistas y los cristianos fundamentalistas, y por el otro, los escépticos. Desde el año mil ochocientos ochenta y dos, la SPR ha recogido miles de testimonios de gente afectada por… llamémosles «casos extraños». La gran mayoría de estos hechos resultaron ser fruto de la imaginación o del fraude, como ha sido el caso de Yaya Raquel. Hasta ahora, seguimos sin tener evidencias concluyentes de la supervivencia del alma tras la muerte.
»El interés del señor Houdini por el espiritismo se inició hace tres años, después de que su madre falleciese de infarto mientras él actuaba para el rey de Suecia. Aquello fue un duro golpe para Harry. La amaba por encima de todo en esta vida. —Bajó el tono de voz—. Con el profundo deseo de comunicarse con su espíritu, fue a ver a una prestigiosa médium de Nueva York. La experiencia resultó nefasta. Al poco de iniciarse la sesión comprendió que algo no iba bien. Aquella mujer jugaba con los sentimientos de las personas. No había nadie tras las voces de ultratumba. Ninguna fuerza sobrenatural hacía levitar las sillas o mover la mesa. Todo era una gran mentira, una parodia basada en la necesidad de la gente de creer en la vida después de la muerte. A un mago de su categoría es imposible engañarle con trucos de artificio. —Beltrán hizo hincapié en aquel detalle—. Desde entonces, dedica gran parte de su vida a desenmascarar la falsedad que esconden, sin ningún escrúpulo, médiums y espiritistas. Es su particular cruzada contra el fraude.
—Todos buscamos respuestas a nuestras preguntas, pero difícilmente las encontramos —opinó Fernández-Luna. Acto seguido, señaló con su bastón la puerta del Café de los Bohemios, situada en el otro extremo de la calle.
—Ninguna respuesta también es una respuesta —vocalizó Houdini, aunque con dificultad, lo que indicaba que a pesar de su presunta despreocupación mientras caminaban, y el problema que representaba el idioma, había comprendido gran parte de la conversación. Giró la cabeza para dirigirse al policía—. Es un proverbio jewish… judío.
Después de que un coche de caballos se interpusiera en su camino, impidiéndoles avanzar, finalmente llegaron a la puerta del café. Justo encima de la entrada había un enorme cartel de madera con el nombre del local escrito en catalán: Taberna d’els Bohemis. En la puerta, consultando su reloj de bolsillo con gesto impaciente, vieron a un individuo de luengas barbas, anteojos y sombrero de ala ancha, que fumaba de una pipa en cuyo interior iba embutido un cigarrillo de forma vertical. Llevaba puesto un abrigo de paño de color negro que le llegaba hasta las rodillas.
El madrileño dedujo, por la mancha de óleo de color bermellón que aquel tipo llevaba en su zapato, que debía de ser uno de los tantos pintores que pululaban por Barcelona, y que finalmente acababan por marcharse a París en busca de nuevas técnicas y también de mayor reconocimiento a su obra. Se quedó con ganas de preguntarle.
—Es Ramón Casas i Carbó, célebre por sus retratos y pinturas. Se codea con la élite social de Barcelona —le susurró Beltrán, como si hubiese leído sus pensamientos.
Fernández-Luna asintió en silencio, mostrando interés por aquel detalle, pues en realidad la pintura era una de sus debilidades secretas. Después de echarle un último vistazo al artista, entró en el café en compañía de sus nuevos amigos.
A esas horas de la noche, los bohemios se reunían alrededor de las mesas e intercambiaban información relacionada con sus respectivas modalidades artísticas. No solo era lugar de cita de pintores, también de escritores, poetas y escultores, incluso de actores de teatro y del pujante cinematógrafo. Las tertulias, por regla general, finalizaban con la llegada del amanecer. Los parroquianos, animados por el alcohol, abandonaban el lugar vociferando parrafadas incoherentes de índole filosófico o revolucionario, para desgracia de los vecinos.
Se acomodaron en una mesa vacía, lo más lejos posible de los demás clientes. Después de levantar la trampilla de madera que había al final de la barra, el camarero se acercó a ellos surcando la nube de humo gris que flotaba en el ambiente. Todos pidieron café.
Cuando tuvieron ante ellos las humeantes tazas, Fernández-Luna decidió que había llegado la hora de conocer un poco más el mundo de la magia.
—He de admitir que no creo en el destino, pero esta noche los hados se han confabulado para favorecerme. —Rio de su propia ocurrencia—. Lo cierto es que ha sido una suerte conocerles, aunque haya sido en unas circunstancias tan patéticas.
—Dígame, señor Luna. —Beltrán lo miró con curiosidad, dejando su taza sobre la mesa—. ¿Cuál es el motivo de esta reunión? ¿Tal vez desea preguntarle al señor Houdini por alguno de sus trucos?
—Nada más lejos de mi intención. Eso, además, sería un atrevimiento… una descortesía por mi parte. —Midió sus palabras al hablar. No quería provocar en ellos una expectación innecesaria, ni una impresión equivocada de su verdadero propósito—. Lo único que pretendo es que me ayude a resolver el caso que estoy investigando. Entra dentro de sus posibilidades, pues el eje central del asunto está íntimamente relacionado con la prestidigitación.
—¿Podría concretar?
El jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid asintió con la cabeza.
—Otro ilusionista, el Gran Kaspar, fue detenido por asesinato hace una semana. Acabó con sus huesos en la cárcel Modelo. Sin embargo, desapareció de la celular la misma noche de su ingreso, como por ensalmo. —Al percibir cierto interés en sus interlocutores, se aprestó a contarles toda la historia—: Creo, señores, que será mejor que comience desde el principio…
Con todo lujo de detalles, Fernández-Luna les fue poniendo al corriente del caso. Les habló de los hermanos Duminy, de su relación con el mago ruso, de la denuncia que le interpuso María, la Mulata, al descubrir que este le había robado una pulsera de brillantes, y por supuesto, también del macabro descubrimiento efectuado tras el rutinario registro de la habitación del hotel y del atentado que sufrió la vedette cuando actuaba en el Alcázar Español. Para que ellos mismos pudieran hacerse una idea de lo ocurrido, les explicó que ambos hermanos estaban vinculados a una prostituta y a un marino, los dos de nacionalidad rusa, por algún extraño motivo que aún no alcanzaba a entender.
En definitiva, les hizo una exposición clara y concisa de los hechos, e incluso de sus propias deducciones. Eso sí, obvió los detalles relacionados con el espionaje de la Gran Guerra.
Pero había otro asunto del que quería hablarles, y era el de la súbita y extraña aparición del Gran Kaspar en el café-concert. Como ilusionista que era, Houdini debía conocer aquel truco. Fernández-Luna esperaba que pudiese ayudarle a desentrañar el enigma.
—Señor Houdini… —echó hacia delante su cuerpo, dirigiéndose al prestidigitador—, ese hombre, Igor Topolev, surgió de la nada delante de un centenar de testigos mientras la Mulata llevaba a cabo su actuación. Vimos emerger su cabeza a unos cuarenta centímetros del suelo. Su rostro resplandecía en la oscuridad, como un espectro. A continuación, el cuerpo fue apareciendo de la nada, elevándose lentamente hasta que se le pudo ver por completo. El efecto que nos produjo a quienes presenciamos aquel prodigio fue que había atravesado el entablado del suelo. Desgraciadamente, antes de que pudiésemos echarle el guante se nos escapó, valga la expresión, como por arte de magia. —Lo retó con su penetrante mirada—. ¿Había oído hablar antes de ese truco?
Girándose hacia Houdini, Beltrán le fue traduciendo cada una de las palabras del policía. El ilusionista guardó silencio durante unos segundos. Permaneció impasible, sin tan siquiera pestañear.
—Of course… I know —contestó. Luego, volvió a repetir en español—: Por supuesto que lo conozco. Es La Linterna de los Espectros.
—Por favor, hábleme de ello —le rogó.
—La Linterna de los Espectros es uno de los mejores trucos de Chung Ling Soo, un prestidigitador de Brooklyn que se hace pasar por chino —comenzó diciendo el genial escapista; por supuesto, en inglés. Beltrán hizo de intérprete—. Conocí a Soo en Londres, en el invierno de mil novecientos cinco. Él y otro mago rival se habían dado cita en The Weekly Dispatch para ver quién de los dos era capaz de superar al otro. Aquello fue un auténtico duelo de prestidigitación. Yo estaba entre los espectadores. —Sonrió con cierta nostalgia al evocar la escena—. Fui a verle tras la función. Se sorprendió mucho cuando le detallé ciertos pormenores relacionados con su número de magia… que al día de hoy sigue siendo un misterio.
—¿Podría compartir conmigo esa información? —insistió el policía, que aguardaba de manera expectante una respuesta lógica a lo ocurrido en el Alcázar Español.
—Sepa usted que los magos jamás solemos revelar nuestros trucos —los ojos del prestidigitador brillaron al igual que estrellas en la noche—, pero como este en concreto no es mío, haré una excepción con usted.
Y he aquí que Harry Houdini, el mayor ilusionista de la Historia, se dispuso a desvelarle al jefe de la BIC en la capital de España uno de los misterios más impenetrables de la magia.