XXIV

EL MÉDICO TEMIÓ que un traslado a Barcelona en aquellas circunstancias pudiera ser nocivo para Joaquín Rius y aconsejó que siguiera en Santa María unas semanas hasta que su corazón se recuperase un poco y el traslado pudiera hacerse con mayores garantías. Su nieto Carlos, al que inmediatamente se avisó, tuvo que ir y volver diariamente, de Santa María a la fábrica. El viejo permaneció los primeros días en su cuarto, con las persianas entornadas. En la semipenumbra de la alcoba penetraban todos los rumores del exterior; el piar de los gorriones que pululaban por las ramas de los plátanos, el canto de alguna alondra, el rasgueo de las cigarras, múltiple y agobiante al mediodía, el concierto de los grillos nocturnos y al atardecer. El vagido entero del campo parecía entrar en la habitación de Rius, que se convertía en una caja de resonancias de todo el valle.

Así pasó todo el mes de agosto y, al comenzar septiembre se escuchó en la lejanía, cuando la brisa soplaba hacia la finca, el sonido que hacían los trombones y los fiscornos en el entoldado de la Fiesta Mayor. Aquellos sones desvelaron en el ánimo de Joaquín, que los escuchaba adormecido en una mecedora, junto a un balcón, recuerdos y nostalgias de otros tiempos. Apenas había cambiado nada. Los valses eran tan veloces, alocados y revueltos como en otra época. Lo único indudable era que él estaba más viejo, que era definitivamente viejo, a punto de morir. Aquella música tenía la virtud de proyectar en su imaginación los episodios más vivos. Le parecía estar danzando con Mariona, muchos años atrás, en el estío que precedió a su muerte. Veía que alrededor giraban docenas de parejas, ellos con la barba y el sombrero de paja junto a los rimbombantes peinados de la mujer, muy cerca de sus rostros; ellas con la falda de miriñaque recogida con desgaire por una mano descuidada. Sí; ¡cuántos años habían pasado! Aquel recuerdo no era más que una vieja estampa oxidada.

También Carlos parecía hacer un recuento, pero un recuento con la mirada hacia delante. Era ya diferente del muchacho que había dejado el «enchufe» de retaguardia para ir a la guerra. Aquel no era más que un chiquillo; este era un hombre derecho. El matrimonio primero, las responsabilidades del trabajo después le habían transmudado. Se había vuelto razonador, autoritario. Su palabra no admitía réplica. Parecía su abuelo, pero cuarenta años atrás. Y Carlos miraba a don Joaquín, sentado en la mecedora, como si indagara los secretos que guardaba aquel organismo y quisiera escudriñar su validez y duración. Don Joaquín creía adivinarlo y se esforzaba en adoptar delante del nieto un porte juvenil y risueño. Pero no engañaba a nadie, y menos a sí mismo. Por la noche, en la cama, notaba que le faltaba la respiración. Entonces pidió que le dejaran dormir sin moverse del balancín. Le arroparon con una manta y dejaron que se adormeciera en aquel asiento basculante, cuyo movimiento recordaba el de la cuna de su bisnieta.

Y Joaquín Rius se asía frenética, desesperadamente a la vida. La vida era para él, en aquellos instantes, la pequeña mano de aquella criatura gordezuela que le miraba a los ojos sin entrever su secreto y que le sonreía sin venir a cuento con una sonrisa clara y luminosa. Joaquín se dejaba coger el dedo índice, aquel dedo huesudo y arrugado, por la mano entera de Mariona, que lo apretaba con todas sus fuerzas y que parecía no quererlo soltar. Palpando la fina piel de la mano infantil, a Joaquín Rius le parecía que la materia candorosa de que estaba hecha era una réplica de su propia carnadura exhausta. La seda finísima de la mano infantil tenía redondeces y bultos que eran un acopio de la vida por fructificar y por desarrollarse. Mirando su propia mano se veía el declive del organismo, la erosión de las venas infladas y verdes que nos llevan irremisiblemente al fin. Pero aquella manecita sonrosada le sobrevivía y era su propia sangre, ya inmersa en el futuro.

Cuando oyó a lo lejos los sones de la música de la Fiesta Mayor pidió autorización al médico para que le dejaran estar abajo. A partir de entonces pasó la jornada en el atrio del jardín, bajo el gran nogal del pórtico. Desde allí se veían muy lejos, adosados a la colina, al otro lado de la riera, el perfil, los colores del entoldado. Y hasta parecía distinguirse el bullicio que hicieran los jóvenes al pasar y el tumulto de carameleros y vendedores de rosquillas, de las mozas, de los viejos, feriantes y alborotadores, en toda la explanada.

Pero pronto hubieron de volver a la ciudad. Don Joaquín echó una larga mirada al valle entero. Se despidió mentalmente de aquellos parajes. Dijo adiós al zaguán, al barrio, a la masía, a los colonos; se despidió en silencio de los vendimiadores, que bajaban por el camino entonando las canciones de septiembre. El fruto que parecía palpitar en los lagares era el légamo que abonaría a las generaciones futuras. Sentía el sonido que hacían los carros al descender entre las rodadas. Se percibía un sabor latente a mosto y en los lagares destellaba el fruto negro de la vida, herido por los postreros rayos de un sol en ocaso. «¡Adiós, mozas cantadoras, adiós muchachos de amplia risa! Vuestro eco resonará en mis sienes al cruzar el nuevo y definitivo umbral», se decía el viejo.

—¿Qué le pasa, abuelo? ¿Por qué está tan triste? No hay que estar enfurruñado, ¿me entiende? Ya verá qué contento le pondremos en Barcelona, ya verá…

Una de las cosas que más le sacaba de quicio es que le hablara como si hubiera perdido la razón, como si fuera un chiquillo. Quien le hablaba así era Isabel, la mujer de su nieto, que llevaba su panza tranquilamente y sin pensar a través de los zarandeos del camino.

«Más te valdría pensar en tu vientre…» —murmuraba el viejo para sí.

Y en efecto, llegaron a Barcelona y, durante un día, se sintió más joven, como si le hubieran quitado años de encima. Pero al día siguiente volvió a su pesadez, a su sopor, en un balancín que le habían instalado en el cuarto junto al balcón. Quería gritar y no podía; se desesperaba mirando todas las cosas, como si pretendiera asirlas con los ojos. ¡Maldita invalidez, odiosa vejez que nos alejas de todo sin apartar de nuestros ojos ni un alfiler!

Y un día le trajeron a su pequeña Mariona con una novedad; una novedad que fue el último gran acontecimiento en la vida de Joaquín Rius. La chiquilla se sostenía ya en pie. Dudaba entre mantenerse enhiesta o caer, pero al fin avanzaba uno de sus piececitos en la alfombra, se tambaleaba, pero proseguía adelante. Avanzaba el otro, y así, sucesivamente, iba adelantando hacia el sitio donde el viejo Rius estaba sentado. Ya a punto de llegar parecía darse por satisfecha y se decidía a caerse, pero el viejo estaba allí con su pulgar a punto y agarraba el dedo y la mantenía unos segundos en pie, para caer luego sentada y mostrar una sonrisa venturosa, como si acabara de realizar la hazaña más meritoria del mundo. El viejo Rius sintió que una oleada de infinita ternura le inundaba el ánimo.

Cuando nació el segundo hijo de la pareja, el viejo se mantuvo al margen del acontecimiento. Permaneció impasible ante los ajetreos del parto. Fue testigo mudo de los trasiegos y providencias del doctor y de la enfermera. La única que estaba al lado del viejo era la fiel Josefina. De un tiempo a esta parte, y sin darse cuenta, el viejo la tuteaba:

—A ti y a mí, Josefina, nos tratan como si fuéramos desechos de tienta.

No se sabe por qué la expresión produjo en la doncella tales estímulos de gracia que se echó a reír desmesuradamente, inconteniblemente, sin poder parar.

—Es que… es que a veces… el señor tiene unas cosas. Y es el modo como lo dice… —decía, reprimiéndose aún la risa con un pañuelo.

—Que nos quiten lo bailado. Eso, que nos lo quiten esos jóvenes, si pueden, ¿no te parece?

Josefina asentía, sintiendo renacer la hilaridad. Carlos pasaba por su lado. Estaba nervioso y los reprendía:

—Parece imposible que os dé por reír en estos momentos. Parecéis unos chiquillos. ¡No hay derecho!

Con lo que el viejo y la doncella se hicieron signos de moderación.

Y nació otra niña. Isabel y Carlos llamaron con mucho misterio a Josefina y tramaron con ella una historia para que pasara por niño a los ojos de don Joaquín.

—Si adivina la verdad, le daremos un disgusto.

—Pero habrá que bautizarlo y tendrá nombre de niño. Será imposible hacérselo tragar.

A Josefina le mortificó que consideraran al abuelo tan sin remedio que les llevara a inventar por poco tiempo tamaña mentira. Pero Carlos dijo:

—Sí, no habrá más remedio que decirle la verdad.

Cuando se acercó Carlos dijo el viejo:

—¿Es otra niña, no?

El nieto no se atrevía a contestar. Hizo unos quiebros:

—Bueno, el médico dice que…

—¿Qué pasa? ¿Qué es del tercer sexo?

Y Josefina se echó a reír de nuevo. Estaba atónita al comprobar que las cosas del abuelo no le hacían gracia más que a ella. Sin duda eran de otra generación.

—Os creéis que estoy lelo; pero no tanto como para confundir un niño con una niña. ¿Ha sido niña? Pues bendito sea Dios. ¡Otra vez será!

Carlos, su nieto, le sonrió entonces. Pero parecía lamentar el hecho de no haber sabido proporcionar un descendiente varón a aquel abuelo que ya apenas podía aspirar en este mundo a otra cosa.

Carlos Rius iba a la fábrica absolutamente solo. Muchas de las costumbres del abuelo perduraban aún y de momento no quiso modificarlas. Los obreros esperaban en masa a que el amo apareciera para hacer su entrada en la fábrica. De modo que no podía retrasarse nunca. «Eso habrá que cambiarlo», se dijo. Carlos mantuvo también la costumbre inveterada de la inspección. Hacía el recorrido de las naves acompañado de su nuevo «estado mayor». A su derecha marchaba el contable, un joven llamado Capdevila, y a su izquierda el contramaestre de cada sección. Se paraban de vez en cuando en alguna máquina. Decía el joven Rius:

—Me parece que hay que tensar más el hilo.

El operario seguía las indicaciones del amo.

La conmoción que se había producido en la fábrica al anuncio del ataque que había sufrido el viejo Rius había sido muy grande. No solo en la fábrica sino en toda la ciudad. Cuando circuló la noticia fueron muchos los que se interesaron por el fabricante y pidieron noticias sobre el estado de su salud. Cuando el viejo lo supo, increpó a su nieto.

—Toma nota de lo que te digo. Si me muero, no quiero que nadie asista a mi entierro. Todos irán allí solo a comentar las pesetas que os dejo. Por lo tanto, no quiero que deis noticia de mi entierro. Quiero que me acompañe solo la familia. ¿Entendido?

Pero no debía ser aquella todavía la hora de Joaquín Rius porque fue recobrando los ánimos; entró en un año nuevo, dio sus paseos, primero por el piso y después, con autorización del médico, hasta a salir a la calle, con cierta precaución y siempre acompañado. Podía sentarse al sol en un banco de la Plaza de Cataluña y dar de comer a las palomas. Le agradaba ir allí, ver cómo su nieta Mariona daba los primeros pasos. Esta le conocía ya, y cuando le veía llegar le recibía con extraordinarias expresiones de júbilo en sus bracitos; quería avanzar a trompicones sobre la calzada, con tal aturullamiento que la mayoría de las veces acababa cayendo de bruces.

En una ocasión paseando con Isabel, que llevaba en cochecito a la pequeña, y con Mariona y Josefina, el viejo Rius quiso que le llevaran a la calle de la Paja, donde había nacido.

Mientras en una ciudad crecen y prosperan los barrios nuevos, se multiplican los nuevos edificios, surgen nuevas calles y monumentos increíbles en las zonas de nueva creación, los viejos barrios se mantienen estáticos y sin modificar, permanecen en su lugar con un silencio augusto, como resignados a no ser más que una perpetuación del mundo antiguo. La calle de la Paja y las de su alrededor estaban inmóviles, no habían cambiado. Perduraba aún aquel silencio augusto que parecía ser efluvio de los tiempos. Las verdes persianas de cordel dejaban vislumbrar en algunas ventanas los tallos del geranio y en algún portal se veía colgado el plumón vivo y amarillo de un canario cantarín. Los viandantes parecían circular con una calma que parecía de otro siglo y por ella pasaba un público anacrónico, como arrancado de una litografía decimonónica: algún obeso canónigo de la catedral, un par de monjitas apresuradas, un ciego apoyado en su bastón blanco que hacía repicar sobre las losas, ciertas beatas con mantilla, que salían de la iglesia del Pino… La calle estaba flanqueada por los libreros de viejo, que le daban cierto aire de santuario intelectual, al abrigo del griterío de las muchedumbres. Isabel y la niña parecieron repeler el aire húmedo y la sombra del callejón, pero el viejo Rius estaba sumido en su fragancia. Se detuvo ante un portal oscuro y angosto, del que salía un olor a guiso doméstico y una canción.

—En esta casa nací yo. Aquí vivieron mis padres y de ella salí para casarme.

Pero no era esa la evocación que el viudo Rius acariciaba. Pensaba en la noche trágica del Liceo, cuando también se paró ante el mismo portal, con la idea de subir hasta el piso y de abrazar a su madre y contarle lo que le acababa de suceder. Habían pasado cincuenta años desde entonces.

—¿Cómo era su madre? —preguntó Isabel.

Una mueca rara se dibujó en el rostro de Joaquín. Parecía que le dolieran aquellas evocaciones tardías. Miró a la niña mayor. La vio con los ojuelos azules fijos en él, con la cabecita levantada. La acarició en las mejillas.

—La niña se parece a ella. Sí, a veces, sin saber por qué, me la recuerda.

Por la tarde ellas vieron como el viejo se adormecía en el balancín. El viejo Rius tenía sutiles remembranzas, figuraciones vagas de años atrás. Le refrescaba la memoria a ráfagas el ceño de su madre, en los tiempos en que quería persuadirla de que estarían mejor en la calle de Caspe.

—No me harás ir allí. Ni quiero moverme. ¿Para qué? Si estamos bien en la calle de la Paja…

Cuando llegó, Carlos lo encontró despierto y animado.

—Dentro de nada estaré en disposición de volver a la fábrica. Supongo que no me habréis echado de mi despacho. No me has tocado los papeles ¿verdad? Quiero encontrarlo todo tal como lo dejé.

Dio algunas indicaciones respecto a la gente.

—Hace tiempo, cuando me puse malo, me pareció que sería necesario nombrar un apoderado. Pero ahora pienso que se puede dejar para más adelante, ¿no te parece? Entre tú y yo de momento nos bastamos.

Carlos Rius fue diciendo a todo que sí. No quería contradecirle.

Antes de que la llevaran a la cama pareció que el beso que daba a la pequeña Mariona era más fuerte y más prolongado que otros días. Él se quedó dormido en la mecedora, después de cenar. Josefina fue a cubrirle con mantas y un edredón, por encima del batín. Su cabeza se deslizó pronto a un lado, como todos los días, y así se quedó dormido.

La madrugada siguiente, Josefina, que dormía en un colchón tendido en el mismo cuarto, estuvo largo rato intentando captar la respiración del viejo y no la oía. Pensaba que quizá la culpa sería de ella; a veces le sobrevenía una sordera repentina, que luego le pasaba. Pero por más esfuerzos que hacía por captar en Joaquín Rius un signo de vida no acertaba a descubrirlo. Se levantó bruscamente, asustada.

El viejo no alentaba, le puso la mano en la frente; estaba fría. Había muerto mientras dormía y su postura era igual a la de la noche anterior. Retiró la mano de su frente, horrorizada. Salió alocadamente de la habitación y fue a despertar a los jóvenes.

Carlos Rius no hizo más que verificar la certidumbre del tránsito. Fue a ver al viejo; hizo la señal de la Cruz y rezó un padrenuestro.

A primera hora puso un telegrama a su padre. Avisó a su madre, que se presentó en la casa cerca de mediodía. Las relaciones con la nuera no eran muy gratas. Se saludaban diplomáticamente, pero Crista, que no quería «roces», cruzaba con ella las palabras indispensables.

Mariona, la chiquilla, parecía olvidada. Daba sus pasos y sus tumbos en el gran principal, sin encontrar un fin a sus viajes ni un acomodo satisfactorio. Finalmente se puso a berrear, para que le hicieran caso. Josefina acudió en su ayuda.

El entierro no podría efectuarse al día siguiente, como Carlos hubiera deseado. Por la tarde se recibió un cable de su padre, Desiderio, desde París. Decía que llegaría por la mañana del día siguiente.

Carlos fue avisando a los parientes y a los amigos más íntimos. Acudió a la calle de Caspe uno de los hijos de Fabián, el hermano del muerto; cuatro o cinco de los Costa, sobrinos y sobrinos nietos de don Joaquín. Entre ellos estaba el carmelita, con el pelo gris y un gran corpachón, que hablaba con estrépito y resoplaba dificultosamente. La noticia circuló por la fábrica; llegaron a dar el pésame algunos de los competidores del fabricante: un Basereny de la cuarta generación, que en un aparte con Carlos le contó grandezas de su fábrica y del modo como obtenía permisos de importación. Carlos le dejaba hablar sin atenderle. Hasta muy tarde, la casa no quedó otra vez con sus habituales residentes.

El embalsamador había estado realizando su trabajo y el viejo Rius fue investido con el hábito de la Merced. Parecía un patriarca bíblico, tenía algo de santo. El pelo y la barba blanca redondeaban una faz pálida, suave, que tenía una expresión benigna, un sublime decoro. En las manos, blanquísimas, le habían colocado un crucifijo. Todo él parecía que tuviera una expresión de vida.

Al día siguiente, de madrugada, Carlos Rius sintió la proximidad de Isabel y adelantó su mano; rozó el muslo de ella. Era un pálpito cálido, una oleada de vida. Ella se revolvió en sueño y tomó instintivamente una postura en la que el cuerpo de él se complementaba. Pero la evidencia del muerto en su casa los hizo retroceder y dominaron su impulso. Empezaron a hablar desordenadamente, en voz muy baja, para no despertar a las chiquillas, con solo un susurro. El día se iba levantando lentamente tras los balcones.

—Ha sido una suerte para él y para todos que haya muerto sin darse cuenta. Se ha ahorrado sufrimientos y nos los ha ahorrado a nosotros. Luego, ya ves; si hubiera ido a la fábrica otra vez le hubiera gustado volver a ocuparse de las cosas y no estaba en situación de hacerlo. Es mejor que todo haya sido así.

—Yo no sé qué haré. He estado pensando en la proposición que nos había hecho Muñoz hace un tiempo. El abuelo se oponía, pero yo estuve pensando entonces mucho tiempo y estoy pensando todavía. No sé si nos conviene llegar a un acuerdo con él. En primer lugar cuesta mucho ganar el dinero en una fábrica textil. En segundo lugar, hoy quizá no haya problemas de atentados ni de sangre, pero hay muchos otros y no sé si vale la pena afrontarlos. Aquella vez dije que no, pero esta vez no sé lo que diría. Hoy llegará mi padre de París y lo hablaré con él.

—Realmente una cosa era la manera de enfocar las cosas que tenía el abuelo y otra nuestro propio pensamiento. Sobre todo, piensa en ti. No pienses en los demás. Los demás siempre te aconsejarán lo que les conviene. Prescinde de ellos —arguyó Isabel.

—Así lo haré.

Hubo un silencio. La llamada de la mujer era demasiado próxima. Carlos se acercaba intuitivamente a ella, sin poderse reprimir. Pero ella consiguió detenerle por un tiempo breve.

—¿No sabes? Creo que… creo que vamos a tener otro hijo.

—¿Tú crees?

—Sí, estoy segura.

—Es una maravilla. Este sí será varón.

Entonces sí, la abrazó y la tuvo; la vida seguía adelante, sin remisión.

Desiderio llegó a mediodía. Su hijo fue a esperarle a la estación. Vio bajar del tren a un hombre ya maduro, alto y ligeramente grueso, muy distinto al que había visto por última vez en París. Iba vestido como un joven de veinte años. La ampulosa chaqueta sport, de cuadros blancos y negros, dejaba ver en el cuello los colorines de un foulard azul pálido, anudado al desgaire sobre una camisa abierta, sin corbata. El pelo gris caía a mechones sobre una nuca fuerte y morena. Todo él parecía un galán maduro de cine o un dandy boulevardier recién llegado. Vio a su hijo en el andén y le estrechó fuertemente contra su pecho.

Carlos le contó cómo había ocurrido lo del abuelo. La noticia conmovía a su hijo. Pese a su aire deportivo y resuelto, asomaron unas lágrimas en sus ojos. Pero se sobrepuso.

Subieron al coche y se encaminaron al piso. Desiderio miraba con curiosidad la calle, los transeúntes, los vehículos.

—Me parece increíble volver a estar en Barcelona. Es una pena que sea para una ocasión tan triste.

Cuando llegó frente al cadáver y contempló la faz serena, la figura impecable de su padre, con los hábitos blancos, sintió que una oleada de dolor sacudía su pecho y se echó a llorar como un chiquillo, hundiendo su cabeza en el pecho de su hijo. Fue como si se agolparan de súbito en su memoria todos los recuerdos que tenía del viejo Joaquín Rius. Rememoraba sus consejos, cuando la crisis de Jeannine que le llevó a la boda; o una noche, a la salida de la fábrica: «Créeme, un hombre llega a olvidar… hasta eso». Era su voz honda, su voz potente y persuasiva la que parecía que sonara otra vez.

Se fue calmando lentamente y no quedó más que un tenue dolor, arrebujado en uno de los pliegues de aquella alma contrita que volvía a su ciudad, tras unos años de ausencia. Parecía que todo volviera a su cauce. Se fijó en su hijo. Estaba más alto, era más esbelto, más maduro: era un hombre. Y en aquella figura que tenía delante: Isabel su nuera. Apenas recordaba la imagen de una niña rubia, y tenía delante una mujer fuerte y hermosa. Un diminuto ser se agarró a sus perneras. Era Mariona, su nieta.

Cierto rubor, como de vergüenza, arremetió en sus mejillas. Se sentía ausente de aquel espectáculo, insolidario y ajeno a los golpes de sangre que pululaban alrededor, como si no pudiera considerar a aquellos seres algo suyo. Su alma estaba aún en París, en las conversaciones en el hall del hotel con los emigrados o en los diálogos de alcoba con Ivette, su amiga, que le había recomendado que volviera cuanto antes. «Tu ne tiens pas au commerce de famille, n'est ce pas?».

Su hijo quería saber cuáles eran sus proyectos inmediatos con relación a Barcelona. ¿Pensaba volver pronto o permanecería en París?

Desiderio dijo que estaba lejos todavía el día en que pensaba volver.

—El golpe, para mí y para muchos, ha sido muy duro y no podríamos acostumbrarnos a este tipo de vida. Verás, en París hago lo que quiero, soy libre y nadie me marca los pasos. Aquí no sería lo mismo. Volvería solo si mi presencia fuera necesaria, pero ya sabes que no lo es. No sería más que un estorbo; para tu madre, para ti y para todos.

Por más que Carlos insistió no pudo apartar a Desiderio de su determinación.

—Hace algún tiempo aún sentía cierta urgencia por volver y ¿sabes por qué? Precisamente por el abuelo, por mi padre. Me parecía que quizás él fuera el único que me necesitara. Pero muerto él me siento en cierto modo desligado del compromiso de vivir aquí. Esto ya no tiene interés para mí. Me iré después del entierro.

Siguiendo la indicación que don Joaquín dio en vida no habían publicado esquela alguna antes del entierro, pero a la hora en que la comitiva se disponía a salir del piso de la calle de Caspe vieron como ante la casa empezaba a agolparse la muchedumbre. Los que aguardaban en la calle eran gente de toda condición: obreros y contramaestres de fábrica, fabricantes, gentes de los bancos con los que Rius había trabajado, financieros, abogados, comerciantes del textil, socios del Círculo del Liceo y del «Ecuestre», médicos, otros industriales. La noticia de la muerte de Rius había circulado por la ciudad y esta respondía haciendo acto de presencia a su lado, sin haber sido convocada.

Rita Arquer, que había llegado acompañada de Crista, pontificó en el salón del pésame:

—Es esta la diferencia entre nosotros y los rojos. Que nosotros nos permitimos el lujo de ser enterrados y no olvidados en la cuneta. Aún hay clases.

Crista y Desiderio se saludaron como dos desconocidos a los que acabaran de presentar. Pero al despedirse se dieron un beso fugaz en la mejilla.

Crista se dijo para sus adentros que su marido aún mantenía arrestos de conquistador, que estaba à la pape. Era un hombre a la europea, seductor y galante. Pero ya no había nada que hacer. Admiraba su porte y su tenue, que parecían ensayados para una ceremonia como aquella. Paseaba su mirada oblonga y azul sobre el corte impecable de la chaqueta sport oscura, a la que habían cosido en la manga un brazal negro; y en el foulard blanco y negro, de luto, que se anudaba al cuello y que se abombaba descuidadamente sobre una camisa de seda caprichosamente abierta. Todo a propósito para un entierro apresurado, entre tren y tren, cuando se viene de París y hay que salir apresuradamente. La gente, que por cierto no había sido avisada y no tenía, por tanto, derecho alguno a extrañarse de nada, sabría disculpar un descuido en la tenue, tanto más cuanto que el nieto, Carlos, vestía con todos los rigores oficiales y ortodoxos del luto riguroso.

Desiderio y Carlos, padre e hijo, no pudieron reprimir las lágrimas cuando unos hombres, en la alcoba de postigos entornados, con cuatro cirios que alumbraban el ataúd, cerraron la caja de caoba y desapareció en la sombra el rostro de cera del abuelo. Parecía que durmiera. Se oyó la voz de un sacerdote que musitaba unos rezos en latín; se oyó también un rumor de muchedumbre, que cedía el paso en la escalera y en el zaguán a los hombres que llevaban el féretro.

La entrada del ataúd en el coche produjo entre la muchedumbre que aguardaba una onda como la de la piedra que acaba de caer a un lago. Luego, la comitiva se puso en marcha. Avanzaban primero, tras el féretro, el primo carmelita, flanqueado a derecha e izquierda por Desiderio y Carlos Rius. Después de los parientes seguía la muchedumbre. Los hombres de toda condición se agrupaban por estamentos, por profesiones. Se oían las conversaciones más dispares.

—Si juega Martín, el Barcelona puede ganar. Para este partido se necesita un hombre que meta goles, un hombre fuerte. En otro lado:

—Se enfrentó con Muñoz y le dijo a las claras que él no vendía y que, si podía, iba a desenmascararle. Tiene arrestos el tío. Otro grupo:

—Ya no es lo mismo. Rius necesitaba tener al lado un hombre de confianza. Antes de la guerra ese hombre era Llobet, el que mataron. Pero yo creo que su nieto y él en el negocio no se avenían. El nieto es muy listo y no ha querido hacer nada en vida del abuelo, pero ahora veremos lo que va a pasar. Asistiremos a muchos cambios.

La comitiva marchó por la calle de Caspe hasta llegar a una iglesia, de un gótico decimonónico, que estaba unas manzanas más allá de la casa de los Rius. Entraron en ella y se entonó un responso. La voz gangosa del sacerdote parecía de ultratumba.

Como no estaba prevista la despedida del duelo, los grupos de acompañantes se fueron dispersando por sí mismos. Después, hubo uno de aquellos instantes de desconcierto que se producen en los entierros, cuando los grupos se disgregan, los familiares buscan el coche que ha de conducirlos al cementerio y el ataúd con el difunto parece olvidado en mitad de la calle. Al fin Desiderio y Carlos pudieron subir a su coche y, tras la carroza suntuosa que llevaba al muerto, dirigirse al cementerio.

La tarde era suave, soleada, casi tibia. El sol parecía de miel. Desiderio iba contemplando la ciudad, a medida que avanzaba. Las casas alineadas, los parterres, los edificios en construcción, todo parecía dar fe de que la ciudad se estaba reponiendo lenta pero segura después de la guerra.

—¿Lo pasaste muy mal? —preguntó a su hijo.

—Sí. En algunos momentos, muy mal. En otros, no tanto. Fue una experiencia inolvidable. Conocí a gentes de todos los órdenes. Algunos siguen siendo amigos míos.

—¿Estuviste en peligro?

—Sí, hubieran podido matarme. En realidad, lo raro es que no ocurriera. Pero la guerra es así. A Llobet le mataron en el momento menos pensado.

La Gran Vía era larga, inacabable. El sol ponía una cenefa clara en lo alto de los terrados y en los pisos superiores de las casas. En algunas de ellas había mujeres u hombres acodados, mirando a la calle.

Carlos echó la vista atrás, y vio una larga fila de coches que seguían, camino del cementerio.

—Parece increíble que, sin avisar, haya venido tanta gente. Y también va mucha gente al cementerio.

—Es natural. El abuelo era una fuerza viva en Barcelona.

Pasada la Plaza de España torcieron a la izquierda y entraron por una estrecha carretera, la carretera del cementerio. Al cabo de un rato pararon ante la oficina del camposanto. Los hombres de la funeraria gestionaron y negociaron los permisos y salieron de allí con unos papeles, que hubo que firmar. Luego se encaminaron hacia el mausoleo.

Estaba situado en lo alto de un montículo, cara al mar. Un ángel romántico de piedra hacía un signo a las gentes de que guardaran silencio, con el índice sobre los labios y un aleteo inmovilizado de las alas potentes, extendidas en el vacío. Era la imagen misma de la inmensidad del tránsito, una alegoría para la gravedad de aquella hora.

Sobre el mausoleo, picado en piedra con unas letras claras, había un nombre y una inscripción: «Mariona Rebull Forcada. R.I.P. 18721893. Paz, Piedad, Perdón».

Un estremecimiento pareció recorrer la espalda de Desiderio Rius; también de su hijo. Allí estaban los restos de su madre y abuela, la bellísima mujer que había muerto en el Liceo, la noche trágica de la bomba. Por fin el viejo Rius iría a reposar al mismo lugar en que yacía su mujer. La muerte iba a aproximarlos. Los restos de uno y otro se mezclarían y volverían a unirse, en última coyunda.

Desiderio sintió un escalofrío. Pensó que la prueba más difícil del matrimonio no es la capacidad de los cónyuges de vivir juntos, sino la de morir juntos. Más difícil aún que la posibilidad de vivir con Crista le parecía a él la posibilidad de ser enterrado con ella. Le daba repugnancia compartir la misma fosa, esperar la eternidad y dividir su muerte con ella. Por eso vivían separados.

Los peones habían comenzado su labor en la tumba. Habían apartado la losa que cubría el mausoleo y estaban horadando en el tabique con martillo y cortafrío. Las salpicaduras del ladrillo hacían una parábola antes de caer al suelo y brillaban un instante a la luz. Los golpes que daban los albañiles sonaban limpiamente en el aire.

Los acompañantes formaban un semicírculo alrededor de la tumba. Carlos Rius fijó distraídamente su mirada en ellos y observó a don Nicasio Barba, que pasaba la palma de su mano sobre su bigote blanco, acariciándolo, y bajaba los ojos en una actitud compungida y doliente. A su lado había otras caras, conocidas unas, las otras solo entrevistas, que le miraban con un aire sumiso.

Desiderio y Carlos Rius sentían la conmoción de aquellos momentos y les parecía increíble que el viejo fuera a desaparecer para siempre de su vista. La proximidad en que Carlos había vivido con él en los últimos tiempos le servía para atenuar su dolor. Pero Desiderio sentía que el suyo era irremediable. Se reprochaba haberlo descuidado; lamentaba no haber sabido secundarle, no haberle visto a todas horas, no haber vuelto antes a España, haber abandonado al viejo durante la guerra. Todo ello formaba en su resuello esa agonía lenta, obnubilaba su percepción, le ponía un nudo en la garganta.

Ya la entrada del nicho quedaba expedita. Los obreros habían limpiado de cascotes el rectángulo por donde tenía que entrar el ataúd de Joaquín Rius. Entonces empezaron a sacar del interior de la tumba los restos de anteriores enterramientos. Sacaron los tablones de un antiguo ataúd. En un trozo de caoba se leían unas letras de plata. M. R. F. Apareció la curva de un cráneo y unos huesos, que los obreros fueron apartando a un lado. Desiderio vio como saltaba por el aire y se perdía en la arenilla del terraplén una pequeña bola azulada o gris, que brilló luego en el suelo con un reflejo mate y casi muerto.

Se agachó a recogerla: era una perla. Aquella perla había salido de entre los restos del ataúd de su madre, Mariona, y la apretó entre sus dedos. Abrió la palma de su mano y sintió el tacto frío de la pequeña joya, de aquel residuo de lujo sobrevenido de pronto en la claridad de la tarde triste, como un vestigio de vida. Aquella perla en su mano aumentaba su desazón. ¿Cómo habría quedado allí? ¿Estaría quizá mezclada en el peinado de la muerta, perdida entre sus ropas? ¿Qué significaba su aparición ahora, en el acto del enterramiento del padre? Era un signo, pero ¿de qué?

El primo carmelita estaba diciendo una oración y su voz nasal y monocorde se diluía entre los arbustos, en las hojas del laurel vecino, se enroscaba en las ramas desnudas del roble que flanqueaba la tumba. El ámbito del camposanto era de una gran placidez. Todos respondieron a la voz del sacerdote. Los obreros indicaron que iban a introducir el ataúd en el nicho y que podían pasar a contemplar al muerto por última vez. Desiderio se acercó al ataúd.

Estuvo largo rato contemplando el rostro de don Joaquín, que parecía nimbado por una luz radiante y clara. Su ancha frente parecía una bóveda nacarada. Todo en él conservaba los rasgos de una gran serenidad, estaba imbuido de la gran belleza que le daba la muerte. En sus labios parecía que se marcara una sonrisa.

Pensó entonces en el Joaquín Rius que marchaba a su lado por las calles de Barcelona después de la Semana Trágica, cuando él le propuso de improviso acompañarle a la fábrica. Parecía que escuchara el eco de sus pies sobre las losas de la calle. Los obreros de la fábrica esperaban junto al portal. Se oía un tañer de campanas.

Desiderio Rius sintió en un momento la fuerza de aquellos recuerdos que querían arrastrarle, que le azotaban desesperadamente y el dolor inmenso que se acercaba, del que iba a sufrir una feroz acometida. Hubiera querido atenazar aquel rostro, atraer aquel cuerpo hacia sí. Pero abrió la palma de su mano y dejó caer la perla recobrada dentro del ataúd. Se oyó como rebotaba en la madera. Indicó a los operarios que taparan de nuevo la caja.

Luego fue el tapiar de nuevo con ladrillos y ajustar nuevamente la losa debajo del frontón de la tumba. Los restos de Joaquín y los de Mariona reposaban juntos.

Se dirigieron de nuevo a la entrada. Docenas de manos estrecharon las suyas. Al regresar, Desiderio y Carlos guardaron silencio. En la respiración de Desiderio se marcaba de vez en cuando un respiro entrecortado, los signos mudos de un sollozo. En su casa, Carlos le quiso hablar de sus proyectos con respecto a la fábrica. Quizá fuera una buena oportunidad la que Muñoz ofrecía; dependía del precio que pagara. Pero no estaría de más reemprender los tratos. Le asombró la reacción de su padre.

—Yo no soy el más indicado para aconsejarte, pero pienso que a tu abuelo no le agradaría esa determinación. La industria no es solo una fuente de ingresos, es algo más. Yo me pregunto a veces si tenemos derecho a especular con ella. En realidad, ni siquiera es nuestra. Tú estás al frente de ella, pero ella es también de todos los que trabajan allí. Es de tus obreros, de tus empleados, de tus hijos. No es únicamente tuya.

Desiderio estaba aún conmovido; tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar.

—Perdona que te hable así. Mil veces había imaginado la muerte de mi padre, pero nunca había pensado en serio que iba a ocurrir. Perdona.

Carlos sintió que nunca más se iba a plantear en adelante la venta o el traspaso de la industria.

Estaban en el despacho del abuelo y Carlos se había sentado tras la mesa en la que él escribía. Cogió del cajón un folio en blanco.

—¿Por qué no me ayudas a redactar la esquela para los diarios?

Y escribió:

«Don Joaquín Rius Riera, viudo de doña Mariona Rebull Forcada, ha fallecido cristianamente».

Escribía con unos rasgos seguidos, claros: «Descanse en paz».

Levantó la mirada. Parecía que Desiderio, su padre, hubiera envejecido en pocas horas. Se marcaban en su rostro surcos y arrugas que antes no le había visto. Y fue entonces, para hurtarse quizás a su mirada, cuando Desiderio empezó a dictarle.

—Sus afligidos: hijo, Desiderio; hija política, Cristina Fernández Torra; nieto, Carlos; nieta política, Isabel Llobet Filbá; bisnietas, sobrinos y demás parientes, al comunicar a sus amigos y conocidos tan sensible pérdida les ruegan le tengan presente en sus oraciones. Oportunamente se avisará fecha y hora del funeral.

Cuando Rius, una vez copiado, pasó el papel a su padre, que lo releyó con cuidado, este cogió la pluma y añadió, con unos rasgos firmes:

«Por expresa voluntad del finado no se comunicó la hora del entierro».