XIX

SEGURO QUE DE HABER PODIDO ver en vida el lugar que le había sido destinado para reposar después de muerto, Miguel Llobet lo hubiera aprobado.

El cementerio estaba alejado del pueblo. A él se iba por un camino de carro, que avanzaba por una llanura entre una doble fila de cipreses. El cementerio parecía un modelo de aquellos que había pintado a fines de siglo el pintor Modesto Urgell.

Tampoco hubiera refutado el modo y la hora en que se verificó su sepelio. La caja de madera sin barnizar fue colocada en un carro de labranza tirado por un poderoso macho. Un soldado iba sentado en la pequeña plataforma que servía para asiento del carretero, en la vara de la derecha. Detrás del carro, a pie, marchaban Carlos Rius y el capitán-fraile. La hora era la del ocaso. También era esa la hora que hubiera agradado a Modesto Urgell para la descripción pictórica de su cementerio. El horizonte se inundaba de oro, había una portentosa lucha sanguinolenta entre las nubes de poniente, que parecían estallar en mil destellos dorados o carmesíes sobre un cielo azul pálido y difuso.

El capitán-fraile leyó en latín frases de un breviario que llevaba en el bolsillo. A Carlos Rius le pareció colegir que el día no era más que un día de tránsito, que se aproximaba el día de la justicia verdadera y que el testimonio de la verdad prevalecería sobre los falsos testimonios de esta vida.

Luego un hombre, el guarda del camposanto, empezó a lanzar tierra sobre el ataúd de madera sin pulir y se oyó el ruido áspero con que se iba cubriendo para siempre el arca con los restos de Miguel Llobet.

Era triste que una vida tuviera que terminar de aquel modo. Carlos Rius intentaba consolarse pensando que Miguel Llobet estaría seguramente gozando de una vida mejor que esta, que estaría contemplando en paz, con un infinito sosiego, las jambas de la eternidad, que allí se le ofrecería en risueño panorama la contemplación templada de todo el Universo, que estaría en presencia de Dios… Era inútil: todo ello no le resarcía, todo ello no le consolaba. El ruido de la tierra al caer sobre la caja de madera era irreversible, ofuscaba todo lo demás.

Hizo la señal de la cruz y se retiró, camino adelante, en compañía del capitán-fraile. Se dirigieron al pueblo por el camino que habían recorrido para ir al cementerio. Cuando llegó al puesto de mando, Carlos Rius se dirigió al comandante. Le pidió que le dejara incorporarse a las fuerzas de primera línea, que le liberara de la obligación que tenía de estar en la Plana Mayor. El comandante se caló el monóculo y le observó de arriba abajo.

—Veo que le ha afectado mucho la muerte del muchacho. ¿Se apreciaban ustedes mucho?

—Era como mi hermano mayor —dijo Rius—. Su padre era el hombre de confianza de mi abuelo. Con el tiempo, él hubiera sido mi hombre de confianza.

—Bien. Dentro de unos días le dejaré a usted ir a incorporarse a la compañía que avanza, siempre que vaya con usted el capitán. (Se refería al capitán-fraile). Y quiero que de todos modos me den un parte diario de su situación. No sé si sabe que a través de Olga Campa me he hecho responsable ante su madre de la suerte que usted pueda correr. Y no crea que esté garantizada. De momento las fuerzas están enfrascadas en dominar una pequeña resistencia en el bosque y no saldrán de allí hasta tener la seguridad de que no queda en él un solo enemigo. Una vez limpio el bosque, seguiremos adelante.

Durante muchas noches a Carlos Rius le costó trabajo conciliar el sueño. No podía dejar de pensar en Miguel Llobet. Le habían sido entregados sus pertrechos personales y no hacía más que recorrer las hojas de la agenda que le había sido confiada. Aparte de las anotaciones personales, de citas y momentos diversos con datos absolutamente íntimos, había en ella una especie de diario sintético desde los días de Teruel hasta el de su muerte. Un año entero de guerra estaba allí, con sus fríos, sus hambres, sus miedos. Un año de nieve o de lluvia, de sopor o de tiros, con el polvo y la pólvora de Pándols, el lamento de los heridos, la marcha incesante hacia delante, el parón del Ebro, las perspectivas fogueadas del río, la peripecia sangrienta de la batalla. Miguel Llobet vivía en aquellas páginas con unos caracteres definidos. Se afincaban en ellas su desprendimiento y la intrépida exaltación de poeta que campeaba en su ánimo. A veces los comentarios de un día eran una simple estrofa, una cuarteta solitaria.

No voldria morir

Sense tornar a escoltar la veu

de la campana de la Seu

que em desvetllava adés cada matí…

A veces, en su diario, Carlos descubría referencias a él o a la figura de su abuelo. Se admiraba al advertir el profundo sentido reverencial que animaba cada una de esas referencias. Carlos podía comprender muy bien que Miguel Llobet sintiera una devoción y un respeto acentuado por la figura de don Joaquín, pero se le hacía difícil imaginar que esa veneración tuviera que ampliarse hasta llegar a afectarle a él personalmente. Era más joven que Miguel, su figura y su presencia eran aún muy leves para que pudiera ser sujeto de entusiasmos y de adhesiones. No comprendía cómo el joven Llobet había puesto en él tanta confianza.

Carlos Rius contemplaba, a la luz de la vela que le iluminaba —la electricidad había sido cortada cuando llegaron a aquellos andurriales—, el contenido de la agenda de Miguel Llobet. Y se entretenía mirando una y otra vez la fotografía de la madre de la hermana, que Miguel le había mostrado unas semanas antes en su habitación de Mora de Ebro. A solas con aquella imagen le invadía una honda emoción.

Volvía a contemplar el rostro dulce y blanco de Isabel Llobet y le estremecía pensar que sería él, con seguridad, el encarga do de comunicar a ambas mujeres la suerte de su hijo y hermano. Se le ponía un nudo en la garganta. Sabía que la madre de Miguel era una mujer fuerte, animosa y capaz de entereza y resignación. E intentaba desentrañar en el rostro de la muchacha si sería también digna de la condición de su madre y de su hermano. Veía aquellos rasgos finos y se chapuzaba en el lago claro de los ojos; a medida que los miraba sentíase prendido de ellos. Sí, ella era digna de los caracteres familiares y aceptaría la realidad sin histerismos y sin escenas. Solo al pensar en aquello de que iba a ser emisario sentía una gran excitación. Siempre había imaginado que entraría en aquella casa acompañado de Miguel Llobet.

Por fin, en la segunda quincena de enero el capitán-fraile y Carlos Rius avanzaron por la carretera y se adentraron en el bosque. Se incorporaron a la compañía en un paraje nombrado Torrebosqueta, en medio de la espesa vegetación. Los soldados estaban desparramados por el monte. A media mañana se oyeron algunos tiros y poco después compareció en el campamento un grupo de soldados que llevaban prisioneros a dos docenas de fugitivos republicanos, a los que habían atrapado cuando huían en dirección a Villafranca. En los interrogatorios se echaba de ver que aquellos elementos estaban ya completamente desengañados de las consignas republicanas. Hablaban sin embozo del fracaso de los rojos, que daban por descontado, y, lo que resultaba más significativo, parecían no tener ningún cuidado de lo que pudieran pensar sus compañeros cuando se expresaban así. Daban nombres, cifras y datos sin ningún rubor y con ello significaban que la inmensa mayoría de la población, en zona roja, compartía sus propios impulsos.

Fueron llegando grupos de desertores y algunos prisioneros, que no hacían más que confirmar que sus fuerzas se hallaban en plena derrota, que de hecho estaban en desbandada y que lo que había detrás de ellos no era más que caos, deserción y ganas de acabar la guerra. El capitán Sieso, que mandaba las fuerzas del bosque, empezó a interrogarlos y comunicó telegráficamente al comandante Santelmo que varios de ellos habían dicho que en Barcelona se estaban preparando para evacuar la ciudad, que no había asomo alguno de resistencia y que lo que convenía era apresurar la presión de las tropas para encontrarlos en esa situación de ánimo. Pero al cabo de dos horas el comandante contestó que siguieran limpiando el bosque y actuando como hasta entonces.

Seguramente en el Alto Mando se pensaba que era mejor dejarles la puerta de la frontera abierta que obligarlos a defenderse y atacar.

Al día siguiente avanzaron por dentro del bosque y por la carretera. Era un día frío; los humos y la neblina daban al paisaje un tinte melancólico. Fueron ocupando el puerto del Ordal y luego descendieron por la carretera. Siguieron por ella cruzando los bosques que la enmarcan. La neblina parecía poner una masa floja y pegadiza en los árboles y arbustos del camino. De vez en cuando se oía el fragor de unos disparos, pero el avance se hacía sin dificultad. Caminaron hasta media tarde por el camino, con las debidas precauciones, siguieron las curvas de la carretera después de Vallirana y de Cervelló y de pronto vieron dos tanques parados frente a una casa de payés. Uno de los tanques empezó a disparar contra ella. El otro siguió avanzando por la carretera, sin disparar.

Llegó un soldado de Comunicaciones con un papel, que entregó al capitán Sieso. Este lo leyó.

—Una pequeña partida de rojos se ha hecho fuerte en esa masía —dijo—. Hay que ir a conquistarla. Vamos, Rius. Coja a unos cuantos muchachos de su confianza y vamos para allá.

Pronto estuvieron elegidos los muchachos. Los señaló con el dedo.

—Venga, sin bromas. Vamos a echarlos de ahí.

El tanque seguía disparando. Ellos avanzaron por el campo, que era de rastrojos y tenía un tono amarillento suave a la luz del sol. Se oyeron silbar algunas balas.

—Agachaos, despacio. No hay que precipitarse.

Fue arrastrándose y avanzando hasta quedar cerca de la masía. Se veía asomar por una de las estrechas ventanas el cañón de un fusil. Lamentaba tener que arañar aquella bella arquitectura del siglo XVI con sus bombas de mano. Pero lo hizo. Echó el pequeño artefacto con tanta fuerza como pudo; en una larga parábola siguió un fuerte estampido. Luego los soldados echaron a correr por el campo, en dirección a la casa. Por la puerta se vio aparecer una bandera blanca atada a un palo. El tanque no la había visto y disparó aún un par de zambombazos.

—Oye, tú. Dile a esos que paren.

Se vio salir por la puerta de la masía una serie de sujetos que ponían sus manos en la nuca. Carlos y los soldados se fueron acercando a esperarlos. Los cacheaban y los hacían formar. Uno de ellos no hablaba español.

—¿No sabes que las Brigadas Internacionales ya se han retirado? ¿Qué haces aquí?

Cuando se lo dijeron al capitán Sieso, este pidió que se lo acercaran para interrogarle.

Se trataba de un comisario político; no fue parco en hablar; se expresaba en francés y dijo que habían sido enviados a la masía con la orden de retrasar en lo posible la llegada de los nacionales al Llobregat, donde los republicanos pensaban hacerse fuertes. La orden era parapetarse en la orilla izquierda del río y la consigna era hacer de él otro Manzanares. Los rojos tenían la pretensión de repetir con Barcelona la experiencia del Madrid resistente.

Una vez que el capitán hubo transmitido todo ello al puesto de mando, se pusieron nuevamente en marcha. Fueron descendiendo por las curvas de la carretera y a campo traviesa, hasta cruzar el pequeño túnel por el que pasaba la vía del tren. Pasado el túnel se advertía ya el cauce del río y el largo puente de piedra de otros tiempos, que por cierto estaba intacto.

El comisario había dicho que habían recibido órdenes de que el puente fuera volado. Y, en efecto, descubrieron a unos sujetos, seguramente dinamiteros, que estaban trabajando en uno de los arcos centrales. El capitán Sieso dio la orden de disparar contra ellos.

—No tiréis a dar. No sabemos qué carga llevan y no quisiera exponerme a hacer volar el puente. Con que oigan silbar las balas me basta. Hay que obligarlos a huir, hay que evitar que lo vuelen.

Los soldados empezaron a granear el fuego sobre los individuos. Se les vio agacharse, intentando pasar inadvertidos, escabullirse. Al fin, algunos de ellos empezaron a huir. Pero quedaron aún tres o cuatro, que seguían trabajando.

—¡Malditos! Estos perros quieren de todos modos salirse con la suya. Y nos retrasaremos unos días si nos quedamos sin puente. Nos es indispensable no interrumpir el avance, pasar al otro lado…

Llamó a un soldado con un fusil ametrallador. Le indicó con un gesto dónde estaba el objetivo.

—Ahora, tira a dar. A ver qué pasa.

El soldado apretó el arma contra su vientre y apuntando a los que estaban bajo el arco del puente, disparó una larga ráfaga. No les dio, pero vio cómo los otros dejaban caer herramientas y bultos y empezaban a correr, a través de los charcos, hasta la otra orilla.

Pero en aquel mismo instante los de la otra orilla empezaron a disparar. Se oían silbar los disparos. En el túnel del tren sonaron las explosiones del tiroteo efectuado desde el tanque rojo: intentaban igualmente interrumpir el paso de las tropas por aquel lado.

Era una zona pestilente, plagada de mosquitos. El río estaba prácticamente seco y no quedaba más agua que la de unos charcos, en los que revoloteaban insectos de toda especie.

—Venga, a ver si los echamos. No me gustaría tener que quedarme aquí esta noche —animaba el capitán Sieso.

Entre tanto, un nuevo grupo se acercaba al arco del puente, en el que por lo visto habían dejado a medio disponer la carga con que pensaban volarlo.

Iban adelantándose entre los matorrales y los palmitos de los charcos, escondiéndose en ellos y avanzando con sigilo.

—Debe de faltarles muy poco para concluir su obra y no están dispuestos a dejarla así. Pero hay que impedírselo.

El soldado del fusil ametrallador volvió a disparar. Uno de los tanques nacionales se había dado cuenta de la situación y dirigió su torreta hacia ellos. Se vio cómo estallaban unos proyectiles en la base del puente. Pero los zapadores seguían con su labor, impertérritos.

—Di a Gil y a Martínez que vengan —ordenó el capitán a su asistente.

A poco llegaban dos soldados. El capitán los abordó:

—Os vamos a cubrir desde aquí. Se trata de que os acerquéis a aquellos rojos que hay bajo el puente. Están colocando las cargas para volarlo. Quiero que lo evitéis. Id para allá y tirad a dar.

—Bien, mi capitán. A la orden.

Los soldados avanzaron entre la maleza del río. Se les veía adelantar como simios o como reptiles. Los del otro lado no los habían visto y ellos podían avanzar.

Llegaron muy cerca de los zapadores rojos, apenas a unos veinticinco metros. Lanzaron unas bombas de mano y con la humareda que siguió dejaron de verse los otros. Al aclararse el humo se vio a los dos soldados de pie, disparando con los fusiles al hombro. Pero enfrente ya no había nadie.

—¡Bravo! Lo han conseguido. Vamos adelante —ordenó el capitán.

Las tropas empezaron a cruzar el puente sobre el Llobregat. El capitán Sieso estaba eufórico.

—Los mosquitos dan una moral muy elevada —decía—. Ellos son los que nos han espoleado para salvar el puente —y se rascaba ferozmente en el cuello y en los brazos.

Mientras cruzaban el puente iban cantando:

Carrascal, carrascal,

qué bonita serenata…

Eran centenares de voces las que cantaban esta canción con una voz unánime y potente. Carlos Rius avanzaba entre ellos sin cantar. Echaba de menos en aquella ocasión a Miguel Llobet. Él sí hubiera cantado por todos los demás. Le echaba de menos en la entrada en Barcelona, de la que tanto habían hablado, que era su proyecto máximo, su ambición dorada. Todos los que avanzaban cantando parecían imbuidos de la inminencia de la toma de la ciudad. Pero parecía que hubieran olvidado a los que habían muerto, que dejaran caer sobre todos ellos el velo áspero de la ingratitud.

Se adentraban en Molins de Rey; el capitán Sieso se acercó al alférez Rius y le dio una orden.

—Acaban de ordenarme que despliegue una parte de la fuerza con dirección al monte, por la carretera que va desde aquí a Vallvidrera. Y la otra parte que siga por aquí, para entrar en Barcelona por la Diagonal. De modo que usted queda al mando de las tropas que irán por Vallvidrera y yo sigo por la carretera general. ¿De acuerdo?

—A la orden, mi capitán, lo que usted mande.

El alférez Rius, al mando de un grueso contingente de tropas, se desvió, pues, por la carretera interior. Desde la esquina de la calle le saludó con el brazo el capitán, despidiéndose.

—Adiós, Rius. Hasta Barcelona.

El capitán Sieso quedó al mando de un par de centenares de hombres y siguió por la carretera. Las casas de Molins de Rey estaban cerradas. De vez en cuando, en algunas de ellas, asomaba un rostro de mujer a través de las celosías o tras los balcones. Era una ráfaga veloz, desconfiada.

Pronto pasaron a cobijarse bajo el toldo de los anchos plátanos de la carretera, que tenían una gesticulación desmedrada y agónica, vacíos de toda vegetación.

Se veía avanzar a los mulos con la impedimenta y el paso lento y cansado de la tropa, cargada con la mochila o el macuto. Habían dejado ya de cantar.

Avanzaron durante mucho rato por la calzada sin encontrar dificultad. Estaban llegando a las puertas de San Feliu. En la entrada de la población vieron que se elevaba al cielo una densa columna de humo negro. Era la gasolinera de la entrada a la población, a la que habían pegado fuego. O quizás el fuego fuera accidental. El caso es que había dificultades para cruzar la carretera y seguir avanzando. Las llamas alcanzaban varios metros y en el pueblo, desierto, parecía que no hubiera nadie dispuesto a echar una mano para dominar el incendio.

—¡Eh, tú, muchacho! ¿Dónde está la gente de este pueblo? El chico salió corriendo.

Estaba oscureciendo y, a medida que la luz decrecía, iba aumentando el resplandor siniestro. Al cabo de un rato el capitán vio como salían unos hombres de una taberna, que hasta entonces había aparecido con la puerta entornada. No se atrevían a acercarse, pero el oficial los llamó.

—¿Dónde ha ido la gente de la gasolinera?

—Estaba requisada. Se han marchado…

—¿Nadie sabe qué cabida tiene el depósito?

—No, no se sabe. Eran forasteros. A los que había antes los mataron.

—¿Y vosotros qué hacéis aquí parados? ¡Venga, a ayudar!

—No hay agua, señor. En todo San Feliu no hay una gota de agua.

—¡Buena la hemos hecho!

El capitán dio orden de acampar allí mismo. Puso un retén en las proximidades del fuego, para evitar que este se propagara. Los otros se echaron a dormir sobre los macutos.

Las llamas se elevaron al cielo durante casi toda la noche. Pero ello no impidió que los soldados durmieran con un sueño profundo, total.

La llama de la gasolinera iluminaba sus cuerpos con claroscuros de oro, mientras unos cuantos soldados en vigilia hacían la guardia nocturna y transitaban entre los cuerpos tumbados.

La noche parecía estar cargada de presagios, llena de los signos de la espera. El capitán Sieso escuchaba aquel silencio solo roto por la crepitación y el burbujeo del fuego. Su rostro parecía escudriñar en la penumbra y estaba lamido por el fulgor cambiante y el resplandor de oro de las llamas. Pasada la media noche vio dos bultos que se le acercaban por la carretera. Uno de ellos iba montando un caballo blanco. Era el comandante Santelmo. El cristal de su monóculo ponía un punto de luz mínimo y audaz en la oscuridad. Su acompañante era el capitán-fraile, que contra lo proyectado había vuelto al puesto de mando y permanecido con el comandante unos cuantos días.

El comandante no podía dormir y había avanzado hasta llegar a primera línea. Allí abordó al capitán Sieso.

—Hay que entrar en Barcelona mañana, como sea. He movilizado los coches de bomberos de San Vicente, San Baudilio y Molins de Rey. Los soldados se harán cargo de ellos. Es preciso que pasemos todos, y en primer lugar los tanques. A primera hora hay que emprender la marcha.

Su mirada tenía el apremio y la nerviosidad de las grandes exigencias. Parecía que, a punto de coronar la obra de la guerra, los nervios empezaran a fallarle. Era aquella la hora de la gran decisión.

—Pasado mañana tiene usted que decir una misa en la Plaza de Cataluña, capitán —dispuso, dirigiéndose al dominico—. Será nuestra mejor acción de gracias.

Parecía que le impusiera la rotundidad de aquella victoria que estaban a punto de obtener. Cierta inquietud, una precaución enervada, alteraban los rasgos finos de aquel hombre. Miró a lo alto y alrededor, contemplando la línea oscura de los montes que circunvalaban el panorama hasta el río.

—Miren. Veo por allí, en todo lo alto, la luz de las fogatas de nuestras tropas, ¿no la ven? Los nuestros están ya en las cumbres. La victoria es nuestra —exclamó, radiante de alegría, sin poder contener su gozo—. ¡Por la Santísima Trinidad que mañana entraremos en Barcelona!

El monóculo tintineó unos instantes en la cuenca de su ojo y luego cayó sobre su abdomen, mientras él hacía dar una vuelta a su caballo y se ponía de cara al río.

—Mire allí. Ahora cruzan el puente los coches-bomba de San Vicente. En cuanto lleguen, que vacíen el agua en el depósito de gasolina. A primera hora tenemos que ponernos en marcha. Y se retiró. El capitán-fraile y el capitán Sieso le vieron partir como un loco sublime en espera de los coches-bomba.

La proximidad de la ciudad se hacía evidente. Se notaba en un polvillo precursor, en una especie de exudación inmensa que parecía venir del otro lado del monte y llenar la atmósfera.

Se oyó el ruido de los camiones de los bomberos. Luego llegaron los coches de San Baudilio; a ellos se sumaron los vehículos de Molins de Rey. Todos empezaron a echar agua con las mangueras sobre el depósito de gasolina que estaba ardiendo. La llama decreció y pronto permitió el paso de algún vehículo por el otro costado de la carretera. Los coches hicieron varios viajes para cargar más agua. Al amanecer, del depósito de gasolina no salía más que una densa columna de humo. Era una negra columna vertical que se elevaba al cielo.

—Parece el rastro de humo del sacrificio de Caín —dijo el capitán-fraile.

En efecto, la humareda tenía un tinte siniestro de holocausto bíblico en la difusa luz del amanecer.

Los soldados se pusieron en marcha. Después del sueño eran como tercos fantasmas clavados en el paisaje, imágenes frágiles y tambaleantes enroscadas en el gris de la mañana. Al frente de ellos había vuelto a aparecer el comandante Santelmo. Su cuerpo engurruñido se curvaba en su espalda, y sobre su pechera impecablemente abrochada se apoyaba el lacio mentón. Avanzaba a lomos de Revérter con una voluntad ciega, sin abrir la boca, como una fuerza indomeñable de la naturaleza, como una piedra arrastrada en un alud. Los flecos de la luz empezaban a esparcirse por todo el panorama. Los árboles demacrados y silentes amanecían en la vaguada polvorienta. Detrás seguía un estrépito de carros de combate y el ruido monótono de las botas de los soldados al arrastrarse por los adoquines de la carretera.

Avanzaban y se aproximaban cada vez más a la ciudad. No faltaba sino coronar la cuesta de San Justo. Cruzaron el paso a nivel sin detenerse. Los carros de combate armaron un estrépito infernal al pasar sobre las vías del tren. El comandante se paró y volvió hacia los carros, hasta que estos hubieron pasado.

Luego siguió adelante al frente de las tropas hasta coronar la cuestecilla y entrar en el poblado. De hecho, éste era un barrio de Barcelona, la última encrucijada antes de entrar en la ciudad. El sol acababa de salir por el horizonte e inundaba todo el panorama de una luz insinuante. El comandante entró al paso lento del caballo.

De pronto, desde uno de los pisos altos de una de las casas que había junto a la carretera salieron unos disparos. El caballo se encabritó y el comandante Santelmo pudo saltar de él y quedar de pie a su lado mientras se calaba el monóculo, y, sacando su pistola, apuntaba al sitio de donde le parecía que habían partido los disparos. El blanco caballo pataleaba, tumbado en el suelo. Una bala le había entrado por la paletilla izquierda. Otra extendía un gran manchón granate sobre la piel blanca de su vientre.

El capitán Sieso llegó a su lado. Comprobó que al comandante no le había ocurrido nada. Le dijo:

—Ha sido desde el cuarto piso de esa casa. He visto como asomaba el máuser en un balcón. He enviado unos soldados a que subieran.

—No hay que confiarse. Durante unos días es probable que las casas de algunos barrios estén llenas de «pacos» y de sujetos que seguirán haciendo la guerra por su cuenta. Diga a los soldados que no se confíen y que anden con cuidado. Sería triste morir en esta hora.

En una de las casas había un café, las puertas del cual estaba abriendo un hombre. El capitán Sieso, el capitán-fraile y el comandante Santelmo entraron en él.

—Siento haber sacrificado el caballo tan cerca del fin. El alférez Rius lo sentirá. Era un buen animal, dócil y muy útil. ¡Quién sabe de dónde habría salido!

—Mejor así que acabar en el ruedo, sirviendo de carnaza a los toros. Es como este hubiera acabado.

—A propósito, salga usted fuera y dele un tiro; acabe con él, para que no sufra inútilmente.

El capitán Sieso salió, y a poco se oyó el eco de su pistola al dispararse.

El hombre del café les sirvió un brebaje al que llamaba café, pero que no era más que el resultado de la cocción de algunas hierbas indescifrables. Poco después llegaban el cabo y los soldados que habían subido al piso de donde habían partido los disparos. Llevaban consigo, arrastrándola, a una mujer.

Era una mujer joven, no exenta de atractivos, que miraba a todos con una mirada desenvuelta, desafiante y agria. El comandante la observó olímpicamente, desde el antifaz de su monóculo. No le hablaba directamente a ella, sino a través del cabo.

—Pregúntele cómo se llama. Usted, soldado, tome nota de lo que vaya diciendo.

Pero ella no contestó. El soldado explicó lo que había pasado:

—Era ella la que disparaba. Vive con un viejo, que no hacía más que excusarse. Dice que está loca desde que mataron a su novio, que era de la división de Líster. Ha esperado a las tropas con el fusil del novio.

—Pregúntele si sabe que ha estado a punto de matarme; pregúntele también si sabe lo que le va a ocurrir.

Por toda respuesta ella escupió contra el comandante, que se sacó el monóculo de la cuenca de su ojo y lo empezó a frotar. No obstante, se sobrepuso.

—¿Qué hacemos, mi comandante? ¿Formo un piquete?

—No, no, capitán. Vigílela bien, átele las manos y con dos soldados la lleva a donde está la Comandancia de las fuerzas de Seguridad.

El capitán Sieso dio al cabo las órdenes correspondientes.

Hicieron que retiraran el cuerpo tumbado del caballo para que los tanques y las tropas pudieran pasar. Luego siguieron su camino.

Al llegar a la vuelta, caminaron por la carretera que llevaba a la ciudad. Desde ella se veía, a lo lejos, el mar. Una tenue neblina se afincaba perezosa sobre el llano.

Y al final del camino se mostró, amplia, ubérrima, castillo de mil torres y pasillos, la magnificencia de la ciudad. Habituados a la contemplación de los pueblos y villorrios de aquel largo camino, los soldados pararon un momento para contemplarla. La extensión urbanizada era inmensa. Por doquier sobresalían campanarios y chimeneas. No obstante, parecía un monstruo dormido o muerto. Ni un solo sonido emergía de ella. En aquella mañana parecía la capital del silencio. Los soldados la contemplaban con pasmo y detuvieron su marcha.

Carlos Rius había ascendido por los caminos que llevan a la cumbre del monte. Los soldados avanzaban a su lado con un porte pesado y cansino. La oscuridad era total. Se habían puesto a descansar en las quebradas de la montaña. A un lado se vislumbraba, en una ladera decreciente, un vasto panorama de brezos, de encinas y de pinos. Más abajo, apenas presentido, el valle donde se asentaban docenas de pueblos, de ciudades y de villorrios. Todo ello estaba sumido entonces en la oscuridad, mas parecía que de ella surgiera el aliento que hacían al respirar los pulmones de Manresa, de Sabadell y de Granollers, junto al latido múltiple de docenas de corazones rupestres: Rubí, Sardañola, San Cugat, Mollet… Una inmensa población descansaba a aquella hora en espera de la jornada siguiente, que habría de implicar para ella el suceso de la paz, aún difícil de imaginar.

Habían acampado en las proximidades de Santa Creu d'Olorde. El templo románico era un vestigio de aquel medievalismo religioso que asentaba en el monte ermitas o cenobios que eran marcas de la fe y que estaban a cargo de unos frailes, mitad eremitas, mitad militares, que eran los vigías y adelantados de la comarca contra las incursiones sarracenas. En los tiempos en que la ermita fue construida, Barcelona estaba todavía muy lejos, era un centro urbano insignificante, colocado a la vera del mar que bullía allí abajo. Barcelona estaría entonces a merced de los piratas berberiscos, que de vez en cuando arremetían contra sus fortalezas para llevarse como botín algunos arcones repletos de doblones o la palpitante y asustadiza juventud de sus muchachas, que irían a parar a las alcobas de algún rico mercader de Fez o de Argel y se harían viejas en la falsa molicie de algún harén de Estambul o de Damasco. Santa Creu d'Olorde era entonces la segunda línea defensiva, el lugar adonde primero podrían llegar los fugitivos de la invasión para ponerse a salvo. Aún conservaba trazas de esta calidad defensiva, pero sus días de gloria por la fe habían pasado. No quedaba nada más que sus paredes nobles. Su interior había sido arrasado por la revolución.

Hacía frío y los soldados entraron en el interior de la iglesia para pasar la noche. En el llano que había frente a ella, encendieron una fogata. En el monte, siguiendo una línea casi recta, se advertía una sucesión de otras fogatas que iban delineando el lugar donde se hallaban apostadas las fuerzas de los nacionales. Carlos Rius envió unos enlaces a establecer contacto. A su lado, a la izquierda, había fuerzas de la Cuarta Bandera del Tercio. Eran tipos forzudos, ariscos y singulares, muchos de los cuales cubrían su ancha faz con una barba poblada, que les daba la apariencia de seres mitológicos. Estaban fogueados por mil batallas y habían sido en gran parte los autores de aquel avance espectacular. Al lado, a la izquierda, había fuerzas del Primer Batallón de Mérida, del ejército de Navarra; también estos habían desempeñado buen cometido en la campaña. Eran muchachos del norte, tocados la mayoría de ellos con la boina roja de los Requetés, lamidos por las balas, en el pecho el detente que les había impuesto la mujer o la novia, allá en los riscos de la sierra de Andía o de Aralar. Si era frecuente en la guerra que la soldadesca se lanzara a cantar canciones libidinosas o que anduviera con chistes u ocurrencias procaces, en las que se mezclaba lo erótico y sensual con lo irreverente, los muchachos del Cuerpo del Ejército de Navarra, que eran más ruidosos que todos los demás juntos, no tenían nunca una palabra soez, ni aludían a nada que no pudiera ser bendecido por la Santa Madre Iglesia. Habían llegado a las puertas de Barcelona con el mismo ánimo con que una mañana de julio de un verano, hacía más de dos años, habían emprendido la marcha para limpiar a España de toda hez, la que consideraban pestilente y lúbrica. Con el mismo ánimo con que habían salido al monte sus abuelos un siglo atrás.

Los enviados de Carlos volvieron con un pequeño grupo de gente de aquellos dos ejércitos. A punto de entrar en Barcelona era la primera vez que se establecía contacto entre ellos, desde el Ebro, como contagiados de la nerviosidad que la fecha entrañaba. Vinieron un cabo de la Cuarta Bandera del Tercio, mocetón gigantesco que cubría su enorme cabeza con un gorrito ladeado que parecía bailar sobre su espesa pelambrera; con él iban tres legionarios, uno de ellos con una gran cicatriz que le hendía toda la mejilla derecha y daba a su cara un rictus siniestro. Los muchachos que llegaban del Batallón de Mérida eran dos: Ignacio Lisarrain, un alavés de Vitoria con el pelo ensortijado, la cara rubicunda, una voz de tenor y un pecho prominente; y un muchacho esmirriado, tímido y enteco, que miraba con unos grandes ojos, bellos y pasmados, y que parecía asombrado por el hecho de estar a las puertas de Barcelona, a punto de tomar la ciudad, y en aquel lugar doblado de un signo militar y religioso durante la noche de espera.

Habló el cabo del Tercio:

—Nos envía el general para que establezcamos contacto con las otras fuerzas del Cuerpo del Ejército Marroquí que, bordeando el mar, están ya en el Castillo de Montjuïc. Todos debemos caer sobre la ciudad al mismo tiempo. Tres de nosotros, y yo el primero, tenemos que cruzar la ciudad y llegar a Montjuïc antes del amanecer. Los otros esperarán aquí por si hay que volver a enlazar con las fuerzas de origen.

—¿Quiénes son los que irán con usted?

Todos se apresuraron a proclamarse voluntarios para aquella descubierta, pero el cabo eligió a Ignacio Lisarrain, al legionario de la cicatriz, y a otro de los legionarios. En seguida se pusieron en marcha, avanzando por la carretera en dirección a Vallvidrera.

Los demás se quedaron sentados junto a Carlos, a la vera del fuego. En el interior de la iglesia dormía el resto de los soldados que subieron con él. Había en la noche un sopor vigilante, una inquietud extraña, como si se sintiera, cruzando por la línea del monte, el insomnio de toda la ciudad, que velaba allí abajo. La ciudad no se veía aún; estaban en la otra vertiente del monte, la que daba a los valles del norte de la ciudad; pero parecía oírse el sonido de su palpitación y parecía también que las fulgentes estrellas de aquel mes de enero hirieran la retina con un esplendor despierto.

No había recelo, ni precaución, ni sigilo, ni miedo. Uno de los elementos del Tercio se puso a cantar a pleno pulmón:

Soy del Tercio y no me mandan;

no hay más que mi capitán;

no espero más que la paga

y la orden de avanzar.

—¿Por dónde habéis entrado vosotros? —preguntó Carlos en cuanto el otro hubo acabado de cantar.

—Hemos venido por la carretera general, por Cervera e Igualada.

—¿No habéis tenido cacao?

—En esta última ciudad y en los Bruchs, al lado de Montserrat. Allí han intentado aguantar, pero los hemos barrido. La aviación nos ha abierto el camino. Una parte de la División los ha seguido hasta Manresa y nosotros nos hemos dirigido aquí.

—Mi alférez, usted es catalán, por lo que veo. ¿Qué efecto le produce entrar en su casa?

—Un efecto muy raro. La verdad es que no lo imagino todavía. Aún no he visto la ciudad.

—¿No la ha visto? Desde nuestra posición la contemplamos a todo lo ancho. ¿Quiere que vayamos a verla?

Carlos Rius estuvo dudando. Total, no llegaría ni mucho menos a la hora de camino para ir y otra para volver. Le dijo a un sargento que estaba de guardia que iba a hacer una descubierta.

El alférez y los dos legionarios emprendieron camino por el monte: la silueta de éste se perfilaba sobre el cielo, del que salía una difusa claridad en contraste con la tiniebla casi absoluta de la tierra. A través del bosque, en la negrura, destacaban de vez en cuando algunos resplandores en las casas del valle.

Era difícil avanzar sin tropezar con alguna piedra, algún tronco o alguna raíz. Finalmente, ya casi en la cumbre del monte, optaron por salir a la carretera. Caminaban llanamente y hasta parecía que el resplandor de las estrellas llegara a iluminar la franja gris del asfalto.

En lo más alto de la recta oyeron la voz de un centinela. Uno de los legionarios respondió: España, y la consigna. Los dejó que pasaran. Al cabo de unos minutos volvieron a pedirles su identidad. El legionario respondió de la misma manera.

Y llegaron al campamento donde estaba la plana mayor de la Bandera del Tercio. La carretera seguía zigzagueando hacia abajo, en curvas y vueltas que se adecuaban a las sinuosidades del monte. Abajo, muy lejos, como hundida, se veía la inmensa extensión de la ciudad, titilante de infinidad de luces. Pareció que una bocanada irrefrenable de aire nuevo inundaba el pecho de Carlos Rius. Por fin tenía a Barcelona ante sus ojos. Era una inmensa explanada en la que se presentían mil puntitos de luz. Nunca hubiera imaginado que le apareciera tan grande.

Allí había nacido, allí había transcurrido su infancia, allí vivía su abuelo, en aquella ciudad estaba él destinado a vivir en adelante. Ella era la mitad de su vida.

—Lo que yo me digo es que es mejor no tener ciudad —dijo el legionario—. Así no se tienen sentimientos.

Tan curiosa filosofía hizo estremecer a Carlos Rius.

Estuvo un rato contemplando la ciudad, como si quisiera sorber de golpe, en la oscuridad, todas sus esencias presentidas. Al fin se volvió a los dos legionarios.

—Bien. Llevadme hasta donde estén de guardia los oficiales. Los saludaré y volveremos hacia allá.

Junto a una casa de campo, apuntalada a la vertiente, había un capitán del Tercio y dos alféreces. Estaban jugando una partida de dados; en una mesilla tenían una botella de coñac. Al lado había encendida una hoguera, que llameaba a compás del viento con destellos desiguales. Más lejos sonó una voz quejumbrosa. Era un sargento que tocaba una guitarra y se acompañaba con una canción:

Si a tu ventana llega

una paloma,

trátala con cariño,

que es mi persona…

Los saludó. Pero tan enfrascados estaban en la partida de dados que prefirió no darles conversación. Con los dos legionarios emprendió el camino de regreso.

Mientras avanzaba en la noche solitaria iba rumiando lentamente acerca de la impresión que le había causado la ciudad, amplia, tendida bajo las estrellas. ¡Cuánto dolor, cuánto sufrimiento, qué de inútiles quebrantos, cuántos escalofríos caben en una ciudad! Las gentes viven apiñadas unas al lado de otras, pero les es prácticamente imposible comunicarse un mínimo de sus más íntimos sentimientos. Una ciudad así es un acopio monstruoso de millones de sentimientos que no se encuentran, de centenares de miles de desilusiones y de dolores que batallan unos contra otros a ciegas, sin encontrar la salida. Si pudiera haber un ejército que llegara con toneladas de amor, con una carga de caridad inacabable… Pero ¿dónde se encontraría un ejército semejante?

Dentro de unas horas tendría que entrar en la ciudad. Dentro de poco tendría que localizar a su abuelo. ¿Lo encontraría en aquella inmensa vorágine? ¿No habría desaparecido, como una gota de agua en un océano? ¿Encontraría a la familia de Miguel Llobet?

Al llegar a la posición entró en la iglesia de la Santa Creu. El recinto estaba lleno de soldados tumbados, que rendían allí su cansancio. Eran dos centenares de hombres que llenaban enteramente con sus cuerpos el pavimento de la iglesia, por la que era imposible andar. Estaban echados sobre sus macutos y de ellos emergía un olor pestilente a orín y a cuadra. Dormían absolutamente desprevenidos, con las bocas abiertas en una mueca incontrolada, de la que surgían ruidos, toses, ronquidos, alguna palabra inconexa, signos de una entera abstracción, de una dejación mental absoluta. Cuando empezara la paz, de aquella simiente habrían de nacer los nuevos prototipos, los que se encontrarían con una España rehecha, para los que la guerra no sería nada más que una anécdota huida, un suceso histórico pasado, algo que se escucha de labios de los viejos en las veladas de invierno. Quizás aquello en que habían puesto tanto afán, por lo que tantos habían muerto sin reclamar ningún certificado, no fuera para los que habían de nacer más que un episodio sin sentido, una vieja rencilla debatida a tiros, pero sin la grave significación que tenía. ¡Feliz la generación que naciera sin tener que aprender a tiros la lección de España! Carlos Rius contemplaba a aquellos soldados y creía que del conjunto de sus sueños dispersos se formaba una sola y magnífica premonición de paz, como una cantata solemne por la que los campos y las tierras del país empezaban a fructificar, que contagiaba a todos los seres de España, los que habían nacido y los que habían de nacer, y que con ella nunca más se hablaría de divisiones y de enconos.

Salió afuera y al poco rato vio cómo en el horizonte, del lado del mar, empezaba a surgir la luz del alba. Era un resplandor aún lechoso y turbio que se diluía a todo lo ancho del monte. El resplandor fue creciendo y, a poco, el corneta tocó los clarines de la diana. Los soldados pasaron ante el ranchero con su vaso de aluminio en la mano. El ranchero, con un enorme cucharón, fue echando en cada recipiente la oscura ración de café con leche. El alférez Rius miraba al lado de Montjuïc, en espera de que en el cielo se elevara la flecha azul y luminosa de un cohete. Sería la señal.

Observando a través de sus binóculos la cumbre del monte, el comandante Santelmo, en el llano, vio como surgía del castillo una larga estela de humo, que al fin estallaba en el cielo como una densa explosión carmesí.

Dejó caer los binóculos, se puso en el ojo la lente solitaria, recogió su caña de bambú, que había mandado que le llevaran, y dio la orden de avanzar.

La columna de soldados avanzó a todo lo ancho de la Diagonal. En aquel sector la ciudad parecía abandonada. En las pocas casas del recorrido, los balcones y persianas estaban cerrados. Era un día nublado, pero claro. En la calle no se veía alma alguna. En el asilo de San Juan de Dios había unos enfermeros que salieron a observarlos y, con ellos, media docena de chiquillos convalecientes que se acercaron a las tropas. En el interior del hospital se veían algunos heridos de guerra, que asomaban por los ventanales unas cabezas con los pelos revueltos.

Cuando llegaron a la plazuela, en el grupo de casas que dan respaldo al jardincillo circular se abrieron algunas ventanas. En una de ellas, una mujer empezó a gesticular y a lanzar grandes gritos que parecían de júbilo. Se oía indistintamente la palabra «viva» y la palabra «España». Poco después salió enarbolando una pequeña bandera española, que dejó plantada en el balcón.

El comandante Santelmo avanzaba al frente de sus tropas por una ciudad que, hasta entonces, daba pocas señales de vida. En el trayecto desde la plaza hasta la calle de Muntaner se iban abriendo paulatinamente unos cuantos balcones. De los portales salía de vez en cuando alguna figura de hombre o de mujer que se quedaba un instante pasmada y, entre asustada y curiosa, veía pasar a los soldados. Una mujer de media edad salió apresuradamente de una portería de la calle de Casanova, se acercó al comandante, le cogió una mano y empezó a besarla. El comandante la dejó hacer, entre conmovido y desdeñoso.

En el cruce de la Diagonal con la calle de Muntaner, el comandante mandó que se detuvieran. Aquel era el lugar que había indicado para esperar a las tropas que bajaban de Vallvidrera. Mulos, hombres, pertrechos quedaron a la expectativa y a la espera. Poco a poco los balcones empezaron a abrirse. Parecía que la ciudad comenzase a bullir. Ya se oían gritos. Mujeres, muchachos, hombres empezaron a salir de las casas y a acercarse poco a poco a las tropas por todos los lados de la calle. La primitiva timidez o los primeros temores empezaban a desaparecer. De los grupos surgían, primero tímidos, luego estentóreos, los primeros gritos de «¡Viva España!». Una muchedumbre se atrevió a rodear a los soldados. Algunas mujeres se acercaban a ellos y les besaban en las mejillas o en las manos. Ciso, el corneta ex legionario, tenía abrazada a una muchacha por el talle y esta le llenaba de besos las mejillas. Dos mujeres estaban llorando mientras gritaban histéricamente. El comandante hacía esfuerzos para sustraerse a la presión de los grupos que le rodeaban.

De lo alto de la calle de Muntaner empezó a oírse el ruido que hacían al descender los carros de combate. Se veía cómo iba descendiendo la masa de hierro de uno de ellos. El tanquista iba de pie sobre la torreta. Parecía una imagen simbólica de la paz, erguida en su pedestal. La ancha boina negra le caía a un lado, sobre la amplia patilla. Bajo la nariz lucía un bigote recortado. El tanque avanzaba majestuosamente sobre el adoquinado, levantando chispas y promoviendo un gran estruendo. En los balcones de la calle una muchedumbre heterogénea lo miraba pasar y le aplaudía. En él vitoreaban a todas las fuerzas que estaban entrando. La superficie del tanque estaba enteramente cubierta por ramas de pino y de brezo, que parecían expandir por todo el ambiente el fresco olor de las laderas del Tibidabo. El tanquista avanzaba feliz, sonriente, gozoso de aquella entrada triunfal. Pero no todo serían glorias en aquel día. Desde un balcón que no se podía precisar, alguien disparó. La gente vio como el tanquista doblaba lentamente el espinazo sobre la torre e iba cayendo lentamente, en un holocausto inútil y gratuito. Se oyó un grito sordo de asombro y luego una oleada de indignación sacudió la calle entera. Los soldados no tuvieron que moverse. La muchedumbre pareció adivinar de dónde habían salido los disparos. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se arracimaron en uno de los portales, como en una oleada vacilante. A poco, salían por el portal enarbolando el cuerpo de un hombre sin chaqueta, que era ya como un amasijo de sangre. Le echaron al suelo, donde acabaron de pisotearlo. Luego quedó allí tendido y alrededor se hizo un ancho espacio de vacío. La gente le miraba desde lejos, como asustada.

Carlos Rius había visto desde su posición elevarse al cielo la señal convenida. El cohete estalló puntualmente y dio la orden de bajar. Él y sus soldados fueron a campo traviesa, hasta la encrucijada de la carretera. Desde allí se veía la de la Rabassada, que se perdía en curvas hasta la ciudad. El campo tenía en aquella ladera un regusto íntimo, familiar, de domingo por la tarde, de jubilosa vacación, de fiesta en el colegio. Le recordaba excursiones y paseos dados en su niñez, meriendas de su adolescencia. Toda aquella vertiente evocaba el amarillo de las retamas primaverales, que las mujeres llevaban en otros tiempos hacia la ciudad en grandes brazadas olorosas. Todo en él palpitaba con emoción inmensa. Entonces empezaba a sentir que estaba en casa.

Todo daba la impresión de estar absolutamente abandonado y acusaba el deterioro de la guerra. En la ladera del monte se veía un coche volcado —¿quizás en la precipitación y la urgencia de la huida?—, más abajo había un par de colchones abandonados, como si hubieran caído de un vehículo en marcha y no hubiera habido tiempo de recogerlos. En una curva se veía el cadáver de un hombre. Debía de llevar días allí, porque sus carnes estaban tumefactas y, al acercarse, se sentía una pestilencia repelente. Carlos y sus tropas pasaron sin detenerse, doblaron hacia la ciudad. Pronto llegaron, torciendo calles, hasta el paseo de la Bonanova.

Al pasar frente a la casa de su madre, vio que el portal estaba entornado, Carlos Rius lo abrió de un empujón y entró en ella. La casa estaba vacía, pero con señales de haber sido ocupada por alguien hasta hacía poco. En una rápida visión se dio cuenta de la erosión que había producido la guerra. Era lamentable el estado en que habían dejado aquella casa las gentes que habían vivido allí. Los muebles debían de haber sido convertidos en leña para quemar. En mitad del salón había aún utensilios de cocina y se echaba de ver que allí precisamente habían cocinado los ocupantes de la casa. Todo se hallaba en un estado lamentable. Carlos no quiso saber más y se lanzó de nuevo hacia sus tropas, para encabezarlas.

Fueron descendiendo por la calle de Muntaner.

La gente los vitoreaba desde los balcones. Ya cerca de la Diagonal descubrieron un cadáver con el rostro desfigurado y del que la gente parecía apartarse.

—Era un «paco» que ha disparado contra aquel tanque —dijo alguien, señalando uno que había parado más abajo, junto a un árbol.

En el cruce de la Diagonal vio, erguida, señorial, levemente curvada de espaldas y apoyada en su caña de bambú, la figura inconfundible del comandante Santelmo. Iba a acercarse a ella cuando notó que, descolgándose inesperadamente de un farol en el que estaba encaramada, una mujer angulosa, que estaba gritando, desmelenada, los vivas más estentóreos y patrióticos —«Viva España», «Viva Cristo Rey», «¡Viva Franco!», «¡Arriba España!» y otros muchos—, se dirigía hacia él, le estrujaba en sus brazos y le hundía en ellos como un tifón que elevaba y se lleva por delante los muros de una casa:

—¡Carlos, Carlos, mi alférez, mi héroe, mi tesoro! ¡Viva España! ¡Vivan los nacionales! ¡Viva Carlos Rius!

En cuanto se pudo desprender de aquellos brazos y observarla, Carlos Rius pudo verificar la autenticidad de la figura.

—¡Rita! ¿Qué hace usted aquí? ¡Qué alegría verla!

Antes de aquel momento Carlos Rius hubiera jurado que Rita Arquer era incapaz de llorar, pero entonces veía que lo estaba haciendo a raudales.

—¡Acabo de salir de la cárcel! ¡He estado allí hasta ahora! Figúrate: yo ¡Rita Arquer!

Y derramaba unas lágrimas como pedruscos…