III
RITA ARQUER desarrollaba una actividad desbordante, exhaustiva. Sus pasos y gestiones abarcaban los cuatro puntos cardinales, desde la Plana de Vich hasta Villanueva, desde Caldas hasta los tinglados del puerto. La gama de su red de proveedores y confidentes era variada. En ella estaban el payés de masía y arado que la proveía de pan moreno o de un saco de lechugas, el sacristán camuflado que le pedía que sacara de apuros a un cura en mala situación, el almacenista de aceite que le entregaba, de tapadillo, tres bidones, dos de los cuales podía ella cambiar por leche fresca o por un saco de lentejas. Junto a la vastedad de sus relaciones y tapujos comerciales, estaba la variedad de sus investigaciones y escarceos entre gente adicta a la sublevación, deseosa de la victoria de Franco y ávida de dar noticias y de recibirlas. Esa gente pertenecía a las más diversas zonas del enjambre social. Funcionarios retirados, beatas, antiguos guardias civiles, algún seminarista, varios requetés de la extinguida hueste de mosén Perramón, jóvenes de buena familia que haraganeaban entre los veladores de «Radio Sevilla», una horchatería de la Rambla de Cataluña llamada así por los conspicuos; y una marejada humana formada con los desechos de la «Peña Blanca» y de «margaritas» medio deshojadas por la revolución.
La misión de Rita Arquer era socorrer al necesitado. Tenía arrestos y organización para hacer lo que fuera: facilitar un aval falso de la CNT, procurar un guía de confianza para llevar gente al Perthus, acarrear un saco de patatas o facilitar los datos verídicos del último parte de guerra. Todo ello lo había conseguido Rita desde los principios de la revolución mediante una tenaz y entusiasta dinámica maniobrera. Sus sinuosidades dialécticas eran portentosas. A golpe de medias frases, de insinuaciones, de escarceos persuasivos, lograba determinar con rapidez si un tipo cualquiera era capaz de rendir un servicio, ya fuera por ideal o por dinero. Por ejemplo, tenía un enlace con los burots de Hospitalet, a los que había fichado con la promesa de unos medicamentos que necesitaba la hija de uno de ellos, atacada de pleuritis. Su primera providencia era siempre una promesa. Otras veces empezaba su labor de contacto con una lamentación: «¡Qué tiempos aquéllos!… No sé por qué tenemos que pasar por estas calamidades. ¿Para qué?». Había muchos que no respondían a ese cable tendido; pero otros, en cambio, enhebraban el diálogo: «Y que lo diga, señora. Esto dura ya demasiado». Ella atacaba entonces a fondo: «A propósito, ¿es verdad lo que se dice del frente de Madrid?». Y añadía, para avanzar más en el camino de las captaciones, bajando la voz: «Me ha dicho un amigo de toda confianza que han llegado al frente dos brigadas enteras de Regulares y que pronto va a empezar allí el gran baile». Si el otro no picaba, se apresuraba a añadir: «Claro que no siempre es verdad todo lo que se dice».
Rita Arquer realizaba todas esas empresas en la calle, a la intemperie, de sol a sol. Visitaba a muchas personas en sus escondrijos, les llevaba comida o alimentos. Solo a mediodía y a la hora de cenar se reintegraba a su reducto, en el principal de Evelina Torra del paseo de Gracia. Allí proveía y disponía lo que se tenía que hacer para mantener en pie la casa y a la media docena de sus ocasionales moradores. Porque el piso de Evelina había pasado a ser un iceberg flotante en medio de los tumultos de la tempestad. Allí se cobijaban, además de su propietaria, la viuda, y de Joaquín Rius, mosén Perramón, el antiguo leader de las campañas tradicionalistas; dos monjas de María Inmaculada conocidas por sor Patrocinio y sor Andrea; un antiguo miembro de las milicias de Albiñana, venido de Madrid y que esperaba turno para ser llevado a la frontera, y don Licinio Álvarez Carranza, catedrático de derecho canónico en la Universidad de Valencia y ex diputado por el partido agrario, que le había sido confiado a Rita por un canónigo del Cabildo Catedralicio que había conseguido embarcar tiempo atrás hacia Génova.
Había que proveer y alentar a toda aquella gente. Día a día, ella venía haciendo lo uno y lo otro. Aquella gente vivía repartida en las alcobas de atrás del viejo principal, mientras la parte delantera estaba reservada para Rita y su dueña. De esas habitaciones podía bajarse en caso de apuro a los sótanos del edificio por una escalerilla interior, cruzando la portería, lo que hacía difícil que los de las patrullas descubrieran a los emboscados. Así, la vida en el principal de Evelina era una mezcla de vida monástica, de asilo y de prisión. Había habido que moderar los impulsos orales y la voz de sochantre de mosén Perramón, que no renunciaba a sus peroratas apologético-políticas pese a la difícil situación en que se hallaban. Pero Rita Arquer, venciendo escrúpulos, le había parado los pies: «No es hora de arengas, padre. Al infierno ya irán. Ahora se trata de salvar nuestra permanencia en la tierra».
A quien parecía que todo aquello le resbalara por encima del cuerpo era a la indestructible Evelina Torra. La revolución y la guerra la habían cogido tan de sorpresa, eran para ella un asunto tan ajeno e inextricable, que había decidido actuar como si en aquella casa no hubiera ni nuevos inquilinos, ni zonas de peligro, ni zarandeos de ningún género. Era imposible asignar a aquella alambicada estructura humana una cifra que permitiera aventurar los años, o los siglos tal vez, que iba amontonando sobre sus carnes fláccidas. Asistía indiferente a todas las incidencias que se presentaban. Las señales de la alarma aérea parecían no sonar para ella. Se pasaba el día sentada en una butaca junto al balcón, de cara al Paseo de Gracia. Desde allí había visto la llegada de las brigadas internacionales, el entierro de Durruti, la conmemoración del 14 de abril y muchas otras festividades laicas de la época. Con aquello le bastaba. Vestía como en otros tiempos, y se ornaba con joyas de su juventud como si nada hubiera pasado. Pero como los tiempos no eran los mismos, y resultaba imposible recomponer su peinado y ahuecarlo con los toques de un coiffeur, la escasa melena azulada y blanca se iba desflecando y cayendo sobre unas mejillas que caían a su vez sobre la papada. Esta se abombaba sobre el pecho, como la de un buey, y el pecho… ¡Ay, el pecho, meliflua caricatura de aquel que había sido objeto de admiración cincuenta años atrás en las veladas del Liceo! Se bamboleaba y pendía a sus anchas en los armatones en que se apretaba todavía diez o quince años atrás y que ningún artífice de aquellos menesteres sería capaz de rehacer y renovar en los tiempos que corrían.
La ausencia absoluta de potingues y cremas extranjeras de que adolecía el comercio barcelonés obligaba a Evelina al uso de unas pastas vulgares, especie de emplastos que adhería a la piel de sus mejillas todas las mañanas con un pulso tembloroso y que ciaban a su faz un aspecto de máscara siniestra. No obstante lo cual, ella parecía no darse totalmente por vencida. Insistía recalcitrante en aplicarse aquellos pegotes de tintes descarnados y granulosos, que tardaban mucho en desaparecer cuando eran frotados con un algodón; razón por la cual Evelina decidió prescindir de este trámite y sobreponer una capa sobre otra, por lo que sus mejillas aparecieron pronto como una delirante superposición de costras más o menos químicas.
Así mantenía Evelina su egregia personalidad, sin hacer caso de lo que acontecía alrededor. La revolución, la guerra eran asuntos de los demás, y cuando Rita le proponía alguna cosa, por ejemplo salir un poco a pasear, llegarse al Consulado para legalizar unos documentos, acercarse a retirar unos papeles que esperaban en la Aduana, Evelina respondía:
—Prefiero quedarme en casa hoy. El tiempo no está muy seguro.
De modo que Rita Arquer era el elemento ejecutivo de aquella casa, su centro y su motor. Su facha se mantenía. Era una mujer erecta, angulosa, de rasgos agudos y casi viriles. La nariz aguileña se posaba sobre una faz morena, con unos labios finos. Sus ojos parecían disparar chispas. Sobre los andares resueltos de antes, como una nota de moderación, el tiempo únicamente había puesto en las sienes y en el pelo una sutil urdimbre gris.
—Mañana tengo que ir al Borne, a recoger lentejas y un poco de carne que me tiene guardada Higinio. ¿Quiere venir?
—No, Rita. Te lo agradezco, pero quizá me llamen del Consulado.
Era mentira. Jamás la llamaba nadie.
Rita fue sola al Borne. Su larga zancada devoraba los espacios urbanos sin desfallecimiento. Vencía los espacios, se tragaba las aceras, se zambullía en los horizontes. Ver a Rita Arquer cabalgar por las Ramblas, a lomos de su propio esfuerzo, era pensar en la existencia de un duende apocalíptico capaz de reducir distancias, de suprimir kilómetros, de hacer sencillo el acoso de las esquinas y de la gente. Rita Arquer no se paraba ni un instante; escaparates, vehículos o peatones no tenían para ella realidad. En aquellos momentos era la mujer fuerte del Evangelio, ardida como un vendaval.
Llegó al Borne a las diez de la mañana. Unos cuantos camiones y algunos carros estaban parados al lado de los tenderetes, bajo el amplio voladizo que rodeaba al mercado. Unos hombres se afanaban entre sacos y bultos, entre cajas y toneles. Algunos de ellos ya la conocían y la dejaban pasar.
Entró en el recinto y pronto descubrió a un hombre vestido con una bata, tras la que asomaba la banda negra de una faja payesa. Se dirigió hacia él:
—Higinio, ¿me has traído aquello?
El hombre la apartó a un lado y le hizo signo de que bajara la voz. La llevó un poco más lejos, donde estuvieran solos.
—Señora Rita, han hecho una investigación. Los agentes rondan por aquí —y movió circularmente la cabeza, en vaga insinuación de un espacio concéntrico.
—No importa. Tengo que llevármelo.
—Han subido doce duros el quintal.
—Sois una partida de estraperlistas, un hato de especuladores. ¿Está el saco o no está?
—Sí, pero no se lo dejarán sacar. Y hay que pagar, además esos doce duros, por lo menos diez.
—Te daré cinco.
—Con cinco no haremos nada.
—Pues adiós.
Ya se disponía a marchar cuando el hombre la retuvo.
—Espere, espere. Deme ocho y asunto arreglado, ¿conviene? Rita reflexionó unos instantes.
—Bien. Te daré ocho, pero me tienes que dejar el carrito.
—De acuerdo.
El hombre puso el saco y un pequeño paquete con la carne sobre un carrito con dos ruedas y una simple plataforma de tablas. Rita sacó de su bolso, con disimulo, unos billetes.
—¡Yo te digo que cuando llegue quien yo me sé!… —amenazó a media voz, como para sus adentros.
—¿Y el pan de mis hijos? ¿Y lo que me cuesta ganarlo?
—Bien, bien. Ya veremos; ese día… —amenazó suspensivamente.
Asió enérgicamente las varas del carro y empezó a empujar hacia delante. Llevaba el saco a nivel horizontal, para que no resbalara y cayera. Un guardia se acercó a ella, pero Higinio le hizo un guiño y la dejó pasar. Enfiló por el empedrado hacia el Arco de Triunfo. Luego dobló por la calle de la Princesa.
Parecía la alegoría clásica del estraperlo cincelada por un artista malintencionado. Lo curioso es que nadie se volvía a mirarla. En realidad, todo el mundo andaba preocupado con sus propios asuntos.
Al llegar a la Vía Layetana empezaron a aullar las sirenas de la alarma, pero ella no se arredró. Siguió adelante.
La gente corría a los refugios, que para ella parecían no existir. Pronto la Vía Layetana se convirtió en una avenida desértica, por la que no circulaba más que ella empujando el carrito.
—Venid, venid, aviones. Venid en nombre de Dios. Aplastadlos a todos. A los milicianos y a los estraperlistas, a los del PSUC y a los del POUM y a los de la FAI y a Azaña y sus compinches.
Se paró a descansar y en medio de la ciudad vacía recitó en alta voz, mirando al cielo:
—¡Bendito sea el Dios de los Ejércitos, bendito sea el que viene en nombre del Señor! —y se santiguó de arriba abajo, sin que nadie acertara a verla. Aquella era su afirmación, aquel era su desafío en aquella hora.
Los aviones pasaron de largo.
Cuando avistó su casa advirtió que algo raro ocurría en ella. Por ello paró con su carrito poco antes de llegar al portal.
Ante la portería había un par de automóviles parados. Alarmada por el insólito hecho, se apresuró a hablar con el portero. Este estaba en el interior de su vivienda, pálido y descompuesto.
—Han sacado unos carnets, y sin decirme apenas nada han subido al piso de la señora Torra. Todos han bajado al refugio, menos el señor de las gafas.
—Bien. Salga fuera y esconda el saco que traigo en el carrito. Subió de un salto la escalera. No tuvo necesidad de llamar. La puerta estaba abierta.
El señor de las gafas era don Licinio, el catedrático. Ya hacía tiempo que Rita sospechaba que este era un pez gordo, por lo que le tenía en alta estima. Era un hombre joven, poco hablador, que llevaba en la casa una vida solitaria. ¿Qué había ocurrido? O mejor, ¿qué iba a ocurrir?
En el salón había cinco tipos desconocidos, tres de ellos con armas y los otros dos sin ellas, bien trajeados; intentaban sonsacar a doña Evelina. Entre ellos, de pie, don Licinio miraba cómo escurrir el bulto.
—Dejen a la señora, por favor. Ella no tiene nada que ver con esto.
—¿Qué pasa? —preguntó Rita con mirada feroz.
—¿Quién es usted? —inquirió uno de los jefes, un hombre muy alto y muy delgado, con unas manos largas y finas que jugueteaban con la cadena de plata de su reloj.
—Rita Arquer y Coma, para servirle. ¿A qué se debe este atropello?
—Somos nosotros los que preguntamos, no usted —zanjó el policía con voz potente, perforándola con un destello escalofriante—. Nos va a decir ahora mismo qué es lo que hace este sujeto en esta casa.
—Este señor es sobrino de una hermana mía, y está aquí de paso.
—Antes que nada, enséñeme su documentación.
Rita Arquer abrió su bolso y sacó de él un fajo de papeles. Los había de todas clases. Además de la cédula personal, oficios timbrados de la Agrupación de Mujeres Antifascistas, del Partido Socialista Unificado de Cataluña, de los Amigos de Rusia, del Bloque Obrero y Campesino, un viejo carnet de la Olimpiada Popular de 1936 y un carnet de colaboradora en la revista Euterpe, del Grupo de Actividades Domésticas de la CNT.
—¿Basta con esto? —desafió con entereza la virago. —Y esta señora, la dueña de la casa, ¿a qué se dedica?
—A esta señora, como usted ve, habría que respetarla por su edad —bajo las costras de las mejillas sintió Evelina el latigazo azorante de aquel insulto—, pero, además, esta señora y esta casa están protegidas por bandera extranjera. Voy a llamar al Consulado de Cuba para darles cuenta de este allanamiento de morada, que va contra lo establecido por el convenio internacional de Ginebra.
—¡Déjese de historias! Esta señora tendrá que responder ante la justicia de la República de tener escondido en su casa a un elemento fascista muy peligroso. ¿Sabe usted quién es este señor?
—Naturalmente que lo sé. Es diputado de la República, a la que usted cita. Y por lo tanto, no es fascista, sino representante del pueblo en ella, que es todo lo contrario que ser fascista.
—Lo que le ha convertido en fascista es el abuso que ha hecho de esa delegación del pueblo. En la red de espionaje y de quintacolumnistas que acabamos de descubrir, este es el que respondía al nombre de «Palomino». Pero todo esto nos lo explicará más tarde en la Jefatura. Venga, vamos.
Le puso unas esposas y se lo llevó por delante, dándole un empellón.
—Por ustedes vendremos más tarde.
Quedaron allí, viendo salir a los cinco hombres y a don Licinio. Por el ventanal y el balcón advirtieron cómo este, pálido pero sereno, entraba en uno de los coches, acompañado por dos de los hombres armados. En la acera se había aglomerado un pequeño grupo de gente. Todos miraban con compasión al detenido.
—¡Malditos canallas, carne de horca, basura del infierno! —clamó Rita, viéndolos marchar. Pero no había tiempo que perder. Llamó al portero—: Lorenzo, ¡el saco!
A poco entraba Lorenzo acarreando el saco de lentejas. Lorenzo preguntó:
—¿Les digo que pueden subir?
—Espere un poco. Ya le avisaré.
Evelina le contó entonces cómo había sido la irrupción de los cinco hombres.
—Esa gente no tiene educación. Han entrado con los fusiles por delante. «¿Es usted la dueña?». «Sí, ¿quién va a ser?», dijo uno, fijándose en mi collar. Quería quitármelo. El más alto le detuvo: «Alto ahí. No hemos venido a pillar nada». «Lo entregaría a las milicias». «Alto te he dicho. No te metas en nada». Todo el tiempo estuvo mirándome el collar. Es decir, supongo que era el collar, porque con esa gente… —y Evelina hizo un arrumaco juvenil, como en otros tiempos, cosa que a Rita no le agradó.
—¿Quiere que le diga lo que es esto? Una catástrofe. Tendremos que buscar otros sitios para algunos de nuestros amigos. Ya no podrán quedarse aquí. Desde ahora, esta casa está condenada. Pero ¿quién habrá dado la noticia? Porque esto ha sido un soplo, no cabe duda. ¿Lorenzo quizá?
—No, Lorenzo es de absoluta confianza. Figúrate, entró de ayudante del cochero en tiempos de mi marido…
Rita Arquer llamó de nuevo a Lorenzo.
—¡Y menos mal que no han pillado a los otros! —se consoló.
Lorenzo no podía sospechar a quién se debía la confidencia. De los refugiados, el único que podía haber sido confidente era el miembro de las milicias del doctor Albiñana.
Llevaba solo quince días en casa de Evelina y alguna vez salía a la calle y se iba a un bar de la esquina. Al volver, siempre caminaba un poco a tumbos.
—¿Quién te lo recomendó?
—Me vino por Otilia Núñez, usted la conoce. Ella es de la Falange de aquí, una mujer de todas prendas. Pero pudiera ser que la hubieran engañado.
—Sí, pobre Otilia…
—Bueno, Lorenzo. Dígales que ya pueden subir.
Pronto se oyó en la parte posterior el ruido de pasos y un rumor de voces, entre las que descollaba la voz de barítono de mosén Perramón.
—Las cosas han cambiado —espetó Rita con voz agria al de la partida de la porra de Albiñana, sin más—. Tenemos que disolver la reunión. En cuanto esté la comida, come usted y se busca otro sitio.
Era un joven grueso, con cara de bobo, que miraba extraviadamente. Parecía que aquello no le afectara.
—Pero ¿por qué?
—Después de la visita que acabamos de recibir huelgan las explicaciones —añadió Rita sin entrar en detalles, de modo que si el otro tenía que comprender, comprendiera en el acto.
—Pero ¿adónde ir?
—Eso es un asunto suyo. Ya le dije, al entrar, que sería por pocos días.
Las monjitas estaban guisando en la cocina la ración de lentejas de aquel día, recién sacada del saco. A ellas no las echaría. En cambio, habría que buscar nuevo acomodo a mosén Perramón y al señor Rius.
Cuando se lo dijo al mosén, este se estremeció. Su corpachón robusto pareció tambalearse. Pasaba de la euforia al desaliento con una rapidez vertiginosa.
—Déjeme un par de días por lo menos para pensar adónde ir. El viudo Rius no se inmutó. Aceptó el mandato de las circunstancias dócilmente.
—Puede usted quedarse aquí hasta que le encontremos otro sitio.
—No, no. En modo alguno quisiera perjudicarlas. Bastante han hecho ya por mí. ¿Sabe qué he pensado? Un hermano mío, tiene un negocio de coloniales en Sans. Supongo que vive aún. Puedo probar si me admite con ellos hasta que esto acabe.
—Bueno, si eso es lo que usted prefiere… —accedió Rita, que con el viudo Rius se mostraba flexible—. Puedo acompañarlo yo esta tarde.
Después de comer, Rita y Joaquín Rius emprendieron el camino hacia Sans.
Caminaron más de dos horas. El paso de Rius era lento y Rita había puesto su maleta en el carrito y lo empujaba despacio por la calzada. La ciudad sorprendía a Joaquín Rius, que al principio caminaba con recelo, reprimido, mirando con temor a todos lados. Llevaba muchos meses sin ver la calle. La Gran Vía era la misma de siempre, pero en la gente algo había cambiado. Los hombres iban mal aseados, con guerreras y mantas y gorros raros. Eran pocos los que iban vestidos como antes; el uso de las corbatas se había reducido. Se notaba un desmelenamiento colectivo, cierto impudor. Había también gente triste que caminaba apresurada, con cara hosca, a un recado rápido y con ánimo de volver a encerrarse. En la esquina de la calle de Balmes había un horrible socavón, con un bloque de casas despanzurrado. Era el resultado de la célebre bomba de trilita, aquel horrísono estampido que había hecho temblar medio año atrás a todas las casas del Ensanche. Los escombros y piedras se amontonaban en el solar.
Le tranquilizó escuchar el canto de los pájaros. Los gorriones se apelotonaban en la techumbre de los plátanos, hacían sesgos y vibraban entre las hojas de cada árbol. Era un sonido innúmero el que daba vida a aquel umbráculo, como si la guerra no existiera. Ellos vivían ignorantes de lo que sucedía alrededor, en una fecunda e indiferente primavera de celo y juego. Joaquín Rius no recordaba haberse fijado nunca en los pájaros de la ciudad. Había tenido que producirse la guerra para que elevara su mirada a lo alto y descubriera esos pequeños destellos de la zoología en convivencia solemne con la luz de la tarde y el esplendor del verde y del sol. El carrito que conducía Rita Arquer avanzaba traqueteando sobre el empedrado.
En la Plaza de España, un tráfago en camiones parados, de los que bajaban fardos y soldadesca, le devolvió a la noción de la guerra y de aquel momento. Allí estaba el Palacio Nacional de Montjuïc, espectro inmóvil de otros tiempos. ¿Cuántos años habían pasado? En realidad, pocos, poquísimos años, menos de diez, siete años solamente. Pero ¡cuánto dolor, qué inmensa hecatombe entre aquellos días floridos y los que transcurrían a la sazón, ensombrecidos y ajados por la revolución y por la guerra!
Llegaron al negocio de Fabián Rius a eso de las siete de la tarde. Las sombras empezaban a doblegar los perfiles de aquel pueblo. El almacén estaba en la Creu Alta, cerca de Hospitalet. Rita Arquer paró su carrito frente a un local en el que decía: Fabián Rius e hijos. La Colonial Sansense, S. L. Rita pulsó la puerta y entró. Tras un mostrador había una muchacha joven con bata azul.
—Quisiera hablar con el señor Rius.
—¿El señor Rius padre o hijo?
—El padre.
—El señor Rius padre está en la cama.
—Pues con el hijo.
Pero en aquel momento, un joven corpulento apareció por una puerta de cristal que había al fondo. Iba vestido con la chaqueta de las milicias y su aspecto era sombrío y hosco. Llevaba varios días sin afeitar, por lo cual sus mandíbulas parecían teñidas de azul.
—¿Qué hay? Yo soy Rius hijo.
El viudo Rius había entrado también y le miraba sorprendido. Aquel debía de ser el chicuelo revoltoso que, hacía años, le derramó sobre las piernas un tazón de café, el día de una celebración; Rius estaba atemorizado, sin atreverse a presentarse. Era Rita quien hablaba.
Explicó la situación en que se hallaban. El joven Rius no se inmutó.
—Mi padre tuvo una caída en el almacén y está enyesado en la cama. Sí, sí, me acuerdo del tío Joaquín —dijo, mirándole fríamente.
Rita insistía en pedirle cobijo, aunque fuera por solo una semana.
—Nosotros no somos potentados, somos trabajadores. Nunca hemos pedido nada a nadie. Para venir ahora tendría que haberse acordado de nosotros mucho antes.
Una oleada de vergüenza interior pareció inundar las facciones del viudo.
—Es cierto que no nos hemos visto mucho. No siempre ha sido mía la culpa. Tú eres Luis, ¿no? Fuiste el que me tiraste el tazón en los pantalones el día de la primera comunión de tu hermano, ¿no es eso? —dijo, pretendiendo congraciarse, aproximarse a él—. Mi situación es apurada. Aquí os ayudaría en lo que pudiera. Aún puedo hacer unos números o servir de guarda en el almacén. Déjame que vea a tu padre.
—No, a mi padre no le podrá ver. Los tiempos no están para estas visitas. Yo le diré que ha estado usted aquí, pero no hoy. Se lo diré por la mañana. —Entre tanto, ¿puedo quedarme?
—No —respondió secamente el otro.
—¿No sabes lo que es un poco de caridad?
—¿Caridad? De eso se acuerdan los burgueses solo cuando les va mal. Oiga, tío Joaquín. Usted y nosotros no tenemos nada que ver. Usted ha perdido esta batalla. Yo estoy ganándola, pero aún no la he ganado del todo. Sepa que los que hacemos la guerra no podemos tener ninguna debilidad. Y dé las gracias de que todo quede así.
Don Joaquín sintió unas ganas inmensas de llorar, quizá porque advertía el tajo profundísimo que los hechos habían propinado en las estructuras. Nunca podía sospechar que las cosas ocurrieran así, que aquella escena pudiera producirse.
Fue Rita Arquer la que, de pronto, estalló:
—No hemos venido a pedir caridad. No tiene por qué arrastrarse, don Joaquín. Algún día se arrastrarán ellos. En casa todavía hay una cama, un plato de sopa y un crucifijo. Se trata de creer en Dios o de no creer en Él. Esa es la única batalla. Vámonos.
La señorita de la bata azul que asistía a la escena, estaba pálida.
—Exacto. Si no se van ahora mismo, llamo a las Milicias —dijo ella.
Salieron a la calle. Se oyó el ruido del portazo que dio Rita. Y emprendieron de nuevo la marcha hacia el centro de la ciudad.
Una luna plateada y redonda se había encaramado por encima de las cornisas de la Gran Vía. Lo inundaba todo con su pálida luz. Las calles estaban casi solitarias. Las tiendas habían cerrado y por todo el ámbito se desparramaba la noción de una inmensa tristeza, de un desamparo total. A lo lejos, cruzando los aires, se oía el silbido desigual de la sirena de una ambulancia, que se fue diluyendo. En uno de los balcones intermedios de una casa asomó un momento una figura, que quedó incrustada en la luz mortecina del interior; luego cerró los postigos.
El regreso fue más lento que la ida. De vez en cuando, Rius tenía que pararse a reposar. En cambio, Rita, que empujaba el carrito, parecía infatigable. No se oía más rumor que el de las ruedas del vehículo al sonar sobre el empedrado desigual. Encorvado, jadeante, el viudo Rius iba venciendo trabajosamente las esquinas, apoyándose en su bastón. A la luz de la luna, que era como el reflejo de su propia amargura, unas palabras de Rita Arquer vagabundeaban por su ánimo: «Se trata de creer en Dios o de no creer en Él. Esa es la única batalla».
En efecto. Del curso de los acontecimientos no quedaba más que un esquema simple y elemental: creer en Dios o no creer en Él. Ya no sentía la inquietud de los primeros tiempos por la situación en que habían quedado sus intereses personales. La fábrica y sus avatares parecían haberse diluido en la niebla. De todas las imágenes de aquellos tiempos, la única que prevalecía era la del rosario blanco que colgaba de aquel cadáver tumefacto envuelto en los harapos de la toca de monja, en los muros del convento de la Esperanza, cuando pasó por allí poco después de estallar la revolución. Y al término de aquel rosario de nácar había una Cruz. Aquella Cruz, apenas visible entonces, iba creciendo, creciendo, hasta convertirse en un emblema universal de amor, en símbolo de un holocausto multitudinario y mayúsculo. Junto a las gentes sin fe, había, sin embargo, otras dotadas de una fe gigantesca, como aquella Rita Arquer que empujaba a su lado el carrito con sus bártulos y en la que se realizaba de nuevo el camino de las mujeres que siguieron silenciosamente la pasión de Cristo.
Llegaron a casa a las once de la noche. El portal estaba cerrado. Rita lo abrió con una gruesa llave.
—No se apure, don Joaquín. Aquí aguantaremos mientras sea necesario.
Al día siguiente empezó para él una reclusión silenciosa, más dura que la del período anterior. Bajaron a los sótanos mosén Perramón y él con unos colchones. Pasaban el día y la noche encerrados en una habitación con poca luz, que había servido de cuarto trastero del servicio de doña Evelina en otros tiempos. A la hora de la comida bajaba personalmente Rita Arquer, los servía y les daba las noticias del día, que para ella siempre eran alentadoras. No veían la luz del sol más que a través de un ventanuco alto que daba a la calle y que transparentaba la sombra de los pies de algunos transeúntes a través de unos cristales opacos. A pesar de ello, se adivinaba cuáles eran los días con sol y cuáles los días nublados. Había en su ánimo como un reflejo de los cambios atmosféricos. Unos días con melancolía, otros días con exaltación. La vida discurría apagada y sombría, con muchas horas para la meditación y la desesperanza.
A veces mosén Perramón amanecía eufórico y empezaba a perorar sobre la perfidia de un mal endémico en la sociedad española, sobre las redes de la masonería y el poder de las logias. Hacía un recuento de las calamidades que habían asolado al país desde Fernando VII hasta la Guerra Civil. Citaba frases de las encíclicas de Pío IX que argüía como vaticinios de la situación de España. Pero otros días pasaba las horas sumido en el silencio y en una inanidad absoluta. Aquellos eran los días en que a Joaquín Rius le daba por meditar. Se iba sumiendo poco a poco en un soliloquio terco e incesante. Acudían a su mente los más insospechados retazos de su pasado. Escenas vividas en su infancia, rasgos de sus tiempos de colegial. Trazos de su noviazgo con Mariona, cuando fue a buscarla varias veces a la salida del colegio. Aquel momento en que se enfrentó con Ernesto Villar, junto al brocal del pozo de Santa María. Y otra vez volvía a la infancia. La figura de su madre, envuelta en su mantilla, balanceándose en la mecedora, en la calle de la Paja. «Lo he merecido», concluía al pensar en su hermano Fabián. «He merecido lo que me está ocurriendo. He pasado una vida entera solo pendiente de mí, de mis cosas. ¿Me va a extrañar que ahora me den de lado? Tengo lo que he estado buscándome».
Mosén Perramón guardaba un tomito del Kempis, que leía en voz alta. A Joaquín Rius aquella lectura le producía desasosiego, desazón. Habría querido suplicar al cura que no prosiguiera. La incidencia casi morbosa en unas normas de desolación y de dolor, en lugar de conformarlo lo angustiaba y lo hundía aún más. Las vueltas a una resignación, en aquel lugar en que no había acción posible, eran para él una atadura insoportable. Tenía que hacer algo, aunque fuera rezar. Se volvía al cura y le decía: «Padre. No lea más. Recemos el rosario, si no le importa».
Y se ponían a rezar, tres o cuatro rosarios seguidos, sin pensar en nada, de una manera rutinaria y automática.
En cuanto Matías Palá llegó a Barcelona intentó localizar a Anselmo, su capataz, pero de Anselmo no había noticia alguna desde antes de estallar la revolución.
Matías Palá recorrió todos los lugares en que había transcurrido antes su vida. Sus antiguos contertulios habían sido dispensados por la guerra. Rafael Mas y Guimerans habían podido huir a Roma. Del resto nada se sabía.
Pudo enterarse de que su empresa de transportes, colectivizada como todas, seguía funcionando para la Intendencia del Ejército Rojo. A su frente había un comandante. Se abstuvo de presentarse allí.
No olvidaba el motivo por el que estaba de nuevo en la ciudad ni la trascendental comisión que traía del coronel Ungría. Cada uno de sus pasos estaría destinado a un buen cumplimiento de aquel fin.
Le sorprendió el aspecto de la ciudad. Contra lo que se figuraba, la vida en Barcelona proseguía sin demasiadas alteraciones. Los excesos de los primeros días de la revolución se habían calmado en cierto modo. Ya no se oía, más que de vez en cuando, el sonido de los cláxones de los coches alocados ni se veían encima de estos las patrullas de hombres armados que sembraron el pánico en aquellos días del verano de 1936.
Parecía que todo estuviera logrando una cohesión con el único objetivo de ganar la guerra. La presión del Gobierno y del Estado eran muy fuertes. El peso de las consignas se cernía sobre todos. Los diarios estaban llenos de una dialéctica delirante. La radio, los carteles de la calle decían: «No pasarán».
Matías Palá se instaló en una pensión de la calle de Vergara. En ella habitaban también unos funcionarios del Gobierno, llegados de Madrid, y un par de militares de Estado Mayor con sus correspondientes esposas. Todos ellos le observaron extrañados durante varios días, pero luego trabaron confiadamente amistad con él.
Les contó su odisea: que acababa de pasarse y que no había encontrado a nadie de su familia en Barcelona. No tenía más que una sobrina, que había sido hecha prisionera en Teruel, y querría buscarla.
—Procuraré informarme. Justamente tengo amigos en el Servicio de Prisioneros de Guerra, en el Ministerio. Le diré a usted algo.
Era el comandante Tobío, un hombre esmirriado, con gafas de intelectual y una sonrisita irónica en los labios.
—Diga, ¿y cómo están en el otro lado?
—Yo no estaba enterado de nada. Me marché a ver a mi sobrina para salir de aquel ambiente. Luego no supe más. Aquello es un lío… —dijo, para salir del suyo propio.
En los diarios leía a menudo noticias de Borredá. A menudo el personaje se desplazaba a Francia, otras veces leía que había visitado el frente. Era probable que un hombre como él no tuviera tiempo para preocupaciones tan pequeñas. Sin embargo, si no conectaba con él, ¿cómo tendría ocasión de llevar a término el fin de su empresa?
Cierto día de mayo, el comandante Tobío le informó de que en la lista de prisioneros hechos en Teruel estaba el nombre de su sobrina. Seguramente había sido llevada a Barcelona, pero no se sabía nada más de ella.
Pasaron un par de semanas sin ninguna novedad en relación con aquello. Matías Palá estaba inquieto, indeciso. Empezó a pensar que había aceptado el encargo demasiado eufóricamente. Su situación en Barcelona era la de un ser fluctuante, sin rumbo. Si le hubieran dado alguna referencia de dónde y con quién se tenía que conectar habría podido establecer un contacto, habría tenido por lo menos noción de a quién agarrarse o referirse. Pero estaba absolutamente pendiente de los demás.
De pronto, sus compañeros de pensión cambiaron su talante. Su optimismo decayó, sus expresiones se tornaron hoscas. No tardó en relacionar aquel cambio con las noticias que se filtraban del frente. Las tropas nacionales habían empujado desde Aragón, habían entrado en Lérida y parecía que no pudieran detenerlas. A los pocos días llegaban al mar y dividían en dos la zona republicana.
La ciudad estaba sucia, había un gran desorden de refugiados por las calles, miles de consignas en las paredes, un desconcierto general, junto a los impulsos de seguir adelante con la lucha.
No era posible silenciar la realidad. El frente estaba cerca, Alonso Vega se había santiguado en las aguas de Benicarló y los bulos se confundían con la realidad en las conversaciones callejeras.
Aquel día recibió Matías Palá una llamada telefónica. El corazón empezó a palpitarle con más fuerza. Era una voz de hombre, una voz profunda.
—Federico está mal y necesita verle —escuchó por el auricular.
Tardó unos instantes en responder.
—No me es posible hoy, será mañana —dijo.
—Bien. Llámeme al 13549.
Y colgó.
Anotó el número y consultó allí mismo en la guía. Abrió en la letra W. El número correspondía al nombre Wilson. Estaba en la avenida de Mistral número 12.
Por la tarde se fue a aquella dirección. En la portería había una muchacha joven que estaba cosiendo.
—¿Es el señor Palá?
Matías Palá respondió afirmativamente con la cabeza.
—Suba al tercero primera.
Le abrió un hombre calvo, de mediana edad, envuelto en una bata.
—Pase, señor Palá.
Le hizo sentar en un despachito cuyo balcón daba a la calle. La habitación era pequeña. En un rincón había una cama turca; junto a la pared, una mesa. Detrás de la mesa, pegada con unas chinchetas en la pared, una bandera republicana.
—No ha sido fácil obtener su nombre y paradero —dijo el hombre—. Es preciso que se ponga usted en acción cuanto antes. Aquí tiene una lista de los implicados en nuestro movimiento, gente de toda confianza. Es decir, esta es la lista que había. En pocos días han pillado a tres de los nuestros. Son los señalados con una cruz. ¿Conoce usted a alguno de los otros?
Mientras hablaba, el hombre se aplastaba la nariz contra el labio superior, en un movimiento nervioso.
Ante su negativa, inquirió de nuevo:
—¿Ha podido conectar con alguno del clan Borredá? Matías Palá hizo con la cabeza un signo negativo.
El desconocido carraspeó brevemente.
—Lo que ha ocurrido con su sobrina es algo insólito. Se fugó de la cuerda en que era llevada. Se fugó con uno de los guardianes, un anarquista. Sabemos que está en el monte, en Cuenca o en el Maestrazgo.
—¿Se fugó? La raptarían —objetó Palá—. ¿Cómo lo sabe?
—Para el caso es lo mismo. El tipo aquel es un tipo de cuidado. Llámelo como quiera.
Matías Palá estuvo silencioso unos instantes. No acababa de confiar en la persona con quien estaba hablando. El conocimiento que parecía tener de la conducta de su sobrina, la bandera republicana que le servía de dosel, el misterio de aquel despachito solitario no le tranquilizaban.
—Me figuro que no acaba usted de confiar en mí. Soy el agente Santillana del Mar, y estoy aquí sustituyendo al agente Numancia, que ha salido hacia Burdeos. Lo de su sobrina nos fue encomendado por la jefatura de Contraespionaje, para que usted no tuviera tentación de ocuparse de ella. En cuanto a esta bandera es simplemente un ardid ingenuo. Este despacho pertenece oficialmente a un gestor administrativo muy republicano, que no desdeñaría ocuparse de sus asuntos con tanta ostentación de su patriotismo. Bien: vamos a lo nuestro —prosiguió—. Es preciso que enlace con el camarada Guadiana, ese es su nombre supuesto, quien le informará de las características de su labor. Deberán encontrarse en lugares abiertos, cambiando cada vez el lugar de la cita. Hace unos días han hecho una redada copiosa. Entre otros, ha caído don Licinio Álvarez Carranza, que estaba escondido y en quien confiábamos para una misión urgente e importante. Usted tendrá que multiplicarse por todos ellos.
Matías Palá atendía sin chistar.
—Contra lo que pudiera parecernos, los reveses militares, en lugar de distender la moral, la han hecho más dura. El poder se está volviendo más personal, mejor organizado, más jerárquico y, por lo tanto, más eficaz. Desde el Alzamiento hasta fines de 1936 no fue más que pura anarquía y dilapidación. A partir de entonces hasta hace un año fue una lucha sorda entre diversas facciones. A este último período corresponden la disolución del llamado Consejo de Aragón, la convocatoria de elecciones en el Parlamento catalán, los contactos de Azaña con Bosch Gimpera y Pi Suñer para encontrar una vía de entendimiento. Pero eso se ha acabado, como acabó Largo Caballero. Ahora manda Negrín, en contacto estrecho con los rusos, que entienden de eso. Ya ve usted la consigna: resistir. Negrín y su amigo Borredá confían en una extensión general de la guerra. Pero está por ver. Entre tanto, ellos poseen un ejército que no poseían al principio. Han conseguido por fin disciplinar a aquella turba. Lo que no es tan seguro es que puedan mantenerla en su moral. Pero darán un golpe.
—¿Cree usted que es útil mi antigua amistad con Borredá?
—Si he de serle sincero —repuso el otro—, creo que en las circunstancias actuales eso más bien puede perjudicarle. Ni Borredá ni Negrín titubean. Están en manos de los otros. Es ingenuo pensar que Borredá se va a permitir una debilidad cualquiera. De momento tiene usted que renunciar al primitivo plan y limitarse a sus contactos con el agente Guadiana. Se encontrarán mañana en la Plaza de Letamendi. Él estará sentado en uno de los bancos y llevará en las manos un ejemplar de La Nouvelle Revue Française. ¿Entendido?
—Sí, señor.
Se despidieron. Al salir a la calle Matías Palá se sintió sumergido en un mundo de confusión y delirio.
Había cruzado otra vez media España, con escalas en los hospitales, en las trincheras, en los campos de concentración, para convertirse de nuevo en un ser apócrifo, en un elemento clandestino que ignoraba su misión y que se disponía a recibir órdenes confusas de otro elemento desconocido en un banco de piedra de una plaza barcelonesa. Antes había hecho la guerra. Ahora estaba a merced de la guerra. Como los demás, como todos los demás.