XVIII
A PRIMEROS DE DICIEMBRE, fue suspendida a causa de la lluvia la orden de avanzar que acababa de ser dada a las tropas. Los aguaceros cayeron sin interrupción sobre una tierra en calma; volvió a llover sobre la sierra de Pándols.
Llovió durante otros ocho días seguidos, intensamente. Los caminos del monte quedaron hechos un barrizal. Allí donde los obuses habían estallado, el fango se volvía pastoso; era una materia donde, al poner el pie, quedaba marcada la huella de la bota. Los árboles quedaron empapados; días después de la lluvia aún se veían los manchones de la humedad en los troncos de los pinos del bosque. La tierra parecía brillar. En las rodadas y en los huecos de los surcos parecía que reverberaban mil cristales, por el reflejo de la luz en el agua caída.
El agua de la fuente no había dejado de manar. El gran charco de su contorno se había enturbiado, pero el manantial seguía fluyendo sin cesar, con un rumor plácido y gutural en mitad de la maleza. El agua no cesaba de manar, fueran cuales fueran las circunstancias del exterior. Con tiros o en calma, en mitad de la lluvia o en la bonanza, el agua brotaba de la roca incesantemente. Esa era la inmutabilidad del bosque y de la vida; tampoco las estrellas habían dejado de seguir su curso, a pesar de la discordia de los hombres; habían seguido su camino sin percibir siquiera que estallaban las cargas explosivas, que millares de hombres morían en la lucha y que un inmenso manto de dolor cubría la superficie de la tierra.
Después de la lluvia el campo pareció abrirse en una fenomenal espera. El otoño encendió la variedad de todos sus colores. La fronda de algunos árboles se tiñó de una tonalidad ocre y dorada. Por los caminos se notaba el crujir de la hojarasca. Era un ruido apretado y seco, nacido en la planta del pie al pisar con las botas la basta alfombra vegetal. De vez en cuando se veía gravitar a contraluz, con sus alas de cebolla irisadas, la majestad de una libélula, calmada aquí y veloz un poco más allá.
Los soldados aprovecharon los días de lluvia para fortalecer sus posiciones. Apuntalaron los parapetos y acabaron de cubrir los techos de las chabolas. Toda la sierra había sido conquistada y las tropas nacionales habían llegado hasta el mar. En las posiciones del monte, mantenidas en espera de nuevas órdenes, reinaba una calma absoluta. Se oía de punta a punta de la sierra un rasgueo de guitarras y la llamada de los centinelas que gritaban con voz templada su alerta, de posición en posición.
Carlos Rius iba muchas tardes en busca del viejo de la cabaña. El viejo se apellidaba Morell y decía que vivía en el monte desde hacía muchos, muchísimos años. Nunca se había casado y llevaba también muchos años sin conocer mujer. Era un tipo agreste, que vivía únicamente para los trabajos del monte. Era también un tipo malicioso. Se parecía al zorro por la listeza de sus ideas y de sus pasos; caminaba sobre las piedras sin hacer ruido, con el sigilo de un animal de presa. Conocía a los animales del bosque como si fueran sus semejantes. Contaba de las liebres y de las ardillas cosas que hacían pensar si en su alma no viviría también una liebre o una ardilla. A Carlos Rius le agradaba y le distraía la compañía de Morell.
Después de la lluvia salieron al bosque a buscar setas. Morell tenía olfato especial para detectar el lugar donde estas se escondían. Era un placer soberbio andar junto a él, pararse en un recodo cubierto de hierba o junto al tronco de un árbol, levantar un trozo de musgo y descubrir, orondas, plateadas, las superficies redondas de un grupo de setas, como una bendición nacida del humus mismo del bosque. Esas setas iban llenando poco a poco los interiores de unos cestos que los dos hombres llevaban consigo. Las había de toda forma y tamaño. Unas eran oblongas y robustas, de una materia como de marfil, que exudaban oro y orín por sus concavidades y parecían tubérculos grasos llenos de vida y de sazón. Otras eran planas, con un tallo ligeramente oblicuo por el que discurrían hileras de hormigas entre gotas de agua y de humedad. Todas ellas iban a parar al capazo.
Y había otras, y otras; el bosque entero estaba pletórico de esas formas vegetales nacidas de la humedad, a las que el otoño ponía un lustre de oro.
Con tan abundante acopio de robellones, Carlos y el viejo decidieron un día hacer una robellonada en la cabaña. Enviaron un recado al capitán-fraile. El dominico era llamado así por los dos, nunca por el apellido. El fraile parecía tener libertad para andar por un lado y otro del frente sin estar sujeto a una unidad determinada. Naturalmente que lo estaba; pero su condición le permitía una libertad de movimientos que los otros no tenían. A la hora convenida el capitán-fraile se presentó en la cabaña; llegó desde Mora, donde estaba destinado.
Justamente aquel día Miguel Llobet había llegado a la posición de Carlos Rius. Desde que Carlos Rius descubriera su paradero en el frente, Miguel y él se habían estado enviando recados y cambiando correspondencia, pero nunca habían logrado volverse a conectar. Miguel Llobet iba a incorporarse a su antiguo batallón, que estaba destinado nuevamente en el Ebro. Pero antes de salir para su destino había decidido hacer una visita a Carlos Rius. Este se alegró enormemente de verle y le invitó a compartir con ellos la ingestión de los robellones.
Fue el viejo Morell quien los cocinó. Sobre unas anchas parrillas, aderezados con aceite y ajo, aquellos robellones, junto a las grandes hogazas de pan moreno, iban a constituir para ellos un recuerdo gastronómico de primer orden. El fuego los salpicaba y el aire desparramaba por el contorno un olorcillo picante, que sabía a resina y a bosque y que parecía condensar todos los sabores de la tierra. La alacridad del condumio fue rociada con largas tomas del tinto de la bota que el viejo tenía habitualmente colgada en la pared y que en aquella ocasión había sido puesta a refrescar en el agua del manantial durante largas horas.
El viejo se había vuelto locuaz. Había nacido en Puerto Rico, había sido dueño de una gran estancia en aquel país antillano y luego lo había perdido todo. «De todos los vicios del hombre el peor es el juego», decía. «Las mujeres te dan compañía, te dan amor, te sustentan con su cariño y no te dejan solo ni siquiera cuando te han abandonado. Siempre te queda algo de ellas. Lo mismo el vino: los borrachos no están nunca solos. Con un litro de gaznate para adentro, el hombre puede vivir feliz. Pero el juego te deja seco, no te acompaña. Te tira a la calle completamente solo. No te deja ni los recuerdos. Así fue como yo perdí mi hacienda. Veinte años de trabajar sin descanso, de día y de noche; veinte años de dolor en las articulaciones de tanto dar a la azada y al azadillo, total para nada; veinte años perdidos en tres noches de locura. Entonces no quise saber nada más del mundo. Me vine aquí, sin ver a nadie. Y aún estaría sin ver a nadie si no llega a ser por la guerra. Ella me ha hecho un poco más sociable».
El vino ponía en sus ojuelos un cariz irónico y acentuaba el tinte malicioso que tenían. El viejo echó un largo trago y luego se dirigió a Miguel.
—Pues no creía volverte a ver, palabra. La última vez, en mitad de aquel cafarnaúm, creía que no acabarías vivo la jornada. Has estado de suerte, amigo. La Muerte elige a unos, se enamora de otros, le hace un guiño a un tercero. A ti te ha dejado en paz, no le has gustado. Y yo te felicito por ello.
—La Muerte es una mujer de mundo, una ramera de postín —dijo Miguel—. No elige más que a los que están preparados para recibirla.
—Es cierto —aseveró el dominico—. Lo he observado muchas veces. ¿No sabéis por qué murió el comandante, don Policarpo? A ver si pensáis lo mismo que yo.
El dominico encendió un cigarrillo y prosiguió:
—Durante el tiempo que estuvo en Andalucía —eso lo sabrás bien tú, alférez— no quería morir. Le fastidiaba tener que dar su vida en aquella situación. «No quise morir de un ataque de piojos», me había dicho. La frase era gráfica. Se da el caso, en gentes como el comandante, que su fe en Dios es tan grande —y tan primaria también— que mantienen el pecado como una precaución, como una garantía. «Mientras esté en pecado mortal, Dios no me dejará morir», se dicen. Y en efecto, cuidan y alimentan cotidianamente su pecado mortal o sus pecados mortales, viendo en ellos un seguro de supervivencia. Él mantenía a una querida para tentar a Dios. «Mátame si te atreves», parecía que le dijera. Así vivió Ordóñez en Andalucía. Cometió además, cuando estaba allí, todas las barbaridades y tropelías posibles. «A mí, Dios no me mandará al infierno. Para despacharme, escogerá el momento en que pueda llevarme al cielo». Y, en efecto, así fue. Cuando llegó aquí pensó que su muerte sería ya digna de él y eliminó el obstáculo; puso en paz su alma y se dispuso a morir. Hasta compró entonces un paquete de estampas de la Virgen de la Merced y las repartió entre sus soldados… Lo había dispuesto todo para bien morir. Me encargó especialmente que le enterraran donde cayera. Allí está. Era uno de esos hombres en quienes hasta el pecado es un instrumento de Dios. Ha muerto en paz.
Después de esta observación se guardó silencio. Era curioso, pensó Carlos, que aquel hombre, casi risible durante su vida, dejara a su muerte un séquito tan auténtico de conmiseración y de dolor.
—Pues yo no creía que tú salieras con vida, la verdad —insistió el viejo, dirigiéndose a Miguel—. A ti la vieja ramera no te ha querido.
—La vieja ramera es una dama caprichosa —repuso él—. Los que han muerto, todos los que yo he conocido, parece que sintieran la premonición de que esa dama fuera a buscarlos. Algunos de ellos me miraban espantados. Recuerdo a Ricardo Matas, un polígrafo; era lector de español en una universidad de Alemania; hablaba siete idiomas; era un muchacho excepcional. «Me matarán, me matarán», repetía. Esta crisis se volvió más aguda pocos días antes de su muerte. Me informó de un plan que tenía para evadirse. Le parecía increíble que después de haber pasado todos sus años mozos estudiando lenguas se pudiera abatir de un golpe todo aquel pozo de conocimientos. «Tengo que huir», decía. De pronto pareció calmarse; acababa de hablar con el capellán del Regimiento. «Lo tuyo es falta de fe», le había dicho. «Abraham había llevado a Isaac al monte, porque Dios se lo había ordenado. Levantó el cuchillo para matarle, ciegamente. Y era su hijo. Dios detuvo su mano, ¿no es cierto? Es esa la calidad de fe que hay que tener», comentó el cura. «Si Dios lo quiere, tienes que ir a la muerte tú y tus siete lenguas. Tu holocausto será mayor que el de todos los demás, eso es todo; Dios lo agradecerá sobre todos los otros».
—Se trata de creer o no en la resurrección. Cuando veamos surgir a los muertos de estas tumbas, solo entonces quedaremos justificados —dijo el dominico.
—Yo no creo en la resurrección —opinó Morell—. Si matas a un zorro, se pudre; si matas a un lobo, se pudre. Nos pudrimos todos cuando morimos. Es una ley universal.
—Nuestra resurrección será una consecuencia de la Resurrección de Cristo —explicó el dominico—. Tampoco Tomás creía en la Resurrección del Hijo de Dios. Tuvo que meter sus dedos en la llaga. Pero todos resucitaremos.
—A mí me agrada la importancia capital que dan los rusos al hecho de la Resurrección de Cristo. Para ellos, y para todos los ortodoxos, la fecha cumbre de la Cristiandad no es la del Nacimiento o la Natividad, es la de la Resurrección de Cristo. Ese es para ellos el verdadero día del Nacimiento —comentó Miguel Llobet—. Tolstói tiene unas páginas bellísimas de la Pascua en San Petersburgo, que son la descripción de la inmensa alegría del pueblo por la Resurrección. En la ciudad y en el campo las gentes claman: ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!, con el signo cabal de su fe. Es cierto: la garantía de la Resurrección del hombre es precisamente la Resurrección de Cristo sobre la tierra.
—Yo no creo en eso, no puedo creer —opinó el viejo—. Es como si a uno de los animales a los que he tendido un cepo y a los que he atrapado les prometiera para después de muertos un paraíso de goces infinitos. Yo sé que no puedo hacerlo. Sé que el destino de ellos es terminar en medio de un buen guiso de nabos, haciendo las delicias de nuestro paladar. ¿Qué sacarán ellos con nuestras ilusiones y promesas? Si existieran, el juego de Dios con el hombre prometiéndole un paraíso eterno me parecería cruel. Dios sabe que no puede cumplirlo; el hombre mismo lo desdeñaría.
—No, Morell, no es verdad —terció el dominico—. Para Dios todo es posible, menos el mal. Ha hecho los mundos perfectos, ha combinado el peso, el movimiento y la gravedad de las estrellas para que estas formen un universo armónico. ¿Cómo iba a descuidar, pues, al hombre? Y la forma de dar su equilibrio perfecto al hombre es dedicándolo a un destino superior. El hombre tiende a la perfección; y de la perfección al bien supremo, a Dios.
Carlos Rius propuso en aquel momento salir al bosque. Los robellones habían caldeado excesivamente la atmósfera y había necesidad de un poco de aire puro.
—Sí —asintió el viejo—. Yo tengo que ir a recorrer las trampas. ¿Por qué no me acompañan y veremos si por casualidad algún animal ha dejado su pata atrapada en ellos?
Así lo hicieron. Empezaron por la del borde de la laguna, que estaba vacía. Luego fueron recorriéndolas una a una: dos de ellas en la mitad del bosque; otra en un maizal, en el llano, camino de Gandesa; un par más en la vertiente sur, la del Coll del Moro. Todas estaban hueras, salvo la del maizal, en la que encontraron atrapada una perdiz. Lanzaba unos lastimeros quejidos, con un canto sordo y cortado que daba pena. Tenía un plumón gris y levemente dorado, como de mies. Al quedar atrapada había sido herida en una pata y estaba con ella agarrada por los garfios que la retenían, dando saltos que ayudaban a la carne a desgarrarse más. Con gran habilidad, el viejo se acercó y la liberó del cepo. El ave aleteó unos momentos en sus manos.
Morell anunció a los otros que aquella perdiz la guardaría hasta pillar algunas más y hacer entonces para todos un plato de perdices en conmemoración de la robellonada. Asintieron todos, pero Miguel Llobet no pudo dejar de comentar que en adelante tendrían que poner tope a las celebraciones, so pena de engarzar una con otra y de estar celebrando algo continuamente.
Poco después volvieron a la cabaña. Allí el viejo metió a la perdiz en una jaula grande, especie de garigola de metal, alambres y madera pintada, que había cobijado un día la realidad sonora de un loro multicolor y deslenguado. La perdiz parecía perderse en aquel lugar historiado y barroco, ordenado como un pabellón, con columnatas y frisos que le daban cierto tono de boudoir elegante.
Se despidieron, cada uno en dirección a su puesto. Miguel dio un abrazo a Carlos, y este le prometió que inmediatamente pediría un día de permiso para ir a visitarle. Miguel Llobet le había ponderado las excelencias de la tierra en que iba a estar destinado en adelante. La vista del río daba al ánimo una plenitud de que carecía en tierras del interior.
—Allí se entiende el país —había dicho—. Recorriendo la orilla del Ebro se ven, a un lado y a otro, la especie de fortalezas que forman las iglesias de cada vecindad. Por la tarde, cuando el sol se pone, hay en el eco de bronce de las campanas una réplica del sonido mórbido que el agua del río hace al discurrir. Esta cenefa de iglesias vigilantes es la que forma el país. Sin ellas no seríamos nada.
Carlos volvió a apretar la mano de su amigo y luego se fue hacia su posición.
Al día siguiente estuvo a ver al capitán y le pidió permiso para estar un día fuera de la posición. Quería visitar a un amigo en el frente del Ebro y pasar una noche fuera. No había solicitado aún ningún permiso, y el capitán se lo concedió.
Después de almorzar emprendió el camino en uno de los carros de la Intendencia. Tumbado sobre sacos de patatas que los soldados llevaban hacia aquella zona del frente, veía discurrir en un cielo azulísimo unas nubes orondas y pausadas, que parecían navegar lentamente hacia el mar. Al llegar a la orilla del Ebro se incorporó y empezó a mirar el paisaje. Este era de una belleza trágica y conmovedora. Aquí y allá se veían las huellas de la guerra. Los pueblos calcinados, la ruina de las edificaciones caída en la tierra, un polvillo gravitando por caminos y andurriales, como signo aún vivo de la batalla transcurrida, al que ni la lluvia había podido barrer…
Miguel Llobet estaba aguardándole, de pie en los sacos del parapeto. Era la primera hora de la tarde. El sol del veranillo de San Martín caía esplendoroso sobre su cuerpo tostado, al que parecía infundir un bronce nuevo. Desde aquel lugar se columbraba toda la panorámica del río, de un extremo del horizonte al otro. No se oía un solo disparo ni el eco de un tiro. Quizá lejos, muy lejos, parecía que se escuchara el rumor de unas granadas de artillería. Pero tenía que ser a mucha distancia, tan imprecisas y leves eran. Era muy al norte; quizá por el lado de Tremp o de Sort, por donde estaría desarrollándose una batalla.
—¿No tienes miedo de estar así, tan al descubierto? Los rojos te pueden batir.
—No hay miedo. No disparan un solo tiro desde antes de los chubascos. Deben de tener la consigna de no hacerlo. Ven; los veremos de cerca.
Descendieron del parapeto a la orilla misma del río. En un punto determinado las dos márgenes se aproximaban algo más, formaban una garganta adosada a dos contrafuertes, por donde el agua pasaba tumultuosa.
Inmediatamente se despojó de su uniforme y quedó en calzoncillos. Extendió los brazos cuanto pudo, los volvió a doblar y a echar otra vez adelante, al tiempo que se lanzaba al agua. El remolino le hizo aparecer unos metros más abajo, braceando en una agua turbia: pero la fuerza de sus brazos pudo más que la corriente y remontó el curso del río. En el otro lado se veía a algunos soldados republicanos que le estaban mirando, sin hacer nada. Al cabo de un rato sonaron unos disparos, que resbalaron sobre el agua, serpenteando en ella a poca distancia.
Estuvo algunos minutos zambulléndose y caracoleando en el agua, hundiéndose y volviendo a salir, gozoso de su poder. Al fin decidió situarse otra vez en la orilla.
Se apoyó en uno de los salientes, hizo flexión con los brazos, saltó a ella y se incorporó, chorreando de agua fluida. El sol ponía en su piel reflejos dorados.
—¿No te quieres bañar tú? Yo todos los días lo hago, y los disparos de ellos no dan nunca.
Carlos Rius desistió. Miraba a su amigo, contemplaba su extraordinaria explosión vital, admiraba su alegría y su desbordamiento, se rendía ante aquella fuerza incontenible que de él parecía emanar. Pensaba que había salido muy distinto al que hubiera tenido que salir de Arturo Llobet, el padre de Miguel, aquel hombre tan comedido, tan ponderado, que había ido desarrollándose a la sombra de don Joaquín, su propio abuelo.
Mientras Miguel se vestía de nuevo, una vez seco por los rayos del sol —se había quitado los calzoncillos y los había tendido a secar—, le indicó a Carlos dónde irían a cenar.
—Te llevaré a casa de Magín, una taberna que hay en Mora de Ebro. Después de las lluvias comí en ella unos caracoles maravillosos. Y si no, allí tienes perdiz, becadas y pescado el que quieras.
Luego fueron a dar una larga vuelta por las posiciones y, después, al pueblo. Carlos Rius quedó pasmado ante el esplendor de la perspectiva que tenía delante.
Magín era un hombre de media edad, que parecía un moro. Llevaba sobre la oreja una mata de espliego. Caminaba muy aprisa, pero algo encorvado, como si le dolieran los riñones. Hablaba cerrando la e, como los catalanes de la franja valenciana.
—Què hi ha, vailet, per aquí? Ven a fer una altra cargolada?
Miguel le presentó a Carlos Rius y ambos se sentaron a una mesa. En la de al lado había un grupo de oficiales. Entre ellos estaban el capitán Sieso, el catalán que envió a Miguel a dar el parte al Estado Mayor al comienzo de la batalla del Ebro, y el comandante Santelmo, aquel Quijote que llevaba monóculo y que iba a la guerra apoyado en un bastoncillo de bambú. Con ellos estaba una dama quebradiza de porte aristocrático, que sorbía una taza de consomé con unos largos dedos cuajados de brillantes y una sonrisa permanente bajo las ondas de un pelo plateado y azul.
Era excepcional que en aquella primera línea hubiera una dama, y Carlos Rius la observó. Reconocía aquella cara. Era una amiga de su madre; sí, aquella era Olga Fernández de la Campa, comúnmente conocida por Olga Campa, marquesa de Villares; se decía que había sido la inventora del plato único y era, desde luego, una de las jefas de la organización femenina de los Requetés y una de las que habían inclinado la balanza de la Unificación del lado que más había convenido al Régimen.
Miguel Llobet explicó disimuladamente a Carlos quiénes eran los dos militares que estaban, entre otros, sentados con ella. A Carlos Rius le llamó sobre todo la atención el largo caballero del monóculo, que hacía con la marquesa de Villares unas zalemas dignas de la época romántica. Ella sonreía y le correspondía con unos arrumacos que obligaban a los brillantes de sus dedos a destellar infinitamente.
En uno de los instantes de la comida, la marquesa advirtió la presencia de Carlos en la otra mesa y le saludó, sonriendo cortésmente. Pero Carlos esperó para ir a saludarla a que la comida terminara y el grupo de militares se dispusiera a abandonar el local.
—¡Qué casualidad! ¡Justamente tu madre se lamentaba de las pocas noticias tuyas que tiene!
—Le escribo dos cartas al mes. Tú sabes cómo son las madres…
—Ciertamente. ¿No sabes que la han nombrado algo en el Servicio Exterior de la Falange Nacional? Estuvo en Berlín y conoció a Hitler.
—¡Ah, caramba…!
—Mira, Perico… —dijo, dirigiéndose al comandante del monóculo y presentándolo—. Te presento al alférez Rius, Carlos Rius, hijo de Crista Rius, a la que conociste en San Sebastián.
Carlos Rius le saludó según las ordenanzas y luego le dio la mano.
—¿En qué batallón está?
—En la 5.ª Centuria de la Bandera de Falange de Córdoba, mi comandante.
Vio al comandante cambiar en voz baja unas palabras con la marquesa. Esta asentía con la cabeza.
El comandante le miró de arriba abajo, incrustándose el monóculo. Luego fue el primero en salir, pero ante la puerta cedió el paso a la dama.
A la salida de la taberna Miguel Llobet no cabía en sí de contento. No había duda: el comandante había pedido su filiación para reclamarle en su unidad.
—Seguramente ha sido todo una especie de conspiración de tu madre. Es probable que la visita de la marquesa al frente esté relacionada con esto, ¿no lo crees? Y el comandante Santelmo es el mandamás de mi batallón. Me apuesto cualquier cosa a que pronto estamos juntos.
Al salir de la taberna contemplaron un rato el panorama de la noche apoyados en el repecho de un mirador que daba al río. Hacía fresco y se arrebujaban en los capotes. Se oía el rumor de las aguas al discurrir. En la nítida noche todo lo demás era silencio. Miguel Llobet hablaba en voz muy baja, casi un susurro:
—Las izquierdas están desmontadas. Como has visto, ya casi no disparan. La desmoralización es total. Después de la batalla del Ebro han quedado moralmente deshechas. Todas sus baladronadas de otro tiempo se vuelven ahora compunción. No quieren ni pueden aventurar una nueva ofensiva. Están esperando un pacto, un arreglo que los libre de la derrota. Pero el desbarajuste ha sido demasiado gordo. No se puede volver atrás. Los crímenes que cometieron, los saqueos a los bancos, la quema de las iglesias… nada de eso es posible olvidarlo. Nadie puede devolver la vida a mi padre, por ejemplo; y el caso de mi padre hay que multiplicarlo por cien mil. Todo esto ha ocurrido y todo esto hay que saldarlo. Volver a restaurar en Cataluña el sentido patrimonial y el sentido jurídico, que son su esencia desde hace siglos, bien merece un cambio de régimen. Por eso no disparan. La República ha perdido su razón de ser.
—¿Y qué vendrá luego? —preguntó Carlos.
—Es Franco, ese hombre, el que tiene la palabra. Yo creo que lo que vendrá luego será completamente distinto a lo que ha habido hasta ahora: si había una República, habrá una Monarquía; si había una democracia, habrá una aristocracia; si mandaban los paisanos, mandarán los militares. Lo llamarán como se quiera, pero esto será así… No son muchas las formas de gobierno entre las cuales elegir. Pero Franco será lo suficientemente listo para ir haciendo la restauración con calma.
Sorbió una ancha bocanada de aire nocturno. Se escuchó más nítido el rumor del agua que pasaba.
—El sentido auténtico de esta guerra es el de la catolicidad. Nosotros hemos hecho la guerra disintiendo en muchas cosas los unos de los otros, pero con una bandera común, que era nuestro catolicismo. Muchos de los que están a nuestro lado tienen una idea primaria de la religión y luchan por ella con una serie de tópicos. Pero los que estamos en este lado somos los que llevamos en andas a las imágenes en las procesiones. Así, en andas, llevamos también a España. España y Religión se confunden en nuestro ánimo, o, si quieres, España y Cristo. Cuando al avanzar hemos visto, y lo vemos aquí a lo largo del río, la cantidad de iglesias y la sucesión de campanarios que hay en España, obtenemos una imagen veraz de nuestro catolicismo. Cada cinco, cada diez kilómetros hay un jalón de evangelización y de fe. Esa urdimbre es la urdimbre de España. La trama han venido a ponerla los mártires. Con ello se ha hecho otra vez la gran patria.
—Pero —objetaba Carlos Rius— tu padre, por ejemplo, tu padre no murió por la religión. Tu padre fue asesinado sin tiempo para rezar un padrenuestro. Quizá si hubiera tenido tiempo de rezarlo no lo hubiera hecho, ve tú a saber. ¿Puedes mezclarlo a él con los mártires?
—Sí —afirmó rotundamente Miguel—. Mi padre era profundamente católico, aunque no lo dijera, aunque muchas veces olvidara hacer hincapié en que las formas por las que iba viviendo eran las de un creyente. La moral de mi padre era la moral católica. Mira: tú te acuerdas de aquel gran jolgorio de las izquierdas, de aquello que Eugenio d'Ors llamaba la grimegia social. Te acuerdas de cuando don Raimundo de Abadal tuvo que ir solo al Parlamento Catalán para votar no sé qué ley, si la de Contratos de cultivo o la de Garantías del Estatuto. El honorable viejo fue solo, se abrió paso entre la turba de facinerosos. Apenas pudo llegar. Al llegar no dijo más que tres palabras: «Alabat sia Deu!». No lo dudes, nuestro patriotismo es el patriotismo de los creyentes. No hay otro.
Miró a Carlos Rius de frente. Este iba asumiendo estas lecciones en silencio, aturdido por el rumor del agua a sus pies. Parecía que Miguel Llobet se agigantara. Todo él parecía transfigurado.
—No hay más que aquella verdad de Torras y Bages: O Cataluña es católica o dejará de ser Cataluña.
Luego dejaron aquel lugar y Miguel acompañó a Carlos hasta la casa en que le habían destinado un cuarto para dormir. Era una mansión del siglo XVIII que conservaba, sin embargo, vivas las esencias de la vida campestre. El zaguán era una mezcla de salón de lar y tenía en uno de sus extremos una abertura que daba al horno donde se cocía el pan. Había una larga mesa de madera, un tresillo rimbombante, tapizado con una tela de terciopelo granate, y un piano dieciochesco adosado a la pared. Carlos Rius fue acompañado hasta su alcoba. Era una habitación de techo altísimo y en ella había una cama descomunal, historiada con un gran medallón de caoba en la cabecera. Tenía un dosel de damasco bajo el cual se dispondría a dormir como bajo un palio. En la pared había unos grabados con escenas campestres.
Miguel lo acompañó hasta aquella alcoba y aún se quedó un rato conversando con él. Le confesó que hacía tiempo deseaba que la situación del frente se aclarara para volver a casa. Allí esperaban su madre y su hermana impacientes por su ausencia. Le dijo que la última carta que había recibido de ellas era del mes de septiembre.
—No sé cómo estarán. Mi madre es ya muy mayor. Siempre ha sido muy fuerte, más fuerte que mi padre; pero la muerte de él y, ahora, esta separación mía y la inquietud por mí deben de haberla aniquilado. Mi hermana es bibliotecaria y está colocada en la Biblioteca de Cataluña. Con su sueldo han podido salir adelante. Mira: me enviaron con la carta una foto suya que yo les había pedido. Estas son.
Carlos recogió el cuadrado cartoncito que Miguel le ofrecía. Recordaba a la madre de Llobet. Alta, serena, ligeramente gruesa, maciza, con el pelo gris. Isabel, la hermana estaba a su lado. Las dos vestían de negro. Un largo velo cubría la cabeza de doña Gertrudis. Isabel mostraba al aire las mechas rubias de una cabellera de miel.
Estuvo un rato mirándola. Era una criatura esbelta, flexible como un junco, que pisaba el suelo con unas piernas bien torneadas. En la foto aparecía con unos libros en la mano.
—¿Es una intelectual? —preguntó Carlos medio en broma.
—¡No, quia! Es una chica llana y sencilla. Pero tiene mucho carácter. Cuando marché casi fue ella la que me inclinó a hacerlo. Me dijo que estaba de completo acuerdo con lo que había dicho tu abuelo. Que era necesario que cada cual aportara por sí mismo un poquito de la victoria. Bajo ese aspecto tan dulce que ves en la foto a veces esconde un volcán. En ocasiones le digo que tiene mal genio, pero no es verdad.
Carlos y Miguel se despidieron hasta el día siguiente. Carlos se metió en aquella cama, que le pareció enorme, como un mar en el que se pudiera naufragar. Al día siguiente lo despertó un rayo de sol que entraba oblicuo hasta el embozo.
Al regresar a la posición se encontró con que se estaban haciendo los preparativos para el traslado del batallón a Alcañiz, donde esperaría órdenes. Los soldados aguardaban ya la orden de marcha; los macutos sobre sus espaldas, en la que además llevaban el plato y el fusil. Iban a decir adiós a la sierra, en la que muchos de sus compañeros habían dejado sus vidas. Avanzando entre los soldados que esperaban, abriéndose paso entre los bultos de la impedimenta vio llegar a Morell, el viejo de la cabaña. Llevaba de la mano el caballo blanco, asido por la brida.
—Vengo a traerte lo que es tuyo —le dijo, con excitación—. Nunca pensé quedarme con el caballo. Llévatelo. ¿No ves? Si hasta te reconoce. Venga, no le hagas remilgos porque te hará falta… —y el viejo temblaba de arriba abajo al ofrecérselo.
—Pero ¿dónde quiere que lo lleve? ¿Está loco?
—He hablado con el capitán. Puedes llevarlo en los camiones, no hay dificultad.
Carlos Rius se encontró, pues, montado en un camión junto a sus soldados y, en medio, el caballo blanco. Sí, le reconocía, parecía encontrarse muy a gusto con aquel traslado. Con solo darle unos golpecitos en el anca piafaba de satisfacción.
La jornada fue soleada, pero fresca. A medida que se alejaban del frente, el campo parecía estallar otra vez. El verde botánico, en las ondulaciones de la tierra, tenía trechos de un esmeralda transparente en las vaguadas, o en el borde de los riachuelos donde se desmelenaban las encinas.
Llegaron a Alcañiz al anochecer. Se instalaron en lo alto de la población, en el castillo medio derruido que presidía la dimensión del valle. Otras tropas habían acampado allí al correr de los siglos; de la tierra parecía surgir una exudación belicosa y tenaz.
No sabía por qué aquella noche, al acostarse, Carlos Rius evocó, como un relámpago, la silueta de la hermana de Miguel Llobet y hasta le pareció que ella se ponía a su lado a la hora de dormir y que le acariciaba los pulsos con un gesto de extremada languidez.
Pocas veces una sensación se había hecho tan vívida y acuciante. Carlos Rius tuvo que eludirla con acopios de voluntad, lanzando contra ella pensamientos inocuos, imágenes de sus tiempos de escolar o evocaciones de los años de su estancia en Suiza. Poco a poco la imagen de Isabel Llobet se esfumó. Luego, por la ventana, que no podía cerrarse puesto que alguien, o algún obús, había roto sus hojas, no entró más que la luz de las estrellas. Unas estrellas brillantes y como temerosas, que lanzaban a haces su luz y su temblor, con un pálpito incesante.
Se levantó muy temprano. Antes de que sonara la diana estaba ya en pie. Aquellas horas que llevaba de alejamiento del frente habían venido a inquietarle. Era como si de pronto se hubiera producido una ruptura en el curso del tiempo. Mientras permaneció por el Ebro estaba ya en la línea, se encaminaba a casa, iba por el camino recto. Pero aquella desviación le llenaba de desasosiego. Nadie sabía si volverían a enviarlos tierra adentro, a los frentes de Extremadura, que eran como a la otra parte del mundo, y los días empezarían a pudrirse en sus dedos sin poder acabarlos.
En cuanto sonó la diana hizo que los soldados tomaran su desayuno y luego los dejó en libertad hasta la hora del rancho. Todos ellos se desparramaron por el pueblo.
También él bajó a Alcañiz. En una plazoleta había unos edificios singulares. Él cruzó por delante de ellos a lomos de Revérter. Uno de los edificios, el de la Lonja, era una pieza insigne del arte gótico: tenía unas grandes ojivas bajo las cuales había unos bellos balcones. Casi a su lado una gran iglesia, la de la Concepción, mostraba las curvas de su barroco.
Carlos Rius se fue hacia el llano, cruzó el puente y lanzó su caballo al galope por la vega que se extendía desde allí. A la orilla del río vio a una moza con los pies descalzos que estaba arreglándose el jubón. Luego echó su falda hacia atrás y descubrió la carne rosada de su muslo. Era una carne prieta y esplendorosa, en la que parecía que la luz del sol mañanero encontrara la plenitud. Ella reparó entonces en él, pero no por ello bajó su falda. La mantuvo un momento tal como la tenía sujeta. Él la miró un rato fijamente, en silencio. Al fin le preguntó:
—Moza, ¿hacia dónde lleva este camino?
—Lleva a la sierra de Vizcuerno. —Y añadió, no sin cierta malicia—: Pero es fácil perderse.
—¿No quieres lavarme este pañuelo, moza? Se me ha puesto perdido.
—Yo quisiera saber de qué —dijo ella, cogiéndolo. Y lo echó al río.
El pañuelo siguió el curso de la corriente. Pronto se le vio desaparecer entre las aguas.
—Eres mala. ¿Por qué has hecho eso?
—¡Quién sabe lo que hiciste con él! Yo no lavo suciedades de otras.
Era una moza robusta, fuerte como una yegua, de poderosas caderas y de unos ojos azules que parecían llamear.
—Dime, guapa. ¿Qué es lo que estabas mirándote cuando he llegado?
—Me sentía correr una hormiguilla y me la estaba buscando.
Carlos Rius se acercó a ella. Sentía frente a sí como una evidencia el pálpito de la carne femenina. Se acercó, la cogió de una mano, la apretó contra sí. Sintió que saltaba uno de los botones de su blusa. La muchacha y él se tumbaron. Él había atado a Revérter en la raíz de un matorral.
—No tan fuerte, no tan fuerte, macho…
Cuando terminaron, miraron extrañados el paraje, el curso del río, la extraña luz que lo iluminaba todo. Carlos Rius se pasó la mano por la frente.
—¿Eres de Alcañiz?
—Sí —dijo ella—. Y tú ¿de dónde eres?
—¡Bah! ¿Eso qué importa?
—Me importa a mí.
—Soy de Barcelona —dijo él con un susurro.
—¡De Barcelona! ¡Cómo me gustaría ir allí!
—Dime. ¿Vienes a lavar todos los días?
—De ahora en adelante siempre que tú quieras.
—¿Vendrás mañana? —preguntó él, al tiempo que ponía un pie en el estribo disponiéndose a montar.
—Sí, mañana vendré.
Carlos Rius volvió a cabalgar en dirección al pueblo. Dio un rodeo por el campo, en el que se sucedían los huertos. En uno de ellos había rastros de un melonar y en otro había plantadas unas coles erectas y petulantes. Carlos Rius cabalgaba pausadamente y, de vez en cuando, emprendía un ligero trote con su caballo. Las urgencias de antes parecía que hubieran desaparecido. Tarareaba una canción.
Se dio con la mano en la frente; había olvidado preguntarle a la moza cómo se llamaba. Bah, daba igual…
Tres días estuvo Carlos Rius encontrándola en el río. Su cuerpo espléndido, la línea de su busto, el anca dura y huidiza, la boca ancha y que estallaba en risa, le tenían sujeto. No es raro que haya hombres que enloquezcan por algo así, pensó.
Al cuarto día recibió en el cuartel orden de traslado. Había llegado el parte del comandante reclamándolo. En adelante quedaba incorporado al Batallón de la Victoria, con sede en Mora de Ebro. Hizo sus bártulos, fue a despedirse del comandante, montó a lomos de Revérter y empezó a cabalgar por la carretera, camino de su nuevo destino.
Cuando llegó allí la unidad se había marchado. El ejército nacional había empezado a avanzar. Desde Tortosa a Mequinenza y más arriba el ejército había cruzado el río y avanzaba inconteniblemente, sin encontrar apenas resistencia.
En Mora le dijeron que probablemente encontraría al batallón en Falset, pero al llegar a Falset se enteró de que ya había pasado por allí. Durmió aquella noche en Falset y al otro día, al emprender el camino, le notificaron que el ejército acababa de sobrepasar la ciudad de Reus. Comió en esta ciudad y no los alcanzó hasta llegar a Tarragona. Pero el ejército seguía adelante.
En Tarragona se presentó al comandante Santelmo. Este había situado su puesto en un principal de la Rambla. Lo acogió con una gran sonrisa, al tiempo que limpiaba con un paño el cristal de su monóculo.
—Bravo, amigo; ya ha llegado usted… Tengo que decirle que se queda usted conmigo. Como catalán podrá orientarme sobre las cosas de su tierra. Por lo menos al llegar a Barcelona me servirá de guardia urbano. No sea que, si quiero ir a la Plaza de Cataluña, me vaya al Paralelo y viceversa. Diga, ¿qué le ha parecido nuestra ofensiva?
—Magnífica. Era de esperar.
—Bueno, yo no sé si ellos la esperaban. La verdad es que no se sabe por dónde respiran. Hasta ahora, casi cien kilómetros, no hemos oído un tiro. ¿Qué estarán esperando? ¿O es que se están rindiendo ya?
No obstante, las noticias de aquella jornada eran distintas. En Igualada y los Bruchs la columna de Yagüe había topado con fuerte resistencia. También en Santes Creus y en Valls había encontronazos.
—Son las últimas boqueadas —dijo el comandante calándose el monóculo.
Carlos Rius preguntó en seguida por el paradero de Miguel Llobet. Le dijeron que la Segunda Compañía era la que iba en vanguardia, en situación de romper el fuego.
Encontró a Llobet con su compañía en la carretera de la costa. Había un gran despliegue de azul, de uno a otro lado del horizonte. Aquel invierno, el agua era de un azul intenso, valiente, que hería la mirada. Sobre ella gravitaban bandadas de gaviotas, en sesgos blancos y pausados.
Miguel Llobet lo rodeó con un abrazo fuerte y prolongado.
—¿No te lo había anunciado? Yo nunca fallo. Desde ahora acabaremos la guerra juntos.
Iba siguiendo en la infinita recua de tropa que avanzaba por la carretera general, ininterrumpida riada compuesta de mulos, pertrechos, cañones, impedimenta, mezclados con los hombres. A la izquierda se extendía la tierra, levemente difuminada por una tenue neblina, y a la derecha se veía encresparse la masa parda de las colinas, que parecían oponer una barrera suave al mar, que se presentía agitado allá lejos.
Carlos Rius bajó del caballo y siguió adelante, cogiéndolo de la brida.
—Mañana es Nochebuena —dijo a Miguel—. Supongo que nos pararemos a descansar en algún lugar. Sea como sea, yo vendré a recogerte. Pediré autorización para que nos dejen pasarla juntos.
Todavía estuvo Carlos un buen trecho al lado de Miguel Llobet. Cuando se despidió se avistaban las casas de Torredembarra.
El mando de la Compañía durmió aquella noche en una casa de Altafulla. El día siguiente amaneció con el signo de una placidez extraña. El comandante no tardó en exponer su opinión:
—Con este prurito que han tenido de hacer que todos los días del calendario sean iguales, los rojos no han hecho más que acentuar en el pueblo sus ansias de celebrar especialmente algunas festividades. Y la primera de las fiestas cristianas, que es la Navidad, se presiente hasta en el aire.
Carlos Rius le pidió permiso para invitar a Miguel Llobet. El comandante se opuso, porque quería que la Navidad fuera celebrada por toda la Plana Mayor en colectividad.
—Pero no ha elegido todavía a un asistente, ¿no es cierto? Si usted tiene predilección o amistad con algún muchacho puede nombrarlo su asistente y yo tendré que adjudicárselo. Inmediatamente Carlos Rius envió un soldado para que avisara a Miguel Llobet que fuera en seguida.
Cuando este llegó, en la Plana Mayor estaba terminando la misa del Gallo. La oficiaba el capitán-fraile. Carlos Rius no lo había descubierto hasta aquel momento.
—¡Cuánto me alegro de verte por aquí! —le había dicho—. En esta unidad se está muy bien, porque el comandante es muy buena persona. Un poco estrafalario a veces; tiene sus cosas, como todo el mundo, pero trata muy bien a la gente.
Cuando el comandante oía la misa parecía uno de los santos del Greco: largo, macilento, pálido y con las largas manos extendidas y juntas, no difería de las creaciones del pintor toledano más que por la presencia en su rostro del decimonónico monóculo, que le daba también cierto aspecto de viejo verde de music-hall en la hora tardía del «resopón» nocturno.
La comida era la misma para la tropa que para los oficiales. Pero hizo el comandante que añadieran a ella unos turrones que había recibido de San Sebastián y una botella de coñac francés que había encontrado en una dulcería de Tarragona. Carlos Rius se excusaba con su amigo al verlo sirviendo y apartado del jolgorio común, pero Miguel Llobet le dispensaba de buena gana.
Después de acabar con la cena —el uno tomándola y el otro ayudando a servirla—, Carlos Rius y Miguel Llobet salieron juntos a dar una vuelta por el recinto del pueblo de Altafulla, pero tuvieron que volver pronto al interior. El frío apretaba de lo lindo y hubo que resguardarse.
—Quiero que me trates como lo que soy: tu asistente; es decir, sin ningún miramiento y haciendo siempre conmigo lo que más te convenga. No quiero que por el hecho de nuestra amistad vayas a renunciar a estar bien servido.
—Bien. De momento, mañana a mediodía comemos juntos. Es una ventaja que nosotros los catalanes celebremos la Navidad y no la Nochebuena. De ese modo convertimos la fiesta de Navidad en una celebración más íntima. Los otros, en cambio, mañana se aburrirán con un día tan largo.
—No es solo eso. Nosotros hacemos una celebración interminable. La Nochebuena es simplemente religiosa, se destina a la misa del Gallo. La fiesta que llamaríamos pagana de la Navidad se compone de la Navidad y del día de San Esteban. Dos largas jornadas destinadas a la gastronomía, a comer y a libar fuera de lo corriente. Realmente somos unos desconsiderados. Con una sola fecha de jolgorio parece que habría suficiente.
No obstante, pese a ser Navidad, al día siguiente se hubo de avanzar. Se hizo preciso echar carretera adelante, tragar kilómetros. La columna siguió por la carretera hasta llegar a Vendrell. Pero antes pasaron bajo el romano arco de Bará.
Carlos Rius avanzaba a lomos de su caballo blanco. Este había cogido ya la rutina de la marcha y había acoplado su paso al de los mulos que llevaban la impedimenta.
—Le llamo Revérter, pero tendría que llamarle Rocinante —dijo Carlos a Miguel Llobet, comentando el aire abúlico que había tomado el caballo.
Bajo el arco de Bará sintió que su sangre se hallaba poco preparada para buscar alegorías al paso del ejército, que retrotrajeran aquella situación a la de las legiones de Escipión o de César. Más bien le parecía el regreso de una excursión baldía, la vuelta de un paseo en el que se hubieran extraviado.
Les extrañaba la inanidad total de las tropas enemigas. Se comprendía en parte que los rojos no dieran señales de vida; la batalla del Ebro había supuesto para ellos un quebranto muy grave. Pero si no habían de responder ya más, si la guerra había acabado, lo lógico era que mostraran abiertamente su bandera blanca. Pero no, todo lo contrario. Dijo el comandante que la radio de Barcelona no hacía más que excitar a la resistencia y jactarse de estar ganando la guerra. ¿No era todo un contrasentido?
De pronto, al llegar al límite de la provincia, allí donde se abren los accesos de la de Barcelona, las tropas que avanzaban se vieron sorprendidos por la explosión de unos obuses de artillería. El comandante dio la orden de desplegar e hizo que comunicaran al Estado Mayor de la División lo que estaba ocurriendo, para que viniera la aviación en su ayuda. El frente se extendió a lo largo del cauce del río Foix. Se veía a las fuerzas rojas apostadas en las casas del pueblo de Els Monjos. El paisaje estaba nublado. Hacía frío y parecía que aquello incrementara las ganas de avanzar.
El comandante situó su puesto en una loma desde la que se dominaba perfectamente el valle. Se sentó en un asiento plegable que llevaba y observó los movimientos de los soldados enemigos.
—No son muchos —comprobó, mientras los miraba con unos binoculares de campaña—. Esta es una maniobra de contención, pero no significa que presenten batalla. Que vaya alguien a decir que los nuestros se resguarden y esperen. Pronto llegará la aviación.
—Voy yo mismo —dijo Rius, que era el oficial de graduación más baja que había por allí. Y dio unos pasos hacia delante.
—No, no. Usted se queda aquí. Envíe a un soldado. Tú, muchacho —llamó, dirigiéndose a Miguel Llobet, que contemplaba la escena al lado de Carlos—. Ve al capitán y repítele lo que yo he dicho.
—A la orden —respondió Miguel Llobet saludando, y salió.
Se le vio avanzar entre las malezas del monte, hasta hacerse un pequeño bulto junto a los matorrales cercanos al pueblo. Se oía el zumbido de algunos disparos. Carlos Rius, intranquilo, le veía salvar la cuestecilla que conducía al pueblo. De pronto una gran explosión le borró de la vista. Carlos Rius jadeaba, inquieto.
—Mi comandante, creo… creo que le han dado. Sí, ha habido una explosión, ha sido un obús. Déjeme ir a comprobarlo.
Y salió corriendo, disparado, hacia el lugar donde estaba Miguel Llobet, que no había vuelto a aparecer de pie. No paraba mientes en si sonaban o no los tiros del enemigo. Corría hacia allá como una fuerza de la naturaleza; sentía que las lágrimas empezaban a nublarle los ojos.
¿Sería posible que Miguel Llobet fuera a caer allí, a unos pasos del final, a poca distancia de Barcelona, cuando ya estaban llegando? ¿Querría Dios que Miguel Llobet no pudiera ver el final, que su hora señalada fuera aquella, tan incauta, tan clara? Avanzaba dando trompicones, inquieto por llegar y desmentir aquella torpe intuición.
Pero era cierta. Se veía el cuerpo de Miguel destrozado por una explosión de metralla. Unos cascotes le habían despedazado el pecho y tenía una pierna separada del tronco casi por completo. Sus claros ojos estaban inmóviles en la niebla.
Carlos Rius estaba atónito, no podía creerlo. En un momento se había quedado solo. Contemplaba el campo con una absoluta indiferencia. Y un gran gemido salió bruscamente de su pecho, un atropellado sollozo de niño. Se arrodilló en tierra, junto al cadáver de Miguel, mientras por su lado silbaban las balas y no lejos estallaban los obuses y en el cielo se iban encendiendo tras la neblina las primeras estrellas de la Navidad. ¡Si a él no le hubiesen reclamado, si él no hubiese escogido a Miguel como asistente, si no hubiese ocurrido nada de lo sucedido…! ¿Quién había dictado de tal modo aquella triste historia?