XIV

EL CASO DE MATÍAS PALÁ fue incluido en un proceso monstruoso preparado por los leguleyos del Frente Popular para galvanizar la moral de la retaguardia y deshacerse al propio tiempo de algunos elementos trotskistas. El objeto era barajar a trotskistas y a falangistas en una sola pieza legal para que de todo el proceso se derivara el esplendor del núcleo gubernamental y comunista. Este núcleo saldría del proceso convertido en el auténtico paladín de las esencias republicanas y en el máximo y exclusivo garante de la libertad y de la seguridad pública.

Los procesados eran veintidós, entre ellos algunas mujeres. Los principales encartados eran un trotskista llamado Cuenca, un falangista apellidado Morales y el también fascista Matías Palá. Morales y Palá habían llegado ambos desde la zona nacional. El primero hacía frecuentes viajes a Burgos y a San Sebastián. El segundo estaba encargado del enlace con los militares. A Morales se le había atrapado con las manos en la masa. Era el jefe de una extensa red que en Barcelona estaba en relación con la radio de San Sebastián, a la que había comunicado pormenores de carácter militar y político.

La red del encartado Morales había sido atrapada por las confidencias de otro de los encartados, llamado Irla, que casualmente había sido eliminado unos días antes de que el juicio comenzara. Este Irla era un prototipo de provocador y de agente doble. A él se había debido justamente la iniciativa de fundar una emisora de radio clandestina y él había sido quien llevara adelante los primeros pasos de la organización. Puesto en contacto con Morales había proyectado con mayor empeño que los otros algunas de las gestas de la organización. Su entusiasmo había hecho que la confianza que se le tenía fuera total. No había secreto que fuera guardado para él y se le consideraba como uno de los cabecillas. Sin embargo, todos los pasos que llevaban a cabo y todos los actos que realizaban eran conocidos en el acto por los jefes del SIM. Nemesio Irla era la persona que Matías Palá había conocido a poco de llegar a Barcelona en el piso de la avenida de Mistral. Un día su actitud jactanciosa y muchas de las verdades que conocía alarmaron a sus compañeros. Se decidió someterle a un interrogatorio y su actitud y sus respuestas no les satisficieron. A partir de entonces se empezó a pensar que estaba en relación con los agentes del SIM. Fue descubierto cuando salía del domicilio del agente Hortuna y ya no se dudó más. Le esperaron una noche a la salida de su casa y cuando pasaba por la avenida de Carlos III, en la oscuridad, fue abatido con un par de tiros de pistola.

Pero no se logró hacerle desaparecer. Las heridas de bala no habían sido mortales. Lo cierto es que al mismo tiempo eran detenidos todos los que habían formado parte de la organización. Y el tal Irla se ahorró de coincidir ante el Tribunal con los otros encartados y de participar en las sesiones del juicio, que hubieran sido bochornosas para él.

Las mujeres encartadas eran: Teresa Buitrago, falangista; dos Margaritas, madre e hija, Asunción y Carmen Mercader, que regentaban la portería del número 12 de la avenida de Mistral, y finalmente Rita Arquer, que, apresada al principio como encubridora de desertores y estraperlistas, fue denunciada al fin por el tal Irla como uno de los elementos más activos y peligrosos de la organización, sin especificar a qué se dedicaba.

Los abogados defensores pusieron en antecedentes a los procesados sobre la necesidad de que negaran todo lo que había sido declarado por ellos en los trámites del juicio. Era evidente que en aquellas declaraciones habían actuado bajo coacción. Hicieron ver a Matías Palá y a Alfredo Morales la conveniencia de asumir plenamente la responsabilidad de los actos por todos los demás, para evitar a los procesados la culpabilidad en todos ellos. Así lo hicieron.

Alfredo Morales era un hombre joven, que no llegaría a los treinta años. Era alto, delgado y rubio, y a pesar de su juventud poseía los dones de sagacidad, prudencia y autoridad que le convertían automáticamente en un jefe nato. Sus palabras surgían con precisión y parquedad de unos labios finos y rosados, en los que siempre se esbozaba una sonrisa. Tenía, sin embargo, dotes de energía poco comunes, y desde luego sabía controlar sus ideas, sus impulsos y sus emociones para dar a cada situación el giro deseado.

El presidente del Tribunal de Espionaje era don Antonio Rodríguez Fuset, un antiguo miembro de la carrera judicial a quien la circunstancia marxista había elevado a un rango al que seguramente hubiera tardado muchos años en llegar. Don Antonio era un hombre de media edad, jovial y vocinglero, que bromeaba con los acusados y les metía el miedo en el cuerpo con frases como esta: «Usted tiene todas las de ganar. Sabe que no le puede pasar nada, porque después de este proceso irá usted directamente al cielo. Lo pesado será para nosotros, los que tengamos que quedarnos aquí».

Matías Palá y Alfredo Morales no se conocían; su conexión se había establecido a través de Carmen Mercader, en un piso que habían alquilado en la calle de la Paja. El uno no sabía de la existencia del otro y ambos se habían valido de enlaces y correos tales como Manuel Quirós para enviar su información a Burgos.

El día en que se abrió el proceso, todos esperaban ver comparecer a Nemesio Irla, que aún estaba detenido con guardia de vista en el hospital de Cataluña. Pero en cuanto el Tribunal hubo ocupado sus puestos y los procesados y defensores los suyos, el presidente dijo que iba a dar lectura a una comunicación de la policía y de la dirección del hospital; en ella se decía que el encartado Nemesio Irla acababa de fugarse del establecimiento hospitalario y que la policía había emprendido las gestiones para apresarlo nuevamente.

Los abogados insistieron en que, tratándose del único testigo de cargo, convenía que la vista fuera aplazada hasta su apresamiento. Pero el presidente se negó a aceptar esta solicitud. La vista continuaba.

Alfredo Morales se adelantó al estrado. Primero el presidente y luego el fiscal empezaron su interrogatorio. Después, el procesado inició su propia defensa. Había pedido autorización y le había sido concedida para defenderse a sí mismo. Su voz era clara, persuasiva. La sala se hallaba atiborrada de público, que seguía su discurso con atención.

Morales, abogado e inspector de seguros, que residía en Barcelona desde hacía algunos años, se evadió de zona roja en agosto de 1937 y cruzó la frontera por Andorra; se trasladó a la España nacional. Relató las entrevistas tenidas con diversas personas y describió el plan que concibió de regresar de nuevo a la España republicana para, haciendo uso de sus muchas amistades, conseguir el canje o evacuación de determinados presos por medios rápidos, ya que los resultados obtenidos por la Cruz Roja eran muy lentos y muy escasos.

El fiscal le interrumpió entonces para dar lectura a parte de sus conclusiones provisionales; en ellas se decía que Morales también se proponía la «propagación de bulos», «acaparar plata y calderilla», comunicar concentraciones de fuerzas y objetivos, facilitar deserciones, hacer propaganda por medio de pasquines, «volar trenes, paralizar estaciones de radio, atentar contra los elementos unificados de las sindicales obreras, envío de anónimos y actos de sabotaje en general y, contando con la complicidad de Matías Palá y de Jacinto Clúa, informar a los fascistas de los planos de operación republicana», contando para ello con agentes de enlace, contraseñas, medios y documentación diversa.

—Yo me atengo a lo que antes he dicho —repuso Morales, eludiendo los cargos que le imputaba el fiscal, pero con el pensamiento puesto en sus compañeros y en aminorar la responsabilidad que les pudiera caber. Contestaba con naturalidad, consciente de los cargos que recaían sobre él, sin perder la serenidad ni comprometer a nadie. Su presencia de ánimo, su inteligencia, su corrección y su dignidad parecía que despertaran la consideración de todos, incluido el presidente del Tribunal.

—¿Cuándo conoció usted a Nemesio Irla?

—En octubre de 1937.

—¿Dónde le conoció?

—En un piso del número 12 de la avenida de Mistral.

¿Quién había en ese piso?

Tardó unos segundos en contestar, como si intentara hacer memoria.

—No me acuerdo. Creo que me abrió la portera.

—¿Puede usted indicarnos si la persona que le abrió la puerta se encuentra entre los acusados?

Morales miró hacia los banquillos donde se apretujaban los encartados.

—¿No recuerda usted su fisonomía?

Al fin Morales señaló a una muchacha joven, la hija de Asunción Mercader.

—¿Estaba allí Nemesio Irla?

—Sí, señor.

—¿Estaba solo?

—Estaba con dos más: Gomis y Quirós.

—Díganos lo que usted hizo entonces.

—Yo me di a conocer. Les mostré la documentación y la correspondencia que llevaba en la valija que había traído.

—¿Qué les dijo?

—Les dije que con un mínimo de colaboración de algunos sectores de la retaguardia republicana la victoria de Franco no se haría esperar. Les dije que era preciso obtener información de buena fuente relativa a las operaciones militares…

—Señor Morales, se le ha dado autorización para defenderse a sí mismo. Pero no para defender el fascismo. Limítese a su propia defensa.

El procesado contestó todavía a varias preguntas que le formularon tanto el fiscal como el presidente del Tribunal. La mayoría de ellas se referían a sus relaciones con los otros procesados y a la intervención de estos en los actos reprobados. Morales procuró eludir las cuestiones demasiado comprometedoras.

El proceso siguió de modo que a cada uno de los procesados le correspondió expresar su propio alegato, ya fuera a través de las contestaciones al interrogatorio o a través de su defensor. Los abogados defensores eran diez para los veintidós procesados. Los procesados de mayor importancia tenían un letrado particular y privativo, pero a la mayoría de los veintidós les correspondía un abogado en común con otros procesados.

Donde mejor se advirtió la intención que tenían los promotores de aquel escándalo legal fue en todo lo relativo al procesado trotskista Pedro Cuenca Ripollés. Había sido uno de los agentes del POUM y guardaespaldas de Andrés Nin hasta que este fue asesinado en Alcalá de Henares. Desde entonces Pedro Cuenca había sido paseado de cárcel en cárcel y el resultado de este paseo estaba allí. Los continuos lavados de cerebro habían hecho del matón de antaño un guiñapo abúlico y manejable.

Si se trataba de conseguir que los trotskistas y los falangistas aparentaran haber formado una piña, mal podía servir aquel elemento, que contestaba solo con gruñidos a las preguntas que le eran formuladas; los inventores de aquella farsa legal solo podían valerse de los alegatos del defensor, escogido con detenimiento entre los integrantes del plantel de hombres de la ley a disposición de la Audiencia. Gracias a este, llamado Romualdo Bas, pudo concretarse cierta relación y entendimiento entre el afiliado al POUM y los seguidores de José Antonio. Pero, pese a ello, hubo intervenciones elocuentes; tal la de Rita Arquer, cuando le preguntó el fiscal si Pedro Cuenca y ella habían estado en relación: «Ninguna, Dios me libre, con perdón sea dicho. Yo no me trato con desviados. No me trato más que con los de la línea recta».

Pedro Cuenca era un individuo macilento, con cara de sacristán y ojos nublados por la presencia de unas grandes gafas de montura dorada. Confirmó todo lo que el fiscal puso delante del Tribunal en cuanto a conexiones y complots. Aseveró que estaba de acuerdo con Morales y los de su grupo para realizar todos juntos actos de sabotaje y de espionaje en favor de Franco. Acusó a Morales y a Matías Palá de haber fraguado un rapto en la persona del líder Comorera y, ante el asombro de aquellos, manifestó que «habían quedado en transportarlo a una casa del Guinardó para hacerle hablar y darle muerte». Puro invento que hizo abrir la boca de estupefacción a todos los que lo oyeron.

Luego le tocó el turno a Matías Palá. Este, muy sereno, empezó manifestando que se había pasado el mes de marzo último por el sector de Calamocha, en Teruel. Después de pasar algún tiempo en un campo de concentración, había sido puesto en libertad en Barcelona y casi en el acto se había puesto en contacto con los elementos de la avenida de Mistral, número 12. El procesado Morales y él habían entrado en relación con el topógrafo Jacinto Clúa y con el enlace Manuel Quirós. El primero les iba pasando copia de los planos que realizaba personalmente en el Estado Mayor y de algunos de los que realizaban sus compañeros. Las fotografías se hacían con una máquina Leica que le habían facilitado. Conocía a las procesadas Mercader por haberlas visto en la portería de la avenida de Mistral, pero no había visto nunca, ni allí ni en ningún otro lado, a la procesada Rita Arquer, de la que le habían hablado solo como transportista. Suponía que se trataba de una «estraperlista».

—¿Por encargo de quién realizó todos esos servicios?

—No sé el nombre. Fue en Burgos. Y fue un militar quien me los encargó.

El presidente subrayó:

—Un militar rebelde.

Terminado el interrogatorio de Matías Palá, le tocó su turno a Rita Arquer. Esta se irguió larguirucha y angulosa en mitad de la sala, como si desafiara a las figuras historiadas en los plafones y en los medallones del techo. Su nariz, aguileña, parecía poner un acento circunflejo al aire dormido de la tarde, moderando su luz. El proceso adquirió durante este interrogatorio algunos destellos. Así por ejemplo, nada más dicha la filiación de la procesada, esta subrayaba cada uno de los apartados de su filiación con precisiones concretas. «Natural de Barcelona»…; y ella añadía: «en la Bajada de Santa Eulalia». «Nacida el 13 de diciembre de 1887»; y ella decía: «justamente el día de Santa Lucía». El presidente tuvo que llamarle la atención. También el diálogo entre el fiscal y la acusada tuvo sus relieves.

—¿Vive usted prácticamente sola en un piso tan grande y soberbio?

—Vivo auxiliando a doña Evelina Torra, viuda de Fernández, que me honra con su amistad desde hace treinta años. Aquel piso está bajo la protección de la bandera cubana. Hasta el momento del atropello nuestra vida discurría en paz.

—¿A qué atropello se refiere?

—Al que realizaron los milicianos al ir a detenerme. Yo nunca he transgredido las leyes. Únicamente me busqué el manjar entre mis amistades. Eso es todo. Porque ¡a ver si hay obligación de morirse de hambre!

—¿Conoció al procesado Matías Palá?

—No le conocí.

—¿Y al ex procesado Licinio Álvarez Carranza le conoció usted? Lo que se temía. Rita tardó unos instantes en contestar.

—Sí, le conocí. ¿Por qué me lo pregunta, si sabe que le detuvieron en casa?

—¿De modo que vivían juntos?

—Tuve el honor de vivir bajo su mismo techo.

—¿Y eso por qué? ¿Quizá no era ciego a sus encantos?

—Señor abogado, señor fiscal o lo que sea, le quedaré muy reconocida si no gasta bromas de esta índole. La verdad es otra. El señor Carranza se vio impedido de ejercer su cátedra en la universidad de Valencia y fue entonces cuando doña Evelina le concedió cobijo. Esto es todo. Doña Evelina acudió simplemente a paliar una injusticia cometida contra él por las autoridades republicanas.

La presidencia rogó a la acusada que midiera sus palabras.

—Lo siento, señor presidente. Yo soy muy poca cosa, pero no soy republicana, soy monárquica. ¿Lo comprende? Soy monárquica de don Alfonso XIII. Por lo tanto, no soy republicana ni tampoco soy fascista. Tampoco soy carlista, a ver si sabemos distinguir. Como monárquica de don Alfonso XIII, y por tanto amante de la verdadera libertad, ruego a usted que llame la atención al ministerio fiscal sobre las insinuaciones de mal gusto que ha proferido.

El presidente hizo señas al fiscal de que siguiera el interrogatorio.

—¿Conoció usted al procesado en rebeldía Nemesio Irla?

—Le conocí y no le conocí. Le conocí tomándole por un amigo, pero no lo era. La pena es que el tiro no le diera de verdad.

Se armó un escándalo mayúsculo. Unos desalmados, entre el público, querían agredir a la procesada. La policía lo impidió, pero hubo que desalojar la sala. Rita Arquer los miraba olímpicamente mientras se iban.

Las sesiones duraban mañana y tarde, sin otro lapso que el rato de almuerzo. Después de los primeros días las sesiones se hicieron más monótonas, la dialéctica se fue amortiguando. El proceso, llevado a marchas forzadas, duró sin embargo más de t res semanas. Al término de las tres semanas el fiscal y los defensores elevaron sus conclusiones a definitivas y el jurado se retiró a deliberar.

El jurado lo componían sujetos escogidos de la plebe urbana, seleccionados por el propio juez que había instruido el proceso. De ahí que nadie dudara un momento de cuál era la sentencia que se iba a pronunciar. Y, en efecto, la sentencia fue la que se había previsto.

A Ernesto Morales, Matías Palá y Pedro Cuenca se les condenó a muerte. También a Teresa Buitrago y a Carmen Mercader, la hija de la portera. A todos los demás, incluida Rita Arquer, cadena perpetua. Quedaban liberados Asunción Mercader y dos procesados más, ambos varones.

Los condenados a muerte fueron llevados al castillo de Montjuïc. La mole del castillo, aureolada de leyendas siniestras, empezó a contener la espera de aquellas almas en pena.

Las celdas de los condenados a muerte eran celdas para dos reclusos y estaban situadas en un corredor siniestro, al que apenas llegaba la luz. La única que iluminaba los estrechos aposentos procedía de unos ventanales muy altos, situados casi en el techo del muro de piedra de la cárcel y que dejaban caer una imprecisa claridad sobre los cuadrángulos en que estaban los dos presos sobre sendos camastros, junto a una letrina y una mesilla. Allí pasaban las horas del día y de la noche, en absoluta soledad, los condenados a muerte.

Matías Palá, Ernesto Morales y el trotskista fueron internados en sucesivas celdas de aquel pabellón, cada uno en compañía de otro condenado. Mas para ser ajusticiados habían de guardar turno. Al interior de las celdas no llegaba el menor rumor, salvo algunos sones de corneta que marcaban por el aire las horas de la diana, la fagina, el toque de queda. Al apuntar el día, con el alarido de una corneta, se desvelaba también el repique de un tambor. Las ejecuciones tenían efecto, junto a la celda de Matías Palá, en lo alto, sobre un patio al que daba la ventanilla que había a su cabecera. Se oía el estampido de la descarga, y en dos ocasiones le pareció que se oía también un quejido breve, un ¡ay! agudo, que fue seccionado por un nuevo tiro, certero y solitario.

Ya no quedaba más recurso que prepararse a morir bien. La misión para la que había sido elegido no había dado resultado o, quizá, solo un resultado parcial. Él no podría ver los días del fin de la guerra. La conclusión de tanta lucha le sería vedada. Su itinerario había quedado interrumpido, su camino había sido frustrado. Y entretanto ¿qué sería de sus amigos, de sus compañeros, de sus parientes? ¿Qué se habría hecho de su sobrina, de Blanca Maravall?

Su compañero de reclusión llevaba ya cerca de tres meses esperando ser fusilado. Le dijo que se llamaba Arnaldo Sergio Cortés y era conocido entre los sublevados con el nombre de Sergio. Había adquirido su notoriedad y su pena de muerte con importantes actos de sabotaje realizados en las líneas de comunicación republicanas. Tendría cerca de los cuarenta años de edad, pero por su musculatura y por su tipo parecía un hombre más joven. Había sido el cabecilla de una banda que hizo saltar trenes en toda la retaguardia republicana, a cuyo conjuro volaban los puentes y quedaban inservibles las pistas de aterrizaje. Fue atrapado en el momento en que, con una partida de compañeros, se disponía a lanzar unas bombas de mano sobre el vehículo de Largo Caballero cuando era aún presidente del Consejo.

Sergio tenía una fe infinita en el general Millán Astray y aseguraba que él sería el primero que entrase en Barcelona. Parecía tener presente enfrente de él el espectro de la muerte, como si esta pudiera serle escamoteada. Todas las mañanas recibía de otro preso, a través de unos golpes cifrados en la pared, el parte nacional del día anterior. Dijo a Matías Palá que el compañero que le facilitaba el parte era un coronel nacional, el coronel Sarmiento, que había sido atrapado, juzgado y condenado medio año atrás; y que a su vez recibía el parte por uno de los carceleros, que en otros tiempos había servido en su regimiento.

Decía Sergio que él daba por bien empleados los sufrimientos y las torturas que había recibido. Él era creyente. ¿No lo era Matías? En la pregunta estaba implícita una cuestión que a Matías no le había preocupado seriamente hasta aquel instante. ¿Creía en la inmortalidad de su alma o no creía en ella? Matías Palá recapacitó, observó en su interior para saber si quedaba algo aún vivo de aquellas verdades insufladas en su ánimo durante la niñez, cuando se le presentó la posteridad como una disyuntiva entre dos entidades: el cielo o el infierno. Quiso ser sincero y leal consigo mismo, puesto que aquella no era hora de mentir. Tuvo que concluir que aquella disyuntiva había desaparecido. Después de alentar en esta vida, después de participar en multitud de actos, laudables los unos, los otros reprensibles, la noción de un premio o de un castigo ulteriores se le antojaba ingenua. La idea de una vida personal ulterior era inimaginable. Él había visto la muerte de cerca. La había visto en Badajoz, la había vuelto a ver en Teruel. Aquellos rostros horadados por la metralla, aquellas fisonomías borradas del mapa por la guerra, ¿era posible que encontraran en otro valle, y no en este valle de lágrimas, presa del odio y torturado por las pasiones, su conclusión verdadera? No, no, eso no era posible. La muerte era una muerte definitiva; una vez concluida la vida, venían la tiniebla y el silencio y era bastante. Siendo así, ¿para qué conturbarse, para qué lamentarse y rezar?

Sergio creía que no, que el alma de los hombres perduraba. Por la noche, cerrada la luz, la breve luz de aquella cárcel, se veía a través del estrecho ventanuco de la pared el brillo de algunas estrellas. ¿Quién ha hecho eso?, señalaba Sergio. Eso lo ha hecho Dios, ¿no es así? Pues si Dios ha hecho eso, que no comprendemos, que no podemos comprender y nos ha hecho también a nosotros, no nos habrá hecho con la única previsión inútil de enviarnos a morir sin ninguna finalidad. Inventó al hombre con la imaginación, con la esperanza en una vida eterna; por lo tanto, tiene que consumarla. «Yo creo en el Dios victorioso, en Cristo Rey. Sin Él no se comprendería, entre otras cosas, la guerra española».

Bien hubiera querido Matías compartir la fe de aquel patriota. Pero esa fe le era negada. Él iría a la muerte seguro de que con ella terminaban todas sus cuitas, todos sus afanes y su visión completa de esta vida. Sin embargo, no dejaba de hacerle determinado efecto la explosión que hacía Sergio de cierta teoría del martirologio. Los que están enfrente no entenderán jamás por qué están perdiendo la guerra y por qué acabarán de perderla irremisiblemente. Su óptica es la del materialismo histórico, aquel materialismo que hizo decir a Prieto, a los pocos días del Alzamiento, que la guerra la tenían ganada porque tenían las capitales más importantes, tenían el ejército y el relevo de las quintas y tenían el oro. «¿No le parece incomprensible, preguntaba Sergio, que teniendo todo esto, en lugar de ganar la guerra la estén perdiendo? ¿Cómo es posible? Y es que Prieto no incluyó en la estadística algo que es el peso decisivo en la balanza. Todos estos mártires, los millares de almas que han sido liberadas del cuerpo y que han huido a otras regiones al grito de “¡Viva España!” y “¡Viva Cristo Rey!”, también pesan, también cuentan, cuentan por encima de todas las otras cosas, y son los que inclinan definitivamente la balanza a nuestro favor. A esta guerra la podríamos llamar la guerra de los santos», concluyó Sergio.

Otro día insistió en su punto de vista: «Esta no es una guerra social, querido Matías. Quiero decir que lo que distingue a un bando y a otro no es una diferencia de puntos de vista con relación a lo social. Si me apura, los falangistas son en este aspecto tan avanzados como los socialistas o aún más. Quizá cuando acabe la guerra Franco le dé ciento y raya a Negrín en lo tocante a los avances sociales. Seguramente; porque la República sí que es esencialmente burguesa, patrimonio de esos financieros gordos que llevan los dedos cargados de sortijas y los bolsillos repletos de acciones al portador. De modo que si hay un socialista es probablemente Franco y no los otros. No. Lo que distingue a Franco de los otros es solo la religión. Franco cree en Dios y los otros no. Y yo me pregunto cómo se puede ser partidario de Franco sin ser al mismo tiempo religioso. ¿No ve, Matías, que eso es un contrasentido? Cuando se lucha por Franco significa que se lucha al mismo tiempo por la Iglesia, por la religión, por el reino de Dios, contra los ateos, contra los que queman las iglesias, contra los que asesinan a los curas… Y me parece que si usted no cree en todo esto debe de estar pasándolo muy mal…».

Matías Palá estaba con la cabeza entre las manos, pensando en ello. Pasaba muchas horas en esta actitud pensativa y meditabunda. Admiraba la sosegada y limpia fe de la que el otro hacía gala. Musitaba levemente la serie de avemarías que el otro rezaba una tras otra al pronunciar los misterios del rosario; y concluía «ora pro nobis» en cada una de las deprecaciones de la letanía a la Virgen de este mismo rosario. Se daba cuenta de que este era un factor fundamental en las perspectivas de muerte que se avecinaban. Tan fundamental, que Sergio se servía de él como de un trampolín desde el que ser botado directamente al cielo.

¿Por qué tenía que ser así? Él esperaba la muerte sin temblar; no sentía ni resquemor ni miedo. Había vivido, había cumplido con su deber. Había procurado que los días y sus actos transcurrieran según sus convicciones. No había rehusado nunca un servicio leal. Estaba seguro de situarse ante el pelotón de ejecución sin vacilación y sin jactancia. Ante el pelotón no iba seguramente a proferir ningún grito patriótico; esas frases le parecían una explosión de propaganda barata en el momento más serio de la vida de uno. Moriría en silencio, pero no se dejaría vendar los ojos. No quería forjarse ilusiones de ninguna clase en aquellos momentos. Se limitaría a afrontar la verdad.

Al cabo de varias semanas de reclusión, Sergio le dio el parte del día anterior, como de costumbre. Por fin había nuevas noticias del frente del Ebro, noticias que podrían ser definitivas. Las posiciones rojas de la sierra de Pándols acababan de ser barridas. La operación había empezado un mes atrás, pero concluía entonces con la ocupación de las últimas cotas de la montaña. Sergio estaba exultante, como si esperara poder ver el resultado final de toda la guerra. Matías, en cambio, le escuchó sin chistar, con indolencia. A él, todo lo que ocurriera en adelante parecía tenerle sin cuidado.

Todos los días oían el ruido de los fusilamientos en el patio de la fortaleza. Este ruido había llegado a convertirse en una rutina. Después de la diana se oían los pasos del oficial y sus acompañantes al volver de la celda con el preso. Luego, los pasos del pelotón en el patio. Después, el redoble del tambor, el grito del oficial y los disparos. Finalmente, el tiro de gracia y después el silencio total. Aquello era igual un día y otro día. Pero de pronto se oyó en la pared el ruido que hacía el coronel Sarmiento cuando intentaba comunicar. Sergio se puso atentamente a la escucha. Matías observó que en su rostro, que no se alteró, se marcaban sin embargo unos signos de desasosiego. Cuando acabó de comunicar, Sergio dijo a su compañero:

—Esto se ha acabado. Pasado mañana me toca a mí…

En efecto, por la noche entraron en la celda un capitán con dos soldados y el comandante de la fortaleza. El capitán leyó a Sergio la sentencia y fue sacado de la celda para ir a pasar la noche en la que le serviría de capilla hasta la mañana siguiente.

Matías no pudo dormir aquella noche. De vez en cuando se oía de un lado a otro de las barbacanas de la muralla, la voz de los centinelas, que repetían el «alerta» con un alarido prolongado. Pensó en su compañero, en la suerte que le aguardaba y en la inmensa soledad que constituye la vida de cada hombre. En efecto, cada ser camina sin auxilio de nadie de la vida a la muerte. Morir es quizás el único acto de la vida en que el hombre se realiza totalmente. Es el único acto de la vida en que el hombre está supremamente solo.

Aquella madrugada fue advirtiendo que la claridad desnudaba muy lentamente las sombras de la noche y se iba filtrando con tenuidad por el cuadrángulo del ventanuco. Parecía que los segundos fueran transcurriendo con mucha mayor lentitud que otros días. ¡Ah, si supiéramos durante toda la vida guardarle al tiempo el respeto que le tenemos cuando sentimos cerca el paso de la muerte! ¡Cuánto tiempo tendríamos por delante, cuántas oportunidades, ahora no advertidas, se nos ofrecerían! Aquella noche parecía que se oyera en cada latido del corazón el tictac de un inmenso reloj…

Luego prestó atención y notó que el piquete estaba ya en el patio; oyó la voz del oficial y finalmente la descarga. Al condenado no se le oyó, pero Matías Palá «sintió» como una bocanada de aire cálido que arremetía contra sí y que era la presencia del otro. Fue una presencia inaprensible pero cierta, impalpable pero veraz. Nunca había sentido Matías Palá una evidencia tan irrefutable. En aquel segundo se patentizaron enteros, junto a Matías, la voz y el gesto, la razón y el diálogo de Sergio con una verdad superior a la que hubiera sentido si él hubiese estado a su lado. En suma, lo que pasó por el contorno de Matías Palá fue el «alma» entera del otro prisionero. Fue como un inciso, en el momento del tránsito, en que él mostrara de golpe que todo lo que le había dicho era cierto, que el «alma» existía como una entidad independiente, y que eran posibles la vida eterna y la resurrección. Matías Palá recogió este mensaje con una voluntad totalmente pasmada, como una realidad impensada y sorprendente. Retrocedió hasta su camastro y quedó hundido en él. La presencia de Sergio y el rastro, impreciso pero cierto, del más allá, se fueron diluyendo lentamente en las horas. Al fin le quedó una leve indecisión, un pasmo herido, como un balbuceo de fuerzas irresolutas que flotara en el cerrado aire de aquella celda. Le pareció que en ella seguía viviendo una sombra, un espectro o un pálido trasluz, que era como la imagen aún susurrante del otro, solo a medias vencida por la muerte.

Matías Palá quedó profundamente extrañado; pasó unas horas, unos días en que no podía quitarse del pensamiento la impresión que le había causado la misteriosa presencia del compañero que acababa de morir, en el momento de ser ejecutado. Su presencia había sido una vivencia real, no un fantasma. No se trataba de convencer a otros de que Sergio había «existido» a su lado en el momento del tránsito; se trataba por el contrario de no perder del todo la infinita sugestión del suceso, de considerarlo tan real e inmutable como pudieran serlo el camastro, la mesilla que tenía delante. Sin poderlo razonar se puso a dialogar con Sergio, como si estuviera allí. Al hacerlo, Matías se dijo asombrado que lo que ocurría era que estaba rezando. Entonces comprendía el significado de un proceso espiritual y religioso auténtico. Con su muerte, Sergio había colocado de golpe el infinito al alcance de su mano. Todas las verdades de la religión que le habían inculcado en la niñez, las notaba infinitamente más cerca.

Las ejecuciones seguían produciéndose regularmente. En los últimos días Sergio le había enseñado a descifrar el alfabeto acústico que utilizaba en la pared el coronel Sarmiento. Pero no le sirvió de mucho. Un día, el coronel le notificó que al día siguiente él mismo sería fusilado. Se acabaron los partes de guerra y las noticias consoladoras. Después de la ejecución del coronel, se quedó absolutamente solo. Toda su compañía eran sus propios pensamientos.

Empezó entonces a pensar en los otros. Únicamente le sacaba de quicio la incertidumbre sobre la suerte que habría corrido su sobrina Blanca. ¿Dónde estaría? ¿A manos de quién habría ido a parar?

Blanca estaba en Mora de Rubielos, en la provincia de Teruel, en un albergue de la Sección Femenina y amparada por esta organización. Las muchachas de la camisa azul se horrorizaron ante la magnitud de la tropelía cometida en la persona de Blanca. La miraban con conmiseración y la mimaban para ayudarla a pasar con sosiego los días que faltaban para el alumbramiento. Eran una docena de muchachas hijas de la población, que habían trampeado como pudieron la presencia de tantos hombres obcecados y locos, de tantos guerreros cejijuntos como habían poblado las calles y cafés durante la dominación roja de la villa. Mal podían imaginar lo que podría ser una violación en una de ellas por parte de tamaños elementos. Ni fuerzas tendrían para gritar, ni arrestos para arañarle. ¿Qué harían en tal caso Rafaela, Pura o Visitación? Nada, sino cerrar los ojos y someterse, procurar no gozar con ello, rezar unas jaculatorias sin que se notara, ponerse en manos del médico después. Pero ¿y si le gustaba? —se dijo a sí misma Visitación—. ¿Si después de todo resultaba que le era agradable? Visitación —Vista o Vistilla para sus amigas— no quería ni pensarlo. ¿Cómo podía serle agradable una cosa como esa, que era pecado? Pero Vista fue a Blanca y, a solas y a escondidas, se lo preguntó. Vio enrojecer a Blanca y hundir su rostro en la almohada, y no quiso insistir más.

Ahora se trataba de que aquel niño, que sería un niño fraudulento, un hijo del pecado, naciera como un ser normal y pudiera ser bautizado y se convirtiera con el tiempo en un hombre de provecho —si era varón— digno de la España de Franco. La Sección Femenina de Mora de Rubielos lo había ya acogido bajo su protección y padrinazgo. Tenía ya elegido el nombre que habría que ponerle. Se llamaría José Antonio, como el fundador.

Por fin parecía que Blanca Maravall gozara de un amplio sosiego. Sus compañeras la obligaban a descansar; por las tardes, en compañía de Vista o de Pura o de Rafaela, o de las tres a la vez, salía a dar una vuelta por la carretera. Los picos de Javalambre se elevaban hacia el azul y en el perfil más alto se advertía un breve caperuzón de nieve. Entre tanto, ella y sus compañeras estaban ultimando una canastilla riquísima, con que recibir al niño. En la canastilla se apilaban metedores, fajas, calcetines, capuchas, camisolas, jerséis, zapatitos azules, blancos, rosados, tan pequeñines que parecía que se tratara de vestir a un muñeco. No nacería el esperado infante a la buena de Dios.

Pero Blanca Maravall estaba avergonzada. No podía confiar a nadie que en el suceso había existido por su parte una escondida volición. En suma, si ella no hubiera querido, aquello no se habría consumado. Había conseguido zafarse del cautiverio mediante el regalo de sus dones a un bandido de montaña, a un anarquista vulgar, y había seguido con él una aventura en el monte que era para ella como un sueño. ¿Cómo podría ella misma limpiarse de aquella culpa? Ante sus propios ojos, el niño que iba a nacer le manifestaría siempre lo que dentro de ella estaba ya podrido.

Pronto llegaría la fecha del parto. Pronto haría nueve meses desde que Máximo la tuvo por primera vez, en el tren de su primera huida. Con toda seguridad era aquella la ocasión en que la coyunda prosperó. La feliz conclusión de la carne se había producido en condiciones impropias, la primera vez. Hay algo que sobrevive al odio de las gentes, a los actos de guerra, a la fatiga de la noche y a las circunstancias insanas y turbias. Este algo es la vida frenética y movediza que se abre camino hacia el óvulo para subsistir y prosperar. La victoria de la vida no se preocupa de que el escenario de su diminuta batalla tenga la comodidad precisa; tampoco para mientes en la dulzura o el frescor de las palabras; puede unir a los seres más diversos; no tiene prejuicios sociales; la simiente de un bandido puede hacer hervir e incrustarse en la sangre más azul. El resultado de todo ello es un engendro loco que hincha el vientre femenino y que, a la postre, depositará en la vida un nuevo ser, palpitante y chillón, que se abrirá paso a codazos y pataleando desde el primer momento y que será el testimonio de la perentoriedad de la savia, de la renovación ineluctable del germen.

Blanca Maravall pensaba en todo ello y sabía que no estaba arrepentida de lo que había hecho. Su línea hacia este destino venía de atrás, de muy atrás. Ella no habría podido aceptar nunca las fórmulas del amor burgués al uso. En primer lugar no había querido casarse, había renunciado al amor prefijado con el que en general se satisfacían las muchachas de su condición. Luego había renunciado al amor ficticio y doblemente burgués que se tiene de tapadillo; había desdeñado el amor de un amigo, de Desiderio Rius, porque le parecía que este era un sucedáneo todavía peor de la condición matrimonial y, a la larga, habría notado en su boca el sabor amargo y el tedio de aquel ménage fraudulento. El único amor que le hubiera bastado era el del doctor Foz, si al llegar a la España nacional hubiera encontrado el respeto que se le debía. Pero en lugar de eso fue enviado al desolladero sin remisión. Era igual que si le hubieran dado dos tiros por la espalda. El doctor Foz había muerto. ¿Qué recurso le quedaba a ella?

Recordaba el tiempo que pasó junto a Máximo, como rehén y amiga suya en el monte. Con solo pisar el monte se habían borrado todos los prejuicios almacenados durante veinticinco años de vida en la ciudad. El monte era la vida libre, la vida de la sangre en plena naturalidad. Veía y admiraba en silencio cómo Máximo ordenaba en el monte todos los factores necesarios para la supervivencia. Primero los factores necesarios para una vida física: alimentación, higiene —una higiene primaria, ejercitada en los ríos, en los lagos de la cueva—, salubridad; luego la seguridad individual y del clan: su modo de otear en los riscos, de bajar a las vaguadas, de escudriñar en la noche, de enfilar por los senderos con sigilo, el cuchillo en la mano. La vida en el monte era una vida distinta a la que imaginaría cualquier hija de familia. Muchas de ellas se escandalizarían, pero Blanca no se había escandalizado. No solamente era para ella una novedad sorprendente, era también una realidad distinta y magnífica. Quizás en aquella vida montaraz había hallado una verdad, la verdad que había estado buscando afanosamente sin saberlo desde que era niña.

Lo de menos durante aquellos meses había sido la cuestión de su entendimiento físico con el bandido. También en ello había habido un signo cabal de pureza. En ello no había habido ficción. Si acaso la ficción había estado en aquel estudio lleno de discos y de whisky de su amigo Desiderio Rius. Aquello hedía en verdad a rancio, a podrido. Pero el acoso a que la había sometido Máximo bajo las estrellas había sido purificado por el relente mañanero. Las gotas de rocío y de humedad que durante la noche habían caído sobre sus cuerpos eran vecinas del esperma y del moho, y estaban allí para algo, para dar vida, eran testimonio de vida. Blanca Maravall no se podía sentir ni apesadumbrada ni dolida de aquel contacto. Y si pensaba en Máximo, bajo sus formas brutales no podía dejar de descubrir una profunda verdad humana, una integridad varonil, algo que le hacía parecer un héroe o un mito.

Luego sí sentía la pesadumbre de aquel cuerpo diminuto que arañaba en sus entrañas avisándole que estaba allí, que exigía un puesto en la vida, que aspiraba a nacer y a respirar. Pronto ese cuerpo gesticularía como todos los otros, pronto ocuparía un puesto entre todos los demás. Entonces ella podría decir que también él era el hijo de un hombre.

El sargento Delicado compareció un día ante ella. Venía directamente del monte y llevaba una barba de tres días. En los sobacos de su guerrera de hilo se marcaban unas inciertas lagunas, como charcos de polvillo blanco, rastros de un sudor reseco. Aparentemente iba a verla para interesarse por su salud. Le preguntó que cómo le iba el embarazo y se interesó por la fecha aproximada en que tendría lugar el parto. Pronto descubrió Blanca el verdadero motivo de la visita.

El sargento y su grupo llevaban más de tres meses por el monte en persecución del anarquista. Habían recorrido uno por uno todos los riscos de la sierra del Bordón. Habían acampado mil veces en la serranía, pedido cobijo y pernoctado en cada una de las muchas masías que se hallan dispersas por allí. A veces se veían los rastros y las huellas que dejaba el bandido, pero nunca había sido posible topar con él. El sargento había recorrido la carretera que va de Aliaga a Mora únicamente para hablar con Blanca.

Lo que pretendía el sargento era, en primer lugar, tomar nota del estado en que se hallaba Blanca. Según como estuviera de avanzada la preñez, el sargento Delicado pondría en práctica un plan que consideraba infalible para la captura del Máximo. Se trataba de acarrear a la mujer, de llevarse a Blanca y que esta sirviera de anzuelo. No consideraba el sargento imposible pescar al bandido como una carpa en el río, enseñándole a la mujer a la que había raptado por dos veces. El plan dependía de la disposición de ella. Por eso era tan cauto al abordarla.

—Me digo yo que usted, señorita, acostumbrada por él a la vida del monte, debe de conocer muy bien las costumbres del Máximo.

Blanca le miraba con unos ojos inexpresivos, sin saber adónde el otro quería ir a parar.

—Nosotros hemos estado más de tres meses al acecho, sin obtener resultado. No sabemos verdaderamente cómo se puede esconder. A la fuerza tiene que tener valedores en la mayoría de las masías. ¿Conoce usted el terreno, señorita? —y el sargento sacó de su bolsillo un papel manoseado, en el que había un croquis del mapa de la región. Blanca lo miró con detenimiento.

—No. Nosotros no pasamos ni por la sierra del Bordón ni por la de la Garrocha. Nosotros no nos movimos de por allí: Ejulve, Coronas, sierra de la Cañada. No sé nada de eso.

Blanca adivinó qué era lo que estaba haciendo el Máximo y qué haría ella si tuviera que capturarle. Máximo no se movía de un lugar si ello no era necesario. Una vez conquistado a un sujeto no se movía de su lado ni le traicionaba si el otro no lo hacía. Había advertido que al llegar a la ermita de la Virgen del Tronco había fascinado al cura viejecito que regentaba el lugar. Este iba detrás de él, con la convicción de que podría convertirle, ganarle para la fe de Cristo. ¡Menudo empeño! Máximo dejaba que el otro lo creyera. Por allí debía de andar el Máximo. Pero Blanca no dijo nada.

—Yo no sé —contestó—. Él es un tipo raro, que lo mismo pasa ocho días sin pegar un ojo que se tumba a roncar otra semana seguida. Además, tiene la habilidad de dormir en cualquier lado, incluso en la copa de los árboles. Si encuentra una rama sólida, se acomoda allí y sin moverse pasa un sueño entero. Entonces es difícil cogerle. Luego, esos lugares que usted dice deben de estar llenos de cuevas y de antros. Él conoce bien esos sitios.

El sargento Delicado no era tan tonto que no notara la vehemencia que Blanca ponía en su palabra, ni el tono con que pretendía en parte desconcertarle. Le costaba mucho imaginar que en cuatro o cinco meses de andar el Máximo con ella no pudiera darle más detalles sobre su vida.

—Oiga usted, señorita. De momento vamos a dejar que tenga usted el niño con todas las garantías y que el parto sea feliz. Bastante carga ha llevado ya. Pero una vez cumplido con ello, yo le pediré que acceda a acompañarnos al monte.

—¿Y qué voy yo a hacer allí?

—Verá usted. Tenemos la sospecha de que el Máximo no debe de andar muy lejos del lugar donde le descubrimos. Hemos estado hablando con el curita y su actitud no nos ha convencido. Hemos callado, pero no nos ha tranquilizado. Vamos a esperar al día de la romería, si es que usted ha parido ya y felizmente.

—¿Qué día es la romería?

—Falta tiempo aún. Es por la Purísima, el mismísimo día. Aprovechando que con la romería hay en la ermita mucho más personal que otros días, se puede movilizar a muchas más fuerza. Además, si usted nos quiere servir de señuelo…

—Tenga en cuenta, sargento, que no quisiera volver a pensar en lo que ya ha pasado.

—Si no tiene usted que hacer nada más que irle a rezar a la Virgen… Van usted y el niño, que ya habrá nacido, a dar las gracias, nada más…

—Bien. Ya habrá tiempo de pensarlo.

El sargento estaba secándose el sudor de la frente con su enorme pañuelo. Blanca vio que otro guardia civil, en la puerta, le hacía señas de que saliera, de que ya era hora.

—Llevamos enterrados cuatro números por el dichoso Máximo. Eso no podemos tolerarlo.

Aseveró esto con un aire lúgubre, mientras se ponía lentamente en el hombro la correa del máuser, se arreglaba trabajosamente el cinturón de cuero y se ajustaba el tricornio sobre la cuadrada cabeza. Blanca le veía partir como un oráculo triste y sombrío.

Permaneció unos instantes pensativa, como si la presencia del sargento hubiera dejado en su ánimo un lastre pesado. Acababa de facilitarle el acceso a Máximo, acababa de proponerle que le viera de nuevo y que le viera con su hijo. Habría que pensarlo.

Una bocanada de viento, un airón desmelenado pareció sacudir su cuerpo, abotargado. Era el aire del monte, el airón de Máximo, que venía a sacudirla en la mediocridad de su existencia actual. Pensó que cuando le llegara la ocasión iba a aprovecharla, por lo menos para que aquel hombre bárbaro y elemental conociera al fruto de sus entrañas y comprendiera cuáles eran los resultados de sus actos.

Esta sola idea pareció hacerla feliz, aliviar las horas monocordes que estaban transcurriendo. Aquella tarde, cuando salió a dar una vuelta con Vista, por la carretera, pareció que su paso fuera más ligero. La enorme curvatura de su vientre pareció que, en lugar de pesarle, le diera nuevas alas. A Vista le extrañó el optimismo de la mujer.

—Me gusta tener un hijo —le explicó—. Te diré; me gusta todavía más tener precisamente este hijo y no otro. No me gustaría tener un hijo que se va a llamar Pepito y que va a vivir en un piso, con sus tías y sus primitos, comiendo la sopa boba. Me gusta tener un hijo difícil, un hijo distinto, un hijo que desde el primer instante tendrá que estar atento al hecho de vivir. Este hijo mío comprenderá desde el primer día que aquí no se regala nada.

Vista la miraba sin llegar a comprenderla.

—Cuando haya nacido nos iremos al monte él y yo. Entonces le presentaré a su padre: «Hijo, he aquí a tu padre, un bandido, un criminal. Salteador de caminos, desvirgador de hembras, un verdadero punto… Llenó a tu madre a la fuerza, pero ahora tu madre está encantada porque has nacido tú. Tú has de tomar venganza por ella de todas las malas cosas de esta vida».

—Blanca, no digas eso —interrumpió la otra, con ganas de taparse los oídos—. Tu chico será lo mejor del mundo, lo más noble. No puedes desearle ningún mal. Déjalo crecer y que vea las cosas buenas de la vida, que también las hay. Sí, Blanca, déjalo en nuestras manos.

—¿Qué querrás que sea cuando crezca? ¿Sacristán, notario, abogado del Estado, militar? No. ¡Bandido! Profesión: bandido. ¿Qué te parece?

Y Blanca rió, rió con una risa sarcástica y chillona, una risa que no podía parar y que hizo pensar a su compañera si Blanca había perdido la razón.

—¿Y si es una niña? —inquirió Visitación.

—Si es una niña la tiramos a un pozo —concluyó ella, frunciendo las cejas, con un gesto de histérica o de loca.

Unas semanas más tarde, mientras le daban los primeros dolores que presagiaban el alumbramiento y era socorrida por Visitación, Blanca dijo a esta:

—No tendré la suerte de que sea una niña.

Parecía entonces que le atemorizara cualquier cosa que tuviera nombre de varón. O quizá presumiera que en caso de ser niña existiría entre ellas una posible complicidad, una razón de entendimiento.

—Si es una niña estoy segura de que será buena, sí, buena… —repetía.

No tuvieron ocasión de comprobar la veracidad de este supuesto. Porque el hijo que nació del vientre de Blanca fue varón.